Más allá de la consciencia

Más allá de la conciencia

[Além da consciência]

Rev. Bras. Psicoanálise, San Pablo, 1992, Vol. XXVI Nº 3, 397-408.

 

En primer lugar, agradezco mucho la invitación. Ahora quiero pedirles que disculpen el egocentrismo, pero pienso el psicoanálisis como una actividad tan altamente individual que todo analista al hablar de su propio trabajo es realmente muy egocéntrico, tanto si considera que está representando alguna escuela en especial, como tal vez piensen que represento a Melanie Klein o Bion, etc., pero la verdad es que el asunto mucho más egocéntrico; de modo que quiero hablar sobre mí y sobre el punto en que actualmente se encuentra mi trabajo y sobre mis preocupaciones actuales.

 

Mis preocupaciones están centradas básicamente en el concepto de superyó y su significado en nuestras vidas, así como su significado en nuestro trabajo psicoanalítico. Para poder hacer esto en psicoanálisis tenemos siempre que volver a la historia, y la historia está siempre en el ojo del historiador, la historia tal como la veo y como la siento y como se impuso en mi desarrollo, de modo tal que quizás no es la misma historia de ustedes. Pues bien: la historia del superyó en cuanto concepto formal data de Duelo y Melancolía y de Psicología de las Masas y Análisis del Yo, de Freud, donde él percibió que había en la mente lo que denominó “agencia observadora” –una agencia que observa al yo- que en el inició denominó “Yo ideal” porque daba la impresión de ser una parte del yo que representaba las mayores luchas del yo. Después pasó a llamarlo “Ideal del yo” porque daba la impresión de ser más autónomo y construir aspiraciones para el yo. Y más tarde, en El yo y el ello, lo cambió por “superyó” porque estaba más impresionado con sus funciones restrictivas y, en cierto sentido, con sus funciones paternas, o que yo llamaría paternalistas. En El yo y el ello afirma que el superyó tiene sus orígenes en la internalización del padre y de la madre y llega a hacer esa afirmación en itálica añadiendo “en cierta forma combinados”. Después en El yo y el ello sin embargo, cuando se refiere al superyó es casi siempre como agencia restrictiva erigiendo prohibiciones en lugar de estimular o alimentar, de tal modo que sus funciones (398) maternales parecen desaparecer y sus funciones paternas parecen adquirir la manera del Viejo Testamento. Y aparentemente el concepto debe su origen a una intención terapéutica que vendría a ser conocida como disolución del superyó, objetivo terapéutico de algunas escuelas de psicoanálisis.

En manos de Karl Abraham el superyó comienza a adquirir una forma mucho más concreta que en Freud. O sea, Abraham hablaba del superyó como estando formado por la internalización o introyección en el yo posteriormente apartado del yo por lo que llamaba gradiente. Pero en manos de Abraham, particularmente en su corto estudio de la libido –que él no estaba seguro de que eso fuese verdad, fuera de la esfera de los estados maníaco-depresivos-, pero en los estados maníaco-depresivos él describía la concretud con que el superyó es aprehendido como figura interna y la forma como puede ser atacado, destruido, transformado en heces, expelido como heces, reintroyectado como objeto fecal e identificado como un objeto fecal-, etc. Aquí entra en escena el trabajo de Melanie Klein sobre el superyó. Aquí entra en escena su trabajo de formulación, no sus observaciones clínicas, porque al comienzo sus observaciones clínicas estaban hechas sobre niños pequeños, que le decían, en términos muy claros, hasta qué punto eran concretos sus superyó, que sus superyó eran figuras internas viviendo en un espacio existente dentro de sus cuerpos, figuras con vida propia que les hacían cosas de las que era posible vengarse haciendo otras cosas, que había una relación familiar sucediendo en su interior, una relación entre ellas y esos, que ahora denominaba Melanie Klein, “objetos internos”. Así, en manos de M. Klein el superyó se tornó muy concreto, el espacio de la realidad psíquica se tornó muy concreto. Sin darse cuenta, en cierto sentido, adoptó una visión muy platónica de la vida mental, o sea, que el significado del mundo es algo generado internamente después desplegado afuera; eso es fundamentalmente muy diferente, desde el punto de vista filosófico, de la actitud científica de Freud, que jamás se apartaba por completo de un concepto neurofisiológico y cerebral de la mente. Melanie Klein se abandonó –se podría decir- a la creencia en lo que los niños le decían. Siempre recuerdo una entrevista en Nueva York en que decía que estaba ansioso por ir a Londres a estudiar con Melanie Klein; una famosa analista observó: “Bien; el trabajo de Melanie Klein sólo tiene un problema. Es que no puede creer en la historia del niño.”

