GPB: De un taller psicoanalítico a partir de Donald Meltzer

DE UN TALLER PSICOANALÍTICO

a partir de Donald Meltzer


PREFACIO

 

Meltzer está en este libro con toda la fuerza que su recuerdo evoca, y con todo el afecto que ha conseguido movilizar que hoy se concreta en este ¿homenaje? Si bien es cierto que para hacer un homenaje no es necesario publicar un libro, trabajar y producir a través de la palabra escrita es uno de los mejores homenajes que podemos hacerle, porque, como él decía cuando organizamos el Encuentro Internacional en Barcelona: “Si una persona hace un trabajo siempre aprende algo”.

 

Este libro se abre con Una experiencia de apren-dizaje, que el Grupo Psicoanalítico de Barcelona presentó en la Clínica Tavistok cuando Meltzer cumplió setenta y cinco años, y se cierra con la última conferencia que él pronunció en el Encuentro Internacional de Barcelona, al cumplir ochenta. Ambos artículos están vinculados a momentos muy señalados de nuestro grupo.

El primero, Una experiencia de aprendizaje, está firmado por el GPB y, a pesar de que uno de nuestros compañeros hizo el esfuerzo de encargarse de la redac-ción, no fue sencillo concretarlo. La decisión de presentar el trabajo implicó largas reuniones para acordar lo que queríamos decir: el contenido, la forma, qué opciones manteníamos, cuáles descartamos. Meltzer solía carac-terizarnos como un grupo de trabajo –aunque a veces nos resultara difícil entender por qué lo decía– y escribir el artículo fue una ocasión para investigar acerca de nuestro propio proceso grupal.

El último, Good luck, es la conferencia que él pronunció cuando el GPB decidió hacerse cargo de organizar el Encuentro Internacional de Barcelona, reali-zado en octubre del 2002. Llevarlo a cabo tampoco fue una tarea sencilla. ¿Queríamos festejar un cumpleaños familiar? ¿Queríamos organizar un encuentro científico “serio”? ¿Lo haría una empresa? ¿Lo asumiríamos noso-tros? Elegimos hacerlo nosotros mismos y quedamos satisfechos. Fue un éxito en cuanto al número de asis-tentes, a los trabajos presentados y, especialmente, porque Meltzer –que ya no estaba tan bien de salud– lo pudo disfrutar. Como cierre, pronunció la conferencia que publicamos aquí. En ella se despide diciendo “Buena suerte” y, verdaderamente, la hemos tenido al trabajar con él.

 

Todos los otros artículos de este libro (parte de la dinastía post-kleiniana del psicoanálisis, como afirma en Good Luck) están presentados en orden alfabético: una manera democrática de hacerlo. También la estructura respeta, en la mayor medida posible, la individualidad de cada uno. Y no sólo eso, sino que este libro tiene la peculiaridad de estar escrito dos lenguas. Tanto el catalán como el castellano reflejan la realidad intelectual y emocional en la que viven sus autores. También espera-mos que el lector comprenda que, aunque en los distintos capítulos se repitan ciertas ideas y algunas emociones, es un buen indicador de nuestra forma de compartir la experiencia. Meltzer decía que para el geólogo todas las piedras son interesantes, que su actitud es muy diferente a la del buscador de oro, que selecciona avariciosamente sólo aquello que le interesa.

 

La sincera entrega del GPB y de Donald Meltzer a la tarea que realizamos juntos, siempre implicó un inter-cambio enriquecedor. Al supervisar se guiaba por su contratransferencia: se exploraba a sí mismo y así nos lo transmitía. Nos escuchaba más allá de las palabras; integrando tantos niveles distintos, que sus intervenciones no sólo ayudaban a comprender mejor el material de los pacientes sino que funcionaban como auténticos dispara-dores introspectivos. Por eso, esta experiencia con Meltzer no sólo influyó en nuestro modo de trabajar sino también en nuestras propias vidas.

 

Escribir este libro y emprender la acción de publicarlo (la public-action de Bion) es otra manera de que perdure nuestro trabajo con él.

 

 

Miriam Botbol Acreche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



PRÓLOGO

 

 

Este libro es muy especial. Es un homenaje a Donald Meltzer, pero es mucho más.

Conocí al primer Meltzer, primero para mí, el de 1963, cuando era una “joven promesa” del grupo kleinia-no, promovido hacía poco tiempo a la categoría de ana-lista didáctico en la Sociedad Británica.

Yo formaba parte de un grupo de analistas argentinos que habíamos viajado de Buenos Aires a Londres para supervisar con analistas kleinianos y, entre ellos, Meltzer nos impresionó mucho en su trabajo clínico, por su agu-deza de observación y su extraordinaria intuición.

Fue así que León Grinberg, en ese momento joven Presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina lo invitó a ir a Buenos Aires a dar conferencias y supervi-siones

En Argentina el impacto mutuo fue enorme: para Meltzer, según supimos después, era todo un desafío por-que era la primera invitación que recibía para enseñar en el extranjero y para los argentinos la fascinación que pro-dujo su pensamiento y su personalidad. Tanto fue así que lo siguieron invitando periódicamente mientras pudo via-jar.

Es verdad que a algunos les pareció demasiado obsesivo en su concepción del encuadre: por ejemplo, el uso permanente de un traje gris para trabajar sólo reem-plazable por otro traje gris, o la discreta crítica que nos hizo por tener cuadros colgados en las paredes de las consultas.

Pero tenía una parte encantadora de niño, muy atrac-tiva, cuando no toleraba perder un partido de tenis o ping-pong, pidiendo insaciables “revanchas”, como cuando mostraba su también insaciable sed de conocer todas las especies de árboles que veía o se emocionaba frente a la belleza de una puesta de sol a orillas del Paraná.

Aunque aún no era todo lo que fue después, nunca habíamos tenido mejor ni más admirable maestro.

Los científicos nos explicaron hace algunas décadas que habían observado que las galaxias más distantes se están alejando de nosotros lo que dio origen a la teoría de que “el universo se expande” la cual modifica, a su vez, otras teorías, como la teoría acerca del origen del Uni-verso.

Hawking sostiene que en Física toda teoría es provi-sional. Si es posible someterla a experimentación y pro-barla, la teoría se afirma y sobrevive. Pero aún así, si surgen nuevas observaciones que la contradicen o mo-difican, la teoría podrá ser modificada, completada y hasta sustituida.

Estas reflexiones sugieren que algo similar ocurre en el psicoanálisis. El Universo Psicoanalítico también se expande con la adición de importantes teorías a las pre-existentes. Ellas, a su vez, no hubieran podido desarro-llarse sin las bases fundantes de los descubrimientos de Freud sobre el funcionamiento de la mente, y sus más creativos continuadores como Klein y Bion.

Continuamente surgen teorías que incluyen elementos originales, algunos de los cuales abren para nosotros “nue-vas fronteras hacia lo aún desconocido en nosotros mis-mos”, como afirman los psicoanalistas Schafer y Bernardi.

El Meltzer que encontró el Grupo de Barcelona, autor de este libro, no era el mismo de sus tiempos pre-bionianos. Su mente se había ido expandiendo y ellos le acompañaron en sus reflexiones, en la elaboración de nuevas ideas, en los sucesivos conceptos que fue crean-do… y compartieron con él un intenso contacto emocional.

Este libro, a su vez, es un nuevo movimiento de expansión, el intento de ampliar y profundizar ideas que él sembró.

Así creo que lo ha sentido el mismo Grupo Psico-analítico de Barcelona, autor del libro, al relatar su propia historia poniendo énfasis en la tarea de Donald, no sólo como docente sino, sobre todo, como persona que per-mitió y alentó que el grupo se constituyera como un grupo de trabajo según la caracterización de Bion. Postula que se ha tratado de un proceso estético, algo que se ha ido desarrollando y estructurando y que, por tanto, no ha terminado y debe continuar después de la muerte de Donald.

Aurora Angulo resalta la función de las teorías, como la teoría del “Claustro”, remarcando la importancia de que puedan actuar como continentes de nuestra emociona-lidad. Esta condición nos puede ayudar a mantenernos firmes pero a la vez flexibles y tolerantes en el difícil tratamiento de estas personas cuyo proceso madurativo está obstruido por el establecimiento precoz de un vínculo en que la diferenciación con el objeto ha sido anulada. Se convierten así en prisioneros de un “Claustro” (Meltzer, 1992), marginados de su propia afectividad y de la belleza del mundo.

Claudio Bermann habla de la génesis de la interpre-tación. Plantea que el analista necesita tener una recep-tividad especial: la capacidad de no-saber de antemano y dejarse sorprender por lo que el paciente diga. El otro interrogante a descifrar es descubrir qué hace el paciente para escapar al cambio que la interpretación le propone. Lo ilustra con un caso en que el paciente hace uso de la reversión de la perspectiva convirtiendo, para ello, lo animado en inanimado.

Miriam Botbol escribe sobre el primer y el último paciente que supervisó con Meltzer. En especial se refiere a las dimensiones de la vida mental, a la bidimensiona-lidad y tridimensionalidad, y la posibilidad de pasaje de una dimensión a otra como expresión del crecimiento mental.

Rosa Castellá y Lluis Farré abordan el fenómeno de la violencia, apoyándose en los desarrollos sobre la actividad de la identificación proyectiva que recorren el pensamiento de Klein y Bion y alcanzan el de Meltzer. La violencia es concebida como un ataque y destrucción de la belleza, que busca arruinar la experiencia emocional, re-duciendo la complejidad de las relaciones con el mundo animado e inanimado a pedazos vacíos de sentido.

Dolors Cid y Lucy Jachevasky aplican y desarrollan las ideas de Meltzer sobre el autismo. Pensando en estas cuestiones y revisando material de Lucas, un niño autista en tratamiento, descubrieron qué característica común tenían los objetos con los que este niño se relacionaba. Plantean la hipótesis de que el autista fabrica un mundo de objetos a través de la simplificación y la desconexión, que intentan explicar como un detenimiento y una inver-sión de la función alfa, que da lugar a lo que denominan “objeto mínimo”, diferente de los “objetos desmante-lados” y de los “objetos mutilados”.

Perla Ducach y Silvia Grünwaldt tratan de mostrar, a través del material clínico de una niña de 4 años, la situación de ant-desarrollo y la incapacidad de construir un “continente” que se produce cuando no sólo ha faltado una figura materna sino cuando las condiciones de nacimiento y primeros meses de vida han sido devasta-dores. Describen las vicisitudes de un proceso terapéutico que pudo, aunque en medida muy limitada, impulsar el crecimiento en una dirección evolutiva.

Yolanda La Torre Guevara describe un caso clínico, difícil y un tanto atípico, comenzado después de la muerte en accidente del esposo y el hijo de la paciente. La dolorosa elaboración de tan terrible duelo permitió aso-ciarlo con el sentimiento de que para esta paciente “la belleza del mundo había quedado clausurada”.

Carmen Largo estudia las dos formas de conoci-miento: intuición e inteligencia, complementarias y dife-rentes en su origen, constitución, funcionamiento y fina-lidad. Plantea que la intuición se origina en la vivencia de la relación emocional estética, se constituye por modelos identificatorios, opera con “imágenes significativas”, da material para la fantasía inconsciente, la creación artística, sueños y mitos. La inteligencia, por su parte, emerge sobre la base de conocimiento anterior, se consolida con el lenguaje verbal, opera con símbolos constituyendo meca-nismos operativos, está inclinada a la fabricación de teorías, es apta para la abstracción y el pensamiento especulativo.

Montserrat Martínez del Pozo desarrolla conceptos muy fructíferos de W. Bion y D. Meltzer a propósito de la dimensión estética de la personalidad, unidos a la idea de Inconsciente Estético que proviene del pensamiento que surge del arte. Propone la idea de hacer extensivo el concepto de Inconsciente Estético en el campo del psico-análisis. Piensa que los conceptos de Impacto y Conflicto Estético, y los que de ellos se derivan, dan lugar a un diá-logo interdisciplinar enriquecedor.

Antonio Murillo escribe acerca de que Donald Meltzer entendía la actitud psicoanalítica como algo que no puede ser explicado pero sí mostrado. Considera que en la clínica la actitud de Meltzer está más ligada a la observación y la descripción que a la explicación, aunque pueda sorprender y frustrar al paciente, que desea acabar rápidamente con la incertidumbre. Piensa que el perseve-rar en esa actitud pone a Meltzer del lado de la esperanza de poner en marcha un proceso de desarrollo más que de “curación”.

Carlos Tabbia se refiere al aburrimiento como un fenómeno identificable en distintos momentos de la vida. Sin embargo, intenta diferenciar grados y formas clínicas del mismo, que se relacionan con la tolerancia al contacto con la realidad y con el deseo de conocer. Considera que la ausencia de contacto emocional o la deficiente función continente del objeto originan discursos aburridos que desalientan la comunicación. El mismo fenómeno se ob-serva en estados narcisistas en los que predomina la identificación intrusiva y la grandiosidad donde el sujeto queda marginado de la existencia, como le sucedió a Oblómov, el personaje de Goncharov.

La obra termina con un discurso de despedida del propio Meltzer en las Jornadas con que se celebró su 80º cumpleaños.

Pienso que, como dije al principio, el libro es un homenaje y mucho más. Creo que en su conjunto forma parte de la elaboración del duelo grupal por la desapari-ción del maestro inspirador de las nuevas ideas expuestas en él.

A través de los autores de cada una de las apor-taciones se percibe el profundo agradecimiento a Donald Meltzer por su generosidad y por haberles enseñado a pensar con libertad.

 

 

Rebeca Grinberg

 

UNA EXPERIENCIA DE APRENDIZAJE EN PSICOANÁLISIS[1]

Grupo Psicoanalítico de Barcelona

 

 

Qui si convien lasciar ogni sospetto

Ogni viltà convien che qui sia morta.2

Dante

 

 

 

Esta comunicación es, en realidad, parte de un trabajo extenso. Comenzó a gestarse en 1991, cuando terminamos nuestro primer contrato con Meltzer. Teníamos ante noso-tros la perspectiva de publicar un libro que mostrara al-gunas de las enseñanzas que él nos había transmitido en el trabajo clínico. Tuvimos una reunión en la que Meltzer no se mostró demasiado interesado en este libro; sí, en cam-bio, en uno que diera cuenta de nuestra experiencia de trabajo como grupo en formación psicoanalítica. Nos habló de su idea acerca de la formación según el modelo de un atelier (Sincerity no se había publicado aún) y nos animó a describir y a caracterizar nuestra experiencia.

Aquello nos sorprendió. No quedamos demasiado convencidos. Teníamos miedo de que excediera nuestras posibilidades. Continuamos con todas las tareas que tenía-mos planteadas (el libro “de los casos”, según nuestra denominación interna, se publicó). A pesar de nuestra perplejidad, asombro y dudas, la idea no se abandonó; se ha postergado y a veces olvidado, pero ha reaparecido con fuerza a lo largo de los años; y mantuvimos, desde 1991, una serie de reuniones destinadas a elaborar ideas en torno de nuestra experiencia como grupo de formación. No nos sentíamos en suficientes condiciones para observarnos a nosotros mismos –y hoy seguimos teniendo dudas seme-jantes. No sentimos que podamos responder a la pregunta sobre la particularidad del grupo; ésta queda planteada.

Quizás hacer un poco de historia nos ayude. Hace aproximadamente doce años un grupo de personas que querían estudiar se dirigieron a Donald Meltzer con el objeto de profundizar en el conocimiento de su obra. Aquel grupo tenía ya un cierto recorrido: hacía siete años había comenzado, con un docente calificado, a estudiar la obra de Bion, lo que había continuado durante los cinco últimos años con otro docente, también calificado. El tiempo de trabajo conjunto le había dado cierta homoge-neidad a ese grupo (pese a los diversos grados de forma-ción psicoanalítica de sus integrantes), que estaba com-puesto por profesionales que trabajaban en el campo de la salud mental, tanto a nivel privado como institucional.

La respuesta de Meltzer fue ofrecer un plan de cinco años de formación psicoanalítica, centrado en el trabajo del material clínico, a razón de tres encuentros por año. Sólo se interesó por saber si los integrantes tenían análisis personal y si pertenecían a alguna institución.

Esta propuesta contenía algo enteramente nuevo. Volvamos a hablar en primera persona: no nos esperába-mos una cosa así; quizás algunos pensásemos que está-bamos lo suficientemente formados y que sólo necesitá-bamos profundizar. Por supuesto que nos sorprendimos; también nos entusiasmamos; también, nos confundimos. Decidimos por el entusiasmo. Pero nos encontramos con los primeros inconvenientes: buena parte de los com-pañeros, por presiones externas, decidieron no realizar la experiencia. De diez y seis personas habíamos quedado reducidos a diez. Decidimos invitar a otros colegas: al-gunos aceptaron entusiasmados; otros, movidos por cierta curiosidad; otros, por fin, declinaron la invitación. Pero completamos aquel número. La composición del grupo había cambiado; describámoslo someramente: cuatro cata-lanes, tres castellanos residentes en Barcelona desde hacía muchos años, nueve sudamericanos de los cuales cinco habían emigrado por razones políticas; todos habíamos pasado la edad media de la vida; todos, profesionales de cierta experiencia, con análisis personal y formación tangencial si se la considera desde los criterios institucio-nales; todos con una situación profesional con algunos altibajos propios de la economía del país, pero en general estable. ¿Habrá sido la inmigración interna y externa, con su carga de marginalidad, lo que nos unió y permitió alcanzar algún grado de integración? ¿O la edad, la de una época de la vida en que los proyectos se consideran seriamente y el aprovechamiento del tiempo es crucial? ¿O el hecho de tener las necesidades cubiertas y por lo tanto no excesivas expectativas respecto de la derivación de pacientes dentro del grupo? ¿Permitió todo esto que se formara un contorno no demasiado rígido que hubiera de preservar al grupo de los deseos que estaban por fuera del aprendizaje? De hecho, habíamos ganado cierta hetero-geneidad, y probablemente nuestra fantasía era que ésta se iría resolviendo a través del estudio en común.

Volvamos a la situación que nos produjo la respuesta de Meltzer. Nos pusimos a la tarea de organizar la confusión: reunimos muchos trabajos suyos en idioma castellano –quizá todo lo que por entonces se había publi-cado, generalmente ciclostilado–, lo que sumado a publi-caciones en italiano, en inglés y en francés, y a los libros ya traducidos, era bastante material. Y nos dedicamos, en el tiempo que faltaba para el primer encuentro, a estudiar la obra publicada en libros.

El seminario anterior a Meltzer había seguido las pautas clásicas: exposición teórica, intercambio de opinio-nes, preguntas. Dadas algunas características especiales, el formular preguntas había adquirido importancia, ya que eran producto de discusiones previas y procurábamos, con ellas, centrar la atención en ciertos temas que nos parecían relevantes. Por descontado que también procurábamos hacérselas a Meltzer, y es probable que deseáramos que ellas mostrasen nuestro conocimiento de su obra. Para estudiar mejor hacía ya años que nos habíamos dividido en dos subgrupos, que se habían constituido en torno a algunos intereses dominantes (psicosis, por ejemplo).

Después de algunos meses de esta tarea llegó el momento del primer encuentro con el docente. Uno de los compañeros recientemente incorporados consiguió que nos reuniéramos en una estupenda casa modernista, en las afueras de Barcelona. Con nuestros conocimientos de la obra de Meltzer y las preguntas consiguientes, con el ambiente físico del lugar, no es difícil colegir que pensá-bamos impresionarlo. Meltzer nos había pedido que pre-sentásemos material de cuatro casos, con muy poca his-toria previa y con el registro de dos sesiones de trata-miento; la traducción al inglés le sería entregada al co-mienzo de la lectura de cada caso porque, dijo, no quería que un conocimiento previo influyese sobre la percepción de la lectura en voz alta del material,

Descubrimos que la traducción no fue un obstáculo. El programa de cada jornada del Seminario era de doce horas de trabajo divididas en tres reuniones, dos mañanas y una tarde. Es probable que quienes presentaron material la primera vez tuviesen fantasías diferentes: cumplir con el pedido que él nos había formulado, traer algún caso que pudiésemos relacionar con aspectos de su obra leída por nosotros; eran, sí, pacientes que nos despertaban nume-rosos interrogantes. Y además estaban, por cierto, las famosas preguntas. Un compañero incorporó un elemento que no habíamos utilizado antes: trajo un grabador y registró íntegramente las reuniones; la posterior edición interna de esos materiales se reveló como un elemento de fundamental importancia en la cohesión del grupo y en el estudio y aprendizaje.

Todos teníamos –y algunos muy larga– experiencia en supervisar a nuestros pacientes; el estilo general de las mismas no difería demasiado; variaba solamente la calidad de los supervisores. Pero allí nos encontramos con algo enteramente diferente: era una manera distinta de organi-zar el material; detalles aislados aparecían ahora concate-nados; siguiendo un concepto que proviene de la medi-cina, podríamos decir que el “caso” quedaba atrás y se veía surgir al paciente, a la persona; veíamos no sólo la psicopatología o qué podían estar diciéndonos, sino tam-bién las posibilidades de evolución de los analizantes. Era una perspectiva más amplia, que contenía un cambio de actitud frente al paciente: implicaba ver al niño o al ado-lescente que hay en el adulto; también, ver a los niños jugando de otro modo. No faltaron los señalamientos nuevos: tal paciente aún no había entrado en la situación analítica; aparecieron claramente definidas las dificultades para simbolizar que tenían algunos; vimos con mayor perspectiva las características de la relación transferencia / contratransferencia; aprendimos qué era la transferencia preformada. Nos acercamos al concepto de estructura de la mente y a la geografía de la fantasía. Eran, en general, conceptos que estaban destinados a “hacernos pensar” a nuestros pacientes, a sentirlos dentro de nosotros mismos y también a soñarlos. Era una apertura de nuestro campo de trabajo, algo orientado a la búsqueda insobornable de la verdad de la mente, distinto y opuesto a todo aquello que podría entrar en la columna 2 de la Tabla de Bion. Fue, creemos que fundadamente, asomarnos al mundo de la belleza del método psicoanalítico. Y nos quedó largamente resonando un concepto: “vivir en identificación proyec-tiva”.

Fue, para todos o casi todos, un impacto. Retrospec-tivamente, y con los conceptos de que hoy disponemos, podemos decir que fue un verdadero impacto estético. Quedamos oscilando entre la admiración, el entusiasmo, la sorpresa y la confusión. Y sentimos la necesidad de vernos prontamente todos, de hablar entre nosotros, de volver a compartir aquellos momentos, de comenzar a pensarlos. Así, alteramos la programación de nuestras reuniones en subgrupos y convocamos a una reunión general del grupo para aquella misma semana; desde entonces, cada en-cuentro con Meltzer es seguido por una reunión con las mismas características. Decidimos tratar de de aprehender qué significaba vivir en identificación proyectiva.

Sabemos que, grosso modo, hay dos formas esen-ciales de aprendizaje: la proyectiva y la introyectiva. La primera, como su nombre lo indica, se basa en la apropiación de los conocimientos que tiene el docente a través de diferentes técnicas intrusivas que a veces com-portan imitación, sometimiento a la doctrina impartida, renuncia al ejercicio de la crítica y de la elaboración, etc.: conduce solamente a saber algo “acerca de”, como dice Bion. La segunda, implica la aceptación del pecho nutricio y de la dependencia, con todo lo que esto significa: el largo camino de la asimilación de lo nuevo y la aceptación de que nosotros mismos podemos cambiar en el proceso. Reflexionando sobre los distintos momentos de nuestra experiencia pensamos que muchas veces hemos estado en la primera de ambas situaciones; y nos gustaría creer que también hemos recorrido un trecho por el camino de la identificación introyectiva con el objeto combinado. Pero para poder transmitirlo, volvamos a la historia.

Continuamos la primera época manteniendo las reu-niones de ambos subgrupos por separado con frecuencia semanal y encontrándonos periódicamente todos los inte-grantes del grupo “grande”, que así comenzamos a lla-marlo. Seguíamos con el estudio teórico: leyendo y dis-cutiendo trabajos que pudieran orientarnos para llegar a saber qué era aquello de vivir en identificación proyectiva. En el camino nos encontramos con la edición interna de los primeros Seminarios, que comenzamos releer ávida-mente –y también, por supuesto, el trabajo sobre mastur-bación anal. Se nos hizo necesario realizar alguna jornada interna sobre los temas, con la presentación de trabajos propios que nos sirvieran de guía de discusión. ¿Era que no habíamos entendido bien? ¿Repetíamos sin tener claro qué decíamos? ¿Qué relación tenía aquello con la trans-ferencia preformada? Y muchas más preguntas por el estilo.

No faltaron conflictos. Dos compañeros –en verdad, no suficientemente interesados en el pensamiento klei-niano– desataron una crisis en uno de los subgrupos, que terminó con su alejamiento; pero su efecto fue la disolu-ción de ese subgrupo. Creemos que las reuniones en casas de familia –que nos parece ser una aportación espe-cíficamente sudamericana– facilitó la resolución de las crisis, ya que posibilitó una atmósfera más cercana, de intimidad en el trabajo y en el intercambio de ideas. Y que la existencia de dos subgrupos permitió que las crisis no fueran generalizadas, suavizándolas: el subgrupo que con-tinuó en su funcionamiento aparecía casi como un modelo, quizá como algo que nos permitía tener la idea de que el trabajo no se interrumpía. Y probablemente esto fuera ver-dad: la tarea no se abandonó en ningún momento; segui-mos estudiando, reuniéndonos, presentando, en cada reu-nión con el docente, los cuatro casos que habíamos convenido al formalizar el contrato. Y, claro está, seguí-amos queriendo organizar la confusión, la turbulencia que cada encuentro con Meltzer nos generaba, continuando con el estudio teórico.

Al tener un mayor número de seminarios editados, decidimos hacer un registro y clasificación detallado de los mismos, separando los temas tratados en cada reunión, agrupando los que se repetían en algunas, tratando de llegar a conclusiones. Mirándolo retrospectivamente, pen-samos que esa obsesividad correspondió a un momento del grupo, a lo que podríamos llamar una época de latencia. Para ello constituimos cuatro subgrupos especiales, en los que se entremezclaban compañeros que estaban en el subgrupo que seguía funcionando con los que continuaban individualmente su trabajo. Pero en aquel momento ya pudimos permitirnos un elemento de tipo lúdico, que se reflejó en los nombres que adoptaron los diversos sub-grupos. Es probable que esta nueva agrupación de los integrantes haya sido uno de los elementos que vehicula-ron el desarrollo del sentimiento de pertenencia grupal, que no existía a priori, ni tampoco en las primeras épocas de nuestro andar. Al comienzo no sentíamos la necesidad de un grupo de pertenencia; ello es algo que se fue creando y desarrollando en el contacto con el maestro. A veces ha aparecido la idea de institucionalizarnos, o de dotarnos de una estructura estable y pormenorizada; lo discutimos intensamente y llegamos a la conclusión de que no agregaría nada positivo a nuestra tarea esencial. Podemos decir que hemos aprendido los beneficios de trabajar con una organización mínima.

Aparecieron problemas internos en ocasión de nues-tros contactos con el extragrupo: jornadas internas con la asistencia de invitados o la última fase de preparación de Clínica psicoanalítica con niños y adultos3 No podemos ofrecernos alguna interpretación más o menos acabada al respecto. El respeto hacia las diferencias individuales ha sido una de las tareas más arduas, así como la de proteger la libertad y los intereses personales conservando cierta unión que nos permita crecer como grupo. Los celos, la envidia, la competitividad, el sentimiento de falta de reconocimiento, etc., se mueven por lo que llamamos “pa-sillos”: es algo de lo que ocasionalmente hablamos en las reuniones generales, pero que sale en esta especie de cotilleo de a dos o de a tres, que hasta ahora no se ha convertido en algo verdaderamente amenazante; más bien parece saneador: son nuestros cuentos de terror, de perse-cución, de brujas, ogros y niños malos. El efecto es que en nuestras reuniones prevalece la cordialidad y aunque hay momentos de crisis, aparece la palabra justa que atempera y suaviza la atmósfera.

Hemos pasado por fases que van desde el cumpli-miento –incluso exagerado– de las tareas, el esfuerzo con-tinuo por entender intelectualmente conceptos, las dudas obsesivas con respecto a la publicación en sentido amplio, al intenso aprendizaje que supone estar de acuerdo en algo grupalmente, al deseo de conformar nuestra vida –y no sólo la profesional– de manera responsable y a la posibi-lidad de perdonarnos y perdonar los errores. Quizás ahora está comenzando un momento de producción individual y ello levanta olas y agita los vientos.

Creemos que nuestro desarrollo nos ha permitido trabajar también, en forma ocasional o sistemática, con otros analistas, tanto de Inglaterra como de Sudamérica, a quienes hemos buscado por sus características u orien-tación. Nuestra actividad grupal actual se centra en torno de: a) reuniones clínicas mensuales, en las que se puede ver cómo ha quedado atrás el miedo de mostrar nuestro trabajo a los compañeros, que persistió un tiempo después de superado el temor de hacerlo ante Meltzer; y b) reuniones, también mensuales, en las que discutimos trabajos producidos por los miembros del grupo, des-tinados a la circulación interna o bien a ser leídos en otras reuniones científicas. Tenemos también reuniones “admi-nistrativas”, en las que resolvemos cuestiones tales como conferencias, distribución de tareas, etc. Creemos que ha habido liderazgos rotatorios, nunca de larga duración. Hay pequeños y grandes roles desempeñados por compañeros que tienen cualidades para ello –los que toman nota de las resoluciones o nos recuerdan los temas a discutir, por ejemplo–, que han sido adoptados espontáneamente, no por necesaria designación; hay algunos trabajos nada agradables –la tesorería es uno de ellos– que son desem-peñados en forma rotatoria. Tenemos la impresión de que las cosas han ido rodando: siempre ha aparecido alguien con una idea que parecía ser benéfica o facilitadora, de la que se ha hecho cargo el grupo. Tenemos una cierta agilidad para distribuirnos las tareas y somos lentos para llegar a acuerdos en temas en que las diferencias de opi-nión son muy fuertes. Creemos que ha habido un pro-gresivo aumento de la confianza en el trabajo grupal. Nos gustaría poder decir, en términos de Bion, que habría una prevalencia del social-ismo frente al narcisismo.

Cuando nos interrogamos acerca de las condiciones que han posibilitado una experiencia de este tipo debemos pensar necesariamente no sólo en el grupo, sino también en el maestro. En nuestra búsqueda de explicaciones siempre hemos terminado dando vueltas alrededor de él, como figura nucleadora, contenedora y reguladora. Todos pensamos que difícilmente se hubiera dado esta expe-riencia con otros. Cuando miramos al grupo siempre tene-mos presente la pregunta referente a su duración: tememos la desaparición; pero existe la confianza de que si algunos aflojan otros trabajarán para mantenerlo con vida; la responsabilidad por la vida del grupo es un sordo rumor que no nos abandona.

Dejamos de lado en este momento cuáles pudieran haber sido las fantasías de Meltzer previas a su encuentro con nosotros. (Las nuestras eran solamente estudiar y terminamos –queremos creerlo así– formando un grupo y aprendiendo de nuestra experiencia. De nuestra experien-cia con el maestro.) Mencionemos sólo de pasada su extra-ordinaria penetración clínica, su rigor psicoanalítico y otras cualidades que se le reconocen, para destacar ele-mentos que, nos parece, son fundamentales en el proceso de aprendizaje, en la relación entre docente y alumnos. Ya en nuestro primer encuentro nos impresionaron su sensi-bilidad hacia el paciente que surgía del material y su delicadeza en el trato para con los analizantes y con nosotros; también, su amor hacia el método psicoanalítico, cuya belleza ha intentado transmitirnos; su insistencia en la posibilidad de descubrir antes que ubicarnos en el explicar; su libertad para aburrirse o para interesarse; su lucha por el desarrollo y crecimiento del paciente –y también de nosotros como grupo–. Creemos que desde un primer momento fuimos objeto de interés por parte de Meltzer, y que este interés fue aumentando –nos parece que hasta ha aprendido algo de castellano– hasta conver-tirnos en objeto de cuidados por parte de él. Esto nos lleva a hablar de una cualidad maternal en él. Y también es cierto que ha desempeñado una función paterna cuando, por ejemplo, nos ha advertido acerca de los azares de exponer nuestra intimidad. Es verdad que nosotros, ade-más de estudiar y procurar cumplir con la tarea, correspon-díamos ocupándonos con ilusión de su estancia en Barce-lona, compartiendo con él no sólo el tiempo del Semina-rio, sino también otros momentos en torno a espectáculos, comida, etc. Cuando en 1991 hicimos un nuevo contrato con Meltzer, nuestros encuentros se redujeron, como grupo, a dos por año: uno en Barcelona y otro en Oxford. Cuando fuimos allí, cuidó de nuestros alojamientos y nos abrió su casa. Al comienzo de esta comunicación hemos señalado que recibimos un verdadero impacto estético. Creemos, también, que ha habido reciprocidad estética en nuestra relación con él. Nos hemos sentido, colectiva e individualmente, estimulados por el maestro en nuestro aprendizaje y en el progreso que pudiéramos ir haciendo, en la confianza que íbamos ganando entre nosotros mismos, en el trabajo sobre temas que eran para nosotros arduos.

Paralelamente, se ha ido creando una mayor vincu-lación afectiva dentro del grupo: compartimos las alegrías –cumpleaños especiales de algunos, doctorandos, bodas…– y los sufrimientos –enfermedades, a veces serias. Y com-partimos ideas. Por ejemplo, queremos evitar una organi-zación jerárquica e interferencias externas o motivaciones extrañas a lo que nos reúne. Todo el proceso ha generado un clima de intimidad y de confianza, una solidaridad que no es la de los amigos íntimos, sino la que se puede crear entre personas que comparten una tarea que les compro-mete profundamente. Catharine MackSmith no ha sido ajena a todo este proceso, ha participado desde el co-mienzo y conduce un trabajo con algunas integrantes del grupo; mas aparte de ello tiene un lugar muy especial: de mirarla con timidez y extrañeza hemos llegado a con-vertirla en nuestra fantasía en una aliada ferviente, en una mensajera especial, en la garantía del buen humor del maestro.

Nos parece que en este proceso hemos aprendido cosas que van más allá de lo instrumental. No haremos una enumeración extensiva, pero en primer lugar seña-laríamos un mayor compromiso con el método psicoana-lítico, para lo cual hubimos de pasar por darnos cuenta de que antes hacíamos más tratamientos de refuerzo yoico de lo que creíamos; ello implicó que para aprender estas cosas nuevas tuvimos que des-aprender las antiguas. Tam-bién, que el método psicoanalítico consiste en acompañar al paciente en un proceso de desarrollo antes que consi-derarnos guías privilegiados que saben todo de antemano. Esto comporta un mayor respeto hacia nuestros pacientes, que nos parece tener relación con el que Meltzer ha tenido para con nuestro trabajo y personas. Creemos que somos más libres para pensar y para hablar con nuestros anali-zantes, lo que hace que nuestros diálogos con ellos sean más vivos y no asociaciones a las que se responde ex-cathedra. Esto nos permite que nos dejemos sorprender por nuestros pacientes, con quienes queremos compartir el proceso de descubrimiento. Nos parece que hemos apren-dido a tolerar, “bastante razonablemente”, todo tipo de sentimiento en nosotros, lo que nos ha permitido explorar más nuestra contratransferencia. Desde un punto de vista teórico, nos ubicamos en un kleinismo más “abierto”, más centrado en lo evolutivo y en la relación del self con los objetos internos. Y, last but not the least, hemos aprendido a disfrutar más con nuestro trabajo: es indudable que nos cansamos mucho menos.

Hemos tratado de reflexionar sobre nuestra experien-cia centrándonos en el conflicto estético, que es uno de los elementos que nuestro contacto con Meltzer nos ha pro-visto. Y también nos encontramos con que en todo mo-mento estamos manejando conceptos de Bion, lo que no debe extrañarnos. Porque cada encuentro con el maestro ha sido turbulento. Algunas veces hemos visto en reunio-nes clínicas internas los materiales que después le presen-taremos y hemos adelantado conjeturas sobre lo que el paciente nos sugería; y siempre hemos terminado la reunión bromeando al apuntar que todo lo dicho podía ser válido, pero que Meltzer nos daría otra visión, diferente, nueva, que abriría nuevos caminos en la comprensión del analizante. Y así ha sido, invariablemente, tanto en la primera vez que supervisábamos un paciente, como en las posteriores. Nos hemos encontrado siempre inmersos en la ansiedad ante lo nuevo –un concepto muy caro a Pichon–Rivière–, en esa confusión que es cualitativamente dife-rente de la que se atribuye a un fracaso de la disociación. Y hemos oscilado, lógicamente, entre PS y D, teniendo períodos de dispersión y de integración; en ello, creemos que el grupo ha operado como continente de las ansie-dades individuales y grupales.

La edición interna de las reuniones del seminario ha constituido un elemento de fundamental importancia en la necesaria reconexión con el maestro; se trataba de recuer-dos que iban tornándose memoria y que han llegado a ser, creemos, un elemento inicial en el desarrollo de la función alfa. Porque al comienzo, aparentemente, nuestro proble-ma era el tiempo que transcurría –nos parecía enorme– entre los encuentros; es probable que la ausencia del ob-jeto haya sido –como lo señalan Freud y Bion– un ele-mento primordial en el inicio y desarrollo del proceso de pensar.

Suponemos que hay elementos de dependencia pasiva y activa en el proceso de aprendizaje, lo que nos lleva a identificar distintos momentos según predomine una u otra. Pero para que se dé un aprendizaje que implique lo que entendemos como necesaria modificación en quien o quienes lo realizan, hay que pasar de los procesos proyec-tivos a los introyectivos. Aprendemos –recibimos– del objeto combinado interno –y del externo–. Con éste tam-bién establecemos una relación de amor, tal como la que Freud señalaba para la relación analítica cuando se refería al “calor hirviente [Siedehitze] de la transferencia”; lo dice claramente Racker: “El proceso analítico de transforma-ción depende, pues, en buen grado, de la cantidad y cuali-dad de eros que el analista puede movilizar por su analizado”. Todo esto nos lleva, necesariamente, al con-flicto estético.

En nuestro caso preferimos hablar de un sostenido encuentro estético. Nos parece que la expresión conflicto pone un mayor énfasis en el primer momento, el del deslumbramiento y lo que éste provoca como impacto. Quizás una expresión adecuada sea: proceso estético, que nos permite dar cuenta de los retrocesos proyectivos y de los avances introyectivos, de los factores que han sos-tenido –como es el caso de nuestra edición interna de los seminarios– la curiosidad estética, que da lugar a la rela-ción continuada con el objeto estético. Y en este proceso tiene un lugar destacado la reciprocidad estética, equiva-lente al eros del analista según la cita de Racker. Nos parece que no hay avance si no se dan estas condiciones. Para nosotros, la idea de evolución del grupo está ligada a este específico proceso de aprendizaje. Entendemos que se trata de un proceso y no de un resultado.

Bion nos habla de la diferencia existente entre la intimidad del análisis y la publicación, lo que él denomina la public-action. Hoy mostramos aquí parte de nuestra intimidad. No nos ha sido fácil. No sabemos qué resultará de ello. Esperamos que nuestra relación con el objeto combinado pueda ayudarnos.

 

 

Este trabajo colectivo fue presentado en el encuentro que organizó la Tavistock Clinic bajo el título de: Exploring the Work of Donald Meltzer en 1998, en Londres, y fue incluido en el Festschrift, el libro que reunió algunas de las comunicaciones que allí se leyeron. A ese encuentro siguieron otros dos, en Florencia y en Barcelona, en los cuales integrantes del Grupo Psicoana-lítico de Barcelona presentaron trabajos. El último, en Barcelona, en octubre de 2002, fue organizado por no-sotros –coincidió también con el octogésimo cumpleaños de Meltzer– y constituyó una experiencia enormemente interesante y también un desafío para nuestro Grupo, que pudo finalmente con una tarea que a primera vista parecía superarnos.

Pero también hemos tenido que lamentar la muerte del maestro. Y vivir una vez más la realidad de que hay duelos que no se pueden completar. Hemos pensado que lo que nos enseñó, la experiencia de aprendizaje en un trabajo tipo taller, es algo que nos sigue integrando como grupo y hemos querido mantenerla. Así, nuestra vida como grupo continúa, y si bien nos falta el enorme estímulo presente de Donald, sentimos que sigue acompañándonos. Este pequeño volumen quiere ser una muestra de trabajos inspirados por él.

Bibliografía

 

BION, W.R. (1967): Second Thoughts, London, Karnac Ltd.

 

–– (1984): Transformations, London, Karnac Ltd.

 

–– (1962): Learning from Experience, London, Karnac Ltd.

 

MELTZER, D. & HARRIS WILLIAMS, M. (1988): The Apprehension of Beauty, Clunie Press.

 

MELTZER, D. (1992): The Claustrum, Clunie Press.

 

PICHON-RIVIERE, E. (1974): Del Psicoanálisis a la Psicología Social, Buenos Aires, Nueva Visión.

 

RACKER, H. (1961): Estudios sobre Técnica Psicoanalítica. Ed. Paidós, Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

SOBRE LA TEORÍA DEL CLAUSTRO Y SU APORTE A LA TÉCNICA

 

Aurora Angulo

 

 

 

Dos meses antes del fallecimiento de Donald Meltzer, tuvimos la última supervisión en su despacho de Oxford. Me impresionó que a pesar de saberse muy enfermo estu-viera dispuesto a trabajar con nosotros. Allí estaba él, intentando pensar sobre nuestro material clínico, hasta sus últimos momentos, dispuesto a entregarnos lo mejor de sí mismo.

Por esta razón, me ha parecido muy pertinente em-pezar este artículo con una cita textual de su libro La aprehensión de la belleza (Meltzer, 1990):

 

“Es más analógico decir que los analistas tienen el mismo tipo de conflicto estético en su romance con el método psicoanalítico y su marco teórico sobre la personalidad y el proceso terapéutico. Obviamente, el método, con su intimidad, su fin abierto, su dis-posición implícita al sacrificio por parte del analista, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad hacia el paciente y su familia –todo lo cual está englobado en la dedicación a investigar el proceso de transferencia-contratransferencia– to-das estas facetas unidas por el esfuerzo sistemático, hacen del método, inequívocamente, un objeto estético…”

 

No es mi intención escribir específicamente sobre “el conflicto estético” (Meltzer, 1990). Quizás, para entender la profundidad de este enunciado, haría falta remitirnos a sus postulados sobre esta materia; no obstante, prefiero dejarlo abierto al interés del lector. Yo sólo quisiera, antes de entrar en el tema que me ocupa, expresar algo de lo que ha significado la experiencia compartida con Meltzer du-rante el tiempo de estudio y supervisión con él.

En el enunciado citado, nos habla del método y su intimidad, su fin abierto, la disposición implícita del ana-lista al sacrificio, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad hacia el paciente y su familia… No se trata de conceptos teóricos que él nos haya ido re-pitiendo, sino que han sido actitudes que nos ha ido tras-mitiendo a lo largo de los años.

Es una experiencia de aprendizaje muy difícil de expresar con palabras, que equiparo a lo que sucede en la relación con nuestros pacientes, en la que se crea un vínculo que permite, o mejor dicho “preside”, la evolución psíquica, tanto la de ellos como la nuestra.

 

Centrándonos en el plano teórico, podemos mencio-nar como aportaciones destacadas de Donald Meltzer al psicoanálisis, sus consideraciones sobre la dimensión epistemológica de la mente (ya desarrollada por Bion) y, concretamente, sus propias investigaciones sobre las di-mensiones estética y geográfica de la misma.

Precisamente, este trabajo está centrado en un aspecto de la dimensión geográfica de la mente, que es donde se ubica el concepto de “Claustro”. Desde mi perspectiva, es un desarrollo teórico que implica un valiosísimo aporte a la técnica, sobre todo en el tratamiento de determinados pacientes con serias perturbaciones narcisistas que les hacen tan difícil su adaptación al mundo y tan inaccesibles a la intervención terapéutica.

 

Volviendo al método, considero que las caracterís-ticas mencionadas por Meltzer son fundamentales a tener en cuenta en general con todos los pacientes, pero pienso que es con los pacientes del “Claustro” cuando toman una relevancia determinante.

 

Siguiendo las enseñanzas del maestro, intentaré dar cuenta de mis reflexiones a partir de un caso clínico, no obstante quizás sea necesario hacer una breve reseña del concepto de “Claustro”, por él desarrollado.

Como paso previo, me parece conveniente decir algo sobre la Identificación Proyectiva, concepto introducido por Klein (1946), enriquecido por Bion, (1959, 1962) y que Meltzer enfatiza y amplía para hablarnos de los modos y repercusiones de su utilización en el funciona-miento psíquico.

Se trata de una fantasía omnipotente de intrusión den-tro del cuerpo y la mente de otra persona para librarse de situaciones internas que producen ansiedad y conflicto, en otras palabras, dolor psíquico. Bion (1959), centrándose en otra perspectiva, rescata del concepto el aspecto de comunicación primitiva, básicamente inconsciente, que resulta fundamental para el aprendizaje. Lo enfatiza como el mecanismo que capacita a la madre para captar los estados de su bebé permitiéndole aliviar su sufrimiento.

¿Pero qué pasa cuando esta comunicación no ha sido posible, cuando ha fracasado la relación continente-con-tenido (Bion 1959), que permite el aprendizaje por la experiencia y, por tanto, el crecimiento mental?

Una gran consecuencia de este fracaso, en la relación con el objeto en las primeras etapas del desarrollo, será que la Identificación Proyectiva que –como ha destacado Bion–, inicialmente tendría un carácter comunicativo, se convierte en una forma de vínculo con características intrusivas como defensa para sobrevivir a nivel psico-lógico.

De forma que se activa la fantasía a la que Meltzer propone llamar Identificación Intrusiva por su carácter violento. Se provoca así una desgarradora dinámica de proyecciones e introyecciones, en la que el sadismo que fuerza al objeto va acompañado de intensas ansiedades persecutorias además de la amenaza constante de quedar prisionero en el interior del objeto violentado. Es cuando Meltzer nos habla del “Claustro” (1992).

 

Donald Meltzer hace referencia al uso de la Identi-ficación Proyectiva Intrusiva como forma de vincularse con los objetos externos e internos, centrando sus inves-tigaciones fundamentalmente en los aspectos proyectivos y los objetos internos. Se trataría de una situación nar-cisista en la que la verdadera relación afectiva con los objetos ha quedado imposibilitada. Rige la fantasía en la que el sujeto ha capturado al objeto manteniendo con él una relación fantasiosamente omnipotente e intrusiva con graves consecuencias en cuanto a la percepción del mundo y las relaciones. Consecuencias que veremos con más claridad cuando, a través del caso clínico que voy a co-mentar, observemos de qué manera este funcionamiento condicionaba a mi paciente tanto en sus relaciones perso-nales y laborales como en su relación conmigo a nivel transferencial.

 

Nos encontramos con un alejamiento afectivo en el que la realidad con el objeto externo queda absolutamente distorsionada, teñida por la amenaza constante de que las maniobras intrusivas, en relación al objeto interno, sean descubiertas y, por tanto, ser expulsado de ese refugio nar-cisista de características tan omnipotentes. Por otra parte, en esta forma de relación, quedan borrados los límites entre self y objeto lo cual, por un lado, ofrece las garantías del poder omnipotente, pero, por otro, es un impedimento para un verdadero desarrollo psíquico.

Otra consecuencia importante de esta falta de dife-renciación entre self y objeto sería la inevitable interfe-rencia en la formación de símbolos, por lo que el pensa-miento queda seriamente afectado. Bion (1984) formuló su teoría sobre el origen del pensamiento como el resulta-do de acontecimientos emocionales tempranos entre la madre y el bebé, decisivos para el establecimiento de la capacidad para pensar. Conceptualiza la mente como la organización para pensar sobre la experiencia emocional. Por lo tanto si lo que ha sucedido es un alejamiento de la emocionalidad, no hay posibilidad para el verdadero pen-samiento.

De modo que, cuando hacemos referencia a pacientes del “Claustro”, estamos aludiendo a personas con una pre-cariedad psíquica importante, generalmente con trastornos del pensamiento, lo que les hace muy susceptibles en las relaciones personales, desconfiados, necesitados de impo-ner sus criterios. Una discrepancia se convierte en un ata-que, interpretan cualquier intervención como una estra-tegia para manipularlos, privarlos de libertad o aprove-charse de su estado de necesidad.

Además, debido a la dominancia de la Identificación Proyectiva e Intrusiva en los vínculos que establecen, estas personas son capaces de captar la actitud interna y los estados mentales de su interlocutor. Por esta razón es que anteriormente mencioné que me parecía que con estos pacientes, prisioneros del Claustro, eran fundamentales los requisitos que Meltzer, desde su buen hacer analítico, señalaba como inherentes al método (disposición implícita del analista al sacrificio, sinceridad, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad, etc.).

Si el terapeuta, a pesar del omnipotente encierro nar-cisista al que se enfrenta, es capaz de acercarse a esta implícita precariedad psíquica y sinceramente se siente bien dispuesto a la titánica lucha por rescatarlos de su bunker defensivo, creo que son personas particularmente dotadas para captarlo y, a pesar de sus grandes temores, ir haciendo esfuerzos para salir de su celda dorada en la que agonizan privados de todo contacto afectivo.

 

Hecha esta introducción teórica al concepto de “Claustro” propuesto por Meltzer (1992), paso a exponer un caso clínico a través del que intento tanto una ilustración de la teoría y su función, como reflexionar sobre las vicisitudes del proceso terapéutico.

 

“Soledad”

 

El nombre del caso que voy a presentar, eviden-temente no responde al nombre real de mi paciente, pero si hace referencia a su manera de relacionarse. Se sentía siempre sola y excluida de todo tipo de vinculación afectiva, y se quejaba de la falta de consideración que casi todos tenían con ella.

 

Soledad llegó a mi consulta en un momento de gran desesperación. Atravesaba por una situación laboral muy problemática, acusaba a sus jefes de exigencias y maltra-tos a nivel psicológico

En el momento de la consulta tenía veinticinco años. Físicamente, destacaba por su belleza: alta, morena, de buen tipo, muy cuidada y moderna en el vestir; hecho seguramente favorecido por su trabajo, relacionado con el mundo de la moda.

Era la menor de cuatro hermanos, todos los otros eran varones. Sus padres nunca se habían llevado bien y cuando ella era adolescente acabaron separándose. Fue una niña tranquila que no dio problemas. Según mani-festó, desde pequeña se encerraba en sus fantasías y así se alejaba de las situaciones que le resultaban difíciles.

La visión que tenía de su familia era que todos iban a la suya, su madre quejándose constantemente del padre, pero, según ella, muy poco preocupada por los hijos a los que prestaba poca atención.

Había tenido juegos sexuales con uno de los her-manos que además la utilizaba para atraer a sus amigos. Con el padre tenía una relación difícil, a veces estaba de buen humor y se le acercaba, pero ella desconfiaba de esos acercamientos. Otras veces era autoritario e injusto.

En lo referente a su vida amorosa, había salido con varios chicos, pero con ninguno llegó a tener una relación duradera. Durante el tratamiento, inició una relación más estable, pero con una persona con la que vivía episodios bastante dolorosos, ya que él era casado, promiscuo y consumidor de drogas.

Tenía estudios universitarios y había conseguido tra-bajar como temporal en temas relacionados con sus estu-dios. En este periodo de prácticas, había tenido dificul-tades de tipo laboral.

La empresa en la cual empezaron los problemas de carácter más serio fue la primera empresa en la que entró como fija en la plantilla. El problema había surgido con su jefa que, según ella, era una persona arbitraria y la mal-trataba porque le hablaba mal y la mandaba a hacer cosas que no le correspondían.

A consecuencia de ello, se sentía muy deprimida, con episodios de gran ansiedad y llanto. Después de unos me-ses, en que esta situación llegó a su clímax, negoció un acuerdo para marcharse.

Fue en ese momento cuando se decidió a pedir ayuda psicológica. No tenía una economía muy solvente, así que acepté ajustar mis honorarios para que –como mínimo– pudiera tener dos sesiones semanales, ya que se encon-traba en un momento de gran desbordamiento.

