Melanie Klein: Sobre la salud mental.

SOBRE LA SALUD MENTAL (1960)

Obras completas de Melanie Klein
La base de la salud mental es una personalidad bien integrada.
Comenzaré enunciando algunos elementos de una personalidad bien
integrada: madurez emocional, fuerza de carácter, capacidad de manejar
emociones conflictivas, equilibrio entre la vida interior y la adaptación a la
realidad y una fusión exitosa entre las distintas partes de la personalidad.
Las fantasías y deseos infantiles persisten en cierto grado aun en una
persona emocionalmente madura. Si estas fantasías y deseos han sido
exitosamente elaborados y experimentados libremente, en primer lugar en
los juegos infantiles, son fuente de intereses y actividades que enriquecen la
personalidad. En cambio, si el agravio por deseos insatisfechos sigue
siendo muy fuerte y su elaboración se ve dificultada, se perturban las
relaciones personales y el placer proveniente de otras fuentes, se hace difícil
aceptar los sustitutos adecuados a etapas posteriores del desarrollo y se
deteriora el sentido de realidad.
Aun si el desarrollo es satisfactorio y se logra placer de diversas
fuentes, en las capas profundas de la mente hallamos cierto sentimiento de
dolor por los placeres irremisiblemente perdidos y las posibilidades
irrealizables. Si bien gente de edad media experimenta conscientemente la
pena de que la infancia y la juventud nunca volverán, encontramos en su
psicoanálisis que lo añorado también es la temprana infancia y sus placeres.
La madurez emocional significa que estos sentimientos de pérdida pueden
ser contrarrestados hasta cierto punto por la capacidad de aceptar
sustitutos y que las fantasías infantiles no perturban la vida emocional
adulta. Poder disfrutar de los placeres que están a nuestro alcance en cada
momento vital se relaciona con una relativa libertad de resquemores y
envidia. Por consiguiente, poder contentarse vicariamente a determinada
edad con los placeres que obtiene la gente joven, particularmente nuestros
hijos y nietos, es un signo de madurez emocional. Otra fuente de
gratificación, aun antes de la ancianidad, es la riqueza de los recuerdos que
mantienen vivo al pasado.
La fortaleza del carácter está basada en procesos muy tempranos. La
relación con la madre es la primera y fundamental, aquella en la que el niño
experimenta amor y odio por primera vez. No sólo es un objeto externo
sino que el niño internaliza (introyecta, diría Freud) aspectos de su
personalidad. Si los aspectos buenos de la madre introyectada dominan a
los frustrantes, esta madre internalizada deviene la base de la fortaleza del
carácter, porque el yo puede desarrollar así sus potencialidades; puesto que
si ella se experimenta como madre que guía y protege pero no domina, la
identificación con ella hace posible la paz interior. El éxito de esta primera
relación se extiende a la relación con otros miembros de la familia, en primer
lugar con el padre, y se refleja luego en las actitudes adultas, tanto en el
círculo familiar como hacia la gente en general.
La internalización de los padres buenos y la identificación con ellos
subyace a la lealtad hacia la gente y los ideales y a la capacidad de hacer
sacrificios por las propias convicciones. La lealtad hacia lo que se ama o
hacia lo que se cree justo implica que los impulsos hostiles y la angustia
asociada, que nunca son totalmente eliminados, se han volcado hacia
aquellos objetos que hacen peligrar lo que se siente bueno. Este proceso
nunca se lleva a cabo totalmente y persiste la angustia de que la
destructividad pueda hacer peligrar los objetos buenos internalizados así
como los externos.
Muchas personas aparentemente equilibradas no tienen fuerza de
carácter. Eluden los conflictos internos y externos, tratando de llevar una
vida fácil. Por consiguiente, tienden hacia lo expeditivo y al éxito sin
desarrollar convicciones arraigadas.
Sin embargo, si un carácter fuerte no está mitigado por la
consideración hacia el prójimo, no es una característica de una personalidad
equilibrada. Nuestra experiencia del mundo se enriquece con la
comprensión, compasión, simpatía y tolerancia hacia los demás y nos hace
sentir más seguros internamente y menos solos.
El equilibrio depende de nuestra comprensión de la variedad de
nuestros impulsos y sentimientos contradictorios y de nuestra capacidad de
resolver estos conflictos internos.
Otro aspecto del equilibrio es la adaptación al mundo externo,
adaptación que no interfiera con la libertad de nuestras emociones y
pensamientos. Esto implica interacción; la vida interior siempre influye en
las actitudes hacia la realidad externa y a su vez es influida por las
adaptaciones a la realidad. El niño, desde un comienzo, internaliza sus
primeras experiencias y a la gente que lo rodea, y estas internalizaciones
influyen en su vida interior. Si la bondad del objeto predomina a lo largo de
esos procesos y forma parte de la personalidad, su actitud hacia
experiencias que provienen del mundo externo es a su vez favorablemente
influida. No es necesariamente un mundo perfecto el que percibe dicho
niño, pero por cierto es un mundo mucho más valioso porque su situación
interna es mucho más feliz. Una interacción exitosa de este tipo contribuye
al equilibrio y a la buena relación con el mundo externo.
El equilibrio no significa evitar conflictos; implica la fuerza para
tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas. Si disociamos
excesivamente las emociones dolorosas, restringimos la personalidad y
provocamos inhibiciones variadas. Particularmente, la represión de la vida
de fantasía tiene gran repercusión en el desarrollo porque inhibe el talento y
el intelecto; también impide la apreciación de las realizaciones de otra gente
y el placer que de ello deriva. La falta de goce en el trabajo y el descanso,
en la relación con otra gente, vacía la personalidad y despierta angustia e
insatisfacción. Dicha angustia es tanto persecutoria como depresiva, y si es
excesiva constituye la base de la enfermedad mental.
El hecho de que algunas personas vivan sin mayores apremios, en
especial si son exitosas, no excluye su labilidad respecto de la enfermedad
mental, si no han enfrentado nunca exitosamente sus conflictos profundos.
Estos pueden hacerse sentir en ciertas fases críticas como la adolescencia,
la edad media o la vejez. La gente mentalmente sana tiene en cualquier época
de la vida más posibilidades de mantenerse equilibrada y además depende
mucho menos del éxito externo.
De mi descripción se desprende que la salud mental no es compatible
con la superficialidad, puesto que ésta se vincula con la renegación del
conflicto interior y de las dificultades externas. Se utiliza la renegación de
manera excesiva porque el yo no es suficientemente fuerte para tolerar el
dolor. Aunque en ocasiones la renegación pueda formar parte de una
personalidad normal, si es predominante lleva a la superficialidad, pues
impide la comprensión de la vida interior y, por consiguiente, un verdadero
conocimiento de los demás. Se pierde la satisfacción de dar y recibir, de
experimentar gratitud y de ser generoso.
La inseguridad que subyace a una renegación intensa, también es
causa de la falta de confianza en sí mismo, porque inconscientemente una
comprensión insuficiente da como resultado el desconocimiento de partes
de la personalidad. El hecho de volcarse en el mundo externo es un escape
de dicha inseguridad; sin embargo, si surgen fracasos en los logros o en las
relaciones con los demás, dichos individuos son incapaces de tolerarlos.
Por contraste, la persona capaz de experimentar profundamente el
dolor cuando llega, también es capaz de compartir la pena y el infortunio
ajenos. Asimismo no se verá abrumando por dicha pena o infelicidad y
podrá recuperar y mantener el equilibrio, todo lo cual forma parte de la
salud mental. Las primeras experiencias en compartir el dolor de los demás
se vinculan a aquellos más cercanos al niño, sus padres y hermanos.
Quienes pueden comprender como padres los conflictos de sus hijos y sus
tristezas tendrán un profundo conocimiento de las complejidades de la vida
interior del niño, y también podrán compartir plenamente sus placeres y
gozar de una íntima relación con él.
Los esfuerzos para lograr éxito externo son compatibles con un
carácter fuerte si no se transforman en el centro de satisfacción de la vida.
De mi observación se desprende que si ése es el principal objetivo y no se
desarrollan las otras actitudes que he descrito, el equilibrio mental es
inseguro. Las satisfacciones externas no reemplazan la paz interior. Esta
sólo se logra si se reducen los conflictos internos y por consiguiente se ha
instaurado la confianza en sí mismo y en los demás. Si falta esa tranquilidad
de espíritu, el individuo puede responder a cualquier fracaso externo con
fuertes sentimientos de persecución y privación.
A lo largo de mi descripción de la salud mental he mostrado su
naturaleza compleja y multiforme, pues, como ya he señalado, se basa en el
interjuego entre las fuentes fundamentales de la vida mental -los impulsos de
amor y de odio-, interacción donde predomina la capacidad de amar.
Para esclarecer los orígenes de la salud mental, describiré
sucintamente la vida emocional del bebé y del niño. La buena relación del
bebé con la madre, la alimentación, el amor y el cuidado que ella le provee,
son la base de un desarrollo emocional estable. Sin embargo, aun en este
momento tan temprano y bajo las circunstancias más favorables, el