Es verdad, evidente: no puedes creer los hechos del mundo externo. Pero los niños revelan cosas que, si no, sólo se revelan en los sueños, y es necesario (399) acreditar que esas cosas existen y para poder trabajar con una referencia kleiniana es preciso practicar una cierta credulidad acerca de la concretud de la realidad psíquica, acreditar que la realidad psíquica es un mundo, que no puede ser comprendida con términos como “imagos” o “fantasías”, que en ella las cosas realmente acontecen y que esas cosas moldean nuestra vida y nuestras relaciones con el mundo externo.

En las investigaciones de M. Klein hasta 1946 las mayores contribuciones, en mi opinión, tienen, en cierto sentido, esa naturaleza filosófica. Con eso, evidentemente, algunos conceptos –como el de complejo de Edipo- fueron empujados nuevamente a la primera infancia y los conceptos de objetos parciales recibieron solidez y firmeza.

Al mismo tiempo es preciso decir que sus ideas del desarrollo probablemente eran sentidas como una especie de inevitabilidad de tipo biológico. Una sensación de que, como sucede con el desarrollo del cuerpo y su conformación genética, también habría un modelo de desarrollo de la mente que, dadas condiciones satisfactorias favorables, la mente florecería como una flor – o un cardo, cuanto el temperamento era malo-, y que en ese sentido el desarrollo de la capacidad de tener experiencias y aprender con esas experiencias no era efectivamente una cosa central en su modelo de la mente. Eso, en verdad, sólo aparece con la obra de Bion, que en muchos sentidos sólo conocemos, exceptuados algunos escritos preliminares, después de la muerte de M. Klein en 1960, e incluso entonces de forma tan oscura que la mayoría de nosotros precisó de una cantidad de años para comenzar a entender lo que él estaba diciendo y captar su importancia y su alcance.

En el modelo de la mente de M. Klein la relación definida por Freud entre ello, yo y superyó poco a poco se fue simplificando clínicamente, y ese es un problema que muchas personas parecen no entender: ¿por qué artimañas la palabra “self” comenzó a ser utilizada donde antes se utilizaba la palabra “yo”? Ahora bien, no era porque M. Klein hubiese dejado de lado, de alguna forma, el modelo estructural freudiano de la mente, como ello, yo y superyó, pero lo que pensaba y, en cierto modo descubrió, era que en la situación clínica los elementos operativos no son el ello o yo funcionando separadamente. Después que descubrió la ubicuidad de los procesos de escisión, percibió indicios de que en cada fragmento de la personalidad creado por esos procesos de fragmentación, el ello y el yo en verdad operaban conjuntamente y que el ello y el yo juntos son lo que ella denominaba “self”, partes del “self”.