 

Al poco tiempo, encontró otro trabajo con el cual inicialmente estaba muy ilusionada, pero no tardó mucho en volver a repetirse la historia, “corregida y aumentada”. Posiblemente, porque la nueva jefa resultó ser peor per-sona que la anterior y se dedicó a hacerle la vida imposi-ble dentro de la empresa. Constantemente, se daban situa-ciones de rivalidad en las que, según ella, la jefa le ponía zancadillas. Su visión del lugar de trabajo era el de una jungla en la que sólo sobrevivían los más hábiles en las malas artes del engaño y la manipulación.

Aunque sufría muchísimo, no se decidía a marchar por miedo a que se corriera la voz de que ella era la con-flictiva y también porque había idealizado a un directivo de esa empresa y lo sentía como el aliado que la salvaría de aquel infierno.

Al final, la acabaron despidiendo. Llevó el caso a los tribunales, acusándolos de mobbing. La empresa no quiso llegar a ningún acuerdo, prefirió ir a juicio y presentó pruebas en sentido contrario, según ella, todas falsas. Inclusive, el directivo que ella pensaba que sería su sal-vador, declaró en su contra.

 

 


Sobre la transferencia y la técnica

 

Mientras todo esto ocurría en el mundo externo, en el consultorio se desarrollaba un drama paralelo.

 

Al principio, lo que destacaba era su gran alejamiento emocional. Todo lo narraba en el mismo tono y tenía una risa automática que constantemente utilizaba, aún cuando narrara cosas supuestamente tristes.

 

En cuanto a mis intervenciones, si no eran en la línea esperada por ella, se desataba una gran persecución, que poco a poco fue disminuyendo, pero me hacía ir con mu-cho cuidado porque fácilmente se sentía atacada, criticada. Partía de la certeza de que yo estaba aliada con sus enemigos y compartía sus juicios en contra de ella.

 

Sesión tras sesión, sólo me explicaba las trampas que le ponía la malvada jefa. Yo casi no podía intervenir. Imposible interpretar cualquier movimiento psíquico a nivel inconsciente. Si en algún momento hice algún acercamiento a este nivel, sólo conseguí desatar rechazo y una actitud defensiva expresada a través de un discurso lleno de justificaciones y racionalizaciones muy alejadas de un verdadero contacto emocional.

 

Me parece interesante citar aquí a Meltzer cuando refiriéndose a los pacientes en el “Claustro” nos dice: “Sólo con el establecimiento en la realidad psíquica del pecho-inodoro como un objeto, a través de la experiencia de verlo externalizado en la trans-ferencia, se hace posible el abandono de la identi-ficación proyectiva masiva, dado que este meca-nismo tiene como objetivo escapar de una identidad infantil intolerable. Cuando a través de la mo-dulación del dolor se ha hecho posible una identidad se-parada, se ha abierto el camino para otros pasos en el desarrollo, […]” (Meltzer-Claustrum, 1992)

 

Teniendo en cuenta esta necesidad inconsciente, pero necesaria, de que yo pudiera ser ese “pecho inodoro”, “objeto parcial que puede ser valorado y necesitado pero no amado” (Meltzer, 1992), iba intentando, con mucha cautela, hacerle notar la visión que dominaba en nuestra relación en la que yo fácilmente dejaba de ser su terapeuta para convertirme en un terrible juez que la condenaba, o en aliada de sus enemigos.

 

A continuación, un sueño que da cuenta de su visión de la vida y su entorno:

 

“Estaba en un campo de exterminio, era como si hubiera una chica que tenía que atar a otras dos chicas con una cuerda y las tiró por el barranco. Tenía la sensación de traición. Era como si tuviera que hacer eso para salvarme.

Viene el marido a buscarla. Se va con él y un carrito en el que llevan dos niños. Bajando hay un barranco, tiene miedo de que se le escapen los niños por el barranco, el miedo de que les pase como a las chicas porque es como si se lo mereciera…”.

 

Como se puede apreciar en la narración del sueño –que he preferido transcribir literalmente–, hay una con-fusión importante, no se sabe cuando está hablando de ella o de otro personaje, confusión que yo identifiqué como relacionada con escisiones importantes que alteraban su pensamiento, al no permitirle la integración de senti-mientos tan diversos y rechazados.

No obstante, en el trabajo del sueño con ella, lo que resalté fueron los aspectos esperanzadores que surgían a pesar de transcurrir en un campo de exterminio; la posi-bilidad de sentirse en pareja, la preocupación por el cui-dado de los niños, las ganas de salvarlos, el temor a no poder hacerlo por los sentimientos de culpa que hacían temer el castigo, etc.

 

Otra característica que destacaba en la relación tera-péutica es que constantemente llegaba tarde y rechazaba todo intento de pensar sobre ello, siempre tenía la justificación adecuada. Aunque, poco a poco, fue ganando terreno la confianza y pudimos entender, por ejemplo, que llegar tarde era una forma de rebelarse ante lo que ella consideraba como un sometimiento a mis necesidades. Igual sentido tenían las interrupciones por vacaciones, los honorarios, etc.

 

Pero uno de los aspectos que más me preocupaba era el que, en una serie de momentos, a nivel contratrans-ferencial, yo sentía un profundo rechazo hacia una serie de actuaciones faltas de toda ética, pero que ella encontraba absolutamente justificadas, y –lo que es peor–, en varias ocasiones yo misma me sentí maltratada por su actitud cínica y falta de consideración hacia nuestra relación y el encuadre convenido.

Era cuando me resultaba imprescindible recurrir al continente de la teoría para que me ayudara a pensar, y poder así acercarme a la niña resentida, presa en la cárcel de su omnipotencia y grandiosidad narcisista. Sólo así pude ir venciendo la presión de aliarme con un Super Yo cruel del que ella me hacía partícipe, y que me hubiera llevado a interpretar los aspectos defensivos alejándome de las ansiedades más profundas que estaban en juego.

Nuestro trabajo se mantuvo durante cinco años y medio, al cabo de los cuales se tuvo que interrumpir por-que ella, por razones laborales, se vio obligada a marchar a otra ciudad de España. Con este motivo, las ansiedades de separación que se pusieron en marcha, recrudecieron antiguos conflictos en los que yo me volvía a convertir en ese objeto vengativo que no iba a tolerar que ella se fuera.

No obstante, tuvimos la oportunidad de acercarnos a sus múltiples motivaciones conscientes e inconscientes, y pudimos entender que había aspectos muy saludables de ella puestos en juego, inclusive su marcha resultaba casi necesaria también desde un punto de vista interno, ya que el vivir tanto tiempo prisionera en un “Claustro” (Meltzer, 1992) la había hecho temerosa para enfrentarse a nuevas situaciones, más aún fuera de la ciudad de la que nunca se había podido mover.

 

 

Conclusiones

 

A través de lo expuesto, he querido en primer lugar expresar mi profundo agradecimiento a D. Meltzer por su infinita generosidad, por habernos enseñado a pensar con libertad, y sobre todo por ofrecernos la posibilidad de acceder a la dimensión estética del método.

 

Desde el punto de vista de la técnica, a partir de un caso clínico, he intentado resaltar la función de las teo-rías, en este caso la teoría del “Claustro”, remarcando la importancia de que puedan actuar como continentes de nuestra emocionalidad, un requisito que creo nos puede ayudar a mantenernos firmes, pero a la vez flexibles y tolerantes.

Actitud imprescindible en el difícil tratamiento de pacientes cuyo proceso madurativo se ha visto obstruido por el establecimiento precoz de un tipo de vínculo en el que la diferenciación con el objeto ha sido anulada, quedando el pensamiento seriamente afectado, convir-tiéndose así en prisioneros de un “Claustro” (Meltzer, 1992), marginados de su propia afectividad y, por tanto, alejados de la belleza del mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

BION, W. R., (1970): Volviendo a Pensar, Bs. As., Ed. Hormé, 1972.

 

–– (1970): Atención e Interpretación. Bs. As., Paidós 1974.

 

KLEIN, M. Obras Completas. Bs. As., Paidos-Hormé 1974

 

–– (1932): “El Psicoanálisis de niños.”

 

–– (1946): “Notas sobre algunos mecanismos esquizoi-des.”

 

–– (1952): “Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del lactante.”

 

MELTZER, D. y HARRIS W., M. (1988) La Aprehensión de la Belleza. Bs. As., Spatia ed., 1991

 

–– (1992): Claustrum, Bs. As., Spatia ed., 1994.

 


EN TORNO DE LAS INTERPRETACIONES

 

Claudio Bermann

 

 

“Presa en laurel la rama fugitiva”

Lope de Vega

 

 

La interpretación nace al mismo tiempo que el psicoanálisis. En una primera época era la verdad, hallada por el psicoanalista, que se le transmitía al paciente; y se esperaba que condujera inmediatamente a cambios. Al observar que tal cosa no ocurría, Freud percibió que se precisaba una continuidad en el trabajo y habló de durcharbeiten, que algunos tradujeron por “perlabo-ración” (la palabra alemana quiere decir, en realidad, trabajar a lo largo de…, vendría a ser un tiempo.) En este trabajo, cuando hablamos de la interpretación nos referimos fundamentalmente a un intento de comprensión analítica, a una formulación que comunicamos al analizante y también a qué hace éste con aquello que le hemos transmitido. Tal vez podamos decir que la comprensión psicoanalítica nada tiene que ver con identificarnos con el paciente, ni siquiera en la primera entrevista, ya que nuestra ayuda puede consistir en ayudarle a pensar y para ello es imprescindible poder diferenciarnos de él. Esto es algo que Freud tenía muy claro y por eso rechazaba las formulaciones de algunos analistas (Ferenczi, 1928) de poner la empatía como centro del trabajo psicoanalítico. (En los últimos años la empatía ha sido enarbolada por grupos de analistas –Kohut y sus seguidores, y los que propalan el “psico-análisis relacional”– que parecen empeñados en una sim-plificación del psicoanálisis.)

Pero ubiquémonos en la situación analítica. Cuando Freud formuló la regla fundamental de la asociación libre y la atención libremente flotante, lo hizo teniendo in mente la censura y la necesidad de escapar a ella. Pero también podemos entenderla como un “juego” con sus reglas: como algo que permite “soñar” en sesión. Carece de la fluidez en la aparición de elementos procedentes del inconsciente que tiene el sueño, esto es, hay notoria pre-sencia del proceso secundario; pero por otro lado el diálogo que se produzca puede llevar a que aparezcan experiencias emocionales. Y esto nos tiene que llevar a la receptividad del analista.

Podemos pensar que un requisito para la receptividad sea un suficiente contacto del analista con sus objetos internos. Quizás el punto de partida sea la disponibilidad en que procuramos ubicarnos cuando seguimos la reco-mendación de Freud referente a la atención flotante. Como señala B. López (1984), es una actitud consciente de no-comprensión que permite que lleguemos a sorpren-dernos por lo que el paciente nos va comunicando. Utili-zamos diversas modalidades sensoriales, como él destaca, en una tarea de “traducción” que va de una a otra. La atención flotante es así “un modulado pasaje de un mo-delo representativo a otro o como una transformación que se inicia en uno de ellos y se extiende a los restantes en una operación donde la reversibilidad y la oscilación es una constante” (p. 771). Esta tarea puede verse interferida por “coagulación” en diversos modelos receptivos o por los pre-conceptos del analista, además de por las emo-ciones que pueden despertarse en la contra-transferencia.

Todos sabemos que prestamos atención al lenguaje del paciente, a las maneras que tiene de usarlo, a las repeticiones en el discurso; y no sólo a lo que dice, sino también a lo que muestra. La música de su elocución no nos es ajena, y prestamos atención al tono, a la intensidad, a las notas de emoción que pueden aparecer; y también al ritmo, que con tanta penetración ha estudiado Susanna Maiello (1998), que en ocasiones parece marcar un acom-pasamiento entre sus verbalizaciones y nuestros pensa-mientos.

Todo esto lo hacemos utilizando los instrumentos que ya están en nosotros: los conceptos psicoanalíticos con que nos manejamos; la lectura en términos del mundo interno, que nos lleva a imaginar una “personificación” dentro del escenario mental (¿”quién” nos está hablan-do?); la percepción del “punto de urgencia” que nos lle-vará a la angustia inconsciente; estamos usando también nuestras propias experiencias emocionales. Tenemos pre-sentes otras cosas a las que también prestamos atención: a los relatos, como relatos de actuaciones; a las formas de pensar del paciente, etc. Y estamos animados con una determinada intencionalidad, que es la de privilegiar la emocionalidad, lo animado frente a lo inanimado, lo dinámico frente a lo estático.

 

El hecho seleccionado

 

Como se puede deducir, esto que vengo comentando nos lleva al hecho seleccionado, que es como Bion llama al complejo proceso que lleva a que elementos que antes eran conocidos pero estaban dispersos, se organicen en un nuevo conjunto significativo, esto es, que una masa de fenómenos aparentemente inconexos sean unidos por una intuición repentina. Puesto en lo que podría ser el relato de una sesión, sería aquello que, provisto por el paciente, nos permitirá, después de una sorpresa inicial, llegar a una configuración, a dar una forma y una nominación; esto permite que en la sesión se llegue a configurar un con-tinente y un contenido. Para abreviar lo llamaremos el hallazgo de D, partiendo de que en las formulaciones de Bion: PS<–––>D, el primer término alude a lo disperso y D, a lo que se reúne. Cuando hay un fallo en D no podemos hablar de continente y contenido; esto dificultará que se pueda crear, u obtener, o luego incrementar, el significado. Me parece que se puede aproximar el hallazgo de D al encuentro con el objeto estético, ya que presenta ante paciente y analista algo nuevo, diferente, que inmediatamente les confronta –con el necesario acompañamiento de elementos de confusión– al impulso a investigarlo y, al mismo tiempo, a desconocerlo.

Creo que tenemos que pensar que D tiene un cierto carácter fugitivo: por ello he puesto en el epígrafe inicial el hermoso verso de Lope de Vega. Así, D es seguido por un nuevo PS, luego otro D, y así ad infinitum. Bion es muy claro cuando, construyendo teoría (1963), caracteriza a PS “como una nube de partículas [fragmentadas, o dispersas] capaces de unirse” y a D “como un objeto [integrado] capaz de fragmentarse y dispersarse”; es decir, la referencia no es a un estado evolutivo, por más que se tomen prestados los nombres que Klein había acuñado, sino a una característica del funcionamiento mental. Dado que gracias al hallazgo de D se percibe que hay cosas nuevas a investigar, es necesario o inevitable que PS le siga. En ese caso no se puede hablar de regresión, ni siquiera a sistemas defensivos anteriores, como hace Joseph (1989) refiriéndose a una paciente que tenía capacidad de enfrentar al dolor depresivo.

Si pensamos que PS puede dar lugar al hallazgo de D, que luego da lugar a otro PS, no podemos coincidir con lo que postula Britton (1998), de que llega un momento en que se configura un D patológico (“D path”) en el cual el paciente se instalaría para no enfrentarse a las angustias de la posición esquizo-paranoide. Me parece una contradictio in adjecto, ya que en ese caso se trataría de un falso D (equiparable a la simulación del hecho seleccionado por un hecho fortuito externo, tratándose, en este último caso, sólo de una “armonización” de elementos beta); y el conjunto del proceso sería lo que Bion denomina –PS<–––>D (anti PS<–––>D). El D patológico al que se refiere Britton sería que, en realidad, lo que en un momento fue D ha perdido su estructura y sólo semeja D (busca parecérsele). Pensar que D puede conservarse como tal y no alterarse habla de un concepto estático y no dinámico. Lo que Britton propone parece ir a sustentar las ideas de Steiner (1993) en torno de los “retiros psíquicos”, que tendrían básicamente las características de escapar a las angustias propias de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva; o sea, nada que ver con Bion.

Cuando un paciente pretende instalarse en un falso D puede estar haciendo uso de la reversión de la perspectiva, que Bion caracterizó y ubicó dentro de las organizaciones psicóticas como el intento de convertir lo dinámico en estático. Para el analista se trataría de operar una marcha que abra el camino a la emocionalidad; en otras palabras, de tornar aquello inanimado en animado.

 

Ilustración clínica

 

Pienso que lo acontecido en una sesión puede ayudarme a ilustrar un uso especial, muy sutil y al mismo tiempo disociado, de la reversión de la perspectiva. El paciente es un hombre de más de cincuenta años que hace un buen tiempo que está en análisis con una frecuencia de cuatro sesiones por semana; se trata de un segundo análisis. Es una persona muy inteligente, pero sus carac-terísticas narcisistas no le han permitido obtener los resultados que cabría esperar de sus condiciones. En los años transcurridos entre su primer análisis y el actual desarrolló un método de “auto-análisis”, según él lo califica, que se caracteriza, sobre todo, por ejercicios explicativos y finalmente auto-exhortativos, que le per-miten salir de estados transitorios de decaimiento anímico; también los practica durante las separaciones: fines de semana y vacaciones. Colabora con el tratamiento, pero con cierta frecuencia tiende a malentender las interpreta-ciones; esto lo realiza a través de la “traducción” que de ellas hace para integrarlas dentro de sus esquemas. Pro-cura ser honesto, aunque se podría decir que todavía, antes que amar a la verdad, odia la mentira.

Comienza la última sesión de la semana relatando dos sueños de la noche anterior. Del primero recuerda sola-mente que: Había un combate, aunque quizá se tratara de una colaboración; sería como una batalla amistosa. En un momento alguien dice esta frase: “El capitán es un hombre muy difícil”. En el segundo sueño va a vender su piso; hay algún miembro de su familia que dice que no tiene tanto valor. Experimenta una especie de decepción. Una chica de la familia le dice: “Pero luego te en-contraste con que no había balcón para asomarte”. Piensa y ve que hay como una ventana-balcón. Al ver el poco interés que sus parientes tenían en el piso, se apartó y se desinteresó.

(Se dejó de lado la lectura de los elementos edípicos del material: padre/analista-capitán como hombre muy difícil y madre-piso devaluada, sin balcón-pecho, que habían sido vistos en numerosas sesiones previas, porque en esa sesión surgió el interés por ver qué hacía el paciente con las interpretaciones.)

Asocia el combate amistoso con el análisis, haciendo referencia a las anteriores sesiones de la semana. Y el cambio de piso, con posibles cambios en él, de lo que también se había hablado en sesiones anteriores. Dice que no sabe si los personajes que hacen crítica son aspectos de él, de autocrítica.

Al señalamiento de que uno de los personajes, al decir que no había balcones, apuntaba a que no había medios de comunicación con el exterior, asiente y agrega que re-cuerda algo que lo había entristecido, relacionado con la época en la que compró su piso: que en aquel entonces tenía la sensación de estar engañando y tenía miedo de que le hicieran devolver lo adquirido. No sabe si apuntaría por ahí: grandes cambios, grandes adquisiciones, y que tenga miedo.

Al interpretársele que tenía miedo de agradecer al analista por los posibles cambios (tema recurrente en numerosas sesiones a lo largo del tratamiento), porque podría vivirlo como “quedar en deuda”, recordó que en su infancia adquirió un trompo que deseaba mucho y luego se lo quitaron. Habla después de una tónica general que le es propia: que no tiene nunca deudas. Y recuerda a una persona que conoce, la que está convencida de que vale muy poco y que solía verse llevada a tener relaciones sexuales con sus superiores, a la que le comentó que se veía obligada a pagar en especie. Alude, recordando sesiones anteriores, al peligro que para él puede representar el recibir. Y se pregunta qué le pasa cuando, al desear tanto algo, tiene miedo de que se lo habrán de quitar.

La interpretación siguiente aludió a la disociación: que al asociar con aquella paciente había una respuesta a lo que se le había comentado; y que cuando piensa en que le habrán de quitar algo deseado se refiere a una amenaza impersonal, a lo que él ya traía pensado.

Respondió que lo que se le había dicho le había “tocado”, y que le había evocado que en él había aspectos delicados, nada aparatosos, y que veía que él no los consideraba. Y que mientras estaba escuchando había imaginado que terminaba el análisis y hacía un muy valioso regalo al analista, para lo cual buscaría a gentes que le conocieran para informarse acerca de sus prefe-rencias: que le gustaría acertar en lo que al analista le provocase intensa alegría. Y que a veces fantaseaba con que le editaban alguna de sus obras y se la dedicaba.

Se le interpretó nuevamente la disociación: el regalo “valioso” como algo pensado para causar impresión, en tanto que la dedicatoria del libro podría ser una respuesta afectiva que, teniendo en cuenta el orden de las asocia-ciones, podía ser escamoteada.

Decía más arriba que éste puede ser un ejemplo de uso disociado y a la vez sutil de la reversión de la pers-pectiva. A las interpretaciones el analizante responde en una doble vertiente: por un lado, tratando de despojarlas de su cualidad de impacto emocional al procurar integrar-las en su habitual esquema de pensamiento; por el otro, asociando, lo que permite la continuación del trabajo ana-lítico. En la primera vertiente estaríamos, más que ante un ataque a la verdad –que sería propio del delirio–, frente a la ausencia de verdad, que puede llevar al empobreci-miento o a la inanición mental; en la segunda, ante la posibilidad de abrir el campo a la emocionalidad, con las posibilidades que ella ofrece para el crecimiento mental. Este mismo paciente, en una sesión posterior, aludió a una probable experiencia dolorosa en el curso del tratamiento; dijo: “Lamentaría llegar a darme cuenta de que tengo formas obscuras de escuchar”.

¿Características de la interpretación?

 

Es evidente que las cualidades que le otorguemos a la interpretación dependen del concepto que de ella tenga-mos y de los objetivos que le adjudiquemos. Si pensamos que ha de constituir una explicación –por tanto, saturada– que le ofrecemos al paciente de lo que sucede en su psiquismo, estamos colocándonos en una situación de ya-saber; presuponemos también, en ese caso, que no nos estamos refiriendo a algo nuevo, sino sólo a repeticiones de situaciones pretéritas de las que ya tenemos algún “conocimiento”, sea por nuestros pre-conceptos teóricos o por inferencias obtenidas en el curso del análisis. En este último caso nuestro esfuerzo imaginativo habrá de ser necesariamente pobre y puede llevar a que nos conside-remos satisfechos con los conocimientos de que dispo-nemos. Y de las interpretaciones que formulemos puede interesarnos más saber qué hace el analizante con ellas, que la tarea de validarlas, que preocupa a muchos ana-listas.

Para Bion (1997) la interpretación es el complemento, menos esencial, de lo más esencial, que es la observación correcta. Con Meltzer hemos aprendido (l986-99, 1992) que puede ser una descripción que permita al analizante ir tomando contacto con aspectos disociados de su self. En todo caso, si partimos de la idea de que la tarea psico-analítica se enmarca dentro del trabajo de crecimiento psíquico, que es exponencialmente infinito, la función de la interpretación es ir abriendo campo en la exploración mental que el paciente realiza conjuntamente con no-sotros.

La palabra alemana deuten se traduce por in-terpretar. Tiene también la acepción de señalar, incluso con el dedo; y, en sentido figurado, anunciar. No cabe duda de que la intención de Freud (1900) se refería a la interpretación de los sueños en tanto lectura o explicación de algo oscuro. Pero también nos vale señalar con el dedo, apuntar a algo cuya explicación aún no tenemos, pero que sentimos como indicativo de algo a descubrir; no en vano Freud señalaba (1900, 1915-16) que el núcleo del sueño está en el punto que aparece como el más oscuro, aquel cuya lectura hay que procurar.

Ello nos demanda un esfuerzo imaginativo, ya que hay algo que no sabemos. Esta especulación imaginativa no nos es ajena. Castoriadis (1995) ha señalado, con fino humor, que la imaginación es lo característico de los seres humanos, en tanto que la lógica es común a otros ani-males; piensa, con razón, que la preocupación de Freud por la lógica es excesiva, y sobre todo en alguien que utilizó la imaginación como instrumento princeps. La imaginación especulativa es muy importante para Bion (1997), quien señala que aunque sea psicótica (es probable que en esto la referencia sea Newton, cuyos diarios Bion pudo conocer gracias a lord Keynes) puede constituirse en etapas en el camino de lo que finalmente veremos como científico. Dice que cuando alguien ha permitido a su imaginación, tan honestamente como le es posible, jugar con el material y decirlo en los términos que ha po-dido, entonces puede señalar la naturaleza del producto; y no importa cuál haya sido el estado de ánimo que se tenía cuando se observó.

Pensamos que la imaginación es un componente esen-cial del instinto epistemofílico. Cuando Meltzer (1988) da substancia al ejercicio de la necesidad de saber, señala que se hace a través de la respetuosa penetración imaginativa en el objeto cuyo misterioso interior se desea conocer. Britton (1998), que erróneamente, a nuestro juicio, incluye a la creencia en el instinto epistemofílico, recuerda a Wordsworth y Coleridge (1800, 1818), que distinguieron tres tipos de imaginación: a) primaria, que es “el poder viviente y el agente primario de toda percepción humana”; b) imaginación secundaria, que es un eco de la primera, “disolviendo, difundiendo, disipando para luego recrear, luchando por idealizar y unificar”; y c) el fantaseo, que es inferior. Creo que las dos primeras, según las caracterizan ambos poetas, pueden entenderse como la evolución de experiencias emocionales. Sabemos que cuando trabaja-mos estamos atravesando por experiencias emocionales; si podemos tolerar en nosotros mismos la confusión y la turbulencia, si no nos evadimos hacia un acting-out interpretativo, podemos hacer uso de nuestra imaginación y ayudar a nuestros pacientes a hacer lo mismo. No se trata de hallar la interpretación exacta, como procuraba Glover (1928), si es que ésta existe, sino de proseguir una investigación, una búsqueda de conocimiento. Entende-mos que los objetos internos tienen fuerza, lo que es un componente importante de su cualidad de concretos. ¿Po-demos aspirar a que nuestras interpretaciones realicen tareas equiparables a algunas de las de los objetos inter-nos? A veces nuestros pacientes se quejan de que somos demasiado duros, o incisivos, con ellos; pero nos sentimos amparados al respecto por la afirmación de Bion (1963) de que: “Todo incremento de insight depende de la medida en que el paciente ha sido forzado a digerir la interpretación de manera de producir un cambio en su punto de vista”. De lo que se trata, en todo caso, sabiendo que no perseguimos la interpretación exacta, es de poder ir ampliando el diámetro del círculo.

Tenemos presente que nuestras interpretaciones son aproximaciones. Que tienen la misma cualidad de fugi-tivas que el hecho seleccionado. Que estamos siempre lu-chando contra la evitación del dolor, la cual lleva a los pacientes a elegir un vértice específico para escotomizar el pensar, ante lo cual procuramos multiplicar los vértices para hacer una prueba de realidad psíquica. Que utiliza-mos un lenguaje metafórico, lo cual no quiere decir cons-trucción de símbolos; en todo caso, utilizamos símbolos “prestados” por nuestros analizantes. Que estamos oscilando –tal como nuestros pacientes– entre una pre-tendida “claridad de insight” y ansiedades confusionales que siempre estamos tentados a evadir. Que no podemos estar buscando la creatividad sino que, en todo caso, la imaginación está en cada uno, en nuestros pacientes y en nosotros. Que el proceso de aprendizaje es largo y no tiene final: que no hay en él, por tanto, ni “ya”, ni “ahora”. Lo que podemos aprender de nuestras interpretaciones es que son sólo intentos de ir abriendo camino. Recuerdo en este momento la frase del cirujano francés que Freud menciona en uno de sus escritos técnicos: “Je le pansai, Dieu le guérit”. Para el trabajo analítico nosotros somos solamente como ese cirujano y Dios son los objetos in-ternos que han podido ser rehabilitados.

Bibliografía

 

BION, W. R. (1967): Second Thoughts, London, Karnac Ltd..

 

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STEINER, J. (1993): Retiros Psíquicos, Madrid, Biblio-teca Nueva, 1997.

 

 

 

 


LAS DIMENSIONES DE LA VIDA MENTAL

 

Miriam Botbol

 

 

Hay personas que,

cuando se marchan se quedan;

que, cuando salen, entran.

Y se percibe su presencia, su presencia real,

durante mucho tiempo.

Juan José Millás

Cuando Meltzer murió, mi diálogo con él entró defini-tivamente en aquella dimensión introyectiva en la que puedo seguir nutriéndome con sus enseñanzas, aunque nunca más vuelva a escucharlo de modo directo,. En este sentido, y como homenaje, decidí escribir este artículo en el que hablo del primero y del último paciente que super-visé con él, de los interesantes conceptos que emergieron de dichas supervisiones (muchos transcriptos textualmente para beneficio del lector) y presento algunas observacio-nes acerca de lo que considero que la experiencia de aprendizaje favoreció en mi crecimiento como terapeuta

 

Donald Meltzer solía producir fascinación en aquellos a los que supervisaba por su notable capacidad para abarcar un caso en su totalidad. Imaginaba y transmitía con gran vivacidad la personalidad del paciente y se adelantaba al material que se le leía. “Esto que usted dice aparece en la próxima sesión”, solía comentar el terapeuta con admiración, una y otra vez, en diferentes países del mundo.

 

De los casos que presenté a supervisión, entre Xavi, el primer paciente, y Juan, el último, hay catorce años de distancia. Y muchas diferencias entre ellos: Xavi era un niño de diez años, nacido con hidrocefalia, que presentaba serias dificultades de evolución, en tanto que Juan era un hombre de cuarenta, con una brillante carrera profesional y una familia estructurada que, sin embargo, vivía empo-brecido por sus limitaciones emocionales, sus miedos, su adicción a internet y la sensación de estar desperdiciando su vida.

En ambos casos la supervisión fue larga; ocupó una mañana entera durante la cual se habló en profundidad no sólo de los casos sino de lo que evocaban en Meltzer. Con Xavi, nos habló del paso de la bidimensionalidad a la tridi-mensionalidad matizando las diferencias en el concepto de bidimensionalidad en la obra de Esther Bick, de Wilfred R. Bion y en la suya propia. Con Juan, habló de Guerra y paz de Tolstoi, de la obediencia y de la libertad, del temor a herir y del temor a amar… y de técnica psicoanalítica.

 

Entre una presentación y otra puedo detectar dife-rencias en mí, puedo “intuir” que he crecido como tera-euta– utilizo esta palabra, al decir de Meltzer, como “afirmación aceptable de una percepción inconciente”– por lo que, al final de este trabajo, intento dar forma a esta “intuición” reflexionando sobre algunos puntos que este crecimiento implica.

 

Cuatro dimensiones

 

Antes de presentar la supervisión de Xavi, en la que bidimensionalidad y tridimensionalidad serán conceptos que se mencionen con frecuencia, creo que es útil recordar lo que plantea Meltzer en su libro Exploración del autismo (1975) sobre las dimensiones de la vida mental, en el que describe cuatro, que intentaré resumir:

 

En un extremo, el mundo unidimensional (sustancial-mente sin mente) que sólo consiste en una serie de eventos no disponibles para la memoria o el pensamiento.

En el otro, la formación de un mundo tetradimen-sional, que sólo puede comenzar cuando ha disminuido la omnipotencia. El mecanismo que predomina en este mun-do es la identificación introyectiva, que tiene carac-terísticas muy diferentes a las de las identificaciones narcisistas. Además, una condición necesaria para que se establezca es el desarrollo de la capacidad de renuncia.

En cuanto a la tridimensionalidad, al hacerse efectiva la función de esfínter se abre la potencialidad de un espacio y, por ende, de un continente. Así, cuando surge el concepto de orificios (en el objeto y en el self) la visión del mundo en su totalidad se eleva a un nuevo nivel de complejidad. La identificación proyectiva es el mecanismo que se comienza a utilizar, y de este modo la tridimen-sionalidad se constituye en una dimensión de la vida mental. Hay que resaltar que el sentimiento de ser ade-cuadamente contenido es una precondición para la expe-riencia de ser un continente capaz de contener.

El concepto de bidimensionalidad implica que “la significación de los objetos se vivencia como inseparable de las cualidades sensuales que pueden captarse de sus superficies”; Meltzer lo desarrolla en su investigación sobre los niños autistas, pero amplía este concepto al hablar de la superficialidad como una organización de carácter que sitúa entre la desmentalización y la pro-fundidad en la experiencia de la vida. Por eso, la paciente que pone de ejemplo no era capaz de distinguir muy bien entre su analista, su médico o su peluquero.

Se puede ver que el campo de aplicación de esta idea es vasto. Tanto, que también incluye la práctica del ana-lista al decir: “En los círculos psicoanalíticos hay mucho de esta actividad amental observable cuando se tiende a utilizar los términos técnicos y la jerga como slogans

 

 

Bidimensionalidad en Bion, Bick y Meltzer

 

Durante la primera supervisión Meltzer hace un desarrollo teórico muy interesante que creo útil incluir textualmente.

 

“El concepto de bidimensionalidad apa-rece como un concepto bastante indepen-diente que se elaboró en forma diferente en los trabajos de Bion, de Mrs. E. Bick y en el mío propio.

 

En la obra de Bion aparece como parte de su teoría del pensamiento cuando distingue las áreas simbólica y no simbólica de la mente, a partir de la distinción que hizo entre las personalidades endoesqueléticas y exoes-queléticas –ya que todas las personas tienen un exoesqueleto que vuelcan hacia el mundo, y un endoesqueleto que pertenece más al área de sus relaciones íntimas y consigo mismos.

En los trabajos de Mrs. Bick surgió como algo más relacionado con lo que ella deno-minó la personalidad contenida por la piel, a modo de una segunda piel que se da en las personas que no son capaces de contener sus objetos. Algunos niños se contienen a través de lo que denominó la segunda piel muscular, en que los músculos tratan de contener a los objetos; otros, tratan de contenerse y mante-nerse integrados a través del lenguaje, enten-diendo por este lenguaje aquel que no tiene en cuenta el significado de las palabras sino el que se constituye en el habla de cosas sin sentido.

 

En el trabajo en el que estudiamos el autismo, se desarrolló el concepto de bidi-mensionalidad a partir de observar cómo los niños que salían del autismo lo hacían a través de un estado de gran obsesión. Ilustra claramente que el problema central que enfrentan estos niños consiste en encontrar el camino “para entrar” y en lo difícil que les resulta sentir que pueden llegar a la mente de las otras personas, estar allí y quedarse allí.

 

Pienso que estos tres términos –endo y exoesqueleto, segunda piel y bidimensio-nalidad– describen el mismo tipo de fenó-menos y en cierta manera son intercambiables entre sí. Estos conceptos, si bien son teóricos, tienen una utilidad muy grande en la clínica”.

 

Y así, aceptando la invitación que nos hace Meltzer, entramos en la clínica.

 


De la bidimensionalidad a la tridimensionalidad: el caso Xavi

 

A la primera supervisión decidí llevar el paciente más difícil que en ese momento tenía en tratamiento: un niño psicótico de diez años, que había nacido con hidrocefalia. No sólo era difícil de tratar por lo incoherente de las se-siones, sino que también me resultaba enormemente difícil transmitir cómo lo trataba. Fue una decisión arriesgada, porque me preocupaba la situación de exponerlo públi-camente ante un grupo de colegas (a algunos de los cuales aún no conocía demasiado) y ante un psicoanalista del renombre de Meltzer. Sin embargo, pensé que llevar ese niño a supervisión era darle una oportunidad.

 

“¿Qué más puedo hacer con Xavi? ¿Cuál es el límite al que este paciente puede llegar?”, le pregunté a Meltzer. Y, con su modo característico de responder (frecuen-temente de un modo distinto al que uno espera) dijo: “Hay preguntas que es preferible no hacer”.

Creo que lo entendí. Por un lado, el techo del co-mienzo de un tratamiento no es el mismo que el del final de esa relación terapéutica. Y por otro, marcar un techo limita la esperanza. Y, en casos como el de Xavi, la esperanza sostiene el trabajo.

 

En el momento de la consulta Xavi llevaba tres años de tratamiento. Su historial médico fue muy traumático y tuvo que ser operado en numerosas ocasiones. Sin em-bargo, su aspecto era atractivo y promovía en los demás la idea (a menudo equivocada) de que comprendía lo que se le decía. Tenía una capacidad imitativa notable que uti-lizaba para dar la ilusión de que entendía las cosas…a ratos, cuando no se “despistaba”.

Lo que los padres llamaban “despistes” eran frecuen-tes desconexiones que, tanto yo como otros colegas con más experiencia, diagnosticamos como rasgos psicóticos de Xavi. Sin embargo, cuando le planteé el caso a Meltzer, él dijo que no le parecía psicótico y durante la supervisión desarrolló ampliamente la diferencia entre niños psicóticos y lesionados cerebrales no sólo en la teoría sino también en sus implicaciones técnicas.

 

Imitación y aprendizaje

 

Desde el inicio de la supervisión, Meltzer se centró en el modo de imitar de Xavi.

“Un lorito con talento”, dijo. “Si se le dice “la formula de la energía es igual a masa por velocidad, etc, etc,” y en lugar de contestar “¿¿Ehh??” contesta “¡Sí! La fór-mula de la energía, etc, etc”, no es que sea un genio, sino que tiene una gran capacidad de imitación que utiliza para dar la ilusión de que entiende las cosas.

Es posible que esté disfrazando su falta de comprensión frente a los demás y frente a sí mismo; es posible que entre su capacidad de imitación y de confabulación tenga poca experiencia de sentirse confuso e incapaz. Gracias a su facilidad en el uso de la ca-pacidad imitativa y a la confabulación deja de sentir ansiedad…Un niño como este siente demasiada poca ansiedad para empujar su desarrollo”

 

Cuando le dije que en la última sesión, antes de las vacaciones de verano, Xavi me sorprendió al conseguir atarse el cordón de las zapatillas –lo que hasta ese mo-mento le había resultado imposible– Meltzer comentó:

 

“Un niño bidimensional puede aprender muy bien y rápidamente a través de la imitación. La manera de enseñarles es ponerse delante de ellos y hacer lo que se quiera que aprendan, pero no a través de instrucciones del tipo “Esto se hace de tal manera”; son incapaces de aprender si se les enseña, como a los demás niños, explicándoles con palabras lo que hay que hacer”.

 

¿Romper o agredir?

 

Expliqué que durante la sesión Xavi recogió unas hojas de papel que recientemente le había puesto diciendo: “¡Mira lo que hago con tus hojas!” Rompió una…y siguió rompiendo… “Y con ésta y con ésta…” Le transmití a Meltzer que muchas veces me resultaba terriblemente difícil comprender cómo surgía la agresión, qué es lo que la provocaba.

 

“Un niño que funciona bidimensional-mente puede estar rascando un poco la tela a de su camisa y, de repente, hacérsele un agujero. Allí termina la inhibición, una vez ha habido una pequeña rotura ya lo rompe todo en pedazos porque no puede inhibir la agresividad. Son cosas muy primitivas. También se ve en los pájaros; si un pájaro está lesionado sus compañeros le matan”.

 

Estos comentarios me resultaron muy útiles, ya que percibir la diferencia entre romper simbólicamente –con el significado de agredir– o romper porque no se inhibe la agresión, me permitió entender otras situaciones clínicas de pacientes (no sólo niños sino también adultos) que, por ejemplo, en un determinado momento de su funciona-miento bidimensional, no pueden cesar de auto-destruirse.

 

 

¿Agredir o marcar el territorio?

 

En otro momento de la supervisión, le dije a Meltzer que durante la sesión le recordé a Xavi que era nuestra última sesión, ya que nos íbamos a separar durante las vacaciones de verano. Él se echó al suelo y, mientras decía “¡Una mierda de vacaciones!”, expulsaba gases.

“El expulsar gases en la sesión, en un neurótico o un psicótico sin lesión cerebral podrían interpretarse como un ataque, en cambio en Xavi es un intento de controlar a la terapeuta rodeándola con mierda y pedos. Un comportamiento de control a través del territorio, un comportamiento primitivo co-mo lo haría un perro que va marcando su territorio con su orina y heces. Como si intentara aprisionar a la terapeuta en ese círculo de mierda”.

 

 

Comportamientos obsesivos

 

“En los niños con lesiones cerebrales existe algo que se acerca bastante a lo que Freud formuló como el principio de Nirvana: la tendencia al control obsesivo que busca mantener las cosas como están y que no pase nada, porque tan pronto como ocurriera algo, al no ser capaz de pensar sobre ello, se entraría en un estado de confusión terrible”

 

Sin embargo, no todos los comportamientos obsesivos tienen el mismo significado. Por ejemplo, al comienzo de la sesión, cuando abrí la puerta e intenté entregarle al padre un sobre con el recibo del mes, Xavi me lo arrebató y se lo dio él. El padre antes de irse lo deja sobre una mesita y Xavi lo recogió e intentó leerlo. “¡Es de mi padre!”, dijo.

Meltzer interpretó esta conducta como el deseo de separar de forma obsesiva a los padres y comentó:

 

“Este comportamiento obsesivo que Xavi expresa con su conducta posesiva “Es mi padre” –o podría ser “Es mi terapeuta”–, está por delante de su conducta bidimen-sional– expresada en la mímica, la obediencia-deso-bediencia, etc–. Si yo tuviera que hacer una intervención no lo haría con un tono muy negativo, ya que esta con-ducta posesiva y obsesiva significa un avance en su desarrollo”.

 

Trabajar con dulzura

 

“En niños con lesiones cerebrales, en lugar de analizar sus ansiedades se trata de impulsar su desarrollo. Las intervenciones han de ser de aceptación. Hay que trabajar con mucha dulzura y suavidad, evitando los enfrentamientos. Generalmente, lo que se logra con los enfrentamientos en estos casos es que caigan en estados confusionales”.

 

Cambios de identidad

 

Durante la sesión, Xavi recogió del suelo un trozo de una especie de estopa negra (resto de algo que rompió) y se lo colocó sobre el labio como si fuese un bigote diciendo: “Soy Sherlock Holmes”.

Sobre este punto, Meltzer comentó:

 

“Una forma de actuación característica de los niños que funcionan bidimensio-nalmente es pegarse a algo superficial y adquirir su identidad. Este mismo compor-tamiento lo vimos en un momento anterior de la sesión –pero de un modo opuesto, negativamente– cuando Xavi quería quitarse el jersey y procedía como si al quitárselo cambiara su situación y su identidad. Parti-cularmente, en los adolescentes, su bidimen-sionalidad se manifiesta claramente en la esclavitud que tienen hacia la moda, en la ropa que usan”.

 

Hambres físicas, hambres mentales

 

“A menudo llama la atención lo indolente que llega a ser el comportamiento de los animales. En tanto que no sienten hambre están quietos: se ve a un perro acostado en un rincón, a un caballo quieto en su establo… Esto es porque no sienten ham-bre mental, sino física. Lo que parece faltar en niños de este tipo es un instinto epis-temofílico, es decir, algo que interese a sus mentes.

Si los niños de este tipo permanecen en el nivel bidimensional, se convierten en el equivalente de unos animalitos que, en el caso de ser dóciles, pueden ser entrenados, llegar a una adaptación social e, incluso, realizar alguna pequeña tarea”.

 

Estimular la curiosidad

 

“Si no existe interés por mirar lo que hay dentro, el niño se queda en el nivel bidimensional de la imitación. En cambio, con la curiosidad por saber lo que hay dentro, queda implícita la noción de tridi-mensionalidad.

En el trabajo con estos niños lo que interesa es pasar de un carácter bidimen-sional a un carácter tridimensional, porque solamente es posible en este último tener sed de conocimiento. Es bueno estimularlos con interpretaciones que refieren a sucesos como la anécdota del sobre, que lleva implícita la curiosidad de saber qué había dentro de la cartera del padre”.

 

Un paso adelante: de la bi a la tridimensionalidad.

 

Durante la primera sesión después de las vacaciones hay un episodio en el que Xavi iba y venía del lavabo varias veces; en una, se lavó las manos, luego rompió unas hojas y, enseñándome un trocito de papel, me dijo que era una pistola. Le señalé:

 

Terapeuta: Una mitad y otra mitad, las manos limpias y las manos sucias, una pistola y unos trozos de papel roto.

Xavi: Y si corto aquí eso es un ojo –hizo un agujero y me lo enseñó.

Terapeuta: ¿Un ojo?

Xavi: Sí, ¡ojo! ¡ojo! –dijo primero en catalán y luego en castellano–.

 

Meltzer:

 

Lo dice en varios idiomas. Repetirlo en varios idiomas lleva implícito el hecho de que palabras diferentes pueden significar lo mismo. Esto es una muestra del funcio-namiento mental que está teniendo en este momento. Mi impresión es que este niño ha dado un paso hacia delante muy signi-ficativo. Ha pasado de la bidimensionalidad a la tridimensionalidad en su relación con la terapeuta.

Es habitual que en los primeros años de análisis, tanto en niños como en adultos, las vacaciones de verano signifiquen un retro-ceso y que por lo tanto se tenga que volver a avanzar de nuevo al reiniciarse la terapia. Pero nos sorprende mucho el hecho que llega un momento en que el corte de vaca-ciones de verano determina más un progreso que un retroceso.

 

Con respecto a lo que le dije a Xavi, Meltzer planteó lo siguiente:

 

Meltzer: Lo que tú estás haciendo es señalarle diferenciaciones.

Terapeuta: Sí. Muchas veces yo no sé que hacer y lo que hago entonces es des-cribir…

Meltzer: Yo haría exactamente igual. Pienso que ése es el nivel correcto para este niño. En estas diferenciaciones que le señalas, está implícito que el separar una cosa de otra es una función mental que él también está realizando. Esto va hacia la formación simbólica, en tanto que el sím-bolo es diferente del objeto en sí.

 

Otro ejemplo de esa misma sesión:

 

Volvió a ir al lavabo. Cuando salió, en lugar de venir hacia el consultorio enfiló hacia la salida, pero abrió la puerta de la cocina.

 

Meltzer:

 

Nuevamente está dando muestras de tridimensionalidad. No está confundido ni perdido (como había sucedido en otras oca-siones) sino que está tratando de investigar en el interior de tu piso buscando a tu marido y a tus hijos.

 

 

Xavi dio un paso adelante. Luego de esta supervisión yo también lo di. Al asimilar mejor su situación mi foco de atención se desplazó, ya que pasé de interpretar –¿bidi-mensionalmente?– una agresividad que no entendía de-masiado, a comprenderlo más y a estimular su incipiente curiosidad. Por ejemplo, lo que para mí era primor-dialmente un problema de puesta de límites: “No se puede entrar ahí”, se convirtió en una intervención del tipo: “Te gustaría entrar ahí, pero no se puede”.

La mejor comprensión trajo una modificación en mi actitud… lo que inauguró otro período en la terapia.

 

Esto sucedió en la primera supervisión. Y, tal como planteó en el caso de Xavi, el doctor Meltzer nunca se cansó de repetir la importancia de la observación y la descripción de lo que sucede en la sesión analítica. Es lo que intentaré ilustrar con el siguiente caso.

 

El caso Juan

 

Catorce años más tarde de la supervisión de Xavi, presenté a Juan.

 

Un hombre de cuarenta años, con una familia establecida, dos hijas y un buen currículum profesional, pero con una vida empobrecida por sus limitaciones emocionales y sus miedos, que dijo al consultar: “Estoy desperdiciando mi vida. Me influyen tanto los demás que cualquier comentario desagradable que hagan puede hacer variar mi estado de ánimo y hacerme sentir muy mal”

 

Juan se autoobservaba constantemente y Meltzer dijo con respecto a esto:

 

“Es para controlar la distancia entre él y los demás; principalmente para evitar que los otros puedan tener un impacto sobre él”

 

Y añadió:

“Esta forma de autoescrutiño es un aspecto del narcisismo, se ve como el centro de todos los demás…sería casi lo mismo que decir que se siente muy importante para todos los demás. Es grandioso”.

 

Juan nació como un niño muy débil. Al explicar su infancia no hablaba muy bien de su madre, sin embargo demostraba mucho afecto hacia Paquita una mujer que cuidaba la casa del campo. Cuando él era un bebé, fue ella quien lo bajaba al pueblo para que fuese amamantado por el ama de leche; cuando fue mayor, era quien le permitía jugar, mirar la televisión y estar muy a gusto en esa casa.

 

Meltzer comentó:

 

“El problema con este chico es que tiene mucha necesidad de que los demás le contemplen mucho, que estén mucho por él, su ideal es que le traten como Paquita”.

 

Juan lloró por primera vez en la sesión anterior a la que voy a presentar. En un momento en que le conecté a Paquita conmigo y con la separación del fin de semana tuvo un acceso de llanto que me impresionó porque nunca antes se había producido.

 

 

Un pequeño trozo de sesión

 

Juan: Bien. Quisiera proseguir con lo que ocurrió en la sesión anterior (en la que había llorado). No es que esté buscando una explicación sino más bien quisiera tratar de entender lo que me pasó… El día que me avisaron que murió Paquita yo no sentí nada. Nada parecido al salto a traición que me hizo la emoción aquí. Quisiera que me ayudara a entender ¿Que hubo de diferente? ¿Recibió la noticia la misma persona o eran personas diferentes?

Terapeuta: Una primera diferencia es que en la sesión anterior usted estaba aquí, conmigo. En una sesión que comenzó di-ciendo que no traía material y en la que terminó llorando.

Juan: Sí, es cierto lo que usted dice, pero creo que hay algo más (A pesar de su afirmación no recoge lo que yo digo e insiste largo rato con el tema anterior)

Terapeuta: Me pregunto si centrarnos tanto en la sesión anterior nos acerca a entender lo que pasó o nos aleja de lo que está pasando en este momento.

 

Juan dijo que quería entender y, posiblemente eso era cierto. Sin embargo, quería entender desde una distancia emocional semejante a la que puede tener, en su labo-ratorio, un científico como él, que es muy diferente a la involucración intensa que implica el trabajo terapéutico.

 

La sesión continúa:

 

Juan: Si usted quiere aparcar ese suceso de la sesión anterior…pero hay algo más que le quisiera comentar… (explica algo que en este momento no viene al caso).

Terapeuta: (Me quedo en silencio).

Juan: Yo quiero fortalecerme, adquirir buenos hábitos, me gustaría que usted me explicase cuáles serían esos hábitos más saludables… Otro punto que no me con-testa…

Terapeuta: No le quiero contestar cualquier cosa.

 

Fue difícil para mí este inicio de sesión. Tenía la impresión de que intentaba congelar el impacto emocional que antes había tenido lugar y que, en ese sentido, estábamos perdiendo una oportunidad preciosa. Al mismo tiempo, dudaba de que su demanda de explicación sobre los “buenos hábitos” fuese sólo una forma de sabotaje o un implicase también un cierto intento de colaboración. No sabía cómo responder, por eso me quedé en silencio. Sin embargo, cuando volvió a insistir sobre mi silencio, sentí que no contestarle nada sería equivalente a una agresión injustificada, así que le dije lo que verdaderamente estaba pensando: “No quiero hablar por hablar, no le quiero contestar cualquier cosa”.

 

Cinco minutos es mucho tiempo

 

El doctor Meltzer comentó:

 

“Sí, realmente lo estás siguiendo muy bien… Yo pienso que es necesario con un chico así, con un hombre así, argumentar todos los puntos con él. Es difícil. Se pre-senta como que es débil y fácilmente influ-enciable y luego la experiencia nos muestra que es todo menos eso. Argumentativo, muy desviado en sus argumentos, es muy listo. Intenta instruirte acerca de cómo tú tienes que conducir su análisis. Tiene poco interés en la verdad analítica. Busca estrategias para manipular a los demás y tener éxito en con-seguir lo que él quiere.

Y eso nos lleva también a ese problema tan difícil y tan espinoso sobre el lenguaje. Uno se da cuenta del talento, el gran talento que tienen los pacientes en utilizar o mal utilizar el lenguaje para crear confusión.

Con un paciente así, que tiene realmente un registro, un archivo, notas, acusaciones, en contra tuya no se puede competir. Siem-pre está citando: “… Tú dijiste esto… lo otro”. Si uno va a argumentar es muy im-portante ceñirse al material del momento, porque a veces cinco minutos ya es hace demasiado tiempo. Hay que mirar lo que está ocurriendo en el momento mismo, con el sonido que aun está en la oreja del pa-ciente; hace cinco minutos, ya es pasado No se puede discutir con el pasado y tampoco se puede discutir acerca del futuro. Solamente se puede discutir acerca de lo que se ve en este momento mismo”.

 

La inmediatez de lo que ocurrió en la sesión también es tratada en el siguiente punto.

