Sobre el símbolo

Sobre el símbolo

(“Del simbolo”. Sem. de Perugia, 25/26-X-1980.

Quaderni di psicoterapia infantile/5 Simbolo e simbolizzazione.

Borla, Roma, 1981, p. 127-.141

 

Quiero partir desde una reflexión sobre nuestro trabajo: los psicoanalistas buscamos entender las relaciones emotivas que las personas tienen consigo mismas y con el mundo externo, lo cual comporta no sólo entender tales experiencias emotivas sino también las tentativas de pensarlas.

Frente a tal tarea debemos confrontarnos con dos dificultades: la primera se relaciona con la pobreza del vocabulario para denotar las emociones (el lenguaje cotidiano, de hecho, se ha desarrollado sobretodo para describir el mundo externo y las relaciones concretas con él). La segunda dificultad atañe al problema de la verificación del significado: de hecho mientras podemos confrontar concretamente con nuestros interlocutores si la palabra que utilizamos para designar un objeto del mundo externo corresponde a tal objeto, no tenemos la posibilidad de realizar una comparación concreta con la experiencia emotiva porque ésta es algo íntimo. En general, para describirla, recurrimos a un lenguaje poético hecho de metáforas, imágenes, alegorías, analogías, etc.

Los psicoanalistas tienen necesidad de una teoría de la formación del símbolo y a menudo la han buscado en la filosofía, especialmente en la estética y en la lingüística. Pero eso conlleva varias dificultades porque el campo de la estética está subdividido en diversas áreas artísticas y no es, en absoluto, fácil encontrar un lenguaje común para describirlas. Los filósofos, además, se han ocupado sobretodo de cuestiones epistemológicas, es decir, del problema del conocimiento y de cómo conseguirlo; en cambio nosotros estamos interesados en una teoría de la formación de los símbolos que pueda ser utilizada en el método psicoanalítico. Parece claro que no podemos transferir al psicoanálisis teorías filosóficas ya construidas: nosotros debemos elaborar una teoría para nuestro uso particular. Para hacer esto es necesario partir de un concepto –utilizable-, de lo que significa el significado y del modo en que se genera y se desarrolla. Es pues indispensable entender cómo se averiguan errores o distorsiones del significado. En otros términos, es necesario construir una teoría que pueda explicar cómo nace y se desarrolla la comprensión, no sólo el malentendido

Antes del trabajo de Bion, el psicoanálisis se ocupaba poco en estos problemas: estaba casi exclusivamente ocupado en el problema del conflicto, en su resolución y en los mecanismos de defensa. Se daba por descontado que el pensar era algo que la mente estaba en condiciones de hacer y que las variaciones en la rapidez y en la complejidad del pensamiento dependería de alguna cosa llamado “inteligencia”. Como psicoanalistas, pues, nos ocupábamos de la ansiedad y del dolor mental.

Bion ha sido un pionero porque, a partir del análisis del pensamiento en los esquizofrénicos, ha abierto el campo a la investigación psicoanalítica del pensamiento y ha re-descrito los mecanismos de defensa como mentiras. Tal aproximación se diferencia de la de Freud que consideraba a los mecanismos de defensa como mecanismos neurofisiológicos análogos a interruptores que se encienden cuando la ansiedad se torna excesiva. De esto derivaba la hipótesis que –como el mismo Freud sostiene en toda su obra hasta el Esquema de Psicoanálisis– los fenómenos mentales pueden ser descriptos en términos cuantitativos; Bion, en cambio, enfatizando el rol del pensamiento en los disturbios psicopatológicos, subraya el aspecto cualitativo de tales fenómenos.

A partir de La interpretación de los sueños, el psicoanálisis ha vista al sueño como una especie de unidad-base de los fenómenos mentales, apta para explorar los procesos mentales. Es importante recordar que en La interpretación de los sueños Freud considera a la formación de los símbolos de un modo muy sumario, en términos de lo que él llama “representabilidad”. Según dicha hipótesis, en la “simbolización” onírica, la mente se limitaría a buscar a un objeto del mundo externo congruente formalmente con lo que ha de representar en el sueño.

Conviene recordar que Freud considera al sueño no como un proceso de pensamiento, sino como una distorsionada representación de un pensamiento ya pensado durante la vigilia. La distorsión estaría dirigida a proteger al sueño de los conflictos. La función del sueño, entonces, sería sólo la de proteger el dormir, aligerando las tensiones mediante la satisfacción alucinatoria del deseo. Los sueños representarían la satisfacción de un deseo realizado de modo camuflado, para huir de la censura onírica. Se puede constatar aquí que Freud no nos ha dado una teoría sobre la formación de símbolos; no nos dado una teoría sobre la creación del significado sino sobre su “travestimiento”.

Para poder usar al sueño como una fuente para entender el pensamiento y la creación del significado, debemos modificar nuestras ideas sobre la función del sueño y considerarlo como un pensar inconsciente. Prescindiendo del contenido del sueño, el soñar es un proceso de pensamiento.

En síntesis, podemos decir que en el modelo de Freud el pensamiento onírico deriva de los restos diurnos, de la experiencia del día y de sus conexiones con experiencias infantiles. Esto es perfectamente legítimo. En el modelo de Klein el sueño es considerado un pensar sobre lo que sucede en la inmediatez del mundo interno y una elaboración de las relaciones internas. También esto es legítimo. En el modelo de Bion el sueño es una tentativa de generar un nuevo significado, una nueva comprensión con respecto a la que existía antes; tiene una función más creativa. Y también esto es legítimo.

Los tres modelos no se excluyen recíprocamente: el pensar onírico, de hecho, puede ser visto tanto como un modo para afrontar los restos diurnos, como un modo para afrontar la situación interna y también como una actividad creativa tendiente a la búsqueda de nuevos significados. Pero es necesario tener en cuenta que, como analistas, no hacemos investigaciones genéricas sobre los sueños sino que estamos abocados a hacer algo con los sueños traídos en una situación particular y recordados precisamente por su conexión con tal situación. Por tanto, en general, son sueños del tercer tipo: sueños en el que existe el esfuerzo de crear un nuevo significado referido a acontecimientos pasados. En análisis tenemos la oportunidad de estudiar los procesos creativos del pensamiento según una modalidad que probablemente no son los específicos de la psicología o de la filosofía y de sus respectivos métodos de investigación.

Ahora os propondré retroceder un paso, proponiéndoos una sucinta relación general sobre el lenguaje y sobre las formas simbólicas. El prejuicio de Freud de considerar la racionalidad como conectada exclusivamente al uso del lenguaje deriva directamente de la filosofía que tuvo tal prevención durante muchos años. Freud pensaba que el lenguaje del sueño no era creado durante el sueño, sino tomado en préstamo de la experiencia de la vigilia y del lenguaje usado en ella. Pero recientemente la filosofía, con Cassirer, con la escuela de Viena, con Wittgenstein, con Susanne Langer, ha intentado unificar el concepto de lenguaje no limitándolo al lenguaje verbal, sino incluyendo todas las formas simbólicas utilizadas en las diversas artes. Tal apuesta se funda sobre la idea de que el pensamiento no se caracteriza exclusivamente por las formas verbales y la simbolización no se limita a la traducción de los símbolos visuales en lenguaje.

Construir una teoría psicoanalítica de la formación de los símbolos, asumiendo al sueño como la unidad-base compuesta de todas las posibles formas simbólicas, comportaría una distinción análoga a la que se hace en las artes pictóricas entre los elementos iconográficos y los elementos compositivos. Los aspectos iconográficos de la representación se refieren directamente a los objetos del mundo externo, en el presente o en el pasado y por eso son signos, porque se limitan a poner en relación directa dos elementos. Pero tal relación entre el elemento representado y aquello que lo representa no dice mucho sobre el significado emotivo de la obra de arte. Para entender el significado emotivo debemos estudiar los elementos compositivos, que son extremadamente misteriosos: difíciles de conocer, de describir, de entender en sus recíprocas interacciones. Los elementos compositivos de una obra de arte despliegan una fuerza que intentamos comprender, así como intentamos comprender la fuerza insita en un sueño.

Ahora quiero relatar el sueño de un paciente mío, como punto de partida para proseguir con nuestro discurso. Se trata de un joven que había tenido una crisis de tipo anoréxico mientras se encontraba en Australia. Él, después de dos años de análisis, logró retomar los estudios y salir del estado confusional en que se encontraba. Pero estaba muy aislado desde el punto de vista social; deseaba hacerse amigos pero apenas encontraba uno, inmediatamente pensaba en él en términos críticos y burlescos, su mímica traslucía tales pensamientos y así no lograba establecer relaciones de amistad. Trajo el sueño al análisis mientras estábamos explorando dicho problema y el hecho de que el paciente también me trataba de ese modo: burlándose y criticándome. Para hacer más ágil la discusión me limitaré a referir el elemento central del sueño: el paciente está en medio de una calle esperando pasar, mientras tanto tiene una valija apoyada sobre “un montículo amarillo de metal”[1]. Llega un hombre en bicicleta, con cuatro cestos colgados del manubrio. El paciente rápidamente comienza a criticarlo y a ridiculizarlo. El hombre pasa de largo y se detiene al final de la calle; entonces el paciente, se da cuenta de que ese es su medio de transporte; lo alcanza y se mete dentro de uno de los cestos. En un cierto punto del sueño se interroga: ¿por qué se ha detenido el hombre de la bicicleta? ¿Se ha detenido por el paciente? ¿Porque lo ha visto con una expresión poco amistosa, o a pesar de eso? Una respuesta sensata sería que el hombre había autónomamente decidido detenerse en aquel sitio. Pero si asumimos la otra hipótesis deberíamos preguntarnos por qué se han requerido cien metros antes de que el hombre en bicicleta se diera cuenta que el paciente estaba preocupado de que cupiese, que en el sueño estaba representado por la valija apoyada sobre el montículo de hierro amarillo.

Existe una relación analógica entre la cara preocupada del paciente y el montículo de metal amarillo: ambas tienen la función de castigar a quien no hace lo que es debido. El montículo metálico era un instrumento punitivo para quien no se comportaba como debiera y la expresión del seño fruncido quería castigar al que pasase sin detenerse.

Esto me parece un prototipo de la formación de símbolos: el paciente con el seño fruncido y el cúmulo metálico amarillo están enlazados de manera creativa porque al ser puestos en relación adquieren un significado suplementario. Es de notar que ambos reúnen acciones punitivas. Mi paciente, de hecho, después de haber relatado el sueño se acaloró contra la autoridad australiana porque ponían esos cúmulos de metal amarillo en lugar de señales de prohibición, y que eso es así porque penalizan en vez de comunicar.

El significado de la particular conexión entre el paciente y el montículo metálico amarillo fue enriquecido luego por otros [significados] particulares del sueño: asoció el color amarillo con la cobardía, a la valija con su retorno de Australia cuando todavía era tan débil que no podía llevar la valija que, confiada a la línea aérea, se perdió. La valija quería significar también su pesimismo, el hecho de que no podía fiarse de nadie; el color amarillo la cobardía, es decir su incapacidad de dar el primer paso en los acercamientos amistosos, siendo constreñido a dejar siempre la iniciativa al otro. El sueño, entonces, no sólo arroja luz sobre el significado de la expresión hostil del paciente, sino que amplía el significado del montículo amarillo: son punitivos, hostiles, cobardes y pesimistas.

Querría subrayar que esto me parece un ejemplo de la formación creativa de símbolos, es decir, del estado mental que se extrae de dos objetos del mundo externo, un nexo capaz de enriquecer el significado de ambos. Tal nexo, de hecho, no sólo torna posible la exploración de las expresiones mímicas no amistosas sino que también permite entender el significado de los montículos amarillos de nuestra historia. Puede tratarse de montículos metálicos puesto por alguien y que reflejen aspectos de la mente de quien lo ha puesto; o bien puede tratarse de cúmulos que nadie piensa mover. Recordando la duda de El hombre de las ratas cuando ha visto una piedra en medio del camino, si sacarlo o no, en tanto podría haber constituido un obstáculo para una señora que pasaría en carroza: nos ayuda a entender el significado de los montículos de metal amarillo como parte del ambiente humano, que tienen sentido para los seres humanos.

Volvamos a la teoría de Bion sobre el pensamiento. Ella parte del supuesto de que existen experiencias emotivas: la vida mental busca discernir su significado. Para esto es necesario hacer algo para observar la experiencia emotiva y para poderla pensar. Bion señala como función alfa el proceso mental para observar la experiencia emotiva. La función alfa produce los elementos alfa que pueden ser usados para pensar y memorizar y sobre todo para el siguiente paso del pensar que indica como formación de sueños o mito. Los elementos alfa pueden ser dispuestos en lo que Bion llama la “estructura narrativa” como primer escalón del pensamiento.

En el sueño relatado encontramos dos símbolos dispuestos en una relación narrativa: uno es el símbolo de la valija sobre el montículo amarillo, el otro es el símbolo del hombre en bicicleta con cuatro cestos. Tales símbolos son compuestos: el símbolo del paciente con la valija apoyada sobre el montículo metálico está compuesto también por el hecho de que él está en medio de la calle, en un cruce, con su seño fruncido y en la situación de espera. No me parece que se puedan individualizar elementos alfa en esta imagen: esto es coherente con lo que dice Bion de que los elementos alfa no son visibles o describibles en sí mismo, sino cuando están compuestos con otros elementos alfa.

Es interesante la historia del análisis de este sueño: mientras el paciente lo contaba no entendía nada hasta una asociación, aparentemente extraña del todo, en la que me habló de un profesor suyo durante una clase de literatura inglesa en la que explicaba la analogía. En ese momento me di cuenta de que el paciente, la valija y el montículo metálico estaban en relación analógica. Pero los significados simbólicos de un joven que está con una valija en medio de la calle son infinitos, lo mismo que los del montículo metálico amarillo. Imaginamos ahora los dos elementos (joven con la valija, montículo amarillo) como dos círculos –cada uno de ellos representa un universo de posibles significados- unidos por una relación analógica: se verá que se superponen parcialmente. El área de la superposición es la sede del significado simbólico. Asumimos que el área de la superposición es un símbolo cuyo significado intensifica y enriquece el significado de los dos elementos separados. Sería, para dar un ulterior ejemplo, algo análogo a la superposición del rojo con el azul que produce el violeta. Continuando con ese ejemplo surge otra analogía: si un rayo de luz blanca pasa por un filtro rojo y uno azul, la proyección de ambas imágenes superpuestas producirá un punto negro. Esto último puede servir para entender lo que Bion describe como la “tabla negativa”: se trata de un proceso que quita significado porque la unión de dos objetos aumenta la ausencia de significado, produce un significado negativo (en el sentido del no significado).

Buscamos imaginar cuál sería el proceso inverso respecto a la analogía de dos colores que se unen para formar un símbolo inédito y distinguir lo que parece un símbolo pero no puede ser utilizado para pensar porque todo el significado ha sido anulado, antes que reforzado, por la conjunción.

Si para describir la formación de los símbolos usamos el modelo de dos objetos –cada uno con un universo de posibles significados- que tienen alguna relación recíproca, podemos concebir no sólo la formación de símbolos negativos sino también la formación de símbolos inadecuados, insuficientes en varios niveles. Por ejemplo, podemos imaginar dos universos que se toquen sólo tangencialmente, sin que exista una verdadera área de contacto y de congruencia, o que se superpongan completamente al punto de no formar un área de contraste en la zona de superposición: terminan por ser casi idénticos entre sí, sin enriquecimiento recíproco. Por ejemplo, si uno dice: “un hombre celoso de su mujer es como el que teme que le roben el coche”, solo sabemos que este hombre considera a la mujer como un coche: la imagen no dice nada que enriquezca nuestra idea sobre el significado de la mujer o sobre el significado del coche.

HENRY: Dice algo, en cambio, sobre la vida mental del hombre que hace este tipo de ecuación.

MELTZER: Cierto, pero no es un símbolo, es una ecuación: no es una conjunción que enriquezca. Si pensamos en la formación del símbolo como este tipo de conjunción creativa y que el área de congruencia es la compartida por dos objetos que están inmersos en una recíproca relación simbólica, cada vez que el símbolo es usado él termina teniendo una referencia a ambos objetos. Pero si en esta área de congruencia no se ve la relación de dos elementos, que son vistos separados, podemos tener una idea de cómo opera el pensamiento concreto. Para dar un ejemplo, tomemos el paciente del Dr. Scotti a propósito de su relación con el mundo de las motocicletas: se tenía la sensación que para el paciente las motocicletas no estuvieran vinculadas a la motocicleta del padre y por tanto con su experiencia con los padres. El mundo de las motocicletas devenía una cosa en sí, por lo que el significado que él le atribuía se refería a la motocicleta separada del contexto y considerada como un objeto de intenso significado en sí mismo.

HARRIS. A veces, un proceso análogo puede suceder también con niños pequeños, con el objeto transicional: si se pierde la conexión entre el universo del niño y el universo del objeto, entonces el objeto transicional adquiere un significado en sí mismo y no puede tener significado simbólico.

MELTZER. Esto se veía en el paciente de esta mañana: el concepto que él tenía de sí mismo era algo separado del concepto de la relación sexual de los padres, como si él no se viese como derivado de esa relación, sino como una especie de evento casual que no tuviera nada que ver con la cualidad esencial de la unión de los padres. Se podría decir que el desarrollo mental que debería recorrer este paciente consiste en pasar de la posición en la que se piensa como generado por sí mismo (self-made) a aquella en que puede pensarse como el producto de la unión de dos padres, por tanto, de dos culturas: llegar entonces a la idea de ser el resultado de un proceso creativo, no creado desde sí mismo, sino creado en un proceso en el que están implicados otros aparte de él mismo.

Tal conjunción creativa –que Freud ha identificado en la escena primaria y que Bion ha descripto en la representación de continente-contenido- es el elemento crucial en la formación de símbolos. Bion subraya el elemento de la pasión que hay en este momento de conjunción, como factor esencial de la actividad creativa. Se puede ver cuánto trabajo de Bion se ha construido sobre los fundamentos del pensamiento de M. Klein a partir de su ampliación del concepto freudiano de la escena primaria. Klein se ha ocupado en un nivel más general de cómo el niño puede permitir en la propia imaginación, la unión de los padres y luego la formación del objeto combinado, como sucede en el umbral de la posición depresiva. Bion ha cogido todas las ideas kleinianas sobre las relaciones objetales y las ha aplicado a las funciones mentales: la capacidad de producir una función mental creativa depende de la capacidad para permitir a estos objetos primarios el producir tales funciones mentales de modo apasionado y creativo. Bion refiere todo lo anterior a la relación madre-neonato, e hipotetiza que al comienzo el neonato no tiene capacidad para pensar por sí mismo y que tiene necesidad que el pecho materno piensa en su lugar: esto es esencial para que pueda aprender él mismo a pensar. De esto se deriva que el niño, después de haber internalizado el pecho materno, continuará dependiendo no del pecho externo sino del objeto internalizado para poder desarrollar la función alfa.

Se podría preguntar si la parte adulta de la personalidad –que es el resultado de la evolución y de la identificación con estos objetos internos- puede desarrollar la función alfa por sí misma y/o por los otros. ¿Puede un analista, en la situación analítica, desarrollar la función alfa para un paciente? Pienso que la respuesta es que en la transferencia el paciente nos vive como si nosotros pudiéramos hacer eso; para que el paciente pueda vivir al analista como una persona con capacidad para desarrollar en su nombre la función alfa, el analista debe tener tal relación con sus objetos internos como para poder desarrollar esta función por sí mismo.

Los primeros pasos en relación a la función alfa no los podemos hacer nosotros, ni podemos nosotros formar el símbolo: son siempre los objetos internos los que pueden desarrollar la función alfa en nosotros y hacernos estar en condiciones de formar símbolos. Tal proceso permanece siempre inconsciente y sólo puede ser percibido intuitivamente. Pero de hecho podemos intuir de todo: un símbolo creativo, un símbolo inadecuado, una formación de objeto concreta y también una mentira, un símbolo negativo; será responsabilidad del analista el distinguir entre estos símbolos intuidos cuáles son símbolos verdaderos y catar su valor poético.