Formulando las cosas de esa manera, gradualmente, ella compuso –y eso puede ser constatado con extrema claridad en ese libro maravilloso y no leído (400) Relato de psicoanálisis de un niño– un cuadro de la forma como el self de un niño y partes de ese self tienen una vida relacionada a esos objetos internos, con una especie de flujo y reflujo continuo de emociones y acciones entre unos y otros, que gradualmente van conformando la evolución de la personalidad en cuanto estructura, que enseguida funcionará como base sobre la cual los acontecimientos y objetos del mundo externo están correlacionados por su significado, provocando reacciones, etc. El primado –o lo que ella denominaba “primado de la realidad psíquica”- era una visión platónica de la vida mental. Y lo que percibió fue que los problemas de desarrollo eran básicamente problemas de integración: que los procesos de escisión eran tan omnipresentes en la infancia y la fragmentación de los objetos también tan frecuentes que los procesos de desarrollo podían ser descriptos esencialmente en términos de reunificación de los pedazos escindidos; y que cada conjunción de trozos escindidos era una conjunción impregnada de conflicto y de dolor psíquico, no sólo una reunión de los fragmentos escindidos del self, sino también una escisión de los objetos.

En términos de los procesos de escisión, esa escisión del objeto también significaba que había un objeto primitivo que había sido escindido para formar el complejo de Edipo; originalmente había un único objeto, objeto que fue escindido en un fragmento maternal y otro paternal; y que ese objeto original –el pecho y el pezón- fue escindido de tal modo que el significado y las cualidades del pezón habían sido asimilados al pene del padre, dando origen al complejo de Edipo pre-genital en un nivel de objeto parcial. Ahora, desde ese punto de vista el complejo de Edipo dejaba de ser –como en la concepción de Freud- un conflicto omnipresente de la condición humana para ser simplemente un ejemplo específico de la necesidad de la reintegración de los procesos de escisión ocurridos en la tierna infancia bajo algún tipo de presión. Más adelante hablaremos un poco sobre la naturaleza de las diferentes presiones tal como M. Klein las veía y ha modificado, como la obra de Bion da forma, y como veo las presiones y a las tensiones de la infancia.

La idea de integración incluye la reunión de lo que Freud denominaba “los padres, en cierta forma combinados” –una idea de objeto combinado vista como la esencia del significado del término “superyó”-, pero, en M. Klein, el concepto de objeto combinado inicialmente no estaba impregnado con significado clínico, aunque, en cierto sentido, ese significado estuviese formulado en las notas críticas al final de la década de 1950 en el trabajo clínico realizado en 1940, con Richard, en el Relato; en esas notas el concepto de objeto combinado ya estaba esbozado o, en cierto sentido, anunciado. En ese momento todo lo que ella estaba en condiciones de decir era que en su opinión el niño no soportaba al objeto combinado que, en cierta forma. era demasiado fuerte para el (401) niño. No es claro lo que ella quería decir con “demasiado fuerte”.

En aquel punto el significado del objeto combinado o, en su forma escindida, los dos progenitores relacionándose entre sí en el mundo, de forma más o menos armoniosa, era el concepto concreto de superyó como estructuración que M. Klein estaba proponiendo, pero en términos de funciones esos objetos internos en verdad no se diferenciaban claramente de lo que podía ser descripto como las funciones de los progenitores en relación a los niños en el mundo externo: que eran protectores, nutridores; que eran restrictivos y prohibidores cuando era necesario; que eran alentadores, etc. podría decirse que tenían buenas funciones generales para crear una atmósfera donde el crecimiento y el desarrollo pudiesen tener lugar, una especie de concepto hortícola de las funciones del superyó, como un invernadero munido del equipo necesario para humidificar el aire, controlar la temperatura, regular la radiación solar, etc. Esos conceptos atmosféricos generales son las funciones del superyó.

Al mismo tiempo la teoría de Bion sobre el pensar, a mi modo de ver, acrecentó una dimensión que es un cambio al menos tan sorprendente como los cambios introducidos por M. Klein al concepto de Freud de superyó. Su teoría del pensar da preeminencia al papel del pensamiento y del desarrollo, pero no sólo pensamiento en el sentido de examinar y resolver conflictos emocionales, y sí pensamiento desde el punto de vista de crear significado y posibilitar a la mente vivir en un mundo significante, no simplemente adaptarse al mundo externo tal como se lo encuentra; porque, al final de cuentas, el modelo de la mente de Freud es esencialmente un modelo adaptativo. Su cuadro del yo sirviendo a tres señores es esencialmente un modelo adaptativo.