conflicto entre el amor y el odio, o como diría Freud, entre los impulsos
destructivos y la libido, desempeña un importante papel en esta relación.
Las frustraciones, que en cierto grado son inevitables, refuerzan el odio y la
agresividad. Por frustración no sólo quiero decir que el niño no es
alimentado cuando lo desea; pues descubrimos más tarde, en el análisis,
que existen deseos inconscientes, no siempre perceptibles en la conducta
del bebé, que se centran en la continua presencia de la madre y en su amor
exclusivo. La avidez y los deseos mayores que los que cualquier situación
externa pueda satisfacer forman parte de la vida emocional del bebé.
Además, junto a los impulsos destructivos el bebé experimenta sentimientos
de envidia, los que refuerzan su avidez e interfieren en su capacidad de
gozar de las satisfacciones disponibles. Los sentimientos destructivos
hacen surgir el temor a la retaliación y persecución, y éste es el primer tipo
de angustia que experimenta el bebé.
Esta lucha da como resultado que en la medida en que el bebé quiere
preservar los aspectos amados de la madre buena, internos y externos, debe
disociar el amor del odio y mantener la división de la madre en una buena y
una mala. Esto le permite lograr un cierto grado de seguridad en su relación
con la madre amada y, por consiguiente, desarrollar su capacidad de amar.
Si la disociación no es muy profunda y no impide más tarde la integración y
la síntesis, el niño podrá desarrollarse normalmente y tener una buena
relación con la madre.
He mencionado que los sentimientos de persecución son la primera
forma de la angustia, pero también esporádicamente se experimentan
sentimientos depresivos desde el comienzo de la vida. Se refuerzan a
medida que crece el yo y se afirma el sentido de la realidad, y predominan
en la segunda mitad del primer año de vida (posición depresiva). En ese
estadio el bebé experimenta plenamente la angustia depresiva y el
sentimiento de culpa en relación con sus impulsos agresivos hacia la madre
amada. Muchos de los problemas de diversa gravedad que surgen en los
bebés, tales como: perturbaciones en el dormir, en la alimentación,
incapacidad de gozar, exigencias de permanente atención y de la presencia
de la madre, son el resultado de este conflicto. Más adelante otro resultado
incrementa las dificultades en adaptarse a las demandas del crecimiento.
Juntamente con el sentimiento de culpa más desarrollado se
experimenta el deseo de reparar, y esa tendencia alivia al bebé porque al
complacer a la madre siente que anula el daño que en sus fantasías
agresivas le ha ocasionado. Por más primitiva que sea esta capacidad en el
bebé, satisfacer este deseo de reparación es uno de los factores principales
entre los que lo ayudan a superar en parte su depresión y su culpa. Si no
puede expresar su reparación o no puede experimentarla, lo que significaría
que su capacidad de amor no es lo suficientemente fuerte, el bebé deberá
recurrir a una mayor disociación. Esto dará como resultado que aparezca
como excesivamente bueno y sumiso. Pero además sus dotes y virtudes se
verán perturbadas, pues serán frecuentemente reprimidas junto con los
sentimientos dolorosos que subyacen a sus conflictos. Es decir, que si el
bebé no puede experimentar conflictos dolorosos también está perdiendo
otras cosas importantes en otros sentidos, como ser el desarrollo de otros
intereses, la capacidad de apreciar a la gente y de experimentar otros
placeres variados.
Pese a todas estas dificultades internas y externas, el bebé encuentra
normalmente la manera de resolver estos conflictos básicos, y esto le
permite más adelante experimentar alegría y gratitud por la felicidad
recibida. Si tiene la suerte de tener padres comprensivos, sus problemas
serán menores; por otra parte, una crianza demasiado permisiva o estricta
aumentará sus dificultades. La capacidad de resolver sus conflictos se
desarrolla a lo largo de la adolescencia y la adultez y es la base de la salud
mental. Por consiguiente, la salud mental no es tan sólo un producto de la
personalidad madura, sino que en cierto modo se aplica a cada momento
del desarrollo del individuo.
He mencionado la importancia del ambiente del niño, pero éste es
sólo un aspecto de un complejo interjuego entre factores externos e
internos. Por factores internos entiendo que algunos niños, desde un
comienzo, tienen mayor capacidad de amor que otros, lo que está ligado a
un yo más fuerte, y que su vida de fantasía es más rica y permite el
desarrollo de todas sus dotes. Por lo tanto podemos hallar niños que, aun
en condiciones favorables, no adquieren el equilibrio que forma la base de
la salud mental, mientras que otros, en circunstancias desfavorables, si lo
obtienen.
Ciertas actitudes prominentes en los primeros estadios del desarrollo
continúan en cierto grado en la vida adulta. Sólo si son modificados de
manera suficiente es posible la salud mental. Por ejemplo, el bebé tiene
sentimientos de omnipotencia que hacen que sus impulsos de amor y de
odio le parezcan muy poderosos. Fácilmente podemos observar en el
adulto remanentes de esta actitud, aunque la mejor adaptación a la realidad
disminuye normalmente el sentimiento de que lo que uno ha deseado se ha
cumplido.
Otro factor en el desarrollo temprano es la renegación de lo doloroso,
lo que podemos observar también en la vida adulta. La tendencia a idealizar
el objeto y a sí mismo es el resultado de la necesidad del niño de disociar lo
bueno de lo malo, tanto en sí mismo como en sus objetos. Hay una íntima
correlación entre la necesidad de idealizar y la angustia persecutoria. La
idealización tiene el efecto de reasegurar, y en tanto prosigue operando en el
adulto sirve al fin de contrarrestar las angustias persecutorias. El temor a los
enemigos y a los ataques hostiles se mitiga incrementando la creencia en la
bondad de la gente.
Cuanto más se hayan modificado esas actitudes en la infancia y en la
adultez, mayor será el equilibrio mental. Cuando el juicio no está obnubilado
por la angustia persecutoria y la idealización, entonces es posible una
evaluación madura.
Como las actitudes descritas nunca son superadas completamente,
desempeñan un papel en las variadas defensas que utiliza el yo para
combatir la angustia. Por ejemplo, la disociación es un modo de preservar el
objeto bueno y los impulsos buenos contra los peligrosos y terroríficos,
impulsos destructivos que crean objetos retaliativos [vengadores], y este mecanismo es
reforzado siempre que se incrementa la angustia.
Al analizar niños, también he hallado que refuerzan mucho la
omnipotencia cuando están asustados. La proyección y la introyección,
procesos básicos, son además mecanismos que pueden ser utilizados
defensivamente. El niño se siente malo y trata de escapar a la culpa
atribuyendo su propia maldad a los demás, lo que significa que refuerza sus
angustias persecutorias. Una manera en que utiliza la introyección como
defensa es meter dentro de sí objetos que se espera que protegerán contra
los objetos malos. Un corolario de la angustia persecutoria es la
idealización, pues cuanto mayor es la persecución, mayor será la necesidad
de idealizar. La madre idealizada deviene una ayuda contra la persecutoria.
También está ligado a todas estas defensas cierto elemento de renegación,
porque es el medio de lidiar con toda situación dolorosa o atemorizante.
A medida que se desarrolla el yo, más intrincadas y exitosas son las
defensas, pero también son menos rígidas. Cuando la comprensión no es
obstaculizada por las defensas, es posible lograr la salud mental. Una
persona sana mentalmente puede darse cuenta de su necesidad de ver las
situaciones displacenteras a una luz más favorable y corregir su tendencia a
embellecerías. De ese modo está menos expuesta a la dolorosa experiencia
de la ruptura de la idealización y al predominio consiguiente de las angustias
depresivas y persecutorias. Por lo tanto, es más capaz de manejar las
experiencias dolorosas derivadas del mundo externo.
Un elemento importante de la salud mental que aún no he tratado es la
integración, la que se expresa por medio de la fusión de las diferentes partes
del sí-mismo. La necesidad de integración deriva del sentimiento
inconsciente de que partes de uno mismo son desconocidas, de una
sensación de empobrecimiento a causa de verse privado de ciertas partes.
Esta sensación de partes desconocidas de uno mismo urge a la integración.
Más aun, la necesidad de integración deriva del conocimiento inconsciente
de que el odio sólo puede ser mitigado por el amor, y que si ambos se
mantienen separados es imposible el alivio. Pese a esa tendencia, la
integración siempre implica dolor, porque el odio disociado y sus
consecuencias son muy difíciles de enfrentar, y la incapacidad de tolerar
este dolor renueva la tendencia a disociar las partes amenazantes y
perturbadoras de los impulsos. En una persona normal, pese a estos
conflictos se puede llevar a cabo gran parte de la integración, y cuando ésta
es perturbada por motivos externos o internos, la persona normal puede
volver a lograrla. La integración también tiene el efecto de crear la tolerancia
hacia nuestros impulsos y, por lo tanto, hacia los defectos ajenos. La
experiencia me demuestra que nunca existe una integración completa, pero
cuanto más uno se acerca a ella mayor será la comprensión de los impulsos
y las angustias, más fuerte será el carácter y mayor el equilibrio mental.