Me parece que esto es lo más significativo del trabajo de Bion y creo que su teoría sobre la formación de los símbolos se adapta a las exigencias que tenemos en nuestro trabajo de análisis. No sé si esta teoría satisface también a los filósofos, pero es la que nos sirve: ella, de hecho, nos enseña que nosotros dependemos de nuestros objetos internos y de nuestros estados mentales y cuán necesario sea tamizar nuestras intuiciones antes de comunicarle al paciente. Creo que este modelo es muy útil para permitirnos indagar aquel proceso misterioso que nos lleva a sentir que algunas representaciones son extremadamente ricas y enriquecedoras –ricas de significado e iluminadoras de la situación transferencial- mientras otras representaciones parece oscurecerla y tornarla menos transparente. Además tal modelo nos permite indagar sobre el modo en que se generan los símbolos negativos, las mentiras, que aportan material a los sistemas delirantes.

CORTI: Querría preguntar al Dr. Meltzer si puede especificar –a partir del trabajo de Bion- los conceptos de “imaginación” y “fantasía”.

MELTZER: En el modelo que he intentado describir se podría utilizar el término imaginación en relación a la formación de símbolo (pensando al proceso de formación de imágenes y a la función alfa como funciones inconscientes desarrollados por los objetos internos). Los elementos alfa pues –según el modelo de la tabla bioniana- vienen ordenados y organizados desde las funciones del Yo (o del self) en forma narrativa (como, por ejemplo, los sueños y las obras de arte) en una grado creciente de complejidad y abstracción. Tal modelo implica que se puede tener imaginación sólo si en nuestra realidad psíquica están presentes objetos internos con capacidad para desarrollar las funciones arriba indicadas. Pero nos podríamos preguntar: dónde se coloca la imaginación. Podríamos responder que sólo en la posición depresiva es posible una actividad imaginativa-creativa; en la posición esquizoparanoide podemos encontrar, en cambio, repeticiones interminables de fantasías perversas en las que no hay nada creativo. En la posición esquizoparanoide, en síntesis, sólo puede ejercitarse una ficción de imaginación, es decir, un continuo “rumiar” la misma fantasía.

Un segundo problema concierne a la riqueza de la imaginación; creo poder afirmar que lo que diferencia un tipo de imaginación de otro es la intensidad de la pasión con la que se puede permitir reunirse a los objetos; tal intensidad es proporcional a la profundidad de la posición depresiva. Las cosas más importantes del problema de la pasión relacionada con la imaginación han sido escritas por los poetas y por quienes han elaborada una teoría de la poesía (estoy pensando en Keats y en Eliot) y que han reflexionado sobre el problema de la inspiración y sobre los estados internos que permiten la emergencia de una imaginación apasionada.

Pero, volviendo a la pregunta de la Dr. Corti, pienso que se puede hacer una distinción entre imaginación y fantasía diciendo que la imaginación es la función mientras que la fantasía es el producto de la imaginación.

HARRIS: Creo que se puede hablar de imaginación sólo desde el momento en que ya existe un objeto interno con la capacidad de ser utilizado para producir imágenes y para contener la experiencia de la imaginación.

CORTI: Klein cuando habla de fantasía en el niño parece indicar algo espontáneo que se desarrolla sin pasar a través de los objetos internos (objetos que probablemente aún no existen o están en forma muy rudimentaria).

HARRIS: Quizás podríamos continuar intentando distinguirlo diciendo que sólo en la imaginación –y no en el fantasear- existe un “tender hacia una experiencia verdadera”. El fantasear, en efecto, puede servir sólo para alejarse de la realidad y para pasar agradablemente algún momento.

MELTZER: No creo que Klein haya elaborado una teoría de la imaginación porque no ha elaborado una teoría de la estructura y del funcionamiento mental. Me parece que Klein hace referencia sólo al concepto de fantasía inconsciente como algo que reproduce de manera concreta la realidad psíquica.

MAFFEI: Me parece haber entendido que un símbolo, en el momento en que se crea, es nuevo para aquel en cuya mente se encuentra. Querría prestar atención sobre esto “nuevo” que el símbolo es en cuanto se podrían exponer dos posibilidades: la primera es que lo “nuevo” sea casual (como el violeta que puede formarse por el encuentro casual del rojo con el azul) que nace casualmente en la mente del hombre. Esto conduciría a una visión “laica” del análisis, similar a lo que se piensa en genética con la hipótesis de la mutación.

La otra hipótesis se funda, en cambio, sobre la idea de que existe una función en el interior de la mente humana dirigida a la creación de lo “nuevo”: lo “nuevo” no es casual sino que es la mente a crearlo gracias a una particular función suya. Me preguntaba si no era esta la función alfa. Me preguntaba si la aparición de lo “nuevo” no se relacionaría con la emergencia de la tridimensionalidad.

MELTZER: Nos estamos moviendo, en nuestro discurso, propiamente en el área de la tridimensionalidad, de hecho en la bidimensionalidad no hay imaginación, ni creación de significado, ni formación simbólica; sólo hay cualidades formales.

El modelo de la genética, recordado por Ud., me resulta útil como metáfora; de hecho se puede pensar que la función simbólica se desarrolla de modo análogo; en relación a la casualidad probablemente no hay diferencia entre el sistema genético y el sistema de la formación del símbolo porque si usamos el término “casual” en el sentido de accidental debemos admitir que también las mutaciones son accidentales dentro de determinados límites (por ejemplo, entre los límites puestos por los sistemas químicos presentes en la naturaleza). Pero la analogía entre sistema genético y formación de símbolos se derrumba si la usamos de modo muy rígido porque no podemos decir que el símbolo es una criatura que, una vez nacida, tenga una vida independiente de las imágenes que la han producido. El símbolo es una nueva idea sobre la que se puede reflexionar y en cuyo interior se puede descubrir un significado aunque no tenga un significado manifiesto inmediato. Por ejemplo, continuando con la referencia al hombre celoso que teme que se le robe el coche, podríamos llamar celoso también a un niño que llora porque una nube cubre la luna: esta imagen ofrece un significado menos inmediato pero, quizás, mayor espacio a nuestra imaginación; es como un continente para posibles imágenes. En síntesis: en el símbolo el significado no es inmediatamente claro; el símbolo puede, pero no debe, ser llenado de significado; es algo que permite pensar, es como un nuevo continente que permite extenderse.

Bion ha escrito que en razón de la muy prolongada dependencia del hombre, en su evolución, eso ha ayudado a la emergencia de esta función del pensamiento y, por el contrario, tal función ha contribuido a prolongar la dependencia. Se constituye así una relación en cuyo interior se puede hacer la experiencia de la ausencia del objeto: es el objeto ausente el que estimula la emergencia del pensamiento. Es a partir de tal hipótesis que Bion considera la vida del grupo como el “enemigo” de la actividad mental porque en el grupo no existe objeto ausente: se está continuamente rodeado de objetos presentes. Bion enlaza también la enfermedad psicosomática con esta “ausencia de ausencia”. La estructura familiar, por el contrario, permitiendo una prolongada dependencia facilita al niño el hacer la experiencia fundamental de la ausencia del objeto. El pensamiento como actividad humana se evidencia también en el lenguaje y en el juego: los animales, de hecho, pueden moverse como si jugasen pero no están en condiciones de jugar porque en el juego humano hay imaginación. Recuerdo, como ejemplo, el experimento de la mona que estando en una jaula con una banana puesta arriba y un palo en el suelo estaba en condiciones de relacionar los dos objetos usando el palo para coger la banana, pero sólo cuando ambos estaban en su campo visual, pero si el bastón estaba en su espalda la mona ya no era capaz de relacionarlo con la banana porque no tiene imaginación.

CARAFA: Partiendo de la hipótesis de que el símbolo nace de una doble referencia: una lexical y otra afectiva, querría preguntar al Dr. Meltzer si no piensa que los infinitos simbolizantes sean reconducibles a un restringido número de significados, y si es posible interpretar el símbolo fuera de la situación transferencial.

MELTZER: Pienso que el universo de los significados es infinito. Diré que no sólo los símbolos son infinitos sino que lo es también el número de significados posibles para cada símbolo, que podría ser explorado hasta el infinito. Pero también es verdad que cada símbolo ilumina de modo significativo sólo determinada área, mientras arroja luz difusa u oscura sobre otras. En nuestro trabajo analítico nos interesa sólo el área en la que un símbolo ilumina nuestra comprensión. Tornando al ejemplo del niño que llora porque una nube oculta la luna, se podrían hipotetizar infinitos significados simbólicos pero, quizás, es sólo al área de los celos a la que tal símbolo arroja una luz particular Creo que podemos utilizar, para el símbolo, la imagen de una lente puesta a una determinada distancia de un objeto que debe ser iluminado: sólo en aquella determinada distancia y desde aquel punto determinado podrá iluminar al máximo al objeto. Pero, repito, el símbolo no hace otra cosa que iluminar, es decir, arrojar luz sobre aquella área; aquella luz nos hará posible pensar sobre ello. El símbolo no piensa.

HARRIS: Todo esto puede ser aplicado a la poesía: el trabajo no es realizado sólo por el poeta (quien propone el símbolo) sino también por quien lee la poesía extrayendo, a través del propio trabajo mental, los símbolos significativos para él. Así, a menudo, se pueden extraer de un texto símbolos que el poeta no sabía que estuvieran; por eso es que la obra de arte no envejece nunca y permite descubrimientos infinitos.

MELTZER: Las exploraciones tendentes a la búsqueda de nuevos significados son la característica de todas las obras de arte. En la poesía, por ejemplo, el símbolo no está en las particulares palabras escritas sino en alguna cosa que, a través de la actividad compositiva del que lee, puede enriquecerse e iluminar determinada área. No estoy de acuerdo con Poe según el cual “la poesía es aquello que ha sido muchas veces pensado pero nunca, antes, así bien expresado”. Me parece que poesía es aquello que no ha sido nunca antes pensado.

CARAFA: A menudo encontramos en los pacientes la tendencia a negar la realidad interna. Me pregunto si tal defensa no sería reconducible, desde el punto de vista genético, a la alucinación negativa infantil.

MELTZER: A esa pregunta se podrían dar dos respuestas. La primera es que la alucinación negativa no existe en cuanto consiste en el rechazo a prestar atención a un objeto concreto, real. La otra respuesta es que la persecución puede provenir tanto de un objeto malo del mundo externo como ser una externalización de un perseguidor interno. Bion indica una tercera posibilidad en la que la persecución se acerca a la alucinación: el objeto ausente percibido como perseguidor presente. Encuentro muy útil, desde el punto de vista clínico, a esta idea.

 

[1] En Australia se ponen cúmulos de piedra amarilla en medio de la calle para impedir a los automovilistas el tomar las curvas muy velozmente.

Traducción: Carlos Tabbia

 

 

 

 

Más allá de la consciencia

Más allá de la conciencia

[Além da consciência]

Rev. Bras. Psicoanálise, San Pablo, 1992, Vol. XXVI Nº 3, 397-408.

 

En primer lugar, agradezco mucho la invitación. Ahora quiero pedirles que disculpen el egocentrismo, pero pienso el psicoanálisis como una actividad tan altamente individual que todo analista al hablar de su propio trabajo es realmente muy egocéntrico, tanto si considera que está representando alguna escuela en especial, como tal vez piensen que represento a Melanie Klein o Bion, etc., pero la verdad es que el asunto mucho más egocéntrico; de modo que quiero hablar sobre mí y sobre el punto en que actualmente se encuentra mi trabajo y sobre mis preocupaciones actuales.

 

Mis preocupaciones están centradas básicamente en el concepto de superyó y su significado en nuestras vidas, así como su significado en nuestro trabajo psicoanalítico. Para poder hacer esto en psicoanálisis tenemos siempre que volver a la historia, y la historia está siempre en el ojo del historiador, la historia tal como la veo y como la siento y como se impuso en mi desarrollo, de modo tal que quizás no es la misma historia de ustedes. Pues bien: la historia del superyó en cuanto concepto formal data de Duelo y Melancolía y de Psicología de las Masas y Análisis del Yo, de Freud, donde él percibió que había en la mente lo que denominó “agencia observadora” –una agencia que observa al yo- que en el inició denominó “Yo ideal” porque daba la impresión de ser una parte del yo que representaba las mayores luchas del yo. Después pasó a llamarlo “Ideal del yo” porque daba la impresión de ser más autónomo y construir aspiraciones para el yo. Y más tarde, en El yo y el ello, lo cambió por “superyó” porque estaba más impresionado con sus funciones restrictivas y, en cierto sentido, con sus funciones paternas, o que yo llamaría paternalistas. En El yo y el ello afirma que el superyó tiene sus orígenes en la internalización del padre y de la madre y llega a hacer esa afirmación en itálica añadiendo “en cierta forma combinados”. Después en El yo y el ello sin embargo, cuando se refiere al superyó es casi siempre como agencia restrictiva erigiendo prohibiciones en lugar de estimular o alimentar, de tal modo que sus funciones (398) maternales parecen desaparecer y sus funciones paternas parecen adquirir la manera del Viejo Testamento. Y aparentemente el concepto debe su origen a una intención terapéutica que vendría a ser conocida como disolución del superyó, objetivo terapéutico de algunas escuelas de psicoanálisis.

En manos de Karl Abraham el superyó comienza a adquirir una forma mucho más concreta que en Freud. O sea, Abraham hablaba del superyó como estando formado por la internalización o introyección en el yo posteriormente apartado del yo por lo que llamaba gradiente. Pero en manos de Abraham, particularmente en su corto estudio de la libido –que él no estaba seguro de que eso fuese verdad, fuera de la esfera de los estados maníaco-depresivos-, pero en los estados maníaco-depresivos él describía la concretud con que el superyó es aprehendido como figura interna y la forma como puede ser atacado, destruido, transformado en heces, expelido como heces, reintroyectado como objeto fecal e identificado como un objeto fecal-, etc. Aquí entra en escena el trabajo de Melanie Klein sobre el superyó. Aquí entra en escena su trabajo de formulación, no sus observaciones clínicas, porque al comienzo sus observaciones clínicas estaban hechas sobre niños pequeños, que le decían, en términos muy claros, hasta qué punto eran concretos sus superyó, que sus superyó eran figuras internas viviendo en un espacio existente dentro de sus cuerpos, figuras con vida propia que les hacían cosas de las que era posible vengarse haciendo otras cosas, que había una relación familiar sucediendo en su interior, una relación entre ellas y esos, que ahora denominaba Melanie Klein, “objetos internos”. Así, en manos de M. Klein el superyó se tornó muy concreto, el espacio de la realidad psíquica se tornó muy concreto. Sin darse cuenta, en cierto sentido, adoptó una visión muy platónica de la vida mental, o sea, que el significado del mundo es algo generado internamente después desplegado afuera; eso es fundamentalmente muy diferente, desde el punto de vista filosófico, de la actitud científica de Freud, que jamás se apartaba por completo de un concepto neurofisiológico y cerebral de la mente. Melanie Klein se abandonó –se podría decir- a la creencia en lo que los niños le decían. Siempre recuerdo una entrevista en Nueva York en que decía que estaba ansioso por ir a Londres a estudiar con Melanie Klein; una famosa analista observó: “Bien; el trabajo de Melanie Klein sólo tiene un problema. Es que no puede creer en la historia del niño.”

Es verdad, evidente: no puedes creer los hechos del mundo externo. Pero los niños revelan cosas que, si no, sólo se revelan en los sueños, y es necesario (399) acreditar que esas cosas existen y para poder trabajar con una referencia kleiniana es preciso practicar una cierta credulidad acerca de la concretud de la realidad psíquica, acreditar que la realidad psíquica es un mundo, que no puede ser comprendida con términos como “imagos” o “fantasías”, que en ella las cosas realmente acontecen y que esas cosas moldean nuestra vida y nuestras relaciones con el mundo externo.

En las investigaciones de M. Klein hasta 1946 las mayores contribuciones, en mi opinión, tienen, en cierto sentido, esa naturaleza filosófica. Con eso, evidentemente, algunos conceptos –como el de complejo de Edipo- fueron empujados nuevamente a la primera infancia y los conceptos de objetos parciales recibieron solidez y firmeza.

Al mismo tiempo es preciso decir que sus ideas del desarrollo probablemente eran sentidas como una especie de inevitabilidad de tipo biológico. Una sensación de que, como sucede con el desarrollo del cuerpo y su conformación genética, también habría un modelo de desarrollo de la mente que, dadas condiciones satisfactorias favorables, la mente florecería como una flor – o un cardo, cuanto el temperamento era malo-, y que en ese sentido el desarrollo de la capacidad de tener experiencias y aprender con esas experiencias no era efectivamente una cosa central en su modelo de la mente. Eso, en verdad, sólo aparece con la obra de Bion, que en muchos sentidos sólo conocemos, exceptuados algunos escritos preliminares, después de la muerte de M. Klein en 1960, e incluso entonces de forma tan oscura que la mayoría de nosotros precisó de una cantidad de años para comenzar a entender lo que él estaba diciendo y captar su importancia y su alcance.

En el modelo de la mente de M. Klein la relación definida por Freud entre ello, yo y superyó poco a poco se fue simplificando clínicamente, y ese es un problema que muchas personas parecen no entender: ¿por qué artimañas la palabra “self” comenzó a ser utilizada donde antes se utilizaba la palabra “yo”? Ahora bien, no era porque M. Klein hubiese dejado de lado, de alguna forma, el modelo estructural freudiano de la mente, como ello, yo y superyó, pero lo que pensaba y, en cierto modo descubrió, era que en la situación clínica los elementos operativos no son el ello o yo funcionando separadamente. Después que descubrió la ubicuidad de los procesos de escisión, percibió indicios de que en cada fragmento de la personalidad creado por esos procesos de fragmentación, el ello y el yo en verdad operaban conjuntamente y que el ello y el yo juntos son lo que ella denominaba “self”, partes del “self”.

Formulando las cosas de esa manera, gradualmente, ella compuso –y eso puede ser constatado con extrema claridad en ese libro maravilloso y no leído (400) Relato de psicoanálisis de un niño– un cuadro de la forma como el self de un niño y partes de ese self tienen una vida relacionada a esos objetos internos, con una especie de flujo y reflujo continuo de emociones y acciones entre unos y otros, que gradualmente van conformando la evolución de la personalidad en cuanto estructura, que enseguida funcionará como base sobre la cual los acontecimientos y objetos del mundo externo están correlacionados por su significado, provocando reacciones, etc. El primado –o lo que ella denominaba “primado de la realidad psíquica”- era una visión platónica de la vida mental. Y lo que percibió fue que los problemas de desarrollo eran básicamente problemas de integración: que los procesos de escisión eran tan omnipresentes en la infancia y la fragmentación de los objetos también tan frecuentes que los procesos de desarrollo podían ser descriptos esencialmente en términos de reunificación de los pedazos escindidos; y que cada conjunción de trozos escindidos era una conjunción impregnada de conflicto y de dolor psíquico, no sólo una reunión de los fragmentos escindidos del self, sino también una escisión de los objetos.

En términos de los procesos de escisión, esa escisión del objeto también significaba que había un objeto primitivo que había sido escindido para formar el complejo de Edipo; originalmente había un único objeto, objeto que fue escindido en un fragmento maternal y otro paternal; y que ese objeto original –el pecho y el pezón- fue escindido de tal modo que el significado y las cualidades del pezón habían sido asimilados al pene del padre, dando origen al complejo de Edipo pre-genital en un nivel de objeto parcial. Ahora, desde ese punto de vista el complejo de Edipo dejaba de ser –como en la concepción de Freud- un conflicto omnipresente de la condición humana para ser simplemente un ejemplo específico de la necesidad de la reintegración de los procesos de escisión ocurridos en la tierna infancia bajo algún tipo de presión. Más adelante hablaremos un poco sobre la naturaleza de las diferentes presiones tal como M. Klein las veía y ha modificado, como la obra de Bion da forma, y como veo las presiones y a las tensiones de la infancia.