Con Bion la vida de la mente adquiere una cierta diferenciación que en la obra de M. Klein no está realmente reconocida o considerada importante, la diferenciación entre la vida en el grupo y la vida en la familia, se podría decir. O sea, la adaptación a la comunidad y a los grupos de personas y la vida de las relaciones íntimas y emocionales, que para Bion era el escenario, el área de la vida en la cual se produce el crecimiento de la personalidad. En su trabajo inicial con grupos y después yuxtaponiendo ese trabajo a la teoría del pensar, podemos ver que él hizo una diferenciación muy nítida entre lo que actualmente acostumbramos llamar relaciones eventuales y contractuales de adaptación y relaciones íntimas y emocionales enfocadas al crecimiento y el desarrollo.

La inferencia es que la búsqueda de la felicidad –encerrada en la Declaración de la Independencia norteamericana- no se hace a través de la adaptación, la búsqueda de (402) la felicidad, se realiza a través del desarrollo, y ese desarrollo tiene lugar en forma de proceso interno y a través de la interacción constante con personas e intereses en el mundo externo que evocan las emociones de las relaciones íntimas.

Es sabido que toda el área de la teoría de los afectos es bastante nebulosa, no sólo en psicoanálisis sino también en filosofía. Tradicionalmente se supone que la yuxtaposición primaria era de amor y odio, que en Freud estaba contenido conceptualmente en los conceptos de instinto de vida e instinto de muerte, modificado apenas superficialmente por Klein cuando ella retiró el odio del nivel instintual para llamarlo “envidia” y colocarlo en el yo y no en el ello. Eso apenas modificó la afirmación general de que el amor y el odio están constantemente en conflicto entre sí. Bion propuso otra teoría de los afectos, en cierto sentido la primera teoría de los afectos puramente psicoanalítica, cuando sugirió que las emociones son, ante todo, el núcleo de la cuestión del desarrollo mental. En Freud las relaciones emocionales son subproductos de las relaciones, no el núcleo del tema, salvo por el hecho de que a veces son dolorosas y a veces agradables, su significado no es importante en sí. En la teoría del pensar de Bion el significado de las emociones es el núcleo mismo de la cuestión de los procesos del pensar, y pensar sobre las emociones es exactamente la materia de la que está hecho el desarrollo de la personalidad.

Así, Bion resolvió comenzar a pensar en las emociones efectivamente como vínculos, como la materia conectiva de que están hechas las relaciones íntimas humanas, y es importante recordar que él no se refería apenas a las relaciones humanas, relaciones íntimas en términos de igual a igual, sino también en términos de la totalidad del área de la vida y de la actividad humana en que se activan intenciones y, tal vez más importante, emociones apasionadas. En ese modelo no se deben confundir emociones apasionadas con emociones violentas, porque las emociones violentas pueden tener cualquier cualidad, y mucho de lo que es experimentado en el área eventual y contractual de adaptación y es sentido como emoción, puede ser adecuadamente descrito como excitación en diferentes grados, sin el rico contenido significativo de las emociones características de las relaciones íntimas.

Al asumir las emociones como vínculos, Bion llegó a la conclusión de que, en verdad, no se trataba de un problema de amor versus odio. Era un problema de emociones versus oposición a emoción, anti-emoción. Él dividió las emociones en tres tipos, no era sólo amor y odio, había también una tercera emoción, tremendamente importante, que Klein denominaba instinto epistemofílico y que Bion prefirió llamar “sed del conocimiento”. Amor, L (love), odio, H (hate) y (403) sed de conocimiento, K (knowledge). Esa nomenclatura peculiarmente condensada, L, H y K, pasó a ser una manera de hablar en teoría de los afectos. Infelizmente, creo que L, H y K no es una buena manera de hablar; no se debería hablar de ese modo porque se pierde un poco de vida poética de las cosas con eso de L, H y K y menos L, H y K.