Trevor Lubbe: Teoría kleiniana de la sexualidad

Teoría kleiniana de la sexualidad*

Trevor Lubbe[1]  2008

A Kleinian theory of sexuality

Donald Meltzer Psychoanalytic Atelier: http://www.psa-atelier.org/

 

Introducción

El descubrimiento de Freud de la sexualidad infantil representa una piedra fundamental de la teoría psicoanalítica con la ubicación especial de lo perverso polimorfo regulado por el interjuego del principio de placer-displacer y el de realidad. De acuerdo a Laplanche (1976) la pulsión es sexualidad, que Freud generalizó a todas las formas de satisfacciones humanas desde la oralidad como prototipo tanto para el escalar montañas como para los proyectos intelectuales.

Hace algunos años salieron trabajos quejándose de la marginación y en ocasiones la desaparición de la sexualidad en el psicoanálisis. Encabezando los trabajos, fue Green (1996, 1997, 2000) quien en una ponencia durante el aniversario de Sigmund Freud dictada en el Anna Freud Center, en abril de 1995 afirmó que los herederos de Freud habían reducido la importancia de la sexualidad en el psicoanálisis, resultando una desexualización de la teoría clásica. Los principales culpables, de acuerdo a Green, fueron los teóricos británicos de las Relaciones Objetales [RROO] –Balint, Fairbairn, Winnicott y especialmente Klein. Su ‘feminización’ de la teoría enfatizando el rol de la relación materna pregenital y la relación madre-bebé desplazó la sexualidad del epicentro del psicoanálisis. Reificando lo pregenital, Klein, en particular, pecó doblemente –‘colocó al pecho en la suprema posición’ (1996, p. 877) extendiendo el modelo del pecho hasta llegar a incluir la fase genital, con el resultado de que el ‘pene fue visto como un órgano que da y alimenta, en otras palabras un pecho. Implícitamente, la fellatio fue la aproximación más cercana a una relación sexual totalmente satisfactoria’ (p. 877). Además, sustituyó la sexualidad por la agresión como una característica destacada de su esquema teórico. Desgraciadamente para Fairbairn, quien fue ridiculizado por analizar desde detrás de un escritorio, prueba de que él había sacado la sexualidad del consultorio (1996, p. 879), aunque era el mismo Fairbairn quien hizo la siguiente clarificación iluminadora sobre la relación entre la función sexual y el amor:

 

Lo importante acerca de la madurez individual no es que la actitud libidinal es esencialmente genital, sino que la actitud genital es esencialmente libidinal… La genitalidad verdadera se logra si se han establecido relaciones objetales satisfactorias” (1952, p. 22).

 

Hacia 1997 Green comenzó a estar menos atrapado por lo que había dicho en su conferencia celebrando el Aniversario de Freud y sus argumentos comenzaron a ser menos polémicos y más sistemáticos. Localizó sus acusaciones de la desexualización en los desequilibrios metapsicológicos entre la teoría de Freud de los instintos y la teoría de las RROO y sugirió que era necesario encontrar la manera de integrar las ideas de Klein, Winnicott y Bion con la teoría de la libido de Freud.

 

Es virtualmente imposible llegar a unificar una concepción del objeto no sólo porque hay teorías conflictivas sino porque siempre hay más de un objeto” (Green, 1997, p. 346; las cursivas son mías).

 

Pero Green no tenía esperanzas, especialmente, acerca de las teorías de M. Klein, quien hizo “una modificación tan radical” de la teoría de los impulsos que podía dificultar una integración (1997, p. 346). Las principales modificaciones de esta teoría son (1) que la libido busca directamente un objeto para su satisfacción, (2) que la libido incluye emoción y que por lo tanto no sólo está gobernada por la demanda de las pulsiones, (3) que el objeto amado se expresa inicialmente en relaciones de objetos parciales y por tanto no está confinado al amor genital. Green concluye que debido a estas modificaciones la sexualidad arcaica se torna más prioritaria que la sexualidad edípica con el resultado de que la sexualidad tal como la conocemos desaparece de la sensibilidad clínica del analista. Esta tendencia está reforzada por la sustitución de la ‘represión’ de Freud por ‘identificación proyectiva’ (p. 348). Mientras Green está de acuerdo de que las teorías de RROO han contribuido a un nuevo clima de tratamientos en las que patologías regresivas (borderline, narcisistas, desórdenes caracteriales, etc.), como opuestos a las neurosis, son más prominentes, reclama que el rol etiopatogénico de la sexualidad en estos desórdenes no neuróticos es ‘más diverso y más complicado’ y ‘menos obvio’ (p. 347).

Sin embargo, la conclusión de Green es que las diferencias metapsicológicas entre la teoría de la pulsión y la de las RROO produce ‘conflictivas’ teorías, pero el lector puede desear comparar su punto de vista con otras afirmaciones en la literatura que enfoca, específicamente, contrastando la teoría de las pulsiones con la teoría kleiniana. Estas sugieren una gran variedad en la relación entre las dos –ambigüedad (Mackay, 1981), expansión (Wisdom 1981; Parsons 2000), paridad conceptual (Sandler 1988), habilidad para establecer puentes (Kernberg 1993), complementariedad (Maze 1993)– mientras que Greenberg & Mitchell (1983), en su exhaustiva revisión del tema, pensaron que no tenía sentido la búsqueda de una integración. El lector también puede consultar la conferencia de Meltzer (1981) en el Memorial de Freud donde argumenta a favor de la continuidad entre Klein y Freud sobre el modelo de la mente.

 

Acusaciones de la desexualización de la teoría psicoanalítica

 

Pero ¿qué hemos de hacer con los reclamos de desexualización? ¿Cómo deben evaluarse, especialmente cuando se refieren a la práctica? ¿Están basadas en el rigor académico o son simplemente un lamento o una polémica? ¿Puede ser verdad, en primer lugar, que los teóricos de las RROO hayan contribuido mínimamente a nuestra comprensión de la sexualidad y la parte que juega en el funcionamiento sano y erróneo del adulto? ¿No estuvo el nacimiento de la teoría de las relaciones de objeto vinculado al descubrimiento de Abraham (1924b) del objeto parcial, un concepto que duplicaba las fases de Freud de la primacía de la zona erógena de forma que ha enriquecido y profundizado enormemente nuestro conocimiento de la sexualidad genital? Y dada la fundamental importancia atribuida al desarrollo infantil temprano en la Sociedad Psicoanalítica Británica, ¿el movimiento de las RROO, posteriormente, no ha realizado una aclaración exhaustiva de los vínculos entre objetos parciales y totales en el proceso analítico, y en determinar sus implicaciones para los estados sexuales de la mente? En segundo lugar, ¿cómo ha quitado el análisis kleiniano la sexualidad del consultorio?