La idea de integración incluye la reunión de lo que Freud denominaba “los padres, en cierta forma combinados” –una idea de objeto combinado vista como la esencia del significado del término “superyó”-, pero, en M. Klein, el concepto de objeto combinado inicialmente no estaba impregnado con significado clínico, aunque, en cierto sentido, ese significado estuviese formulado en las notas críticas al final de la década de 1950 en el trabajo clínico realizado en 1940, con Richard, en el Relato; en esas notas el concepto de objeto combinado ya estaba esbozado o, en cierto sentido, anunciado. En ese momento todo lo que ella estaba en condiciones de decir era que en su opinión el niño no soportaba al objeto combinado que, en cierta forma. era demasiado fuerte para el (401) niño. No es claro lo que ella quería decir con “demasiado fuerte”.

En aquel punto el significado del objeto combinado o, en su forma escindida, los dos progenitores relacionándose entre sí en el mundo, de forma más o menos armoniosa, era el concepto concreto de superyó como estructuración que M. Klein estaba proponiendo, pero en términos de funciones esos objetos internos en verdad no se diferenciaban claramente de lo que podía ser descripto como las funciones de los progenitores en relación a los niños en el mundo externo: que eran protectores, nutridores; que eran restrictivos y prohibidores cuando era necesario; que eran alentadores, etc. podría decirse que tenían buenas funciones generales para crear una atmósfera donde el crecimiento y el desarrollo pudiesen tener lugar, una especie de concepto hortícola de las funciones del superyó, como un invernadero munido del equipo necesario para humidificar el aire, controlar la temperatura, regular la radiación solar, etc. Esos conceptos atmosféricos generales son las funciones del superyó.

Al mismo tiempo la teoría de Bion sobre el pensar, a mi modo de ver, acrecentó una dimensión que es un cambio al menos tan sorprendente como los cambios introducidos por M. Klein al concepto de Freud de superyó. Su teoría del pensar da preeminencia al papel del pensamiento y del desarrollo, pero no sólo pensamiento en el sentido de examinar y resolver conflictos emocionales, y sí pensamiento desde el punto de vista de crear significado y posibilitar a la mente vivir en un mundo significante, no simplemente adaptarse al mundo externo tal como se lo encuentra; porque, al final de cuentas, el modelo de la mente de Freud es esencialmente un modelo adaptativo. Su cuadro del yo sirviendo a tres señores es esencialmente un modelo adaptativo.

Con Bion la vida de la mente adquiere una cierta diferenciación que en la obra de M. Klein no está realmente reconocida o considerada importante, la diferenciación entre la vida en el grupo y la vida en la familia, se podría decir. O sea, la adaptación a la comunidad y a los grupos de personas y la vida de las relaciones íntimas y emocionales, que para Bion era el escenario, el área de la vida en la cual se produce el crecimiento de la personalidad. En su trabajo inicial con grupos y después yuxtaponiendo ese trabajo a la teoría del pensar, podemos ver que él hizo una diferenciación muy nítida entre lo que actualmente acostumbramos llamar relaciones eventuales y contractuales de adaptación y relaciones íntimas y emocionales enfocadas al crecimiento y el desarrollo.

La inferencia es que la búsqueda de la felicidad –encerrada en la Declaración de la Independencia norteamericana- no se hace a través de la adaptación, la búsqueda de (402) la felicidad, se realiza a través del desarrollo, y ese desarrollo tiene lugar en forma de proceso interno y a través de la interacción constante con personas e intereses en el mundo externo que evocan las emociones de las relaciones íntimas.

Es sabido que toda el área de la teoría de los afectos es bastante nebulosa, no sólo en psicoanálisis sino también en filosofía. Tradicionalmente se supone que la yuxtaposición primaria era de amor y odio, que en Freud estaba contenido conceptualmente en los conceptos de instinto de vida e instinto de muerte, modificado apenas superficialmente por Klein cuando ella retiró el odio del nivel instintual para llamarlo “envidia” y colocarlo en el yo y no en el ello. Eso apenas modificó la afirmación general de que el amor y el odio están constantemente en conflicto entre sí. Bion propuso otra teoría de los afectos, en cierto sentido la primera teoría de los afectos puramente psicoanalítica, cuando sugirió que las emociones son, ante todo, el núcleo de la cuestión del desarrollo mental. En Freud las relaciones emocionales son subproductos de las relaciones, no el núcleo del tema, salvo por el hecho de que a veces son dolorosas y a veces agradables, su significado no es importante en sí. En la teoría del pensar de Bion el significado de las emociones es el núcleo mismo de la cuestión de los procesos del pensar, y pensar sobre las emociones es exactamente la materia de la que está hecho el desarrollo de la personalidad.

Así, Bion resolvió comenzar a pensar en las emociones efectivamente como vínculos, como la materia conectiva de que están hechas las relaciones íntimas humanas, y es importante recordar que él no se refería apenas a las relaciones humanas, relaciones íntimas en términos de igual a igual, sino también en términos de la totalidad del área de la vida y de la actividad humana en que se activan intenciones y, tal vez más importante, emociones apasionadas. En ese modelo no se deben confundir emociones apasionadas con emociones violentas, porque las emociones violentas pueden tener cualquier cualidad, y mucho de lo que es experimentado en el área eventual y contractual de adaptación y es sentido como emoción, puede ser adecuadamente descrito como excitación en diferentes grados, sin el rico contenido significativo de las emociones características de las relaciones íntimas.

Al asumir las emociones como vínculos, Bion llegó a la conclusión de que, en verdad, no se trataba de un problema de amor versus odio. Era un problema de emociones versus oposición a emoción, anti-emoción. Él dividió las emociones en tres tipos, no era sólo amor y odio, había también una tercera emoción, tremendamente importante, que Klein denominaba instinto epistemofílico y que Bion prefirió llamar “sed del conocimiento”. Amor, L (love), odio, H (hate) y (403) sed de conocimiento, K (knowledge). Esa nomenclatura peculiarmente condensada, L, H y K, pasó a ser una manera de hablar en teoría de los afectos. Infelizmente, creo que L, H y K no es una buena manera de hablar; no se debería hablar de ese modo porque se pierde un poco de vida poética de las cosas con eso de L, H y K y menos L, H y K.

Así, es muy importante intentar entender, me parece, si se desea comprender la relevancia de la obra de Bion, que este es el núcleo de la cuestión: amor, odio y sed de conocimiento y comprensión son el núcleo de las relaciones íntimas y la materia de que están hechos el conocimiento y el desarrollo. Pero para poder entender lo que significa amor, odio y sed de conocimiento es preciso captar –lo que es más difícil, en ciertos sentidos- qué significa menos amor, o anti-amor, menos odio, o anti-odio, y menos K, o anti-conocimiento. A mi modo de ver, para que todo eso resulte más claro, es preciso traducirlo en un lenguaje con el cual tengamos más intimidad y con significado más rico. Menos L, menos amor, anti-amor, significa puritanismo. Significa oposición a la alegría del placer en las relaciones íntimas y, como se puede ver, esa es una peligrosa anti-emoción. Menos H, menos odio, anti-odio, significa en la práctica hipocresía, algo que, por ejemplo, el poeta Wordsworth señaló cuando dijo que odiar la no-verdad no es lo mismo que amar la verdad. La hipocresía está en ese odiar a la no-verdad, odiar lo que sea, en que el odio se confunde con amar lo opuesto. Y, del mismo modo, menos K o anti-conocimiento, es algo que todos conocemos muy bien como filisteísmo, como oposición a cualquier pensamiento nuevo por la simple razón de que se trata de un pensamiento nuevo, de una nueva idea.

Debido a ese cambio en la teoría de los afectos y a las implicaciones fundamentales de un cambio en la noción de la materia de que están hechas las experiencias emocionales y las experiencias de desarrollo, Bion también sugirió que lo que nos interesa pensar son sólo esas experiencias emocionales que suscitan ese conflicto entre las emociones y las anti-emociones, y que la forma como pensamos sobre ellas va siendo transformada en sueño por obra de la propia emoción.

Ahora, evidentemente, ese fue un cambio absoluto en la visión del significado de la actividad del soñar en nuestra vida y en el proceso de desarrollo. En Freud, como sabemos, soñar era simplemente una función con el objeto de posibilitar el sueño y la continuidad del sueño. En la obra de M. Klein el sueño era una fantasía inconsciente en la que se manifestaba una interacción entre el self y los objetos internos. Pero para Bion el sueño es un pensamiento, el pensamiento primero. Es la (404) representación simbólica inicial del significado de la experiencia emocional y piedra fundamental sobre la que necesariamente se apoyan todos los niveles de pensamiento más elaborados, abstractos, generalizados y organizados. Y, como sabemos, para dar representación a esto él construyó la Tabla, que representaba no sólo una jerarquía en la organización de los pensamientos sino también los diferentes usos posibles del pensamiento y, en cierta forma, implicaba determinado proceso de evolución del pensamiento a través de sus diferentes usos y sus diferentes niveles de desarrollo en ese proceso, cuando madura un pensamiento propio.

El paso entre la emoción y el sueño que da representación a la emoción, sin embargo, lo dejó envuelto en el misterio. Y eso es tremendamente importante, pues representa un cambio de actitud en relación a las investigaciones de la mente que separan al psicoanálisis de las tradiciones de la ciencia, para moverla en una dirección, -una dirección con la cual, en mi opinión, los junguianos están mucho más familiarizados que los freudianos o los mismos kleinianos-, la conjunción con la historia de la evolución del arte, la filosofía y la religión. Donde el concepto de misterio, de que hay misterios sobre el funcionamiento mental que son esenciales, áreas esencialmente misteriosas, impenetrables, donde la mente no consigue penetrar, ya sea en la propia, sea en la de otra persona –ese es un concepto que establece una conexión entre el psicoanálisis y la historia el arte y el pensamiento literario, especialmente, en Inglaterra, con toda una línea de desarrollo literario que va desde Shakespeare a Milton y a los poetas románticos, particularmente Keats, Wordsworth, Coldridge y Blake y que es todo de mediados del siglo XIX. A mi modo de ver, ese es un tributo que debemos a Bion, el de haber establecido esa conexión. Con ella el psicoanálisis, el pensamiento psicoanalítico en Inglaterra establece una conexión con una evolución del pensamiento literario en Inglaterra que nos hace detener a pensar un poco sobre lo que un psicoanalista como Bion debe, en realidad, a la historia de la literatura. Suscita pensamientos sobre cuál ha de ser una preparación para el psicoanálisis. ¿La persona debe estudiar medicina, aprender química, o es mejor hacer un curso de literatura inglesa, etc.? Surgen muchas cuestiones pedagógicas importantes, así como preguntas acerca de cómo trabajamos en el consultorio.

Sin embargo, lo que quiero plantear es que la teoría del pensar de Bion, que señaló la existencia de ese pasaje desde la experiencia emocional para su representación en el sueño, en la formación del símbolo en el sueño, siendo esa una ocurrencia misteriosa que denominó función-alfa, lo que estoy queriendo establecer es que esa constitución de una zona de misterio no sólo transforma la atmósfera de la investigación analítica sino que también tiene una cierta (405) relación con el concepto de superyó. Bion pensaba que una primera realización de la función-alfa en la vida del bebé no es realizada por el bebé, sino que la primera realización de la función-alfa de esa misteriosa transformación de la emoción en símbolo para ser usado en la actividad del soñar es realizada para el bebé por la madre. Y que cuando el bebé está siendo amamantado, el epítome de su relación con la madre, no está simplemente alimentándose con la leche del pecho, también se está alimentando con la rêverie de la madre, que le llega a través de los ojos y de la voz de la madre, así como de la forma como lo lleva a cabo, etc., le transmite algo al bebe que ella elaboró en su mente, algo asociado al estado emocional del bebé y que transmite al bebé en forma simbolizada, de esa forma dándole condiciones al bebé para hacer un sueño y, así, comenzar a pensar sobre la experiencia que está teniendo.

Si eso es lo que el bebé internaliza, si internaliza no sólo un pecho y un pezón que lo alimentan, sino un pecho y un pezón pensantes, entonces tenemos un añadido al concepto de superyó, un agregado que va mucho más allá de los que Melanie Klein jamás había considerado. Tenemos un superyó pensante; y no será sólo un superyó pensante, sino un superyó que necesariamente será el iniciador del pensar siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia emocional frente a la cual no tenía equipamiento para pensar. En realidad, llegamos al corazón de la cuestión: no es sólo el bebé el que depende de la relación con el pecho pensante para iniciar sus procesos de pensar, del que su desarrollo depende por completo; la necesidad de tener un objeto pensante que se puede reactivar en el nivel del bebé siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia es una necesidad de todo individuo que quiere ser capaz de continuar su desarrollo más allá de cierto punto. O sea, su capacidad para enfrentarse con nuevas experiencias exigidas por sus nuevas ideas en desarrollo depende de tener un objeto en el nivel infantil capaz de ayudarlo a simbolizar la experiencia emocional y darle una representación en el sueño que será el inicio de su pensar sobre esa experiencia.

Eso, obviamente, suscita cuestiones clínicas de la mayor importancia sobre la función de soñar, análisis de los sueños, el contacto del paciente con sus sueños en el proceso analítico, etc. Este pasaje –el pecho pensante y su importancia en cuanto cualidad del superyó, con el grado de combinación representado a nivel infantil por pecho y pezón combinados y representado en niveles más sofisticados y elaborados como mamá y papá en una relación armoniosa-, da un nuevo significado a lo que Freud definió como concepto del complejo de Edipo y de la escena primaria. Emerge un concepto de superyó (406) que, nuevamente, es muy similar, en cierta forma, a los padres que necesitan tener un área de privacidad donde recogerse sin la presencia de los niños y la Sturn und Drang [i] de cuidar de ellos, una zona de intimidad tranquila y donde pueden hacer lo que sea en su ritual amoroso, cualquiera que sea su significado; y que también tiene sus raíces en el mundo interno, en el hecho de existir, también en el mundo interno, algo semejante a una cámara nupcial donde los objetos internos tienen condiciones de recogerse para renovar su conjunción recíproca, para crear sus bebés, por así decir, y que sus bebés también son pensamientos, símbolos, pensamientos de cuya materia se hacen pensamientos. Ahora, se puede decir que esa es también una teoría de la creatividad. No es sólo una teoría del desarrollo según el cual el desarrollo del self depende y continúa dependiendo de la función creadora, de la función mental creadora del objeto interno. Según esta teoría, toda función creadora considerada artística, científica, tiene sus raíces en la creatividad de esos objetos internos y esa creatividad depende de que los objetos internos tengan permiso para retirarse a su cámara nupcial y renovar su combinación mutua. Evidentemente, el trabajo psicoanalítico nos hace saber que fuerzas tremendas de la personalidad se alinean para no permitir tal conjunción. Su estudio, naturalmente, comenzó con Freud en el Hombre de los lobos y en la definición de la escena primaria elaborada en El pequeño Hans, etc. en términos de su complejo de Edipo, elaborado por Klein, y en la investigación del complejo de Edipo pre-genital, etc. Sabemos que las fuerzas contra esa conjunción, en términos de Bion, se transforman en las fuerzas del menos amor, o puritanismo; de menos odio, o hipocresía; de menos K, menos sed de conocimiento, o filisteísmo; sabemos que son esas las fuerzas alineadas contra las funciones de los objetos internos. Eso nos propone una cuestión que hoy, me parece, está en el centro de mi interés: ¿ese será el fin del desarrollo del superyó?

Según Freud el superyó tiene un desarrollo en sí mismo, no está limitado por lo que es introyectado de los padres concretos y de la infancia. Para él, otras formas de padres originales se acrecientan a lo largo del desarrollo a través de las relaciones con otros objetos amados y admirados y con eso son asimiladas nuevas cualidades al superyó, constituyendo, en cierto sentido, su desarrollo, una evolución de su sofisticación, etc. Esa es una línea de desarrollo en la cual el superyó, tal como Freud lo veía, -y nada se contrapone a ella en la teoría de los objetos internos formulada por M. Klein-, a través de experiencias que llamaríamos “experiencias de transferencia” con objetos amados y admirados, puede asimilar nuevas cualidades que anteriormente no formaban parte de él y que de ese modo ayudarán a su (407) desarrollo.

Esa es una línea de desarrollo. La segunda línea de desarrollo, naturalmente, está implícita en la obra de M. Klein: el self y el superyó pueden progresar en su integración y en la estabilidad de su integración. Esta es otra línea de desarrollo. En ésta el límite es alcanzado cuando el superyó, cuando los padres internos, se tornan estables en su combinación mutua, cuando el self, vencida su ambivalencia de emociones positivas y negativas en relación a ellos, se torne capaz de permitir el mantenimiento de esa estabilidad. Con eso se llega aparentemente a un límite natural. Si ese límite es o no alcanzable, no viene al caso. Pero la cuestión que se plantea es: ¿cómo se da el desarrollo de la raza humana? Porque aparentemente el desarrollo de la raza humana se basa en la introducción –misteriosa- en nuestras vidas de ideas que jamás fueron adoptadas antes y en su asimilación gradual. Ahora, los científicos acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas son descubiertas. Los artistas acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas surgen por inspiración. Es probable que ambos estén absolutamente en lo cierto y la diferenciación que hacemos entre artistas y científicos sea errónea. Si los reunimos y aceptamos la afirmación de Shelley de que los poetas son los verdaderos y no reconocidos legisladores del mundo, podemos decir que hay ciertos individuos, tal vez, a veces grupos de individuos, que reciben nuevas ideas y les dan forma, trasmitiéndolas de una u otra forma a su cultura, artísticamente, científicamente, o tal vez en la forma como viven sus vidas. Tal vez esa sea la cosa más importante en Jesús, la forma como vivió su vida, por ejemplo. Esa es una idea nueva. Y el desarrollo de la raza humana, como el desarrollo del individuo, depende de la recepción de esas ideas nuevas.

Esa es la teoría de Bion del místico en el grupo. El místico sería una persona de alguna forma disponible para la recepción de la nueva idea. Claro, esta teoría parte del principio de que el aire que respiramos está abarrotado de nuevas ideas. Se trata de una metáfora, evidentemente, una especie de pintura medieval de un universo rodeado de espíritus que nadie puede ver, excepto el místico. La esencia de eso es que si el superyó fuese capaz de alcanzar, en el individuo, una posición de conjunción constante, de ser un objeto combinado con ese flujo y reflujo de contacto con el self y recogimiento en su cámara nupcial, ese superyó tendría condiciones de recibir nuevas ideas –y esa debe ser la situación en la estructura del mundo interno del artista creador, del científico creador, que, en cierto sentido, nos lleva nuevamente a lo que se acostumbraba llamar la Teoría del “Gran Hombre” [ii] de la evolución, de la cultura. Si pensamos en términos de cultura como la elaboración y la implementación de nuevas ideas, nos sentimos tentados de decir sabiduría, tenemos (408) la tendencia a decir que la sabiduría es una cosa que nos llega de nuestro propio superyó, si evolucionamos, o que es recibida por nuestro superyó del superyó de algún místico e implementada en el interior de nuestras personalidades para que podamos, se me ocurre, incluir dentro de lo que denominaría el dominio adecuado del pensamiento psicoanalítico un concepto de sabiduría que, como la teoría del amor, odio y ser de conocimiento de Bion, nos da condiciones para dar solidez psicoanalítica a un concepto de pasión. Y esos dos agregados a nuestro (?) [iii] de pensamientos e ideas con que escuchamos y observamos a nuestros pacientes me parece, también, acrecentar un poco más de humanidad al modo como trabajamos en el consultorio: preocupándonos como recuperar, en nuestros pacientes, su capacidad de tener intereses y relaciones apasionadas, y el establecimiento, dentro de sí, de la posibilidad del desarrollo de sabiduría.

[i] El Sturm und Drang (‘Tormenta e ímpetu’) fue un movimiento literario, que también tuvo sus manifestaciones en la música y las artes visuales, desarrollado en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII. En él se les concedió a los artistas la libertad de expresión a la subjetividad individual y, en particular, a los extremos de la emoción en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración y los movimientos asociados a la estética. El nombre de este movimiento proviene de la pieza teatral homónima, escrita por Friedrich Klinger en 1776.