La “lucha” en el consultorio: temor a herir, temor a amar

 

A pesar de amar el trabajo y de disfrutar con él, es cierto lo que dice Meltzer:

 

“Uno tiene que luchar contra sentimientos muy violentos y muy rudos, muy poco elegantes, mortales. Es mi opinión que este tipo de “lucha”, mano a mano, es lo que es necesario. Este com-bate mano a mano es como un equivalente a ha-cer que las armas sean como más letales. Cuando los soldados calan la bayoneta hay como un superar la resistencia de herir al oponente. Bion, que sabía mucho de soldados, decía que había que superar el miedo de la agresividad del oponente (enemigo) pero, lo que es más impor-tante, había que superar el miedo del amor al oponente (enemigo)”.

 

Lo cierto es que la agresividad, a la que se le suele dar una connotación negativa, es también necesaria para construir; muchas veces funciona como una defensa adecuada y también puede ser un pequeño golpe que empuja el crecimiento, como plantea Meg Harris Williams en su libro The vale of soulmaking (Harris Williams, 1995).

 

“Gawain está obligado por su pacto a aceptar que el Caballero le dé, en el mo-mento en que se vaya, un golpe de hacha en la nuca. Sin embargo, en última instancia, no recibe un golpe mortal sino una herida leve, un corte pequeño, suficiente para sangrar, pero no para infligirle un gran daño. El golpe del hacha se transforma en una metá-fora del momento de conocimiento: lo im-presiona (golpea) el darse cuenta de lo com-binado que es el objeto combinado. Es la muerte de su creencia infantil en el favo-ritismo de la Dama aunque, al mismo tiem-po, reafirma su indulgencia protectora y erótica. El poeta subraya la precisión del golpe en la nuca ejecutado con un hacha gigante, de un metro de ancho. La violencia pierde su destructividad y se transforma en un tipo extremo de caricia, empujando su mente hacia la siguiente fase de la ado-lescencia. La lucha puede tener la función de ser como un pequeño golpe que empuja hacia el crecimiento”1

 

De la obediencia y la libertad

Otra aportación interesante que hace el doctor Meltzer en la supervisión de Juan, es ejemplificar, a través de Tolstoi, una dimensión del masoquismo.

 

“Hay un pequeño episodio en Guerra y paz de Tolstoi, en que Pier, uno de los protagonistas, está a punto de ser ejecutado por un pelotón y el pelotón mata a la persona que está delante de él en la fila mientras él ya está preparado para morir. En ese mo-mento, el lugarteniente dice: “Se han aca-bado las ejecuciones”. Tolstoi describe có-mo, justo allí, de repente, Pier siente mucho amor por Napoleón. Hay mucho insight en el modo en que Tolstoi describe esto. Es un indicador importante de un aspecto emocio-nal del masoquismo en que el alivio de la ansiedad se experimenta como si fuese una función del objeto de amor”

 

Y brinda sugerencias acerca de lo que significa la obediencia.

 

“Pero no sólo es la víctima que ama al torturador sino que también el torturador ama a la víctima. El torturador ama la obe-diencia. Y por supuesto esto se extiende a los padres con sus hijos, cuando se sienten seducidos por la obediencia de los niños”.

 

Un concepto que Meltzer comentó frecuentemente, en distintas oportunidades, es el de la posibilidad de elegir.

En este sentido, se sitúa en una posición optimista porque, en el día de hoy, en el instante inmediato que se tiene por delante, cada persona tiene la posibilidad de elegir mejor de lo que eligió ayer.

 

En esta ocasión lo mencionó así:

 

“Esta configuración, según la cual uno puede elegir lo que quiere está en contraste con la actitud pesimista de decir: “No tenía otra alternativa o elección”, lo que puede llevar a cometer las más terribles brutali-dades diciendo “estaba siguiendo órdenes” …la ética de los campos de concentración”

 

Y también dijo:

“Es muy importante en el psicoanálisis que el analista pueda posicionarse y decir “Siempre se tiene una elección”.

 

Creo que asumir lo que implica esta afirmación tiene consecuencias significativas no sólo en la actitud frente al paciente sino también en la del analista frente a sí mismo.

En realidad, uno siempre está detrás de su propia vida. Pero, para conseguir ser conciente de ello, se necesita madurez, lo que lleva a la reflexión final de este capítulo en que la que la pregunta central es: ¿Cómo se crece como terapeuta?

 

¿Cómo se crece como terapeuta?

 

Está claro que el crecimiento como terapeuta es indisoluble del crecimiento personal, pero el hecho de volver a pensar en un caso del que me ocupé hace muchos años –Xavi– y compararlo con uno reciente –Juan– me brindó la oportunidad de reflexionar acerca de lo espe-cífico en lo que sería mi propio crecimiento como tera-peuta.

 

En el trabajo terapéutico, el crecimiento implica, en especial, una integración armoniosa de los conocimientos con la experiencia. Ambos se adquieren en fuentes diver-sas. En principio, en el imprescindible análisis personal que permite la vivencia directa del método psicoanalítico; también con el trabajo en el consultorio, ya que es con los pacientes con quienes se aprende a hacer clínica. Además, tanto las lecturas como la elaboración de trabajos escritos son ocasiones de poner en claro las ideas. Por otro lado, los intercambios de todo tipo con colegas –sean grupos de estudio, sesiones clínicas u otras actividades en común– permiten ver cómo trabajan los otros e incorporar lo que nos atrae de su modo de hacer. En un lugar predominante, como fuente de integración, están las supervisiones que ofrecen la oportunidad de incorporar al mundo interno el modelo que los maestros ofrecen.

 

Intentando aplicar los conceptos enunciados por Meltzer a mi propio trabajo, podría decir que, por ejemplo, quizá mi modo de interpretar la agresividad de Xavi fuese en cierto sentido, bidimensional o imitativo –más guiado por la teoría que por la clínica– pero que luego –cuando entendí mejor la situación y me quedó más clara la dife-rencia conceptual y técnica en el manejo de la agresividad entre los niños psicóticos y lesionados– se me abrió –como al mismo Xavi– una nueva puerta o dimensión ¿tridimensional? Quizá el desarrollo de la capacidad de introyección y la aceptación de los límites del propio quehacer tenga que ver con la tetradimen-sionalidad.

 

Despejar confusiones

 

Hay diferentes momentos en el recorrido por el que se evoluciona al aprender, pero los inicios de diferente tipo suelen estar acompañados de confusiones y el crecimiento implica resolverlas.

 

En el ejercicio terapéutico, algunas confusiones pue-den derivar de la falta de experiencia y otras, ser con-ceptuales.

De hecho, en El proceso psicoanalítico (1967) Meltzer plantea que los primeros tiempos de todo análisis están destinados a resolver las confusiones zonales y geográficas del paciente. Tal vez, este concepto se podría extrapolar al proceso de crecimiento por el que atraviesa el terapeuta.

 

Imitar

 

Lo conocido constituye la base sobre la que cons-truimos nuestro desenvolvimiento, así que creo que no hay

que desvalorizar el papel de la imitación.

Sin embargo, con la experiencia y el aumento de la propia seguridad profesional también se aumenta la capacidad de dejar de lado ideas ya conocidas y reconocer mejor una mayor cantidad de situaciones diversas. Ya no se ven siempre los mismos aspectos en pacientes dife-rentes, por eso, cuánto más jóvenes son algunos colegas de otras orientaciones teóricas suele ser más difícil en-tenderlos.

 

Sostener la transferencia

 

Una parte importante del desarrollo como terapeuta –especialmente cuando se trabaja desde un modelo trans-ferencial– es aprender a desarrollar la “capacidad de sos-tener la transferencia sin deformarse por ella”, como co-mentó Meltzer en uno de los Seminarios que dio en Barce-lona.

¿Qué quiere decir esto? No es un concepto que se vincule con la contratransferencia, sino más bien con el modo en que nos afecta la visón que los otros (y también los pacientes) tienen sobre nosotros.

 

En el interior de la consulta estamos expuestos a bombardeos emocionales de todo tipo y hay diferentes puntos de vulnerabilidad para cada terapeuta que los pacientes perciben. A veces, uno de los riesgos de un pro-ceso terapéutico es el de la idealización mutua que fomen-taría la autoidealización del terapeuta. En otras la difi-cultad reside en tolerar las frustraciones inherentes al ejercicio profesional. Por ejemplo, hay pacientes muy agresivos, o que no evolucionan de acuerdo a las expec-tativas que (a pesar del voluntario “sin memoria ni deseo”) se tienen sobre ellos.

 

La lucha para superar el miedo a la agresividad del paciente tanto como el miedo a su amor es algo que Meltzer sugiere en el caso Juan. Y, evidentemente, el crecimiento implica tanto aprender a tolerar la frustración como a no sobrevalorar los logros.

 

Integrar

 

El crecimiento implica integración.

 

Trabajosamente, con vaivenes que a veces pueden llevar años, la confusión da lugar a las diferenciaciones, que conducen a la integración. Hay que estar abierto a la posibilidad de que esa integración se pulverice para poder dar a luz a una nueva idea, un nuevo momento, una nueva etapa en la vida profesional. Como plantea Bion en el ida y vuelta de la flecha entre Ps y D, una situación se desintegra para dar lugar a otra que implica una forma distinta de integración.

El estado mental del terapeuta se trasluce más en la música de su lenguaje que en las palabras con las que le habla al paciente. Posiblemente, el estado mental inte-grado (que mantiene presente en la mente del terapeuta los distintos aspectos del paciente) evita que los aspectos negativos que se señalan sean vividos como acusaciones o como formas de regañar.

 

La mayor madurez permite mayor integración. Como Meltzer expresó alguna vez: “Desde la posición depresiva uno primero perdona y después pregunta”.

 

Desde las teorías a las actitudes: amor al método analítico

 

Lo que se incorpora en la actitud parece ser más estable que lo que se aprende en las teorías.

 

¿Cómo ha sido posible que, a lo largo de tantos años y habiendo visto en conjunto una innumerable cantidad de casos, Donald Meltzer no se repitiera en las supervisiones? Posiblemente estaba tan conectado con la específica situa-ción que se producía en ese momento específico, entre él, el terapeuta que planteaba el material y el grupo que escuchaba, que cada reflexión tenía la frescura de un descubrimiento nuevo.

Suele ocurrir que cuando en la sesión aumenta la capacidad de concentración y de conexión con lo que sucede, uno se cansa menos y disfruta más. Y así crece también la posibilidad de desarrollar la propia creatividad.

 

Hablando acerca del método psicoanalítico, recuerdo que en Florencia, cuando se mencionó algo acerca de la dificultad para la supervivencia del psicoanálisis, él dijo que era difícil que desapareciera un método que se basa en los sueños, la transferencia y la construcción de símbolos.

Durante la supervisión de Juan también se habló de método.

Juan se quejaba de que yo le daba la información poco a poco y Meltzer comentó:

 

“En el método psicoanalítico no se trata de dar información ni poco a poco ni mucho a mucho; no es tu campo de dar infor-mación. Tu ocupación es observar, pensar y decirle a él exactamente lo que estás pen-sando y sintiendo. Sí… Observación, pensa-miento y comunicación”.

 

El amor por el método analítico es algo que Meltzer transmitió muchas veces en sus libros y constantemente en las supervisiones. Aunque, como decía en el caso de Juan, la lucha en el consultorio a veces puede ser difícil, la confianza en la tarea que se realiza, en la defensa de la capacidad de pensar, en la búsqueda de la verdad, ayuda a sostenerla.

 

Lo que se incorpora en la actitud emana directamente de los “objetos internos” y, gracias a que Donald Meltzer está entre los míos, acepto mejor mi propia ignorancia, pero me siento más confiada en mi capacidad.

 

 

Agradezco a mis compañeras Nouhad Dow y Rosa Castellà y, especialmente, a la Dra. Rebeca Grinberg, la lectura de este artículo y sus valiosos comentarios.

 

Bibliografía

 

HARRIS WILLIAMS, M. (2005): The vale of soulmaking (The post-kleinian model of the mind and its poetic origins), London, Karnac, 2005.

 

GRINBERG, R.: Comunicación personal.

MELTZER, D. (1975): Exploración del Autismo. Bs. As., Paidós, 1979.

 

–– (1967): El proceso psicoanalítico, Bs. As., Hormé, 1968.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Sobre la violència1

(o de la destrucció de la bellesa del món)

 

Rosa Castellà Berini i Lluís Farré Grau

 

 

Aquest treball analitza el fenomen de la violència buscant recolzar-se en els desenvolupaments relatius a l’activitat de la identificació projectiva que recorren el pensament de Melanie Klein i Wilfred Bion fins arribar al de Donald Meltzer. La violència és concebuda com un atac i destrucció de la bellesa que malda per arruinar l’experiència emocional, reduint la complexitat de les relacions amb el món animat i inanimat a bocins buits de sentit.

Des d’un apropament a les formes de violència que poden devastar l’espai on es verifica el procés psico-analític, siguin promogudes des del pacient o des de l’analista, fem un breu recorregut per les seves mani-festacions en els medis de comunicació social, en la sexualitat, i per la seva organització i desenvolupament a nivell institucional.

 

 

Des de la visió que facilita el finestral del consultori, ens animem a compartir algunes reflexions sobre la violència. El final d’un segle que ha estat travessat per aquest fenomen i l’inici d’un altre amb l’ensorrament d’esperances potser sense gaire fonament, reclamen la nostra atenció i preocupació.

Ens resulta del tot familiar anomenar violenta l’activitat fora de control de les forces de la natura. És un costum tan antic com inadequat, fruit de la mania dels humans de constituir-se en la mesura de totes les coses i de descriure el món des del seu centre, contrariant la urgència de la modèstia (Epictet, Manual de vida). Acceptem, ni que sigui per un moment, aquesta mala manera de dir que fa de les manifestacions de la natura eco del que caracteritza la nostra espècie. El llenguatge agermana la descripció del que és compartit: destrucció, catàstrofe, anihilació, devastació; i del seu caràcter: explosiu, volcànic, sense fre, imparable, descontrolat… Suggereix, en suma, el moviment centrífug de forces que no poden ser acollides per una estructura continent capaç de regular-les i d’administrar-ne el potencial. El model bionià d’un continent esquerdat per l’ona expansiva del seu contingut, és un adequat representant de l’equiparació que tot sovint fem de les catàstrofes naturals amb algunes formes de destrucció en el territori humà.

Malgrat la familiaritat i la confusió freqüent entre unes i altres formes de violència, l’espai humà s’estén a cavall entre natura i cultura, entre fenòmens lligats tant a la lògica de principis fisicoquímics i a l’atzar com a formes artificials, és a dir, aquelles configuracions que no es troben en el món natural. És així que la violència adquireix en l’humà unes característiques que participen, i es diferencien alhora, de les aigües desfermades, l’esclat volcànic, l’esquerda fruit del xoc entre plaques o l’avenç devastador del tsunami… En l’humà, la violència guia els afanys de reduir la complexitat a bocins, fer-ne partícules elementals sense substància. En la violència es concreta la voluntat d’anihilar l’emoció fent malbé la qualitat estètica dels objectes animats i inanimats i el seu misteri (Meltzer, 1986b).

La violència en l’humà, en tant que fenomen específicament diferencial, reclama per assolir els seus objectius el potencial energètic que alimenta la devastació en el medi natural, i pot acollir-se, quan convé, a sistemes alternatius. La intel·ligència i la capacitat inventiva han permès a l’home desenvolupar tecnologies que multipli-quen extraordinàriament la seva força bruta original. Les armes de destrucció massiva, com els ginys nuclears, l’apropen, com renovat Ícar, a parangonar-se amb l’activitat de l’astre solar. Però, fins aquí, no podríem veure-hi res més que la reproducció en un animal bípede d’allò que caracteritza, ens plagui o no, la dinàmica construcció-destrucció de la naturalesa.

Però en l’humà hi ha quelcom més com a tret distintiu de la seva violència, una característica que només ha estat identificada, molt recentment, en animals de superior evolució, com és el cas dels dofins: la violació. Quan ens referim a violació, si més no en el cas de la comunitat humana, volem referir-nos a la intrusió en l’espai privat, físic o mental, per qualsevol via d’accés, amb el concurs del secretisme, l’engany, la malícia, el control doctrinari o el sotmetiment; no queda, per tant, restringida a l’activitat de la violència sobre la superfície corporal o qualsevol dels seus orificis, especialment aquells relacionats amb el comportament sexual. Aquesta és la característica fona-mental que fa de la violència en l’home una particularitat que reclama especial consideració, tant pel que fa a la seva “naturalesa” com a la recerca de procediments i tècniques per fer-hi front. I és sobre aquesta característica particular que avui volem reflexionar, és a dir, la violència exercida sobre la ment i allò que la guia…2 De la violència sobre els cossos ja en sabem prou; milers d’imatges des dels mitjans de comunicació fan la feina d’estabornir–nos els sentits per tal d’apaivagar l’horror.

Pensem des del que podem veure al consultori, en el si d’aquesta relació que vol ser terapèutica. Però, també, des d’aquest finestral, volem pensar en el que hi ha més enllà, en el marc social, construint les característiques de la vida quotidiana en el planeta humà.

 

Generalitats

  1. Sobre la “naturalesa” de la violència

Pensem la violència natural, com abans hem esmentat, com la resultant de forces en interacció en moments de particular desequilibri, amb conseqüències destructores per al medi específicament humà, individual i/o col·lectiu, i ocasionalment per al món dels objectes inanimats. La dimensió natural de l’home no el fa aliè a aquest fenomen, malgrat la seva evolució força sofis-ticada. L’home ha intentat procediments de tota mena orientats a evitar o guiar la brutalitat de la natura, des de canalitzar les aigües per reconduir la força cega de les riuades a atreure les paoroses descàrregues elèctriques a àrees adequades o activar sistemes d’alarma per tal de fugir a temps de la catàstrofe… I, en el medi natural humà, ha bastit l’artifici de la cultura per posar fre a la barbàrie i el caos. La cultura, des d’aquesta perspectiva, no és més que la llei, escrita o no, que regula el que és i no és possible per tal de garantir la supervivència de l’espècie i la cohesió social, de la qual és fortament dependent; busca mecanismes per subjectar la violència dels homes i crea les condicions per tal de tractar la brutalitat bo i recanalitzant la seva força en forma no catastròfica. Podríem dir, molt esquemàticament, que ha establert dos procediments per aconseguir-ho; l’un treballa amb mitjans coercitius o repressius, cercant l’adaptació/adequació a la norma consensuada (sistemes democràtics) o imposada (sistemes autoritaris); l’altre procura un continent adequat al treball sobre les forces en activitat en la natura humana a fi d’aconseguir formes més madures, aptes per al manteniment, l’evolució de la vida i la modulació del sofriment psicofísic, orientades, en suma, al desplegament de tot el potencial creatiu humà.

El que caracteritza el treball social, a qualsevol nivell d’atenció a la salut comunitària, es defineix per l’intent de reforçar i crear els espais adequadament continents al funcionament natural i, des d’aquesta perspectiva, primitiu –primigeni, propi de la natura– que ens caracteritza; així doncs, cal buscar formes continents per a les famílies “desestructurades”, per als adolescents que exploten violentament –desbordats per impulsos que no controlen i pors que no poden dominar–, per a les capes socials més desfavorides on la violència troba el terreny més adobat… Quan tot plegat fracassa intervé l’altre model, el recurs dels murs, de les parets que malden per aïllar la violència, les camises de força social i, fins i tot, la violència institucional extrema socialment admesa, la pena de mort, a manera de tallafocs…

Ambdós procediments són formes que malden per contenir la violència entesa com a fenomen “natural”. Entendre la violència en l’humà com un component inherent a la natura és el que ha sostingut, des de sempre, el convenciment que hi ha éssers humans la “naturalesa” dels quals és bàsicament dolenta, de mena violenta, com als volcans els és propi entrar en erupció. Des de Lombroso fins als estudis d’individus amb organització cromosòmica XXY, s’ha sostingut el component fun-dador, “natural” i primigeni, de la violència –fins i tot justificat com a subproducte de l’existència de l’instint de mort–, i s’han bastit estratègies per fer-hi front com les abans esmentades. Gairebé totes les formes de tractament psicoterapèutic s’orienten sota un supòsit similar, tot i que contra la indiscutible força de les pulsions, tan cega com les forces tel·lúriques de la natura, també és valorat el paper conformador de la cultura a través del procés de criança i les seves peripècies. La tasca de bastir un continent adequat, doncs, constitueix l’objectiu terapèutic prioritari; seria l’alternativa als procediments primaris coactius-repressius. Això no obstant, malgrat que aquests siguin “els objectius”, cal un treball d’observació i anàlisi més fi per tal de revelar la vocació “normalitzadora” d’un important repertori de tractaments, també dels anomenats psicoterapèutics; però d’això se’n podria fer tot un altre document…

 

  1. Sobre les seves fonts

Però, com plantejàvem abans, cal considerar en l’humà una font de la violència que va més enllà de les manifestacions derivades de l’arrel físico-química que ens constitueix, tot i que li calgui abeurar-s’hi. I és d’aquesta font, que nosaltres volem parlar. Les altres són prou conegudes a través de les contribucions de la història, l’economia, la jerarquització i l’explotació de la majoria d’homes per part d’una minoria…

Per tal d’ajudar-nos ens calen les contribucions de Klein (1946), Bion (1962, 1963) i Meltzer (1986a, 1986b, 1988, fonamentalment 1992). La descripció de la identificació projectiva com a procés mental realitzada per Klein (1946), l’estatut de la realitat psíquica i els afegits posteriors de Bion (1963) relatius al model continent–contingut en la relació inaugural mare-nadó, permeten a Meltzer ubicar el conflicte estètic en el centre del desen-volupament psíquic. La peripècia de la seva resolució mena a la dependència de l’objecte parental combinat intern i a la possibilitat de la meravella davant la bellesa del món i el seu gaudi –i, també, l’acceptació del seu misteri– o, alternativament, a la violació de l’interior de l’objecte intern mitjançant l’activitat de la identificació intrusiva per tal de posseir-lo i manipular-lo i a les conseqüències de la vida en el Claustrum (Meltzer, 1992). És força estrany que el recorregut vital basculi entre blancs i negres: la identificació projectiva pot adoptar en molts moments formes més benignes, àdhuc molt comunicatives, i en altres derivar cap a la intrusivitat. Serà la intensitat i la preponderància d’unes formes sobre les altres allò que definirà el desenvolupament.

No ens aturarem a tractar els continguts conceptuals del conflicte estètic (Meltzer i Harris, 1988) i de la vida en el Claustrum. Abordarem, fonamentalment, les conse-qüències d’aquesta mena de violència, l’objectiu de la qual és anihilar l’emoció que es desvetlla davant l’impacte de la bellesa del món i el seu misteri. Recordem aquí, per resseguir el fil de les nostres reflexions, que Meltzer conceptualitza l’experiència emocional com una trobada amb la bellesa i el misteri del món que desvetlla un conflicte entre L, H i K, i -L, -H i -K (“¿Què és una experiència emocional?”, a Metapsicologia ampliada, 1986b). O, dit d’una altra manera, una trobada amb possibilitats de generar sentit relatiu a les relacions íntimes o bé de destruir-ne el significat reduint la condició humana a mera extensió dels fenòmens naturals. Meltzer concreta la capacitat per tolerar la bellesa del món i gaudir-ne i, també, la intolerància, la qual, armada amb l’splitting forçat (Bion, 1962), busca destruir l’objecte que commou bo i separant els components que entren en joc en el desenvolupament de les seves funcions. Tot i que Bion parla del procediment com un model per sobreviure (el clivellament del pit de la mare de la llet que sub-ministra) també podem pensar-lo com un procediment-sicari al servei de la intolerància de la bellesa; més endavant hi tornarem en considerar els procediments d’extermini del nacionalsocialisme alemany.

Per aconseguir el regressiu retorn a la condició natural, es reclama la destrucció de l’objecte bell i la seva descripció sempre inabastable. La degradació del gust, la vulgarització en les formes de relació, l’agressió a tota articulació de significat, la reducció de la persona a bocins només aptes per a l’emissió o recepció de quàntums d’excitació, la substitució de la reflexió per la consigna, de l’experiència pel supòsit, de l’aprenentatge des de l’experiència per l’adoctrinament, de la profunditat per l’aparença, del saber per la informació, de la comunicació pel domini, entre d’altres, seran les formes i valors del reialme establert per la violència …

Com dèiem abans, la mirada a l’interior de la consulta, i també, la nostra observació entrenada, adreçada a la vida de cada dia en tant que conciutadans del planeta blau, ens pot permetre destacar trets rellevants de l’activitat violenta i, potser, elements de reflexió tocant als recursos per fer-hi front.

 

La violència a la consulta. Amenaça i destrucció del setting

 

Les característiques de l’espai en el qual es desen-

volupa el procés analític demanen una reflexió prèvia. Des dels dies de Freud fins avui hem passat d’entendre’l com el lloc on es fa possible la revelació d’allò inconscient –i, per tant, del conflicte psíquic entre instàncies– a viure’l com el continent on reïx a desplegar-se la personalitat i es promou el seu desenvolupament; si més no, aquesta convicció articula l’edifici teòrico-clínic del moviment postkleinià.

El setting psicoanalític és, aleshores, una atmosfera de criança, i de la seva integritat dependrà la viabilitat del que s’hi vagi gestant. Des de Klein ençà parlem de poder dur el pacient a la transferència, per tal que es faci present una criatura a qui puguem ajudar a créixer i desenvolupar-se en tota la seva potencialitat. En El procés psicoanalític, Donald Meltzer es pronuncià inequívocament sobre aquest punt, afermant-se en les figures prototípiques del vincle del nadó amb la mare fins al deslletament per tal de descriure el que anomenà el recorregut natural del procés analític; sense cap mena de vacil·lacions s’afirmà en la gestació de la ment, des dels nivells més primerencs d’organització fins a formes més adultes, de manera que el final del tractament coincidiria amb la separació definitiva del pit i amb l’estrenada capacitat per continuar l’alimen-tació autònoma de la ment a través de l’autoanàlisi.

Des d’aquesta formulació, s’entén que és una funció primordial de la díade terapeuta-pacient –com passa en la de la mare-nadó– la preservació de l’atmosfera contra tota mena d’amenaces, interferències, contaminacions i possi-bilitats de destrucció. Més important que qualsevol treball exquisit fruit de l’art, habilitats, intel·ligència o expe-riència i sofisticació dels protagonistes, més important que tot això és la preservació de les condicions que fan possible la gestació d’una ment simplement humana. Quan el setting no es pot garantir no hi ha criatura, i és freqüent l’avortament; un final dramàtic que podrem avaluar, gairebé sempre, des de la marca que queda en aquells que han intentat, sense èxit, tirar endavant l’embaràs.

Tenir cura d’aquest espai s’identifica amb la pre-servació necessària del desenvolupament dels vincles apassionats en què el miracle de la creativitat es renova. És la reserva i defensa de la intimitat necessària per a la mare i el seu nadó al pit, indispensable a l’abraçada dels amants, eina de l’artista mentre treballa, concentració del científic en cerca d’una formulació, manteniment del vaivé transferència-contratransferència a la consulta…

L’avortament del procés no és un fet infreqüent, tot i que gairebé mai, com també passa en els avortaments biològics, se’n parla gaire. Ve de gust parlar dels fills vius, dels que han progressat i han marxat bé de casa, dels que ens recorden amb gratitud i dels quals ens sentim orgullosos perquè també apuntalen el nostre orgull. No és agradable parlar del que hem perdut, i sovint ens sentim malament preguntant-nos si hem estat bons pares –és a dir, bons terapeutes– d’aquells que ens han deixat ferides, dels que van acabar malament, d’aquells dels quals després hem tingut notícia de recorreguts dissortats i terribles.

És per això que veiem la necessitat de repensar els factors dels avortaments, i no tant dels que són fruit de la imperícia, dels quals ja s’ha parlat prou.[2] Cal repensar la violència que fa esclatar el setting, el mal que arruïna l’atmosfera del procés analític; cal seguir la petja, com ho fan els observadors quan arriben a una ciutat feta runes per l’invasor. Cal resseguir la destructivitat adreçada contra la relació mare-nadó, l’impuls a fer malbé l’acte creador, aquest aiguabarreig de gelosia i enveja, com apuntava Klein, i d’insuportabilitat del conflicte estètic, com assevera decididament Meltzer, que no s’atura fins a deixar completament erm l’espai de la fertilitat.

Segurament, a través de la clínica podrem veure formes diverses de manifestació que recorden les variants observades a la vida social, que van des de la brutalitat desfermada sense màscares a l’estil de Rwanda a les formes del racionalisme industrial en els processos d’extermini als camps nazis. Fins i tot també aquelles en què la sofisticació que procura la cultura fa de la maldat, com algú gosa dir, un art. Tal com ho veiem, és relativament fàcil identificar les formes de degradació que pateix la intervenció del psicoterapeuta quan el consultant, davant la qualitat estètica de l’activitat mental de l’analista i la incomprensibilitat de la producció dels seus con-tinguts, l’arruïna amb totes les formes de ridiculització, menyspreu, argumentativitat i amb actuacions de tota mena; i, també, amb la caricatura, la simplificació o manipulació dels continguts i l’omnipotència assimilada a l’aprehensió de les descripcions, l’objectiu de les quals és la destrucció de sentit: “El que vostè em va dir és…” etc.

Però també cal mirar les coses des de l’altra banda… No és menys cert que la manca de reciprocitat estètica per part del terapeuta a causa de la posició de superioritat que li confereix ser la persona consultada, de l’ocupació del lloc d’un pretès saber, o l’adhesió incondicional a un cos de doctrina, poden menar a formes definitivament violentes d’intervenció caracteritzades per l’absència d’escolta del pacient i a produir una idèntica degradació en la qualitat estètica i misteriosa de la seva realitat psíquica. De tot això no se’n parla tan sovint, en tant que des de l’ortodòxia psicoterapèutica només es considera el pacient com l’agent a transformar, i el terapeuta com l’element constant en l’equació del treball analític. És això el que mena a la construcció de manuals de tècnica, a poder establir criteris d’analitzabilitat, a formular modes d’intervenció i definició de la interpretació en psico-teràpia, etc. Darrere de totes aquestes construccions sovint trobem, més enllà de la bona voluntat dels seus autors, una fèrria defensa contra l’emocionalitat de la trobada psicoanalítica, una por mal continguda de la pròpia ignorància, una incapacitat per esperar pacientment el treball imaginatiu sobre el material, un arrogant menys-preu de la bellesa i el misteri de la ment del pacient –considerada a priori infantil, bàrbara, impotent– i, entre d’altres, una injustificada valoració de la teoria a la qual hom s’adhereix i a la infal·libilitat de la seva tècnica. Quan aquesta tècnica fa aigües el que s’interpreta és que el pacient està molt malalt, és irrecuperable.

Si això és el que passa, pot instal·lar-se un vincle sadomasoquista substituint la genuïna relació d’objecte en la relació terapèutica. El pacient pot acomodar-se passi-vament a un model d’intervencions i convertir-se en el submís acòlit d’un nou fonamentalisme: el tractament deixa de ser motor d’evolució per a ambdós protagonistes del procés per esdevenir adoctrinament; opcionalment pot convertir-se en el noviciat d’accés a l’església psico-analítica.

La violència en els mitjans de comunicació de masses

El desenvolupament de la tecnologia ha permès, com mai abans cap altre mitjà, la violència contra el saber bo i simplificant-lo a informació. Informació és, a hores d’ara, coneixement, poder. La manipulació perversa del “val més una imatge que mil paraules” ha reduït la paraula al no res, i ara són milers d’imatges les que intenten afirmar-se com a veritat, com “el que hi ha”. La imatge es con-figura des d’una posició específica de la càmera, i de l’ull que vol copsar-la, un ull que no és pas neutre, òbviament; però aquesta imatge és, ara, la nova icona de la veritat que no es pot refutar.

Parlem d’adolescents violents, i també d’adults, fruit d’hores de passivitat davant qualsevol tipus de pantalla… Però, la pantalla en si mateixa, amb la seducció hipnòtica que força la urgència de mirar i la immobilitat de qui mira, ¿no és sovint un instrument de violència contra la ment de l’observador que el mena a l’adoctrinament mitjançant la reducció de la seva capacitat de pensar?

Alhora, l’efectivitat de l’eslògan i la frase curta contra del text menen a la vulgarització i el buidament de con-tingut de la paraula i del discurs. Des d’aquesta pers-pectiva, la paraula perd valor com a instrument de comunicació i el guanya com a eina de penetració i manipulació… No és banal que el sentit atorgat en el passat a “donar la paraula” hagi perdut avui tota sig-nificació. És així, també, que la paraula en l’àmbit públic, especialment en el polític i en el Dret, ha perdut el rigor i la credibilitat indispensables per a la vida democràtica i la confiança en la justícia. Un periodisme bastard erigit en nou poder no es mou avui per l’afany de facilitar infor-mació rigorosa, sinó amb la voluntat de construir espec-tacle furgant la privacitat i reduint-la a pura banalitat, obscenitat i crueltat per al consum de masses afamades de saber, tal com feien els emperadors romans per adormir la set de justícia i coneixement dels seus, més que ciutadans, vassalls de l’Imperi. L’Imperi d’avui, amb tots els seus acòlits, àdhuc intel·lectuals, ocupats en la producció i distribució d’informació, planifica i administra la men-tida amb la voluntat d’atuir la capacitat de pensar, fomentar el descrèdit de la paraula i promoure l’abandó de la reflexió i la confiança en les potencialitats del diàleg; un cap ben violentat assegura la fidelitat a l’Imperi i el seu objectiu últim vers la comunitat: que esdevingui una massa ben disposada a acceptar ordres, perquè l’Imperi, com ara també els mass media, és el dipositari homologat del saber.

La violència a les relacions privades o la degradació de la sexualitat

Envaïda la privacitat, exhibit el cos i la sexualitat com a mers instruments al servei de la producció i consum d’estímuls excitants amb urgència de descàrrega, l’espai de les relacions apassionades, fruit de confrontar la bellesa de l’home i la dona i del misteri del que ha estat capaç de produir-lo, i de la incomprensibilitat del seu interior, pot veure’s reduït a bocins sense sentit.

Si en el seu moment “fer l’amor” era un referent a la sexualitat que incloïa la presència de sentiments entre els participants, és a dir, la relació humana amorosa, avui constitueix una arcaisme davant el nou anglicisme: “fer sexe”. La sexualitat també ha sofert la violència degra-datòria i s’ha convertit en un mer fer, activitat quasi gimnàstica en què els aspectes quantitatius de la relació arraconen la qualitat emocional dels vincles. Tanmateix, aquesta neosexualitat ha estat rebuda amb especial satisfacció per homes i dones, com una mena d’allibe-rament, d’eliminació de tot fre a les relacions, un cant a la facilitat comunicativa, etc. L’accés il·limitat a qualsevol dimensió física de relació és el nou paradigma de la intimitat: el “Gran Hermano” televisiu, la caricatura de la nova religió sexual.

Homes i dones perden tota aura de misteri quan la càmera o els ulls de l’altre poden traspassar el llindar de la roba o el límit del orificis corporals. Cal, aleshores, un cop esgotades les capacitats estimuladores de l’espectacle repetit, buscar noves formes, tècniques o estímuls que mantinguin l’interès. Quan faci falta, es reclamarà la intervenció d’estimulants externs de tota mena, físics o químics, per tal d’aconseguir la necessària “performance” pneumàtica de la qual ens alertava Huxley al seu Món feliç.

Món feliç, món maldestre captiu de la violència, que arrabassa l’experiència diferencial característica de l’insò-lit fet humà: la capacitat de meravella prenyada d’emoció per la bellesa i el misteri de la vida, davant la sorprenent i corprenedora presència, davant l’objectum del llatí, l’Altre insondable i permanent de les nostres vides, fora i dintre de nosaltres. En el seu lloc, el reialme de la confusió, la barroera caiguda en la possessivitat, en la producció de sofriment dels exclosos, en la denigració del “usar i llençar”…

La violència institucionalitzada I. recordant el 50 aniversari de l’alliberament d’Auschwitz

 

El segle XX, des dels camps de concentració del III Reich fins el Gulag estalinià i l’horror de Pol Pot o el genocidi a Rwanda, és l’exemple més sinistre de la industrialització de la violència, és a dir, l’ús dels procediments industrials desenvolupats pel taylorisme al servei de l’eficiència de la praxi violenta.

Seguint el model dels procediments pensats per Taylor i aplicats amb eficiència excepcional per Ford a les seves primeres cadenes de producció, els sinistres enginyers nazis van fer un adequat disseny en l’exercici més eficient i exterminador de la violència aplicada. Taylor va aconseguir reduir la bellesa i el sentit del treball artesanal a alíquotes de tasca sense sentit, de manera que no fos necessari cap mena de coneixement per dur–la a terme. No ens estendrem parlant del que tothom sap i que tan satíricament va representar Chaplin a Temps moderns.

De la mateixa manera que es destrueix el sentit del treball, de l’obra ben feta, fragmentant-la en bocins sense sentit, també es destrueix la bellesa i complexitat que el fet humà atresora. A la maquinària nazi li cal, primer, reduir l’individu a una sola definició: jueu, comunista, gitano o subnormal… La simplicitat és la garantia per tirar endavant el procés descomplexificador. A continuació, quan arriba al camp d’extermini, cal separar-lo dels seus referents, dels familiars, amics, etc. Després cal arrabassar-li el nom i, en el seu lloc, assignar-li un nombre; el nom vincula a la història i a la complexitat d’una evolució que es perd en el temps, un nombre no és més que un punt en el contínuum il·limitat dels nombres i, en conseqüència, queda uniformitzat i equiparat a qualsevol altre nombre: la seva posició és, senzillament, irrellevant dintre de la sèrie infinita de nombres.

Aquest nombre, tatuat en un braç, fa del portador una insignificança dintre d’un contínuum anhistòric. Després, cal despullar l’individu de qualsevol senyal extern identitari, de qualsevol objecte del qual sigui portador, fins i tot de la vestimenta que revela un tret diferenciador, individual, estètic… Aleshores serà uniformat, en el cas que la seva eliminació no sigui immediata; el contínuum indiferenciat ja ha quedat establert. A partir d’aquí ja no és més que allò que, com recordava recentment Simone Veil en una entrevista, els captors decidiren anomenar “tros de carn”… I amb un tros de carn es pot fer qualsevol cosa, fins i tot fer-ne fum i cendres sense cap mena d’escrúpol.

 

La violència institucionalitzada II. Sobre el desenvolupament de la pràctica psicoanalítica.

  1. De les esglésies en general

La reflexió de Marx a propòsit dels orígens de la desigualtat entre els homes porta a la consideració dels procediments emprats per tal d’organitzar eficientment la pràctica de la violència. El manteniment de les diferències a través de l’exercici del poder d’uns homes sobre dels altres només pot garantir-se amb sistemes estables que assegurin la correcció de qualsevol desviació d’allò que ha quedat instituït. Marx emfatitza el paper de les institucions religioses com a instruments especialment eficients quan postula que la religió és l’opi del poble. Amb tot, resultaria ingenu pensar que vol referir-se a l’experiència religiosa en tant que fenomen de la ment humana. En realitat vol descriure els sistemes que s’organitzen amb la finalitat d’estabornir o adormir la capacitat d’experimentar i pensar, és a dir, els principis i sistemes, els dogmes, les veritats inqüestionables dels textos sagrats i, finalment, les esglésies i els seus sacerdots-guardians, braços executors de la violència sobre cossos i ments.

Naturalment, la usurpació grollera de la capacitat d’experimentar i pensar demana tant l’ajut de la força com l’oferiment de la pastanaga. Els funcionaments militar-inquisitorials s’encarreguen de la coacció sobre la matèria, i la promesa d’eludir els dolors de la vida i l’inquietant trànsit del viure al morir sedueixen l’esperit, bo i garantint el benestar absolut, el plaer i la justícia ajornada, en un món que no és d’aquest món. Tots aquells que pensen, amb vocació de llibertat, amb afanys de modificació del sistema, no només seran condemnats en el més enllà sinó que en l’aquí i ara seran objecte de violència, des de la marginació i l’exili fins a la mort.

Certament, altres experiències, basades en l’amor, la compassió, la capacitat empàtica, que menen a la soli-daritat i la reciprocitat, que busquen l’establiment del dret en les relacions entre els homes i, en darrera instància, l’evolució del sentit de la responsabilitat sobre els objectes animats i inanimats, han anat arrelant a través de milers d’anys d’evolució en paral·lel a sistemes amb pretensió monopolitzadora de la justícia. L’Estat, quan es per-verteix, amb la seva maquinària, els professionals de la política i els seus ajudants, el Leviatan hobbesià en suma, s’orienta al control físic i mental dels ciutadans; a canvi, la pastanaga de garantir la seguretat davant la inqües-tionable tendència a la barbàrie de la naturalesa humana. El maridatge entre poder polític i organització eclesiàstica, en qualsevol de les seves formes, ha constituït fins ara mateix el sistema més eficient de control sobre la major part d’objectes animats i inanimats del planeta per part d’una minoria de l’espècimen humà. Aquest matrimoni només pot sobreviure recolzant-se en la propietat i el control de les diverses fonts d’energia.

No volem continuar la reflexió marxista –que els experts fan més precisa– però sí volem recordar que la de Bion (1961) la reforça i complementa en conceptualitzar, molt agudament, la tendència de tots els grups a voler perpetuar-se a còpia de reproduir l’esquema considerat, és a dir, a generar organitzacions funcionarials-sacerdotals amb vocació de crear esglésies –tot sovint camuflades sota el rètol de tendències–, generar adoctrinament i garantir el control sobre els acòlits. Tot grup, bo i cercant les seves particulars maneres d’exercitar i administrar la violència, de la mateixa manera que les organitzacions político-religioses quan practiquen la tortura –damunt dels cossos produint dolor insuportable damunt de les ments so-friment psíquic mitjançant els sentiments de culpa, d’exclusió, pèrdua d’autoestima, autodenigració i deses-perança–, fomenta l’atemoriment i l’“aterrorisment” (Emilio Lledó, “Aterrorismar”, El País, 6 setembre 2005) i busca assegurar-se en les coordenades espaciotemporals.

  1. De les “esglésies” psicoanalítiques

La capacitat psicoanalítica de la ment també ha estat tot sovint arrabassada i monopolitzada per esglésies psicoanalítiques. Ens sembla bo, ara i aquí, repensar com ho han aconseguit, com han arribat a fer-se amb un bé tan íntim i privat… i com poden continuar fent-ho. Volem pensar-ho per tal de lluitar contra la temptació eclesial pròpia i la parafernàlia litúrgica al servei de l’expansió del narcisisme… o si més no per tal de mantenir els ulls desenteranyinats. I també, per què no, a tall d’homenatge a Donald Meltzer, un mestre amb vocació de fer homes i dones lliures més que d’assegurar la pedra fundacional d’una nova església i la veneració dels acòlits, i un home que va patir l’ostracisme decretat pels garants de la doctrina de la fe psicoanalítica.

Quan el procés analític constituït entre terapeuta i pacient es va decantant, a poc a poc, cap a l’organització de societats i escoles –amb professors (no pas mestres) i alumnes, associats i aspirants, sèniors i júniors, novicis i consagrats, acceptats i repudiats, integrats i rebels–, es produeix l’atac salvatge a la bellesa i complexitat de l’experiència de coneixement que es pot donar en la parella terapeuta-pacient d’una banda i, de l’altra, entre un mestre genuí i l’home lliure que busca llum. I això és així en la mesura que totes les institucions tenen com a vocació fonamental la permanència: és prou conegut el tòpic que els homes passen, les institucions romanen. La institució no té pretensions experiencials, és a dir, allò lligat al cicle transformacional, al néixer i morir per tal de renéixer en una altra forma. I és per això que bàsicament refusa tota experiència perquè el que vol és permanència, preservació de la forma. A tot estirar, sovint hipò-critament, fa seva la formulació lampedusiana: canviar–ho tot per tal que res no canviï.

Com, però, pot sobreviure amb una pretensió com aquesta i alhora predicar el canvi, prometre el desen-volupament, el lliure albir, el deslliurament de l’encap-sulació i la misèria neuròtica, l’expansió indefinida de la ment, la garantia dels camins oberts i els trànsits sense obstacles, la multiplicitat de les maneres de viure i entendre la vida? Pot aconseguir-ho delimitant –a vegades sense gaires escrúpols i a vegades sota el paraigua protec-tor de la pretensió de cientificitat i del rigor i l’exigència de garanties en l’exercici professional– els límits i condicions en què el canvi és possible. En el nostre cas cal fer entrar l’inconscient en raó, atès que és la causa dels nostres maldecaps i pertorbacions. Els processos incons-cients deixen de ser la seu on qualla la vida, amb les seves clarors i tenebres, l’àmbit al qual remetre’s perquè és on rau el potencial de transformació genuïna i la capacitat per aconseguir-ho. L’alternativa és, aleshores, el simulacre de festeig amb el que és metapsicològic, amb el que és més enllà de tota possibilitat d’aprehensió, només apte per ser experienciat. El simulacre busca una litúrgia i cerimonials que s’atorguen el dret d’anomenar-se experiència genuïna, de manera similar al procés que afirma la transsubs-tanciació.

La nostra particular església també ha organitzat els seus cerimonials. Calia, però, abans que cap altra cosa, acreditar-se. Així, ha definit el supòsit –com ho fan tots els grups– que els seus membres són bons representants de la salut mental, són persones saludables, tenen una relació més directa amb la salut, han seguit un procés iniciàtic que la garanteix… A partir d’aquest supòsit poden definir, des d’una justa asimetria, l’estat saludable o malalt d’altri, i tot allò que cal fer per tal de millorar-lo. Un contacte rigorós amb els membres de tals organit-zacions no permet assegurar el que es pregona, com tampoc l’exercici del sacerdoci és garantia de santedat ni d’amor genuí al pròxim. L’anàlisi biogràfica no hagio-gràfica d’alguns dels seus líders més destacats revela un nivell d’insània preocupant.

Però sobre aquest supòsit –tan característic dels funcionaments grupals– s’ha construït un magnífic edifici de societats, docents acreditats, sistemes de garanties per a la pertinença, procediments de la didàctica i la supervisió de la feina, bastit sobre un altre supòsit: garantir la professionalitat i la bona praxi. Tot sovint, no són més que sistemes de control i de poder en defensa del propòsit existencial de les organitzacions.

A vegades, aquests sistemes són tan sorprenents i fora de mida que des de les mateixes organitzacions surten tímides veus denunciant el frau i amb propostes de canvi. Els treballs tan poc sospitosos d’heterodòxia d’Otto Kernberg (1996, 2000), prohom d’una de les grans or-ganitzacions psicoanalítiques, són prou esclaridors. Malgrat el to “progressista” de les seves contribucions, no formula altra cosa que la necessitat d’estovar una mica els trets dictatorials del sistema. En cap cas, però, qüestiona el sistema mateix, és a dir, la indefugible caiguda en siste-mes de control i poder quan l’objectiu del grup és romandre més que fomentar la transformació –seguint la definició de Bion del grup de treball (1961)– . És això el que mena a la constitució d’un subsistema de guardians de la fe, perquè cal estar a l’aguait dels dissidents, de la possibilitat de festeig amb altres esglésies, no fos cas que es produissin fugues, reconversions, l’afebliment d’unes parròquies en favor d’unes altres, d’uns déus en favor d’altres: en definitiva, la subordinació o desplaçament d’uns autors i unes teories.

Arribat el cas, com ha passat, es pot aplicar el nihil obstat, prohibint, censurant o desaconsellant lectures, i fins i tot parlar d’altres contribucions o tenir relacions amb professionals “d’altres corrents”. Constitueix un cisma, un impossible existencial, passar per una anàlisi o supervisar amb membres d’altres esglésies. Com en les millors tradicions dels moviments religiosos organitzats, la rivalitat i la “guerra”, si cal, són elements nuclears de la defensa de l’organització.

Però això també val per qualsevol altre àmbit també considerat competència eclesial. Aprofundir en els aven-ços de la física i la matemàtica, de les neurociències, de qualsevol àmbit del coneixement, és contemplat amb recel, desaconsellat i fins i tot titllat de desviacionisme. No cal dir que la “palma” se l’endú la reflexió filosòfica, i més especialment quan des d’ella s’intenten posar a prova els postulats psicoanalítics per tal de palpar-ne la consistència.[3]

Quan l’asfíxia de les nostres esglésies es fa insuportable, es produeixen escissions o bé es conformen grups “alternatius”, a vegades a redós d’un genuí líder d’un pensament nou; d’algú, en definitiva, que ha passat per un procés de transformació veritable. Aleshores es dóna un període de lluna de mel, d’experiència de llibertat en què el camí novament ha quedat obert. Ben aviat, però, es reprèn el procés de mai no acabar de tots els grups. Sorgeix l’afany de reconèixer-se i ser reconegut per altri com a deixeble de la nova veu, cal “organitzar-se” per tal de difondre-la. Novament els missioners, els que es consideren genuïns representants de la veu, els que saben i han de comunicar la bona nova a tothom.

En fi, no cal reiterar-se. Ja tenim nova església, nous ministres de la fe, tan vells i rancis com els anteriors, que copien ad nauseam, religiosament –aquí s’escau el terme– els procediments, els cerimonials, el ritu, que abans havien estat tan criticats… Segueix, imparable, el rodolar de la violència.

Ens en sortirem mai? Potser sí, si entenem que el viatge, el camí al desenvolupament de la ment, és com la passa del pelegrí, cadascú ha de fer la seva. A tot estirar, de tant en tant, trobar-se en algun hostal amb altres caminants i petar la xerrada bo i intercanviant expe-riències. O com a mar, bescanviant plànols, rutes i queviures amb aquells als quals l’atzar ha fet tirar l’àncora una nit a la mateixa cala. Com defensa Sloterdijck (2002), “intercanvis de guspires entre cometes…”.

*********

Aquest procés, del qual hem resseguit algunes de les formes i escenaris, es el que recorre la fenomenologia de la violència: l’esmicolament de la complexitat fins el nivell de partícules sense sentit. Descriu l’exercici de la destrucció sistemàtica de la dimensió estètica del món que es manifesta en cadascun dels objectes que el constitueixen. Bion i Meltzer han maldat per donar-li un estatut conceptual adient: si en començar la formació simbòlica compareix un dolor mental insuportable que reclama canibalitzar el que ha començat a formar-se (Bion, 1962, cap XI), podem considerar la violència com el procediment executiu de la destrucció. Aleshores, l’emocionalitat disposada a celebrar la percepció de la bellesa del món bo i tolerant el seu misteri (Meltzer, 1986b), cedeix el protagonisme a l’evitació del dolor inherent a la seva inaprehensibilitat, un moviment liderat per la violència, que vol fer-la bocins. És per això que sempre podem trobar-la en el rerefons de tots els antivincles: antiemoció, anticoneixement i antivida, i és també per això que constitueix el cor de la beateria, el filisteisme, el puritanisme i la hipocresia, reservoris particularment especialitzats en la seva custòdia i fonts inesgotables del fanatisme.

 

 

Bibliografía

BION, W. (1961): Experiencias en grupos, Barcelona, Paidós, 1980.

–– (1962): Learning from Experience, London, Heinemann.

–– (1963): Elements of Psycho-analysis, London, Heinemann.

––   (1979): Memoir of the Future, London, Karnac, 1991.

EPICTETO: Manual, Madrid, Gredos, Biblioteca Clásica, 207.

FOUCAULT, M. (1964): Historia de la locura en la época clásica, México, FCE, 1967.

–– Microfísica del poder, La Piqueta, 1978.

KERNBERG, O. F.: “Thirty methods to destroy the creativity of psychoanalyc candidates”, Int. J. Psychoanal. (1996) 77, 1031–1040.

–– (2000) «A concerned critique of psychoanalytic education», Int. J. Psychoanal. (2000) 81, 97–120.

KLEIN, M. (1946): “Notes on some schizoid mecha-nisms”, a The Writings of Melanie Klein, III, London, Hogarth, pp. 1–24.

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–– (1986a): The Conceptual distinction between Projective Identification (Klein) and Container-contained (Bion), a Studies in Extended Metapsychology, Perthshire, Clunie Press, pp. 50-69.

––   (1986b): What is an emotional experience?, a Studies in Extended Metapsychology, Perthshire, Clunie Press, pp. 50-69.

–– (1992): The Claustrum, Perthshire, Clunie Press.

MELTZER, D. & HARRIS, M. (1988): The Aprehension of Beauty, Perthshire, Clunie Press.