Así, es muy importante intentar entender, me parece, si se desea comprender la relevancia de la obra de Bion, que este es el núcleo de la cuestión: amor, odio y sed de conocimiento y comprensión son el núcleo de las relaciones íntimas y la materia de que están hechos el conocimiento y el desarrollo. Pero para poder entender lo que significa amor, odio y sed de conocimiento es preciso captar –lo que es más difícil, en ciertos sentidos- qué significa menos amor, o anti-amor, menos odio, o anti-odio, y menos K, o anti-conocimiento. A mi modo de ver, para que todo eso resulte más claro, es preciso traducirlo en un lenguaje con el cual tengamos más intimidad y con significado más rico. Menos L, menos amor, anti-amor, significa puritanismo. Significa oposición a la alegría del placer en las relaciones íntimas y, como se puede ver, esa es una peligrosa anti-emoción. Menos H, menos odio, anti-odio, significa en la práctica hipocresía, algo que, por ejemplo, el poeta Wordsworth señaló cuando dijo que odiar la no-verdad no es lo mismo que amar la verdad. La hipocresía está en ese odiar a la no-verdad, odiar lo que sea, en que el odio se confunde con amar lo opuesto. Y, del mismo modo, menos K o anti-conocimiento, es algo que todos conocemos muy bien como filisteísmo, como oposición a cualquier pensamiento nuevo por la simple razón de que se trata de un pensamiento nuevo, de una nueva idea.

Debido a ese cambio en la teoría de los afectos y a las implicaciones fundamentales de un cambio en la noción de la materia de que están hechas las experiencias emocionales y las experiencias de desarrollo, Bion también sugirió que lo que nos interesa pensar son sólo esas experiencias emocionales que suscitan ese conflicto entre las emociones y las anti-emociones, y que la forma como pensamos sobre ellas va siendo transformada en sueño por obra de la propia emoción.

Ahora, evidentemente, ese fue un cambio absoluto en la visión del significado de la actividad del soñar en nuestra vida y en el proceso de desarrollo. En Freud, como sabemos, soñar era simplemente una función con el objeto de posibilitar el sueño y la continuidad del sueño. En la obra de M. Klein el sueño era una fantasía inconsciente en la que se manifestaba una interacción entre el self y los objetos internos. Pero para Bion el sueño es un pensamiento, el pensamiento primero. Es la (404) representación simbólica inicial del significado de la experiencia emocional y piedra fundamental sobre la que necesariamente se apoyan todos los niveles de pensamiento más elaborados, abstractos, generalizados y organizados. Y, como sabemos, para dar representación a esto él construyó la Tabla, que representaba no sólo una jerarquía en la organización de los pensamientos sino también los diferentes usos posibles del pensamiento y, en cierta forma, implicaba determinado proceso de evolución del pensamiento a través de sus diferentes usos y sus diferentes niveles de desarrollo en ese proceso, cuando madura un pensamiento propio.