[ii] La Teoría del Gran Hombre se inclina por la idea de que fueron los hombres los que hicieron posible los sucesos más importantes de la historia. Sin algunos hombres en concreto, algunas cosas no hubiesen sucedido. La idea básica es que los líderes de los grandes procesos históricos nacieron para ello, no fue el contexto histórico, ni socio-económico el que los formó: “Los líderes nacen, no se hacen”. Esa es la premisa básica de esta teoría. La Teoría del Gran Hombre surge durante el siglo XIX y se le atribuye al historiador y ensayista inglés Thomas Carlyle. Según él “La historia del mundo no es otra que la biografía de los grandes hombres”.

[iii] El signo ‘?’ consta en la traducción portuguesa de la conferencia.

Trad. del portugués, negrillas y notas: Carlos Tabbia

Sobre la imaginación.

Sulla immaginazione

Quaderni di psicoterapia infantile, Nº 3

Borla, Roma, 1984, 132-169

 

Al finalizar la conferencia de Peruggia he usado la palabra imaginación. Quiero ver ahora qué rol desempeña la imaginación en la teoría mental que usamos, qué significa para nosotros.

Si recorremos la historia del psicoanálisis, en su evolución a través de la uni, bi, tridimensionalidad (y quizás también tetra-dimensionalidad) vemos que, como toda teoría científica, se desarrolla siguiendo su lógica. Médicos, científicos y biólogos han sido, sobre todo, quienes se ocuparon del psicoanálisis, entonces en sus comienzos éste siguió el desarrollo de las ciencias biológicas –cuya lógica interna parte de hipótesis simples-, como si los hombres pudieran ser considerados seres simples. Pero los que provenían de otras disciplinas –psicólogos, sociólogos, antropólogos- no estuvieron de acuerdo con esta línea de desarrollo del psicoanálisis considerando que las teorías de tipo naturalista no correspondían con lo que se ocupaba el psicoanálisis.

Creo, pues, que es importante estudiar las primeras teorías psicoanalíticas, por ejemplo la de la libido, no sólo por su interés histórico, sino también porque describen, de modo bastante preciso, determinados niveles de la vida mental. La historia del psicoanálisis es interesante no sólo porque nos muestra el modo en que ha sido construido –por así decirlo- “ladrillo sobre ladrillo”, sino también porque el desarrollo mental se estructura de modo análogo; es necesario, pues, estudiar todos los elementos con los cuales es “construida” la mente. En efecto, si en la investigación arqueológica, por ejemplo, encontramos unas [132] ciudades construidas sobre las ruinas de otras, cuando nos ocupamos de biología (de embriología) y estudiamos la estructura del individuo, nos damos cuenta que la nueva estructura no pisa las viejas, superponiéndose a algo muerto, sino que la estructura, y particularmente las funciones se desarrollan las unas sobre las otras.

Confirmando esto, Bion dice que en la historia de la evolución no se ha perdido nada de los seres humanos más primitivos: desde los unicelulares en adelante, todas las estructuras se encuentran, de algún modo, en el hombre. Esto supone que la mente humana se ha construido según el mismo modelo del cuerpo: así como las estructuras fundamentales del cuerpo han permanecido y se han desarrollado, también las estructuras más primitivas de la mente continúan permaneciendo y desarrollando sus funciones. Encontramos pacientes que viven en un nivel unidimensional en quienes son visibles –como si fueran las únicas a operar- ciertas funciones del tropismo: la búsqueda de la comida, la expulsión de los excrementos, la reproducción.

Examinando algunas teorías de Freud se puede ver cómo había estudiado la manera en que la imaginación había interferido en el desarrollo de los instintos y en su funcionamiento. Eso sucede claramente en las funciones reproductivas y en las sexuales, pero podemos reencontrarlo también en otras funciones: hay personas, por ejemplo, en las que la función de protegerse de los peligros padece interferencias por problemas emotivos que le impiden desenvolverse de manera correcta; hay personas cuyo instinto de nutrición no funciona, de tal modo que pueden arriesgarse a morir de hambre.

Pensando en la mente como una estructura realmente estratificada, cuando con los pacientes enfrentamos problemas de nivel estético o de relaciones emotivas íntimas podemos ver, poco a poco, como éstas están ligadas con las estructuras más primitivas, casi como si fuera un pliegue que abriéndose muestra todo el paso desde las estructuras superiores a las inferiores. Hay, pues, personas que habiendo tenido un “defecto” fundamental en su desarrollo han crecido casi normalmente pero con tal “defecto”, en cierto modo, siempre listo a resurgir.

Ahora les hablaré de un niño que no tuve en análisis pero del que conozco bastante exactamente la historia porque primero el padre y luego la madre [133] han sido pacientes míos. Tercer hijo, nacido diez años más tarde del primogénito, no fue deseado por la madre que intentó abortarlo de varios maneras, en cambio el marido insistió para que el embarazo llegara a término. Cuando nació tenía un aspecto muy demacrado, como si en los últimos dos o tres meses la placenta no hubiera funcionado. Unos dieciocho meses más tarde le nació un hermanito. Su desarrollo parecía satisfactorio, pero daba la impresión de que había algo, un “agujero” en su personalidad. Era extremadamente pesimista. Era muy pequeño para su edad; en su desarrollo óseo tenía, a los trece años, un retraso de dos años, con relación a la norma. A pesar de tener energía, se cansaba muy fácilmente. Siempre tuvo problemas con la alimentación; su madre tenía pechos más bien grandes y con muchísima leche pero él se prendía un poco, después de lo cual o comenzaba a vomitar o miraba para otro lado rechazando succionar. Lo mismo sucedió luego con el alimento sólido: necesitaba que se le pusiera en el plato una cantidad mínima, la comía, luego se le podía agregar otra. Del mismo modo se comportaba con respecto al aprendizaje: aunque era muy inteligente, aprendía poco por vez, tenía necesidad de estudiar un poco, luego ir a jugar, hacer luego una tarea escolar, mirar la televisión, etc., como si no pudiera dedicar mucho tiempo al estudio.

El hermanito más pequeño, un niño más bien robusto, le hacía de “esclavito”: lo admiraba mucho y lo seguía por todas partes. Esta admiración le servía de gran soporte; pero hace un año, el hermanito comenzó a hacerse amigos con los que salía, no siguiendo más al mayor. Esa “independencia” coincidió con el hecho de que el niño, de quien estamos hablando, pasó a otro ciclo escolar, superior, por lo que ya no asistía a la escuela del hermano. Parecía odiar a la nueva escuela pero tanto los padres como yo pensábamos que la cosa se ajustaría cuando el hermano, al curso siguiente, concurriera a la misma escuela. Inicialmente sucedió así y durante un tiempo la situación mejoró pero el hermano se hizo de un nuevo grupo de amigos y nuestro niño recomenzó a tener problemas de relación con la escuela, a estar mal, a llorar. Realicé dos entrevistas con él y en cada una contó un sueño. En el primer sueño está jugando a la pelota [134] con los amigos y con el hermano. Al final del juego le pide al hermano que lleve a casa la pelota mientras él se va en bicicleta. El hermano rechaza y se aleja dirigiéndose a una calle que él no consigue seguir, impedido también por el hecho de que está andando en bicicleta llevando la pelota en la mano. Aunque el campo de foot-ball está cerca de la casa, en el sueño el camino es muy largo y hay una serie de peligros: los niños, primero, y los hombres, después, que lo amenazan. Intenta llegar a su casa y cada tanto se le aparece el hermanito que le dice: ‘Dale, ve rápido que mamá te espera’, pero no consigue llegar”.

En el segundo sueño está marchando de la escuela por las vacaciones de Navidad y mientras sale la maestra lo llama y le da una gran cantidad de tareas escolares para la casa. Estalla a llorar, desesperado, pensando que, con todos esos deberes, no tendrá tiempo para hacer otra cosa.

Me parece que lo anterior puede relacionarse con lo que Bion decía a propósito del nacimiento al que consideraba una experiencia pero no el inicio de la vida mental. En estos sueños vemos un elemento que deviene, de repente, un peso insostenible: la pelota, primero, las tareas escolares después, que el niño podría hacer según su costumbre, un poco cada vez, pero que le parece un peso enorme, si le es dado todo junto por la maestra. Tenemos la impresión de que el niño no ha tenido una buena experiencia de un objeto que nutre y sostiene: primero la placenta de la madre que, de algún modo, no lo ha nutrido adecuadamente, después la madre misma que al nacer no estuvo en condiciones para realizar sus indispensables funciones porque tenía crisis depresivas.

Si pensamos en la mente como algo estratificado y en el desarrollo de la vida como algo que sucede a través de todas las dimensiones, debemos interrogarnos sobre la naturaleza del método psicoanalítico y su modalidad de funcionamiento: él operaría sobre todo a nivel de transferencia (que es el nivel de las relaciones íntimas, estéticas). ¿Puede, entonces, el método psicoanalítico hacer algo por el tipo de trastorno que presenta este niño? Por otra parte, el método psicoanalítico no comporta solo la transferencia, sino también el hecho de que hay dos seres humanos que están juntos, hora tras hora, día tras día, por años teniendo una relación que [135] presumiblemente también deriva de todos esos diversos niveles. Los pacientes, por ejemplo, a menudo vienen al análisis desde muy lejos, y eso se relaciona con el tropismo porque deben encontrar el camino para llegar a la sesión, no perderla. Para dar otro ejemplo, un paciente mío que casi se había dejado morir de hambre, al principio no parecía encontrar atracción alguna por el análisis, como si le fuera algo extraño, sin embargo venía regularmente a la sesión atravesando Oxford en bicicleta y nunca llegaba tarde. Un día, apenas llegó, se durmió un instante durante el cual se le presentaron a la mente una serie de imágenes. Una de las más interesantes fue la siguiente: su coche, que está en la calle, es golpeado por un gran mazo de críquet, entonces comienza a moverse, circulando por la ciudad, hasta llegar delante de la puerta de mi consulta. No parecía atraído por el análisis sino que venía empujado, de modo violento, por un golpe. Examinando este problema emergió que en realidad venía al análisis sólo porque los padres se lo pagaban y él no se podía permitir el lujo de perder sesiones. El análisis, en relación con lo dicho, opera también en un nivel contractual: se acuerda con el paciente sobre las horas en las que acudirá y cuánto pagará. Además hay elementos ligados a la relación de grupo; cuando un paciente comienza el análisis entra a formar parte del grupo de los que hacen análisis, no sólo con su analista, sino con todos los analistas del mundo, y se puede hacer una idea de cómo deberá comportarse un analizando, conformándose con tal imagen. Además existen las bien conocidas dificultades del paciente que, por ejemplo, tiene un amigo también en análisis. Los dos pueden comenzar a hablar de sus terapias y descubrir entonces que los analistas se comportan de modo diverso; uno cuenta que su analista al final de la sesión le da la mano, el otro analista no da la mano y entonces su paciente puede escandalizarse diciendo al amigo de que se trata de un comportamiento sexual, o también puede enfadarse con su analista porque no le da la mano. En el nivel de las relaciones íntimas se encuentran otros tipos de dificultades porque, por ejemplo, las relaciones íntimas comportan contacto corporal y entonces el paciente puede lamentarse del hecho de que el analista no lo toca o que [136] ni siquiera puede verlo desde el diván. El último estadio, en la relación analítica, quizás es propiamente aquel en el que se entiende que la intimidad es “de mente a mente” y que una relación íntima que comporte contacto físico lo utiliza como un medio particular para alcanzar el contacto entre mentes.

La paciente de la que hablé en el seminario de Peruggia (que lloraba contemplando una hermosa puesta de sol y al saber que el hermano había tenido un hijo) llegó un jueves a la sesión diciendo que se había despertado con un gran dolor de cabeza, cosa bastante rara en ella. Dijo que se sentía muy triste, pensaba en las dificultades escolares de su hijo, en los exámenes que su hija debía hacer, en los problemas para encontrar casa (recién se había divorciado). En cierto momento, se sintió muy bien y le parecía que todo se había iluminado; esa felicidad la había experimentado cuando, viniendo a la sesión, vio la puesta del sol. Era la segunda puesta del sol de la que hablaba en el análisis; mirándola tuvo la sensación que el analista estaba dentro de su mente, allí con ella, y que experimentaba, al ver tal espectáculo, la misma sensación de belleza y de felicidad. El resto de la sesión fue particularmente bella porque la paciente pudo evocar mucho material ligado a la puesta del sol y con otras cosas. Pero al otro día me miró como si fuera un perfecto desconocido y habló de varios temas prácticos (cómo encontrar casa, acompañar a su hija a la escuela). Le pregunté, entonces, qué había pasado con la sesión anterior y dijo no recordar nada. Intentamos reconstruirla juntos, trocito a trocito, pero no llegaba a reconstruirla por sí misma. Cuando se pudieron recorrer todas las etapas de la sesión, la paciente comenzó a llorar, y ante mi pregunta respondió: “debo haber herido sus sentimientos”. Conectando este llanto con el de la primera vez en la cual, viendo la puesta del sol, estalló en lágrimas porque el sol había desaparecido y con el llanto por la noticia del nacimiento del sobrino (interpretado como celos) pudimos intuir cómo bajo tal comportamiento había un problema de separación. El problema es que el objeto aparece también dentro de ella, luego es expulsado por los celos y completamente olvidado. Todo esto podría ser un ejemplo de la función de la imaginación: la paciente [137] parece pasar desde un vértice de felicidad a un vértice de celos, en el sentido de Bion.

Ahora podemos preguntarnos en qué se diferencia la imaginación de la fantasía tal como ha sido descrita por Klein. Durante todo el tiempo que he trabajado con Klein he pensado que la imaginación era la fantasía y la fantasía la imaginación. Esta sería una teoría particularmente satisfactoria de la imaginación, si se la combina con la de los procesos de splitting que nos permite pensar la mente como dividida en varias partes que experimentan las mismas situaciones pero de modo diverso. Pero hay algo que no funciona en tal teoría porque implicaría que cuanto más splitting se lograra más imaginación se tendría, mientras que la experiencia clínica nos muestra lo contrario, es decir, que sólo se puede tener mucha imaginación si se está bien integrado. Por eso me parece que la teoría de los vértices de Bion ofrece una aproximación más satisfactoria al problema de la imaginación. Recientemente, pocos meses antes de su muerte, tuvimos una serie de seminarios con Bion (ocho en un mes) en el cual pudimos ver su imaginación en acción. El modo de trabajar de Bion cansaba mucho al auditorio porque era extremadamente difícil seguir el funcionamiento de su imaginación. En sus escritos hay una cita: “la respuesta es la desgracia de la pregunta”; nosotros en general estamos habituados que al formular una pregunta, esperamos una respuesta. Una cosa que siempre irritaba a todos era que Bion nunca respondía a la pregunta. He notado que él hacía justamente lo contrario: cambiaba la pregunta formulada por una multiplicidad de preguntas; le daba vuelta y la traducía en muchísimas otras, como buscando verla por una miríada de puntos de vista diversos. A veces en todo este giro que él hacía, teníamos la impresión de que se había olvidado de la pregunta y que había perdido el hilo del tema.

Uno de los cambios más importantes que introdujo Bion en la técnica analítica es aquello de no preguntarse más qué cosa significa el material traído por el paciente, sino qué quiere decir el paciente. Eso implica que lo que no es claro no es el material sino el paciente. En primer lugar no es claro si no sabemos cuál es el significado que el paciente atribuye a las palabras que está pronunciando. Una vez aclarado con él cuál es el significado de las [138] palabras que ha usado, el segundo paso será buscar entender qué cosa quería decir con aquellas palabras (es necesario hacer eso aunque parezca que ya se ha entendido). Aclarado lo que el paciente quería decir con la pregunta formulada o con la fantasía verbalizada, se puede pasar al método de Bion de fraccionar la pregunta en una multiplicidad de otras preguntas: así de la pregunta inicial surgen materiales nuevos del mismo modo que cuando se fracciona el petróleo surgen varios subproductos. Para imaginar esos diversos puntos de vista en torno a la pregunta es necesario tener mucha fantasía: es necesario salir de nosotros mismos y buscar ver el mundo con ojos distintos a los que solemos usar para mirar. Si el paciente describe cierta situación debemos ser capaces de verla a través de una multiplicidad de puntos de vista, así como pudo haberla visto el paciente, su mujer, sus hijos, su perro. En general creemos que podemos hacerlo a través del proceso que llamamos identificación, pero tenemos bastante experiencia para saber que hay muchos riesgos al usar la identificación con el paciente. Si utilizamos una modalidad de identificación adhesiva, por ejemplo, nos identificaremos sólo con aquella parte del paciente relacionada con su posición social, su clase, su modo de vida; en cambio, si usamos la identificación proyectiva corremos el riesgo de engañarnos, porque creyendo ver “a través de los ojos del paciente” estaremos en realidad mirando sólo “desde una ventana”. Tomemos, por ejemplo, el paciente al que aludimos antes, aquel que se había dejado morir de hambre. En el cuarto mes de análisis, cuando todavía estaba “atrapado” dentro del objeto, estaba en su habitación y, desde la ventana, miraba el Magdelen College, que es uno de los College más hermosos de Oxford. Era primavera y los estudiantes estaban preparando una obra de teatro de Sartre (que no recuerdo) y mi paciente, a través de la ventana, miraba con mucho desprecio lo que los estudiantes estaban haciendo. Dos meses más tarde tuvo dos experiencias: una noche no podía dormir, estaba pensando que debía retomar los estudios para superar el examen de admisión a la universidad pero no conseguía pensar en cómo hacerlo. A las tres de la noche salió al jardín y, extremadamente infeliz, se sentó allí, al frío. El College estaba todo iluminado; el paciente se dirigió al portón y vio el parque con los ciervos que dormían. [139] Pensó, con gran nostalgia, cómo le hubiera gustado ser un alumno de ese College. Dos días más tarde relató su segunda experiencia: estaba trabajando y repentinamente le vino un gran deseo de regresar a su casa para ver en la televisión una telenovela: “Orgullo y prejuicio”. Detestaba a la persona que había hecho la adaptación a la televisión, una mujer a la que consideraba “una chapucera” y quería ver la telenovela para estar en condiciones de criticar el trabajo, ridiculizándolo. Entonces, mirando la novela, a pesar de criticarlo aparentemente, poco a poco comenzó a gustarle el espectáculo pero sentía que le molestaba mucho admirarlo. Relacionando ambas experiencias descritas y aproximando el vidrio de la ventana al de la televisión pudimos hipotetizar que mirar la televisión correspondería, para el paciente, a dos situaciones: una, es el mirar dentro del objeto, la otra es el mirar a través de los ojos del objeto. Este material parece mostrarnos que imaginar qué sucede en la mente de otra persona requiere la capacidad de “mirar dentro”, capacidad relacionada con la muy primitiva experiencia del niño que mira dentro del pecho y del cuerpo de la madre.

En Peruggia también relaté otro sueño de la paciente antes citada en el que ella miraba dentro de una habitación donde algunos obreros estaban trabajando y temía que el techo pudiera derrumbarse. Este ejemplo parecería un ejemplo de voyeurismo, de intrusión en la “escena primaria”; si lo miramos a la luz de la teoría de Bion sobre continente-contenido y sobre el modo de operar la función alfa, también podría parecernos la representación del intento de mirar dentro de la mente de alguien para ver cómo piensa, cómo maneja los pensamientos y no para saber de qué pensamientos está llena. Parece la imagen de alguien que quiere entrar en la cámara nupcial para descubrir el elemento más íntimo existente, no lo que se hace, sino cómo son pensados los pensamientos. Hay una diferencia esencial entre invadir la privacidad de los genitales de los padres y buscar la oportunidad de mirar dentro del pecho. Me parece que este es el punto que caracteriza un tipo de imaginación libre de esparcirse en la mente de otros y de imaginarse qué cosas están sucediendo. Retornando a la paciente y relacionando el sueño de la habitación cuyo techo [140] podría derrumbarse, con el llanto posterior a la llamada telefónica en la que se enteró del nacimiento del sobrino, podemos pensar que ella todavía no había superado los “celos por los otros niños”. Ya está en el tercer año de análisis y por motivos profesionales conoce muchos pacientes míos con los que se relaciona amistosamente, sin embargo nunca había pensado que yo pudiera tener hijos o nietos; en una sesión reciente, exclamé en relación con el material: “oh niños, oh hijos míos” y ella casi cayéndose del diván por la sorpresa dijo: “nunca se me había pasado por la cabeza que usted pudiera tener hijos”. Ahora bien, creo que el tipo de imaginación verdaderamente libre de espaciarse y mirar dentro de la mente de otro es aquella basada en la capacidad del niño de mirar de modo amistoso dentro de la madre, de poder ver y entender los niños, los pensamientos, los sentimientos internos, todo lo que sucede sin experimentar celos. Quiero subrayar aún lo difícil que es liberar la propia imaginación porque esto comporta saber mirar en la mente y en la vida de los otros sin invadirlas; significa saber controlar la propia curiosidad para no invadir aquella parte privada de la vida de los otros (como la vida sexual de los padres), elemento presente, en cambio, en el sueño de mi paciente.