SLOTERDIJK, P. (2002): El árbol mágico, Barcelona, Seix Barral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LUCAS: ¿DEL OBJETO MÍNIMO A LA IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA?*

 

Dolors Cid y Lucy Jachevasky

 

 

En su artículo “Consideraciones actuales sobre el Autismo”, Donald Meltzer dice:

“Los dos puntos de vista nuevos sobre el autismo a que hemos llegado después de veinte años de trabajo e interés por los niños autistas son los siguientes: el autismo es una variante del pensamiento y de su desarrollo que se basa en la inversión de la función alfa y en la identifi-cación proyectiva a nivel de objeto parcial. Aplicando imaginativamente estos dos principios se podrá interpretar el material autístico como se interpretan los sueños.”

Nuestro interés inicial era aplicar y desarrollar en lo posible estas ideas últimas de Meltzer. Nuestras reflexio-nes sobre el material nos fueron llevando por caminos adyacentes a plantearnos hipótesis que pensamos podrían ser complementarias.

 

Notas de la Historia

 

Los padres consultaron en julio del 97, cuando Lucas tenía dos años y medio. Empezaron a preocuparse alre-dedor del año porque no decía ni una sílaba; el pediatra pensaba que no pasaba nada. Dado que estaban tremen-damente asustados, tuvo que intervenir un familiar para ayudarles a hacer la consulta y, siendo una familia de nivel cultural alto, esperaban ya el diagnóstico que se les dio. Agregan que tienen un bebé de tres semanas.

Durante el embarazo de Lucas los padres se inquie-taron a partir de los resultados de una ecografía; final-mente se descartó el posible problema. El parto duró mucho tiempo y acabó en cesárea. La madre estuvo ingresada ocho días. El bebe estuvo en la UCI diez días y fue tratado con antibióticos. Tuvieron dificultad con la tetina del biberón: al niño le costaba succionar.

Lucas, dicen los padres, es un niño que come y duerme sin problemas. No le gustan los juguetes. Tiene “mucho genio” y hace rabietas. No les preocupa tanto que ahora no hable como la pobreza de sus vínculos. Tiende a aislarse, no juega con los niños, se hace el sordo muchas veces. Le gusta mucho la música.

En entrevistas posteriores, los padres explicaron que la madre pasó el embarazo con tremenda angustia por temor a sufrir una enfermedad infecciosa; no pudo com-partir estos temores con nadie, ni siquiera con el marido.

Actualmente, los padres están separados y Lucas y su hermano viven con la madre y con su nuevo compañero.

 

El tratamiento empezó con una frecuencia de tres sesiones por semana, con uno de los padres presente. Al principio era muy difícil captar la atención del niño, que se limitaba a lanzar hacia atrás con sus dos manos las piezas de construcción que previamente había sacado de la caja y esparcido. Mostraba una hiperquinesia muy notable que duró bastante tiempo hasta que empezó a ceder. Meltzer explicó –una de las primeras veces en que super-visó el material– la gran dificultad para atraer la atención de un niño como Lucas, ya que “la identificación que se da en la unidimensionalidad reemplaza toda posibilidad de atención”.

Desde el principio, la terapeuta captó otro funcio-namiento que alternaba con éste y que sí permitía alguna relación.

El modelo madre-bebé es el que subyace en las intervenciones de la terapeuta. La mamá canta, explica, intenta mantener un diálogo, enseña cómo es el mundo, intenta establecer diferencias; la terapeuta describe los movimientos del niño, contiene sus impulsos, le canta con suavidad, potencia lo saludable o en vías de serlo… y re-coge y recoge lo que este niño va tirando y esparciendo continuamente. El mensaje sería: las cosas van y vuelven; hay un lugar para las cosas; nos volvemos a encontrar después de decir adiós, etc.; y, cuando puede, le muestra formas que cree significativas para Lucas.

Tiempo después, Meltzer señaló que comenzaba a observarse un contacto que ya no era la identificación in-mediata, sino “el tipo de contacto que puedes hacer con un bebé de diez, nueve meses, que se puede sentar pero que aún no anda, que se lleva todos los objetos pequeños a la boca, primero para ver si se pueden comer y, después, para apreciar las cualidades que tienen”. Y que Lucas “parece haber dado un gran paso en diferenciar los objetos y las representaciones de los objetos. (…) Esto es un paso de gigante que vuelve innecesaria la identificación auto-mática e inmediata con el objeto”.

 

Éste fue un tiempo de esperanza. Pasaron algunos años en los que se fue consolidando la relación con la terapeuta, la hiperquinesia se redujo, aparecieron algunas palabras, todas relacionadas con el movimiento: entrar, salir, abrir… Lucas parecía estar dando un paso hacia la tridimensionalidad.

Aunque también hubo periodos, y algunos largos, en que se instalaron el aburrimiento y el desánimo contra-transferencial.

 

 

El tiempo del No Significado

 

Parafraseando a Kafka, diríamos que Lucas se impuso la tarea de “hacer lo negativo”. Parecía empeñado en crear sustitutos al objeto, construyendo un mundo alternativo de anti-objetos. Nos permitimos reproducir unas líneas de un artículo que escribimos en uno de esos momentos del tratamiento:

 

“Lucas parece ignorar a la terapeuta y juega con su propia silla.

La silla es concreta, rígida, inmóvil, “la muevo si quiero, pero ella no puede desaparecer (como mamá)”, parece decir Lucas en su sustitución. (…)

El no estaría “jugando a entrar y salir de mamá” como podríamos imaginar nosotros (…), sino que está entrando y saliendo de la silla y justo por esto, porque sabe muy bien que es una silla, aunque tenga con mamá algunas similitudes bien concretas…

 

Lucas construye “sustitutos”, se le ve excitado. Se mueve en otra dimensión, un mundo de objetos a los que no tiene ningún miedo y tampoco le despiertan atracción. ¿Estaríamos ante pobrísimos objetos bizarros?

Las respuestas de la terapeuta a este mundo aburrido de Lucas, que otorga valor sólo a lo que él tolera, un mun-do de anti-significado, van en la línea de desalentarle e, intentando atraer su atención hacia ella, transmitirle que ahí no hay vida, que la vida está en otro lugar.

El proceso por el que crea estos sustitutos de objeto es compatible con la descripción que hace Meltzer acerca de la inversión de la función alfa, que invierte el significado del vínculo y convierte todo en -H, -K y -L.

Los objetos reemplazantes, además de reducidos a la mínima característica concreta del objeto sustituido, son despojados de las cualidades con las que el niño tiene mayores dificultades y en consecuencia no inquietan. Pa-recería que lo importante de una mamá es que sostenga físicamente y que de ella se pueda entrar y salir, aunque entrar y salir de un objeto abierto y sin puertas es lo más parecido a no entrar y salir y, si además el objeto es abierto, no hay ningún misterio.

En el material abundan las formas concretas, que invitan poco a ir más allá: son elementos beta resultantes de una intervención simplificadora, elementos beta “despojados” de lo que les haría susceptibles de seguir en el camino hacia la construcción de pensamiento y que serían reducidos a elementos mínimos, a la sensación pura y dura que actuaría sólo como excitante. Lucas tiene que evitar la posibilidad de que algo sea un símbolo, una metáfora, ya que para él símbolo es peligro, pensamiento es peligro.

De no ser por la indudable falta de imaginación diría-mos que, funcionando desde la omnipotencia máxima, Lucas es muy “imaginativo”: como un antidiós que vuelve desde el séptimo al primer día la creación, pero que no acaba de poder borrar del todo la huella de ésta.

¿Habría la anticipación de un objeto total o parcial sobre el que estaría funcionando la inversión de la función alfa? En cualquier caso, apenas Lucas vislumbra la po-sibilidad de un vínculo con el objeto, pone en funciona-miento este mecanismo.

 

Bion explica que la inversión de la función alfa tiene que ver con la reversión del proceso que llevaría al pen-samiento, es compatible con los fenómenos de evacua-ción y no es observable directamente.

Y Meltzer establece la diferencia entre un objeto mutilado resultante de los ataques sádicos –tal como lo describe Klein– y el objeto sujeto a deformación –objeto bizarro en el sentido de Bion–. En esta línea, pensamos que en los autistas la deformación se daría más en el sentido de una simplificación, de una reducción a ele-mentos mínimos, lo que no es extraño si pensamos que muchas de sus ansiedades están relacionadas con la difi-cultad de vérselas con un mundo complejo y fluctuante.

Ahora bien, el reconocimiento del objeto que subyace en esta simplificación es difícil. No son lo mismo que los elementos resultantes del desmantelamiento; es otra ma-nera de descomponer el objeto. En el desmantelamiento, la función comprometida es la atención,   mientras que en la inversión de la función alfa hay un ataque al proceso de pensar. La recuperación es también más complicada y parece que en este caso el objeto inicial, el objeto que subyace, tendría que ser soñado por el analista; estos objetos mínimos –anti-objetos les habíamos llamado– se desgastarían en la medida que no progresan, vaciándose de vitalidad y sentido.

Raras veces, aunque sí alguna, le vemos introyectar. Algo parece entrar en su mente que él generalmente con-creta yendo al grifo a beber agua. En momentos más su-tiles, en los que parece poder incorporar las palabras de la terapeuta, suele poner el dedo suavemente entre sus la-bios.

¿En lugar de incorporar, se expandiría, como dice Resnik, a la manera de una ameba?

Y mientras estábamos planteando estas cuestiones, de forma casi imperceptible, apareció un material dife-rente que nos sorprendió.

 

Intentaremos ilustrar este momento con material clínico:

 

Lucas y la terapeuta hablan del no

 

Sesión del 13 de enero de 2006.

Lucas saca frecuentemente la lengua durante la primera parte de la sesión. Divertido. Balbucea algo. Dice “papá”.

–¿Quieres que hablemos de papá?

Coge el cuento de las caras enfadadas. Va haciendo ruidos con su boca cerrada.

Cierro la boca, imito los sonidos que él hace con su boca cerrada.

Él me observa.

Digo que Lucas dice no, no hablo, estoy enfadado, no.

Escucha, sonríe con cara de enterado, con expresión agradecida.

Insisto, seguimos con esto.

(…) Coge el tapón del lavabo, bebe agua con él. Entra en la consulta con el tapón en la boca. Se lo pone como un chupete. Descansa plácidamente sobre la mesa, muy relajado. Se sienta en mi falda, pide que le sostenga las piernas –él las tiene flexionadas–. Insiste en que le sujete.

Se levanta, se pone su chaqueta, y se cubre la cabeza con la capucha. Se tumba a mi lado con el pequeño muñeco-papá en la boca, oigo algún susurro. Me muestra con gran intención, mirándome fijamente, el muñeco en su boca. Golpea sobre el papá-clic como lo hace frecuente-mente en su barbilla.

Le hablo de un enfado muy fuerte, muy duro, que no deja hablar.

Se pone otra pieza dura en la boca. Es el pequeño pingüino.

Durante la sesión, lloriquea de tanto en tanto, y le digo que está muy asustado y triste, relacionándolo con su enfado.

Es una sesión que me conmueve profundamente.

 

Es evidente que Lucas se siente entendido. El no podría ser una expresión de su determinación de no ha-blar, aunque también nos preguntamos si cuando calla hace callar a papá que, con sus gritos al enfadarse, le asusta.

 

 

Algo cambia

 

A partir de esta sesión, va apareciendo cada vez más un diálogo abierto y hemos de hablar de un cambio im-portante en su actitud. Pensamos en la vieja idea de Freud de que la cantidad puede transformar la cualidad, el último grano de arena que configura una nueva forma. Recorda-mos cómo Meltzer, en una supervisión de los primeros materiales de Lucas, comparó la situación de cambio en estos chicos con las antiguas máquinas de feria a las que se va tirando monedas hasta que, finalmente, una de las monedas hace cambiar las cosas.

Lo diferente es ahora su observable interés en saber. Lucas llega a las sesiones como un niño interesado en resolver interrogantes que se le plantean, pero con ins-trumentos que, diríamos, son inadecuados. Una gran excitación aparece al principio de las sesiones y sólo hablándole poco a poco y cuidando mucho el tono de voz, va disminuyendo. Como puede, con gestos, utilizando un lenguaje básicamente corporal, recurriendo a imágenes de libros y a construcciones con los muñecos, intenta hacerse entender y, aunque no con palabras –dice algunas y va haciendo construcciones verbales con una voz casi inau-dible–,   sí tiene la capacidad de hacerse comprender, de hacer pensar a la terapeuta y en esos momentos en que puede expresarse, no se excita. Este esquema se va repi-tiendo en sesiones sucesivas.

Afuera, en la casa, Lucas crea, durante esta etapa, situaciones que inquietan y desconciertan:

 

Llegan a la sesión destrozados, él y la madre, no han podido dormir: Lucas había retirado una parte de la funda y había hecho pipí en el colchón de su hermano, que duerme en la litera de arriba. El hermano ha tenido que ir a otra habitación porque su cama no estaba en condiciones. Lucas se quedó solo en la habitación y estuvo toda la noche muy inquieto, sin que lograran calmarle.

La madre explica que ya unos días antes Lucas había hecho lo mismo en la cama de sus padres.

 

En las sesiones hay situaciones que se repiten:

Cambia mucho el tono de voz, pasa de una voz muy grave a una muy fina. Jugamos con estos cambios.

Los pies van tomando protagonismo. Pone el pie en el ángulo de la pared. Me muestra una y otra vez cómo mete las manos en sus bolsillos.

Introduce las manos en el WC y bebe el agua o el pipí, a veces como preguntándome, otras con rabia y desesperación, sin mirarme.

Tiene lugares en el consultorio, detrás del radiador, entre la mesa y la pared y debajo de la mesa, donde suele poner lo que para él es significativo. (El cuento de Bambi –del que hemos hablado mucho porque Bambi pierde a su mamá–, el libro del mar que suele relacionar con el papá, el de la música, un libro sonoro, y el de los perros).

También pone cosas debajo de la silla de la tera-peuta: generalmente ositos “contentos”, perritos que juegan, el libro de la música y, con menor frecuencia, el muñeco-mamá-clic.

Hay mucho interés en un libro que tiene espejos: son dibujos de diversos animales u otras figuras con un espejo redondo en el centro. Lucas parece reconocer que el espejo no es un agujero, pero pone su dedo entre el espejo y la hoja como intentando entender cómo entra la imagen en el espejo.

 

Algunos días después sucede algo llamativo hacia el final de la sesión: Lucas se tumba en el suelo y se coge el pene. Luego se queda muy pegado a la pared con el muñeco-papa-clic entre los pies. Me está haciendo pensar en que la pared es dura, impenetrable.

–Lucas quiere entrar –le digo.

Viene hacia mí y pone el dedo en mi boca.

 

La siguiente sesión intenta llevarme a la situación del día anterior y vamos recordando lo que hablamos, casi paso a paso.

Sentado en mi falda, quiere que le sujete las piernas, fuerte. Mucho rato.

Luego se sienta con el pie debajo de su culo.

De pie en el centro de la habitación mira sus manos cerradas en puño a la altura del pecho.

Va al baño y tira un chorro de agua de su boca al espejo como queriendo meter el agua adentro.

Viene hacia mí y mete la mano rápidamente en mi bolsillo para llevarse el contenido. Encuentra una pequeña pinza.

Al finalizar, cuando me levanto, se aferra a mi silla, como abrazándola.

 

Vemos a Lucas menos concreto y empezando a fan-tasear. La silla es ahora una representación de la terapeuta, ya no es la silla, de la que hablábamos antes. También empieza a investigar. Va reconociendo diferentes zonas y parece preguntar sobre las funciones de cada órgano. Ya no todos los agujeros son equivalentes. ¿Por qué en unos se puede entrar y en otros, no? ¿Es él el que no puede? Y, ¿con qué se puede entrar, con el dedo, con el pie, con la saliva…? O ¿para qué sirven las cosas que uno tiene? La excitación que suele aparecer en determinados momentos de la sesión, especialmente al principio, va tomando forma al atenuarse y van estableciéndose diferenciaciones.

Se observa en Lucas curiosidad por el interior del cuerpo y no parece estar en el claustro, en general, aunque la claustrofobia aparece en algunos momentos a partir de los celos y la envidia; y entonces se angustia, quiere salir o se envuelve en la mantita protectora dejando sólo al descubierto su cara.

Muestra que, para él, la terapeuta tiene cosas adentro, como ositos contentos saltando entre las nubes, como una música. Y diríamos que se pregunta cómo otros están adentro. No parece estar solamente en la búsqueda de un continente en el cual alojarse. Está fantaseando con el interior del cuerpo de la madre y está preguntándose de qué manera puede entrar en la madre. Por otro lado, pare-cería estar en los comienzos de una identificación con el pene de papá.

 

Tres sesiones más tarde, Lucas, al entrar, coge la pelota blanda en la que está dibujada la cara de un oso. También coge el cuento de los espejos. Los pone sobre la mesa y los va mirando. Parecería estar pensando en cómo es igual o diferente el oso (¿adentro?) de la pelota y la cara en el espejo.

Mete el cuento y la pelota entre la mesa y la pared. Se coge el pie.

Mira el libro del mar, que frecuentemente relaciona con el padre. Le pregunto por el fin de semana. Está nervioso, inquieto. Pasa mucho tiempo así.

Coge el libro de Bambi, que muchas veces hemos relacionado con la separación de la mamá y los miedos que provoca. (Ésta es la sesión del viernes y este fin de semana está con el padre).

Le canto y le hablo suavemente de la ausencia de mamá intentando trasmitirle que mamá no se pierde, que mamá vuelve y que mientras Lucas está con papá, mamá le recuerda y le quiere mucho.

Esta situación dura bastante. Su tono emocional cambia, Lucas canta también, va a beber agua. Vuelve, le ofrezco mi mano. El me la coge. Estamos juntos. Se sienta en mi falda. Seguimos con nuestro diálogo cantado.

Entiendo que me está preguntando si mamá está sola. Le hablo de esto.

Lucas coge el cuento de Blancanieves donde están juntos Blancanieves, el príncipe y los enanitos.

Le digo que él piensa que está con Ricardo (nueva pareja de la madre).

Muestra el cuento del colegio.

Le comento que está también Berta, la hija de Ricardo.

Se va poniendo muy tenso y a la vez muerde la espiral de un pequeño libro.

Lucas piensa que los niños están adentro.

Y añado: “Lucas, los niños están afuera” (enfatizo: “afuera”).

Estamos un momento muy bien, muy tranquilos. Le veo sereno, guapo, con mirada profunda, de pie a mi lado, se apoya un poco en mí.

Después de un tiempo así, se levanta, va al WC, pone la mano en el agua y la bebe. Le ofrezco agua del grifo, la acepta.

Volvemos a la sala. Quiere una de mis pinzas del cabello que le dejo. Pone saliva encima de la pinza.

Viene directo a mí, se arrodilla en mi falda mirán-dome: le dejo hacer, se levanta la camiseta y me muestra su barriga y se queda en esta posición.

En este momento, se oye afuera al padre que abre la puerta. Lucas se asusta y se distancia rápidamente de mí.

Lucas tiene mucho miedo de que papá se enfade si se pone así, encima de mí, le digo.

 

Vemos a Lucas preguntándose cómo se hace para entrar en la terapeuta. Parece confundido, claramente asustado cuando escucha al padre abrir la puerta. Da la impresión de que en algún punto no viera diferencia entre papá y él porque está en identificación con “aquello que papá puede tener que le permite entrar” y, al aparecer el padre, saldría abruptamente de esta situación.

 

También vemos una constante dialéctica entre rela-cionarse con la terapeuta, organizar un vínculo o sus-tituirla. Es un ir y venir entre momentos más patológicos y momentos de más progresión, y a veces no es fácil dis-tinguir si estamos o no ante elementos aptos para el pen-samiento.

En las sesiones, se pueden encontrar tanto objetos desmantelados como objetos mínimos, resultado de la detención, más que de la inversión de la función alfa, y elementos cargados de algún significado, en la línea de la identificación proyectiva en objeto parcial, que van des-plegándose lentamente y ganando en claridad. La tarea de diferenciar no es fácil, la inversión de la función alfa está siempre a punto de desbaratar cuando asoma algún significado. La labilidad es muy grande y dificulta que su frágil estructura se mantenga cuando las circunstancias externas no favorecen, son momentos en los que la terapeuta tiene que luchar contra su desesperanza y el descreimiento en sus recursos.

 

Resumen

 

Nuestro interés en este artículo era aplicar y desa-rrollar las últimas ideas de Meltzer sobre el autismo. Pensando en estas cuestiones y revisando el material de Lucas nos encontramos describiendo cualidades de los objetos, objetos reducidos u objetos mínimos, con los que este niño se relaciona. Parecería que Lucas fabrica un mundo de objetos a través de la simplificación, de la desconexión y descontextualización, que intentamos explicar como un detenimiento y/o inversión de la función alfa que da lugar a lo que hemos denominado objeto mínimo, diferente del objeto desmantelado y del objeto mutilado. En las últimas sesiones, se puede observar una evolución hacia la identificación proyectiva en objetos parciales.

 

 

*Agradecemos a la Dra. Rebeca Grinberg, a Claudio Bermann y a Carlos Tabbia la lectura atenta y sugerente de este artículo.

 

 

 

Bibliografía

 

BION, R. W. (1962): Learning from experience, London, Karnac, 1991.

 

CID, D. y JACHEVASKY, L., (1999): “De la forma al símbolo”, revista de l´Associació catalana d´atenció precoç, nº13-14. Dec., 1999.

 

–– (2002): “Acerca del no-significado”, trabajo presen-tado en el encuentro internacional de Barcelona: Generación del significado en la experiencia analítica: misterio, turbulencia y pasión, Barcelona, 18-20 Oct. 2002. Inédito.

 

MELTZER, D. et al. (1982): Explorations in Autism, The Roland Harris Educational Trust, 1982.

 

–– (1986): Metapsicologia ampliada, Bs. As., Spatia ed., 1990.

 

–– (2000): “Considerazioni attuali sull´autismo”, Confe-rencia publicada en: D. MELTZER: Transfert Adolescenza Disturbi del pensiero, Seminari Veneziani (1999-2002) a cura del Gruppo di Studio Racker di Venezia, Roma, Armando editore, 2004, 158-162.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


SOBREVIVIR AL ABANDONO

 

Perla Ducach y Silvia Grünwaldt

 

 

Cuando las manos van a

los ojos que lloran como a

un abrevadero para beber y beber.          

Yehuda Amijai, Acompáñame    

 

 

Las ideas centrales de este trabajo giran alrededor de la incapacidad para desarrollar un “continente” cuando hubo una ausencia materna real. Mostraremos la situación de anti-desarrollo organizada activamente por una niña a la que llamaremos Dunia. Esta situación podría vincularse a la fantasía de sobrevivir sin la necesidad de un objeto con el cual relacionarse emocionalmente. El material clínico recogido fue sugerente y estimulante para pensar acerca del funcionamiento mental de los niños que padecen esta patología.

Ilustraremos estas ideas a través del relato de los diferentes momentos de la evolución de la niña, anteriores y posteriores a la adopción y los que corresponden al inicio del tratamiento.

Describiremos los avances aparentemente fugaces que fueron surgiendo en el devenir del tratamiento; progresos que para nuestro asombro se fueron organi-zando a favor de un proceso en una dirección evolutiva, un intento de superar una catástrofe primitiva que destru-yó el continente.

 

 

 

 

Del abandono a la adopción

 

Dunia es una niña proveniente de Europa del Este. Estuvo ingresada en un hospital por haber nacido prema-turamente y continuó allí a la espera de una adopción nacional hasta que cumplió un año, momento en que pasó a un orfanato. A los dos años y medio fue adoptada junto con otro niño de cinco por una mujer divorciada hace ya varios años. En principio, la madre sólo iba a buscar un niño pero aceptó llevar también a Dunia cuando le dijeron que si no la adoptaba se moriría. En ese momento la niña tenía el tamaño de un bebé de ocho meses, estaba esque-lética, no se sostenía, tenía las manos llenas de llagas y las orejas inflamadas por una otitis. La madre mostró una fotografía de la niña, la imagen era espeluznante y evo-caba las fotos de niños de los campos de concentración. Sabemos por ella que cuando Dunia pasó al orfanato empezó a devolver y también a regurgitar la comida a voluntad. Por este motivo cuando la madre la conoció estaba nuevamente hospitalizada.

Los primeros dos años y medio de su vida en el orfanato transcurrieron en una cuna. Se mecía refregán-dose en los barrotes y jugaba cogiendo jirones de tela de sus pañales con las manos y los pies. No miraba direc-tamente, giraba los ojos y miraba de lado de tal manera que llegaron a pensar que era estrábica.

La madre la describió como desconectada aunque percibía lo que pasaba a su alrededor. Cuando se la cogía en brazos se quedaba rígida; sus extremidades, normal-mente, parecían hechas de madera. No toleraba el con-tacto físico hasta que en una ocasión se asustó y se lanzó a los brazos de su madre; había pasado un año desde la adopción. No reía ni lloraba, sólo gemía o gritaba. En dos años recuperó la talla normal y ahora es una niña rubia, “toda músculo”, tiene una fuerza enorme y cuando se enrabia da patadas como “un conejo”. Se queda pegada a la rabieta y le cuesta mucho salir de esa situación.

Ha estado en una escuela de educación especial y en este momento asiste a un colegio normal aunque sólo comparte con los otros niños algunas actividades como música, psicomotricidad y comedor. El resto del día recibe asistencia personal y especializada. Cuando hay cambios de monitoras una de las cosas que hace para mostrar su disconformidad es orinarse en actitud desafiante.

 

El proceso terapéutico-la etapa inicial

 

La madre impresiona como una mujer difícil pero con capacidad para conectar con sus hijos. Durante el primer tiempo las sesiones fueron conjuntas (madre y niña), el objetivo era observar el tipo de relación que había entre ellas; favorecer, si fuera necesario el contacto y ayudar a la madre a observar y comprender el funciona-miento de la niña. Comenzamos trabajando a razón de dos sesiones semanales; en ese momento la niña tenía cuatro años y medio.

Dunia causó un gran impacto en la terapeuta: miraba de reojo girando de tal manera los ojos que parecía que iban a dar una vuelta completa; se comportaba y chillaba como un animalito; no hablaba (aún no lo hace). No soportaba la más mínima frustración: gritaba y pateaba aunque se hiciera daño (se sacaba los zapatos al entrar a sesión) y no daba muestras de dolor. No podía prestar atención a nada, todo lo tocaba, todo lo tiraba o lo lanza-ba contra las paredes. Hacía ruidos guturales como un monito para indicar que tenía caca o tenía sed. Decía sí o no moviendo la cabeza pero a veces no coincidía con lo que realmente quería y cuando la madre no acertaba se enfurecía y llegaba a patearla. Se mecía constantemente de manera bastante violenta refregándose contra las pare-des y los muebles. Todo iba a parar a la boca. A veces traía a la sesión cosas del colegio, objetos duros como por ejemplo piezas de construcción y cucharas de plástico; en ocasiones se quitaba la ropa y se masturbaba (según la madre podía meterse objetos y dedos en la vagina). Se pegaba en la cabeza, en la mano, en el cuerpo.

Cuando paraba la actividad frenética parecía como si estuviese escuchando-recreando cosas en su mente, ponía caras expresivas, sonrisas, fruncía el ceño y normalmente todo terminaba con gritos, chillidos y con una explosión.

Durante este período, la terapeuta se ocupó predo-minantemente de observar y contener: mirar sus expre-siones y ver si las podía relacionar con algún hecho de la sesión. Al mismo tiempo se le describía lo que ella hacía y se le formulaba preguntas en voz alta, como por ejemplo “qué pasará en la cabecita de Dunia que se está sonriendo, quejando…etc.”.

 

Conjeturas Imaginativas

 

A pesar de no contar con información precisa an-terior a la adopción, sabemos que Dunia nació prema-turamente y por lo tanto es posible que sus problemas se hayan iniciado en la vida intrauterina. La niña puede ha-berse sentido expulsada o bien haber huido de un con-tinente “amenazador”. Esto nos hace pensar que en ese momento se pudieron haber gestado las dificultades para desarrollar un continente.

Su primer año de vida transcurrió en el hospital, allí probablemente recibió algún tipo de atención (algo bueno) que le permitió crecer físicamente. Al pasar al orfanato, el crecimiento se detuvo y Dunia desarrolló una segunda piel (E. Bick) o exoesqueleto (W. Bion) que le posibilitó perfeccionar una musculatura que sirvió como sostén de su personalidad.

No pudo desarrollar un “continente-piel” al no haber existido quien se hiciera cargo de la función materna de reverie. Esta ausencia se tornó en una presencia perse-cutoria que favoreció una dirección anti-evolutiva del de-sarrollo. Además atacó todo lo que podría haberla hecho evolucionar: continente, barrera de contacto, aparato para pensar, vínculos (L.H.K).

Los frecuentes vómitos pudieron significar la expul-sión de “lo malo” del orfanato. Allí sabemos que no reci-bió cuidados adecuados pero el problema fue que junto con “lo malo” también echaba fuera “lo bueno”. El senti-do de la regurgitación estaría vinculado a la fantasía de proporcionarse a sí misma el alimento y de esta manera evitar la vivencia de vacío y soledad. Los episodios de violencia en los cuales arrojaba objetos, pegaba patadas en las paredes y destrozaba todo aquello que cogía en sus manos, nos hicieron pensar en un funcionamiento carac-terizado por la inversión de la función alfa. Según Bion, la inversión de esta función debe ser entendida como una canibalización de los elementos alfa hasta su transfor-mación en elementos bizarros con huellas de yo y super yo (trozos de significado) que sólo sirven para ser eva-cuados. Una modalidad evacuativa que Dunia utiliza, podría ser la transformación en alucinosis que, como afirma Bion son percepciones de relaciones que no están en la realidad externa, sino que son trozos de pensamiento abortados en la percepción. Suponiendo que fuese así, Dunia sería una niña con hambre de objetos pero que debido a su voracidad y a su violencia, fracasa en el in-tento de introyectarlos; por el contrario, el arrojar afuera, proyectar, es el mecanismo predominante. En estas con-diciones no puede prestar atención activa a nada ni tampoco juntar los trozos proyectados y degradados.

 

El proceso terapéutico-la tridimensionalidad

Volviendo al material, observamos que poco a poco Dunia comenzó a compartir actividades con la madre: le pedía que le recubriera un dedo con plastilina (como un dedal) se lo ponía y sacaba. También se colocaba plasti-lina entre los dedos, como para tapar la separación. Em-pezaba a interesarse durante unos segundos por un camión y un coche, hacía girar las ruedas, se las pasaba por las manos, los miraba por “debajo”, metía los dedos en todos los sitios. Arrancaba todo lo que sobresalía con manos y dientes: manos y cabezas de los muñecos, etc. Paralela-mente a esta actividad repetitiva y desbordante, cuando quería hacer algo que sabía que su madre no aprobaría, miraba de reojo, intentaba despistarla y de repente con la velocidad de un rayo lo hacía.

Un día empezó a meterse dentro de una estantería. La terapeuta sacó los estantes y quedó un hueco al que bauti-zó como el *cau: lugar-cuna-refugio en el que se tumbaba como un bebé, o se mecía apoyada en manos y rodillas, refregándose como lo hacía en los barrotes de la cuna. Entraba cuando quería “aislarse”. La terapeuta le hablaba de su soledad, de estar dentro, de estar fuera. Dunia cam-biaba de expresión según lo que se le decía: ¡¡escu-chaba!!…y le hablaba de su situación anterior y de la actual, de cómo poder juntarse y separarse, cómo poder digerir lo que había vivido.

Empezó a mirar por la ventana hacia afuera. En una ocasión, luego de estar un rato con su cara pegada a la ventana se giró y mirando a la terapeuta, le cogió el borde de su jersey, lo estiró y miró dentro. Luego le miró las manos y con una suavidad extrema las tocó. Dio lugar a que se le pudiera hablar del adentro y del afuera, de su curiosidad sobre las manos….. ¿para qué eran?… para aca-riciar, para pegar, para juntar, para romper…

La mamá siempre traía una bolsita con canicas, llaves, cosas pequeñas que Dunia pedía en sesión. Se metía la canica en la boca y la escupía; otros objetos como la tapa de la caja, un lápiz, las llaves, se los llevaba a la boca de tal manera que un trozo quedaba colgando y lo hacía balancear golpeándolo con el dorso de la mano. También se los metía entre las piernas.Un día la mamá empezó a jugar a esconder la canica en una mano y Dunia tenía que adivinar en qué mano estaba, la niña excitada le pedía más y más. En pocas sesiones empezó a esconder la canica debajo de la estantería y a pedir que la encontrá-ramos. En otra ocasión se metió en el cau y mirando a la terapeuta estiró la mano y se escondió; durante unos segundos jugaron a: ¡no está Dunia!, ¡aquí está! Ella dis-frutaba y reía.

Empezó a lalear, al principio sólo había musicalidad, luego pudo decir algunas sílabas y los ruidos guturales desaparecieron.

Se refregaba en las dos puertas del armario, en una, en la otra y en la junta de las mismas; también refregaba cosas en las juntas de las baldosas del suelo. La terapeuta hizo una construcción de dos torres unidas en la base con las piezas del Lego que también tenía una junta “cesura” por la que la niña se interesó de inmediato: separaba y juntaba las dos torres y explotaba de rabia y desesperación cuando se le desmontaban. Intentaba reconstruirla pero no lo podía hacer ya que no distinguía entre la parte saliente y la entrante de las piezas; cuando se le explicó cómo hacerlo a veces conseguía realizarlo, pero otras insistía en encajar mal las piezas y nuevamente se enrabiaba cuando éstas no le “obedecían”. Se le dijo que ella a veces tam-bién sentía que se desmontaba, pero que se podía volver a montar como ocurría con la construcción; que no quedaba todo destrozado. La terapeuta comenzó a hablarle a Dunia de su situación anterior, cuando se sentía desam-parada, solita, sin ayuda y en cambio, ahora, todo era diferente: tenía una mamá que la cuidaba, una terapeuta que deseaba entenderla y una “seño” en el “cole” que le enseñaba muchas cosas. Todo esto se repetía sesión tras sesión hasta que un día, de repente y luego de una secuencia semejante, paró y dijo: Mamá. Al mencionarle que ahora era diferente de cuando era bebé, que ahora ya no estaba en Cracovia, miró y dijo que no con la cabeza. Fue un momento muy impactante para las tres.En la sesión siguiente estuvo bastante tiempo haciendo “mi-mos” subida a la falda de la madre como un bebé de ocho meses que aún no se sostiene en pie.

Después de las vacaciones de Navidad se comenzó a sugerir la posibilidad de que Dunia entrara sola a sesión, la mamá aceptó. Al principio le costaba soportar el tiempo completo de la sesión, pero después pudo tolerarlo sin que hubiera explosiones de violencia.

Cuando llegaba a la terapia intentaba meterse por to-dos los sitios (baño, otros despachos), y paralelamente a esto, en las sesiones realizaba una actividad nueva: pedía que se le desplazara el mueble-cau y ella se metía en el hueco que quedaba entre el mueble y la pared; dentro de este espacio volvía a mecerse. La caja también servía de espacio continente: se metía dentro. En otros momentos se subía y se bajaba del mueble como tomando posesión de él.

 

Reflexiones finales

 

Retomando nuestras conjeturas imaginativas, en esta segunda etapa se observan en esta niña avances en el de-sarrollo de su “aparato para pensar”: la posibilidad de pasar de la bidimensionalidad a la tridimensionalidad; la construcción de un espacio dentro del objeto y la utiliza-ción del mecanismo de la Identificación Proyectiva en su aspecto intrusivo.

Esta evolución le permitió a la niña tener una expe-riencia de relación diferente. Meltzer solía comentar que”…en muchos niños adoptados se puede ver que hubo una relación con los padres originales, que han perdido algo y que lo buscan intentando reencontrarlo. Otros no han perdido nada y probablemente encuentran algo por primera vez con el terapeuta….” Podríamos pensar que este es el caso de Dunia   que por primera vez encontró una persona que mostró interés en ella lo cual le per-mitió: sentir menos miedo, escuchar mejor y responder aunque sólo con “caras”, mímica y laleo. No obstante, todavía estaba muy centrada en su boca, lengua, dientes, pezón-pene, todo ello al estilo de un teatro constituido por objetos parciales con significado.

Los juegos de unir y separar, la importancia de las junturas de distintos objetos (puertas, baldosas) en las cua-les solía mecerse, parecían un intento de construir puentes que le permitieran superar diferentes cesuras: la del na-cimiento, la de la adopción…etc. La hipótesis de Bion respecto a la cesura del nacimiento es que en muchos niños esta experiencia implica una escisión tan severa entre la vida antes del nacimiento y la de después, que puede interferir el despliegue del instinto epistemofílico. El camino de la formación de símbolos está impulsado por este instinto y supone el desarrollo de un objeto tridimen-sional; sólo en este nivel es posible implementar el deseo de conocer. (K)

Volviendo a Dunia y al momento más actual, parece que empieza a discriminar y puede diferenciar el adentro y el afuera y quizá también el antes y el después.

El juego del cau remite a la permanente búsqueda de un continente. Los juegos de aparecer y desaparecer al estilo del Fort-da, se relacionan con la presencia y au-sencia del objeto. Destacamos un momento privilegiado que probablemente marcó un punto de inflexión, aunque muy fugaz y fue cuando pudo decir mamá mientras se restregaba en la juntura del armario.

¿Esta palabra remite a un registro simbólico? ¿Se habrá instituido una representación de objeto? Si así fuera, estaríamos en presencia de un progreso importante que estaría dado por el hecho de que si su madre no está presente, no significa que la ha abandonado sino que volverá. Sabemos que Dunia a veces es capaz de ser suave como cuando intenta mirar dentro de la blusa de la tera-peuta y también cuando coge sus manos. Esta manera de mirar o este tipo de curiosidad quizá sea un preludio de la imaginación, pero es aún muy breve; de inmediato surge nuevamente la desconfianza. La angustia por la ausencia del objeto todavía despierta en esta niña mucha violencia al servicio del dominio y del control.

Para terminar recordemos lo que dice el Dr. Meltzer en relación a los niños con estas características: “…ellos son los que han estado privados de una educación emo-cional en el contacto con el objeto materno. La forma extrema serían los niños que se han criado en casas de acogida, internados y aquellos que recibieron sólo servicios puramente mecánicos”.

La experiencia nos muestra que impulsar el creci-miento de esta niña en un sentido evolutivo requiere –siguiendo las enseñanzas de Meltzer– sostener el interés y sobre todo la esperanza de poder mantener un proceso terapéutico.

 

 

 

Nuestro agradecimiento a la Dra. Rebeca Grinberg por sus valiosos aportes para la comprensión del material de esta paciente. También agradecemos a Aurora Angulo y a Miriam Botbol su colaboración en la lectura y comentarios de este artículo.

 

 

 

Bibliografía

 

BION, W. R. (1962): Learning from experience, London,     Karnac, 1991.

 

–– (1963): Elementos de Psicoanálisis, Bs. As., Hormé, 1966.

 

–– Transformaciones, Bs. As., Centro Editor de América Latina, 1968.

 

–– Second thoughts, London, Karnac, 1990.

 

GRINBERG, L., SOR, D., TABAK de BIANCHEDI, E. (1991): Nueva introducción a las ideas de Bion, Madrid, Ed. Tecnipublicaciones.

 

GRINBERG, R.: comunicación personal, 2004–2006.

 

MELTZER, D., et al. (1982), Exploración del autismo, Buenos Aires, Paidós, 1984.

 

–– (1986): Studies in Extended Metapsychology, G.Britain, The Roland Harris Trust Library.

 

MELTZER, D. y HARRIS WILLIAMS, M. (1988): La Aprehensión de la Belleza, Bs. As., Spatia ed., 1990.

 

–– (2004): Disturbi dei pensiero”, conferencia publicada en D. MELTZER: Transfert Adolescenza Disturbi del pensiero, Seminari Veneziani (1999-2002) a cura del Gruppo di Studio Racker di Venezia, Roma, Armando editore, 2004.

 

MELTZER, D. (1999): Seminario en Oxford con el Grupo Psicoanalítico de Barcelona, (Inédito).

 

TUSTIN, F. (1967), Autismo y Psicosis Infantiles, Bs. As., Paidós, 1984.

 

 

 

 

LA BELLEZA CLAUSURADA

 

Yolanda La Torre Guevara

 

                                             

… nada se encamina más

                                               a corromper las ciencias que el permitir que se estanquen.

Edmund Burke (1757)

 

 

Introducción

 

Este trabajo, contiene tres aspectos fundamentales inspirados en la experiencia de aprehender con Meltzer:

  1. –La conexión que se establece desde el psicoaná-lisis, con el pensar las esencias de lo humano como puentes con la filosofía, la estética y el arte. En mi opinión, las ideas de Meltzer no están dadas al azar: quieren decir lo que dicen. He apuntado, brevemente las ideas de filósofos, como E. Von. Hartman, E.Burke, Ortega y Gasset, Shopenhauer, que en distintas épocas hacen descripciones psicológicas muy próximas.

La concepción de enfermedad psíquica, se conecta en Meltzer con la perdida de la capacidad de aprehender la belleza, en las primeras experiencias de la de vida. Vivir es aprehender, es responder a un potente motivo, que estimula la imaginación y el conocimiento.

  1. –El segundo punto, en relación con éste primero es la convergencia entre dos conceptualizaciones en Meltzer, en mi experiencia con algunos, de los casos que tuve la fortuna de supervisar con él.

A mi modo de ver, las ideas de “aprehensión de la belleza”, “impacto estético”,“conflicto estético”, conver-gen con las ideas de “claustro”, en la extraordinaria descripción de los estados mentales claustrofóbicos que hace Meltzer, en el fracaso que contiene la vida en el claustro, (vivir en el objeto asaltado) como un objeto interno, degradado y exilado de la Belleza.

  1. –He querido ilustrar estas ideas con unas viñetas de un caso clínico, que fue de gran impacto, por su comple-jidad clínica, en combinación con un emergente externo de gran fuerza traumática, que predisponía a un estado claustrofóbico.

Debo agradecer a la paciente, entre otras cosas, una asociación, que me ha permitido el titulo del artículo: La belleza clausurada.

 

Los que tuvimos el privilegio de conocer y trabajar con Donald Meltzer, sabemos cuán poco le agradaban los homenajes, y no podemos negar que algo de ambigüedad contienen; que es una manera de “pagar la deuda”, una manera de escamotear la gratitud, que supone el apren-dizaje.

Espero que este artículo, sea portador de mi gratitud, no quisiera caer en nada pomposo, ni en elogios solemnes, algo totalmente injusto tratándose de Meltzer, cuya genialidad ha recorrido las profundidades de la mente, lejos de toda parafernalia, frivolidad y vanagloria.

Este trabajo surge de algunas reflexiones acerca de sus ideas, contenidas es sus tesis sobre el conflicto estético y la vida en el claustro, en sus libros Aprehensión de la belleza (Meltzer y M.Harris, 1990) y Claustrum (1994). Sus ideas representan perfectamente el espíritu de la cita de Burke, ya que gracias a creadores y pensadores así, avanzan las ciencias.

Meltzer abre el psicoanálisis hacia el pensar las esencias de lo humano, nada más esencialmente humano que la mente. Su manera de entender, reformular concep-tos psicoanalíticos y hacer un nuevo uso del lenguaje, aproxima el conocimiento psicoanalítico a la filosofía, la estética, la antropología y el arte.

El concepto de “objeto estético” también está presente en la Filosofía de lo Bello y se conecta con la teoría de la dimensión estética del objeto en Meltzer

  1. von Hartmann (1869) dice refiriéndose a lo bello y lo sublime:

 

“Cuando un sujeto se enfrenta a un objeto súper poderoso e imponente, cuya presencia produce en él, primero, una aparente depresión de su propia sensibilidad, es decir un sentimiento de impotencia relativa y, consiguientemente, de displacer y an-gustia, para suscitarle luego, una vez comprobado su carácter inocuo, sentimientos estéticos que proyectados en la apariencia del objeto grandioso, le llevan a identificarse con él, elevándole y proyectándole mas allá de sí mismo”.

 

En su descripción del “impacto estético”, Meltzer coincide con Von Hartmann, pero hace una precisión, el sujeto, es un recién nacido, y el objeto estético son los ojos, pezones y pechos de una madre bella que le ofrece la posibilidad de una vida sensible. La aprehensión de la belleza no surge en la turbulenta vida del joven y del adulto reflexivo, se halla desde los comienzos de la exis-tencia, estas primeras experiencias estéticas, dan origen a una particular manera de sentirse en el mundo, como un invitado o un intruso. El invitado puede participar de la belleza del objeto, de sus cualidades externas, el intruso puede sentirse atrapado, perseguido siempre al borde de la expulsión.

Meltzer dice:

 

“La bella madre abnegada común presenta a su bello bebé común, un objeto complejo de increíble interés, interés tanto sensual como infrasensual. Su belleza concentrada como debe estar, en su pecho y en su cara, complicada, en cada caso, por los pezones y los ojos lo bombardea con una experiencia emocional de carácter apasionado, consecuencia de estar capacitado para poder ver esos objetos como bellos”… “la madre es enigmática para él; exhibe la mayor parte del tiempo una sonrisa de Gioconda y la música de su voz cambia sin cesar de una clave mayor a una menor. Él bebe debe esperar las decisiones del castillo, del mundo interno de la madre… aun en los momentos de comunicación, más satisfactoria, del pezón en la boca ella envía un mensaje ambiguo, pues si bien le saca los retortijones de adentro, le da una cosa que irrumpe y el mismo debe expulsar. Realmente ella dio y quitó tanto, las cosas buenas como las malas… Este es el conflicto estético que puede, ser enunciado con más exactitud en términos del impacto estético del exterior de la madre “bella”, a disposición de los sentidos y el interior enigmático que debe ser cons-truido mediante la imaginación creativa.” (D.Meltzery M.Harris 1990)

 

Esta situación psíquica marca profundamente el de-venir de la personalidad y su desarrollo. Las posibilidades de integración dependen de los extremos en los que trans-curre este devenir psíquico, como la existencia y la vida, un espacio y un tiempo entre las lindes de la vida y la muerte.

La belleza y sus posibilidades de aprehenderla ase-guran la supervivencia de la mente, sin la cual la persona-lidad ronda peligrosamente los alrededores del Claustro con sus características de carencia de belleza y el riesgo de los sucedáneos de sensualidad, placer, excitación, pueden sellar el encierro en el mundo claustrofico.

La idea de belleza alcanza el análisis por el enorme potencial reestructurante y vinculante que esta estimula, el afán de conocimiento solo es autentico si este entraña belleza que estimula la pasión. Posiblemente, el ser hu-mano sólo puede arriesgar, sufrir crecer y curarse, por su capacidad de aprehender la belleza, que le permite crear y desarrollarse.

Desde estas reflexiones, podemos considerar al psico-análisis un método estético, la belleza del método, con sus componentes de impacto, conflicto y contemplación de unos hechos, nos conduce a la posibilidad de pensarlo en este ámbito. El psicoanálisis como arte, de ahí su paren-tesco con la filosofía de lo bello.

Meltzer se refiere al Psicoanálisis como el “bello método” inventado por Freud que permite tanto al paciente como al terapeuta, crear un vínculo que contiene en sí mismo la esencia terapéutica con sus componentes de evo-lución y cambio. La belleza del método lo emparenta con el arte; ya Freud, recomendaba la lectura de literatura, historia, filosofía, que enriquecen y nutren el psicoaná-lisis. (T. Reik)

Pero no es fácil desprenderse del modelo biológico y médico, es grande el temor a perder la respetabilidad cien-tífica; el dogma científico, a pesar de conducir muchas veces a la inoperancia, nos hace permanecer en posiciones de cierto fanatismo, así parece que si algo es científico, es irrefutable y es grande el temor a caer en la desvaloriza-ción y el anatema. Esta sumisión y estos temores, hacen que nos encontremos, muchas veces, haciendo una minu-ciosa anatomía de la mente y emitiendo diagnósticos, que nos hace parecer entomólogos, describiendo los funciona-mientos de otra especie.

Quizás sea importante volver a reflexionar sobre aquella vieja definición de la Medicina, como “Ciencia y Arte de curar”. Toda terapéutica entraña una artesanía en el desempeño y un modelo creativo en las ideas. Las claves de ello están en el vinculo terapéutico (vinculo K de Bion) que en cada caso es único, inefable e irrepetible. No exenta de temores por ambas partes, como ejemplo de esto, recuerdo a un joven psicótico que, en el hospital en el que estaba ingresado, me fue enviado para un estudio y una entrevista. Al entrar, me espetó: “¿Qué tienes tú para que yo no me suicide?”. Me encontré en una situación muy difícil, vestida de blanco médico, con la sala llena de libros, el material del test en la mesa, y un retrato de Krestchmer en la pared, sólo pude contestarle con algo así como una broma: ”Quizás, habría que hacerme a mí los tests”. El paciente me había hecho una pregunta, de difícil respuesta –aún la encuentro difícil–. ¿Qué tiene nadie para que alguien no se suicide?

En la descripción que hace Meltzer de la transfe-rencia, como los vestidos del rey que todos los terapeutas llevamos, y la desnudez que sólo percibe la inocente mi-rada de un niño (la sinceridad del analista), tendríamos que, la razón para no suicidarse, sólo está en los objetos internos, el analista sólo acepta transportarlos donde el paciente lo vea mejor.

Indudablemente, la belleza es un organizador de la mente, permite que algo se fije, permite la constitución de la realidad psíquica a través de los sentimientos que suscita, generando la posibilidad de pensar pensamientos, íntimos, auténticos. Sólo podemos pensar lo que nos con-mueve sin importar si es positivo o negativo, el seudo pensar (sin emociones) representa una especie de chácha-ra, como repetir cancioncillas, que no quieren decir nada y que son para la mente como chicles destinados a ser escupidos. Lamentablemente, ése es un riesgo importante en el psicoanálisis, muy aprovechado por sus críticos o por las resistencias al cambio en los pacientes, quienes muchas veces imperceptiblemente nos proponen componendas, como venir a un análisis para no analizarse, hablar todo el tiempo de psicoanálisis para que nada cambie. Esta situa-ción contiene hostilidad y ataques al vínculo analítico.

Una particular situación de estancamiento, puede provenir del conflicto estético con el método, el impacto estético, puede promover la resistencia y la envidia que podrían convertir al análisis en inútil e insulso.

 

Meltzer aporta el punto de vista psicoanalítico a las reflexiones estéticas y a la filosofía de lo bello, Von Hartmann dice algo coincidente con Meltzer como si por dos caminos diferentes se hubieran encontrado:

“El reconocimiento de estar dotado para la aprehensión de la Belleza es como una misteriosa resolución de una vida, cuyo máximo exponente se hallaría en los creadores, luego están aquellos que pueden ser movidos por la belleza y por último, la autentica patología, el fracaso humano” “… la sensibilidad estética del vulgo, no es pura, sino que suele ir unida a intereses espurios como el gusto por la novedad, por modas, muchos individuos aparentan una capacidad de goce estético que en absoluto poseen, meros diletantes” (von Hartmann,1983)

Meltzer describe perfectamente esta misma situación desde el psicoanálisis, pero de una manera funcional, vital desde los comienzos de la vida, desde el bebé y su relación con el pecho como “objeto estético” y el conflicto aso-ciado a este primer y extraordinario encuentro, el éxito o fracaso en la solución de este conflicto, definirá en gran parte la manera de estar en la vida.

La madre y sus pechos son el bello y misterioso ob-jeto que estimula la imaginación creadora. De lo contrario, se puede caer en el utilitarismo, así el pecho, es el conte-nedor, del que sólo, se puede sacar leche, pero es un mero envase que no difiere demasiado de un cartón de tetrabick. Esto se puede ver en nuestras consultas, donde sesión tras sesión, el paciente parece sacar un beneficio secundario, una componenda, que no le permite desarrollar, el analista puede caer en ello, imperceptiblemente, sin ensayar algo que pueda tocar la vida mental y generar entre ambos un auténtico vínculo de progreso.

Recuerdo un paciente cuya demanda de tratamiento, muy ambigua, nos inquieto. a lo largo de su terapia, pero nos señaló muy claramente el nudo en el que se generaban sus dificultades Decía: “Me he vuelto tan consumista que hasta quiero psicoanalizarme, como cualquier americano rico”. Este comentario se conecta con el tópico del ame-ricano rico que compra obras de arte para exhibir su poder económico.

La manera de vivir el conflicto estético puede definir la manera de acercarse a los valores, a la salud, a la cultura

Como dice J.Ortega y Gasset (1925):

 

“En la inclinación por el arte, hay quienes se quedan en la contemplación de la sombra, que es como tratar de entender al hombre por su sombra”.