El paso entre la emoción y el sueño que da representación a la emoción, sin embargo, lo dejó envuelto en el misterio. Y eso es tremendamente importante, pues representa un cambio de actitud en relación a las investigaciones de la mente que separan al psicoanálisis de las tradiciones de la ciencia, para moverla en una dirección, -una dirección con la cual, en mi opinión, los junguianos están mucho más familiarizados que los freudianos o los mismos kleinianos-, la conjunción con la historia de la evolución del arte, la filosofía y la religión. Donde el concepto de misterio, de que hay misterios sobre el funcionamiento mental que son esenciales, áreas esencialmente misteriosas, impenetrables, donde la mente no consigue penetrar, ya sea en la propia, sea en la de otra persona –ese es un concepto que establece una conexión entre el psicoanálisis y la historia el arte y el pensamiento literario, especialmente, en Inglaterra, con toda una línea de desarrollo literario que va desde Shakespeare a Milton y a los poetas románticos, particularmente Keats, Wordsworth, Coldridge y Blake y que es todo de mediados del siglo XIX. A mi modo de ver, ese es un tributo que debemos a Bion, el de haber establecido esa conexión. Con ella el psicoanálisis, el pensamiento psicoanalítico en Inglaterra establece una conexión con una evolución del pensamiento literario en Inglaterra que nos hace detener a pensar un poco sobre lo que un psicoanalista como Bion debe, en realidad, a la historia de la literatura. Suscita pensamientos sobre cuál ha de ser una preparación para el psicoanálisis. ¿La persona debe estudiar medicina, aprender química, o es mejor hacer un curso de literatura inglesa, etc.? Surgen muchas cuestiones pedagógicas importantes, así como preguntas acerca de cómo trabajamos en el consultorio.

Sin embargo, lo que quiero plantear es que la teoría del pensar de Bion, que señaló la existencia de ese pasaje desde la experiencia emocional para su representación en el sueño, en la formación del símbolo en el sueño, siendo esa una ocurrencia misteriosa que denominó función-alfa, lo que estoy queriendo establecer es que esa constitución de una zona de misterio no sólo transforma la atmósfera de la investigación analítica sino que también tiene una cierta (405) relación con el concepto de superyó. Bion pensaba que una primera realización de la función-alfa en la vida del bebé no es realizada por el bebé, sino que la primera realización de la función-alfa de esa misteriosa transformación de la emoción en símbolo para ser usado en la actividad del soñar es realizada para el bebé por la madre. Y que cuando el bebé está siendo amamantado, el epítome de su relación con la madre, no está simplemente alimentándose con la leche del pecho, también se está alimentando con la rêverie de la madre, que le llega a través de los ojos y de la voz de la madre, así como de la forma como lo lleva a cabo, etc., le transmite algo al bebe que ella elaboró en su mente, algo asociado al estado emocional del bebé y que transmite al bebé en forma simbolizada, de esa forma dándole condiciones al bebé para hacer un sueño y, así, comenzar a pensar sobre la experiencia que está teniendo.

Si eso es lo que el bebé internaliza, si internaliza no sólo un pecho y un pezón que lo alimentan, sino un pecho y un pezón pensantes, entonces tenemos un añadido al concepto de superyó, un agregado que va mucho más allá de los que Melanie Klein jamás había considerado. Tenemos un superyó pensante; y no será sólo un superyó pensante, sino un superyó que necesariamente será el iniciador del pensar siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia emocional frente a la cual no tenía equipamiento para pensar. En realidad, llegamos al corazón de la cuestión: no es sólo el bebé el que depende de la relación con el pecho pensante para iniciar sus procesos de pensar, del que su desarrollo depende por completo; la necesidad de tener un objeto pensante que se puede reactivar en el nivel del bebé siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia es una necesidad de todo individuo que quiere ser capaz de continuar su desarrollo más allá de cierto punto. O sea, su capacidad para enfrentarse con nuevas experiencias exigidas por sus nuevas ideas en desarrollo depende de tener un objeto en el nivel infantil capaz de ayudarlo a simbolizar la experiencia emocional y darle una representación en el sueño que será el inicio de su pensar sobre esa experiencia.