Pienso que el retiro de la imaginación sea el punto central en la regresión de la tridimensionalidad. En la teoría de Klein no había ninguna posibilidad de concebirla, ni siquiera como problema; sólo con el trabajo de Bion sobre el pensamiento y con su descripción sobre el modo en que el pensamiento puede ser atacado, tenemos los medios teóricos para entender qué significa el retiro de la imaginación. En cierto sentido, el primer paso consiste en el retiro desde la posición depresiva a la esquizo-paranoide; el segundo, en el retiro del objeto total al objeto parcial (es decir, de un objeto con una identidad individual a un objeto con una identidad de clase), el paso siguiente en el retiro es desde la relación objetal al narcisismo (es decir, desde la relación de tipo familiar a la de grupo tipo “banda”); finalmente, es el retiro desde la banda-narcisista al grupo de Supuestos Básicos. Es aquí donde sucede el pasaje desde la tridimensionalidad a la bidimensionalidad. Me parece que en los grupos de Supuestos Básicos la modalidad de identificación [141] es adhesiva, consistiendo en la imitación del comportamiento de los otros miembros del grupo. En las relaciones de tipo narcisista, en cambio, hay una identificación proyectiva (mi hipótesis contrasta con lo que dice Bion cuando afirma que la comunicación en el interior del grupo de Supuestos Básicos está fundada sobre la identificación proyectiva). El paso siguiente es el aislamiento tal como podemos verlo en el niño autista. Luego tenemos el desmantelamiento autista, es decir, la unidimensionalidad del autismo propiamente dicho. En este esquema –que podemos utilizar para describir las regresiones- encontramos en la cumbre: la imaginación, la experiencia estética y las relaciones íntimas.

En este momento debemos preguntarnos cómo ha tenido lugar esta regresión y cómo, una vez iniciada, retrocediendo recorre todas las etapas. Siempre me conmueve el constatar cómo el nacimiento de un hermanito pueda representar un golpe tan fuerte para un niño, porque el embarazo de la madre reclama un enorme esfuerzo en su capacidad imaginativa, pues intensifica su curiosidad por el niño que está dentro de la madre y por la sexualidad de los padres. Una inicial deprivación en un niño que ya hubiera alcanzado un nivel de comunicación íntima y estética puede disparar una regresión desde la posición depresiva (de las relaciones íntimas) a la esquizo-paranoide, a la posición narcisística hasta el nivel de los grupos de Supuestos Básicos, a la bidimensionalidad.

Ahora quisiera volver un momento a mi paciente porque me parece que ofrece un ejemplo muy interesante del retiro de la imaginación. Intentaré reconstruir su desarrollo: es la primogénita, nacida poco después del casamiento de sus veinteañeros padres. Ellos, durante la gestación, eran felices. La niña no solo pasó su primer año y medio de vida en la cama de los padres sino que estaba colocada en el centro, por así decirlo, de su matrimonio: parecía la encarnación de su felicidad conyugal. Cuando fue sacada de la cama matrimonial, de alegre y simpática se tornó llorosa y se lamentaba; la madre reconocía que no podía soportarla más. La relación con la madre se deterioró a tal nivel que la niña comenzó a recurrir al padre. En ese período el matrimonio de los padres entró en crisis. La madre volvió a [142] embarazarse y esto parece haber arruinado también la relación de la niña con el padre. De brillante que era, devino opaca, obtusa, llena de celos por el hermano; así fue durante toda la latencia. Después sobrevino la adolescencia: era particularmente bella, una “jovencita en flor”, muy cortejada, lo que la devolvió al estado mental de la primera infancia. Se casó muy joven y recorrió con su marido las primeras etapas de su feliz infancia: parecía una esposa-niña que vivía, de manera infantil, una experiencia en la cual era esposa e hija al mismo tiempo. Eso fue así mientras tuvo sólo un hijo; con el nacimiento del segundo comenzaron las dificultades y las relaciones con el marido se fueron deteriorando hasta la separación.

Del Carlo Giannini: Me parece haber entendido, en el Seminario de Peruggia, que la tridimensionalidad está ligada a la posición depresiva; no he entendido la relación entre la tridimensionalidad y la posición esquizo-paranoide.

Meltzer: Lo que quería subrayar hoy es que la posición esquizo-paranoide puede ser entendida, esencialmente, como la primera posición de retiro de la imaginación de aquella situación en la que se ve la belleza del objeto y se experimenta el deseo de conocerlo (lo que Bion llama “momento K”). Leyendo las obras de Klein parece, en cambio, que la posición esquizo-paranoide es considerada como el estadio mental típico de los tres primeros meses de vida. Al describir Bion la relación con el pecho como una relación en la que objeto desarrolla la función alfa para el niño, que luego es introyectado para continuar desarrollando esa función como objeto interno, se deriva que la posición depresiva puede existir desde el comienzo de la vida. Desde esta óptica, lo que Klein describe como “inicio de la posición depresiva” (en el niño de tres meses) no parece eso sino, más bien, la inicial experiencia de retiro de la posición depresiva, con la aparición de angustias depresivas.

Nuestro trabajo con niños autistas nos hace pensar de modo diverso la hipótesis de Klein según la cual la escisión-e-idealización representaría la primera fase del desarrollo del niño; creemos que el proceso de escisión-e-idealización da origen, más bien, al movimiento que va y viene entre la posición depresiva y posición [143] esquizo-paranoide. Según esta hipótesis, por tanto, la posición depresiva se iniciaría con la experiencia que el niño tiene con el pecho como objeto pensante; a continuación estaría la escisión-e-idealización que pondría en movimiento fuerzas destructivas de la personalidad dando paso al retiro de la posición depresiva (que produce angustias de tipo depresivo). Me parece que todo esto está ejemplificado en el caso de mi paciente, quien ha tenido una sesión muy bella para olvidarla completamente al día siguiente.

Siguiendo esta hipótesis la posición depresiva podría ser definida –en los términos de Bion- “posición estética en la relación con el objeto” y se podría utilizar la palabra “depresiva” o “angustias depresivas” para indicar el retiro de la posición estética.

Del Carlo Giannini: ¿Eso es lo que Bion ha definido patología de la identificación proyectiva?

Meltzer: Al describir la diferenciación de la parte psicótica de la personalidad de la no psicótica, Bion describía, en realidad, la diferenciación de la parte esquizofrénica de la personalidad, con su uso particular de la identificación proyectiva. Bion ha colocado la identificación proyectiva en un espectro que va desde un uso fisiológico a un uso sádico, patológico. Encontramos un uso constructivo de la identificación proyectiva, por ejemplo, en la primitiva modalidad de comunicación entre madre e hijo y su uso patológico cuando está al servicio de una curiosidad de tipo destructivo (más o menos lo que Klein describe como inicio del instinto epistemofílico). Hoy he intentado describir la imaginación como algo opuesto al voyeurismo intrusivo: la imaginación es el deseo de entrar en el objeto para conocerlo, es decir, con la función K.

Brutti: Querría discutir con el Dr. Meltzer el problema de la regresión; me parece que en el pasado se había subrayado bastante que sería importante estudiar el hecho a partir del cual el niño comienza a regresar.

Meltzer: Estoy de acuerdo; creo sin embargo que tal hecho es extremadamente difícil de coger: puede ser el primer [144] punto de interés pero el último que sea posible observar.

Brutti: ¿Quiere decir que sólo se lo puede conocer a posteriori, a partir de los efectos?

Meltzer: Sí, aunque es importante tener siempre en mente que es propiamente allí a donde es necesario llegar, pero sin mucha prisa.

 

Brutti: Sin embargo nosotros en la historia de muchos niños autistas hemos constatado que ha habido una evolución “normal” hasta el momento en que se ha iniciado una regresión hacia estados más primitivos. ¿Se puede pensar que antes de “volver atrás” habían alcanzado, en algún modo, la tridimensionalidad?

Meltzer: Una cosa que nos ha impresionado notablemente y que hemos afrontado también en Exploraciones en autismo es el hecho que los niños autistas por “temperamento” tienen una intensa capacidad estética.

Brutti: ¿Se podría, por tanto, decir que se ha verificado como una “caída” respecto de un objeto que gratificaba aquellas instancias estéticas desarrolladas en esos niños? ¿Ellos regresarían hasta un estado unidimensional en el que no se podrían experimentar más sentimientos estéticos ni ningún otro tipo de experiencias que presupongan un mundo interno?

Meltzer: Pienso que sí. Para retomar el tema: los niños autistas tienen una capacidad estética particularmente intensa; en cierto punto se encuentran muy prematuramente con el dolor depresivo (el temor de dañar al objeto estético) entonces se retiran del objeto privándose de la experiencia estética. De tal privación, luego, son como empujados hacia atrás hasta el punto de llegar a destruir su propia capacidad mental. Un niño autista, que sigo a través de la supervisión desde hace cuatro años, repite continuamente la misma acción: intenta construir un objeto estético pero privado de cualidades humanas (por ejemplo un objeto musical) caracterizado de modo muy preciso; debe ser un objeto que él pueda poseerlo, construido por él mismo, indestructible, un objeto –en otros términos- respecto al cual no [145] deba experimentar la separación y que no le cueste nada en el plano emotivo. Durante la sesión, si la cualidad descrita respecto a tal objeto es correlacionada con el terapeuta –es decir, con un ser humano- el niño se comporta, inmediatamente, de modo autista: comienza a caminar por la habitación, dibujando grandes círculos, golpeando la cabeza contra las paredes, etc.

Martha Harris: Parece que el objeto antes descrito fuera construido más desde la fantasía que desde la imaginación; construir un objeto con la imaginación significa permitir que tenga una parte misteriosa, que no se sepa todo sobre él.

Meltzer: El niño construye tales objetos con trocitos de varios metales, encontrados por la calle como si buscase hacer un objeto por medio del cual pueda haber, de algún modo, una experiencia estética sin que su imaginación sea sacudida al experimentar el misterio del mismo objeto. Su terapeuta, muy bonita, relata que el niño –durante el primer año de análisis- entraba en la habitación, la miraba con admiración y le decía: “¡que muñeca!”.

Harris: Construcciones del tipo antes descrita parecen la antítesis de la actividad creativa, la cual comporta el uso de la imaginación; usar la imaginación puede parecer peligroso a estos niños en cuanto les llevaría, por ejemplo, a experimentar contradicciones en el objeto y, además, a conocer al objeto. Con los objetos construidos por medio de lo que defino fantasía parece, en cambio, que el niño no deba usar el mecanismo de aprender de la experiencia.

Meltzer: Para muchos el producto más alto del arte de Miguel Ángel sería Los prisioneros en los que no hay nada incompleto: están completos en su incompletud.

Cerletti: Me parece que lo dicho por Meltzer sobre las últimas ideas de Bion acerca de la posición depresiva inicial da un golpe mortal al punto de vista genético en psicoanálisis. ¿Cómo se encaja, entonces, el problema de la regresión tal como la ha presentado Meltzer? ¿Se puede hablar de diferenciaciones de una función en el sentido de Goldstein, por ejemplo? [146]

Meltzer: Uno de los puntos fuertes de la metapsicología freudiana es el hecho de que miraba a la personalidad desde, al menos, cuatro puntos de vista diversos; su debilidad, por el contrario, es que después Freud buscó traducirlo todo en una sola teoría. Forma parte de esa teoría la llamada prueba de realidad, es decir, la necesidad de validar la teoría con los hechos observados en el mundo externo; una consecuencia es la “prueba de la terapia” por la cual la validez de la teoría vendría verificada por los resultados producidos por la terapia. Todo esto se basa en una filosofía de la ciencia (esencialmente la del ochocientos) una ciencia experimental que en su base teórica puede remontarse a Bacon. Según esta teoría la mente es el cerebro, es decir, un aparato mecánico bastante complicado que permite al animal o al hombre seleccionar la información para adaptarse a su propio ambiente vital. La teoría de la libido o la implícita en el Proyecto escrito a Fliess es esencialmente una teoría de tipo biológico-unidimensional.

En otro extremo tenemos la hipótesis de Bion para el que la mente está fenomenológicamente separada del cerebro; dependería, en cierto modo, del funcionamiento del cerebro pero desde el punto de vista fenomenológico funcionaría en un nivel distinto. Siguiendo tal modalidad de aproximación a los fenómenos mentales, no existe la posibilidad de concebir una función definible [como] prueba de realidad: las explicaciones o las pruebas no interesan, son sustituidas por la comprensión. El comprender se basa sobre observaciones y sobre el pensamiento; reclama precisión en la observación y cuidado, complejidad y riqueza de pensamiento. Bion sugería que la prueba de realidad de las teorías causales fuera sustituida por los múltiples vértices en la ciencia descriptiva y comprensiva; se trata, pues, de mirar los datos de la observación desde el mayor número de vértices posibles. En mis reflexiones antes esbozadas intentaba ver la personalidad desde el vértice de la imaginación; mirándola desde este punto de vista, personalidad, posición depresiva y regresión se acoplan en un modo particular; desde el punto de vista de la adaptación, por ejemplo, las cosas se presentarían de otro modo y aún [se presentarían] diversamente si las mirásemos desde el punto de vista del aprendizaje, etc. Esto también vale para el trabajo clínico. [147]

Según la óptica de Bion, en análisis, la riqueza es más importante que el esmero, la precisión o el acercamiento sistemático; según la óptica de Klein, lo más importante es el proceso, la sistemática del proceso; en la óptica freudiana, probablemente, es la reconstrucción de la historia del paciente. Pero el análisis reúne todas esas posibilidades: hay reconstrucción, proceso, también hay una riquísima experiencia que brota, precisamente, del examinar las cosas desde todos los puntos de vista posibles desde nuestra imaginación y desde la del paciente.

Bion dice una cosa muy útil para el trabajo terapéutico: cada vez que se abre la boca con el paciente debe ser para decir algo interesante. Es necesario, por tanto, saber antes de hablar si tenemos algo interesante para decir; esta preocupación sustituye aquella que se tenía antes sobre el timing para hacer una interpretación. Existen grandes diferencias entre los analistas: hay algunos que hablan mucho porque creen tener cosas muy interesantes para decir, hay otros que hablan muy poco. Sucede entonces que lo que ocurre en el curso de la terapia deviene algo cada vez más individualizado, por lo que el training –en tanto pretensión de enseñar “cómo actuar”- es una cosa imposible, mientras tanto, cada vez más está deviniendo un proceso humano de aprendizaje de un modo particular de obrar sobre la base de las características de la propia personalidad.

Regresemos al problema de la aproximación genética en metapsicología. El significado del punto de vista genético ha ido poco a poco cambiando: originalmente era, simplemente, la migración de la libido a través de las varias zonas erógenas; luego devino una aproximación más estructural hasta la teoría de Klein sobre las posiciones esquizo-paranoide y depresiva; se ha llegado después al estudio de la génesis de las relaciones objetales (que es muy diferente, en el significado, de la inicial aproximación de Freud).

Lo que ha permanecido de la metapsicología es la descripción de lo que sucede “dentro de la piel” –por así decirlo- de la persona. Eso representa la debilidad del psicoanálisis que considerando al individuo como fenómeno aislado queda como una psicología individual. Tal modo de proceder fue legítimo mientras sirvió para estudiar los fenómenos mentales bien delimitados y cristalizados, como neurosis y psicosis [148], en los que se tomaban en consideración fenómenos ya interiorizados y que actuaban “por su cuenta” en personas que vivían prácticamente aisladas. Pero actualmente este tipo de trastorno se encuentra raramente en análisis, en cambio vemos personas que viven, se desarrollan e interactúan con otros. En el mismo ámbito analítico podemos constatar cómo la vida que el paciente lleva con otras personas influencia la situación analítica, del mismo modo como la situación analítica influencia su vida externa; el análisis entonces forma parte del espacio vital del paciente. Así, la idea de que en análisis se desarrolla una neurosis de transferencia y que eso es estudiado, aislándola del resto de la vida del paciente, hoy no es muy útil porque, aunque permanezca válido como método, limita mucho la comprensión del material presentado por el paciente. Ya sea en la historia del desarrollo del psicoanálisis como en la historia del desarrollo de cada psicoanalista, en cierto momento se llega a comprender que ya no basta estudiar la neurosis de transferencia o la transferencia, como si fuera la única cosa importante que sucede en la consulta.

En los años cincuenta-sesenta habíamos aprendido, en los análisis kleinianos, otra “lección”: que no solo la tendencia del paciente a desarrollar una neurosis de transferencia sino también la tendencia a focalizarse exclusivamente en ella tiende a encapsular el análisis, a separarlo de toda la vida relacional del paciente tornándolo un proceso interminable. Al principio se pensaba que era mejor que el análisis durase bastante pensando que así se iba más al fondo, que sería más completo. Poco a poco, sin embargo, descubriendo que algunos análisis duraban quince, veinte años, nos dimos cuenta que en esa hipótesis algo no funcionaba. Este problema estalló de modo asombroso cuando apareció un artículo, en la revista de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, que hablaba de un paciente que en siete años de análisis nunca había abierto la boca. Uno de los méritos de Bion ha sido aquello de recordar, en uno de sus primeros trabajos sobre grupos y en otros posteriores, que los pacientes viven también fuera del análisis y que se arriesga –si se prolonga mucho- hacer del análisis un refugio tanto para el paciente como para el analista.

Según la línea que va desde Freud a Klein, a Bion, vemos que la dimensión genética deviene la dimensión del tiempo lineal, lo que no significa el tiempo como [149] desarrollo individual. En nuestra clínica –como supongo sucede aquí en Novara- buscamos estudiar al niño-en-la-familia-en-la-comunidad, utilizando este modelo, que se ocupa del espacio vital del paciente, sin pretender saber tanto. Tal aproximación es más fácil, por ejemplo, en Novara, u Oxford que en Londres; en un lugar más pequeño podemos conocer mejor el ambiente vital del paciente, qué calles transita, el barrio en el que vive; saber en qué tipo de familia vive y tener una serie de informaciones sobre su espacio vital.

Brutti: Retornando al problema del autismo, quiero preguntarle a Meltzer si podría ayudarnos a comprender mejor las expresiones “derrumbe autista” y “retiro autista”. Se piensa que se puede hacer una distinción entre derrumbe y retiro autista, entendiendo por “derrumbe autista” la situación en la que el niño está como si hubiera sido abandonado por el objeto y por tanto cae en el autismo, y por “retiro autista”, cuando describía el caso clínico, como un retirarse del niño al entrar en contacto con un objeto humano. Mi pregunta, por tanto, es si el “derrumbe autista” deriva de un abandono por parte del objeto, mientras que en el caso del “retiro autista”, paradojalmente, se trataría de una defensa del niño, con respecto al objeto, como si el niño pensase “no puedo entrar en contacto con el objeto humano, me retiro”. Querría finalmente saber cómo piensa que esta situación pueda correlacionarse con aquellos casos de autismo, que consideramos tal en razón de acontecimientos externos muy traumáticos (por ejemplo, niños que en el inicio de la vida permanecen durante mucho tiempo en incubadora). Me parece que en estas situaciones sea improbable hipotetizar que pueda haberse dado una relación primaria encuadrable en la posición depresiva, tal como Meltzer lo ha propuesto.