Algunas de estas declaraciones de una teoría desexualizada han resonado acríticamente en varios comentaristas como Budd (2001), Stein (1998), Dimen (1999), Celenza (2000) y otros. Budd (2001 p. 63) desarrolla más el argumento de que bajo la teoría de las RROO ha nacido un estilo de tratamiento analítico que se limitó a analizar transferencias madre-hijo, que en gran parte fueron desexualizadas. Todos los pacientes se convirtieron así en ‘bebés’ bajo la premisa de que si las relaciones de objeto del bebé se podrían resolver no habría ningún problema con la sexualidad (p. 64). De esto se sigue que los pacientes que se someten a tal análisis raramente tendrán que abordar problemas sexuales adultos. ¿Es eso posible: atravesar un análisis sin enfrentar el lugar de la sexualidad en las relaciones amorosas de un adulto? Dimen (1999) repitió el reclamo por la desexualización, atribuyéndolo al cambio desde teoría pulsional a la teoría de la RROO: ‘donde hubo libido allí estarán los objetos’.

Esta afirmación sugiere al menos que lo que la teoría de las RROO hace es correlacionar la sexualidad infantil de Freud con la sexualidad adulta en una nueva forma, un argumento sustentado por dos aisladas voces disidentes, contra las acusaciones de desexualización (Parsons 2000; Litowitz 2002). Litowitz (pp. 172, 180) que señala que la sexualidad no está hoy ausente en psicoanálisis, sino que está más presente que nunca, porque la unidad básica del psicoanálisis ya no está limitada a la pulsión/represión, sino que incluye representaciones donde lo reprimido es cognoscible a través de la comunicación directa. Esto amplía los caminos para la ‘gramática del deseo’.

Parsons (2000, p. 46), escribiendo desde la tradición Independiente, está de acuerdo en que el cambio desde la pulsión al objeto ha supuesto un cambio en la conceptualización de la sexualidad pero no una rotura con la sexualidad. Afirma que ha habido logros especiales, particularmente en la definición de sexualidad patológica, de un cambio en el enfoque del objeto determinado por la pulsión hacia la cualidad de la relación objetal como determinada por los estados mentales del sujeto y objeto. Estoy de acuerdo con su perspectiva y en este artículo, utilizando la terminología kleiniana, voy a explicar con mayor detalle el papel fundamental de la relación objetal y la cualidad de los estados del sujeto y objeto, en una teoría general de las RROO de la sexualidad.

Desafortunadamente, al mismo tiempo que los reclamos de desexualización cogieron fuerza, un elemento tendencioso entraba en el debate de tal forma que parecía una lucha nacional entre el psicoanálisis francés y el anglosajón, tal como se puede ver en el título de un trabajo sobre este tema: “Sexo no, gracias, somos británicos[1]”. ¿Puede decir alguien, realmente, si los franceses son mejores en la sexualidad que los ingleses? ¿O si los británicos son mejores que los franceses en patinaje o cruzando el canal nadando?

Tal vez un compromiso más útil con este ‘debate’ es delinear una teoría kleiniana de la sexualidad y sus implicaciones para la práctica. Para una teoría kleiniana de la sexualidad específicamente propongo la teoría de la sexualidad presentada por Donald Meltzer en 1973 en su libro “Estados sexuales de la mente”. Hasta el día de hoy este texto sigue siendo fundamental para las teorías kleinianas sobre la sexualidad no sólo en la Clínica Tavistock, sino también en muchos centros del psicoanálisis kleiniano del mundo, porque es el único texto kleiniano o post-kleiniano integral dedicado a ello. Fue objetivo explícito de Meltzer hacer una revisión estructural de la teoría psicoanalítica de la sexualidad desde una perspectiva de las relaciones de objeto. Esto hace que su proyecto sea particularmente relevante para los reclamos de desexualización de los teóricos y practicantes de las RROO en general y de los kleinianos en particular. Sin embargo, al seleccionar el texto de Meltzer, no estoy sugiriendo que representa el pensamiento de todos los kleinianos sobre el tema de la sexualidad, ni que caracterizaría a las teorías de la sexualidad de otras agrupaciones dentro de la tradición británica de relaciones de objeto. Pero Green ha señalado a Meltzer para la crítica, indicando que él también redujo toda la experiencia sexual a la búsqueda de un pecho totalmente satisfactorio (Green, 1996, p. 880).

Por lo tanto el objetivo principal de este trabajo es una refutación de los reclamos de desexualización atribuida a la teoría de las RROO en general y a la teoría kleiniana en particular. En la elaboración de esta refutación se realizarán varias consideraciones

  • que existe una teoría de la sexualidad en el trabajo de los clínicos quienes, utilizando este enfoque kleiniano, pueden ofrecer una comprensión muy detallada de las diversas características de la sexualidad;
  • que el concepto de Meltzer de ‘estados sexuales de la mente’ provee un marco conceptual para pensar acerca del mundo interno en términos sexuales, incluso el mundo erótico de la relación de madre/niño;
  • que comenzar más temprano en la psicosexualidad del individuo, que implica mecanismos psíquicos anteriores a la represión, no conduce a la eliminación de la sexualidad sino lo contrario, abogando por una teoría unificada, basada en el desarrollo de funcionamientos, para neuróticos y no neuróticos que puede hacer las diversas distinciones clínicas entre sexualidad inmadura, polimorfa y perversa que son relevantes para la definición de lo que cuenta hoy en día como salud sexual y patología;
  • que la desexualización de la teoría psicoanalítica atribuida al descubrimiento de los mecanismos de defensa más primitivos que la represión es una exageración, y que términos como escisión binaria e identificación proyectiva pueden utilizarse sin sacrificar la idea de la ubicuidad de la sexualidad, ni suplantando la pulsión/represión como una unidad básica del psicoanálisis, ni descuidando el contraste entre la neurosis y la perversión;
  • que, por el contrario, estos mecanismos primitivos han añadido nuevas y sutiles formas de interpretar la dimensión sexual en los asuntos humanos cuando se revelan en el consultorio;
  • que si hay un alejamiento de la sexualidad en psicoanálisis no es a causa de la teoría de las RROO sino por la mayor complejidad en la conceptualización actual de la sexualidad debido a las teorías de las RROO. Y con la complejidad en mente, primero tenemos que recurrir a Klein.

 

La teoría de M. Klein del desarrollo sexual

 

La teoría de Klein de la sexualidad puede derivarse de tres fuentes: sus contribuciones sobre sexualidad femenina (1932, Cap. 11), el papel que ella atribuyó a la madre pre-genital en la vida del niño (1937) y su teoría de un complejo de Edipo temprano y su relación con la posición depresiva (1945). Klein sostuvo que el niño y la niña experimentan sensaciones e impulsos genitales desde el principio que no son únicamente el resultado del cuidado corporal de la madre, sino que se derivan de un conocimiento inconsciente de un pene y una vagina (Klein 1945 p. 409). Este conocimiento de las distinciones anatómicas genera fantasías inconscientes sobre diferencia de género que entran en el registro de la sexualidad infantil inicialmente por medio del objeto-parcial oral, en sus dimensiones libidinales y agresivas. Experiencias de frustración, pero también satisfactorias en la relación de objeto parcial con el pecho, llevan al niño, en fantasía, a recurrir a otras fuentes como el pene/pezón (p. 408). Por lo tanto el pene ‘pertenece’ inicialmente a la madre, como objeto de identificación primaria, y se mantiene en su interior junto con sus otros atributos, positivos y negativos. Por lo tanto, el primer temor al pene es el de un pene dentro de la madre, actuando como un embrionario superyó (pág. 411).

El deseo oral de un pene es un precursor de una correspondiente relación entre la vagina y el pene, que comprende la primitiva relación de coito de los padres internos. Para ilustrar la naturaleza específica de esta temprana relación de coito, Klein utiliza el término “objeto combinado” (Klein 1932 p. 246). Esta figura parental combinada, inicialmente, es una que involucra objetos/parciales y por lo tanto su fusión o confusión contribuye a sus efectos atemorizadores. Así como Freud había observado, las concepciones infantiles de coitos eran sádicas y en el análisis de los niños pequeños Klein descubrió -en el material de juegos- abundantes ejemplos de escena primaria de imágenes aterradoras de rasgarse, golpearse, cortando, envenenando a través del intercambio de heces y así sucesivamente, debido, como ella concluyó, a las proyecciones de elementos sádico orales y anales en el coito parental (1927b, p. 175). También señaló que, aún cuando esas fantasías sádicas no fueran llevadas a cabo en la sexualidad adulta como actos criminales sexuales, podrían desempeñar un papel significativo en trastornos sexuales como la frigidez y la impotencia (Klein 1927b p. 176).