Eso, obviamente, suscita cuestiones clínicas de la mayor importancia sobre la función de soñar, análisis de los sueños, el contacto del paciente con sus sueños en el proceso analítico, etc. Este pasaje –el pecho pensante y su importancia en cuanto cualidad del superyó, con el grado de combinación representado a nivel infantil por pecho y pezón combinados y representado en niveles más sofisticados y elaborados como mamá y papá en una relación armoniosa-, da un nuevo significado a lo que Freud definió como concepto del complejo de Edipo y de la escena primaria. Emerge un concepto de superyó (406) que, nuevamente, es muy similar, en cierta forma, a los padres que necesitan tener un área de privacidad donde recogerse sin la presencia de los niños y la Sturn und Drang [i] de cuidar de ellos, una zona de intimidad tranquila y donde pueden hacer lo que sea en su ritual amoroso, cualquiera que sea su significado; y que también tiene sus raíces en el mundo interno, en el hecho de existir, también en el mundo interno, algo semejante a una cámara nupcial donde los objetos internos tienen condiciones de recogerse para renovar su conjunción recíproca, para crear sus bebés, por así decir, y que sus bebés también son pensamientos, símbolos, pensamientos de cuya materia se hacen pensamientos. Ahora, se puede decir que esa es también una teoría de la creatividad. No es sólo una teoría del desarrollo según el cual el desarrollo del self depende y continúa dependiendo de la función creadora, de la función mental creadora del objeto interno. Según esta teoría, toda función creadora considerada artística, científica, tiene sus raíces en la creatividad de esos objetos internos y esa creatividad depende de que los objetos internos tengan permiso para retirarse a su cámara nupcial y renovar su combinación mutua. Evidentemente, el trabajo psicoanalítico nos hace saber que fuerzas tremendas de la personalidad se alinean para no permitir tal conjunción. Su estudio, naturalmente, comenzó con Freud en el Hombre de los lobos y en la definición de la escena primaria elaborada en El pequeño Hans, etc. en términos de su complejo de Edipo, elaborado por Klein, y en la investigación del complejo de Edipo pre-genital, etc. Sabemos que las fuerzas contra esa conjunción, en términos de Bion, se transforman en las fuerzas del menos amor, o puritanismo; de menos odio, o hipocresía; de menos K, menos sed de conocimiento, o filisteísmo; sabemos que son esas las fuerzas alineadas contra las funciones de los objetos internos. Eso nos propone una cuestión que hoy, me parece, está en el centro de mi interés: ¿ese será el fin del desarrollo del superyó?

Según Freud el superyó tiene un desarrollo en sí mismo, no está limitado por lo que es introyectado de los padres concretos y de la infancia. Para él, otras formas de padres originales se acrecientan a lo largo del desarrollo a través de las relaciones con otros objetos amados y admirados y con eso son asimiladas nuevas cualidades al superyó, constituyendo, en cierto sentido, su desarrollo, una evolución de su sofisticación, etc. Esa es una línea de desarrollo en la cual el superyó, tal como Freud lo veía, -y nada se contrapone a ella en la teoría de los objetos internos formulada por M. Klein-, a través de experiencias que llamaríamos “experiencias de transferencia” con objetos amados y admirados, puede asimilar nuevas cualidades que anteriormente no formaban parte de él y que de ese modo ayudarán a su (407) desarrollo.

Esa es una línea de desarrollo. La segunda línea de desarrollo, naturalmente, está implícita en la obra de M. Klein: el self y el superyó pueden progresar en su integración y en la estabilidad de su integración. Esta es otra línea de desarrollo. En ésta el límite es alcanzado cuando el superyó, cuando los padres internos, se tornan estables en su combinación mutua, cuando el self, vencida su ambivalencia de emociones positivas y negativas en relación a ellos, se torne capaz de permitir el mantenimiento de esa estabilidad. Con eso se llega aparentemente a un límite natural. Si ese límite es o no alcanzable, no viene al caso. Pero la cuestión que se plantea es: ¿cómo se da el desarrollo de la raza humana? Porque aparentemente el desarrollo de la raza humana se basa en la introducción –misteriosa- en nuestras vidas de ideas que jamás fueron adoptadas antes y en su asimilación gradual. Ahora, los científicos acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas son descubiertas. Los artistas acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas surgen por inspiración. Es probable que ambos estén absolutamente en lo cierto y la diferenciación que hacemos entre artistas y científicos sea errónea. Si los reunimos y aceptamos la afirmación de Shelley de que los poetas son los verdaderos y no reconocidos legisladores del mundo, podemos decir que hay ciertos individuos, tal vez, a veces grupos de individuos, que reciben nuevas ideas y les dan forma, trasmitiéndolas de una u otra forma a su cultura, artísticamente, científicamente, o tal vez en la forma como viven sus vidas. Tal vez esa sea la cosa más importante en Jesús, la forma como vivió su vida, por ejemplo. Esa es una idea nueva. Y el desarrollo de la raza humana, como el desarrollo del individuo, depende de la recepción de esas ideas nuevas.