Meltzer: Pienso que el autismo propiamente dicho es realmente un desmantelamiento del aparato mental autoinducido. Se trata de un proceso especial defensivo muy peculiar, análogo a la esquizofrenia que no es una posición del desarrollo sino un preciso proceso patológico. Desde este particular punto de vista, me parece [150] que existe una diferencia entre el niño autista y el niño que ha tenido una detención del desarrollo por circunstancias varias: trauma precoz, enfermedad o cualquier otro tipo de deprivación. Esto no significa que estos hechos no puedan hacer que el niño se precipite en una situación autística.

Me parece que estos dos tipos de autismo se encuentran en lo que definimos bidimensionalidad: el niño autista ha abandonado la tridimensionalidad y ya no parece capaz de recuperarla; el niño que ha tenido una detención precoz del desarrollo (por deprivación materna, por una grave enfermedad, porque ha estado en la incubadora, o en la inclusa[1]) nunca llega a la tridimensionalidad. Estos niños, además, no llegarán nunca a lo que Bion llamó “la capacidad de aprender de la experiencia”: podrán aprender de modo imitativo, ser condicionados, adquirir cierto nivel de adaptación pero nunca tendrán una vida emotiva. Me parece que ellos tienen una posibilidad de recuperación a través de la terapia, si se realiza precozmente, mucho mayor que los niños que se han “retirado” del dolor de la tridimensionalidad.

Cerletti: Esto parece estar en contradicción con lo que dijo antes acerca de la imposibilidad de los niños con detención del desarrollo de alcanzar la tridimensionalidad.

Meltzer: No, porque entiendo que no podrán alcanzarla por sí mismos, sin desarrollar una relación íntima de tipo materno. Los niños que llegan a terapia desde la inclusa, que a menudo presentan una típica bidimensionalidad, evolucionan muy bien: tienen un “violento” proceso de recuperación, angustias de separación muy intensas.

Brutti: Quiero volver al problema del niño que en el contacto con el objeto humano se retira en el autismo; me parece importante hablar de la técnica.

Meltzer: Este es el punto central de la terapia del autismo: cómo mantenerse en contacto con estos niños. El problema con los niños con detención del desarrollo, en cambio, consiste en ayudarlos, poco a poco, a superar la separación del objeto. Desde el punto de vista técnico parecen dos problemas opuestos. Para el niño de la inclusa [151] el problema es el de separarlo del analista: querría entrar dentro de él, vivir con él veinticuatro horas al día, ser uno de sus niños. En lo que concierne al problema técnico de mantenerse en contacto con el niño autista, las soluciones son muy individuales, ligadas a la personalidad del terapeuta; cada uno tiene cierto “talento” que puede desarrollar estando con el niño de diversas maneras: así algunos terapeutas cantan, otros hablan continuamente, otros usan el contacto físico.

Cerletti: Me pregunto si para los niños considerados de la inclusa no sería más indicado algo que tenga que ver con el maternaje más que con la terapia. Me refiero a un caso que hemos seguido en nuestro Centro de Higiene Mental: un niño de un año y medio con grandes carencias parentales estaba desarrollando un síndrome autista; hemos obtenido que el Tribunal de Menores lo entregase a una familia. Ahora está yendo muy bien, sin ningún tipo de soporte psicoterapéutico. El único aporte del servicio es una observación del niño en la familia y una acción de soporte para la pareja que lo acogió. Me pregunto si esa no sería una línea de aproximación más adecuada, dejando la intervención psicoterapéutica para los casos de autismo propiamente dicho.

Meltzer: Es cierto, si se consigue encontrar una familia que durante varios años esté en condiciones de soportar la agresividad, la intrusividad, la aridez y la infidelidad de estos niños. Lo difícil es encontrar estas familias. Por otra parte, con estos niños se consiguen resultados sorprendentes con la psicoterapia: llegan a tolerar ver al analista sólo dos, tres, cuatro veces a la semana, con reglas precisas. Sin embargo, no me parece oportuno mezclar las dos cosas, sino [que me parece más oportuno] iniciar la psicoterapia mientras están todavía en la inclusa y darlos en custodia cuando estén en mejores condiciones, gracias a la terapia, de enfrentar la vida familiar, sin destruirla. Pienso que la terapia, sumando todo, es todavía un método económico: reclama pocas horas a la semana de una persona, ciertamente preparada; el esfuerzo reclamado a la familia es mucho mayor. Pero es muy difícil convencer al Tribunal con relación a esta tesis, aunque el gasto de una psicoterapia cueste alrededor de un tercio del de una institucionalización. [152]

 

Parlani: En nuestra experiencia con niños autistas propiamente dicho hemos visto que a menudo se crean círculos estereotipados entre el niño y la familia, por lo cual parece que los padres tengan una modalidad de relación con el niño que se adhieren a la situación autista y, además, la refuerzan. En las entrevistas con estos padres parece emerger que, a menudo, tales mecanismos están ligados también a una serie de fantasías y de temores en relación con la potencial agresividad del niño. En nuestro Centro de Higiene Mental intentamos coger en terapia al niño y a los padres; los dos procesos parecer ir adelante paralelamente, aunque no siempre. Surge entonces, desde el punto de vista teórico, el problema de la valoración de la posibilidad que tienen estos niños de transportar, en su vida fuera de la terapia, las eventuales modificaciones ligadas al proceso psicoterapéutico. Por otra parte, si pensamos que esta posibilidad para los niños autistas es muy limitada, debemos plantearnos, con ellos, los tratamientos interminables o valorar el riesgo de “restituir” al niño (que tal vez parecen estar en vías de una evolución) a una familia que puede inscribirlo nuevamente en una situación autista.

Meltzer: He observado que la familia de los niños autistas tiende a tratarlos como si fueran subnormales, encerrando al niño en el autismo y sólo considerándolos como enfermos, todo lo cual favorece que se perpetúe la situación autista.

He podido constatar que cuando estos niños en terapia comienzan a salir del autismo hay una reacción contraria de la familia, no tanto contra la agresividad sino contra la depresión que comienza a emerger en el niño, que espanta hasta tal punto a los familiares que mueve a encapsular nuevamente al niño en el autismo; por eso es muy importante preparar a la familia con relación a la depresión para disminuir esa tendencia del niño a re-encapsularse en su enfermedad. Un elemento que hemos notado en las familias, y que puede obrar como un riesgo para la terapia es que muy a menudo la madre se adapta al autismo del hijo; se habitúa a tratarlo no como un niño sino como un feto. No sé describir mejor esta situación sino diciendo que estas madres parecen gratificadas con la idea de tener siempre su niño consigo; a menudo, hasta [153] en un contacto físico constante. Para tal fin encontrarán siempre excusas: “el niño es muy enfermo para poder hacer esto o aquello…” En estas madres, a menudo, existe un cierto delirio: están convencidas de saber qué sucede en la mente del hijo y eso las coloca en una posición muy competitiva con el terapeuta.

Balconi: Pero no en los casos de verdadero autismo. Eso sucede más en los casos de esquizofrenia, en ciertos casos de psicosis; en el autismo nunca he encontrado una madre delirante.

Meltzer: No es que la madre diga que sabe lo que el niño piensa sino que, en algún modo, piensa que su mente y la del niño están fusionadas juntas. He visto madres de niños autistas que decían estar en contacto muy estrecho con el hijo y decían que sólo ellas los entendían.

Balconi: Me parece encontrar una diferencia: las madres descritas por Meltzer no dan un verdadero autismo. Diría que las madres de los niños autistas se aproximan a las madres de los niños con grave mutismo electivo, son esas madres que se ofrecen al máximo al niño, se entregan y se asustan del hijo cuando comienza a expresar emociones, en particular la depresión, porque se sienten incapaces de contenerla.

Meltzer: En mi experiencia, las madres de los niños autistas verdaderos experimentan al hijo como la única compañía de su vida solitaria y aislada. Las mayores interferencias las encontramos, como decía, cuando el niño comienza a salir del autismo, cuando sobreviene la depresión y comienza el lenguaje; estas madres que antes llevaban con mucho gusto al niño a terapia, aún haciendo sacrificios, comienzan entonces a no llevarlo más y reaccionan como si estuvieran por perder al compañero de su vida. En el caso del niño que construía objetos artificiales con los pedacitos de cosas que encontraba en la basura o con piecitas de anticuario que los padres le compraban, ambos padres estaban en colusión con él: gastaban tiempo y dinero para ayudarlo a mantenerse en ese estado en el que él podía tener relación sólo con un [154] objeto inanimado. Ellos tenían otro niño sano, en el que parecían tener mucho menos interés. Todo su esfuerzo en el fondo estaba directamente contra el proceso terapéutico del niño ayudándolo, activamente, a mantenerse en su estado enfermo. La madre de otro niño autista era pintora; había enseñado al niño a pintar flores; él sólo pintaba flores. Por Navidad recibí una postal pintada por esta señora: representaba una Virgen con el niño, cuyas cabezas estaban exactamente superpuestas. Cuando este niño ha comenzado a manifestar cierta depresión su tratamiento fue interrumpido por los padres que hasta se fueron de Londres.

Balconi: Tenemos situaciones relacionales diversas según los momentos de la evolución del tratamiento. Al principio llamaba la atención el momento autista en el que las madres, al menos aquellas que hemos observado, podían aceptar sólo un niño sin emociones. Con el desarrollo del tratamiento, como en todos los tratamientos de niños, puede haber una interrupción en el momento en que movilizamos tensiones que repercutiendo sobre los padres activan su problemática.

Meltzer: Si se quisiera aislar el factor materno que entra en juego en la génesis del autismo lo podríamos individualizar en la dificultad, que una particular madre ha tenido con un particular niño, de permitirle nacer. A menudo en la historia de estos niños encontramos madres que no podían hacerle nacer, por lo cual el nacimiento –el hecho de que el niño haya salido del vientre- ha devenido un acontecimiento traumático. En un caso nuestro, la madre ha tenido un embarazo muy bello, feliz, pero el parto ha sido intolerable, no podía pensar que el niño saliera fuera. Durante el parto tuvo un sueño que la impresionó tanto que después del nacimiento del hijo lo mantuvo en su mente, a tal punto que no podía ocuparse de él; por suerte estaba con ellos la abuela que durante tres meses pudo ocuparse del niño. Cuando la abuela marchó, el niño “resbaló”, fue a la deriva: a la edad de siete u ocho meses estaba [155] autista. El sueño de la madre era verdaderamente revelador: Estaba muerta; estar muerta significaba ser llevada lejos por una corriente hacia un no-lugar, un lugar donde no había nada, sólo un botón. Este botón podía ser aplastado, pero aunque lo aplastaran no sucedía nada, salvo raramente, cuando se sentía una voz (su voz) que hablaba y decía algo de sí. Este sueño nos da una idea de cómo imaginaba la madre que sería –y después ha sido- la vida del niño después del nacimiento; como si la única posibilidad de contacto entre ella y el hijo se daría a través del pezón y sólo raramente pudiera haber algún tipo de relación. La única relación del niño fue con la abuela y no con la madre. El nacimiento equivalía a ser llevado fuera de la corriente: no podía haber nada que sustituyera la placenta que lo contenía en el vientre materno.

Del Carlo Giannini: Quería saber, a propósito de la bidimensionalidad recogida en un sueño (el sueño es típicamente tridimensional y muy imaginativo), si hay diferencia entre esta bidimensionalidad recogida en la tridimensionalidad y una bidimensionalidad vivida por el niño psicótico. Porque, presumiblemente, en el sueño cada uno revive relaciones bidimensionales: ¿hay diferencia con una vida bidimensional vivida sin imaginación?

Meltzer: Pienso que la bidimensionalidad es un concepto muy difícil. La mejor manera de acercarnos a él es identificar cuáles son las áreas de nuestra vida en las que usamos de modo espontáneo, natural, la bidimensionalidad y ver en qué consiste. En lo que más la utilizamos es en las relaciones sociales aparentemente casuales, por ejemplo cuando vamos a una fiesta y debemos encontrar personas desconocidas y toda nuestra preocupación antes de ir se refiere a la ropa; durante la fiesta, hablamos con la gente y nos comportamos de modo bastante diferente que con las personas con quienes tenemos relaciones reales. En estos casos hablamos, por ejemplo, de cosas sin sentido y que no creemos, sólo para agradar a la persona con la que estamos hablando, bebemos, comemos comidas que no nos gustan, nos adaptamos completamente a la situación y esto conlleva una sensación de aburrimiento. [156] En relación con eso me viene a la mente un sueño de un paciente mío, un novelista exitoso (el éxito ha llegado después de haberse analizado): Está en un tren y está haciendo un viaje por la Alemania nazi. Está sentado, con un libro en el regazo y se da cuenta que lleva un abrigo de oficial nazi; el abrigo tiene doble cara [double-face], y en el interior tiene su abrigo normal. También el libro que tiene sobre las rodillas tiene “doble cara” porque en la tapa el título es “Mi lucha”, dentro está “Guerra y Paz”. Me parece que este sueño ilustra bien el concepto de bidimensionalidad como adaptación a una situación externa.

Una de las cualidades principales de la bidimensionalidad es el aburrimiento. Las personas bidimensionales aunque parezcan eufóricas, alegres, en realidad están excitadas pero no interesadas; cuando vienen al análisis se lamentan del aburrimiento que experimentan; esto es a menudo una señal de lo que nos encontramos frente a una situación bidimensional.

Balconi: Esta descripción se acerca mucho a la del “falso self”.

Meltzer: Lo que Winnicott describe como “falso self”, me parece, corresponde a una personalidad construida en torno a la identificación proyectiva. Estas personas sufren mayormente una sensación de fraudulencia, sienten que hacen trampa. Este tipo de sensación se encuentra en las personas exitosas que vienen al análisis, sobretodo las que han comenzado a tener éxito durante la latencia, cuando han devenido “hombrecitos” o “mujercitas” permaneciendo así durante toda su vida.

Balconi: Si me permite una libre asociación, los ejemplos que Meltzer da para explicar la bidimensionalidad, por ejemplo el de la mariposa que toma el color de las hojas o el de la gente que va a la fiesta y hace lo que se estila hacer formalmente, me hacen pensar que se adquiere una dimensión bidimensional en el momento de pánico, porque la mariposa se transforma en una hoja para evitar ser pillada, y aceptamos estas reglas de la fiesta para evitar el pasar un mal momento. [157]

Meltzer: La bidimensionalidad está ligada a la vida en grupo, a las aterrorizantes ansiedades persecutorias que la caracterizan; el sueño del paciente que viaja en la Alemania nazi, por ejemplo, me parece una ilustración del temor a ser objeto de persecución por parte de un grupo sádico. El temor del grupo es algo que se puede encontrar en análisis bajo la forma del temor a ser humillado. El prototipo de la humillación podría ser una escena fantaseada en que nos encontramos frente a una gran muchedumbre que se ha reunido allí y que debemos entretenerla con nuestra actuación, como actores. Esto lo encontramos en muchos pacientes sobre todo hacia el final del análisis y probablemente está ligado al hecho de que se ha de dejar al objeto externo para pasar a depender del objeto interno, al temor de devenir un sujeto; la individualidad evoca inmediatamente el espectro de no estar en las mismas condiciones que los otros miembros del grupo, del deberse confrontar sin protección.

Balconi: Cuando el niño crece comienza a imitar a los padres y ese es un momento bidimensional del desarrollo.

Meltzer: No estoy muy seguro que los niños aprendan a través de la imitación. Lo que se ve es el niño que imita a otros niños, por ejemplo un niño de dos años que tiene un primito de cinco años que es su héroe imita las conductas negativas del primito; este niño está en la mesa, los padres están riendo y él los imita con una risa vacía porque no ha entendido el motivo por el cual ríen.

Balconi: Una niña que me hizo una escena terrible, diciéndome malas palabras, etc.; me di cuenta que es idéntica a una escena que le había hecho poco antes la madre. No había introyectado la madre mala, pero la imitaba y de este modo expulsaba la experiencia, no incorporándola.

Meltzer: Pienso que se trataría sobretodo de relanzarlo a través de la identificación proyectiva, mecanismo que A. Freud llama “identificación con el agresor”. [158]

Balconi: Pero ¿cuándo los niños hacen una verdadera identificación con el agresor y cuándo devuelven, como sobre una fachada, aquello que han visto y no han podido soportar?

Meltzer: Intentando ver la cualidad de las conductas relacionadas con varios tipos de identificación, vemos que en la imitación adhesiva tenemos una actuación (performance) vacía; en la imitación proyectiva una caricatura del comportamiento y en la imitación introyectiva una actuación tímida, que no sale bien. En un recital de niños en la escuela, por ejemplo, podemos fácilmente distinguir al niño que imita de modo vacío, a aquel que consigue bastante bien hacer la caricatura del adulto que le ha enseñado el papel, y aquel que en cambio hace su interpretación del rol, aunque de modo infantil y tímido. Al mismo tiempo podemos notar diferencias en las reacciones de los adultos: algunos prefieren un recital en el que haya más participación del niño, otros una imitación más plana del papel. Recuerdo un niño autista en el momento en que apareció por primera vez la depresión; sucedió después de seis meses de tratamiento. El niño estaba en la consulta, miraba fijo la luz con una expresión muy feliz y después comenzó a girar en círculo, mirando siempre a la luz y en cierto momento se dejó caer en tierra sollozando. Si comparamos esta situación con el caso de la paciente que se conmovía ante la puesta del sol podemos pensar que es difícil de distinguir la desaparición del objeto de la destrucción del objeto. Esto nos lleva a la otra pregunta que nos habíamos planteado en relación con la cuarta dimensión, el tiempo. El problema de enfrentar el final de las cosas, lo que Bick llamaba “the dead end”, lleva a pensar que normalmente no consideramos al tiempo como algo lineal, con un inicio y un fin, sino como algo que tiene un movimiento circular u oscilante. El tema del tiempo no se llega a estudiarlo, en análisis, hasta que se aproxima el final del análisis mismo; parece que solo entonces se comienza a darse cuenta de que cuando se dice “adiós” a una persona puede ser que no se la vea más, y que cada momento del tiempo es una experiencia irrepetible. Por tanto podemos pensar que el núcleo de la posición depresiva está ligado [159] a la visión lineal del tiempo. Tengo un paciente, analista en training, psiquiatra, que ha tenido una mala experiencia de trabajo: había comenzado a tratar a un paciente, en casa, que entre la segunda y la tercera visita se ha suicidado. Era la primera vez que le pasaba una cosa así. Ha habido una investigación y el juez en el juicio lo acusó de negligencia. Estaba muy turbado. En la tarde, después de la audiencia en el juicio, en la sesión se puso de repente a sollozar diciendo: ¿qué le habrá pasado a mi hijo? La semana pasada había tenido un sueño que lo había turbado mucho: tiene tres hijos y el sueño se refería al niño de tres años. El hijo estaba sobre la mesa de operaciones. El cirujano parecía muy descuidado, por ejemplo, no se había lavado las manos, no había anestesiado al niño. El niño llamaba: “papá, papá”. Relacionó el sueño con el trabajo de Klein que estaba leyendo en aquellos días sobre Richard, y precisamente en la vigésimo quinta sesión en la que Richard piensa que es llamado en ayuda de los marineros pero después, cambiando de registro, murmura a Klein su invocación “papá, papá”. Durante la sesión llegó a recuperar toda su rabia contra el juez, sintiéndose mejor; en la siguiente sesión decía que no alcanzaba a sacarse de la cabeza al juez y comenzó a darse cuenta que no era tanto su persona sino la palabra “coroner[2] la que no se iba de la cabeza. Se dio cuenta que esta palabra le recordaba las coronarias: el padre se había muerto, repentinamente, de infarto cardíaco. En ese momento era estudiante de medicina, le había ido mal un examen y no había tenido el coraje de decírselo a su padre. Dijo que el sueño del niño sobre la mesa de cirugía le había recordado al padre, en el hospital, intubado. Relacionando todo esto parece que emerge el final del análisis conectado con la muerte del padre, con la posibilidad de que uno de sus niños se enferme o muera y que él mismo pueda morir de un ataque de corazón y que cada momento puede ser el último. Parece que el núcleo de la posición depresiva sea la conciencia de que el objeto estético está en peligro en cuanto contiene en sí mismo la posibilidad de su propia destrucción. Este problema emerge muy claramente al final del análisis cuando se trata de cambiar el objeto externo –el analista- por un objeto interno que debe ser capaz [160] de desarrollar sus funciones; en este caso no será un cambio entre un objeto externo y uno interno porque el objeto externo siempre ha sido sólo una representación del interno.