Estas son realmente ideas de Freud, el modelo de la oralidad para la sexualidad adulta que extiende aspectos del modelo del pecho a la fase genital, el conocimiento inconsciente del coito y la ‘fantasía primaria’ del coito parental como sádico. Donde Klein alcanzó una formulación diferente fue a través de (i) sus ideas sobre la sexualidad femenina, en particular acerca del conocimiento inconsciente que tiene la chica de su vagina, (ii) el momento y la dinámica de las fases psicosexuales unidos a la importancia dada por Karl Abraham a la organización de objeto parcial y (iii) la fusión de la sexualidad con la agresión (Klein 1933 p. 253).

La tarea crucial que ahora le espera al niño, de gran importancia para la futura sexualidad, es la integración de estas relaciones de objeto interno pre-genital en la emergente genitalidad. Según Klein, esta integración se organiza alrededor del cambio desde relaciones de objetos parciales a las relaciones de objeto total que comienza después del destete y continúa durante la segunda mitad del primer año de vida (Klein 1924, p. 55). Con este y otros cambios sucesivos hacia objetos casi totales u objetos totales el niño desarrolla la capacidad de identificarse con el objeto, que convierte al objeto bajo una nueva luz, como independiente. Por lo tanto los impulsos sexuales y sensuales inmediatamente cobran un nuevo significado en dos niveles. En primer lugar, ellos contrarrestan los deseos agresivos y los autogratificantes, inaugurando así sentimientos de ternura, preocupación y una realista idealización del objeto (Klein 1937, p. 314). En segundo lugar, las identificaciones recíprocas llegan a ser posibles basadas en una mejor integración de los sentimientos positivos y negativos, llevando a una capacidad de mutua excitación así como empatía, un factor que intensifica el placer sexual en las relaciones de amor (1937, p. 315). Pero aparte de establecer las bases teóricas para una relación íntima, el cambio a las relaciones de objeto total tiene su efecto más decisivo en la integración del amor pre-genital y genital forzando a la imago ‘objeto combinado’ a dar paso a una diferenciación consciente de los padres en figuras individuales, polarizadas, masculina y femenina (Klein, 1952, pp. 79,197).

Esto es revolucionario en virtud del basarse en una conciencia de una diferencia genital. En otras palabras, la percepción de la madre como un individuo focalizándose sobre un conocimiento de la diferencia anatómica entre los padres. El temor ahora es el del pene de fuera de la madre. El efecto psíquico de esto, según Klein, es poner en marcha el complejo de Edipo en una forma preliminar, de lo cual ella concluiría que el inicio de la “constelación” de Edipo y la posición depresiva infantil van de la mano (Klein 1932, xiv). Con la así llamada versión ‘madura’ del complejo de Edipo (versión de Freud) se produce otra diferenciación de la imago del ‘objeto combinado’ hacia figuras singulares dentro de un conocimiento más conciente de las figuras masculinas y femeninas, una figura se convierte en un objeto libidinal y la otra en un objeto de odio (1932, p. 246). Ahora, la culpa en un verdadero sentido reemplaza al miedo como expresión de un superyó floreciente. Lograr una síntesis de estas figuras, más diferenciadas aún, por efecto de la maduración, establece un patrón de una relación genital complementaria que forma parte de una elección de objeto personal.

En la pubertad todo el proceso es revisitado. Estimulado por la madurez sexual el ‘objeto combinado’ de la pregenitalidad vuelve a entrar en el cuadro regresivamente y tiene que sufrir una fresca transformación en elementos masculinos y femeninos, en esta ocasión su integración formando la base de una identificación genital adulta. Lo que me gustaría destacar es que un resultado exitoso en esta teoría del desarrollo sexual involucra al “objeto combinado” pregenital sufriendo fases sucesivas de disociación para alcanzar progresivamente un nivel más alto de integración genital, un concepto epigenético (véase Klein 1932, p. 79 y p. 253)

En resumen, la importancia del concepto de la posición depresiva infantil es la de rastrear la sexualidad edípica en sus orígenes, en la sexualidad pre-genital, delineando cómo elementos inconscientes masculinos y femeninos emergen conscientemente en la psique como resultado de la separación del bebé de su primer objeto (femenino) hasta reconocer un segundo objeto (masculino o no madre). Es sobre esta base que debe ocurrir toda una larga serie de necesarias integraciones para un resultado satisfactorio en las relaciones sexuales y amorosas, integraciones entre objetos internos y externos y entre un objeto interno y otro.

Esta es esencialmente la teoría de Klein de la evolución de las relaciones de objeto interno desde la sexualidad infantil hasta la adulta, que derivó de su trabajo con niños pequeños; como una teoría del desarrollo que establece a la madre como el objeto primario de identificación en la vida sexual del niño y hace hincapié en su contribución en el destino de la madurez o inmadurez psicosexual. Haciendo pleno uso de la distinción de Abraham (1925a) entre la teoría de los objetos parciales y totales enriquece la concepción en todos los ámbitos de la sexualidad, pero de la sexualidad genital en particular, mostrando en detalle cuan probable es que la primacía genital lleve el sello de los impulsos e imagos pregenitales en toda su multiplicidad. Sin embargo, es el concepto de la posición depresiva lo que introduce un nuevo léxico en la relación entre la sexualidad y el amor que es teorizado para funcionar durante todo el ciclo vital. Este concepto, cuando es aplicado al rol de la madre pregenital para desencadenar la asociación entre sexualidad y amor, abre un panorama enorme para considerar la plena diversidad y complejidad de las relaciones sexuales adultas y de amor, en sus formas maduras e inmaduras.

Las implicaciones de esta teoría para la sexualidad adulta nunca fueron totalmente bosquejadas por Klein, excepto un puñado de referencias en los casos de adultos que aparecen en sus escritos. Estas referencias ciertamente dejan claro que ella nunca consideró lo pregenital como pre-sexual. Mientras sus escritos tempranos desbordaban sexualidad –ella vio sexualidad hasta en los ejercicios de sumar y multiplicar del niño- ella nunca escribió un trabajo sobre la sexualidad del cual Green deduce que ella perdió el interés en el tema (1996, p. 879). ¿Pero quién puede escribir un trabajo sobre todo? Por suerte para Klein algunos de sus seguidores pasaron a explicar detalladamente con más energía algunas de esas implicaciones para las relaciones de objeto sexuales adultas.

 

 

Estados sexuales de la mente

 

Meltzer[2]1 comienza con una situación sexual básica o ‘set’ que es la idea de Freud de la escena primaria (en phantasy) complementado por los insights de Melanie Klein de la relación del bebé/niño [infant/child] con las interioridades del cuerpo de la madre. En consecuencia, algunos estados sexuales de la mente, a diferencia del comportamiento, se pueden clasificar según la naturaleza de la participación del bebé/niño, en fantasía, en la escena primaria (Meltzer 1973 p. 86). Estos estados sexuales infantiles de la mente, en su mayoría, son experimentales, autoeróticos y polimorfos (p. 88). Central, sin embargo, para el desarrollo del niño en todas las áreas, incluyendo la sexualidad, es la descripción de Klein de la operación en la psique de la escisión e idealización del objeto y del self (p. 90). A través de estos mecanismos una parte idealizada del bebé se une a un objeto idealizado como salvaguarda contra la ansiedad persecutoria y la confusión. A pesar de su aspecto defensivo, esta forma de sobrevaloración del objeto marca el comienzo de la capacidad de amar.

Sin este proceso binario, afirma Meltzer, no hay ninguna diferenciación primaria entre “bueno” y “malo” y el niño seguramente sobrevivirá sólo por estar dentro de un objeto en un estado de parasitismo (p. 90). Donde el splitting-e-idealización está pobremente establecido, sobre todo después del destete y durante la latencia, la necesidad del control omnipotente del objeto es aplastante, lo que se consigue a través de una forma intrusiva de identificación proyectiva (Meltzer 1992, p. 33). De esta manera, los aspectos ‘perversos’ del hedonismo infantil no se someten a la integración, sino que, en cambio, sobreviven en formas de inmadurez sexual, o se insinúan con secretas intenciones en la sexualidad adolescente y adulta de modo tal como para causar estados de confusión y perversidad (Meltzer 1973, cap. 13 y 18). Otro método por el cual sobreviven estados mentales perversos es a través de la escisión de la sensualidad del afecto y de la fantasía. Por ejemplo, la agradable ingesta del alimento (leche) puede escindirse del afecto, esforzándose por percibir la satisfacción libidinal desligada de un objeto. En un nivel aún más primitivo, según Meltzer, esto puede lograrse desmontando el objeto en una colección de sus características sensoriales, una maniobra que degrada igualmente al objeto, limitándolo a la función de gratificar una necesidad (p. 109). Se trata de una explicación kleiniana de cómo la libido se convierte en buscadora de no-objeto.