Esa es la teoría de Bion del místico en el grupo. El místico sería una persona de alguna forma disponible para la recepción de la nueva idea. Claro, esta teoría parte del principio de que el aire que respiramos está abarrotado de nuevas ideas. Se trata de una metáfora, evidentemente, una especie de pintura medieval de un universo rodeado de espíritus que nadie puede ver, excepto el místico. La esencia de eso es que si el superyó fuese capaz de alcanzar, en el individuo, una posición de conjunción constante, de ser un objeto combinado con ese flujo y reflujo de contacto con el self y recogimiento en su cámara nupcial, ese superyó tendría condiciones de recibir nuevas ideas –y esa debe ser la situación en la estructura del mundo interno del artista creador, del científico creador, que, en cierto sentido, nos lleva nuevamente a lo que se acostumbraba llamar la Teoría del “Gran Hombre” [ii] de la evolución, de la cultura. Si pensamos en términos de cultura como la elaboración y la implementación de nuevas ideas, nos sentimos tentados de decir sabiduría, tenemos (408) la tendencia a decir que la sabiduría es una cosa que nos llega de nuestro propio superyó, si evolucionamos, o que es recibida por nuestro superyó del superyó de algún místico e implementada en el interior de nuestras personalidades para que podamos, se me ocurre, incluir dentro de lo que denominaría el dominio adecuado del pensamiento psicoanalítico un concepto de sabiduría que, como la teoría del amor, odio y ser de conocimiento de Bion, nos da condiciones para dar solidez psicoanalítica a un concepto de pasión. Y esos dos agregados a nuestro (?) [iii] de pensamientos e ideas con que escuchamos y observamos a nuestros pacientes me parece, también, acrecentar un poco más de humanidad al modo como trabajamos en el consultorio: preocupándonos como recuperar, en nuestros pacientes, su capacidad de tener intereses y relaciones apasionadas, y el establecimiento, dentro de sí, de la posibilidad del desarrollo de sabiduría.

[i] El Sturm und Drang (‘Tormenta e ímpetu’) fue un movimiento literario, que también tuvo sus manifestaciones en la música y las artes visuales, desarrollado en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII. En él se les concedió a los artistas la libertad de expresión a la subjetividad individual y, en particular, a los extremos de la emoción en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración y los movimientos asociados a la estética. El nombre de este movimiento proviene de la pieza teatral homónima, escrita por Friedrich Klinger en 1776.

[ii] La Teoría del Gran Hombre se inclina por la idea de que fueron los hombres los que hicieron posible los sucesos más importantes de la historia. Sin algunos hombres en concreto, algunas cosas no hubiesen sucedido. La idea básica es que los líderes de los grandes procesos históricos nacieron para ello, no fue el contexto histórico, ni socio-económico el que los formó: “Los líderes nacen, no se hacen”. Esa es la premisa básica de esta teoría. La Teoría del Gran Hombre surge durante el siglo XIX y se le atribuye al historiador y ensayista inglés Thomas Carlyle. Según él “La historia del mundo no es otra que la biografía de los grandes hombres”.

[iii] El signo ‘?’ consta en la traducción portuguesa de la conferencia.

Trad. del portugués, negrillas y notas: Carlos Tabbia