Por eso el proceso analítico y la posición depresiva nos hacen entender que la tarea más importante del análisis, como ha subrayado varias veces Klein, es la de permitir al paciente superar la negación de la propia realidad psíquica. Cuando se descubre que nuestro objeto estético más precioso es nuestra realidad interna, surge el problema de cómo proteger este objeto de nuestra hostilidad. Si retomamos la sesión de la puesta del sol, que la paciente había olvidado completamente y a la siguiente en la que debimos recordar paso a paso todo lo que había pasado y ella se entristeció por haberme dañado, esa secuencia parece indicar de modo evidente qué es la posición depresiva. También en el caso del niño cuya madre había tenido una insuficiencia placentaria en los últimos meses de embarazo y que hizo el sueño en donde le resultaba pesado llevar la pelota porque era muy pesada y aquel en que la maestra le daba muchas tareas escolares para hacer en su casa durante las vacaciones, cuyo peso lo “aplastaba”, vemos cómo el niño estaba muy pesimista y oprimido por el peso de la responsabilidad de conservar al objeto bueno. Si tomamos este caso, examinando la personalidad en el contexto de la relación con la madre muy depresiva, creemos haber encontrado una explicación satisfactoria para el pesimismo del niño. Pero si recordamos sus experiencias cuando era pequeño y que tenía dificultades en la alimentación a pesar de que la madre tenía pechos grandes y mucha leche, podemos pensar que él había tenido una experiencia depresiva muy precoz y que esta había marcado su personalidad. Si agregamos a esto el hecho de que el niño crecía poco, que tenía una edad ósea con un retardo de dos años, que se fatigaba mucho, etc. podemos pensar que en él la depresión había comenzado a funcionar en lo que Bion llama “nivel protomental”.

Este trastorno en el nivel mental del niño parecía que había permanecido un poco oculto, subterráneo, durante todo el tiempo en que el hermanito más pequeño le servía, porque con su admiración, de alguna manera, lo sostenía; [161]cuando el hermanito comenzó a tener sus amigos, una vida independiente, es decir, cuando el niño se sintió solo, vino el derrumbe. Los dos sueños parecían indicar de modo claro que en aquel momento estaba maduro para la terapia. En la primera consulta, el niño se puso a llorar y se sentía avergonzado, cosa que sorprendió mucho a los padres. En la segunda sesión no lloró pero regresando a casa tuvo una sorpresiva reacción y llorando mucho les pidió a sus padres que lo cambiaran de escuela. La impresión que tuvimos fue no sólo que aquí comenzaba a emerger la depresión del niño, cosa que lo tornaba maduro para el tratamiento, sino que también sacaba afuera una rabia desde la que se pudo hallar el camino de retorno hasta el momento en que la placenta había sido insuficiente para él, cosa que le había dado la sensación de haber estado tratado mal, deprivado de algo, burlado. La reacción se produjo del siguiente modo: tornando con la madre de la sesión, habían pasado junto a la casa de unos vecinos, delante de cuya casa había una botella de leche vacía. El niño tuvo un repentino estallido de rabia, cogió la botella, la lanzó contra la pared gritando “odio a esta gente”, gente que, en realidad, casi no conocía. Era como si hubiera dicho: “odio aquella placenta que sólo sabe ofrecer una botella de leche vacía”.

Parlani: Quiero hacer una pregunta sobre la técnica con niños autistas, aunque tal vez sea constreñirse el hablar de técnica. Meltzer ha dicho que cada terapeuta debería, con estos niños, utilizar las cosas que más le permitiría entrar en contacto: palabras, gestos, el propio cuerpo. Me parece que la mayor dificultad sea la de lograr pensar al niño porque una de las sensaciones con que se enfrentan frecuentemente los terapeutas, mientras se está con estos niños, es propiamente el aburrimiento y es por consiguiente difícil pensarlos, imaginárselos, representarlos. Tengo la sensación de que cuando el terapeuta comienza a utilizar mucho los gestos y los objetos se puede crear una situación tipo estímulo-respuesta por lo que puede suceder que se den “acontecimientos estéticos” pero ni el terapeuta ni el niño alcanzan a vivir “una experiencia estética”. Creo mucho más en la palabra, no sólo porque pienso que represente lo específico de la terapia [162] analítica, sino porque quizás salvaguarda mejor del riesgo de una relación mecánica, no mental.

Meltzer: Es verdad de que existe la técnica y los problemas de la técnica. Pero para los problemas de la técnica no existen respuestas técnicas: la respuesta está en la comprensión de la naturaleza de la situación emotiva del paciente y todos los instrumentos que lleguemos a utilizar dependen de nuestro equipamiento interno. Hagamos una analogía: si un paciente tiene una hemorragia, el primer problema no es evitar que se ensucie la ropa. Es necesario pensar rápido en la disminución de la presión arterial; la solución para evitar que salga mucha sangre depende de las circunstancias: se le hará un lazo o un torniquete, dependiendo del lugar de la herida. En el tratamiento de los pacientes, niños o adultos, damos a menudo por descontado de que son capaces de contactar con otros o con nosotros y entonces no sentimos la necesidad de crear tal capacidad de contacto porque damos por descontado de que la tienen. Si un paciente adulto está en silencio durante un rato, está ausente, no le decimos inmediatamente ¿qué sucede? Le damos cierto tiempo sabiendo que antes o después “volverá” y hablará. Con el niño autista no podemos comportarnos así: se “va lejos”, debemos ir a buscarlo y dado que con estos niños el problema principal es el de crear una base de contacto, es importante para tal fin utilizar cualquier instrumento. En el caso del niño que construía un objeto artificial, por ejemplo, el hecho de que la terapeuta fuera bonita fue importante porque le permitía mantener el contacto, mientras que para otro niño autista, que nunca lograba mirar a la terapeuta, el hecho de que fuera bonita no cambiaba mucho la situación. El problema técnico, pues, consiste en la posibilidad de encontrar en nosotros un objeto estético que ofrecer al niño autista, objeto con el cual pueda entrar en contacto. Por eso, por ejemplo, si se tiene en terapia un niño que no nos mira y que no está en condiciones de apreciarnos como objeto estético a través de la vista, se le debe ofrecer la voz; si se tiene un niño que utiliza mucho el tacto es necesario dejarlo que nos toque. Estoy de acuerdo, sin embargo, que la modalidad de contacto preferible está representada por la voz porque si el niño aprende [163] a escuchar la música de las palabras, poco a poco llegará a su significado. Muy a menudo podemos observar cómo un niño autista comienza a cantar antes de empezar a hablar. Por eso si sois capaces de cantar os sugiero utilizar esa posibilidad en la terapia, yo no podría…

Balconi: En la pregunta de Parlani hay un problema importante: ¿cómo vive el terapeuta la presencia del niño y cómo reacciona a la no comunicación?

Meltzer: Pienso que en cada análisis es fundamental presentarse al paciente como una persona llena de vida. La imagen tradicional del analista (que proviene no tanto de Freud como de la aplicación americana de su método) como una pantalla que habla con un tono de voz plano, de manera metódica corresponde a la peor de las técnicas que se puedan utilizar. Este tipo de técnica tomó forma en los años cincuenta cuando se comenzó a insistir sobre la importancia de la contratransferencia y los analistas temían transmitir su contratransferencia a sus pacientes. Posteriormente en el análisis kleiniano hubo una evolución: desde un análisis en el que “se hacia una terapia”, se ha pasado a un tipo de análisis en el que había dos personas que “juntas tenían una experiencia de desarrollo”.

Brutti: Me parece importante subrayar que Meltzer ha hablado de las elecciones del paciente sobre qué modalidad empleará en la relación con el terapeuta: la mirada, la voz, el tacto, etc. No es por tanto el terapeuta el que propone una modalidad, es el paciente que elige y compete al terapeuta gestionarla, es decir, llevar esta relación desde este nivel inicial a un nivel cada vez más elevado hasta lograr un contacto entre mentes. Quería subrayar eso porque me parece importante poner el acento sobre el riesgo de la acción del terapeuta, comportamiento que siempre es controlado.

Meltzer: Otro aspecto del problema técnico consiste en lograr entender qué cosa del terapeuta atrae al paciente. Freud ha hablado de la transferencia; sostenía que la transferencia se fija sobre algo, sobre un detalle, por ejemplo, de la persona o de la personalidad del terapeuta y que es importante que él lo individualice. [164] Evidentemente uno de esos elementos –del que no se escapa- es el hecho de ser hombre o mujer, del género no se escapa. Por eso puede suceder que terapeutas hombres tengan más dificultad para inducir una transferencia de tipo materno en análisis, y viceversa, y la transferencia que no es sostenida en la sesión es escindida, transferida y dejada fuera del tratamiento. Para dar un ejemplo, estando atento a este elemento, cuando veo pacientes en consulta y los debo enviar a análisis, busco enviarlos a un analista del mismo sexo del padre con el que tienen una mejor relación; mientras que si se trata de adolescentes busco enviarlos a un analista del mismo sexo.

Intervención: También las elecciones de los pacientes se realizan en esta dirección. Ellos suelen decir que quieren un terapeuta hombre-mujer, o joven-viejo, etc., en base a relaciones privilegiadas que han establecido previamente con personas significativas.

 

Meltzer: Eso no es siempre verdadero. Hay pacientes que pueden tener un conflicto de lealtad en relación con sus padres y eso condiciona su elección o bien pueden tener una cierta teoría por la que quieren ir a un terapeuta del mismo sexo del padre con quien tienen una mala relación para poderlo resolver más rápidamente.

Intervención: Quería saber qué opinión tiene Meltzer respecto al sexo del paciente, porque pareciera que el sexo del paciente tiene una influencia en la contratransferencia del terapeuta; los aspectos contratransferenciales que el analista debe tener en cuenta desde el principio, ¿están determinados por el hecho de que en la paciente mujer ve más la madre y en el paciente hombre más al padre?

Meltzer: Sucede que un analista es más capaz de tratar cierto tipo de problemas más que otros. He notado que algunos analistas varones tienen dificultad con pacientes muy bellas; otros analistas tienen dificultad con pacientes muy ricos o muy famosos o con una posición social importante; hay analistas que no soportan pacientes que viven de manera parasitaria; otros [165] tienen dificultad con los adolescentes. Cada analista tiene su área de vulnerabilidad y su capacidad específica. Por otra parte, si un analista aprende a trabajar con pacientes que le causan dificultad, eso será muy útil para su crecimiento.

Volviendo al problema del autismo, opino que no se puede curar solo a un niño autista sino que siempre es necesaria una supervisión (individual o en grupo). He visto situaciones en las que, cuando el terapeuta cesaba la supervisión, el tratamiento perdía fuerza, se desvitalizaba y que se recuperaba en cuanto se recuperaba la supervisión. Desde el punto de vista de la contratransferencia, una de las sensaciones iniciales está vinculada al preguntarse si es justo hacer salir a estos niños de su mundo “estético”. Durante la terapia podemos experimentar a menudo la sensación de que quizás curando al niño le hacemos algo agresivo. Muchos terapeutas dicen experimentar la sensación de bombardear al niño con sus palabras, como si ellas representaran una auténtica y verdadera arma, un proyectil agresivo.

Intervención: Me parece que estos niños se cargan de agresividad y que a menudo nosotros hablamos para liberarlos de tal agresividad entonces es cuando los bombardeamos.

Meltzer: A veces es así, pero a veces se puede tener la sensación de bombardear al niño cuando nos esforzamos, por ejemplo, en continuar hablando para no perder el contacto. Se puede notar, entonces, como los niños se ponen las manos sobre las orejas.

He hablando antes de la humillación cuyo prototipo sería la fantasía de ser objeto de espectáculo para otros. Esto me hace recordar la película de un niño que devino autista, que me la hizo ver Balconi. En ella el niño aparecía como un objeto de espectáculo: era una familia maníaca que había hecho una gran fiesta de Navidad, con muchos decorados y allí, delante de ellos, el niño que hiciera lo que hiciera, ellos reían. Me hizo pensar cómo se deberían sentir, en los tiempos de la Revolución Francesa, los que subían a la guillotina: cualquier cosa que hicieran, cualquier emoción que experimentaran, aun si pedían piedad, todo suscitaba [166] risas y también su muerte estaba acompañada de carcajadas. Muy a menudo los niños sienten experiencias de este tipo cuando hacen reír a todos, como payasitos. En realidad, la admiración por parte de la parentela es frecuentemente incomprensión. Para el niño ha de ser terrible la experiencia de que lo que hace o expresa sea mal interpretado por todos aquellos que están en su entorno.

Brutti: Eso sucede también cuando el niño hace algo positivo y le es reconocido como bueno, parece que viva tal reconocimiento como peligroso y lo oculta. Eso sorprende mucho a los padres de los niños autistas y a sus maestros en la escuela.

Intervención: El problema en el tratamiento con niños autistas es que parece que nunca haya resonancia con ellos, un significado.

Meltzer: También en nuestro grupo de estudio sobre el autismo al principio ha pasado algo similar. Poco a poco aprendimos a entender algo de lo que pasaba en estos niños a través del relato de los terapeutas, las emociones que ellos llevaban al grupo, las respuestas que pedían y las mismas reacciones que producían al relatar la sesión. Ha sido un trabajo muy largo, duró cinco años, en el que íbamos adelante hablando y hablando de estos casos. Las ideas expresadas en Exploraciones en el autismo de manera estructurada emergieron durante tales discusiones como a trozos y a menudo, al principio, ideas y conceptos nuevos eran atacados, rechazados por los participantes del grupo; ha sido necesario mucho tiempo antes de que lo expuesto luego en el libro fuera aceptado por todos nosotros, costaba reconocerlo. En esas reuniones sucedía, normalmente, que los terapeutas expresaban casi la necesidad de decir que el comportamiento de los niños autistas era incomprensible. Había la tendencia a considerar todo el comportamiento del niño como incomprensible porque era presentado como un bloque; entonces, para demostrar que era posible entender tales comportamientos habíamos comenzado como a “seccionarlos”, a tomar aquellos pedacitos de comportamientos comprensibles, que aparecían en la sesión, extrayéndolos y destacándolos del rumor del fondo autista. Luego lo [167] “enhebrábamos” como perlas de un collar para ver cuál sería la secuencia, el significado que se podría dar a esa serie de fragmentos. Probablemente usamos una metodología bastante burda porque elegíamos poquísimos trocitos cuando, quizás, podríamos haber individualizado muchos más. Me parece que cada trocito del comportamiento autista que parece no tener sentido, si fuéramos capaces de reconducirlo al origen, tendría su significado. Todo lo que sucede en la terapia con niños autistas tiene un significado pero, así como somos incapaces de entender todo, cogemos aquellos trozos de comportamientos que nos parecen más significativos. Lo que daba un poco de ánimo a nuestro grupo de estudio, agotado por este trabajo de búsqueda de pedacitos significativos, de verdaderos fragmentos de oro, era el hecho de que nos agarrábamos a ellos para vencer la desesperación. Pero si por un lado nos daba una especie de excitación, una emoción exagerada cuando descubríamos un “trocito de oro significativo”, del otro lado nuestra reacción contratransferencial nos llevaba casi a desear no encontrar nada más significativo en el comportamiento del niño.

Intervención: Creo que eso es análogo a lo que en cierto sentido sienten los niños; parecen tener miedo a experimentar algo significativo en la terapia y entonces la eliminan porque en caso contrario recomenzaría el deseo de la relación y con eso también el miedo de sentirse solos.

Meltzer: Quiero traer el ejemplo de un niño de ocho años, cuyos padres –un sociólogo y una psiquiatra- me lo trajeron diciendo que era un débil mental y pidiéndome hacer algo. Aconsejé una psicoterapia; después de seis meses los padres estaban muy contentos del progreso del niño; ahora era más fácil educarlo, aprendía cosas, etc. Después de un año se sintieron muy descorazonados, no podían vivir más con el niño, querían interrumpir el tratamiento. Conseguí persuadirlos de continuar al menos seis meses, después de lo cual pidieron una entrevista a la terapeuta del niño y a mí. Nos imaginamos que sería para anunciar que querían interrumpir la terapia. Nos quedamos muy sorprendidos al constatar que [168] estaban ansiosos y preocupados porque temían que la terapeuta quisiera interrumpir el tratamiento, mientras que a ellos les parecía que el niño comenzaba a hacer cosas bellísimas, a tener un principio de vida mental. Ellos, durante el encuentro, se esforzaron para persuadir a la terapeuta, que según ellos estaba muy desanimada, para que continuara la terapia con el hijo. Fue en esta ocasión que, por primera vez, la madre (que es psiquiatra) habló de autismo. Por otra parte, me llamó mucho la atención la diferente manera con que los padres se aproximaron a esta entrevista; la primera vez que los vi, me pareció una pareja maníaca, de padres completamente “estúpidos” que relataban las hazañas del niño como si fueran una monería, un títere; ahora, en cambio, estaban tornándose padres capaces de observar al niño, de hablar de lo que ven de él; padres preocupados e interesados en el hijo.

Balconi: ¿Qué pasó en el tratamiento?

Meltzer: Los progresos en terapia son mínimos pero el niño está yendo verdaderamente hacia la posibilidad de tener una vida mental. Hay ahora una relación con la terapeuta que implica separaciones, angustias; comienza la formación de símbolos. Es de destacar que los padres fueron capaces de recoger tales progresos, aunque mínimos.

Balconi: Tenemos casos que en el tratamiento todo parece inamovible y esta inmovilidad aparente, este poner a prueba –a cualquier precio- al terapeuta constituye un elemento por el cual afuera se tienen fuertes progresos. [169]

 

* Conferencia dictada en el Seminario del Centro de Neuropsiquiatría Infantil del Hospital Mayor de Novara (Italia), 26/27 de enero de 1980.

[1] Casa en donde se recogen y crían los niños abandonados.

[2] Juez de primera instancia. (Forense, C.A.Vispo)

Traducción: Carlos Tabbia

Sobre la formación de símbolos y la alegoría.

Donald Meltzer

SOBRE LA FORMACIÓN DE SÍMBOLOS Y LA ALEGORÍA

Este artículo va conjuntamente con “Acerca de Signos y Símbolos”. Lo siguiente es una transcripción de la conferencia dada al final del Congreso en Florencia en febrero del 2000: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP).

 

Como Catharine [Mack Smith] acaba de decir, el trabajo de Virginia [Ungar] será difícil de emular; fue bastante maravilloso y me colocó entre las estrellas en las que nunca había soñado estar; ella fue muy amable. De hecho no intento seguirla, sólo hablaré de algunos sueños maravillosos que una paciente me contó justo antes de unas vacaciones. Estos sueños ilustran algunos de los temas que me han interesado y fascinado durante bastante tiempo, y agradeceré los comentarios vuestros sobre estos sueños porque me parece que vale la pena hablar en grupo de estos sueños, más como un taller que como una ponencia.

El primer sueño lo llamamos “El sueño de Botton” porque como el sueño de Botton en Sueño de una noche de verano (Acto 4, esc. 1, líneas 199-217) eso “no tiene fin”: tiene material en el cual cavar y cavar y siempre descubres algo interesante, electrizante. La paciente, de mediana edad, empezó su relato del sueño diciendo que Las naciones estaban en marcha. No sabía qué quería decir con esto pero fui puesto en sobreaviso de que algo interesante surgiría, y ella lo describió geográficamente: Había un primer nivel que parecía estar en una llanura árida de África. Las masas de gente moviéndose sobre esta llanura parecían que tenían urgencia, casi corriendo tanto como podían, casi como refugiados llevando sus pertenencias sobre sus cabezas, y yendo obviamente a algún sitio. El segundo nivel, que parecía de algún modo detrás de ella, estaba arriba de todo de una alta meseta y esta gente parecía particularmente harapienta y deprimida, como los refugiados de un sitio como Kosovo, arrastrándose hacia delante. Ella sentía que había algo peligroso en esta gente. Pensó que ninguno de los dos grupos –el grupo que estaba en la llanura árida debajo, o el grupo que estaba en la meseta igualmente árida arriba- fueran capaces de ver el horizonte; para ellos todo parecía plano. En un sentido eran “flat-earthers”, gente para quien la tierra parecía plana. La implicación por supuesto fue que todos nosotros éramos flan-earthers que nos caeríamos al final [del horizonte].