La sexualidad adulta, afirma Meltzer, deriva de una identificación introyectiva con la pareja parental interna “de opción” (1973 p. 115 y p. 121).

 

El fundamento, en el inconsciente, de la vida sexual de la persona madura es la gran complejidad de la relación sexual de los padres internos, con los cuales es capaz de una rica identificación introyectiva en los roles, tanto masculino como femenino”. (1973, p. 67).

 

Tal identificación con las cualidades masculinas y femeninas, por tanto, refleja la disposición bisexual mental de todos y una bisexualidad bien integrada, según Meltzer, permite una conexión más intensa con una pareja sexual. Sin embargo, la naturaleza de la relación coital de los objetos internos es identificada como el factor crucial (p. 66). Según lo descrito por Klein ésta está estructurada por dos factores: la relación entre el bebé y la madre y si se ha establecido una estructura estable de partes infantiles dependientes del self y de la madre interna, y cómo ésta está formada por fantasías inconscientes que organizan a estas partes en relación con el interior del cuerpo de la madre (p. 68).

Meltzer (p. 68) nos dirige a tres espacios geográficos dentro del cuerpo de la madre: superior (pecho, cabeza), parte delantera/inferior (genitales), parte posterior/inferior (recto). Estos espacios están ocupados también, en la fantasía, por el pene del padre y los futuros bebés. Él se refiere a la extensión realizada por Abraham (1924) de las etapas erógenas en seis categorías –oral que chupa/muerde, anal expulsiva/retentiva, fálico-genital/genital-tardío- y sugiere que creando una mayor geografía de los puntos de fijación, esta extensión ha añadido una diversidad notable a ‘la geografía de la fantasía’ en relación a las posibilidades de coito entre objetos internos (pp. 23/26). Pero el objetivo sigue siendo distinguir en el adulto estados sexuales de la mente según sean polimorfos, perversos o inmaduros.

Por ejemplo, en la relación coital de los objetos internos, en la fantasía, el pene del padre puede relacionarse con los tres orificios de la madre –introitus, ano, boca-. El pene puede cumplir la función de proveer, de limpiar la basura, proporcionar el placer orgásmico o intentar la fertilización, en los tres orificios. Pero este debe ser distinguido de un pene que durante la cópula usa el espacio interior del objeto, en la fantasía, para expulsar excrementos, para interferir con la potencia o eliminar a futuros bebés desde los celos posesivos, en otras palabras, para el asalto sádico anal (1973, p. 72). Si la profanación a través del pene ha ocurrido causando modificaciones en el estado de ánimo del objeto interno, el pene puede tornarse grandioso intentando una reparación. Esta reparación mágica o maníaca debe ser distinguida de la reparación que el pene acomete durante la relación sexual para restaurar al objeto en su previa vitalidad. Del mismo modo, en la relación coital de objetos internos, los testículos y la eyaculación del semen deben ser distinguidos de las preocupaciones por el semen que son una denigración del pecho y de la leche del pecho. Así ‘el lugar de los testículos en la sexualidad adulta puede ser mejor comprendido, distinguido de las preocupaciones más fálicas a niveles infantiles’ (p. 72).

Si nos movemos a la vagina y consideramos el vínculo de la vagina con la boca   -como la primordial cavidad de la experiencia sensual y placentera– entonces se debe distinguir en la fantasía entre la vagina como cavidad receptiva y que recibe/da placer y la vagina como ‘una boca’ ávida que despoja de su calidad y vitalidad a todo lo que el pene otorga, un triunfo edípico que tiene implicaciones para el orgasmo femenino y la función sexual (Meltzer 1992, pp. 88-90).

La vida sexual adulta deriva su complejidad y diversidad de una identificación introyectiva, en la fantasía, con estas transformaciones geográficas del coito de los padres internos. En un extremo se encuentra en una identificación con un ‘objeto combinado’ pregenital mutuamente injuriado o explotado, mientras en el otro extremo subyace una identificación con una cópula parental donde ambos miembros de la pareja obtienen mutuamente placer sexual conservando sus respectivas individualidades e integridad. En algún sitio, como Freud describió, yace una apasionada conexión sexual donde, a menudo, es imposible destacar una diferencia clara entre la sexualidad ‘buena’ y ‘mala’, testimonio del poder misterioso del deseo.

Es importante señalar que a pesar de que la ‘relación coital de objetos internos’ toma como modelo a la pareja parental, es decir, una situación heterosexual, el objeto de la revisión estructural de Meltzer de la teoría psicosexual -desde la perspectiva de las relaciones de objeto- no es distinguir ‘buena’ y ‘mala’ sexualidad sobre la base de descripciones cuantitativas y normativas de las elecciones sexuales (1973, p. 66). Ni es primordial que órgano anatómico está interactuando con qué otro órgano, ni qué zona erógena, o su cantidad, está manifestando erotismo. Para Meltzer, la demanda de la pulsión por determinada elección de objeto o comportamiento es menos imperiosa. En cambio pone el énfasis en el estado mental de los individuos involucrados en una relación sexual y si un “propósito perverso’ o ‘meta’ está presente (p. 92). Este “propósito” no necesita ser definitivamente agresivo puesto que la expresión sexual puede estar impulsada por agresión sin ser perversa, como en el caso de la penetración o incorporación sexual vigorizante. Lo que define un estado mental perverso se juzga en función de tres factores: el equilibrio entre sexualidad infantil (objeto parcial) y adulta (objeto total), el equilibrio entre impulsos destructivos y libidinales, y el equilibrio entre partes “buenas” y “malas” del self[3] (p. 67). El primero es fundamental para una distinción entre una sexualidad madura e inmadura (o pseudomadura) mientras los dos últimos son fundamentales para diferenciar entre la sexualidad polimorfa y perversa, tanto en niños como adultos.

Dentro de estas tres dimensiones, para repetir, la más importante causa de trastornos en el desarrollo de la libido es una ineficaz escisión-e-idealización y el uso excesivo de la identificación proyectiva como condición previa para establecer una relación de objeto. En términos generales, esto produce la situación hostil donde objetos parciales pueden ser tratados como si fueran objetos totales. Meltzer, como parte de su revisión de la teoría psicoanalítica de la sexualidad, está desarrollando algunas de las implicaciones del cambio desde la pulsión a la relación con el objeto implícito en una teoría de las RROO.

En el proceso de resumir las formulaciones de Meltzer, que estoy ofreciendo como una refutación a las afirmaciones de desexualización de Green, me gustaría hacer hincapié en lo siguiente:

  • como se utiliza el lenguaje de objetos parciales y de objetos internos, así como conceptos defensivos como escisión del self y objeto, escisión e identificación proyectiva, escisión inadecuada y así sucesivamente, sin sacrificar la idea de la ubicuidad de la sexualidad. En cambio, mejoran las descripciones de la completa complejidad de como una persona organiza su experiencia sexual –la de él y la de ella- y por lo tanto son una considerable ganancia clínica al mantener la sexualidad en, y no fuera de, la sala de consulta;
  • que esos mecanismos que intervienen en la sexualidad arcaica, aunque son análogos a la represión, son de un orden de desarrollo diferente, pero esto no significa que el clínico tenga que elegir entre ellos. El clínico se ocupa de lo que se le presenta, independientemente del nivel del desarrollo, si se trata de una expresión de la infinita variedad de expresiones sexuales generada por la represión o si es un ejemplo de las igualmente innumerables e ‘ingeniosas’ variaciones de la sexualidad reveladas en las organizaciones psicosexuales pregenitales;
  • sobre el destino de la sexualidad infantil, más allá de una simple prefiguración o de ser asimilada en la sexualidad adulta, el concepto de “estados sexuales de la mente” le permite a Meltzer dejar perdurar la pureza de la sexualidad infantil en el inconsciente adulto como polimorfismos y, por supuesto, en sueños y actos de creatividad. Estos aspectos revitalizantes de la sexualidad infantil son estructuralmente diferentes de los estados perversos de la mente que son habituales, adictivos o criminales (Meltzer, 1973, cap. XVIII, p. 134). Esta ‘solución’ al problema clínico que plantea el análisis del niño [infant] (como opuesto al niño [child]) en el adulto es anterior a los intentos de Widlocher (2002) de abordar el mismo problema proponiendo líneas independientes de desarrollo para el objeto de amor y la sexualidad infantil.