En el psicoanálisis seria entender al paciente por su diagnostico, evitando la reflexión sobre la intimidad del vínculo. Ortega destaca la intimidad como condición del objeto estético desde la filosofía y el arte:

 

El objeto estético es una intimidad en cuanto tal. No digo que la obra de arte nos descubra el secreto de la vida, nos da ese goce que llamamos estético, por parecernos que nos hace patente la intimidad de las cosas, su realidad ejecutiva-frente, a quien las otras noticias, de la ciencia parecen me-ros esquemas, remotas alusiones, sombras.” (1925)

 

Otro punto importante de la teoría Meltzeriana lo constituye la teoría del Claustro (1994) fundamental en el conocimiento y el acercamiento, a la comprensión del fun                                                    cionamiento mental de nuestros pacientes, este trabajo intenta mostrar su convergencia con la teoría del Conflicto estético, esta convergencia abarca gran parte de la psicopatología y de la constitución de la personalidad, ya que ambas situaciones son estructurantes del hecho psíquico. Meltzer dice:

 

“La persistencia morbosa genera el fenómeno claustrofóbico, no poder salir, quedar atrapado es el ejemplo más claro de antivínculo y la evitación es la defensa que se impone, pero no es solución ya que esta misma, genera nuevos claustros, encierros trampas, la erotización de claustro surge como la única forma de supervivencia”.

 

El descubrimiento previo de la Identificación. Proyec-tiva en el objeto interno lleva a Meltzer a la concep-tualización de la idea de Claustro, esto permite una clara comprensión no sólo de los fenómenos claustrofóbicos sino de los matices de la personalidad, en el claustro, sus tendencias y preferencias, sus maneras de apego a la vida. El encierro.

Dado que la vida fuera del claustro es salir y entrar de las experiencias vitales, acercarse a la belleza, que impre-siona e impacta, con sus cualidades de vida y cambio que llevan hacia la intensa emoción que nos produce la exis-tencia, quedan implícitos, la esperanza, el potencial de cambio y un devenir creativo.

Lo terrible, lo siniestro, de vivir en el claustro, con-tiene la esencia de la muerte, el no existir, porque la exis-tencia es la experiencia de cambio en un tiempo vital. El dolor mental que supone la salida del claustro, se puede vivir como un riesgo demasiado intenso, recoger todo lo proyectado, a pesar de que no hay mayor dolor que el dolor paranoide, que pude devenir, en la desconfianza de la belleza que en su interior contenga la esencia de lo maligno, como en Otelo de Shakespeare, el dolor de que la angelical belleza de Desdémona contenga la esencia de la traición y de lo perverso, así en el acto IV, escena 1ª, el inconsolable dolor de los celos convierten a Desdémona en genuino representante del maligno:

 

“…encontrar cegada y seca para siempre la que juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, o verla convertida en sucio pantano, morada de sucios renacuajos, nido de infectos amores ¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos!¿por qué me muestras, ceñudo, como el infierno tu rostro?” “…si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra de cada gota nacería un cocodrilo”

En cuánto a la salud no es la ausencia de enfermedad, es el equilibrio entre salud y enfermedad, En el verdadero arte, también lo feo está implícito pero con la luz de fondo de la verdad y la belleza. El vínculo psicoanalítico, participa de estos elementos de salud, verdad y belleza, y tiene que afrontar toda la parte agresiva y hostil de los ataques al vínculo, la confusión, el fraude, el antivínculo, que se oponen a la salud y al desarrollo.

El psicoanálisis con sus características de hacer consciente lo inconsciente y con todos sus componentes teóricos y técnicos, nos da un equipo de visión privile-giada, la posibilidad de detectar en los múltiples disfraces y camuflajes que proporciona la vida social, algunas de sus muchas componendas

La relación con los objetos determina definitivamente los modos de vivir y de acceder a las experiencias. los objetos internos, con los que existen vínculos cargados de significados creativos y conflictivos, situaciones de con-flicto que pueden llevar al fracaso, a través de la ausencia de belleza a la que aspirar y contemplar. La inercia el “por siempre jamás” y “sin ninguna esperanza” de Dante, cons-tituye la esencia del infierno El mayor ejemplo lo halla-mos en las psicosis, la locura es locura no por sus conte-nidos, sino por la imposibilidad de salir de ellos.

La belleza es la antítesis del claustro o, para decirlo de otro modo, en el claustro no hay belleza, hay suce-dáneos en la exageración de los placeres que pueda dar la sensualidad, pero se agota en sí misma, dejando una estela depresiva. Como ejemplo está aquel pensamiento me-dieval: “Después del coito, todo animal está triste”, la sexualidad desposeída de significado y de emoción, pier-de su pertenencia a la dimensión estética, es dilapidada y pervertida.

La sexualidad nos aporta modelos de creatividad, se conecta directamente con la dimensión estética de la mente y nos confirma la pertenencia a la especie. Shopenhauer afirmaba, que la sexualidad es la trampa de la especie, y el sometimiento del ser humano, es su servidumbre y la entrega de su libertad, quizás haya una concreción en esta afirmación, no es posible no servir a la especie, trasmitir pensamientos, es trasmitir la vida mental, Shopenhauer ha descrito estados mentales con una gran profundidad, así como el dolor mental, y el sufrimiento al que está abocada la existencia humana a la que describe como, un gran esfuerzo, en un párrafo de su libro, El amor, las mujeres y la muerte dirá:

…“son demasiados riesgos a correr, muchos gastos, la vida es un negocio en los que se pueden cubrir gastos y a veces ni eso”

 

La intrusión es el mecanismo constitutivo del claustro en el que el objeto es atacado, secuestrado, poseído y controlado. La intrusión se realiza en el objeto por las aperturas físicas, de significación psíquica, que represen-tan territorios a ganar según, el área geográfica a invadir, el área de invasión marca indefectiblemente el estado mental del invasor, las principales áreas de intrusión se-gún Meltzer son: Cabeza-pecho, que determina entre otras características la omnipotencia, la grandiosidad la arro-gancia. El recto que determina la persecución, el sadismo, el terror y la alevosía. El genital determina la promis-cuidad, el culto al onanismo y al sexo destructivo, todas las situaciones de claustro son antivinculo y se dan a veces en muy penosas y arriesgadas combinaciones.

Una interesante descripción del peligro de caída en el claustro, la encontramos en esto que dice Shopenhauer (1984):

“Es preciso disipar la tétrica impresión de esa nada que flota como último termino detrás de toda virtud, y que tememos como teme el niño las tinieblas, en vez de tratar de huir de ellas”

 

El quedar atrapado, como resultado de la intrusión, hace que la belleza del objeto quede destruida.

El riesgo de caída en el claustro, puede suceder cuan-do algo bello se pierde o se pervierte en lo profundo de su naturaleza. La vida en el claustro es el estado de vida en la identificación proyectiva.

El siguiente caso, del cual presentaré un resumen, es un buen ejemplo de cómo las vicisitudes extremas del mundo externo, pueden llevar a una debacle psíquica, poniendo de manifiesto una debilidad psíquica subyacente. Una caída honda, situaciones de claustro y una traumática pérdida de la belleza de una vida.

 

 

Caso clinico

Pilar. T

 

Estas viñetas ilustran una situación clínica com-plicada. La expresión “Belleza Clausurada”, que utiliza la paciente en un momento de la entrevista, inspiró el trabajo y le ha dado el nombre.

La paciente, a la que llamaré Pilar T, vino a trata-miento al habérsele diagnosticado una “depresión” aso-ciada a la experiencia traumática de haber perdido a su marido y su hijo en un accidente de coche. Hacía un mes aproximadamente en el momento de la primera entrevista.

Se trata de una mujer de cuarenta y un años, muy inteligente, secretaria de profesión, nacida en Cataluña, de clase media acomodada, que se casó a los dieciocho años con un profesional liberal y tuvieron dos hijos.

 

 

1ª Entrevista

En el momento de la primera visita es evidente que está en duelo, desconectada, presenta una expresión de gran tristeza, lentitud de movimientos, la mirada perdida, muy delgada y como encogida sobre sí misma. Dice que no cree que tratarse sea algo necesario, viene más por iniciativa de su cuñada, sus padres y el médico que la visita, quienes apoyan la posibilidad de tratamiento psico-terapéutico, ya que tampoco quiere tomar habitualmente la medicación.

En la entrevista, no parece interesarse por nada, mira fijamente como un punto en el suelo. Le digo si me puede ayudar a hacer esta entrevista, no contesta.

Se hace un gran silencio.

–¿Quiere decirme algo?

– No, preferiría que no, ¿Qué hago yo aquí? Llora casi convulsivamente, (silencio) ¿Lo que me ha pasado? Mi marido y mi hijo de veintiún años… no es pasión de madre, pero mi hijo es muy guapo (me enseña una foto), no tanto como su padre, quizás si, muy alto, los dos van al gimnasio…

(Se crea una atmósfera de impotencia de la que me cuesta sobreponerme, sé lo que ha pasado, porque la cuñada que solicita la visita me comunico por teléfono. que: en un accidente de coche en la carretera, fueron embestidos por un camión que se saltó la barrera de separación de la autopista, conducía el padre de cuarenta y cinco años y su hijo de veintiún años, que murió en el acto, el padre a los dos días en el hospital). Me llama la atensión, ya que parece un parte policial del accidente.

Creo que experimenté, cierta perplejidad cuando vi a Pilar, como si yo misma no me hubiera percatado de la persona a la que iba a entrevistar.

La primera entrevista duró muy poco, tuve que decirle que era normal, era el primer día, le di otra hora anotada en un papel. A pesar de todo, pensé que vendría, y así fue.

 

 

2ª Entrevista

–Mi cuñada, la mujer de mi hermano, es buena, estudia lo mismo que usted… me saca de casa, me ha llevado a la peluquería, pero no me gusta lo que me han hecho. Usted. No dice nada… solo sonríe. Bueno, mejor así, hoy estoy mejor, les dije en casa, si voy “allí” (se refiere a la consulta), es mejor que no me tome las pastillas, me va a perdonar, pero les he dicho que usted lo dijo. No me gustan las pastillas, por muy terrible que es lo que me ha pasado, prefiero arrastrarme que ir “zombi”.

–Estoy de acuerdo, por terrible que sean las cosas que pasan, la mente prefiere pensarlas. De todas maneras, hable con el doctor S. Quizás él opine que puede dejar la medicación.

–Sí, lo haré. ¿Mi marido? Yo era su media… me lo dio todo y yo le di todo, desde el día que nos conocimos en la “colla”, yo tenía 15 años, no nos separamos, hasta ahora, era tan guapo, yo me salvé y debía haber muerto con él, con ellos, nos hemos quedado las mujeres, que no servimos para nada, tengo una hija de diecisiete años, pobrecita ¿que va a ser de ella?

–La tiene a usted.

–Si yo no sirvo para nada…

–Usted. No siempre pensó eso de usted.

–No, tenía una vida muy bonita, y ahora esta pesadilla y ¡nadie me despierta!, Estoy en el fondo de un pozo.

–Quizás siente que ha caído de una vida bella, en una especie de pozo horrible.

–No, no es así, sólo que no quiero seguir. Yo también quiero morir, ¡¿por qué uno no se puede morir de pena?!

–El mundo ha perdido su belleza y su encanto.

–Silencio.

–La belleza clausurada…

–¿Qué quiere decir?

–No sé…, como cuando ponen en los caminos:   “Paso clausurado”

En este resumen, se puede ver como el duelo trau-mático muestra el riesgo de que pueda emerger una situa-ción de claustro: el pozo horrible. Parece muy importante la idea de la ausencia de belleza en el claustro, la pesadilla y el encuentro con la teoría en la dinámica de la entrevista, “Paso clausurado”, la paciente se da cuenta de la situa-ción, también el paso está cerrado para mí, para la terapeuta.

Es evidente que la paciente acaba de sufrir una gran pérdida traumática que podría encubrir su hostilidad, ya que está muy rechazante, como idealizando la muerte, los vivos nada tienen para ella, no sirven, su hija, ni sus padres, ni su cuñada, ni un tratamiento, nadie representa una esperanza, esta indiferente hasta con la verdad, cuando dice que yo le he indicado algo que no es verdad, en éste momento se aproximaría a un paciente de claustro, son claras sus rumiaciones suicidas, que asustan y que se pueden encubrir con la gran compasión que inspira.

 

3ª Entrevista

–Mi hija también va al psicólogo. No quiero hablar, si quiere, me pregunte.

–Estaba hablando usted de su hija.

–¿Ha visto el morado que llevo? (Efectivamente, lleva un morado en la frente).

–Anoche me di la cabeza contra la pared, nunca lo había hecho y si no es por mi cuñada me la parto.

–Quizás preferiría un dolor físico en estos momentos.

–¿Cómo lo sabe…?Mil dolores físicos: El cáncer, la lepra, el sida, todos los males físicos antes de perder a mi marido y a mi niño, ¿por qué la vida me ha hecho esto? ¿Y por qué a mí? (llora desconsolada). Prefiero irme a mi casa, no puedo estar sentada aquí ¿qué pinto yo aquí?

–Quizás, la que no pinta nada soy yo.

–No he dicho eso. Usted hace lo que puede, pero no puede.

Se marcha le sugiero que puede venir si quiere a otra hora.

–No creo que pueda venir, gracias, ya le avisaré.

–Le guardare la misma hora mañana, si no viene, me avisa.

 

 

4ª Entrevista

–No iba a venir, pero aquí estoy, no, no me ha costado venir, más bien le decía a mi cuñada: Esta señora tiene algo… no sé precisar (parece algo positivo). Supongo que lo mío no se curará de hoy para mañana, me gustaría hacer algo, pero no puedo aún volver al trabajo el doctor S. me ha prolongado la baja, hablar de esto se me hace raro.

–¿Hablar de…?

–No sé, de la baja, del taxi de Usted. Del Coco.

–¿El Coco?

–Sí, así se llama mi perro, lo quiero dar, es pequeñito, pobrecillo… yo si que soy pobrecilla, una desgracieta.

–No se puede negar lo que ha pasado, es horroroso, pero la vida tiene este lado, tener, crear, construir, lleva implícito el riesgo de perder.

–No sé de que me está hablando, claro, a usted no le ha pasado.

(Silencio) ¿Usted no es de aquí, verdad?) No me había fijado. Me gustan los sudamericanos, son muy alegres.

–Usted tan triste y yo tan alegre. ¿Qué podremos hacer?

–No sé… duermo un poco mejor, hasta he soñado. “Una tontería, con skin heads, no sé, creo que no eran malos, pero en el fondo lo eran. Yo sólo los veía como van ellos con unas calaveras en sus gorros. A mí no me gustan esos chicos, por suerte el mío no lo es, no lo era. Sabe, esto no se lo he dicho a nadie, me aterroriza, a veces he pensado ¿y si sólo se hubiera muerto mi hijo o sólo mi marido? Es una tortura, ¡dígame que me calle!

–Por qué decirle que se calle, si simplemente esta expresando sentimientos. Un montón de sentimientos que quieren organizarse. Pero quizás busca también un límite.

–Cuando me vaya me tomaré una pastilla, el doctor S. me ha dado una, que me va mejor que la que tomaba y me ha dicho que la tome, cuando la necesite. ¿Está bien o no?

–¿Por qué no? Si se la ha dado el doctor S será para ayudarla.

–No crea que lo que me dice me resbala, sólo que no puedo contestarla aún.

Las asociaciones al sueño, fueron muy pocas y reiterativas, pero hubo una de muy buena calidad el uso que hacían los skin de las calaveras. Pude interpretarle que a veces se puede usar la muerte idealizada, para ser agresivo, no pareció escucharme en esos momentos, fue un sueño que se repitió, la sinceridad de sus sueños ayudaron bastante. Este sueño es abiertamente claustrofó-bico y preocupante sus aspectos skinhead. Enarbolando calaveras para asustar y pervertir, todo como una manera de tapar las fantasías de culpa por las muertes que ha sufrido.

–Me gustó mucho lo que dijo, de que usted me va esperar que salga del pozo y que sostendrá la cuerda, a la que yo me tengo que agarrar. Porque nadie cree que esto es un pozo y sólo sabe lo que es el que ha caído dentro, la gente sólo dice tonterías, qué sabrán del pozo, negro asqueroso lleno de mierda en el que una ha caído

 

Comentario Final de Caso

 

Este caso, con sus características, fue de gran enseñanza en muchos sentidos. La irrevocabilidad de la víctima, de un hecho brutal y trágico, la irrupción violenta de la realidad externa, me generaba una especie de impotencia y me acobardaba, al comienzo. Parecía que se había alterado el orden, en este caso no había que buscar el trauma, sino lo no traumático, apenas había demanda, de tratamiento y muchas veces rechazo y una actitud de superioridad, con respecto a mis posibilidades de ayudarla. En una ocasión, al mostrarle que no veía claro qué esperaba de mí, respondió: “No espero nada, si quiere no vengo”. Pero las dos entendimos que había que seguir.

Por esta experiencia puedo afirmar que la posibilidad traumática se mantiene vigente a lo largo de toda la vida, y requiere de un trabajo de elaboración minucioso y doloroso, no hay demasiada ventaja en que ocurra en la vida adulta.

La Belleza de la mente, en sus capacidades de per-cibir, sentir y sobre todo pensar, actúan, como una fuerza vital ineludible

La caída en el “claustro” es el verdadero riesgo, por el alivio tramposo que ofrece, el vivir en el objeto, en la intrusión permanente de éste, convertir la vida en un “pozo de mierda”, el recto como morada reivindicativa, del melancólico Las calaveras, objetos libidinosos como una negación omnipotente de la muerte, de todo el odio acumulado a una realidad que partió en dos una vida, que en el caso de la paciente, es vano consuelo, como dice Meltzer, la zona de intrusión marca la vida del intruso, caer en el “pozo de mierda”, supone también convertirse en una mierda. Y en permanente riesgo de caer en algo aun peor

La Belleza Clausurada, expresión de la paciente, señala claramente un buen pronóstico, a pesar de todo. Clausurado es cerrado, no es muerto, y el pozo tiene un espacio abierto, no está sellado ofrece una difícil salida, pero salida al fin. Y ese algo… puesto en la terapeuta y el análisis, anuncia una posibilidad transferencial con la que contar.

 

 

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––El Amor las Mujeres y la Muerte, Ed.Sarpe, España, 1984.

 


INTUICIÓN E INTELIGENCIA

Carmen Largo

 

… no hay dificultad alguna para establecer cual era la “nueva idea” y la revolución que provocó en mi forma de pensar y de trabajar… y también de actuar en general. La “nueva idea” era claramente algo así como “en el principio existía el objeto estético y el objeto estético era el pecho y el pecho era el mundo”.

Meltzer (1990 233)

Introducción

En esta comunicación trato de enfatizar algo que sabemos y sin embargo continuamente olvidamos: la prioridad de la realidad psíquica en psicoanálisis. La vida del mundo interno, ámbito de incidencia del psicoanalista, es acechada continuamente por los requerimientos del mundo externo y sus valores de carácter material y práctico y la tendencia a conseguir automatismos útiles para la vida diaria.

Este trabajo, preponderantemente teórico, fue inspirado por la experiencia terapéutica con un grupo de pacientes, que llamo “los niños perdidos”, personalidades con una problemática cada vez más frecuente en mi experiencia, que se complementa también con el material de supervisiones; se trata de personas jóvenes cuyo denominador común es la desorientación, la falta de juicio y criterio ante situaciones habituales de la vida, cierta indiferenciación y una pobre vida interior, con tendencia a la negación de la realidad psíquica. Llama la atención que estas personas habían tenido una buena instrucción y contaban con un nivel educacional más bien alto. De los datos de la historia clínica, destaca su pertenencia a familias numerosas, cuyos padres han estado muy ocupados en trabajos o negocios o absorbidos por diferentes problemas u obligaciones, como enfermedad de algún otro hijo o miembro familiar, duelos, cambios durante la primera infancia del paciente; aunque parecía haber cierto déficit en cuanto a tener una atención directa de los padres, éstos se habían esforzado en procurar para sus hijos una buena educación y adaptación social.

Mediante un proceso terapéutico, estos pacientes pueden, en la relación emocional de la intimidad psicoanalítica, aprender a observar, conocer los estados emocionales; atraídos por la belleza interior, consiguen diferenciar mundo interno del externo, lograr una verdadera identidad, madurar y encontrar sentido y dar significado a sus vidas.

El ser humano es complejo; necesitamos profundizar en los orígenes y constitución del saber y del cono-cimiento humano, que constituyen la base de la estructura psíquica.

Intentaremos, en primer lugar, aclarar el marco de referencia desde donde abordar el tema con una postura abierta a las aportaciones de las diversas ramas del saber; recogeremos brevemente las ideas fundamentales de la teoría del conocimiento, anteriores al psicoanálisis para centrarnos luego en una visión psicoanalítica de los inicios del desarrollo desde una óptica postkleiniana.

Estudiaremos las dos formas de conocimiento: intuición e inteligencia, complementarias y diferentes en su origen, constitución, funcionamiento y finalidad. La intuición es un saber por experiencia, se origina en la vivencia de la relación emocional de cualidad estética, se constituye mediante modelos identificatorios, opera con “imágenes sensoriales significativas”, que constituyen material para la fantasía inconsciente, la imaginación, la creación artística, la formación de sueños y mitos; su ámbito se circunscribe a lo singular y particular. La inteligencia emerge sobre la base del saber anterior, se consolida con el lenguaje verbal, opera con símbolos, constituyendo mecanismos operativos, el pensamiento intelectual está inclinado a la técnica, la fabricación y la teoría, es apto para la abstracción y el pensamiento especulativo, es de carácter amplio y general.

Del estudio de la diferenciación de estas dos formas de conocimiento surgen algunas consideraciones, ideas, aclaraciones, preguntas y puntos de reflexión, así como sugerencias y aplicaciones técnicas para la clínica psicoanalítica.

 

Modos de conocer: del mito al logos

 

Comenzaré con un mito. El mito pertenece al ámbito del conocimiento intuitivo; Platón consideró el mito como una forma de expresar verdades fundamentales para el ser humano que escapan al razonamiento intelectual.

El mito de Eros y Psiche es uno de los más poéticos de la mitología clásica. Psiche es hija de un rey. Tiene dos hermanas mayores, casadas ya. Ella es soltera y joven. Un día, las tres hermanas están en el jardín del palacio. Psiche se baña desnuda en el río. Eros la ve, se hiere con una de sus flechas y queda irremediablemente enamorado de ella. Eros no puede poseer a Psiche de un modo normal, porque él es un dios y ella una mortal. Los padres de Psiche consultan al oráculo acerca del porvenir matrimonial de su hija. Eros se infiltra en la voz del oráculo y les dice que la lleven a un determinado sitio y que allí acudirá a recogerla el esposo que le han destinado los dioses. Los padres obedecen y la dejan en el sitio indicado. Psiche espera mucho rato sin ver a nadie. Cuando ya decae el día se siente transportada por el aire. Se desvanece y despierta en un palacio de ensueño. Allí, de noche, la visita Eros, pero siempre a oscuras. Psiche se siente físicamente amada, sin ver el rostro del ser que está con ella. Un poco antes del amanecer queda profundamente dormida, y cuando des pierta ya brilla el sol y ella está sola en el palacio. Y así todas las noches durante mucho tiempo, Psiche es amada por el misterioso desconocido. Una noche, Psiche nota que su amante se ha dormido. Ella aprovecha la ocasión, enciende la lámpara y ve que entre sus brazos tiene a Eros, el dios del amor. Tan absorta está en la contemplación del rostro amado, que no advierte que ha inclinado la lámpara, y una gota de aceite hirviente cae sobre la piel desnuda de Eros. El dios del amor abre los ojos y se despide de su amada. “No debiste hacer esto” le dice “Sólo podíamos ser felices mientras tú no supieras quién soy, ahora todo ha terminado”. Y desaparece.

Es un mito sobre el misterio del amor, el amor productor de una herida dolorosa para nuestro narcisismo, la necesidad del amado, la tolerancia al misterio y al no saber y el respeto por la libertad del ser amado. Pero también habla del difícil maridaje entre cuerpo y mente, sentimiento y razón, que podríamos extender a idealidad y materialidad, fantasía y realidad, realidad interna y realidad externa; estos mundos opuestos y comple-mentarios en que vivimos los seres humanos y que nos resulta tan difícil integrar.

En esta misma dirección, a lo largo del tiempo, los hombres se han ocupado del complejo tema del cono-cimiento, creando teorías científicas con diferentes variantes. La doble constitución mente-cuerpo ha generado dos orientaciones basadas en lo interno y lo externo, y así, en el pensamiento europeo, existen funda-mentalmente dos corrientes:

 

  • Una de ellas, que se inicia en los pre-socráticos y sigue con Platón, parte de una visión más interior del ser humano y da lugar a la metafísica, más centrada en la esencia y la existencia del hombre, conectada con la naturaleza y el arte, y que en filosofía llega hasta el movimiento hermenéutico, momento en el que hay un giro en el pensamiento, que se interesa más por la comprensión que por la metodología científica. Se propone entonces completar el ideal del conocimiento con “la participación de la experiencia humana como praxis vital” (Gadamer). Cada materia establece su metodología. En este contexto más libre pueden inscribirse las materias que Hegel había llamado ciencias del espíritu, que no se adecuan al rigor de las ciencias exactas. Es aquí donde podría inscribirse el psicoanálisis.
  • En el otro extremo, desde una orientación más materialista, positivista, está la corriente del conocimiento lógico-racional, en la que se encuentran las ciencias empíricas partidarias de métodos cualificables y “objetivos”

A finales del siglo XX ha habido un cambio del ideal clásico de cientificidad.

Para los neopositivistas, sólo la proposición de las ciencias empíricas tiene sentido; con este enfoque que impera en la ciencia oficial algunas ramas del saber quedarían excluidas. En un intento de dar cabida a las distintas orientaciones científicas, Karl Popper (1902-1994) propone lo que llama “sociedad abierta” en la que, en teoría, podrían incluirse las diferentes modalidades de pensamiento, pero lo que parecía ser un proyecto humano de emancipación del saber y de la cultura, queda en la práctica reducido a una declaración de buenas intenciones, ya que, como señala Habermas en Teoría y Praxis, la ciencia y la cultura se organiza estructuralmente con los mismos criterios que la sociedad moderna capitalista: los objetivos económicos y la eficiencia funcional”. En efecto, existe:

Ÿ Un marco institucional que corresponde a una organización social; ésta se rige por normas y valores interiorizados por los individuos que la componen, que actúa como regulador.

Ÿ Un sistema económico-administrativo basado en reglas y estrategias técnicas que buscan la reducción de la complejidad y la racionalización de los procesos.

Parece, así, haber una colonización económico–administrativa del mundo, de la vida con el olvido de los valores esencialmente humanos. El frío racionalismo sustituye a la sensibilidad que da orientación y sentido a la existencia, constituyendo una especie de ideología que rige la sociedad.

¿Es posible que el psicoanálisis pueda integrarse en esta estructura sin alterar su esencia humana? La disociación continúa.

Los compartimientos científicos

 

Observando cuidadosamente, en todas las apor-taciones científicas, cualquiera sea su orientación, podemos encontrar ideas que ayudan a la comprensión, ya que pensamos con una estructura específicamente humana. Sin embargo la mente acostumbra a utilizar mecanismos disociativos que dificultan la integración de las ideas. Por economía mental tendemos al reduc-cionismo y huimos de la dificultosa complejidad. Orga-nizamos también teorías como sistemas seguros donde todo encaja y nos permita establecer cómodas rutinas.

Por si fuera poco, estamos llenos de prejuicios, nos encerramos en el área restringida de nuestro particular saber, estableciendo rígidos compartimientos científicos, evitando cuestionamientos; por ejemplo, cuando en filosofía se ha intentado integrar la perspectiva psicológica se ha recibido la acusación de psicologismo; al igual que en nuestro trabajo psicoanalítico, cuando encontramos en nuestro camino conceptos provenientes de otro saber, ajenos a nuestro lenguaje, zanjamos la cuestión con un: “¡Eso no es psicoanálisis!”, cerrándonos a lo diferente.

En el complejo tema que nos ocupa, no podemos de ningún modo descartar los aportes de otras áreas del conocimiento ni dejar de profundizar en la investigación de la mente con nuestros propios métodos, desde el vértice psicoanalítico. Tan arriesgado es prescindir de otras contribuciones científicas como dejarnos arrastrar por las propuestas dominantes.

Así, la teoría de la vida proveniente de la observación psicoanalítica no se puede separar de la teoría del conocimiento, es necesario que ambos saberes puedan unirse, ayudarse y complementarse. En general parecería que la investigación psicoanalítica podría estar más interesada en el estudio del proceso primario de pensamiento (Freud), mientras que los psicólogos y los filósofos se han centrado en el estudio del proceso secundario. Modernamente, Jean Piaget ha formulado una teoría general de desarrollo del pensamiento lógico, no se ocupó del sentimiento que acompaña al crecimiento que, como sabemos por la experiencia clínica, afecta pode-rosamente al proceso de desarrollo. Conviene realizar un esfuerzo de colaboración con vista a la integración de la investigación desde distintas áreas del saber

El psicoanálisis, a partir de Klein, ha profundizado en los procesos evolutivos y actualmente dada su experiencia de observación de bebés y tratamientos de niños en edades tempranas con patologías graves, está en disposición de complementar cómo se construyen los fundamentos del conocimiento, bases para un pensamiento posterior. Sin embargo existen muchos vacíos y no podemos decir que contemos con una teoría psicoanalítica del conocimiento. Como señala Meltzer, el trabajo psicoanalítico de los últimos años se ha desarrollado en un nivel lingüístico de acuerdo con las últimas tendencias filosóficas “no se ha progresado mucho en la investigación del pensamiento ni en sus perturbaciones, porque estas funciones tienen origen en el nivel pre-verbal” (Meltzer 1987, 71).

LA DESCONFIANZA DE LA RAZÓN

Las ideas se continúan y se generan en una sucesión temporal. Más allá de cualquier teoría del conocimiento, hay una especie de registro de ideas de los grandes pensadores que sirven de referencia; marcan hitos que constituyen etapas de la historia.

Dentro de este panorama, retomaré algunas concepciones que preparan el camino para la aparición del psicoanálisis.

 

 

 

 

El conocimiento por la experiencia

 

Dentro del pensamiento filosófico-científico inglés en el siglo XVIII, en la corriente de la Ilustración, destaca la figura de David Hume (1711-1776), empirista inglés, autor de Investigación sobre el conocimiento humano, que se distingue por la genialidad de algunos de sus análisis críticos, fruto del carácter escéptico sobre el valor de la razón humana. Coloca en el mismo nivel el conocimiento intuitivo, y el racional: la experiencia es una verdad adquirida que nos acompaña y está en la base del conocimiento y de las creencias, mientras que el conocimiento racional universal da certeza, no produce información nueva. Cree que todas nuestras represen-taciones mentales se fundamentan en la experiencia sensible, porque en última instancia se han generado en ella, y considera que no hay conocimiento innato. Explica que la materia del pensamiento está compuesta por nuestras percepciones internas o externas; algunas, intensas, provienen de una experiencia inmediata y directa, tienen un carácter especial, son primigenias, espontáneas y naturales, les da el nombre de impresiones para diferenciarlas de las ideas. Las ideas, que son percepciones menos intensas que las impresiones, sirven para el razonamiento abstracto y son la base para el conocimiento intelectual.

El criterio que Hume establece para clasificar nuestras representaciones mentales es el grado de vivacidad que distingue a las percepciones llamadas sensaciones, las primeras en llegar a la mente, de las llamadas ideas. Basándonos en este criterio, esta percepción sentida aventaja a los demás contenidos mentales, serían material del conocimiento intuitivo.

Al mismo tiempo, Hume pone de manifiesto la limitación del conocimiento humano. Resalta que existe un desconocido lazo de unión que hace que las ideas estén vinculadas en la mente, creando asociaciones y conexiones. Señala las leyes que rigen los principios de asociación de ideas; reconoce tres tipos de relación: la semejanza, la continuidad en el espacio y el tiempo, y la causalidad. Las dos primeras dependen de cómo se registra y almacena la experiencia. Critica, en cambio, el principio de causalidad; a partir de nuestras experiencias pasadas, llevamos a cabo lo que Hume llama “un razonamiento experimental”. Al haberse creado en la mente unos determinados hábitos asociativos, se puede anticipar determinados efectos ante determinada causa; es así como la costumbre y la repetición del pasado configuran nuestro conocimiento. Acostumbrados a la uniformidad de la naturaleza, adquirimos un hábito general en virtud del cual transferimos lo conocido a lo desconocido y nos parece que lo último se parece a lo primero.

Las aportaciones de Hume, al que Bion cita en varios textos, y que probablemente inspiró su obrs Aprendiendo de le experiencia” son de suma importancia para el conocimiento psicoanalítico. Su gran capacidad para la observación permitió poner de manifiesto fenómenos como la asociación de ideas, la transferencia y nos alerta de algunas confusiones de la mente. Trata de conseguir relación coherente al integrar la experiencia empírica de la observación de casos particulares y la exigencia de la razón humana que tiende a establecer leyes universales.

 

 

 

 

Sentando las bases del conocimiento

 

A partir de Immanuel Kant, (1724-1804) la filosofía se centra en la teoría del conocimiento, la suya es una tentativa de organizar la filosofía, replanteando los problemas y abandonando el positivismo y el relativismo. Sigue la estela crítica de Hume, del que dice: “Fue quien me sacó del sueño dogmático”, aunque sin aceptar el empirismo consciente de sus limitaciones e incon-gruencias.

Kant afirma que el conocimiento no es una imagen exacta de la realidad que nos ha sido dada; por el contrario, niega la realidad dada y elabora una nueva verdadera realidad. Así el conocimiento no es copia de lo real, no es representación de lo real, sino invención, presentación de lo real. El saber humano es incierto, ya que no percibimos sino la apariencia de las cosas, “la cosa en sí” es incognoscible.

Por su parte, Gottfried Wilhem Leibniz (1646-1716) intenta aclarar la cuestión materiamente estableciendo la diferenciación del conocimiento humano en verdades eternas y verdades de hecho. Las verdades eternas son necesarias y se conocen a través de la razón porque se apoyan en principios lógicos; las verdades de hecho son contingentes y se conocen mediante la experiencia.

Pensamos mediante juicios y razonamientos. El juicio es el acto por el que afirmamos o negamos algo. El razonamiento implica la acción de dos términos o proposiciones; es una vinculación de dos o más juicios. Para Kant la razón es una facultad dialéctica no pro-ductora de conceptos imaginativos, es meramente reguladora de la facultad de entendimiento. Kant establece una diferencia en los juicios: singulares y universales; ambos corresponden a dos formas de conocimiento. Los juicios singulares, que se originan en la sensación o percepción sensible, son subjetivos y sintéticos, siempre precisan de la experiencia y son a posteriori (después de la experiencia), ya que están fundados en hechos; dan lugar al conocimiento sensible o intuición. Los juicios universales son analíticos, se conocen mediante la razón, son a priori (anteriores a la experiencia), independientes de la experiencia, y los clasifica como necesarios. Originan el conocimiento conceptual o inteligente.

La facultad de tener intuiciones es la sensibilidad, es receptiva, pasiva, mientras que la facultad de crear conceptos es el entendimiento, es espontánea, activa; ambas, sensibilidad y entendimiento, constituyen las dos capacidades cognitivas principales del hombre.

Sin embargo, Kant dice que ningún conocimiento es únicamente empírico, incluso el conocimiento sensorial posee elementos a priori. El genuino conocimiento necesita de la conjunción de elementos empíricos (intuición) y no empíricos (concepto).

Kant diferencia entre conocimiento sensible y conocimiento intelectual. El entendimiento no puede percibir nada y los sentidos no pueden pensar nada; sólo en su unión puede darse el conocimiento. Es importante señalar la distinción entre la sensibilidad externa (objeto fuera del sujeto) y sensibilidad interna (objeto dentro del sujeto).

La intuición es descrita por Kant como una cierta forma tras la cual la mente puede ver algo inme-diatamente. Esto ocurre cuando el objeto nos “es dado”, “lo cual no es posible para nosotros los hombres sino a través que el objeto afecte al espíritu de cierta manera” (Kant 1781-127). La intuición es una representación, inmediata, singular, válida para un solo objeto y sensible. En contraposición, el concepto es una representación mediata, es decir que se refiere a un objeto por medio de una característica que puede ser de carácter más amplio. Los sentidos reciben las impresiones sensoriales y el entendimiento lo transforma en concepto. De manera que intuición y concepto se complementan.

Finalmente, habla de dos intuiciones básicas: el tiempo y el espacio constituyen las dos formas primarias fundamentales de organización.

 

Vivencia, integración de la vida y el saber

 

El término vivencia (Erlebnis) aparece en 1905, acuñado por Wilhelm Dilthey (1833-1911), y se extiende en la filosofía con la fenomenología y el existencialismo, así como en el arte durante el siglo XX, y tiene un significado de “lo que está dado de manera inmediata”. Surge como una reacción crítica al racionalismo de la Ilustración que partiendo de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) dio una nueva validez al concepto de la vida. En arte, hay un llamamiento de Friedrich von Schiller (1759-1805) hacia una libertad estética, frente al positivismo de la moderna sociedad industrial. Como concepto, tiene cierta similitud con la experiencia, con una cualidad de intensidad emocional.

En la fenomenología de Edmundo Husserl (1859-1938), el concepto de vivencia se convierte en el título que abarca todos los actos de conciencia cuya constitución esencial es la intencionalidad. Este concepto tiene una implicación de oposición de la vida respecto al concepto racional en un intento de rebeldía contra el mecanicismo de la sociedad.

Friedrich Nietzsche (1844-1869), que tenía grandes dotes artísticas considera la vivencia artística como una forma esencial de vivencia. En la vivencia del arte hay una plenitud de significado que abarca el conjunto de la vida, contiene cierto sentido de infinitud y totalidad. El arte vivencial tendría cualidad de verdad, diferente del arte conceptual. Frente al hombre industrial y utilitario de la burguesía del siglo XIX afirma la idea del hombre animoso y pujante; en su expresión “valores vitales” se encierran las dos ideas que van a dominar en el pensamiento posterior: la filosofía de los valores y la filosofía de la vida.

Henri Bergson (1859-1941) se orienta también en esta dirección; defiende el concepto de vida, de índole subjetivo, frente a una ciencia objetivadora. La intuición es, según Bergson, el supremo órgano del conocimiento humano

 

La intuición. El saber interior

 

La intuición es “la vida hecha conciencia“, es lo que Bergson llama un conocimiento directo, hay diferencia entre percibir por experiencia directa y por teoría y analogía externa. Su raíz está en la propia unidad de la vida incluyendo los aspectos instintivos; su origen está en algo más sentido que pensado; cuando el sentimiento se ha vivido y se ha entendido tenemos la intuición, es una visión inmediata y natural. Acuña el término “la durée”, que enuncia la continuidad absoluta de lo psíquico. Cada vivencia está entresacada de la continuidad de la vida; es como una aventura; se sustrae así a la compulsión, a la repetición.

 

 

 

 

Intuición e inteligencia

 

Intuición e inteligencia implican dos especies de conocimiento radicalmente diferentes.

La intuición viene a ser el conocimiento innato; es, en los inicios, inconsciente, debida a una vivencia inte-riorizada, está dirigida a la vida, funciona por simpatía e interés para conocer el objeto en profundidad.

La inteligencia se dirige a establecer relaciones entre las cosas, lo que tiene de innato es el conocimiento de una forma, dirigido a la materia inerte, gira en torno a un objeto; el conocimiento por la inteligencia es pensado y consciente.

La intuición diría “he aquí lo que esto es“, pudiendo discernir lo que en filosofía se llama proposiciones categóricas; es un conocimiento de carácter limitado, el conocimiento será rico y pleno aunque quedará restringido a un objeto determinado y concentrado. La inteligencia no posee nada más que un conocimiento exterior y vacío, hipotético; tiene la ventaja de proporcionar un marco en el que colocar infinidad de objetos; es de carácter general, pero no contiene nada, es una forma sin materia.

La función esencial de la inteligencia es la de solucionar problemas; tiene un carácter adaptativo espe-culativo, es relativa a las necesidades de la acción. La inteligencia es de carácter práctico, es la facultad de fabricar instrumentos inorganizados, es decir artificiales. Es esencialmente unificación, sus operaciones tienen por objeto común introducir cierta unidad en la diversidad, haciendo divisiones y clasificaciones. Tiene el poder de descomponer y componer con objeto de lograr distinción y claridad.

La intuición funciona en base al saber adquirido por la experiencia, está dispuesta para lo nuevo, tiende a la creatividad y funciona con vivencias interiorizadas.

La inteligencia parte siempre de la inmovilidad, se aplica a lo estable e inmutable, no capta la movilidad, lo nuevo, está inclinada a la fabricación y la teoría y funciona con símbolos.

La inteligencia es hábil para manipular lo inerte, muestra torpeza para lo vivo, “la inteligencia se caracteriza por una natural incomprensión de la vida“, afirma Bergson. (1969, 152)

 

Algunos problemas del entendimiento racional

 

Es necesario “violentar la mente” para ir en contra de la inclinación natural de la inteligencia, agrega Bergson (1969, 39).

Nuestra inteligencia sólo retiene de las cosas el aspecto de repetición, lo que se parece a lo ya conocido; se las arregla para analizarlo en elementos que sean la producción del pasado, sólo puede operar sobre lo que supone que se repite. Como esta formada por las exigencias de la acción humana, procede por intención y por cálculo, por finalidad y mecanismo, para subsistir.

Originalmente, sólo pensamos para actuar, nos proponemos un fin y luego pasamos al detalle mecánico que lo realizará. Es necesario que hayamos sacado de la naturaleza similitudes que nos permitan anticipar o prever el futuro. Nuestro pensamiento se siente seguro de sí mismo cuando se mueve entre cosas materiales; así el entendimiento tiende a darnos una representación mecanicista, artificial y simbólica.

Toda fabricación se nutre de similitudes y repe-ticiones y cuando “inventa” ordena de nuevo los elementos conocidos, sin innovaciones creativas.

En nuestra vida mental, hay continuas variaciones de sentimientos, de deseos; en general, nos negamos a ver la variedad de matices que se superponen en un color único que queda reducido a una especie de tendencia; de manera que sólo una pequeña parte queda registrada en nuestro interior, pero, sin embargo, la esencia humana consiste en existir, madurar, cambiar.

Hay una tendencia a funcionar concretamente, como si fuéramos materia en una materialización de lo humano. La hipótesis mecanicista supone que todo está dado e intenta eliminar el tiempo. Es el tiempo lineal, del que habla Meltzer,

El instinto mecanicista de la mente es más fuerte que el razonamiento, más fuerte que la observación inmediata, tiende a conseguir la coordinación de medios para su fin y representación, de mecanismos de formas estereotipadas.

“La conciencia atormentada por un insaciable deseo de distinguir, sustituye el símbolo por la realidad o no percibe la realidad más que a través del símbolo”, sugiere Bergson (1969).

Condiciones y consecuencias del cono-cimiento intuitivo

Quisiera reunir aquí las situaciones y transfor-maciones que se originan en el ámbito de la intuición; algunos de estos aspectos serían condiciones y otros, consecuencias.

En primer lugar, tenemos el asombro y la con-templación; ambos son de carácter estético; el primero coincidiría con el impacto estético de Meltzer y el segundo estaría en la base de la creación de un modelo identificatorio.

 

El asombro

 

Nos sorprendemos de lo inesperado, de algo que a primera vista nos parece incomprensible. En la sorpresa y el asombro se expresa además una emoción. Descartes la colocó como la primera de sus seis emociones básicas. La función del asombro sería llamar la atención sobre aquello que vale la pena ver por cuestiones cognitivas. Las demás emociones tienen la función de llamar la atención en cuanto algo es bueno o malo para la persona; tendríamos el impulso a saber frente la utilidad, valores depresivos versus valores narcisistas. Platón habla de asombro estético frente a las ideas; junto con Aristóteles consideraron el asombro como el origen de la filosofía.

En el asombro, uno se enfrenta a la propia falta de comprensión, esta emoción nos hace sentir como algo más allá de lo que podemos explicar. Ante el asombro, la reacción es conocer y profundizar.

Si nos asombramos de la belleza de una obra de arte, no sólo reaccionamos subjetivamente sino que percibimos el objeto como un ser independiente, lo vemos ocupando un lugar en el mundo y el estar egocéntrico pasa a un segundo plano, “¡qué asombroso que exista esto!”.

Ernst Tugendhat (2004, 167) describe tres clases de asombro. 1) la contemplación de algo que se siente inconcebible, como la obra de arte; 2) la exhibición dinámica; por ejemplo, el circo: uno no sabe cómo lo hacen, no lo comprende, pero no duda de que es posible comprenderlo, hay un rápido cambio de curiosidades que impide el aburrimiento; y 3) algo sorprende y asombra.

Es la primera acepción la que nos interesa, por su cualidad estética; la segunda, podríamos verla como un interés intelectual de carácter técnico, y la tercera, parece un asombro menor.

El impacto estético de la madre, o parcial o total, (pecho, cara) es único y continuado, provoca en el bebé una emoción profunda; está ante algo extraordinario. Implica tolerar cierta noción de diferenciación, el deseo de conocimiento de este ser sorprendente implica cierta renuncia de los valores narcisistas en favor de los valores depresivos que procuran el cuidado del objeto.

Así se constituye el modelo identificatorio y la constitución de O. I. que nos ayudan e inspiran en la vida.

 

La contemplación e identificación

 

Ante la belleza del impacto estético, sentimos una especie de arrobamiento. Como describe Meltzer, el impacto estético da belleza nos conmueve y nos perturba. Si los sentimientos de odio y envidia son demasiado intensos, esta admiración se convierte en deseos de fusión, captación voraz, hasta de robo y secuestro, pero si la combinación amor-odio es suficientemente equilibrada, se produce conocimiento empático: deseamos acercarnos, comprenderlo, interiorizarlo y guardarlo respetuosamente dentro de nosotros.

 

La constitución del espacio y tiempo. Una aportación psicoanalítica a la teoría del conocimiento

 

El apriorismo de Kant del espacio y del tiempo pierde su fuerza si estas instituciones se adquieren en un proceso psíquico complejo, de sensaciones que se asocian a una estructura subyaciente.

Más que ser un conocimiento dado, intuiciones en sí mismas, el espacio y el tiempo se constituyen en el ámbito de la intuición, es un proceso que comienza incluso antes del nacimiento.

El problema de cómo en el cerebro humano se fragua el conocimiento del espacio parece verse claro desde la clínica con los aportes de Meltzer de La geografía de la fantasía. También trata el problema de la construcción del tiempo interno.

Es sobre todo la emoción de la relación amorosa la que moviliza al bebé y desarrolla el afán de conocer este maravilloso ser que le llena de emociones apasionadas y controvertidas, intuye su interior donde ya estuvo que no puede penetrar, es un lugar sagrado, pero lo construye con la imaginación, aprende a tolerar el misterio y a “ver con los sentidos interiores”. Existe pues una vinculación de la relación estética con la madre y el mundo, con el estímulo primario al pensamiento y la construcción del mundo. Tal vez es aquí que comienza la diferenciación de lo concreto y lo “imaginado”, el mundo concreto de la realidad psíquica, de fantasía, diferente del real, facilitando así la diferenciación interno-externo.

Mediante un largo proceso podrá también hacer la diferenciación y separación self-objeto.

Cuando no puede construirse este espacio, surge la patología, “la negación de la realidad psíquica” y el “no lugar del sistema delirante”.

En cuanto al sentido del tiempo, es más complicado y tardío, coincide con la madurez de la personalidad.

 

La creencia, la certeza

 

La mente humana recibe las ideas aportadas por los sentidos internos y externos, y puede realizar multitud de combinaciones, puede relacionarlos con el lugar y el tiempo acercándose a la realidad de forma más o menos exacta, creando concepciones que se almacenan en la memoria, se conservan en nuestro interior y están ligadas de modo inconsciente.

La información que recibimos por experiencia, subjetivamente posee un tipo de certeza; la creencia es algo sentido por la mente, que incluso puede distinguir entre las “verdades” y las ficciones de la imaginación; el sentimiento de creencias es una concepción más intensa, más firme, que la que acompaña a las meras ficciones de la imaginación; esta certeza es de orden moral, de distinto orden que la certeza teórica.

Aunque en la fantasía toda ficción es posible, existe el área de creencia que quedará fijada en la mente de una forma diferente.

Esta intuición permitirá esclarecer criterios como ante situaciones de la vida proporcionándonos certeza interna y fe en nuestros buenos objetos.

 

El buen sentido. Un sano entendimiento

 

El concepto del sentido común enunciado por Vico, “common sense” o “bon sens”, según Bergson, implica cierta capacidad general sita en todos los hombres, y al mismo tiempo el sentido que forma la comunidad. Lo que orienta la voluntad humana no es la generalidad abstracta de la razón, sino la generalidad concreta que representa la comunidad y el grupo y la pertenencia al género humano en su conjunto. La formación de tal sentido común sería decisiva para la vida; este sentido común permite ver lo verdadero y lo justo, no es un saber por causas; permite ver lo evidente, el saber práctico (la phronesis de Aristóteles). Forma de saber distinta, está orientada hacia una situación concreta en una variedad amplia de circunstancias, no se refiere solamente a la capacidad de juicio, sino que presupone una orientación de la voluntad, de ser ético. Aristóteles no ve en ello una simple habilidad, sino que está determinado por las “virtudes éticas”; no es una astucia práctica, ni una capacidad de adaptación, sino que implica diferenciación entre bueno y malo y una actitud ética.

Podría relacionarse también con el concepto de empatía y sentido moral (ética kantiana) al que no se llega por operaciones lógicas.

Bergson refiere que mientras los otros sentidos nos relacionan con las cosas, el “bon sens” preside nuestra relación con las personas; estaría basado en una suficientemente buena relación con el objeto primario donde se transmiten los valores.

 

El juego y la aventura

 

En el juego actúa la subjetividad libre, hay un componente lúdico que se desprende de la experiencia artística. Es como algo fácil que marcha solo; algo que no necesita esfuerzo, es natural; el jugador se abandona a él y funciona espontáneamente; para que haya juego tiene que haber “otro” que juegue con el jugador. El juego siempre tiene algún riesgo para el jugador que disfruta de la propia capacidad; el jugador quiere jugar, sabe que son tareas que puede resolver; podríamos decir que un juego se “representa” para alguien (presente o ausente, interno o externo).

En la teoría antigua del arte, todo arte subyace al concepto de “mimesis”, imitación que partía también evidentemente del juego como danza y representación de lo divino. Esta representación sería también de carácter introyectivo.

El juego, como el sueño, es pensamiento y transformación creativa.

La capacidad de correr riesgos y aventurarse estaría también vinculada a la cualidad de la relación objetal.

 

Imagen, Imaginación y Creatividad

 

Hay diversas concepciones de imagen; quiero referirme a “las impresiones significativas” que quedan grabadas en nuestro interior; están basadas en las vivencias emocionales, pueden usar un sentido o condensar todos ellos, aunque son primordialmente visuales; están impregnadas de sentido estético. La imagen no es un símbolo que representas y hace una función sustitutiva; la imagen representa, pero lo hace por sí misma, desde su propio contenido que puede abarcar con amplio espectro de significaciones. La imagen sirve para imaginar y hacer creaciones imaginativas y guardar la vida en la memoria. Constituye la base de la emoción estética y las capacidades creativas; se origina en los inicios de la vida. Sirve para la expresión del sueño, el juego, las alucinaciones y la construcción de mitos.

Dice Platón que el mito es un modo de expresar ciertas verdades que escapan al razonamiento. Los presocráticos descartaron el mythos en nombre del logos, pero el logos se construye sobre una base mítica; es un modo de expresión que expone aspectos básicos de la vida humana de una forma poética.

 

 

 

 

El conocimiento desde el psicoanálisis

 

Si tomamos la historia del psicoanálisis podemos observar cómo conocimiento intuitivo y conocimiento intelectual se van complementando. El psicoanálisis, como ciencia, tiene una existencia corta, podemos ver que los valores e ideas dominantes en el ámbito social traspasan las fronteras impregnando cualquier saber, aunque sólo parece que podemos ver esto a posteriori.