El grupo en donde estaba ella, estaba en el lado verde de la meseta, rico en praderas con algunos árboles. Este grupo se movía de una forma pausada pero no indolente; no parecían tener prisa de llegar a algún sitio y tampoco de marcharse de algún sitio: ni huyendo ni deseando llegar.

Su asociación fue que estos diferentes niveles parecían tener no sólo significado geográfico sino también geológico. Le recordó la manera en que los movimientos geológicos provocan terremotos y erupciones volcánicas, etc.: o sea niveles geológicos con implicaciones catastróficas. Pensaba que las implicaciones de los dos grupos de gente huyendo y gente persiguiendo algún objetivo eran muy sociológicas. La imagen me hizo recordar la situación -durante la guerra civil de los Estados Unidos- cuando había liberaciones masivas de esclavos negros. Las caravanas de esclavos liberados desfilando y creyendo que iban a cruzar el río Jordán y llegar a la tierra prometida., como esas ideas de la Biblia expresadas en las famosas canciones. La tragedia fue que cuando esas columnas de esclavos llegaron al río siguieron desfilando, entraron en el agua y se ahogaron. Fue un poco como los lemming, un tipo de delirio suicida en masa, empujándoles hacia delante, y muy diferente de los refugiados en la meseta quienes obviamente huyeron de la persecución y terror y en su huida provocaron sensaciones de peligro y agresividad.

Ahora personalmente pensé que eso era un comentario sobre los estados mentales: relacionado, por ejemplo, con lo dicho por Freud de que los neuróticos sufren de recuerdos, siempre mirando atrás y pensando en lo que pasó, y atados por lo que él llamó la compulsión a la repetición de repetir los conflictos y ansiedades del pasado. Lo que no aclaró tanto fue que pacientes como Emma von…, por ejemplo, estaban continuamente mirando al futuro diciendo ‘y si esto pasa’ y ‘si aquello pasa’. Sufrieron constantemente de peligros imaginarios conjeturados a través de ‘si esto’. Encuentras muchos de estos estados en la práctica clínica: personas atrapadas entre ‘si sólo’ sobre el pasado y ‘si’ en relación al futuro; y entre ambos niveles de conjeturas sobre el pasado y conjeturas en relación al futuro, el momento presente de algún modo era comprimido y no experimentado como la realidad. La realidad era todo pasado y futuro; el presente era el momento evanescente que sólo pasaba como la vista desde un tren que andaba rápido, pasa tan velozmente que no puedes vivir en ese momento.

Esto me parece que es la estructura esencial de la formación de símbolos: movimientos complejos en muy diferentes niveles. Los movimientos a través de la árida llanura africana también le recordaban a mi paciente a animales buscando charcas. Por lo tanto hay referencias a muchos niveles de ideación dentro de la formación simbólica de este símbolo: geográfico, geológico, animal, humano, y probablemente algún intento de descubrir el presente, representado por el nivel verde entre la llanura árida y la meseta árida. En este nivel verde le era posible a la gente vivir en algún tipo de paz y ver el horizonte de tal manera que les informó de que la tierra no era plana, sino que vivían en un objeto moviéndose en el espacio, en un sistema que tenía sus propias leyes, a las que se podía descubrir y hacer pronósticos, tomar medidas, etc. Por tanto, el sistema contactó con la muy antigua ciencia astronómica y su astrología. Al igual que la arqueología descubre una civilización antigua tras otra, parece que siempre se descubre que se tenían ideas astrológicas y maneras de medir los movimientos del sol, la luna y las estrellas: o sea, fueron concientes de que vivimos como una parte de un sistema planetario.

Esta idea de sistema planetario es, de muchas maneras, el origen de la religión, y realmente se la puede aplicar a todo. Parecería ser un método bastante universal de organización para individuos, sea cual sea el nivel de abstracción dentro de su self: se organizan como sistemas planetarios. Y, por supuesto, la familia humana es la unidad planetaria de la vida humana: es natural que los hijos circulen de manera planetaria alrededor de los padres, como el sol y la luna de su particular sistema planetario. Y si uno de los hijos deja este sistema planetario (como Martha Harris y yo intentamos describir en nuestro Modelo) cae fuera de la fuerza de atracción gravitacional de los padres, en lo que Kierkegaard habría llamado ‘desesperación’. La situación más desesperante es, por supuesto, la enfermedad tipo esquizofrénica, en la cual los individuos se alejan de la raza humana flotando y parecen no participar en nada, haciendo nada, no teniendo experiencias: un vacío de acontecimientos mentales que invita a la formación sistemática de delirios como un sustituto de los hechos evidentes del sistema planetario de la familia.

Hoy, por supuesto, existe mucha preocupación de que este sistema planetario de la familia se haya desintegrado: debido al número de divorcios, los hijos son arrojados desde un sistema planetario a otro, con padrastros (hombres y mujeres), y siendo abandonados en la comunidad por la negligencia de los padres, etc. Se cree que este deterioro de la familia es consecuente con el deterioro de las creencias religiosas: lo que se ha llamado (después de Nietzche) la ‘muerte de Dios’, el colapso de la iglesia católica y el surgimiento de una multitud de cultos religiosos de un tipo u otro. Es verdad que parece que amenazara con el caos y -como Virginia describió en su trabajo- nos recuerda que lo que damos por sentado es el estado mental del bebé antes o después de nacer. Esta presunción no tiene fundamento probablemente. Nos olvidamos de que la base genética del bebé es algo que ha sido preparado a lo largo de millones de años y en ningún sentido es caótica. La velocidad con la cual los hijos se adaptan y aprenden, es evidencia del grado en que el desarrollo ha sido programado desde infinitas generaciones pasadas. Las raíces del desarrollo están allí, incluidas. Las técnicas del cuidado parental, tanto pasa en el nivel de la familia o del gobierno local o del Estado u otras situaciones parentales asumidas, necesitan reflejar el hecho de que estas raíces programadas del desarrollo ya existen. La función de los padres no es prescribir el progreso sino asistir al crecimiento desde esas raíces.

En El proceso psicoanalítico intenté describir lo que fue la historia natural del método psicoanalítico. Lo vi también como programado en el sentido de que el cuidado parental está programado, y eso me pareció entonces un argumento poderoso para no hacer prescripciones o buscar innovaciones, sino sólo continuar mirando lo que va sucediendo. Y creo que este es el modo correcto de asumir la profesión psicoanalítica. El instrumento que nos permite seguir es, por supuesto, la relación transferencia-contratransferencia que puede emerger entre paciente y analista. He descubierto recientemente de que no es verdad que siempre emerja: es impedido por lo que he llamado la transferencia pre-formada, o sea los intentos del paciente de seguir las expectativas de Freud en relación a la compulsión a la repetición. Por tanto, la transferencia sería una repetición del pasado. Intenté describir el método para evitar esta repetición interminable que otorga la apariencia de ser un proceso analítico pero no lo es. Y la razón es que nada sorprende al paciente -nada que diga el paciente, nada que diga el analista lo sorprende-; y eso, por supuesto, es muy desalentador para ambos: el paciente y el analista. Digas lo que digas la respuesta del paciente es siempre: ‘oh, sí, siempre he sabido esto’. Te preguntas: ¿es verdad?

En cierto sentido, por supuesto, sí que es verdad. Lo que tenemos que decir es algo que el paciente sabe desde hace millones de años. Pero el hecho de que ellos no se sorprendan que otro ser humano reconozca eso y sea capaz de formularlo en alguna clase de medio verbal o meta-verbal de comunicación es una prueba de que el paciente está invocando alguna omnisciencia muy poderosa. ‘Sí, siempre he sabido esto’.

Ahora, me gustaría dejar a un lado el primer sueño, que me explicó al principio de la semana, dos semanas antes de la interrupción de las vacaciones, y ahora presentaré un sueño de dos semanas más tarde, cuando faltaban dos días para el inicio de las vacaciones. La paciente soñó que estaba en un barco lujoso, bastante grande, un tipo de crucero, muy elegante. Miraba el suelo y admiraba especialmente el parquet elegante, los adornos de latón en la pared, etc. Estaba en lo que parecía una sala de estar con mesas y sillas y un bar, obviamente era un crucero de lujo. No recordaba si había más gente allí pero piensa que probablemente sí que había. Salió fuera, a la cubierta y se sorprendió con lo que encontró allí. En la cubierta, en la proa del barco, encontró un jardín de flores muy primoroso, no el tipo de cosas que esperas encontrar en un crucero. Entonces caminó hacia la popa del barco, y ahí descubrió un cementerio con lápidas, que también le sorprendió.

Su asociación con este sueño fue que el barco era muy parecido a un tipo de barco que en efecto se construye en un astillero que está en un canal cercano a su casa. Se construyen los barcos uno a uno, una clase de Rolls-Royce de elegancia náutica. Sin embargo, este canal es sólo apropiado para barcos largos, ya que es demasiado estrecho para esos ‘Rolls-Royces’, por tanto cuando se termina un barco se necesita una grúa que ha de levantar al barco y llevarlo varias millas hasta un canal que se llama Gran Union Canal, que es suficientemente ancho para botarlo en el mar.

Combinando estas asociaciones con la descripción en el sueño de un barco elegante tipo crucero de vacaciones, llegué a considerarlo como un ‘barco de los locos’, una idea medieval que sirvió de tema a varias obras de ficción (por ejemplo, uno escrito por Catherine Anne Porter). Este interior elegante y lujoso te conduce al jardín de las flores en la proa del barco pero también a las lápidas del cementerio de la popa. Obviamente, lo que pretende es ser una alegoría del nacimiento, de la vida y la muerte: pasas nueve meses en el confort elegante y lujoso del vientre, después de nacer floreces de un modo relativamente fugas pero inevitablemente te diriges al cementerio. Es un barco de locos porque se mofa del optimismo humano; y la manera en la cual se mofa del optimismo indica que la construcción y transporte del barco es un asunto de ingeniosidad humana. La genialidad humana ha construido este barco con su jardín y sus lápidas; como un cuadro surrealista, con sus sorpresas y paradojas, donde los objetos y las sombras están disociados unos de otros de una manera sorprendente.

Consideremos ahora este sueño yuxtaponiéndolo con el primero. Me parece (y le pediría a Meg [Harris Williams] que haga un comentario sobre esto) que lo que tenemos aquí es una distinción entre alegoría y símbolo. Entiendo que la alegoría consiste en la sustitución bastante ingeniosa de elementos conocidos por lo que es misterioso y desconocido; es un tipo de trampa [cheat] porque simula traer lo desconocido dentro del mundo de lo ya conocido (la vida es loca…). El símbolo, en cambio, es como el sueño de Bottom, lleno de misterio e inagotable por mucho que explores, como las diversas dimensiones del primer sueño que realmente abarca la historia del mundo; sus muchos niveles no son simplemente un emblema ingenioso. Un símbolo lleva el don de la humildad; sabes perfectamente que nunca llegarás a entenderlo completamente.

Ahora, la posición del psicoanalista con respecto a su paciente es la de estar expuesto a la urgencia del paciente de que se le explique, por tanto, el psicoanalista está tentado a dar explicaciones. Uno se encuentra a sí mismo utilizando esta palabra peligrosa ‘porque… porque, porque’, que ella conduce a una degradación interminable. El niño autista pregunta: ¿por qué, por qué, por qué? a todo lo que digas. Este regreso infinito por supuesto conduce al concepto de Dios, ‘porque Dios lo dijo’. Bueno, eso no es una conclusión inaceptable: ‘él lo hizo y dijo: está bien’. Pero todavía es una conjetura; todas las pruebas que las religiones han citado sin cesar sobre la existencia de Dios, realmente son sólo la prueba de la ignorancia del hombre. No sabemos. Está abierto sólo a nuestra observación y nuestro asombro, y esto es, a mi juicio, la base de la experiencia estética: pavor y asombro ante la inexplicable complejidad del mundo y, particularmente, el mundo dentro de su propia cabeza.

Puede parecer una cosa muy precaria que el analista abandone su posición de alguien que sabe más que su paciente. ¿Por qué deberían pagarte tus pacientes si tú no sabes más que ellos? Bueno, de hecho no te pagan porque sepas más que ellos, ellos te pagan por conducir algo que nosotros llamamos análisis, que es un proceso que no entendemos realmente pero cuando los pacientes entran en él tienen el tipo de experiencia que Virginia describió, experiencias que no se pueden describir utilizando sólo el lenguaje sino con toda clase de metalenguajes. La gente, incluidos los analistas, están convencidos después de mucha experiencia de que hay algo en el análisis que favorece el crecimiento y desarrollo de la persona y de la personalidad. La formulación de Bion es que la verdad es el alimento del pensamiento. Por supuesto, no tenemos ninguna verdad a distribuir a nuestros pacientes; pero en alguna parte del proceso hay alimento para el pensamiento.

Si fuera verdad que la transferencia del paciente fuera hacia la persona del analista, se detendría con bastante rapidez. Pero, estoy bastante convencido, y escribí sobre esto en relación con el Conflicto Estético, de que el vínculo del paciente no es con la persona del analista sino con los objetos internos del analista. O sea, la transferencia existe en un nivel mucho más imaginativo estético y quizás incluso espiritual que la que incluía la descripción original de la transferencia.

Por tanto, cuando el paciente describe cosas a cerca del analista que te parecen inexactas o incorrectas, como analista, uno tiene que detenerse y esperar para ver cuál es la evidencia que el paciente tiene. En efecto, la transferencia es un proceso de la construcción de leyendas. Mientras escuchaba el magnífico trabajo de James Fisher, pensaba: ‘Bueno, vaya persona más inteligente este Meltzer, me gustaría conocerle’. Las leyendas se construyen, y la gente les da nombres, pero realmente esto es por razones de simplificación y para identificar y para hacer posible la comunicación en público, etc. Las leyendas no son verdad; no hay ninguna verdad en ellas. El hecho de que haya escrito algunos libros, cuyo contenido me cuesta muchísimo soportar al leerlos, y de los que me hablan mis colegas y amigos pero casi no reconozco, todo esto es prueba del tipo de proceso que forma parte de cualquier cosa que se pueda considerar creativo u original, o sea, todo es el resultado de algo que habla o escribe a través de ti.

Catharine me entrevistó para el Journal of Melanie Klein and Object Relations, [entrevista] basada en mi personal odio a la canción de Frank Sinatra ‘Lo hice a mi manera’, y nombramos a esa entrevista ‘A su manera’[1]. Siempre quedo bastante sorprendido cuando considero cómo el psicoanálisis me capturó cuando tenía cerca de los diesiseis años y me arrastró a la facultad de medicina, después a Inglaterra, me arrastró a Oxford y etc., totalmente impotente.

Estoy bastante convencido de que el psicoanálisis me podría hacer esto, arrastrar hacia delante, funcionando como una droga a la que me he vuelto adicto, entonces debe ser un grupo potente de ideas. Se dice mucho actualmente que Freud es atacado por la prensa, y se pregunta si el psicoanálisis sobrevivirá, etc. No tengo la menor duda de que el psicoanálisis sobrevivirá y crecerá y cambiará y se desarrollará. La razón por la cual pienso que sobrevivirá es porque tiene un agarre muy fuerte en dos grandes ideas. Una es la gran idea de la formación de símbolos; y la otra es la gran idea del encuentro transferencia-contratransferencia.

Ahora, por supuesto, surge la pregunta: ¿hace falta que hagamos algo? Bien, un encuentro como el de este fin de semana es una de las formas de hacer algo. ¿Qué hace? Pienso que esta es una ocasión ceremonial, para beneficio de los niños, como Navidad. Alberto [Hahn] me dijo que hace un año y medio –más o menos- de decidió una política diferente y que se iban a aceptar todos los trabajos presentados… Bien, esto me pareció muy inteligente. No frena que la gente que presenta trabajos tenga malas experiencias pero, por lo menos, tendrían experiencias a través de las cuales podrían aprender algo; no puedes aprender nada si tu trabajo es rechazado por un comité o lo que sea.

Como sabéis, me opongo a todo tipo de organización. Cualquier organización tiene que adoptar una estructura jerárquica y esta estructura jerárquica implica autoridad y, por lo tanto, intimidará a las personas que no son hábiles políticamente, y será disfrutado por los que sí son hábiles políticamente. La pregunta es si en psicoanálisis es útil el organizarse, o si hay que dejar al psicoanálisis a su organización inconsciente como un sistema planetario natural girando alrededor de alguna tierra legendaria con su sol y luna, etc. Estoy totalmente a favor de dejarlo a la formación de leyendas y no tomando tan seriamente este pseudo problema de cómo organizarlo, como contenerlo dentro de los límites de la ingenuidad humana. El Olimpo estaba lleno de vida, la ‘religión de la alegría’ como lo llamó Keats. Pero las iglesias psicoanalíticas, me parece, son mortíferas.

No sé si he descripto estos sueños suficientemente bien para que vosotros podáis pensar y hablar acerca de ellos, pero estaré muy contento de oír lo que queráis decir, porque los sueños me fascinaron absolutamente. Lo que me fascinó era la regresión de la formación simbólica a la formación alegórica. Los sueños del día siguiente, la última sesión previa a las vacaciones, estuvieron fragmentados más allá de lo que uno pudiera creer. Creo que una de las cosas que promovió esta regresión fue mi deleite evidente en el primer sueño, y la conversación que mantuvimos sobre meta-comunicación… Me detendré ahora y os invito a contribuir a la discusión.

[1] [Aquí hay un juego de palabras, en la que se repiten algunas de las palabras del título de la canción de Frank Sinatra: “I Did it My Way” –una frase activa- que se convierte en “I´ve Been Done Its Way”, -una frase pasiva-. D. Meltzer significa así que su vida fue llevada y determinada por el psicoanálisis].

Nota: Lo escrito entre corchetes fue añadido por los traductores.

 

Traductores: Conor Gleeson y Carlos Tabbia

 

Fisher, J. (2000): “A Father´s Abdication: Lear´s retreat from aesthetic conflict”, presentado en el Congreso: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP), en Florencia. Publicado en Int. Journal Psycho-Analisis, 2000, vol. 81, 963-982.

Harris, M. and Meltzer, D. (1976): “Child, Family and Community: a psycho-analytical model of the learning process”. Publicado en A. Hahn (ed.): Sincerity and other works, Karnac Books, London, 1994, 387-454. Traducido al catalán en Espaxs, Barclona, 1898 como El paper educatiu de la familia. Ed. Spatia, Bs. As., 1990 lo publicó como Familia y comunidad.

MacSmith, C. and Meltzer, D.: “I´ve Been Done Its Way”, Journal of Melanie Klein and ·Object Relations, vol. 16, n.2, 1998, Binghamton, New York. Traducida al italiano en Silvia Fano Cassese: Introduzione al pensiero di Donald Meltzer, Borla, 2001, Roma, 99-109.

Meltzer, D. (1967): The Psycho-Analytical Process; traducido al español por ed. Hormé, Bs. As.

Meltzer, D. y Harris Williams, M. (1988). The Apprehension of Beauty, The Clunie Press ; traducido por Ed. Spatia: La aprehension de la belleza. El rol del conflicto estético en el desarrollo, la violencia y el arte, Bs. As., 1990.

Shakespeare, W.: Sueños de una noche de verano.

Ungar, V. (2000): “Transference and Aesthetic Model”, presentado en el Congreso: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP), en Florencia. Publicado en portugués como “Transferencia e Modelo estético”, en Psicoanalise, Revista de la SBPdePA, vol. 2º, N 1, 2000.

 

 

 

 

 

Nota: Lo escrito entre corchetes fue añadido por los traductores.

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