 

 

La acusación de desexualización

 

Con la teoría de los ‘estados sexuales de la mente’ ahora esbozada puede ser posible revisar un poco más detalladamente algunas de las acusaciones de desexualización. Green (1996, p. 880) sugiere que en la teoría kleiniana ‘toda experiencia sexual apunta a encontrar un pecho que satisfaga totalmente’. También afirma que la teoría reduce el pene a un pezón y la vagina a una boca con el resultado de que “Uno podría casi decir que, para los kleinianos, el modelo completo de satisfacción genital no es otra cosa que una felación!’ (2000, p. 18). Bajo la presente teoría un ejemplo así –un pene reducido a un pezón y una vagina a una boca– describe un ejemplo de polimorfismo adulto basado en una confusión zonal entre el pezón y el pene. La confusión refleja una escisión inadecuada y la calificaría (i) como polimorfa e inmadura si estaba motivada por el jugueteo sexual pero (ii) representaría un estado perverso de la mente si el pene fuera utilizado exclusivamente para la gratificación oral. Según Meltzer (1974) una confusión de pene-pezón causa la erotización del pecho, mientras una escisión del pene-pezón desde el pecho genera un pene erotizado y un pecho envidioso con un agujero (1988, p. 62). Ambas erotizaciones confirman una base narcisista por una falta de diferenciación entre el funcionamiento mental infantil y adulto. Klein (1957) también advirtió contra la sobreextensión del modelo del pecho en la fase genital –genitalización prematura– que podría minar el placer genital y la función.

Meltzer define un impulso perverso como uno que intenta “transformar lo bueno en malo preservando la apariencia de bueno” (1973, cap. XVIII, p. 132) mientras un estado mental perverso, sugiere, consiste en ‘la caricaturización de la relación amorosa por el sado-masoquismo.’ (1988, p. 150). De este modo, quizás lo que Green considera como un defecto mayor en la teoría es, de hecho, un ejemplo de la patología que la teoría intenta elucidar. Cuando él afirma que toda la experiencia sexual en la teoría Kleiniana apunta a buscar un pecho que satisfaga completamente, lo que él describe debe ser una caricatura de la relación sexual, algo que está en la misma línea de su general caricaturización de la teoría kleiniana[4]. El uso del lenguaje de objetos parciales por parte de los kleinianos es un medio para describir fenómenos analíticos que son productos de fantasías inconscientes (infantiles), y no tienen un significado literal. Irónicamente, tal lenguaje antes fue criticado pretextando que sobre-erotizaba las relaciones objetales del niño. Ahora es reprobado porque erotiza insuficientemente la experiencia sexual adulta. Sobre la compleja interconexión entre la sexualidad infantil y la adulta Meltzer concluye:

 

El efecto vigorizante del coito adulto puede diferenciarse marcadamente del deterioro inevitable del estado mental derivado del acting-out de las fantasías masturbatorias infantiles durante relaciones sexuales” (1973, cap. IX, p. 72).

 

 

La reciprocidad estética – una teoría de la seducción primaria

 

Hasta ahora, usando la revisión estructural de Meltzer de la teoría sexual psicoanalítica desde una perspectiva de RROO, he sugerido que la crítica que la teoría kleiniana desexualice la teoría analítica es exagerada. En particular, algunas críticas, cuando son examinadas con atención, resultan ser ejemplos de patología que pueden ser incluidas en el alcance explicativo de la teoría. Puede ser oportuno ahora introducir la subteoría de Meltzer de ‘la reciprocidad estética’ y ‘conflicto estético’ a fin de aportar un poco de luz adicional en la pregunta de la aparición del amor de objeto, y su transformación en deseo, en el marco de RROO. Después de todo, el cambio de la pulsión al objeto inherente a la teoría de la relación de objeto permite un estudio más cuidadoso de la relación “total” entre la sexualidad y el amor (Parsons 2000).

Los adultos, pero sobre todo los padres experimentan a su bebé, sugieren Meltzer y Harris Williams (1988), como un objeto estético, como algo universalmente atrayente que supera las calidades formales del bebé de perfecta proporción, textura delicada, color y parecido familiar (Cap. IV, p. 56). Estas calidades formales son sin embargo desencadenantes poderosos que impactan sobre la imaginación del padre, pero, según Meltzer, son las cualidades interiores del ‘hermoso bebé ordinario’ que determinan su pleno impacto estético sobre los padres (p. 57). Éstas incluyen el estado embrionario del bebé, es decir ‘la esencia de su bebesitud‘ que comprende la promesa de un futuro lleno de posibilidades. Del mismo modo, el bebé experimenta a la madre como un objeto poderosamente evocador más allá de la modalidad de todo su cuerpo y más allá de cualidades como el sonido de su voz, sus ojos, su olor y el color de su pelo (Cap. II, p. 22). Este resplandor y belleza externo despiertan ciertamente en el niño una respuesta que es apasionada a nivel sensorial. Sin embargo, es el interior de la madre, sugiere Meltzer, su resplandor interno, ‘que asombra y maravilla’ al bebé (p. 57) debido a su ‘mensaje ambiguo’, o sea, su ingeniosidad y variabilidad como se evidencia en la forma de ‘la música de su voz que oscila continuamente de clave mayor a menor.’ (p. 22). Esta conciencia recíproca y el despertar de cualidades interiores son lo que Meltzer designa como la emocionante cualidad ‘del amor a primera vista’ de la relación de bebé y madre – su ‘reciprocidad estética’ (p. 57).

Tal concepto representa la seducción primitiva del infante a través de la fantasia parental inconsciente como un proceso recíprico, al tiempo que añade a la misma una dimensión estética de éxtasis mutuo y admiración. El amor como amor sexual surge dentro de esta dimensión estética. Además, el concepto de una dimensión estética en las relaciones de objeto tempranas habla del papel de las cualidades en el objeto que determinan su relación con las pulsiones [drives], una importante adición de la teoría de Relaciones de Objeto al corpus psicoanalítico.

Meltzer subraya que este factor del interior de la madre –el de estar recubierto o detrás de un velo (así como el interior de la cámara nupcial)– es un elemento indispensable en la formación del tipo de identificación introyectiva sobre la cual el niño basará el descubrimiento de su propio deseo (1988, cap. IX, p. 151). Mientras Klein había promovido el componente libidinal de la búsqueda de conocimiento que procura penetrar agresivamente en ese interior, despertando así ansiedad, Meltzer teoriza otro tipo de compromiso epistemofílico con el interior de la madre que es más tranquilo, receptivo pero marcado por la incertidumbre. Es esa cualidad de una aprehensión tranquila, expectante del objeto como asombroso pero obscuro lo que establece una precondición para el deseo infantil. De ahí que la teoría identifica otro factor de gran importancia, separado del rol del ‘objeto ausente’, en el aumento o disminución de la libido, a saber, el obstáculo del interior oculto de la madre.

‘El conflicto estético’, afirman Meltzer y Harris Williams (1988, cap. 2, p. 22), se deriva de esa dolorosa congruencia del aspecto externo, la hermosa madre percibida por los sentidos y el enigmático interior de la madre donde residen sus pensamientos, emociones, intenciones, una tensión entre la superficie y la profundidad que debe ser descifrada a través del entendimiento imaginativo. También se deriva de la ambigua cualidad de la madre, quien da y quita, creando lo que básicamente es un aspecto de la condición humana, que dentro de cada experiencia alegre yace un recuerdo de una dolorosa. La belleza y la vitalidad del objeto bueno tienen un doble sentido porque contiene en su naturaleza el potencial latente para su destrucción. Esta idea de una oscilación constante entre estados de ‘dolor-y-temor’ y estados de ‘amor-y-dolor’, basado en la fórmula de Bion de Ps↔D, conduce a Meltzer a proponer un desvío radical en la teoría kleiniana recibida (1988, p. 29). ‘El conflicto estético’, afirma, es esencialmente depresivo por naturaleza y precede a la posición paranoide. Huir del objeto bueno es por lo tanto anterior a huir del objeto malo.