El psicoanálisis de Freud está muy cercano a la biología y a la medicina, está imbuido por el dogmatismo científico de la época.

Como señala Ernest Jones (1879-1958), uno de los descubrimientos más importantes de Freud fue que los procesos mentales inconscientes y los pensamientos lógicos y conscientes tienen distinto funcionamiento: “La contribución revolucionaria de Freud a la psicología no fue tanto la demostración de la existencia del inconsciente, tampoco la exploración de su contenido, sino su afirmación de que existen dos tipos de procesos mentales fundamentalmente diferentes, a los que nombró primario y secundario” (1953, 397).

La teoría del conocimiento en Freud vincula su concepto de la energía y del desplazamiento a los procesos mentales; tiende a considerar el proceso primario como impulsivo, caótico y patológico, mientras que el secundario es considerado objetivo, ordenado y realista. Para Freud, las funciones mentales del proceso primario son primitivas y “no sufren modificación ninguna en el transcurso del tiempo y carecen de toda relación con él” (1915 c.2073). Pareciera que, para él, el proceso primario es algo que surge de la biología que no tiene capacidad de evolución y desarrollo. Prioriza la actividad intelectual consciente sobre el instinto indisciplinado, inconsciente, que representa la pesada carga que la naturaleza impone al hombre. Propone “hacer consciente lo inconsciente”, valorando más el proceso secundario.

Melanie Klein (1882-1960) complementa el trabajo de Freíd. Su gran intuición está en su teoría de las relaciones objetales, basada en la cualidad de la relación afectiva. Este matiz influye poderosamente en el desarrollo del conocimiento. Partiendo de su experiencia clínica con niños enfermos, pudo construir una teoría del psicoanálisis en la que, a través de la interpretación transferencial en el tratamiento, pudiera restablecerse la relación íntima, y desarrollarse adecuadamente el instinto epistemofílico. Si bien es verdad que los filósofos habían hablado de la intuición interior, la importancia del aspecto relacional no puede verse de una manera directa desde la teoría, es en el encuentro clínico donde se pone de manifiesto este “mundo interno poblado de objetos concretos y vivos”, matiz que no habían visto los filó-sofos.

En cuanto a Wilfred Bion (1897-1979), con su pensamiento de carácter especulativo, brillante, vivaz, rápido, con cuestionamientos constantes, con su gran capacidad y curiosidad intelectual, nos ha abierto caminos, ha creado modelos… con muchas aportaciones intuitivas. Su mente es predominantemente científica. Recomienda a los psicoanalistas estudiar filosofía; cita muchos pensadores pero, fundamentalmente, se inspira en la fenomenología: “aprender de la experiencia”, y en Kant para elaborar su teoría del pensamiento, abordando el tema desde esta teoría del conocimiento; es por ello que, como señala Meltzer, las emociones quedan excluidas de la tabla. Habla varias veces de premonición y valora la intuición psicoanalítica, dice: “Es cada vez más posible llegar instantáneamente a conclusiones que son al principio fruto de una intelectualización trabajosa” (Bion 1988, 102). Incorpora la “intuición pura” con el concepto de “O”, de connotación mística.

Bion hizo un trabajo muy intenso de teorización que es muy útil, nos ayuda para clarificar concepciones teóricas y realizar conexiones necesarias en el trabajo de la clínica

El pensamiento de Donald Meltzer (1922-2004) es fundamentalmente intuitivo, conectado con la vivencia estética. Posiblemente, el núcleo de su trabajo radica en una intuición “la naturaleza estética del método psicoanalítico”. En el último capítulo de Metapsicología ampliada se cuestiona si ha añadido algo nuevo al psicoanálisis con este libro. La “tarea imposible de verter en un lenguaje los fenómenos inefables de la mente”. De una manera velada nos anuncia: El verdadero cambio catastrófico” en su trabajo; “la nueva idea”, siguiendo el lenguaje de Bion, sería: “en el principio existía el objeto estético y el objeto estético era el pecho y el pecho era el mundo”

He aquí la definición de Meltzer sobre la intuición: “La intuición es primariamente el producto de procesos mentales inconscientes que tienen sus orígenes en las experiencias emocionales, por lo tanto la contra-transferencia es manifestación típica de la imaginación inconsciente” (1998, 325). Posee una gran capacidad de comprensión emocional, nos adentra en el misterio de la mente, dando al trabajo psicoanalítico un sentido artístico. En su pensamiento, tiene lugar destacado el conocimiento intuitivo y la inspiración. Nos habla de interpretación de rutina y de interpretación inspirada. Cree que el trabajo psicoanalítico no puede ser realizado sólo por el intelecto consciente, sino que “la comprensión verdadera está basada en la intuición” y no en descifrar. Una afirmación que no tiene significado explicativo. La atmósfera que se crea en el consultorio, dice Meltzer, es de aventura, en la cual la parte adulta del paciente es acompañada por el analista como hombre de ciencia creador ¿no es también una aventura el acompañamiento maternal en el desa-rrollo?

Meltzer ha dicho que el psicoanálisis se parece a la crianza de niños. Podemos ver en los inicios del tratamiento, sobre todo en casos graves, este rechazo al impacto estético de la relación emocional; poco a poco, la capacidad continente del terapeuta, con la flexibilidad adecuada, en un clima de permisividad y aceptación, crea la cooperación y se inicia el difícil camino del proceso terapéutico y surgen la intuición y la creatividad, se aclaran los malos entendidos que el paciente resuelve recobrando su interés por el objeto y por el mundo. En el umbral de la posición depresiva, el paciente parece despertar y surge la capacidad estética y los valores éticos y de verdad. Habrá revisado también su geografía de la fantasía y el valor del tiempo antes de finalizar el proceso.

Del conocimiento intuitivo al cono-cimiento intelectual

A través de un material de la experiencia de observación madre-bebé podremos ver un momento del proceso de comunicación temprana madre-bebé en un lenguaje pre-verbal, en una relación emocional de reciprocidad estética, fase necesaria, diferenciada y previa al lenguaje verbal y al proceso de simbolización.

 

 

 

Los inicios del conocimiento

 

El desarrollo mental primitivo no está suficientemente explorado; existen muchos vacíos; tenemos alguna idea de qué pasa, pero desconocemos el proceso; necesitamos investigar.

El bebé, ante el cambio catastrófico que representa la primera pérdida del espacio interior de la madre, se encuentra con ella en el nacimiento, el ser que necesita para subsistir, ella será su guía y compañía en su paso por el mundo. Como señala Meltzer, si tiene lugar “la reciprocidad estética”, esta relación tendrá la oportunidad de un buen inicio para su desarrollo.

Las experiencias sensoriales primitivas son de gran intensidad emocional. Hume les llama impresiones; se podrían matizar como “impresiones significativas”; quedan grabadas en el mundo interno; son vivencias sobre la base biológica de necesidades corporales; en la relación afectiva con la madre, esta sensibilidad receptiva tiene la facultad de crear intuiciones que permiten anticipar situaciones como base de la experiencia.

En filosofía se suele hablar de “representaciones” refiriéndose a introyecciones. Freud utiliza el término sólo apto, a mi entender, para el conocimiento intelectual. Sin embargo, como el bebé no opera con símbolos sino con emociones, no pueden conservarse como tales representaciones simbólicas; tampoco son “visualiza-ciones mentales” ya que no son copia ni reproducción. Melanie Klein insiste en la “concretud” cuando habla de objetos internos ya que se trata de una vivencia que contiene una experiencia inolvidable e irreemplazable de carácter subjetivo y significativo y que queda fijada, se conserva de forma sintética y condensada. Estas experiencias que conforman nuestra “esencia” van estructurando nuestra existencia a base de la experiencia contenida en nuestros objetos internos, “la casa donde vive la experiencia” (Meltzer, Seminarios),

Los objetos internos, formados sobre modelos identificatorios, constituyen nuestros dioses internos, portadores de valores: la bondad como algo que hace la función que le corresponde; la verdad como experiencia de relación de sinceridad; la belleza porque el encuentro con el objeto tiene esta cualidad estética.

Es en la relación madre-bebé donde se generan los valores y los elementos con los que se constituyen los juicios singulares subjetivos y sintéticos (Kant), ya que es a través de la identificación introyectiva con el objeto que se construye el self, como trato en mi trabajo La gènesi de l’objecte intern mitjançant l’experiència de l’observació de la relació mare-nadó (Largo, 1999).

Es también en esta relación emocional con la madre, si se consigue una relación suficientemente buena, donde se genera la confianza y la base de la creencia interna.

Otra característica de este tipo de conocimiento es que, aun conservando su esencia, no es estático sino dinámico y creativo; estas vivencias recogidas en objetos internos que constituyen el mundo interno pueden transformarse y evolucionar, crecer cualitativamente como la vida misma.

Esta categoría de pensamiento se expresa a través de “imágenes significativas”; son de carácter sensorial, preponderantemente de carácter visual, proporcionan material para la fantasía inconsciente, sueños, mitos y alucinaciones en la patología, y constituyen también la base de la creatividad artística.

En esta primera etapa de la vida, se establece una comunicación sujeto-objeto a través de otras formas de lenguaje no verbal, la mirada, la música de la voz, los colores, los olores, el gusto, el tacto, la danza…

Junto con la intuición sensible hay algo que se despierta en nosotros: el sentir es como una chispa vital que nos moviliza. ¿Es la relación con el objeto de amor? Parece que sí. A modo de ilustración transcribo un fragmento de un bebé de diez semanas.

 

La naturaleza estética del conocimiento. La madre como obra de arte

 

Un fragmento de observación de bebé a las diez semanas:

La bebé está en la cuna, está dormida, mientras que la mamá recoge sus ropitas y ordena los pañales.

Acaba de despertarse y emite unos ruiditos. Cuando la oye, la madre se aproxima, se acerca a la cuna, mira a la bebé con cara de satisfacción y le habla dulce y animadamente con modulaciones variadas de la voz, “¡hala mi pequeña, qué le dices a mamá!”. La bebé sonríe ampliamente, conoce a la mamá al mismo tiempo que se reconoce y parece contestarle emitiendo unos sonidos armoniosos con cierto ritmo musical, como si tratara de corresponder a la voz materna al mismo tiempo interpretar o recrear la melodía de la voz de la madre: al mismo tiempo, todo su cuerpo parece acompañar la intensidad del momento con movimientos de brazos y piernas en una especie de juego estimulante, en el que sigue con la vista la cara de la mamá.

Cuando la mamá, que sigue su tarea, desaparece del campo visual, el bebé se sigue moviendo de forma más pausada, reproduce algún sonido en tono más bajo, ¿está intentando rememorar la voz de la mamá?; es una forma de acompañarse, ejercita su aparato fonador como un juego… y quizá… todo a la vez…, hay un tono de queja, los sonidos cambian, son ahora más intensos… con algunos intervalos.

Vuelve la mamá, es la hora de la toma, el bebé llora de forma resolutiva y con fuerza, parece impaciente, la mamá se acerca a la cuna, coge en brazos a la bebé, la abraza y le canta “¡oh, oh, ya está”, la tranquiliza mucho cuando la mamá la coloca al pecho y coge el pezón acertadamente, mientras la madre la mira amorosamente y le acaricia la cara.

 

Comentario de la observación

 

La bebé se despierta y emite sus ruiditos ¿Es una necesidad instintiva de poner en marcha su aparato de fonación o es una manera de avisar a la mamá, de decirle: te necesito, te estoy esperando? La mamá acude, la mira amorosamente, hay una hermosa expresión en su cara satisfecha ante este ser único para ella, responde a sus ruiditos con bonitas palabras que la bebé no puede comprender, pero esa voz querida, con esas modulaciones, es muy expresiva y aunque la bebé no entiende las palabras, sí parece que puede percibir la emoción; responde con un gesto de felicidad, una sonrisa abierta y franca, como si dijera: “qué hermosa eres, cómo me alegro de verte”; es una situación de “reciprocidad estética”, y vuelve a emitir otros ruidos; esta vez son cualitativamente diferentes de los iniciales, contienen variaciones de intensidad y tono con espacios intermedios, constituyendo como una melodía ¿Es una imitación de este ser que es el centro de su vida desde el querer ser como ella? ¿Es una respuesta agradecida ante el estímulo de su voz? ¿Es también un ejercicio vocal? Quizá las tres cosas. La experiencia de la atención de la mamá produce un intenso cambio en la bebé que mueve sus brazos y piernas como expresando su alegría y vitalidad, centrando la vista en el rostro de la madre. Momentos después sigue con la mirada el movimiento de la madre que se aleja. La mamá no está a la vista de la bebé, ésta entonces relaja sus movimientos, los ruiditos son también diferentes, son como hacia dentro, más graves, como si estuviera hablando con la mamá interior, quizá está intentando recordarla imitando el sonido de su voz como un acto de “rememoración” en el que puede retener esta “impresión significativa” síntesis de imagen, sonido, olor…, animada por las buenas experiencias; inicia también un juego con su voz. Poco después, el tono es diferente, transmite malestar…, está intentando, pero no puede contenerse…, hay una explosión final; el sonido se va transformando en llanto explosivo que comunica a la mamá su deses-peración; la mamá entiende su inquietud, la consuela con su abrazo y el canto de su voz; la bebé se va calmando, la madre la coloca en su regazo y le ofrece su leche, algo de sí misma mientras la contempla amorosamente.

En esta observación, podemos ver la contención de la madre y el lenguaje emotivo, este lenguaje fonético que es subjetivo y que sólo puede expresar emociones, no designar o describir objetos. Sobre esta base se iniciará gradualmente la etapa siguiente del lenguaje verbal.

 

Pensamiento conceptual. El lenguaje

 

La capacidad simbólica se adquiere en un proceso paulatino de maduración, tiene lugar sobre la base de la experiencia anterior y opera, no con imaginaciones, sino mediante representaciones simbólicas, , que son de ámbito general sujetas a reglas como el lenguaje y de carácter analítico.

El grado de abstracción y significación es variable en la medida en que se acerque o se aleje a lo que se ha de conocer. Es apto para construcciones mentales y esta-blecer relaciones entre las cosas y reconocer las diferencias. Es de utilidad para realizar teoría y la comprensión.

El pensamiento opera con lo invisible; en ausencia del objeto, sin sentimiento de autoconciencia no hay pensamiento; la conciencia de sí mismo no es lo mismo que pensamiento; los actos de la conciencia son intencionales y por tanto cognitivos, mientras que el yo pensante no piensa algo sino sobre algo y es un acto dialéctico que tiene lugar bajo la forma de un diálogo silencioso con nosotros mismos; en realidad, hablamos con nuestros objetos internos

El lenguaje proposicional es el paso de lo subjetivo a lo objetivo; anteriormente se funcionaba con signos que son operativos, mientras que los símbolos designan. El símbolo es universal y extremadamente flexible y varia-ble; el darse cuenta de esa movilidad parece un logro que lleva tiempo; mediante el lenguaje accedemos al proceso de abstracción y generalización.

El conocimiento intelectual permanece esencialmente dirigido al objetivo de insertar lo particular en una forma universal legal y ordenadora.

Aunque es una forma de objetivación, como dice Cassirer, también hay un aspecto constitutivo del lenguaje que incorpora el significado proveniente de las relaciones emocionales anteriores, creando una forma lingüística interna y propia que puede condicionar la ley de la estructuración del lenguaje en la que prevalecen los contenidos significativos de orden individual y dentro de los límites del lenguaje.

Sin embargo, el peligro está en que el pensamiento imaginativo de cualidad intuitiva, nacido de la emoción, sea relegado por la razón práctica y se convierta en una composición abstracta alejada de sus inicios, perdiendo lo esencial, el significado, del sentir originario.

 

Algunas CONSIDERACIONES Y CUESTIONES

 

Diversos autores parecen sugerir el paso de un conocimiento sensorial a otro conceptual, pero ¿Cómo se produce? ¿Cuáles son las condiciones?

¿Hay una estructura predeterminada, como sugiere la escuela de Oxford, a lo que parece hacer referencia Bion cuando habla de “pensamiento sin pensador”?

Podríamos hablar de un proceso de conocimiento con momentos diferentes en la evolución y, de ser así, tendríamos que pensar si es compatible la idea de proceso con un desarrollo paralelo de ambos tipos de conocimiento.

Sabemos que ambos conocimientos tienen origen, funcionamiento y fines diferentes, son divergentes, pero sin embargo se complementan. Podemos observar con claridad que hay dos modos de abordar un problema, desde la intuición y desde la inteligencia. En general, el artista tiende a abordar el mundo desde la intuición; el científico tiende a hacerlo desde la inteligencia.

Meltzer habla poéticamente de misterio dando un carácter artístico a estos procesos todavía desconocidos; la observación y el trabajo con niños graves nos ayudarán en el cometido.

Tiendo a pensar en la posibilidad de desarrollos paralelos, con mayor grado de sofisticación en ambos tipos de conocimiento. Vemos que hay diversos grados de abstracción en el conocimiento intelectual; podríamos establecer niveles desde el concepto, el sistema deductivo científico y el cálculo algebraico. Podemos encontrar diversos grados en la intuición, cada vez más alejados de su origen sensible, un nivel sería lo llamado “consensualidad” de los sentidos; en un nivel superior estaría la intuición pura, la intuición matemática y el conocimiento místico.

Meltzer dice que el análisis es más arte que ciencia. He centrado este trabajo en realzar el valor de la intuición en la clínica psicoanalítica, aunque evidentemente no se trata de renunciar a las capacidades intelectuales, sin las cuales no podría haberse escrito este trabajo.

Como hemos dicho, estos dos tipos de conocimiento se complementan; esta diferenciación podría parecer a simple vista “en cierto modo artificial” ya que una vez instaurado el lenguaje verbal, funcionamos alternando de manera entrelazada la experiencia y el conocimiento intelectual. Sin embargo, una buena diferenciación es de gran utilidad clínica ya que nos permite:

  1. Profundizar en la naturaleza específica de los procesos del conocimiento.
  2. Discernir en qué clase y nivel de conocimiento estamos operando en cada momento. Sabemos que en la sesión con el paciente hacemos preponderantemente uso de la intuición, conectando con nuestra experiencia interna. Cuando pensamos un material clínico o escribimos un trabajo, utilizamos preferentemente, aunque no únicamente, nuestro conocimiento intelectual.
  3. Una buena diferenciación facilita la buena integración de sus componentes. Una vez identificados y tomado conciencia de esos procesos la sensibilidad y la capacidad intelectual se complementan y enriquecen y disminuye la disociación. Cuando el símbolo se construye sobre la base de una emocionalidad vivida, comprendida, asimilada y elaborada, tendríamos un conocimiento integrado.

Es en la relación emocional donde se construyen las “imágenes significativas” que son creaciones subjetivas idiosincrásicas, que conservan nuestras experiencias y contienen nuestra visión del mundo, formando parte de nuestra memoria, pero nuestra visión puede estar afectada por nuestros deseos e intereses..

Sabemos que si hay deficiencias o malentendidos en la relación emocional primitiva, habrá también difi-cultades en el proceso de simbolización en un grado variable, desde leves deformaciones hasta confusiones graves como el odio a la realidad en la psicosis. De manera que podríamos decir que la calidad del cono-cimiento intelectual dependerá de la calidad de los primeros aprendizajes por la experiencia.

En un orden más fisiológico, podríamos decir que estas “imágenes significativas” son probablemente como los ladrillos que utiliza el cerebro para construir una base neurológica que permita elaborar la percepción del mundo y proporcionan la estructura mental y fisiológica sólida y flexible sobre la que se construye el paso siguiente a la capacidad de abstracción. Seguramente el avance de las neurociencias puede aportarnos valiosas contribuciones.

Investigaciones neurológicas recientes parecen establecer diferentes localizaciones para las operaciones artísticas y para las lógicas.

Aplicaciones clínicas

El saber intelectual suele ser usado de forma defensiva para confundir y encubrir; es en el área de la experiencia significativa donde ocurren la transformación, creación y crecimiento de objetos internos.

La capacidad del terapeuta fundada en su propia experiencia de descubrir y verbalizar la emocionalidad primitiva juega un papel básico en el proceso psico-analítico. Se debe de intentar ir a lo originario que surge de la relación transferencial; aprendemos en la emoción y desaprendemos en el “revivir emocional”, para aprender de nuevo en la experiencia terapéutica.

La formación teórica nos ayuda a ser precisos y establecer conexiones mentales. Nuestro trabajo analítico consiste ante todo en tener percepciones intuitivas, transformaciones durante la sesión, establecemos aso-ciaciones y vinculaciones en nuestra mente que nos permitirán formular interpretaciones creativas en los niveles primitivos y primigenios.

Escuchar desde nuestra vivencia de O a K (Bion) y mirando que la relación no se transforme en algo mecánico y rutinario y posibilitar el asombro y la sorpresa y la aparición del criterio del paciente, mientras le acompañamos en el camino.

Hay que tener en cuenta la limitación del cono-cimiento humano de los fenómenos mentales. Dado que las relaciones causa-efecto obedecen a experiencias pasadas propias, no podemos extrapolarlo a otra persona. En el tratamiento, es más seguro interpretar sobre transferencia que usar las relaciones causales de la historia del paciente.

En los problemas de “construcción del pensamiento”, hay que remontarse a los orígenes del problema que se encuentran relacionados con la construcción de relación geográfica de la fantasía, confusiones de zonas y modos, como afirma Meltzer.

La parte intelectual utilizada destructivamente puede construir mentiras que enmascaran las “buenas im-presiones” primigenias. Si, como sugiere Meltzer, la idea de verdad radica en el saber de la experiencia, es posible que en épocas tempranas haya habido significaciones con buenos objetos internos que, debido a sentimientos destructivos de carácter narcisista, hayan quedado ocultos; podría ser posible la reaparición y recuperación de esta buena relación en el trabajo psicoanalítico.

La capacidad de integración de la emocionalidad y la inteligencia, es consecuencia del progreso de maduración de la personalidad y aparece en la fase final del proceso psicoanalítico.

 

 

 

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L’INCONSCIENT ESTÈTIC[4]

 

Montserrat Martínez del Pozo

 

 

 

La creativitat clínica, teòrica i tècnica de Donald Meltzer explica fins a quin punt ens trobem davant una obra capaç de generar mons d’emoció, pensament i acció fecunda en múltiples direccions. Aquesta capacitat de do-nar sentit i significat li ha permès d’aprofundir amb lliber-tat de pensament en les relacions del que pot ser observat i descrit, el que només pot ser mostrat i el que ens està velat; i ha fructificat en una tasca molt valuosa i extensa en què l’emoció i la sensibilitat estètica són el cor de l’experiència.[5]

La primera supervisió que Donald Meltzer ens va oferir va ser la d’un nen psicòtic que tenia en tractament, va ser una experiència impactant. Cada vegada que presentàvem un cas, vivíem aquest impacte i conflicte estètic. D’aquelles trobades i de les seves aportacions sobre les relacions recíproques entre el model de la ment i la literatura, destacaria la seva descripció del vincle entre art i psicoanàlisi:

 

“…repassant la història de la psico-anàlisi, podem veure que mentre aquesta es va considerar exclusivament una ciència explicativa la seva relació amb les arts es va limitar a analitzar-les, reduint el misteri del significat de l’art. Avui dia, la psicoanàlisi, en el seu progrés, només es considera capaç de produir models i de ser una ciència des-criptiva que prova de descobrir els fenòmens i narrar-los. Amb l’evolució mencionada, actualment, l’analista pot pensar de si mateix que està realitzant una funció artística i alhora concebre que l’artista està complint una funció analítica. Això fa possible una veritable reaproximació de l’art i la psicoa-nàlisi” (Meltzer, 1990, p.29).

L’interès apassionat de Donald Meltzer per l’art i la literatura, el seu coneixement de la història de les idees a través de la filosofia i les ciències, el seguiment de la neurologia i els avenços ginecològics mitjançant els estudis ecogràfics del fetus, a més de la seva capacitat d’adonar-se de com la relació humana i les obres d’art el commovien, va fructificar en brillants conceptualitzacions, que em porten a concebre la idea de l’existència d’un “Inconscient Estètic”. Aquesta motivació va néixer tant de les seves supervisions com de l’estudi de la seva obra escrita, de converses i processos analítics amb artistes així com d’articles i treballs de col·legues i companys (Harris, 1987, 2000, 2002, 2005; Bègoin, 2000; Nemas, 1998; Ungar, 2003; Botbol, 2002; Martínez del Pozo, 2002, 2003, la Torre, 2003; Bergman, 2002; Castella i Farre 2002; i altres). Partiré dels conceptes “Conflicte Estètic” (1988), “Vida Onírica” (1984), “Geografia de la Fantasia” (1965, 1973, 1974), i dels seus llibres Exploraciones del Autismo (1975) i Claustrum (1994), així com de la Teoría del Pensamiento (1962) i Transformaciones (1965) de Bion, integrats en el seu pensament.

Em centraré en l’ “Inconscient Estètic”, derivat del model de la ment i del “Procés Analític” (1967) que ell descriu, i de les idees que provenen del pensament que sorgeix de l’art. En tot dos, hi ha l’intent permanent de mostrar el que no es veu, comunicar el que no es pot dir i acostar-se al que no es pot representar oferint un nou sentit i significat no convencional a les relacions entre els objectes. Aquest intent qüestiona el sistema preestablert, implica la reorganització del sistema anterior. En certa manera, és la revolució que prové del canvi catastròfic, traspassa la cesura i ens fa néixer a nous mons.

 

Les modificacions teòriques i tècniques introduïdes per Klein i Bion incorporen sens dubte la dimensió estètica de la personalitat, però en l’obra de Meltzer, a Vida onírica (1987) i Aprehensión de la belleza (1988), aquesta s’assumeix plenament amb totes les seves conseqüències. Amb peculiar intuïció, segueix de prop la transformació o migració onírica dels somnis en els seus múltiples itineraris: jocs i dibuixos dels nens, art, creati-vitat de la vida quotidiana i molt en especial en la unitat de la sessió que concep com el relat d’un somni.

 

Les obres de S. Freud, M. Klein i W. Bion també es refereixen a l’inconscient que es troba fora del self. Tant l’art com la psicoanàlisi tenen una forma no convencional de revelar el que és real. Tots dos mostren a l’individu la idea nova i proporcionen elements que afavoreixen passar d’un món a l’altre, d’una dimensió a l’altra de la realitat. D’alguna manera, afavoreixen el trànsit de conèixer l’objecte des d’una altra perspectiva; com el bebè, passa-rem de conèixer la mare des de l’interior del seu ventre a descobrir-la des de fora. És en el revés de la trama on l’art és la paradoxa del pensament en el no-pensament (Rancière, 2005).

  1. Meltzer ens proposa aprendre dels sistemes onírics coneixent el que ens aporten els artistes. Els somnis són la creació “artística” més singularment específica de cada persona, extraordinàriament efímera i immaterial, inci-deixen plenament en la persona. En ells coexisteixen emoció i pensament. Sharpe, Bion i Meltzer consideren “que el somni és el lloc on es forma el significat per ser desplegat en les activitats quotidianes” (1987). Meltzer destaca que la vida onírica utilitza el que Sharpe (1937) denomina “la dicció poètica de la poesia lírica”. Ambdós consideren que els somnis utilitzen els mateixos recursos que les produccions artístiques per aconseguir la seva capacitat d’evocació i revelació: les qualitats d’ambigüitat apuntades per W. Empson (1985), els atributs musicals de S. Langer (1957), la reversió de la perspectiva de W. Bion (1963) i tots aquells artificis que, malgrat el nostre desconeixement dels somnis, han estat identificats com recursos estètics en les diverses branques de l’art. A partir de les dificultats epistemològiques suscitades en els somnis, s’obre una investigació a propòsit dels diversos nivells de l’inconscient, consciència, no-consciència i atenció selectiva (Meltzer, 1984).

 

L’inobservable interior de l’objecte. El conflicte entre l’exterior i l’interior

 

A diferència d’altres teories psicoanalítiques, el con-flicte estètic no es genera a partir de l’objecte absent, sinó de l’inobservable interior de l’objecte present, que és el primer objecte del pensament (Meltzer, 1988). És, entre altres aspectes, el conflicte entre l’exterior i l’interior. Aquest és un element clau de l’inconscient estètic de totes dues disciplines, de la teoria psicoanalítica de D. Meltzer, d’una banda, i del pensament de l’art, de l’altra.

Què inclou el model estètic de la ment de Donald Meltzer? Tenim els conceptes d’impacte estètic, objecte estètic i conflicte estètic, el sentiment de reciprocitat estè-tica, l’objecte estètic com a objecte combinat creatiu, la descripció de les qualitats de l’objecte estètic i, a més, la funció artística del psicoanalista i la funció psicoanalítica de la personalitat de l’artista en interacció mútua. Dispo-sem de diferents classes d’identificació projectiva i in-trojectiva en interacció recíproca, una nova concepció de la malaltia somatopsíquica i la psicopatologia que es deriva de l’impacte i conflicte estètic així com la descripció de noves variants defensives.

 

“No ens adonem del conflicte que implica l’art fins que ens trobem davant una obra nova, quan el món encara no s’ha decidit a qualificar-la de bona o dolenta, d’art o deixalla” (Meltzer, 1990 p.31). I és en aquest moment, quan una obra nova ens produeix aquest impacte, que ens adonem fins a quin punt desconfiem de l’artista i de com ens impressiona. És de veritat una bona obra? És au-tèntica? Quin tipus d’interès s’amaga darrere aquesta fascinació? (Meltzer, 1990). També l’artista es troba en la situació de no saber, de llindar, de trànsit en plena cesura, d’incertesa davant la seva pròpia obra, en un pensament confús.

En la versió de l’experiència del bebè, es tracta de l’aventura del despertar a la vida, de l’arribada a un nou món després d’una turbulenta tempesta, enmig d’una explosió de llum, formes, sons i colors, sense l’humit embolcall de la placenta (Turner, 1842, obra pictòrica La tempesta). Ara el seu cos no sura, sinó que pesa, i cauria –i decauria– si la mare no el bressolés en els seus braços i el consolés amb la musicalitat de la seva veu, amb les seves tonalitats afectives i ritme, continuïtat dels batecs del seu cor (invariàncies de Bion, 1965). La mare el conté en els seus braços, amb el pit-mugró a la seva boca i en el mirall de llum de la seva mirada i la seva cara afable. Els poemes de San Juan de la Cruz (1584) són símbol de l’objecte estètic combinat: l’amor entre els esposos i, alhora, sublimació de l’amor espiritual a Déu, reedició del conflicte estètic entre el bebè i la mare:

 

“Allí me dio su pecho

allí me enseño ciencia muy sabrosa

y lo le di de hecho

allí le prometí de ser su esposa” (p.56)                

 

La mare en una infinitat d’interaccions d’afecte i corporalitat, cos a cos, ment a ment, intuïtivament té cura del seu fill amb art i atenció, amb els cinc sentits en un sentit comú. Ella l’acull amb amor a primera vista, li canta i el bressola en els seus braços. Dels seus pits brolla la llet que calma la seva sed i relaxa el seu cos i els seus esfínters. Al bebè li agrada molt com la seva mare el bressola i li acarona la pell, textura a textura, ambdues cares recolzant-se. Necessita veure la seva imatge en el mirall d’aquesta mirada que parla i somriu i desperta el cant del seu balbuceig i l’afany de viure. Tanmateix, altres vegades se sent abandonat i esclata en plors. Ella és el nou món del bebè i la reconeix des de fora; tot ell vibra en sensacions tan intenses i explosives que sent por i desconfiança. Ha de conèixer, verificar l’autenticitat i bondat del seu amor. Necessita saber que no l’abandonarà una altra vegada, i aquest afany de coneixe-ment el porta a esbrinar la naturalesa més íntima de les intencions de l’objecte estètic, font de vida, passió i creativitat. Però la seva intimitat li està vedada i no té accés a la seva entrada. Li està negada o no la troba? En l’interior de la mare que tant anhela, hi neden altres bebès i el penis del pare? Per què és abandonat?

La recerca de l’interior de la mare s’acompanya de la por a tornar a viure el patiment, per la falta d’espai, de les últimes setmanes de gestació i la turbulència i les ansietats catastròfiques del part, la cesura. En aquest procés de recerca, les emocions, la por, la desconfiança, la deses-peració, el consol, la fe, etc. mostren la seva presència i preserven la vida. D’aquesta combinació, anomenada conflicte estètic, neix la set de coneixement, el bebè desitja entendre la naturalesa del seu nou món, la mare. Aquest objecte d’irresistible bellesa desperta el seu afany de saber, i el seu interès és tan poderós que els seus sentits i la imaginació s’obren a la recerca anhelant d’orificis, portes i finestres que donin accés a l’interior de la mare. Desitjaria entrar pels seus ulls i conèixer el paisatge de la seva ment, o potser l’entrada es troba en els mugrons, o en la vagina, o l’anus. O, potser, en els seus propis orificis? Qui sap si ho aconseguirà donant cops o empenyent la paret del bressol. El seu desig és entrar i sortir, submergir-se i ballar com un dofí en la placenta, conèixer les seves muntanyes i valls, i veure de nou la llum en els ulls de la mare, sadollar-se en els seus pits, fondre’s en el cant de la seva veu, ensumar i respirar les seves fragàncies.

Segons Meltzer:

…“el significado del comportamiento de la madre, de la aparición y desaparición del pecho y de la luz en sus ojos, de una cara por la que pasan las emociones como sombras de nubes por el paisaje, es desconocido para él”… El bebe “no sabe” si la madre “es Béatrice o su Belle Dame sans Merci” (referencia al poema de Keats, 1891). Este es el conflicto estético, que puede ser enunciado con más exactitud en términos del impacto estético del exterior de la madre “bella”, a disposición de los sentidos, y el interior enigmático que debe ser construido por la imaginación creativa. En todo el arte y en la literatura, en cada análisis, evidencia su perseve-rancia a lo largo de la vida” (1988, p. 28).

I Rilke (1922): “Porque lo bello no es más que el comienzo de lo terrible, justo lo que todavía podemos soportar” (p. 101).

 

El conflicte estètic no pot ser suportat pel bebè si la mare no li ofereix contenció i suport mitjançant l’apre-hensió recíproca que ella també té del nounat com a objecte estètic. És a dir, per l’existència del sentiment de reciprocitat estètica. La bella mare corrent, amb la seva bondat i entrega, en interacció mútua i creativa amb el pare, tenint cura de manera combinada del bebè, que, alhora, respon i estimula també una bella interacció mis-teriosa entre tots tres. Aquesta unitat grupal afavoreix una sèrie d’interaccions precoces creatives que constitueixen una base sòlida de seguretat i confiança per poder enfrontar els conflictes i les penalitats de la vida.

 

Memòria implícita i memòria explícita. Importància dels objectes estètics en la memòria implícita

 

El sentiment de reciprocitat estètica es registra en la memòria implícita, en la seva doble dimensió proce-dimental i emocional-afectiva (Mancia, 2006). Aquest permet el reconeixement de l’amor dels altres, el desple-gament de la confiança i el coratge que prové dels objectes interns primaris. Aquests sentiments ens donen la possibi-litat de gaudir de la vida, afrontar les adversitats i sos-tenir-nos en la incertesa. M. Mancia, a partir dels avenços de les neurociències, ens informa d’un doble tipus de memòria vinculada a dos tipus d’inconscient:

 

  • L’inconscient no reprimit, que s’estructura precoçment abans dels dos anys de vida i s’identifica en la memòria implícita.
  • L’inconscient reprimit (descrit per S. Freud) que s’organitza més tard i troba la seva seu en la memòria explícita.

Aquestes dues memòries es manifesten en la transferència i comporten un abordatge terapèutic dife-renciat. La base o nucli de l’inconscient estètic (en positiu o negatiu) es trobaria vinculat en primer lloc a la memòria implícita o corporal.

La interiorització primària del sentiment de recipro-citat amb l’objecte combinat estètic i la seva evolució posterior a través dels anys, permetrà de tolerar la confusió i la turbulència emocional que poden sorgir davant el misteri i la bellesa de l’amor i la sexualitat humana amb el do implícit del miracle de la vida. Ens permet també d’enfrontar les situacions de buit i soledat, els canvis catastròfics i els salts qualitatius que tant el creixement comporta com també el dolor molt profund per les pèrdues per la malaltia i la mort. En aquestes situacions, el patiment ens impacta i commou en cos i ànima i ens submergeix en el pes del misteri (Meltzer, 1988).

És imprescindible destacar que les emocions suscitades per l’objecte estètic i el conflicte estètic coe-xisteixen sempre amb actituds antiestètiques. Aquestes s’activen per la passió no corresposta i també per la desconfiança, enveja, gelosia, por exacerbada a l’abando-nament…, i per la consegüent turbulència emocional que aquests sentiments solen despertar. Otel·lo (Shakespeare, 1546) no pot creure en l’amor i bondat de Desdèmona i embogeix en donar crèdit a Iago.

En algunes circumstàncies adverses, el nen no disposa d’un objecte estètic suficientment instaurat. Aquest no ha existit mai, s’ha perdut o deteriorat. Aquestes carències donen lloc a la psicopatologia que es deriva de les múlti-ples vicissituds defensives que sorgeixen davant la im-possibilitat d’accedir a l’impacte o/i conflicte estètic, enfrontar la seva pèrdua o no trobar una sortida creativa al conflicte. En aquestes situacions, la funció alfa pot desaparèixer, ser disfuncional, distorsionada o en reversió. Aleshores, el desenvolupament del subjecte queda molt trastornat, les emocions sucumbeixen i la formació simbolicoemocional no evoluciona favorablement, s’utili-tza perversament o es reverteix, i amb aquesta el pen-sament i el pensar; en conseqüència, la preservació de la vida emocional i mental, fins i tot a vegades la física, estan amenaçades.

Algunes persones que no han gaudit mai d’un objecte estètic ni del sentiment de reciprocitat, desmantellen el vincle i polvoritzen l’emoció o l’evacuen fora del self, projectant-les cap a l’exterior o a l’interior dels subjectes del seu entorn (Grimberg, 1985), a vegades a molta distància del subjecte. Estem en el camp per excel·lència de la identificació projectiva patològica; ens referim també a defenses i conflictes molt precoços, anteriors als dos primers anys de vida, els quals no es poden recordar i que afecten al mateix subjecte i a les persones que les envol-ten, les quals solen actuar mitjançant la contraidentificació projectiva (Grimberg, 1956).

 

 

 

La importància de l’emoció en la preservació de la vida i en l’evolució humana

 

Damasio (1999, 2005), a partir dels avenços de les neurociències, proposa imaginar un arbre ramificat des del terra fins dalt, des de la gestió automatitzada-vegetativa de la vida, fins arribar a la brancada de l’arbre, on trobaríem el nivell regulador de les emocions. Explica que el sistema emocional incorpora respostes immunes, reflexos innats, instints, l’equilibri metabòlic, comportaments davant el plaer i el dolor; tots ells són sistemes dirigits a preservar la vida. La curiositat i les estratègies d’exploració ajuden a conèixer les seves fonts i les incorporen mitjançant la retenció d’imatges que es graven al cervell.

 

L’emoció està disposada a ser desplegada quan una situació adequada la desencadeni. Les emocions no són exclusives de l’espècie humana, tant l’home com els animals disposen de respostes emocionals, algunes són innates, d’altres requereixen un contacte mínim, encara que fonamental, amb l’entorn. Per exemple, Hinde (1989, citat per Damasio) va demostrar que l’activació de la por innata que el mico sent davant d’una serp no requereix una exposició directa davant una serp, sinó que necessita veure l’expressió de por en el rostre de la mare.

 

Mancia (2006), com a neurofisiòleg i psicoanalista, transita àgilment d’una dimensió a l’altra. Permet un salt qualitatiu en la comprensió del traumatisme precoç, en la forma en què aquest s’expressa en la transferència i contransferència analítica, mitjançant la identificació pro-jectiva i també en l’abordatge psicoanalític. “Les apor-tacions de la literatura neurocientífica mostren que els traumes psíquics i les experiències precoces de separació danyen en els mamífers l’hipocamp fins a atrofiar les neurones i, per tant, fan que el sistema de la memòria explícita no pugui funcionar. Aleshores l’aprenentatge i les emocions queden compromeses. En canvi, la memòria implícita no resulta alterada i queda com l’única memòria en què les experiències precoces que s’han viscut traumàticament (experiències de separació, maltractament i abandonament… de l’objecte amorós) poden ser dipositades. Aquesta última es vincula a l’amígdala, òrgan de les emocions per excel·lència, que madura precoçment i abans que l’hipocamp (Mancia, 2006)…” Aquests circuits impliquen el cerebel, els ganglis de la base, l’escorça cingulada, l’ínsula i les àrees temporal, parietal i occipital de l’hemisferi dret que són les que formen part del cervell emocional (Gainotti, 2001, citat per Mancia, 2006). Les experiències de la primera infància, i també les del trauma precoç, no es poden dipositar en la memòria implícita, l’única disponible a l’inici de la vida i actuen, a vegades d’una manera molt patològica i danyosa, en les relacions amb els altres” (Mancia, 2006). Des de la meva perspectiva, la recuperació d’aquests pacients transcorre per la reconstrucció de l’objecte estètic perdut o deteriorat per experiències nefastes precoces, mitjançant la reconstrucció d’un objecte estètic transferencial que rescati la sensibilitat i l’emoció i moduli el dolor.

 

La paleta de mites i obres d’art

 

Les vivències traumàtiques precoces tendeixen a reeditar-se en la relació amb els altres, projectar-se fora del subjecte o inscriure’s en el cos. Accedir-hi és difícil, es necessita per part de l’analista una sensibilitat corporal i estètica, que més enllà de les paraules, atengui les múltiples transformacions de la vida onírica, i rescati imatges que puguin omplir el buit de representacions. Aquest és el camp per excel·lència de les múltiples formes que adopta la identificació projectiva: comunicativa, in-trusiva, envolupant, passiva. És primordial que el psico-analista presti atenció a la musicalitat de la veu, la modulació, el to i ritme i a les imatges descrites pel pa-cient, alhora necessita nodrir-se de la lectura poètica, els mites, la literatura, la música i la contemplació de l’art. Bion suggeria que els analistes haurien d’estar fami-liaritzats amb els mites i les obres d’art, les pintures i les escultures, com els científics ho estan amb les fórmules matemàtiques. D’aquells, de l’inconscient estètic, diu Bion (1992), va néixer la psicoanàlisi.

 

Amb la capacitat de sorpresa del psicoanalista envers les imatges oníriques inconscients, que tenen un gran potencial de desencadenar múltiples vies associatives, probablement naixerà la sorpresa del pacient i una expe-riència emocional compartida. La vivència atenta del lloc i moment presents, la història emocional reflexiva dels esdeveniments del procés analític durant la reconstrucció estètica de l’objecte estètic i la utilització del recurs de l’art ens ajudaran a rescatar i rehabilitar un inconscient estètic deteriorat, que mitjançant la identificació projec-tiva es trobava dissociat fora de la persona, desconnectat sense possibilitat de verbalització i afectant plenament les seves relacions. Aleshores ens trobem en millors condicions de transformar la memòria implícita ajudant el pacient a expressar més creativament les vivències traumàtiques i el patiment inconscient dissociat i dipositat fora de si mateix o inscrit en el mateix cos mitjançant la gènesis i desenvolupament de la formació simbòlica.

La funció simbòlica és l’activitat de la qual sorgeixen tots els sistemes de signes i símbols, tots els llenguatges i codis possibles, cada un suposa per a cada individu, en cada etapa de la vida o situació un vehicle distint, una forma especifica d’enfrontar-se a la realitat, amb itineraris de transformació imprevistos i les seves respectives invariàncies.

 

L’ art en la infància

L’art en la infància és un vehicle personal que s’escapa de les exigències quotidianes de l’aprenentatge tradicional i la lògica compartida. Permet al nen (i a l’artista adult) d’endinsar-se en allò que el preocupa, una necessitat diferent a la imposada per l’obligació escolar o la vida quotidiana. Tanmateix, l’ensenyament oficial del llenguatge marca uns itineraris fixos i reduïts, que sos-treuen la poesia i la música de les paraules i les imatges. Aquesta manera de fer dissocia uns llenguatges dels altres, els supedita o elimina. Tots hem tingut nens en tractament que han disminuït el seu afany de coneixement en impedir-los dibuixar a classe.

L’art, com els somnis, són formes d’expressió de vida onírica, un intent d’elaborar el que més ens emociona, oferint-nos l’oportunitat de trobar-nos a nosaltres mateixos i aconseguir una major llibertat. L’art dels balbucejos musicals i els gargots neix d’un imperatiu anterior al llenguatge verbal i la paraula escrita. L’expressivitat d’allò que no pot ser comunicat per mitjans proposicionals i l’impuls implícit o explícit de satisfer el goig estètic fan necessària l’existència de l’art tant en la dimensió filo-genètica com en l’expressió transferencial i biogràfica. L’art és necessari a l’home perquè compleix una funció diferent als altres sistemes de representació del món. Per tant, el nen que dibuixa i accedeix al teatre del joc sense pautes preconcebudes, partint del gargot inicial i del gest espontani fins a configurar el dibuix o el joc, construeix un context virtual en què integra factors expressius, estètics i comunicatius (Belver et al., 2005). Realitza una doble proesa: aconsegueix una capacitat per expressar continguts significatius i genera significat.

En aquest sentit, D. Meltzer pensa que el pensament simbòlic precedeix al pensament verbal i al pensament lògic i és font d’una imaginació creadora, on l’objecte i la seva vivència es representen. Imatges i paraules poden relacionar-se entre si de manera complementària, creativa o empobridora. Quan el nen atorga significat a un traçat informe entra en joc la funció simbòlica, de manera que se sent capaç de fer evolucionar un significat que l’inclou. És agent d’una empremta gràfica els trets de la qual l’impliquen a ell i a alguna cosa exterior. Aquest compro-mís emocional activa els potencials de resiliència per enfrontar les adversitats de la vida.

 

Art, ètica i coneixement

En el model de Meltzer, els objectes estètics interns tenen una gran força vital i la funció d’impulsar l’individu a la realització de les aspiracions de l’ideal del jo, com l’aforisme de Keats (1820) en la seva Ode on a Grecian Urn: “Veritat és bellesa i bellesa és veritat”. Aquí, Donald Meltzer uneix art, ètica i coneixement. La bellesa de la poesia fa que cada cosa sigui interessant i amplia el nostre camp de visió i coneixement de la realitat. El mateix pro-cés analític es converteix per al psicoanalista i l’analitzat en un objecte estètic.

La primera alimentació en el pit, veritable acte íntim d’amor, afavoreix que el recent nascut es vinculi amb emoció a l’objecte i l’introjecti en el seu interior com un objecte combinat vivificant, contenidor i creatiu, que esti-mula l’aprehensió del “fet seleccionat” i encén l’espurna del pensament, la troballa D (Bion, 1963). Aquest es reté mitjançant “la introjecció d’una imatge visual, sonora, gestual, epidèmica, olfactiva en conjunció: són els primers protosímbols. La seva experiència requereix la necessitat de retenir aquest fet en la ment amb successives i diverses connexions, que contribueixen a formar una xarxa d’imatges i paraules vinculades a l’emoció formant part d’un sistema estètic, continent corporimental que envolupa i substitueix la matriu corporal perduda” (Bion, 1963).

També existeixen imatges de vivències traumàtiques precoces que sorgeixen d’un fet viscut com a trauma. Si aquestes imatges poden ser contingudes i metabolitzades per l’objecte amb sensibilitat estètica, podran ser temperades per noves imatges i la prosòdia de les paraules i, a poc a poc, tindran un nou sentit i significat que fructificarà en el naixement d’altres més modulades. Aleshores, ja són somiables, revitalitzen i desperten sorpresa, desconcert i anhel d’aprofundir en el coneixement del vincle analític possibilitant la transformació del que està inscrit en el cos o fora del subjecte. Aquestes imatges estètiques són cabal d’emocions i sentiments, inici d’un pensament confús, que enllaça amb aspectes fonamentals del futur del subjecte i el seu anhel de veritat. Aquestes, mitjançant múltiples transformacions i migracions s’expressen tant en la vida onírica nocturna, a través dels somnis, com en la vida diürna mitjançant la creativitat quotidiana de nens i adults, en els seus jocs i dibuixos, en la poesia, en els mites i en l’art en les seves diverses manifestacions. Allí on l’in-conscient estètic s’expressa i transforma generant des-concert i sorpresa, en l’ampli teatre de l’existència humana. Ens situem al cor de la Fila C de Bion, en la revolució estètica. La capacitat de tolerar la turbulència emocional i la ignorància amb capacitat negativa són invocades en la passió de les relacions íntimes i en l’art. Ens trobem en el cor del conflicte estètic, conflicte que desperta l’afany de coneixement de l’objecte estètic crea-tiu, objecte de necessitat i desig: en el treball continu del somni alfa (Bion, 1992). Aquesta tasca implica que la funció alfa romangui activa durant dia i nit, cosa que permet l’emergència de les primeres imatges visuals i el desenvolupament inconscient dels somnis pensaments (Bion, 1959).

 

Magritte i els sistemes onírics

Magritte és un pintor surrealista que aprofundeix en la funció de les imatges i les paraules. Ens aporta nous sistemes onírics i ens ajuda a entreveure aquesta realitat que la mateixa realitat oculta. A Las palabras y las imágenes ressalta: “Un objecte no compleix mai la mateixa funció que el seu nom o imatge”, d’aquí la necessitat constant de l’ésser humà a la recerca de representacions. A Realidad y poesía, manifesta que les relacions entre els objectes, noms, significats i funcions, són molt més dèbils que el que ha proposat la rutina. Proposa diverses tècniques que permeten de veure certes significacions amagades de la realitat, mitjançant la “descontextualització” –boscos formats per balustres de fusta i picarols que suren a l’aire–, “l’associació conflictiva” –un rostre format per un tors femení nu, amb pits en comptes d’ulls i el sexe en comptes de la boca– i “l’associació paradoxal” –núvols que s’esmunyen per portes obertes o paisatges pintats que es confonen amb el paisatge real que representen–. Magritte se centra en les relacions que s’estableixen per “contigüitat i analogia”, suggerint “organitzacions diferents de la realitat, el valor essencial de les quals és de caràcter poètic”. El seu objectiu és un art revelador i crític, que impugna l’ordre establert i consagrat de la realitat com a condició necessària per a l’alliberament de l’esperit. Mitjançant la “confusió” va descobrir “l’impacte provocador de l’afinitat”. A Imágenes en conflicto desitja convertir la mirada en instrument de coneixement obligant-la a pensar d’una altra manera. Un dels procediments és establir relacions conflictives entre les coses, “activant així un poder evocador i poètic que sense aquest conflicte resta ocult. Es tracta de desconcertar la mirada”. Així, en el quadre Les relacions perilloses veiem la imatge d’una dona nua que aguanta un mirall, la imatge que s’hi reflecteix mostra la part posterior del cos. Aquestes imatges en conflicte il·lustren molt bé la confusió de zones geogràfiques pit-natges del bebè descrita per Meltzer. Aquesta última modalitat “el quadre dins del quadre” mostra el mateix paisatge que la tela oculta, “és una metàfora especular que pot perllongar-se fins a l’infinit i d’una insondable reflexió sobra la naturalesa de la pintura i la visió en les relacions humanes” (Magritte, 1999).

 

 

L’inconscient estètic que prové del pensament de l’art

 

La idea de la relació del pensament i del no-pensament s’ha desenvolupat de manera predominant en l’àmbit del que denominem estètica i és una mostra palpable de la continuïtat que hi ha entre la vida onírica i el pensament que es genera en l’art. En aquest article, he recollit i dialogat amb idees de D. Meltzer i J. Rancière de les quals a continuació exposo una síntesi, així com les d’alguns artistes que tracten sobre el tema i ens apropen als sistemes onírics. Aquests, segons Bion (1992) i Meltzer (1988), encara són més variats i complexos que els descrits en una obra genial com La interpretación de los sueños (Freud, 1898) i suggereixen que el millor recurs per conèixer-los és contemplar i aprendre de les manifestacions artístiques.

Les obres artístiques escollides per S. Freud en els seus textos, mostren un sentit en el que sembla no tenir-lo, un misteri i enigma amagats en el que és evident, una “càrrega de pensament” en el detall anodí. Els treballs sobre la biografia de Leonardo da Vinci (1910), el Moisès de Miquel Àngel (1913), la Gradiva de Jensen (1906)… i les múltiples referències de textos literaris –Èdip, Electra, Hamlet, Faust, Safo…, entre altres– el van ajudar a mos-trar el valor de l’inconscient. Totes aquestes figures són testimonis de la presència del pensament en la materialitat sensible i en el que és involuntari, i del sentit i significat que s’amaga en el que és insignificant. S. Freud va poder interpretar fets ignorats pels seus col·legues positivistes, en adonar-se que eren en si mateixos expressió de cert inconscient que existia en realitat. La teoria psicoanalítica va poder ser formulada perquè, més enllà del camp de la clínica, existia també la identificació d’un mode incons-cient del pensament. Aquest és l’àmbit de les obres d’art: efectivitat privilegiada de l’inconscient estètic.

Estètica designa un mode de pensament que es desplega a propòsit de les coses de l’art i al qual in-cumbeix dir en quin sentit aquestes són objecte de pensament. És una idea del pensament segons la qual les coses de l’art són coses del pensament. L’ús del terme estètica per designar el pensament de l’art és recent, utilitzat per Baumgarten (citat per Ferrater Mora, 1991), que va publicar l’article “Estética” (1750) i la Crítica del juicio de Kant (1790). Per a Baugmarten designa el domini del coneixement sensible, d’un coneixement encara confús que s’oposa al coneixement clar i distint de la lògica. Kant manlleva el terme de Baugmarten per designar la teoria de les formes de la sensibilitat. A la Crítica del juicio no reconeix l’estètica com a teoria, i només admet aquest terme com a adjectiu. En el romanticisme, estètica passa a ser del pensament de l’art al pensament generat per les obres d’art i s‘associa de nou amb la idea del coneixement confús davant la idea nova. És l’obra en si, fora de l’autor, que genera pensament. Aquí, el coneixement confús no és una idea menor, sinó tot el contrari, la creativitat del “pensament que no pensa” (Ranciere, 2005, p.24).

Per la seva banda, S. Freud, partint del personatge central de la tragèdia d’Èdip Rei ens diu: “La revelació progressiva i conduïda amb art d’Èdip Rei és comparable al treball d’una cura psicoanalítica”. A partir d’aquesta obra, pot englobar en la mateixa universalitat tres coses: una tendència general del psiquisme humà, un material de ficció determinat i un esquema dramàtic plantejat com a exemplar (Rancierè, 2005).

La posada en escena de la tragèdia d’Èdip Rei és de gran complexitat i, com l’escenificació onírica, joc o dibuix, planteja diferents problemàtiques de figurabilitat, comunicació i significat. Què pot, es desitja i ha de ser o no visible? Quan es peca per mostrar excessivament el que s’hauria d’haver dit? Què cal mantenir en l’interior, ocult i ser subtilment suggerit? Què s’ha de revertir o realçar? És l’art de com, quan i quant es pot saber el que està en joc. Què és o no suportable per a l’espectador, pacient i ana-lista i en quin ritme i seqüència? Com Èdip, el públic, pacient i analista vol saber i rebutja les paraules que re-velen la veritat, que busquen i rebutgen alhora. Qui vol callar i parla malgrat tot, com Tirèsies? I, de quina manera ho fa? Com Èdip, caiem en la temptació d’intrigues en detriment de la imaginació.

En Èdip, hem de considerar la importància del trauma precoç infringit per uns pares que senten horror davant la presència d’un tercer i desitgen matar al bebè; l’abando-nament inscrit en els seus peus perforats i inflats; la por a la mort dels seus pares adoptius i la veritat silenciada: el paper que té el poder en relació amb el coneixement i el maltractament; la força de l’emoció en la fúria que l’em-peny a saber i a anar contra tothom sense escoltar la veritat que reclama; la identificació amb l’oracle que el tanca en un personatge que passa a l’acció, en comptes d’utilitzar la imaginació. La mirada d’Èdip planteja l’ordre i forma de la relació entre el que perceptible i el que és imperceptible, molt en especial del que és visible i el que és invisible. És la ceguesa d’Èdip la que obre els seus ulls al seu món intern, a la possibilitat de veure amb la ment. I aquí Sòfocles planteja la relació entre el que és visible i el que és invisible, el que es pot dir i el que és inanomenable, el que és pensable i el que és impensable, el que és ima-ginable i el que és inimaginable. És l’angoixa existencial davant el que és irrepresentable.

L’essència de la paraula és fer veure. L’escena teatral i l’onírica potencien la seva imatge i la retenen mitjançant la màgia de la poesia de la paraula. Aquesta mitiga l’efecte traumàtic d’algunes visions. La paraula institueix certa visibilitat, manifesta el que es desitjaria ocult i descriu el que és lluny dels ulls. Ens permet de prescindir de les imatges que la mirada de l’home no aguanta i atenua l’efecte traumàtic de l’horror de la visió. L’ordre de la representació de l’obra d’art i la sessió analítica és en certa manera l’ordre entre el saber i l’acció. El drama és disposició d’accions (Aristòtil, IV a C) i la ignorància necessita resoldre’s en el transcurs de l’acció, en un inconscient fora de si mateix. El que queda exclòs, la catàstrofe del saber insuportable, està en el fons de la gesta preedípica i edípica. La visió de l’obra d’art i de la crea-tivitat onírica ens mostra el que es pot anomenar, mit-jançant imatges condensades; de forma poètica sorgeixen experiències sensorials, emocionals, i cognitives de la his-tòria del subjecte i d’una veritat inarticulable que el desconcerta i que en recuperar-se el llança a la recerca de significats en la necessitat d’un nou ordre. En la paraula alemanya Verdichtung (condensació), dicht significa poesia. La imatge en condensació poètica produeix una omissió que després de la sorpresa, produeix associacions en diverses direccions.

La màgia de la paraula, la llum del color sobre la tela, el timbre de l’obra musical, el que tremola en l’escriptura, es converteixen en empremtes del xoc sensible que treuen l’esperit del no-res. Tanmateix, la dependència de l’esperit respecta al xoc sensible tradueix una altra dependència més fonamental que té a veure amb l’alteritat que l’habita. Aquesta, que es pronuncia enmig del temor i el tremolor i és irrepresentable. La virtut de l’art es troba en ser tes-timoni d’aquesta dependència irredimible respecte a la potència de l’Altre, la misèria, el terror o la catàstrofe que desmantella l’esperit, per apropar-se a comprendre quina cosa del món pot ser o no comunicada.

 

La unitat de la sessió concebuda com a somni

En la sessió i més enllà de la sessió, l’analitzat silencia, comunica, juga, dibuixa, actua, narra, dramatitza la seva vida onírica i genera transformacions, en què expressa i omet la presencia/absència de l’impacte i con-flicte estètic, la seva incapacitat vicaria i les migracions transferencials constants entre el que s’ha viscut dins i fora de la sessió.

Això ens porta a acotar i concebre la unitat de la sessió com una escena en què Todo habla (Novalis, 1800). Aquests espais de representació recíproca, en què es dramatitza el somni no nascut i actua el que no es diu, generen, in situ, vida onírica. El no-pensament, el que és invisible i el que no es pot anomenar estan inclosos en el teatre de la sessió. És l’inconscient estètic. La denominada revolució estètica és el pensament inconscient que advoca pel seguiment de les seves transformacions fora de si mateix i no per la negació de la seva realitat. El fet poètic és la simultaneïtat dels contraris mostrats en Èdip i les tragèdies gregues en general. És saber i no saber, adonar–se i no adonar-se, alhora. La profunditat d’aquestes obres assenyala l’articulació de múltiples llenguatges artístics en què la imatge, la musicalitat de les paraules i les emocions i afectes tenen un paper primordial. L’atractiu poètic de la paraula cantada és el balbuceig de la infància del llen-guatge.

És propi de l’art fondre la identitat d’una acció conscient com a desig i una producció inconscient com a procés involuntari necessitat. Aquesta necessitat s’observa en la sessió mitjançant la dimensió estètica de la perso-nalitat del pacient i analista. En l’art, com en la sessió, s’identifiquen un logos i un pathos. Aquesta identitat pot pensar-se de dues maneres oposades: com a immanència del logos en el pathos, del pensament en el no-pensament, o a la inversa, del no-pensament en el pensament.

En termes schellinians (1775-1854), l’art és l’odissea d’un esperit situat fora de si mateix, que es manifesta i es busca en la matèria. Shopenhauer (1788-1906), en canvi, proposa retornar del bell ordre causal del món de la representació al món obscur subterrani i sense sentit. És el món del voler viure nu, de la voluntat paradoxal de no voler res, recusant el model de l’elecció dels fins i de l’adaptació als mitjans. Nietzche (1844-1900) identifica la bellesa apol·línia i la dionisíaca, la primera és una pantalla que pretén esborrar la bellesa pertorbadora, que s’expressa més enllà de les aparences com a bellesa oculta, la qual restarà latent fins a l’època moderna en què la pulsió dionisíaca del goig i del patiment es manifesten en les mateixes formes que pretenen negar-les. Zola, Maupassant, Gogol, Strindberg, Poe, Lowecraft… se submergeixen en la pura absurditat de la brutalitat de la vida, en l’encontre de les forces tenebroses (Rancière, 2005; Cortes, 1997).

La revolució denominada estètica obre l’espai a l’elaboració d’una idea del pensament i d’una idea corres-ponent de l’escriptura. Per a Plató (428-347 a. C.), el logos mut, la paraula muda i loquaç, la paraula escrita, és la que no sap a qui es dirigeix, és la paraula precisa que no es pot dir d’una altra manera. La paraula viva és la del mestre que sap explicitar la seva paraula i reservar-la específica per a aquell a qui va dirigida, per dipositar-la allí com a llavor. És la paraula que fa acte, que commou i persua-deix, que edifica i enforteix ànimes i cossos (Ranciere, 2005).

La revolució estètica de la psicoanàlisi i de l’art busquen una paraula que parla i calla alhora, que sap i no sap, que correspon a dues formes diferents de la relació entre pensament i no-pensament. És la recerca de signi-ficació en el que és mut. És el “tot parla” de Novalis (1778-1801). Tot és traça, vestigi o fòssil. Tota forma reconeixible és eloqüent i porta en si mateix l’empremta de la seva història en els seus múltiples estrats. És Balzac (1799-1850), a La piel de Zapa, qui descriu un antiquari com a emblema d’una mitologia nova. Amb ell, es defineix l’artista i l’analista que viatja pels subsòls del món social o individual. Ells retornen als detalls insig-nificants de la prosa del món el seu poder significant poètic. En el vestit desgastat, en un gest àgil o pesat, el parlar callat o el cop d’un nen, la força o debilitat del traç, la dolçor o violència d’una efímera mirada l’analista troba els elements d’un sistema mitològic (Grimberg, R., 1960). És la revolució de Melanie Klein jugant i dibuixant amb els nens. No hi ha temes indiferents: l’arbre de la vida, o la casa destrossada, els animals salvatges del dibuix, els personatges monstruosos o admirats, la claveguera o el joc d’una nena que vola i se submergeix en les pàgines del seu conte preferit, parlen com ho fa el somni o l’acte fallit. Així mateix, la sessió, com aquest tipus de literatura, també es vincula al pur dolor de l’existir i del morir, a la reproducció de l’absurditat existencial de la vida, ens connecta amb el soliloqui d’aquella paraula que no parla a ningú i que no diu res, amb la vida sense vida, amb la marioneta i el robot i també amb la paraula inscrita al cos. A més és també la confrontació amb el que és desconegut, amb les forces anònimes i in-coherents de la vida.

  1. Freud, que durant tota la seva vida, va ser visitat per escriptors, pintors, músics, antropòlegs… – Hermann Hesse, Thomas Mann, Arthur Schnitz, Rabindranath Tagore, Gustav Mahler, Salvador Dali, Lévy-Bruhl – ens recorda, sobre la matèria de la psíque, que els poetes i els novel·listes són les persones que tenen més coneixement de les formacions singulars del psiquisme humà. El seu saber està més avançat que el dels científics i d’alguna manera els demana que donin suport a una ciència que vol tornar a posar la fantasia, la imaginació, la poesia, la mitologia, la literatura i l’art en el lloc que els correspon (Freud, S. 1906, 1922).

 

Alguns comentaris tècnics

La paraula, el gest o la imatge, que és congruent formalment i funcionalment amb els fets interns i externs i les emocions, adquireix un poder simbolicoemocional que modula el dolor i vincula els afectes i el coneixement. Aquesta integració afavoreix el desenvolupament profund del subjecte.

Abordar la sessió a partir de Todo habla de Novalis, imaginant-la en la ment com si fos un somni amb diverses escenes i modalitats de material oníric és tremendament útil. De l’experiència emocional en la sessió, en la inte-racció de la transferència i contratransferència, seguida pas a pas (Joseph, 1989), sorgeix una imatge onírica nuclear, que és congruent, formal i funcional (Meltzer, 1987) i que condensa amb força el futur del vincle pacient i analista. Es tracta de seleccionar aquesta imatge per oferir-la al pacient com un protosímbol o símbol de la relació afectiva a compartir, contemplar i comprendre mitjançant una exploració activa de les associacions i de les vicissituds transferencials i extratransferencials. Com el teatre dins del teatre de Shakespeare, el somni-imatge dins del somni genera una cruïlla d’associacions generadores de significat i estableix relacions no convencionals.

Eskelinen (1990) destaca la importància que Shakespeare atorga al món intern, i fa referència als problemes propis de la representació teatral i la figu-rabilitat dels somnis. També descriu com, després d’una interpretació transferencial de l’experiència emocional viscuda en la sessió, el pacient pot recordar un somni o començar a construir-lo i cita El somni d’una nit d’estiu (Shakespeare, 1564), quan Teseu diu a Hipòlita:

 

…I l’esguard del poeta,

en un transport inspirat i frenètic,

va del cel a la terra i de la terra al cel

i, mentre el seu imaginar va donant forma

a tots uns elements inexistents,

la seva ploma en fa figures, i, a l’aeri no-res,

li sap donar una residència i un nom….

 

Hipòlita contesta:

 

Però tota la història que han contat

d’aquesta nit, i encara més: la transfiguració

dels seus sentits són millors testimonis

que no pas les imatges d’alguna fantasia;

sembla que tot plegat té una gran consistència,

per més que ens sembli estrany i que ens deixi   astorats.

(p. 130)

 

Quan l’analista, com el poeta i l’artista, estableix un vincle amb l’inconscient del seu analitzat comunicant-li les emocions viscudes i escindides en la sessió, inicia el procés de donar nom al buit existencial i al dolor invisible. D’aquesta manera, s’aproxima a comprendre el trauma precoç i les seves defenses, vivències desconegu-des/conegudes que generen una inquietant estranyesa i afecten el subjecte.

En síntesi, considerem important tenir en compte:

– La comprensió de les defenses i del patiment des-velat de manera específica per l’impacte i conflicte estètic o per la seva pèrdua o deteriorament.

– El desenvolupament d’un vincle emocional que probablement donarà lloc a unes imatges i paraules, que connectades amb l’experiència viscuda en la sessió, posse-eixen un considerable potencial de ressonància afectiva i d’activació de múltiples associacions i de formació sim-bòlica. Aquestes imatges per la seva riquesa onírica hauran de ser seleccionades, contingudes i especialment contemplades, amb l’objectiu de transformar el desman-tellament emocional, el claustre i la inadequada o perversa utilització dels símbols.

– La imaginació per part de l’analista de formes simbòliques que poguessin representar les actuacions del pacient. Fins i tot sense verbalitzar-les (si considerem que no és adequat) ja podran repercutir en l’analitzat.

–La capacitat d’entreveure elements de vida onírica diürna i d’atorgar-los una funció significant que vinculi diverses facetes de la vida de l’analitzat.

Després de valorar les possibilitats de replegament o desenvolupament del pacient com a resposta a la inter-pretació, gradualment, donarem nom, figura i espai mental a cada un dels aspectes mencionats. D’aquest treball, tal vegada podràn emergir diverses personificacions amb veu i rostre, imatge i paraula, ara ja mitjançant verbalit-zacions que contenen un sentit i un significat emocional, i que alhora son formes de representació i condensació del que s’ha viscut en la sessió.

La transformació dels “somnis no nascuts” sorgeix de la “química” de la relació transferencial i contratransfe-rencial i dóna lloc a imatges nuclears significatives.

A partir de l’elecció d’una imatge nuclear inconscient ben d’acord amb la vivència transferencial, continuem el nostre treball analitzant-la com si fos un somni, un “somni no nascut” que desitja veure la llum. Observem que aquesta “imatge nuclear” té un considerable potencial de significació i que, gradualment, adquireix un significat transferencial conscient per a l’analista i el pacient que és rellevant. Destaquem que es tracta d’una imatge onírica que té el mateix valor que un somni i, com ell, condensa una cruïlla de valuoses associacions.

 

La funció alfa de l’analista intenta contenir (Aguilar, 1966) metabolizar el patiment que es troba a la base d’aquesta imatge onírica, imatge que en no tenir estatut de somni, quedava marginada i sense possibilitat de verbalització suficient per subvertir el sistema fanàtic de la personalitat (Martínez, 2001). Sistema que instaura un terror sense nom i impedeix que algunes àrees de la personalitat neixin i es desenvolupin. En aquest sentit, insistim en la necessitat d’escoltar els crits de socors inscrits en el cos. Es tracta d’ajudar el pacient a integrar aspectes de la seva personalitat dissociats i traspassar cesures imprescindibles i crear-ne d’altres.

A l’inici del procés, “les parts no nascudes de la personalitat” són extraordinàriament vulnerables i inde-fenses i necessiten l’atracció, bondat i reciprocitat de l’ob-jecte estètic combinat, així com també el coratge, sin-ceritat i força, qualitats molt necessàries per enfrontar-se a les àrees fanàtiques i tiràniques del mateix individu i del grup, que tanquen el subjecte en un espai claustrofòbic, sense creativitat ni possibilitat d’evolució interna per enfrontar nous mons.

 

 

Vinyeta clínica: El somni-imatge dins del somni

 

En Fernando va començar a mostrar-se retret arran de les complicacions del tercer embaràs de la seva esposa. Sempre deprimit i “en carrerons sense sortida” es limitava a sobreviure, patia cefalees i crisis asmàtiques que li resultaven insofribles. A vegades, pensava en el suïcidi. Tenia dificultats amb la seva dona i els seus fills. No somniava. Fumava molt. La seva mare va morir quan Fernando tenia vint anys. Ell sempre la recorda queixant-se de la fredor del seu pare. Durant la seva infància s’adormia donant-se cops contra el bressol i tenia enuresi primària. Va ser ingressat a l’hospital diverses vegades per asma. La seva germana gran morir abans que ell nasqués.

La imatge dels “embussos de trànsit” sense sortida lateral era freqüent a les sessions. Vaig tractar aquestes imatges com si foren un somni-imatge dins del somni-sessió. Després d’analitzar identificacions projectives i adhesives, vaig començar a interpretar com es desconnectava del desconcert que li produïa la nova situació analítica. Li vaig comunicar que tenia la creença i la por que no podria aguantar el seu desassossec en l’“aquí i ara” de la sessió, temia una insofrible situació de “carreró sense sortida”.

Sense saber per què, el seu dolor em feia pensar en un dolor metàl·lic, que tallava la respiració i que no se sabia d’on provenia. Li vaig parlar del seu temor de quedar-se atrapat en la calidesa de la nostra relació i de l’inici d’un desgel emocional que l’inquietava molt i li feia por que el buidés. Em vaig recordar d’un poema de Valente (1992, p. 23): “¿De qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?”, que d’alguna manera va estar present en la interpretació.

Aquesta el va emocionar i el va fer pensar. Em va dir que sense saber per què els seus fills milloraven i que necessitava venir encara que només fos per a ells. L’embús va començar a disminuir i el desgel va tenir lloc, i va plorar moltíssim!. Comprenent el material de la sessió a la llum de l’experiència emocional de la transferència, li vaig interpretar que estava dissolt en la seva pròpia mirada i que en el seu mirall esborrava la seva imatge i la meva del seu interior.

Després del cap de setmana em va descriure el seu mal de cap i sense adonar-se de com l’impactava, com si fos un somni, em va explicar: “Aquella nit va haver–hi tempesta. Estava amb la meva família quan va sentir uns sorolls estranys. Una espècie de gata, molt gran i blanca, estava embardissada en uns filferros, s’ofegava i no podia sortir. Era estranya, però preciosa. Una colla de joves la miraven, semblava que estigués embogida, amb movi-ments violents es rastrejava i colpejava el seu cap contra unes roques. Patia, però feia por. Els nois van intentar treure-la, però en veure que no podien van decidir matar-la a cops amb uns ferros, per evitar el seu patiment. Jo mirava i apartava la cara, m’era insuportable. Al final, li van lligar una corda al coll i van estirar-la. Ella es movia per intentar escapar. La van treure, però la van deixar mig morta.”

Va abandonar aquesta imatge, i amb detall va explicar algunes dificultats resoltes en la seva relació matrimonial i amb les seves filles. Quan em vaig recuperar de l’impacte, li vaig parlar d’aquesta imatge viscuda com un somni, i que de manera brusca irrompia en la sessió: aquesta gata perduda i atrapada, embardissada, ferida, donant cops de cap en un intent de trobar una sortida al seu patiment. Li vaig parlar també del seu mal de cap i de la seva infància donant-se cops de cap per adormir-se, dels innumerables carrerons sense sortida lateral, dels moviments violents i del dolor metàl·lic. Molt emocionat, em va dir que volia que la seva ànima ajudés el seu cos, que durant el cap de setmana em va veure dins seu, va pensar en mi i va aguantar, però s’havia espantat molt.!

La interpretació d’aquesta imatge onírica que tant ens va impactar a tots dos, va significar un progrés i també admiració pel mètode analític. L’endemà, em va comunicar el seu primer somni: “Un grup de persones estaven en un espai molt ampli, hi havia molta llum. Era un lloc preciós. Sabien que es moririen, o bé de set o bé d’un tret al cap. Un grup de gent s’acostava per darrere per matar–les. Elles no podien fer res para evitar-ho”. El pacient s’ho mirava des de fora i pensava: “Déu meu!, saben que moriran i no puc, ni poden fer res per salvar-se, quin patir!”.

 

D’altra banda, una tia materna poc després del naixement del seu nét li va explicar: “El teu embaràs es va allargar perillosament. La llevadora ens va dir que paties, portaves massa temps encaixat, semblava que et desviessis del forat de sortida, i premies amb el cap a la paret de l’úter per sortir. El part va ser llarg i difícil, portaves dues voltes de cordó. Hi va haver tensions en l’equip que us atenia i el teu pare tan tranquil va arribar tard, havia tingut molta feina. Al final, et van treure amb fòrceps amb el cap deformat, però et vas recuperar.”

 

*******

Pròsper ens adverteix a La tempesta (Shakespeare, 1954), sobre les ansietats catastròfiques d’un naufragi del món intern. La representació teatral, com el procés analític, és a la vegada figuració i realitat psíquica, que ens protegeix de perills reals. Les fantasies, sensacions i desil·lusions se succeiran en l’obra com en el procés analític. Ambdós apareixeran figures monstruoses –Caliban, sense llenguatge (funció beta) –, deïtats i harpies. Ariel donarà forma i imatge als desitjos i fantasies de Pròsper creant els seus somnis (funció alfa). Fernando, arriba a l’illa després del naufragi-naixement i comparteix amb Miranda l’impacte estètic, l’amor a primera vista i el sentiment de reciprocitat, reedició de la primera trobada del bebè i la mare. Ells reconeixen les invariàncies i descobreixen la bellesa de l’objecte.

 

Miranda: ”¿Què es allò? ¿Un esperit? Senyor, com

mira pel voltant! I creieu–me que fa goig,

Senyor! Però no és més que un esperit.”(…)

“Doncs, jo de bona gana

diria que és divi, que res tan noble

no he vist mai entre coses naturals”. (p. 151)

 

Aquest mateix reconeixement de les invariàncies el trobem a L’Odissea, cant a l’insight de l’objecte intern combinat, que a pesar dels anys i els innombrables avatars permet a Ulisses i a Penèlope el reconeixement mutu en pensar en l’habitació nupcial feta d’arrel d’olivera, símbol del vigor i de la terra d’origen.

 

La vivència de la transferència i la cesura, i el recurs de l’art afavoreixen l’aprehensió d’imatges oníriques de la vida quotidiana. La possibilitat d’aprehensió de la imatge-somni està directament connectada amb el fet seleccionat que emergeix de l’emoció transferencial enllaçada amb els crits de socors que provenen del cos. L’escolta atenta del que està inscrit al cos i l’estimulació de les parts no nascudes de la personalitat afavoriran el despertar de la sensibilitat estètica (fins ara anestesiada, mancada o perduda) i el desig.

Silenci, visió, gest i paraula es teixeixen o se esquincen en un íntim diàleg de vincles d’afecte i coneixement. Si en aquests vincles preval una actitud d’ajuda mútua s’anirà aconseguint una narrativa més congruent amb la imatge onírica i els fets interns i externs. Aquesta tasca intrapsíquica i transferencial contribueix a transformar l’objecte pla i la idea única en un grup d’objectes interns, calidoscopi de vivències i perso-nificacions en comunicació dialogant. Aleshores, tal vegada estarem en millors condicions per abordar el diàleg entre els aspectes “prenatals i postnatals” (Bion, 1979), entre el inconscient no reprimit i el reprimit, i per accedir a noves realitats oníriques: imatges, accions i paraules amb potencial transformador de vivències traumàtiques precoces i de la sensibilitat corporal i mental del subjecte. El sentiment estètic de reciprocitat que emergeix en aquesta nova situació afavoreix la comprensió, l’amor per la vida i l’interès per la veritat i permet donar llum als “somnis no nascuts”, a la imaginació creativa i al pensament lliure.

En el procés analític, estan implicades dues persones, dues sensibilitats corporals, afectives i mentals. L’impacte i el conflicte esteticoemocional que sorgeix entre elles es centrals, es el cor mateix de la vida onírica, la passió i la formació simbòlica. En aquest sentit, l’analista amb la seva funció alfa actua com Ariel, donant forma a la imaginació, sensacions i fantasies de Pròsper-pacient, i,   contribueix a l’emergència, figurabilitat i verbalització del patiment irrepresentable i del goig. Neix, Eros en conflicte, amb capacitat de lluita i creativitat.

 

 

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UNGAR, V. (2003). “El juego. Su relación con la fantasía y la imaginación” en Centre Alberto Campo: El Joc. Construint Realitats, V Jornada Centro Alberto Campo, Barcelona, 4-15.

 

VILOCA, L. (1999). “Ansietat catastròfica: de la sensorialitat a la comunicació”. Conferencia impartida en la Sociedad Española de Psiconanálisis. Junio.

 

VALENTE, J. A. (1992). No amanece el cantor, Barce-lona: Tusquets editores.


APRENDIENDO CON MELTZER:

MOSTRAR AQUELLO DE LO QUE SE HABLA

 

Antonio Murillo

 

 

 

En octubre del año 2002, cerrando el Encuentro Internacional que organizó el Grupo Psicoanalítico de Barcelona (GPB), Donald Meltzer nos dejó una hermosa conferencia a la que tituló, in situ, “Buena Suerte”. Tenía una atmósfera de despedida. De hecho, para muchos de nosotros lo fue. Una despedida repleta de emoción, una extraña mezcla de tristeza y esperanza que, como las cosas que de verdad valen la pena, uno vuelve a evocar cada vez que relee el texto. Y en esa relectura van apareciendo a la vez cosas nuevas, porque fue una comunicación densa e inspirada. Y aunque es tomándola en su totalidad como tiene más sentido, escogeré algunos fragmentos para plantear algunas sugerencias. Por ejemplo, cuando dice que “el método no se explica, sino que se muestra”.

 

Tuve la oportunidad de entrar a formar parte del GPB en 1998, por lo que pude asistir a algunas supervisiones con Donald Meltzer, en Oxford y en Barcelona. En mi expectativa preformada anterior a estos encuentros no dejaba de haber un sentimiento de tristeza por no haber estado antes allí, pues no es infrecuente que un autor se empeñe en sus últimos años en demostrar la exactitud de su legado. Mi sorpresa fue asistir al despliegue de un pensamiento desprejuiciado incluso de sí mismo. Sin perseguir la explicación causal, uno podía acercarse más a la complejidad del paciente. La actitud de Meltzer en esos encuentros, que mostraba, más que explicaba, no gra-tificaba la necesidad de explicaciones respuestas, sino que abría caminos. Pero no era una actitud exclusivamente referida a los pacientes…

En noviembre del año 2000, Donald Meltzer vino a Barcelona. Los componentes del GPB teníamos muchas expectativas puestas en ese fin de semana, pues no sólo íbamos a presentar material clínico, sino que le íbamos a exponer nuestra intención de organizar el Encuentro Internacional de 2002 al que me referí más arriba. Habíamos decidido organizar dicho Encuentro después de muchísimos debates: sobre la oportunidad o no de pre-pararlo nosotros, sobre cómo denominar al evento, sobre delegar o no los aspectos organizativos, sobre la meto-dología a seguir con los trabajos presentados, sobre qué título podría ser adecuado… Dudo que haya habido mu-chos Encuentros, sean del tipo que sean, más debatidos que el nuestro… Y allí estábamos, exponiendo todo esto y esperando “algo” de Donald Meltzer. Y Donald Meltzer, empeñado en “mostrar” el método incluso en esa ocasión tan acuciante para nosotros. Con sus silencios, con aso-ciaciones misteriosas que no contestaban en forma directa a nuestras preguntas, con su humor a veces rozando la provocación… Nosotros hablábamos de homenaje y él decía que había que electrizar a los asistentes… Nosotros buscábamos un título suficientemente meltzeriano, o bioniano, y él hablando de revolución diaria, peleas y aguijones… Nosotros buscando una metodología para que los trabajos llegasen al Encuentro después de una elaboración previa, y él insistiendo en la importancia de lo chocante y en el desgaste de las palabras… No sólo estaba “hablando-acerca-de”, sino que estaba “mostrándolo”. Nos electrizaba para que hubiera corriente, nos provocaba para ver si podíamos defender nuestros argumentos, se peleaba juguetonamente con nosotros para ver si de verdad queríamos seguir adelante… En un momento determinado de la reunión, Catharine Mack Smith le dijo: “Quizás no les estás ayudando mucho…”. Y Meltzer contestó: “Les estoy animando a que piensen sobre ello”. Para pensar sobre ello, había que superar la perplejidad y la incomodidad, hacerse cargo de las emociones electri-zantes, creer que había un sentido en todo aquello… Ya casi al final de la reunión, uno de nosotros dijo: “En este momento nos estamos replanteando el título, la trayectoria del congreso y hasta el congreso en sí”. Y Meltzer dijo: “Es lo que hay que hacer. Repensar todo, replantearse”. Y nos despedimos, electrizados pero no electrocutados. Y los componentes del GPB organizamos el Encuentro del 2002, como pudimos y supimos. Lo titulamos “Genera-ción de significado en la experiencia analítica: Misterio, turbulencia y pasión”. El había sugerido algo así como “El misterio y las especies en extinción”, o “El misterio es una especie en peligro”.

 

Esta actitud, esta manera de asumir y contener el material que he tratado de describir, está teñida de un estilo, un estilo meltzeriano. Pero no es una actitud exclusiva de Meltzer. Si él lo hubiera creído así, habría intentado explicárnosla. Pero al mostrarla, sabiendo que eso nos electrificaría, era como si pensase en estimularla en cada uno de nosotros. Por tanto, no es una actitud que se transmita. Quizás pueda contagiarse a partir de algo que ya existe dentro de cada uno, se le llame pulsión epis-temofílica, vínculo K, amor a la verdad, o como sea, si se dan unas condiciones adecuadas de electricidad o pasión. Y, por tanto, no aprendíamos de Meltzer, sino con Meltzer.

 

¿Cómo incide en la clínica el compromiso con esta actitud?

Estamos tan acostumbrados a contestar “sí” o “no”, y a tener un pensamiento lineal causal, que cualquier mo-vimiento por fuera va a provocar una gran perplejidad en los pacientes. Tratar las cosas desde la perspectiva de la generación del significado y de la tolerancia al misterio, electrificando o apasionando, es posible cuando el pacien-te puede entrar en un estado mental en el que busque ser entendido, más que explicado. Por otro lado, es un camino muy arriesgado para el terapeuta, lejos de la comodidad del “yo sé lo que te pasa”. Puede ser un camino “diver-tido”, como Meltzer dice en “Buena suerte”, pero es una diversión arriesgada. ¿Para qué ese riesgo?

 

Responder sistemáticamente las preguntas con un “sí” o un “no” puede ser mucho más tranquilizador. Y lo mismo ocurre con la inercia de explicar el por qué de las cosas. Se “explica” cuando, seguramente acuciados por el “qué-tengo-que-hacer” de los pacientes, no se aguanta el pánico a la ignorancia, de un lado y de otro. En otra rica conferencia, “Sobre la formación de símbolos y la alegoría” (Florencia, año 2000), Meltzer decía: “…la posición del analista con respecto a su paciente es la de estar expuesto a la urgencia del paciente de que se le explique. Por tanto, el psicoanalista está tentado de dar explicaciones. Uno se encuentra a sí mismo utilizando esta palabra peligrosa –porque, porque, porque…– que conduce a una degradación interminable”.

En una supervisión, nos insistía en la necesidad de desmarcarse de presuponer que siempre hay un proceso lineal causal, que cada cosa sea la causa de otra. Citaba a Wittgenstein para hablar de “similitud familiar”, refirién-dose a una red de relaciones que no son causales. Dife-renciaba razones de causas. Y nos comentaba que la línea del pensamiento causal fue revolucionaria en el campo de la antropología, y que su influencia en el psicoanálisis llevó a la sobrevaloración de la línea genética y del concepto de trauma. Concepto del que es muy difícil deshacerse, porque es muy seductor.

 

Preguntar y responder con la pretensión de explicar y dar con las causas, puede ser muy útil y adecuado en muchas disciplinas. Pero, para Meltzer, “¿por qué?” es una pregunta inútil cuando hablamos de emocionalidad. En esa misma supervisión, nos decía que “la emocio-nalidad no tiene que ver con la causalidad, sino con una combinación de colores que armonizan o no armonizan”.

Este modelo pictórico apunta hacia la subjetividad, hacia la comunicación de algo que cobra sentido en el ámbito de la intimidad. Es más descriptivo que expli-cativo. Cuando se espera que se genere un significado, es decir, que cobre ese sentido pictórico algo que no lo tenía, se está poniendo el acento en un mundo propio e idiosincrásico. Cuando se busca la explicación, se remite al paciente a la teoría. La explicación cierra, satura, hace creer que “sabemos”. Nos permite quedarnos con la idea tranquilizadora de que hemos dado con la causa y eso nos permitirá saber qué hacer. En cambio, el ámbito de la generación del significado es más ambiguo, induda-blemente más frustrante de entrada. El perseverar en esa actitud pone a Meltzer del lado de la esperanza en la puesta en marcha de un proceso, del desarrollo más que de la “curación”. El significado no llega cuando uno quiere: hay que esperar. Y se trata de una espera paciente, aunque no pasiva.

 

Meltzer nos había dicho, dos años antes –no sabíamos si bromeando o no– que, en el Encuentro del 2002, habla-ría sobre el peligro de extinción que corre el misterio. “Buena suerte” no habla del misterio exclusivamente, pero está impregnado de ello. Uno podía pensar en primera instancia en una visión más sociológica del tema, en asuntos tales como la posibilidad de “leer” el código genético, la intrusión en la intimidad que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación o el alienante efecto del lenguaje político y publicitario. Pero Meltzer habló de psicoanálisis, y utilizó la palabra misterio para referirse a “algo” que ocurre entre el analista y el paciente, o quizás al proceso que ocurre en el paciente gracias justamente a que el analista permite, con cierta inercia, que ocurra.

 

A mitad de la conferencia, aún no sabíamos el título de la misma. Lo que podía parecer un pequeño despiste de genio resultó ser, de nuevo, mostrar aquello de lo que se está hablando. Nada de “hablar acerca de algo”, sino hacerlo vivir. Quiero transcribir íntegramente un frag-mento de la conferencia para que se pueda captar mejor el sentido: “Es como esta charla. Alberto Hahn me preguntó cuál era el título y yo no lo sabía. Dije: tendrás que es-perar hasta el final para descubrir cual es el título. Bueno, esto también es cierto con el análisis: siempre tendrás que esperar para saber qué ocurre. O, ¿es que no ocurrió nada? Aquí está el misterio: algo bastante misterioso ocurrió, y ocurrió en este espacio creado por el analista y el paciente, en este espacio mitológico de realidad psíquica. El paciente descubre experiencias que nunca había tenido anteriormente, y le dice al analista que nunca antes había tenido esta experiencia. Y el analista le cree porque quiere creer que algo ocurrió, lo cual realmente no se puede definir, pero que ha ocurrido en el espacio biónico de la ausencia de memoria y deseo –más correctamente llamado ignorancia. Lo cual requiere una especie de relajación y confianza en el proceso analítico como algo que tiene su propio impulso y que encuentra un medio de expresión que va más allá de las palabras. Es el espíritu “.

 

Creo que el lenguaje de Meltzer, por lo menos el que yo viví en supervisiones y conferencias, tenía la categoría de “misterioso”. El relativizaba la importancia de las palabras y decía valorar más la música, en la comuni-cación. Pero en cambio conocía mucho el lenguaje, y una de sus aportaciones más ricas residía en la sutil dife-renciación entre palabras, aparentemente próximas, que dan lugar a mundos de significados y valores muy lejanos. Por ejemplo, entre opinar y juzgar, entre el secretismo y la privacidad, entre negociar y ponerse de acuerdo, entre la excitación y la emoción, entre descubrir e inventar

Digo que ese lenguaje tenía la categoría de miste-rioso, porque podía ser frustrante si no se entendía deter-minada asociación, pero estimulaba a seguir pensando. No digo que esto lo consiguiera siempre: hay quejas sobre lo difíciles que son algunos de sus escritos. Pero en cambio, sobre todo en la intimidad del espacio que solía conse-guirse en los seminarios, la dificultad en seguirle no electrocutaba ni congelaba, y sí electrizaba y apasionaba. Sigue produciendo el mismo efecto cuando se vuelven a leer las transcripciones. En ese sentido, el “espíritu” al que se refería más arriba, sigue ahí.

 

Claro, el terror a la ignorancia, entre otras razones, puede llevarnos a parafrasear a Meltzer, a ser intrusivos o a congelar nuestra capacidad de apasionarnos, de la misma forma que lo pueden hacer nuestros pacientes con nosotros. Son formas de extinguir el misterio. El misterio es una especie en peligro de extinción… en cada sesión, en cada momento. Está en peligro de extinción cuando uno cree ser otro, o estar dentro de otro, por ejemplo. Es emocionante el fragmento de la conferencia en el que Meltzer se refiere a este aspecto:

“He descubierto cosas, desde luego. He descubierto cosas acerca de mí mismo que de hecho resultaron ser también cosas acerca de los demás. La cosa principal es la exploración de la identificación proyectiva: la actividad intrusiva de entrar en los mundos de otras personas, como persona no invitada, donde has sufrido los dolores de la claustrofobia, donde te has sentido atrapado y no sabías como salir –porque no te acordabas de como entraste en primer lugar. Creo que puedo afirmar que esto no lo inventé. Lo descubrí de verdad en mí mismo y, en segundo lugar, en mis pacientes. Fue suficiente para toda una vida… de divertimento”.

¡De nuevo la palabra diversión! A pesar de hablar durante la conferencia del peligro a quedarse congelado en el proceso, a pesar de emplear un concepto tan potente como supervivencia, a pesar de que habló como de pasada de su propia muerte y había mucho de despedida en sus palabras, el juego y la diversión continuaban siendo nombrados y mostrados. Así nos ofreció el título de la conferencia: “Este es el tipo de juego al cual has estado jugando. Ahora bien, la supervivencia en este tipo de juego depende de lo que se llama buena suerte. Buena suerte. Pero cuando traduces buena suerte, quiere decir confianza en tus buenos objetos. Así que al final de esta charla breve puedo contestar a la pregunta breve de Alberto Hahn acerca de cuál debería ser el título de la charla. El título debería ser “Buena suerte”.Buena suerte por la supervivencia que jamás habrías podido planear, y que tuvo lugar a pesar de toda tu inteligencia e ingenio”.

 

Lou Reed cantaba en “Street hassle”: “¿Sabes que algunas personas no tienen elección/ y nunca encuentran una voz con la que hablar/ que puedan llamar propia?/ Así que, lo primero que ven/ que les concede el derecho a ser alguien, / van y lo siguen. / ¿Sabes? A eso se le llama/… ¡Mala suerte!

 

Creo que Donald Meltzer llegó a tener una voz propia, y que nos animaba, no a que hablásemos con la suya, sino a que encontráramos la nuestra.

 

 

 

Bibliografía

 

MELTZER, D. (2000): “Sobre la formación de símbolos y la alegoría”, conferencia en el Congreso de Florencia “El desarrollo del Método Psicoanalítico”.

 

MELTZER, D. (2002): “Buena suerte”, conferencia en el Encuentro Internacional organizado por el GPB en Barcelona, “Generación del significado en la experiencia analítica: misterio, turbulencia y pasión”, publicada en:

 

MELTZER, D., CASTELLÀ, R., TABBIA, C. y FARRÉ, Ll., (2003): Supervision with Donald Meltzer, London, Karnac book.

 

 

 

 

 

 


EL ABURRIMIENTO

Y LA BELLEZA DEL MUNDO

 

Carlos Tabbia

 

 

 

Me pareció que lo que distinguía a una obra de arte de un fenómeno natural era que aquella poseía alguna clase de significado.

La belleza es, para el arte, una opción y no una condición necesaria. Pero no es una opción para la vida. Es una condición necesaria para la vida que nos gustaría vivir. Y por eso la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, lo sublime incluido, es un valor.

               Arthur Danto (2005): El abuso de la belleza.

 

poner al bebé en contacto con la belleza del mundo, no sólo la belleza de la madre sino a través de su belleza, la belleza del mundo.

Donald Meltzer (1999): Diálogos…

 

 

La aprehensión de la belleza del mundo, a través de la belleza de la madre, es una condición necesaria para la vida pues abre al mundo de los valores. Esta condición puede ser seriamente obstaculizada a través del fenómeno del aburrimiento pues priva al mundo de significado; y debido a la significación que el aburrimiento tiene para la realidad psíquica es que se intenta comprenderlo. Se requerirá una mirada curiosa frente a la no-curiosidad –esencia del aburrimiento– para des-velar este fenómeno tan deletéreo para la vida emocional.

En este sentido, y a través de una aproximación pro-gresiva, se expone cómo el aburrimiento vela la aprehen-sión de la belleza y despoja al mundo de valores basados en el reconocimiento –depresivo– del objeto.

 

El aburrimiento y el asombro

 

El aburrimiento se manifiesta como sensación de cansancio, fastidio, tedio; como un estado en el que no se encuentra nada interesante, ni nada despierta curiosidad. Frente al mundo externo se siente desesperanza y hasta aversión, y frente al interno, desinterés porque en el interior no existe nada interesante para conocer. En el aburrimiento hay una incapacidad para vincularse, un estado apático próximo a la indiferencia que recuerda a los bebés pasivos, incapaces de sostener la leche en la boca y que no pueden prenderse al pezón. Tanto en la vida cotidiana como en la clínica se dan experiencias reiteradas del aburrimiento, que provocan reacciones de incomo-didad y rechazo. Por ejemplo en la sesión se puede estar expuesto a un relato anecdótico, banal y superficial que imposibilita el evocar, imaginar y haga sentir que nuestras funciones mentales se tornan cada vez más torpes. Cuando uno logra sacudirse ese estado letárgico se puede preguntar si el paciente está intentando colocar en el analista un objeto cochambroso para conseguir una transitoria liberación, si sólo está intentando mantener alejado al analista, o si es una indicación de su imposibilidad de establecer una relación. A todas estas manifestaciones del aburrimiento se pueden añadir la pobreza de imaginación, la ausencia de misterio, el pensamiento concreto o la transferencia preformada (“las cosas son así”) que alejan la posibilidad de asombrarse, origen del pensar desde los presocráticos. Tan omni-presente es el aburrimiento que se lo podría pensar como el síntoma contemporáneo, el cual denunciaría que ni la belleza, ni los valores ni el pensamiento tienen lugar en un mundo en el que predomina la prisa, la eficacia, el ren-dimiento y el éxito sin miramientos… En ese sentido, creo que actualmente “el malestar en la cultura” se enraíza en la anestesia de la curiosidad y en la pretensión de reducir a la persona a la categoría de un consumidor obediente. Sin embargo, tanto por la experiencia de la observación de bebés como por la clínica y los poetas, se sabe que la bús-queda del objeto materno es una potencialidad primaria del neonato; entonces cabe preguntarse ¿qué ha pasado con la pulsión epistemofílica?, ¿qué sucederá para que una persona se aleje de la belleza del mundo y, por el con-trario, se refugie en un estado en el que rechaza el olor, el sabor y el color del mundo?, ¿qué ocurrirá para que se detenga el impulso vehemente de la imaginación y evite el nacimiento de una nueva idea, aguijoneada por la com-pleja maravilla del mundo?, ¿qué obstáculos se habrán interpuesto para detener el impulso al desarrollo, im-pidiéndose descubrir el interior del objeto presente?, ¿qué extrañas circunstancias intervendrán para que el aburri-miento funcione como si fuera una densa mancha de fuel-oil que se extiende sobre las olas del mar intentando ahogar la vida marina?

A la persona apasionada le resulta sorprendente la sensación crónica de aburrimiento porque la pasión misma le potencia el asombro ante el corazón del misterio, pudiendo convertir al aburrimiento en un tema estimu-lante. En este sentido es alentador el siguiente comentario de W. R. Bion (1982) en el seminario de Nueva York, cuando dijo que un paciente suyo era tan aburrido “que llegó a fascinarme la idea de cómo lo lograba. ¿Cómo podía este hombre conversar conmigo de una manera que se acercaba a lo que llamaría ‘aburrimiento puro’ más que cualquier otra cosa que yo hubiera experimentado nunca? Es por eso que resulta fascinante, despierta la curiosidad” (p. 96). Pero para convertir al aburrimiento en una expe-riencia interesante se requiere, como en todo proceso simbólico, la paciencia “suficiente para que algo llegue a posarse en su lugar, algo que luego podamos expresar en palabras” (ídem). Y para que se comprenda mejor el aburrimiento –esa experiencia vivida por todos en distin-tos momentos de la vida– y se estimule la curiosidad ante la no-curiosidad, es oportuno diferenciar distintos estados mentales en los que se manifiesta. A tal efecto, a con-tinuación, se lo presenta en personas normales o neuróticas; en personas en las que el objeto no funcionó como continente adecuado y facilitó así problemas de simbolización, y, finalmente, en personas con problemas de escisión y que funcionan a través de la identificación intrusiva (Tabbia, C., 2000) como se manifiesta en los trastornos narcisistas.

 

El aburrimiento neurótico

 

El aburrimiento normal o neurótico puede mani-festarse como consecuencia de momentos transitorios de desinterés y puede desarrollarse en distintas circuns-tancias, algunas de las cuales pueden ser agrupadas del siguiente modo:

– Cuando el universal temor a conocer, representado por las advertencias de Tiresias, no empuja como empujó a Edipo, a descubrir el misterio, sino que detiene el ca-mino de la investigación. En este caso, las mentiras, es decir, los mecanismos de defensa ilustran tanto la oposi-ción al conocimiento como la tranquilizadora posesión de un conocimiento aparentemente certero que detiene la interrogación y la torna superflua.

– La dificultad para acceder al conocimiento en-cuentra un aliado excelente en la fragmentación, la ato-mización de la información y/o en el exceso de la misma, que torna entonces imposible la interrogación. Si las uvas son tan inalcanzables, se las verá verdes o no serán ape-tecibles, entonces se renunciará a la pregunta y fácilmente el aburrimiento ocupará su lugar.

– La condición para acceder al conocimiento es reco-nocerse ignorante y esto no siempre es tolerable para la autoestima del sujeto, sobre todo si el entorno familiar o social satisface su sadismo destacando su ignorancia, entonces podría buscar refugio en la negación de su deseo de conocer, desarrollando inhibición mental y consecuen-temente aburrimiento.

– Otra fuente de inhibición es aquella que se deriva de los estados de duelo en los que el sujeto se desinteresa de los objetos del mundo externo y vuelca toda su energía en la elaboración del duelo.

Por lo tanto, el temor a conocer, el exceso y/o defecto de información, la intolerancia al reconocimiento de la propia ignorancia y los estados de duelo favorecen dis-tintas formas de inhibición, que luchan contra el desve-lamiento de la verdad de los fenómenos; son inhibiciones que se hacen manifiestas en el fenómeno del aburrimiento; pero, además, tras este fenómeno subyace una severa oposición al cambio, sobre todo al cambio catastrófico (Bion) derivado del descubrimiento de la verdad de sí mismo, que empuja a devenir una persona diferente. A su vez, cuando se evita el aprender de la experiencia y se encuentra refugio en el aprender “acerca de las cosas” se favorece el aburrimiento porque a medida que se llena de información el sujeto se vacía de pensamientos elabo-rados en su interior. En consecuencia, no se siente sostenido en su interioridad ni apoyado sobre objetos internos vivos y se produce el estado tedioso de insatisfacción y vacío que caracteriza al aburrimiento.

Sin embargo, en estos casos ese suele ser un estado transitorio, porque el centro de la personalidad no está comprometido en la desvinculación y por ese motivo, con la ayuda de un objeto externo y luego interno, general-mente se puede salir más fortalecido de esa dolorosa experiencia.

Pero existen otras personas que se sienten profunda-mente aburridas y que a pesar de su inteligencia son incapaces de superar un estado de incomunicación.

 

 

Aburrimiento y función del continente

 

Si el bebé trae al mundo aptitudes mentales que han sido capaces de desarrollarse a lo largo de millones de años y que lo predispone a convertirse en una persona, ¿qué ha sucedido para que cada vez haya más personas aburridas? Si el mundo está lleno de pensamientos esperando algún autor ¿por qué nos acomodamos a los dictados de los medios de comunicación? Si la naturaleza está tan llena de dorados atardeceres ¿dónde está nuestra capacidad de asombro? ¿Qué le pasa al continente (Bion) que casi no germinan pensamientos? La pregunta del poeta es diáfana:

 

Setenta balcones hay en esta casa,

         Setenta balcones y ninguna flor.

         ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?

         ¿Odian el perfume, odian el color?

 

Baldomero Fernández Moreno (Bs. As. 1886-1950)

 

Tal vez, el temor al cambio catastrófico impida que las semillas toleren perder su forma inicial para trans-formarse y así anidar en un continente y devenir otro, iniciando un nuevo ciclo vital. Pero, ¿qué sucede en aquellas personas que con frecuencia no encontraron un objeto dispuesto a convertirse en continente? ¿Cómo devendrá persona un bebé –que por naturaleza es incapaz de contener la complejidad– si le falta un continente?

 

Un paciente llegó a la sesión quejándose de que le seguían viniendo nuevos pensamientos relacionados con un artículo que acababa de entregar al editor, y dijo que hacía esfuerzos para eliminarlos, cortarlos, porque quería dar por concluido ese escrito. Luego hizo referencia a que su jefa estaba más pendiente de la opinión de los medios de comunicación que del trabajo que se realizaba en el Gabinete y que ese día ella se estaba fijando en un aspecto periférico. Más tarde, asoció que estuvo enfadado con su pareja porque estaba absorbida por un conflicto entre los hijos y en broma, expresó que “todas las mujeres son putas”.

Pudimos analizar su resentimiento contra esa madre que no le prestaba atención, pero al mismo tiempo pu-dimos comprender que identificándose con ella, él no podía prestar atención a los pensamientos que venían para que los acogiese. No podía estar interesado en los pensa-mientos porque había decidido que la tarea ya estaba concluida y que él había “cumplido” con el editor pues le había entregado el escrito. Vimos que no le interesaban los nuevos pensamientos, que emergían como los perso-najes de Pirandello buscando un autor. En ese sentido, él era tan “eficiente” como su madre que saturaba a los hijos con vitaminas pero carecía de curiosidad por ellos. ¿Tan eficiente como las putas? Eficiencia pero sin interés, sin diferenciar entre los hijos.