El infante o el niño pequeño puede reducir este conflicto en uno de estos dos modos: disociando del interior de la madre los pensamientos enigmáticos de ella, gestos, emociones y sobre todo su deseo y, en cambio, fijándose en las cualidades sensoriales formales de ella. Esto cortocircuita la respuesta emocional a la madre ‘total’, causando varios déficits de desarrollo que pueden variar en severidad, según el grado en el que las arcaicas defensas se organizan como retraimiento. Como una respuesta extrema, los interiores de la madre pueden ser defensivamente neutralizados desmontándola en una gestalt de componentes sensoriales y luego prestando atención selectivamente a uno o dos estratos sensuales sin hacer caso del resto. Esta solución es ejemplificada en los estados autistas (Meltzer et al, 1975). En todos los casos, sin embargo, ocurre cierta degradación de la emocionalidad en las relaciones de objeto desde afectar a la sensación, cuyos efectos son hostiles al deseo, embotando el flujo emocional; previniendo un ‘cobrar vida’ desde el interior al experimentar placer; erotizando las impresiones sensoriales; y sofocando el elemento complementario en las relaciones de amor (1973, p. 108). Resolver, en contraposición a minimizar, el conflicto implica una integración del erotismo del exterior del cuerpo y el oculto interior del objeto.

La teoría de la ‘reciprocidad estética’, tal como la estoy proponiendo aquí, es una teoría de la seducción primaria desde una perspectiva de la relación de objeto que describe un contexto epistemofílico para el surgimiento del amor objetal. La teoría del ‘conflicto estético’ describe algunas condiciones internas necesarias para la transformación del amor objetal en deseo. La teoría más abarcadora de los “estados sexuales de la mente”, en contraposición con la conducta, revisa el pensamiento psicoanalítico en relación a los criterios para clasificar el curso del desarrollo del deseo según la ‘buena’ y ‘mala’ sexualidad. Un tema central es el de los espacios internos del objeto que son ocultos, privados y tal vez prohibidos, estimulando así varios modos mentales de entrada en esos espacios, cuyos objetivos y motivaciones pueden ser empleados para establecer distinciones entre sexualidad inmadura, polimorfa o perversa.

 

 

Conclusión

 

En resumen, he presentado el punto de vista de Green de que las teorías de las RROO Británicas son un ‘cambio de paradigma’ tal con respecto a la teoría pulsional que no puede ser posible una integración. He expuesto las razones metapsicológicas de sus argumentos, en particular las que apoyan sus reclamos sobre tendencias antisexuales en el psicoanálisis actual, como se ha ejemplificado en el análisis kleiniano y post-kleiniano.     También he mencionado que Green atribuye la ausencia de la sexualidad en el análisis a un cambio hacia el tratamiento de patologías regresivas como borderline o trastornos narcisistas de la personalidad, en oposición a la neurosis, donde el rol etiopatogénico de la sexualidad en estos trastornos no-neuróticos es ‘menos obvio’ y “más diverso y más complicado” (1997, p. 347).

Respondiendo, he sostenido que un rol menos obvio no significa ningún rol. De hecho, en este trabajo he tratado de convencer al lector de lo contrario, porque si ha habido un alejamiento de la sexualidad en el psicoanálisis no es debido a la teoría de las Relaciones de Objeto, o de sus premisas metapsicológicas, sino a que los fenómenos de la sexualidad hoy son más complejos, debido a las innovaciones teóricas aportadas por las teorías de las Relaciones Objetales Británicas a esta área de la experiencia humana. Con este propósito en mente, he presentado una explicación diferente de cómo se conserva la sexualidad en el trabajo psicoanalítico dentro del marco de las post-kleinianas Relaciones de Objetos formuladas por Meltzer. En esta teoría, a través del concepto de “estados sexuales de la mente”, a las diversas y complicadas características de la sexualidad no se les da una comprensión tenue sino muy detallada. He tratado de mostrar cómo términos como escisión binaria y la identificación proyectiva, aplicada a la dinámica de objetos parciales, así como a las relaciones de objeto totales, se utilizan sin renunciar a la idea de la ubicuidad de la sexualidad, ni descuidar el contraste entre neurosis y perversión. Además, a través del concepto de “reciprocidad estética” y “conflicto estético” la teoría brinda un marco conceptual para hablar de la seducción de la sexualidad “inocente” como se refleja en la misteriosa conjunción del deseo entre la madre y el bebé, así como para ser capaz de identificar con gran claridad el aspecto restrictivo de la sexualidad patológica adulta.

Por último, quiero hacer hincapié en que esta teoría, al igual que la propia teoría de Klein, no sustituye al principio del placer/displacer de Freud por objeto “bueno” y “malo”, como afirma Green (1996, p. 877). En cambio, el placer/displacer como principio de la actividad psíquica se estructura en torno a afectos específicos que comprenden los aspectos cualitativos de la realidad psíquica, y estos pueden ser descritos de acuerdo a las oscilaciones entre los estados de “dolor y temor” a los estados de “amor y dolor ” (Meltzer 1973, cap. 1).

Cuando Green habla del papel preeminente dado a la madre en las teorías de las Relaciones de Objeto cree que, como consecuencia, “la importancia del padre en la obra de Freud es situada en un rango secundario” (1996, p. 877). Pero, sin duda, él debería saber que esta afirmación contradice la necesidad histórica de una corrección en la teoría psicoanalítica del sesgo falocéntrico destacado en la obra de Freud por varias generaciones de mujeres analistas sobre su propia sexualidad. Sin embargo, como Britton (2003) -un analista post-kleiniano- comenta, esto puede haber dado lugar a que el péndulo haya oscilado hacia la otra dirección, es decir, convirtiendo a la madre como lo más importante. Pero estas son distorsiones en la teoría analítica, sugiere Britton, que también pueden ser encontradas en la población de pacientes, donde algunos pacientes niegan la importancia del padre, mientras que otros niegan la importancia de la madre, creyendo que la relación madre-hijo sea inferior a la relación con el padre o en relación a la misma escena primaria. En el curso del análisis estas “posiciones” pueden alternarse o ser abandonadas, no sin amargura y envidia. Britton concluye:

 

“Para el equilibrio psíquico necesitamos dos padres internos: cualquiera que sea el argumento de las familias monoparentales en el mundo externo, no creo que haya motivo para el mundo interno”. (2003, p. 70).

 

 

Acknowledgement. A later version of this paper has been published in the British Journal of Psychotherapy (2008) 24 (3), pp. 299–316. Blackwell Publishing Ltd.

 Traductores: Carlos Tabbia y Connor Gleason

 

 References

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* Una respuesta a las “Acusaciones de la desexualización de la teoría psicoanalítica” [NdT].

 

[1] British Journal of Psychotherapy, Volume 24, Issue 3, August 2008, 299–316

 

[1] Título de una farsa de mucho éxito en el teatro inglés [NdT].

[2] Donald Meltzer fue analizado por Melanie Klein entre 1954 -1960 pero este fue interrumpido por la muerte de Klein. Fue un activo miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica y fue un destacado miembro del grupo kleiniano cuando escribió Estados sexuales de la mente. Sin embargo debido a las tensiones con su Sociedad él se retiró a finales de los años 80. Describió su Desarrollo kleiniano desde Freud y Abraham hasta Klein y Bion, un tema que se refleja constantemente en sus escritos y en su continua docencia y supervisión en la Clínica Tavistock, en Europa y Sudamérica. Murió en agosto del 2004.

[3] En el sistema notacional de Meltzer (1973 IX) para la descripción de fenómenos clínicos de partes ‘buenas’o ‘malas’ del self se refiere descriptivamente a las partes del self infantil que llegan a ser diferenciadas en la fantasía inconsciente como el resultado del splitting. Esto varía según la psicología individual o la categoría gnosológica como en: “En los estados perversos de la mente ‘la dependencia de las partes buenas del self es sustituida por la pasividad hacia las partes malas del self, en un clima de desesperación” (1973, p. 132).

[4] Green adopta una actitud curiosa hacia los kleinianos: picoteando lo que le gusta y descartando lo que no encaja con su teoría. Esto puede ser así, incluso dentro del pensamiento de un autor. Por ejemplo, él declara que ‘Bion es el único kleiniano para quien el modelo del sueño es más importante que el modelo del bebé.’ (1992, p 587), ignorando que el prototipo del bebé en el pecho es central en la teoría de Bion del pensamiento y del soñar, sobre todo a sus subsidiarios conceptos de función alfa y elementos de beta.