Decía Donald Meltzer en los seminarios en Barcelona (septiembre de 1986): “El interés demostrado por el pa-ciente parece ser el agente determinante en el caso del análisis. Muchas personas reciben cuidados amorosos pero el interés por la persona en sí es algo diferente y mucho menos frecuente.” El agente determinante del desarrollo no consiste en distribuir vitaminas indiscri-minadamente sino en tener interés, curiosidad por el mis-terio del objeto. Pero si el bebé no deviene un objeto esté-tico para la madre, y si ésta no deviene continente para ese bebé, éste –cual semilla– no podrá convertirse en flor, ni podrá abrirse al complejo mundo, ni tolerará salir al espacio infinito. Si la madre, o el primer objeto con fun-ción materna, es incapaz de sorprenderse ante el misterio del hijo, si no se siente atraída por el misterio del bebé, ella no llega a convertirse en el polo atractivo del desa-rrollo y de ese modo fracasará el vínculo primario que-dando comprometido todo el desarrollo. Recuerdo a otro paciente cuya madre le entregaba cada año un par de calcetines como único regalo de cumpleaños; este pacien-te también se entristecía al ver una foto en la que él, siendo muy niño, estaba con su madre que tenía la cara seria, triste y como si estuviera mirando para otro lado. Su resentimiento por el desinterés materno le impedía en-contrar interesante a su madre, de la que no podía sepa-rarse. El aburrimiento fue la característica de su vida, el cual ni era sacudido por las incursiones en la perversión; él no podía sentirse interesante para nadie si en el rostro de la madre encontraba desinterés. Sin embargo, su impul-so al desarrollo logró que se tornara interesante para mí, en el análisis, hasta alcanzar una vida rica en experiencias y alejado de las perversiones.

Así como los chispeantes ojos de la madre rescatan al bebé del aburrimiento, la ausencia de luz en los mismos impide la internalización de una función digestiva de las experiencias, y sin esa misteriosa función –alfa– el bebé queda mal equipado para la vida emocional y mental. Un buen equipo es el que está presidido por objetos internos valientes capaces de estar abiertos al misterio del mundo y a tolerar los cambios, y al principio el bebé depende absolutamente del equipo mental del primer objeto para poder desarrollar todo su potencial filogenético; sin ese soporte el infante humano puede sucumbir tanto ante la fuerza del objeto que lo enceguece con la luz que pre-tendía iluminarlo, como ante el carácter disruptivo de una nueva idea. Las consecuencias son tan graves como las que descubrimos en los pacientes atrapados en el abu-rrimiento, la apatía, el desinterés; este estado se estropea aún más por el uso de las estrategias defensivas basadas en mecanismos obsesivos y desmanteladores del objeto complejo. Ese equipo, funcionando sin la luz que emanan de unos ojos maternos internalizados, produce una capa-cidad de observación muy limitada, que le impide ver con nitidez y que lo deja prendido de lo periférico y ac-cesorio; esta deficiencia se agrava más cuando es suplida con prejuicios, clisés o con fugaces transformaciones en alucinosis. Con un equipo empobrecido, la respuesta emocional queda desvinculada del mundo y mientras el sujeto se sumerge en un estado de aislamiento, sin estímulos internos, se va construyendo un discurso que no conduce a ninguna parte y que no informa, un discurso aburrido que aburre al escucharlo.

 

 

El discurso aburrido

 

“El paciente –dice Bion, 1982– continúa hablando sobre algo que podría ser descrito como una relación transferencial, pero faltan las dos cosas que podrían unirse: sólo está el fragmento intermedio. Se convierte en una especie de psicoanálisis ‘puro’; no es nada más que transferencia con nadie que esté en la habitación, y escucharle resulta extraordinariamente aburrido. Al cabo de un tiempo reconocemos que el paciente nos está diciendo algo, pero nunca un hecho aprehensible por la vista o el oído. No sabemos nada sobre el paciente, nada sobre su vida privada. ¿Qué podemos interpretar? En un sentido se podría decir que es una analogía, pero una analogía pura; no las dos cosas de los extremos, sino únicamente el vínculo intermedio” (p. 96). Este discurso sin información, lleno de banalidades pero formuladas como grandes intuiciones, es equivalente a una pantalla beta, con pocas posibilidades de ser transformada cuando se pretende ignorar al analista, al oyente. Pero, así como ese discurso aburrido puede ser considerado una defensa, es más apropiado pensarlo como un fallo del desarrollo simbólico. Bion (1982), en La Tabla, nos ofrece una consistente metáfora sobre la dificultad de construir un discurso comunicativo, que tienda puentes entre sujeto y objeto. Al referirse a los puntos de anclaje de la relación, dice que “la boca es uno y el pecho es el otro. Estos dos términos han sido tratados como si fueran las caracte-rísticas esenciales de la analogía. Es en este punto donde se separan el camino del crecimiento y el camino de la decadencia. El pecho y la boca son importantes en la me-dida en que sirven para definir el puente que los une. Cuando los ‘puntos de anclaje’ usurpan la importancia que corresponde a las cualidades que deberían comunicar al puente, el crecimiento se deteriora” (p. 40/1).

La imagen del puente es muy sugerente para el tema de la función vinculante del discurso; el puente cumple su función cuando es capaz de unir dos orillas sorteando, por ejemplo un río, ese obstáculo que impedía la libre circu-lación/comunicación; pero puede surgir un problema serio si no se quiere abandonar las orillas para superar el vacío, arriesgándose a pasar por encima del río. Comple-mentando esta metáfora, podría suceder lo opuesto: cons-truir un aparente puente pero sin apoyarse en las orillas. En ambas situaciones, ni la representación ni la función comunicativa se producen. Haciendo una comparación, el discurso aburrido es equivalente a construir un puente sin contactar con las orillas, con la realidad, mientras que un pensamiento concreto aparece ante la imposibilidad de separarse de las orillas para arriesgarse, mediante la abstracción y la intuición, al salto al vacío implícito en la generación de un pensamiento.

Estas dificultades en la simbolización contribuyen a que el discurso aburrido tenga características de superfi-cialidad, trivialidad, contacto periférico, propio de las estructuras infantiles. Meltzer (1997) considera que la superficialidad “por su falta de imaginación, su insensi-bilidad respecto de los sentimientos de los demás y su materialismo” (p. 183) produce un carácter prosaico, que niega toda realidad psíquica, funcionando entonces como un puente que no conduce a ninguna parte. Al estar encerrado en un discurso incomunicativo, la persona abu-rrida no puede salir al mundo y trascender las sensaciones epidérmicas, quedando más prendada de las gratificacio-nes de los puntos de anclaje que de levantar vuelo hacia el pensamiento.

Esta dificultad de trascender el hedonismo está, tam-bién, en la base de la superficialidad de las personas aburridas, quienes con el poder de su lengua, o con la estimulación de sus mucosas (oral, anal) pretenden crear el mundo, en una clara competencia con la fecundidad de la madre y del padre. Si el primer paso para convertir los objetos en mentales y sacarlos del nivel sensual es la observación de la experiencia emocional, la superficia-lidad es una manifestación de la oposición a esta expe-riencia. En ese sentido, una manera privilegiada de obstaculizar la observación es su derivación hacia la excitación, que desemboca en la evacuación; de ese modo no existe desarrollo simbólico sino acumulación de pala-bras huecas, sin emoción, que fomentan un aburrido pseu-do aprendizaje. La restricción de la imaginación completa este mundo aplanado sobre el que se sostiene el discurso vacío, el cual se torna aburrido por lo difícil que resulta encontrarle un sentido o representación de un estado mental. Retomando la imagen del puente, diremos que el sentido no ha podido emerger porque la función alfa no se pudo desplegar ante la intolerancia a separarse del mundo sensual y concreto.

Meltzer se ha referido en distintas ocasiones a la estupidez o a la necedad de algunas personas que, siendo ignorantes hablaban como si fueran sabios. Meltzer (1997, p. 495) decía que “la estupidez confunde la forma exterior con la belleza interior y se ven ‘secretos del éxito’ en lugar del ‘corazón del misterio’”. Hago referencia a estos aspectos porque están presentes en el discurso aburrido, sobre todo en los pacientes pseudo-maduros. Esto me recuerda el caso (Ver Supervision with Donald Meltzer, 2003) de un ingeniero que era una persona muy superficial, pero que presumía de su ‘especialización en las formas puras’ lo cual, contrastado con su ineptitud global, provocaba tanto una sonrisa como cierto espanto, porque parecía el discurso de un niño sentado sobre las rodillas del papá; desde ese sitio era capaz de grandes discursos llenos de palabras que no decían nada y que sólo generaban aburrimiento. Era tan bidimensional que estaba incapacitado para la observación imaginativa y como se quedaba siempre en la superficie del objeto resultaba casi imposible no aburrirse. Cuando supervisaba este caso con Meltzer, me decía: “En cuanto le dices algo que lo toca se lo sacude de encima como un perro sacudiéndose el agua”. Esta imagen clara y amorosa (si recordamos cuánto amaba Meltzer a perros y caballos) ilustra la intolerancia al dolor y el nivel sensual en que tratan de mantener las experiencias estas personas.

Al estar atrapados en un mundo de signos, las per-sonas aburridas confunden la alegoría con el símbolo, y si se tornan argumentadores, son proclives a los discursos basados en medias verdades, sin percatarse de que están incapacitados para oír la música de las palabras; con esta sordera, el ruido de sus discursos les suena a sinfonía y se ofenden cuando el oyente se ha dormido extenuado.

La incapacidad de contactar con la realidad que se observa en las personas aburridas se vincula también a la gran intolerancia a la contradicción, lo cual les empuja a escindir la respuesta apasionada frente al hecho primordial del desarrollo: el conflicto estético. En vez de tolerar el contraste entre el exterior del objeto aprehensible por los sentidos y su interior construido por la imaginación, eluden el dolor y el trabajo derivándose hacia el sensua-lismo, al que se hizo referencia, o hacia la omnisciencia. Esta derivación esquizoparanoide exigirá que en la clínica se trabaje sobre la psicopatología del paciente; y cuando se logre que el paciente tolere la transferencia materna y experimente las emociones de la posición depresiva se avanzará en el camino de la promoción del desarrollo y de ese modo se podrá “poner al bebé en contacto con la belleza del mundo, no sólo la belleza de la madre sino a través de su belleza, la belleza del mundo, y señalarle el entorno (…) El equivalente en el análisis es mostrarle al paciente la complejidad y la hermosura del interior de su mente” (Meltzer, 1999, p. 111).

Pero el proceso terapéutico y de desarrollo es osci-lante y el paciente no está siempre dispuesto a observar la belleza del mundo o a interesarse por lo desconocido o por su propia mente. En la clínica se ve la tenaz oposición del analizado a contactar consigo, desconfiando de que la verdad sobre sí mismo lo torne más libre. Esta oposición intentaría “interferir con la capacidad del objeto para la experiencia apasionada y, por ende, con la relación con la verdad” (Meltzer, 1997, p. 495). Una manera de interferir tal experiencia se realiza a través de los antivínculos (Bion), por su función disolvente de toda relación sincera e íntima. En lugar de una relación basada en la conjunción del amor (L), el odio (H) y la curiosidad (K) aparecen prejuiciosas actitudes hipócritas (-H), puritanas (-L) y filisteas (-K) que tras su fundamento narcisista, omnis-ciente, pervierte la experiencia estética, impidiéndose toda intimidad. Decía Meltzer (2004) que “todos estos vínculos negativos y la contratransferencia que se desprende tienen un aspecto en común: la falta de fantasía, de imaginación. Esta incapacidad por parte del paciente se refiere a la incapacidad para comprender la naturaleza de los vínculos positivos, del verdadero significado que está detrás de las palabras tales como amor, odio, conocimiento; el paciente no está en condiciones de entender el verdadero signifi-cado, para él son sólo términos privados de sentido, no sabe qué significa amar, odiar, estar interesado por otro. ¿Cuáles son las consecuencias? Cuando el analista percibe la incapacidad imaginativa del paciente, su incapacidad de comprender, se crea un elemento en común: el aburri-miento; el aburrimiento ya sea del terapeuta en relación al paciente, como del paciente en relación al terapeuta. (…) ¿Qué hay detrás de este aburrimiento? (…) es, precisa-mente, la ausencia de interés lo que causa el aburrimiento” (p. 20).

Pero mientras el analizando se atrinchera en los vínculos negativos y se aburre, el analista también se aburre, aunque al mismo tiempo sufre porque se le impide comunicarse con el paciente y funcionar como continente. En este momento, se torna imperioso retomar la suge-rencia de Bion de interesarnos en el fenómeno del aburrimiento, para lo cual se necesitará todo el impulso de la imaginación, “que busca afanosamente; [y] hallará alimentos para el pensamiento aún en el desierto” (Meltzer, D. y Harris W., M., 1990., p. 23). Se necesitará mucha imaginación para atraer al paciente hacia la transferencia materna con la intención de rescatarlo de la cháchara en la que consume su vida y para ayudarle a descubrir el mundo y construir una escala de valores.

El aburrimiento del indolente Oblómov

 

Así como la pasión estimula la curiosidad y el desarrollo simbólico, la intolerancia al conflicto estético puede escindir al sujeto, si es incapaz de tolerar la com-plejidad del objeto. En este caso, sustituye la relación con el misterioso interior del objeto por la invasión; así, progresivamente, se llega al territorio del Claustro; allí una parte del self se aleja de la belleza del mundo, pierde la posibilidad de los vínculos pasionales (L, H, K) y el sujeto queda apartado del contacto con la realidad. La consecuencia natural de ese atrapamiento es el aburri-miento, tal como se observa en las personas con trastornos narcisistas.

A continuación, transcribo una parte de un material presentado por Cecilia Muñozi (2002) que ilustra esta situación:

“Poco a poco la imagen que Ignacio traía sobre sí mismo se convertía en la de un ser que hacía mucho tiempo que no tenía vida propia. De vez en cuando salía con sus amigos ya casados y sus hijos y se aburría mucho. El resto del tiempo lo pasada pegado a la televisión en su casa. Una casa que era manejada por su chofer y la empleada de servicio (…) Parecía que siempre estaba ubicado en el futuro y que el presente era como una estación de aburrimiento donde no pasaba nada. Iba de la masturbación a los masajes con coitos masturbatorios en una ‘casa de masajistas finas’. A medida que el tiempo pasaba se convertía más en un eyaculador precoz, que no lograba establecer ninguna relación amorosa con nadie. Su estado emocional en sesión y fuera de sesión era muy plano (…) No tenía vida de ninguna especie (…) Ni si-quiera cuando salía de viaje su vida cambiaba. Se quedaba en el apartamento de sus padres en Nueva York y seguía pegado al ordenador o al televisor, pidiendo comida para no tener que salir”.

Este material ilustra la situación de un joven que eludió los conflictos, pasando por las crisis evolutivas como por un túnel, y que al llegar a la treintena se en-frenta a su tediosa vida, la cual posee todos los ingredientes del aburrimiento: superficialidad, excitabi-lidad, pasividad, ausencia de relaciones íntimas y de vida familiar, evitación del contacto con el mundo, y regirse por valores mercantiles (Tabbia, C., 2003). Este perfil, propio de los intrusivos habitantes del compartimento cabeza-pecho del objeto interno-materno, representa las personalidades oblomovianas, según lo presenta Meltzer (1994) en el Claustrum.

El adjetivo “oblomoviano” surge de un carácter lite-rario de la novela Oblómov del escritor ruso Iván Goncharov (1812-1891) y que Meltzer ha convertido en modelo psicopatológico. Una lectura realizada desde un vértice psicoanalítico encuentra en esta apasionante novela todos los elementos necesarios para describir a un habitante del Claustro que vive profundamente aburrido. El temible aburrimiento es omnipresente y Goncharov lo transmite magistralmente. La novela trata de Oblómov, un treintañero y generoso noble, terrateniente rural, que vive alejado de sus posesiones, siempre enfundado en un raído batín y tumbado en divanes, sin abandonar casi nunca ni su habitación ni su casa; su vida está dedicada a cultivar la pereza y la indolencia. Una gran preocupación le surge cuando el propietario de la casa le pide que la abandone, acción que será aplazada al máximo, debido a su inca-pacidad para tomar decisiones. Además, esta incapacidad hará que sus propiedades sean administradas por des-honestos gerentes que lo van conduciendo a la ruina. Ante esta situación, un amigo de la infancia, Shtolz, se con-mueve y se convierte en el motor de un posible cambio; como una pieza fundamental, Shtolz le presenta a Olga, una joven que intenta rescatar a Oblómov, quien por un momento llega a reconocer la inutilidad de su vida y a experimentar sentimientos y emociones. Finalmente, Oblómov perpetúa su pasividad, instalándose en la casa de una mujer, Agafia, que pasará a convertirse en su silen-ciosa gestora de lo cotidiano; en este contexto aparece un hijo fruto del calor hogareño más que de la pasión por Agafia. Los trastornos psicosomáticos terminan con Oblómov, quien muere como vivió: estimado como un niño sin malicia. En este sentido, sus partes infantiles anhelantes de desarrollo, representadas por Shtolz, fueron vencidas por los funcionamientos intrusivos.

A continuación, presento el aburrimiento de Oblómov, que ilumina el aburrimiento de los oblomo-vianos. La falta de unidad de la mente se hace presente en Oblómov desde el principio: “A veces, una expresión bien de cansancio, bien de aburrimiento enturbiaba su mirada; pero ni el cansancio ni el aburrimiento podrían desterrar la expresión benevolente de su rostro (…) Incluso un observador frío y superficial, al ver de paso a Oblómov, habría dicho: ‘Es un bonachón, un ser sin malicia’” (p. 13). Esa bondad junto con la incapacidad para compro-meterse con el mundo, responsabilizándose de sus tierras y jornaleros, le llevaba a dejarse conducir por la persona o el objeto más estimulante que pasara junto a él, como su impresentable servidor Zajar, la inmadura Olga, o el inteligente Shtolz, la diligente Agafia, o los deshonestos administradores… Mientras él vivía de la riqueza here-dada, creía disponer de un inagotable objeto que le pro-veería sin su esfuerzo, por tanto podía darle la espalda al mundo y sólo preocuparse por tener que elegir entre tum-barse en el diván o en la cama. Pero cuando la ansiedad se le acercó porque el administrador le conminaba a abandonar la casa “Se le veía hondamente preocupado. En su rostro se alternaban expresiones bien de temor, bien de fastidio, bien de aburrimiento. Se notaba que sostenía una lucha interna y que su mente no había acudido aún en su ayuda” (p. 16). Pero su mente no solía acudir en su ayuda, porque estaba proyectada en los amigos que se conmovían ante la desprotección de este niño indolente. La ansiedad generada por tener que abandonar la casa, era equivalente a la ansiedad que le generaba atender sus negocios en tierras lejanas, pero esos conflictos, lejos de convertirse en un estímulo para el cambio, motivaba su huida del mundo, por eso solía exclamar: “¡No se acerque, no se acerque, que viene de la calle y hace frío!” (p. 28); por eso sus amigos pensaban “Sigue siendo el mismo holgazán incorregible que de nada se preocupa” (p. 39); pero si por un momento Oblómov reaccionaba, rápidamente podía guardar silencio, bostezar y tumbarse nuevamente en el diván (p. 43). En la novela, más tarde, mientras se habla de una tercera persona (Alexeiev) se van reflejando características anodinas de Oblómov; entonces el relator se pregunta: “¿Resulta simpática una persona así? ¿Ama, odia, sufre? Al parecer, debe amar, odiar, sufrir, porque nadie está libre de ello. Pero él se las ingeniaba, no se sabe cómo, para querer a todo el mundo. Existe este tipo de personas y, por mucho que uno se esfuerce en despertar en ellas un sentimiento de hostilidad, un deseo de venganza, etc., no lo consigue por ningún medio. Hágase lo que se les haga, no dejan de mostrarse cariñosas.

“A fuer de ser justos, hemos de reconocer, sin em-bargo, que su afecto, si se divide en grados, jamás alcanza la cota de calor. Aunque al hablar de esa clase de personas se dice que aman a todo el mundo y por ello son buenas, en realidad no aman a nadie y sólo son buenas por el hecho de no ser malas. Si delante de una persona así se da limosna a un mendigo, también ella depositará su óbolo, pero si lo insultan, o lo echan, o se burlan, se reirá y lo in-sultará a la par de los demás” (p. 45). Este funcio-namiento bidimensional que lo tornaba tan dependiente del objeto externo (“Dime qué debo hacer; me están metiendo prisa” [p. 64]), lo excluía de relaciones apasio-nadas y lo mantenía en una pseudo existencia; por ese motivo, frente a cualquier problema o confrontación con un objeto complejo, él temblaba y trataba de reducir la experiencia a simples cuestiones cotidianas, como cuando se preocupaba de si habría tinta en el tintero para escribir una carta al administrador que le reclamaba la vivienda. Pero al mismo tiempo que desmantelaba la realidad, tam-bién se empobrecía refugiándose en objetos acogedores como “divanes muy hondos, te sientas y cabes todo entero, casi no se te ve (…). Me siento allí, no pienso en nada” (p. 226). Pensar no era necesario para Oblómov pues a él le habían enseñado desde pequeño que le debían servir, de ese modo él “No consigue hacer nada por sí solo. Más tarde consideró que era mucho más cómodo así y aprendió a gritar: (…) ¡Dame esto, dame lo otro!” (p. 185), por eso nunca necesitó ponerse él mismo los calcetines. Tal educación lo dejó desprotegido como a un niño capaz de quejarse de que: “En vez de mandarme el dinero, de consolarme de algún modo, sólo me dices cosas desagradables, como si lo hiciera adrede. ¿Y así todos los años! ¡Estoy desesperado!” (p. 52).

Con este equipamiento, mal podía enfrentar la vida. “Para Oblómov la vida se dividía en dos partes: una la constituían el trabajo y el aburrimiento, que eran sinó-nimos para él; en cambio, la otra era el disfrute apacible de la vida. Por ello, el campo principal, el campo del trabajo, lo desconcertó desde el principio del modo más desagradable” (p. 77). Sólo estaba capacitado para ser un parásito: “Por las mañanas, en cuanto se levantaba de la cama y desayunaba, se tumbaba de inmediato en el diván, apoyaba la cabeza en la mano y meditaba, sin escatimar fuerzas, hasta que su cabeza, cansada de tan ardua labor, y su conciencia le decían: hoy has hecho bastante por el bien común” (90); sin embargo Oblómov en su fuero interno: “tenía la dolorosa sensación de que estaba ence-rrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda de uso” (p. 129). Mientras tanto, ese noble principio o la potencialidad de devenir –¡siempre en el futuro!– un miembro de la raza humana permanecía secuestrado en la molicie de los divanes. Pero desde ese punto grandioso de su personalidad, podía criticar a los que se afanaban en la lucha por la vida y, haciendo una proyección de su estado interior decía: “Bajo ese interés universal se oculta la vaciedad, el desinterés por todo. Los aburre elegir una modesta senda de trabajo, seguirla, abriendo un profundo surco…” (p. 232). Ante tanto cinismo, su amigo Shtolz le dijo que padecía de Oblomovismo, y Oblómov le preguntó: “Entonces, ¿cuál es el ideal de vida para ti? ¿Por qué no el oblomovismo? –preguntó con voz tímida y apagada–. ¿Acaso no aspiran todos a lo que yo sueño? Escucha –agregó con mayor seguridad–, ¿es que no pretendéis con todo vuestro trajinar, vuestras pasiones, guerras y política conseguir la paz, el reposo? ¿Recuperar el paraíso per-dido?” (p. 238). Shtolz le replicó su oblomovismo petersburgués, ante lo cual “¿Cómo se ha de vivir enton-ces? –preguntó Oblómov, fastidiado por las réplicas–. ¿Para qué sufrir toda la vida?

“–Por el propio trabajo, sólo por eso. El trabajo da forma, contenido y plenitud a la vida…” dijo su amigo. Ante esto, Oblómov se ‘asustó al reconocerse en el espejo’ pero respondió “lo comprendo todo, pero carezco de fuerzas y de voluntad. Dame tu voluntad y tu inteligencia y llévame a donde quieras. A ti tal vez te siga, pero yo solo no me moveré del sitio” (p. 241). Tan instalado estaba en los cojines y tan alejado del mundo que carecía de una escala de valores para orientarse en la vida.

Y no se movió a pesar de los intentos de Olga. Él seguía atrapado en ese estado mental que lo mantenía absolutamente dependiente de la presencia del objeto, tal como lo expresaba el mismo Oblómov: “Cuando te veo soy bueno, activo; cuando tú no estás me aburro, me domina la pereza, quiero tumbarme y no pensar en nada…” (p. 362). Cuando comenzó a pensar lo que implicaba casarse con Olga se asustó y empezó a retirarse buscando más una posición dependiente; mientras tanto Olga se retiró desilusionada, reconociendo que “amaba en ti lo que yo quería que existiese, lo que me hizo ver Shtolz, lo que nos habíamos inventado. Quería al futuro Oblómov” (p. 484). Entonces apareció Agafia quien lo sedujo con sus cuidados maternales y que lo acogió ofre-ciéndose como un mullido sillón, ante quien exclamaba Oblómov: “¡Es usted una maravilla y no un ama de casa!” (p. 440). “No habiendo experimentado jamás los placeres que proporciona la lucha, Oblómov renunció mentalmente a ellos y sólo en aquel rincón perdido, ajeno al movi-miento, a la contienda y a la vida, se sentía tranquilo” (p. 619). Pero metido dentro de aquel objeto maravilloso, los conflictos se desplazaron al cuerpo y los trastornos psico-somáticos lo liberaron de la pesada tarea de pensar y vivir. La parte de su personalidad que vivía en identificación intrusiva gobernó su atención, su conciencia, su motilidad hasta aburrirlo y por eso Oblómov murió de oblo-movismo.

. . .

 

Así como Oblómov buscó el paraíso perdido pero perdió la vida, el permanecer alejado de la belleza del mundo y regirse por los valores anclados en los principios económicos del principio del placer y de la posición esquizoparanoide (Tabbia, C., 2005) conduce a una exis-tencia empobrecida en la que sólo crece el aburrimiento.

 

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GOOD LUCK (BUENA SUERTE)1

La conferencia de Don en Barcelona, Octubre 2002

 

 

Un encuentro como éste no es más que una opor-tunidad para hablar y averiguar lo que uno anda pensando. Y, como suele ser habitual, lo que yo estoy pensando es un tanto escandaloso.

Quisiera hablar acerca de la Historia y de la Mito-logía, y del gran parecido que se da entre ambas. En el último año he descubierto que, por lo menos, hay tres personas que están escribiendo la historia del análisis post-kleiniano. La que he leído, y que me pareció bastante impresionante, es la de Silvia Fano Cassese, que ha escrito una verdadera obra de ficción en la cual mitologiza mis así llamadas contribuciones.2 De inmediato me recordó Guerra y Paz y la sabiduría de Subharov; su sabiduría se concretaba en la apatía y la inactividad, dejando que Napoleón cometiera todos los errores para así poder crear la historia a través de estos errores, de los de ellos.

Bueno, mi contribución no ha sido tan letárgica ni inactiva pero sí ha consistido en una invasión de un espacio que es, de hecho, un espacio mitológico –el espacio del inconsciente. Si nos morimos de frío cuando estamos allí, nadie tiene la culpa salvo nosotros mismos. Y de hecho, cada vez que intentamos tratar a un psicótico, estamos en peligro de morirnos de frío cuando encon-tramos la frialdad de la respuesta del paciente frente a nuestra pasión, turbulencia y entusiasmo, etc. Constituye una experiencia muy correctiva el darte cuenta de que tu propia pasión no le llega al paciente, dado que él ha desarrollado una gran pericia a lo largo de muchos años en resistir al entusiasmo e interés; y es así que te encuentras cara a cara con esta pared de piedra e indiferencia.

Puede parecer extraño, pero esto mismo fomenta una especie de mitología de la historia en la cual el analista, como Subharov, pone de manifiesto su inactividad y per-mite que ocurran cosas en este espacio, con el paciente o sin el paciente. Y, desde luego, la cosa impresionante es que de hecho suceden cosas. Es evidente que ocurren en los niños muy pequeños, cuya formación de símbolos reside en la acción, la cual es indescriptible… y aquí no hay lugar para conjeturas –el niño se mete debajo de la mesa de verdad, y de verdad desaparece detrás del diván; y también es cierto que es capaz de crear un mundo de figuras de fantasía, maravillosamente explicativas, con estos limpia-pipas flexibles. En cambio, con los pacientes adultos no hay nada sobre lo que poder apoyarse, salvo los sueños –los cuales no están nada mal en cuanto a su valor descriptivo, pero siguen estando dentro del dominio de la conjetura; en cambio, los niños pequeños no te exigen conjeturas, simplemente hacen-muestran. No tienen que decirlo, lo muestran.

Ahora bien, la mitología del psicoanálisis nos exige que digamos cosas; y lo que decimos, naturalmente, son en gran parte tonterías, pero también mostramos cosas que no son tonterías. Y lo que principalmente mostramos es esta pasión e interés, y cómo de modo similar a las tropas de Napoleón, que se están muriendo de frío en Siberia y retrocediendo en desbandada para huir de los errores que han cometido, también nuestros pacientes se baten en retirada de la atmósfera congelada que ellos mismos crean; y nos dejan tiempo para descongelarnos y descubrir lo que nos –y les– ha estado ocurriendo. Así es cómo poco a poco se recupera este espacio inconquistable del mundo congelado de la emoción para convertirse en el espacio tri o quizás tetradimensional de la vida psíquica donde la imaginación empieza a reemplazar el lugar de la conjetura.

Ahora bien, el verdadero –yo utilizo el término creativo– trabajo de psicoanálisis tiene lugar en este punto de transición desde la conjetura a la imaginación. Leer un libro que pretende –y de hecho es– una historia de la era post-kleiniana del psicoanálisis es como el Ulises de Homero, es una muestra de mitología; y cuando descubres que tú eres uno de los actores principales en este drama, te das cuenta de que no sabías lo que hacías; se necesita al historiador para decirte lo que has estado haciendo y qué significaba. Y el historiador se muestra bastante desca-rado. Crea una mitología que es una especie de creencia que se configura en su realidad psíquica. Naturalmente, todo esto depende de si los editores están dispuestos a publicar el libro o no. No se convierte en mitología hasta que el editor le pone la mano encima y lo imprime. Y es entonces cuando los historiadores pueden poner manos a la obra para establecer su autenticidad… Y en este pro-ceso de establecer su autenticidad te hallas, en tu calidad de ser uno de los actores en este drama, mistificado: ¿es esto lo que realmente ocurrió? ¿Sabías realmente lo que hacías? Y la respuesta es no, no sabías lo que hacías; ésta es la razón por la cual algo ocurrió, porque no sabías lo que hacías.

 

Es como esta charla: Alberto me preguntó cuál era el título y yo no lo sabía; dije, tendrás que esperar hasta el final para descubrir cual es el título. Esto también es cierto con el análisis; siempre tendrás que esperar para saber qué ocurre. O, ¿es que no ocurrió nada? Aquí está el misterio: algo bastante misterioso ocurrió y ocurrió en este espacio creado por el analista y el paciente, en este espacio mitológico de la realidad psíquica. El paciente descubre experiencias que nunca había tenido anteriormente, y le dice al analista que nunca antes había tenido esta experiencia; y el analista le cree porque quiere creer que algo sucedió. Lo cual, realmente, no se puede definir; pero ha ocurrido en el espacio bioniano de la ausencia de memoria y deseo –más correctamente llamado igno-rancia–, para lo que se requiere una especie de relajación y confianza en el proceso analítico como algo que tiene su propio impulso y que encuentra un medio de expresión que va más allá de las palabras. Es el espíritu.

Al definirme a mí mismo como alborotador, lo que quiero decir es que es el espíritu el que es divertido. A tus pacientes les dices continuamente: esto es divertido, nos lo estamos pasando bien, estamos jugando a este juego encantador. Bueno, así es. Es un juego wittgensteiniano de lenguaje, un juego de lenguaje. Un juego que nadie gana y que todos ganan; nadie pierde y todos pierden, donde las categorías de ganar y perder pierden significado. De modo que si al llegar al final del juego se te dice que has ganado te quedas asombrado. Bueno, según dice el chiste, no estás asombrado, estás sorprendido. Sí, estás sorprendido. Co-mo el Emperador con su ropa nueva estás sorprendido de encontrarte desnudo. Pero también te asombra encontrar que es así que se gana el juego. Como lo que antes se llamaba Strip Póquer, el que se queda desnudo al final es quien gana.

Pues bien, estoy hoy aquí ante vosotros, al des-vestirme de mi segunda piel, o de la tercera o de la cuarta o no importa de cual –en términos de Esther Bick–, como aquel que se ha quedado desnudo, desvestido de todo este camuflaje que se ha desechado; y ya no haces como si fueses un general comandando las fuerzas contra la sabiduría de Napoleón. Descubres que lo único que has estado haciendo es leer sueños. Y dijiste que leer los sueños se te daba bastante bien, aunque no sabías lo que significaban, y que tenían que ver con la formación de símbolos del paciente y tu lectura intuitiva de su forma-ción de símbolos… Y atribuirle significado a todo eso. Porque el meollo de la cuestión es el significado.

Así que esta tarde estoy intentando hablar en serio. Esto nos deja con la tarea de decir lo que uno quiere decir, lo cual es mucho más difícil. Lo que uno quiere expresar, después de toda una vida de psicoanálisis y de publicar libros, es un crit de coeur que se podría traducir por: “¡Socorro!”

Bueno, ya está. El enemigo retrocede, no de tu sabiduría sino de su locura, de haber intentado capturar un espacio congelado y de congelarse a sí mismo en el proceso. Éste es el tipo de juego al cual has estado ju-gando. Ahora bien, la supervivencia en este tipo de juego depende de lo que denominamos buena suerte. Buena suerte… Pero cuando traduces “buena suerte”, lo que quieres decir es “confianza en tus buenos objetos”. Así que al final de esta breve charla puedo contestar a la pregunta breve de Alberto acerca de cuál debería de ser el título de la charla: el título debería ser “Buena suerte”. Buena suerte por la supervivencia que jamás habrías podido planear, y que tuvo lugar a pesar de toda tu inteligencia e ingenio. Algo que descubriste a la larga y no inventaste. Creo que puedo mirar hacia atrás y ver la historia que Silvia Fano Cassese ha escrito y estar de acuerdo en que sí, efectivamente, éste es un drama en el cual he figurado como actor y ha sido muy divertido, y parece ser un juego que he ganado en el sentido de buena suerte y supervivencia.

Bien, no sirve de mucho desearme buena suerte y vida larga, porque le he prometido a Catherine que voy a vivir hasta los 116, le guste o no. Y esto es una especie de buena suerte. Los enterradores no me cogerán sin un grito y una lucha. He descubierto cosas, desde luego, he des-cubierto cosas acerca de mí mismo que de hecho resul-taron ser también cosas acerca de los demás. La cosa principal ha sido la exploración de la identificación proyectiva: la actividad intrusiva de entrar en los mundos de otras personas, como persona no invitada, donde se sufren los dolores de la claustrofobia, donde uno se siente atrapado y no sabe como salir, en primer lugar porque uno no se acuerda de cómo entró. Creo que puedo afirmar que esto no lo inventé; lo descubrí de verdad en mí mismo y en segundo lugar en mis pacientes. Este descubrimiento ha sido suficiente para toda una vida de divertimiento

Philip Pullman, utilizando su imaginación, ha escrito una trilogía acerca de un espacio misterioso de otros mun-dos, y de la misteriosa daga capaz de recortar aberturas en ellos. Hizo un trabajo imaginativo de primera clase: cau-tivó a los niños y cautivó a los adultos del mundo, y se mostró tan encantador y cariñoso en su presentación que nadie se sintió amenazado. Juzgando por la recepción de ayer noche y los regalos, alabanzas y agradecimientos, se podría pensar que yo también he sido suficientemente encantador y cariñoso al transmitir mis imaginaciones. Pero no sería del todo legítimo compararme con Pullman, porque él manifiesta verdaderas buenas intenciones. Su intención final, la cual aparece en el tercer volumen de esta trilogía, es la de erradicar lo que Freud denominó instintos de vida y de muerte, y lo que los físicos han definido como la segunda ley de la termo-dinámica, a saber, el hecho de que el mundo se está quedando sin cuerda. Pullman ha abolido este pesimismo que todos los científicos juntos no han podido erradicar ni todos los mitólogos tampoco. Lo ha logrado al inventar una técnica para cerrar todas las ventanas que tú has abierto. Me parece que ésta es una ley que todos los psicoanalistas tienen que aprender: cerrar todas las ventanas que han abierto con sus imaginaciones, las ventanas a través de las cuales el instinto de vida se desliza, se escapa, y forma la base del pesimismo. El mundo no se está quedando sin cuerda, así lo espero.

Gracias.

 

 

Preguntas/comentarios

 

P: Nadie se atreve a desnudarse. Tenía ciertos reparos en hablar. El desnudarse es algo muy personal… Pero he podido atreverme a decir que el encontrar al Dr. Meltzer nos cambió la vida a todos, por lo menos a mí. Yo tuve la suerte de encontrarle muy jovencita; muy jovencita, muy inmadura y bastante armada. Y con la turbulencia y pasión de su tarea y este entusiasmo por el psicoanálisis real-mente cambió terapéuticamente las mentes, y no solamente de sus pacientes sino de todos los que tuvimos un encuentro con él como maestro.

P: Soy Júlia Corominas, no sé si me recuerda. Quiero decir que hace 30 años me supervisó durante dos años los domingos por la tarde y lo recuerdo como si fuera hoy. No sé si han pasado los 30 años, dónde han ido estos 30 años. Nada más.

DM: Bueno, le puedo decir que estos años han desa-parecido en mis articulaciones. Me han dejado las tarjetas de visita de la edad. La broma para Catherine de que voy a vivir hasta los 116 es sólo una broma. Es una suerte que el tiempo pase, que no tengamos que entender lo que signi-fica el tiempo; simplemente pasa. Y pasa para todos, no hace ninguna excepción, o así parece. Ni para Ulises, ni para Meltzer, ni para Freud… El enterrador nos coge a todos al final2. Esta imagen del “fundidor de botones” y el tener que encontrar un sitio en el crisol para ser fundido para la próxima serie de experiencias, es una experiencia bastante bella de la continuidad de la vida. Hay muchas personas que he encontrado durante estos años de enseñanza de las cuales casi ni me acuerdo; pero sí que me acuerdo de Júlia Corominas. No sé exactamente por qué; había algo vivo y apasionado en ella que me permitió incluso llegar a aceptar la aristocracia. Había crecido creyendo que mis padres eran aristócratas por naturaleza y que yo era su heredero aparente, lo cual no fue muy corroborado por mi experiencia del mundo a medida que emergía de la infancia. Pero esta creencia fue suficien-temente buena como para cubrir mi infancia con un sentido de seguridad y placer. Al mirar hacia atrás hacia mi infancia puedo fácilmente recuperar la experiencia de la aristocracia de mis padres y la forma en que, como niño, me parecía que organizaban el mundo para mi provecho, lo cual de hecho hacían. Este optimismo nunca me dejó del todo. Por esta razón los libros como el de Silvia acerca de la era post-Kleiniana del psicoanálisis me parecen bastante apropiados: una dinastía nueva.

P: Hace un momento el Dr. Meltzer hacía referencia a lo que sucede de inefable durante la situación analítica. Yo quería decir que durante estos 15 o 16 años que hemos compartido con él, tanto supervisión como estudio teórico, ha sucedido también algo inefable, algo que es muy difícil de poner en palabras pero creo que ha dado alas a nuestra emocionalidad y esto significa libertad, y por eso estamos muy agradecidos.

DM: Geoffrey Chaucer, cuando habla del espíritu humano, lo asemeja a un caballo que está tan orgulloso de sí mismo que se olvida de que es sólo un caballo, de que sólo es un miembro de un equipo que arrastra un carro. No he sido condenado a esta especie de olvido de cual es mi lugar en el mundo. Creo que siempre me he dado cuenta de que estaba inmerso en un estado de confusión y que todo lo que decía tendría que ser validado por otras personas, y que yo no podría validarlo por mí mismo; realmente no podía distinguir si estaba descubriendo las cosas o si me las inventaba. Y tenía un miedo terrible de inventarme las cosas; el uso engañoso del lenguaje por la mera novedad es una de las maldiciones más terribles. Claro que con personas como Kafka puedes convertir una maldición en algo genial; pero yo no sabía hacer esto, sólo habría sido una maldición el inventar ingeniosos malos usos del lenguaje. Esta es una de las maneras por las cuales la idea de que tiene que ser divertido para que sea auténtico, genuino, ha sido una gracia salvadora para mí. Ha sido tremendamente divertido. Y tampoco me importa demasiado si resulta ser una tontería a la larga; lo cual, probablemente, acabará siendo.

La idea de Philip Pullman de cerrar las ventanas para que la vitalidad no pueda escaparse me parece una especie de sabiduría auténtica. Uno no debe despilfarrar su vitalidad. La Sra. Klein lo llamaba establecer el método analítico. Lo único seguro que tenemos para no despil-farrar nuestra vitalidad es seguir el método. Por supuesto, muchos pacientes se quejarán: “¿Pero qué quiere decir cuando habla de seguir el método? Díganos como hacerlo y lo seguiremos.” Sólo hay una manera de decir cómo hacerlo, y ésta es mostrarla en vuestra propia conducta como analistas. Yo la muestro. Incluso la estoy mostrando esta tarde. Evitar que se escape la vitalidad.

P: Yo quería hablar de mi experiencia con el Dr. Meltzer. Lo conocí hace muchos años en Novara, y me acuerdo que en aquel tiempo, al final de los años 70, me sentía fascinada por su pensamiento aunque no entendía nada. Por este motivo busqué refugio en las observaciones de Martha Harris. Y luego, poco a poco empecé a acer-carme a su pensamiento y lo que me queda de ello es que hay cosas muy profundas y a la vez muy simples, muy viejas pero muy novedosas. Así que es fácil entrar en contacto con lo que él dice. Francamente es como si algo milagroso hubiese ocurrido en mi mente.

DM: Pues la simplicidad es el centro de mi pensa-miento. Me encontré derrotado durante mis años universi-tarios al darme cuenta de que había cosas que no me podía imaginar, principalmente matemáticas. Es verdad que logré aceptar aquella incapacidad de imaginar cantidades infinitesimales y creo que desde entonces he podido apreciar lo que la “capacidad negativa” quería decir: la tranquilidad de la ignorancia. Es, me imagino, una especie de pasividad religiosa: otro lo tendrá que hacer porque tú no lo puedes hacer por ti mismo. Esto te lleva una vez más a la infancia, mamá y papá lo harán; tú te puedes dormir. Y eso es lo que haces. Gracias a Dios.

P: Estar con Meltzer ha sido realmente sentir el mila-gro de la vida. Es como sentir el milagro de un naci-miento. De verdad nos ha llenado de vitalidad, nuestro corazón realmente se mueve cuando estamos con él. Gracias Dr. Meltzer por estos años.

DM: Montserrat, si me acuerdo bien, ha escrito un trabajo sobre los místicos a lo largo de la historia de la filosofía. Y claro Bion se ha declarado un místico. Yo no me declaro un místico; solo me declaro mistificado. (Se señala que este trabajo fue escrito por Carmen Largo) Bueno, quién sea, aprecié este trabajo.

P: Dentro del cante hondo o el cante flamenco hay un mito extraordinario que es el mito del duende. El duende encierra la pasión, el misterio y la turbulencia más desco-nocida de un cantaor, de un guitarrista o de un bailarín. Había una maravillosa cantante, perfectamente analfabeta, de Jerez, “La Macarrona”. Le dieron una fiesta en Madrid y durante la comida alguien puso un disco de Bach y esta analfabeta al escuchar a Bach dijo: “¡Ese gachó tiene duende!” Y entonces yo, que venía de un analfabetismo inescrutable con respecto a la obra de Meltzer, el día que empecé a leer “La Vida Onírica”, me dije: “¡Ese gachó tiene duende!”

DM: Me es muy grato oír a alguien hablar de duende porque García Lorca dio una conferencia magnífica sobre el tema, y la conclusión a la cual llegué –con la cual quizás no estaréis de acuerdo– es que duende es el amor del matador por los cuernos. Puedo entender esto. Es el flirteo con el peligro, que me atrae mucho, y encontré el ensayo de Lorca muy bello.

P: Yo escribí este trabajo sobre mística y psicoanálisis y tenía miedo de que al Dr. Meltzer no le gustara, que lo sentía como místico. De manera que con su comentario me he quedado un poco más tranquila. Pero realmente, como la mística, lo que hemos vivido con él ha sido una experiencia de ver la belleza del mundo, una experiencia que nos ha hecho sentir muy vivos. Muchas gracias Dr. Meltzer.

DM: Sí, lo que quiero subrayar es que el flirteo con el peligro es la base de la relación sexual. Escribí un capítulo cortito en el libro sobre la Belleza que se llamaba “El Amor y Temor a los Caballos”. Creo que son realmente las últimas palabras que tengo que decir sobre el tema, el amor y temor a las mujeres.

P: Quería recordar muy gratamente la experiencia con una niña que supervisó el Dr. Meltzer. Fue mi primera paciente durante mi formación. Era una niña pequeña de tres años y yo era una estudiante entusiasta y asustada. Durante la primera semana del análisis con ella, en la sesión del final de la semana, fruto de mi entusiasmo, empecé a decir: “Yo creo que tú crees que yo soy el papá quien…”, y entonces me vi inundada por el miedo. Pensé: esto es una tontería, yo no soy un papá, y me paré. Entonces la niña me dijo: “Siga, siga, Miss Shulman, acerca de los sentimientos!” Y simplemente quería añadir que sigo luchando acerca de los sentimientos, en mí misma y en mis pacientes. Y yo supongo que de una manera muy simple todo esto trata de sentimientos y espero que todos sigamos luchando acerca de los sen-timientos. Gracias, Dr. Meltzer.

P: Solo quería añadir mi agradecimiento a lo que todos han dicho. Pero también estoy aquí sentada sintiendo mucha curiosidad y también inmersa en el misterio, porque usted habla de sus objetos parentales, Don, y nos ha dado metáforas magníficas en las cuales pensar –dormirnos en la presencia de padres aristocrá-ticos– y me preguntaba: en este punto de su vida (porque ya ha dejado constancia de ello en años anteriores), ¿de qué modo piensa acerca de sus propios objetos parentales intelectuales, como por ejemplo, Bion y Klein, cómo puede dormirse en su presencia? En este momento me encantaría oír como piensa acerca de ellos en voz alta… ¿Piensa en ellos? Sus maestros, sus mentores…

DM: Bueno, siempre me acuerdo que venimos al mundo desnudos y cada vez que nos desvestimos tenemos la esperanza de dejar el mundo desnudos. Sin embargo, antes de que nos demos cuenta nos encontramos de que volvemos a estar cubiertos por estos ropajes seductores y nos percatamos de que estamos completamente vestidos otra vez y armados en contra de la sorpresa. He tenido mucha suerte con mis maestros, con la Sra. Klein, con Roger Money-Kyrle. Soy reacio a incluir a Bion porque no acabo de superar una cierta sospecha hacia él. Era demasiado ingenioso para mí. No sé si esto responde a la pregunta de Karen acerca de mi relación con mis maes-tros.

P: He dudado en si hablar o no porque durante muchos años de trabajo he estado acostumbrado a hablar con el Dr. Meltzer en la intimidad, especialmente al principio de nuestra relación. Era un diálogo muy parti-cular. Meltzer no habla catalán pero entendía el catalán, y algo más difícil, Meltzer entendía mi inglés, al principio, cuando llegué a Londres. Tuvimos tiempo para poder expresar nuestra gratitud por esta relación particular e intima. Sin embargo, me interesaría mucho poder rea-firmar esta gratitud aquí, en especial por su obra escrita, la cual ha sido una lección constante para mí y todos nosotros y porque él ha sido tan decisivo en la expansión del psicoanálisis en Barcelona a través de este Grupo Psicoanalítico de Barcelona. Muchas gracias por todo.

DM: Me es muy grato oír que entendía el catalán. Desde luego la idea de Cataluña ha sido realmente una realidad para mí desde hace mucho tiempo, de verdad. El papel de Cataluña en la Guerra Civil es muy vivo para mí. Entender la música del lenguaje es más emocional que entender las palabras; la canción y la danza del lenguaje. En mi opinión, el flamenco es el epítome del lenguaje de la emoción; y cómo la evocación de Lorca del duende, el peligro, la excitación en el peligro, está tan presente en el baile flamenco. El amor del matador por los cuernos, el peligro.

P: Es muy difícil expresar mi gratitud al Dr. Meltzer porque él sabe lo que le debemos. Para mí particularmente fue muy importante descubrir que el psicoanálisis no era esa cosa tan seria y profunda y que pasarlo bien en una sesión con el paciente era señal de que había un encuentro más profundo. ¿Quién sabe, no? Y quería agradecerle en mi nombre y en el de mis pacientes.

DM: Sí, tiene que haber una cierta transformación del matador y los cuernos del toro para volver a la cultura de los caballos y el acoplamiento de los caballos, en el cual, el semental está en peligro permanente ante las pezuñas de la yegua. Ella le puede patear la cara, lo cual a veces ocurre. Esto me es más real aún que la evocación del duende y el toro con los cuernos. Escribí acerca de eso en “Amor y Temor a los Caballos”. Los tacones, estos tacones poderosos.

 

Alberto Hahn: (Chairman) Bueno, creo que lo que hemos oído hoy es un buen ejemplo de los sentimientos profundos y meditación que Don es capaz de evocar en nosotros. Creo que nosotros también hemos tenido buena suerte con nuestros maestros y creo que él seguramente lo sabe.

Quería darle las gracias, estoy seguro, en nombre de todos los presentes aquí, hoy, por su sabiduría y por estar aquí con nosotros este fin de semana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]Este trabajo fue presentado en el encuentro que organizó la Tavistock Clinic bajo el título de: Exploring the Work of Donald Meltzer en 1998, en Londres. Psychoanalytical Group of Barcelona (2000) A learning experiencein psychoanalysis. En M. Cohen and A. Hahn (Eds.) Exploring the Work of Donald Meltzer. A Festschrift, London. Karnac Books.

 

2 Debes dejar aquí toda sospecha/ Conviene que aquí toda vileza muera.

 

3 El libro “de los casos”.

1 El poema del siglo XIV, Sir Gawain y el caballero verde habla de la interacción de Gawain con las fuerzas misteriosas representadas por el Caballero Verde y su Dama, los gobernantes espirituales del castillo de su mundo interno ( Meg Harris Williams p. 12).

 

1 La versión en castellano de este artículo puede consultarse en la página web del GPB.

2 Antonio Murillo suggereix anomenar “calenta” la primera configuració de la violència –la que assimilem a “natural”– i “freda” la segona.

[2] Aquest model podríem aplicar-lo, també, a l’anàlisi d’aquells que Antonio Murillo, seguint la tradició de les notacions bionianes –vegeu Memòries del Futur–, anomena “prematurs”, els quals poden necessitar continents accessoris temporals o permanents més enllà del procés realitzat.

[3] No cal dir que aquestes consideracions valen també per a moltes institucions que tradicionalment s’han orientat a treballar per a la salut pública, i en especial la mental, amb una lamentable història de simplificació i atomització de la complexitat de l’humà per tenir la capacitat de control i manipulació dels seus fragments (és urgent fer més treballs sobre la qüestió, i mentrestant, recordar la Història de la bogeria a l’època clàssica i la Microfísica del poder, de Foucault).

* En catalán cau significa madriguera.

[4] La versión castellana de este artículo puede consultarse en la página web del GPB: www.webmeltzer.com.ar

[5] Agraïments a Miriam Botbol, Joan Ocón i Silvia Agela per la lectura atenta de l’article i els seus valuosos comentaris.

i Psicoanalista colombiana, a quien agradezco su autorización para citar el material clínico.

 

1 Publicado en Donald Meltzer with Rosa Castellà, Carlos Tabbia and Lluís Farré (2003) Supervisions with Donald Meltzer London, Karnac.

2 Silvia Fano Cassese Introduzione al pensiero de Donald Meltzer Ed. Porla, 2001 Roma.

2 Nota de la traductora: aquí Meltzer hace referencia a una figura que él describe en inglés como el “fundidor de botones”, que no tiene traducción al castellano y que he sustituido anteriormente en el texto por el “enterrador”. La idea es que lo que se funde, en este caso las experiencias de las personas que desaparecen, pueden ser reincor-poradas y transmitidas a otros.