Homenaje a Nouhad Dou

 

Homenatge i treball científic, en record de Nouhad Dow

El Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya (COPC) juntament amb el GrupoPsicoanalíticode Barcelona (GPB) i la Societat Catalana de Rorschachi Mètodes Projectius (SCRIMP), conviden a l’acte homenatge a la nostra companya NouhadDow, desapareguda el 12 de desembrepassat.

Nouhadfou professora a la UB, psicòloga clínica a Sant Joan de Déu, psicoanalista, integrant activa del GPBi de l’SCRIMP, experta en Rorschachi TRO, de llarga trajectòria en la tasca de la clínica i del diagnòstic psicològic.

L’acte homenatge serà al Centre Cívic Vil·la Florida, C/ Muntaner 544 de Barcelona, el dissabte 22 de setembre de 10.00 a 13.00 hores.

El programa tindrà dues parts:

1- Semblança de la trajectòria professionalde NouhadDow

Intervindran:

Regina Bayo-Borrás (COPC)
AnaMaríaTuset (SCRIMP)
YolandaLa Torre (GPB)
Montse Moreno (UB)

2- Sobre la clínica i les Tècniques Projectives

Intervindran:

Silvia Viel i Pere Barbosa: integració diagnostica a través detècniques projectives.

Yolanda La Torre: Fragments de la clínica.

Recordeu: dissabte 22 de setembre de 10 a 13, a C/ Muntaner 544, Barcelona.

Us esperem!

Silvio Sember

President

GPB: De un taller psicoanalítico a partir de Donald Meltzer

DE UN TALLER PSICOANALÍTICO

a partir de Donald Meltzer


PREFACIO

 

Meltzer está en este libro con toda la fuerza que su recuerdo evoca, y con todo el afecto que ha conseguido movilizar que hoy se concreta en este ¿homenaje? Si bien es cierto que para hacer un homenaje no es necesario publicar un libro, trabajar y producir a través de la palabra escrita es uno de los mejores homenajes que podemos hacerle, porque, como él decía cuando organizamos el Encuentro Internacional en Barcelona: “Si una persona hace un trabajo siempre aprende algo”.

 

Este libro se abre con Una experiencia de apren-dizaje, que el Grupo Psicoanalítico de Barcelona presentó en la Clínica Tavistok cuando Meltzer cumplió setenta y cinco años, y se cierra con la última conferencia que él pronunció en el Encuentro Internacional de Barcelona, al cumplir ochenta. Ambos artículos están vinculados a momentos muy señalados de nuestro grupo.

El primero, Una experiencia de aprendizaje, está firmado por el GPB y, a pesar de que uno de nuestros compañeros hizo el esfuerzo de encargarse de la redac-ción, no fue sencillo concretarlo. La decisión de presentar el trabajo implicó largas reuniones para acordar lo que queríamos decir: el contenido, la forma, qué opciones manteníamos, cuáles descartamos. Meltzer solía carac-terizarnos como un grupo de trabajo –aunque a veces nos resultara difícil entender por qué lo decía– y escribir el artículo fue una ocasión para investigar acerca de nuestro propio proceso grupal.

El último, Good luck, es la conferencia que él pronunció cuando el GPB decidió hacerse cargo de organizar el Encuentro Internacional de Barcelona, reali-zado en octubre del 2002. Llevarlo a cabo tampoco fue una tarea sencilla. ¿Queríamos festejar un cumpleaños familiar? ¿Queríamos organizar un encuentro científico “serio”? ¿Lo haría una empresa? ¿Lo asumiríamos noso-tros? Elegimos hacerlo nosotros mismos y quedamos satisfechos. Fue un éxito en cuanto al número de asis-tentes, a los trabajos presentados y, especialmente, porque Meltzer –que ya no estaba tan bien de salud– lo pudo disfrutar. Como cierre, pronunció la conferencia que publicamos aquí. En ella se despide diciendo “Buena suerte” y, verdaderamente, la hemos tenido al trabajar con él.

 

Todos los otros artículos de este libro (parte de la dinastía post-kleiniana del psicoanálisis, como afirma en Good Luck) están presentados en orden alfabético: una manera democrática de hacerlo. También la estructura respeta, en la mayor medida posible, la individualidad de cada uno. Y no sólo eso, sino que este libro tiene la peculiaridad de estar escrito dos lenguas. Tanto el catalán como el castellano reflejan la realidad intelectual y emocional en la que viven sus autores. También espera-mos que el lector comprenda que, aunque en los distintos capítulos se repitan ciertas ideas y algunas emociones, es un buen indicador de nuestra forma de compartir la experiencia. Meltzer decía que para el geólogo todas las piedras son interesantes, que su actitud es muy diferente a la del buscador de oro, que selecciona avariciosamente sólo aquello que le interesa.

 

La sincera entrega del GPB y de Donald Meltzer a la tarea que realizamos juntos, siempre implicó un inter-cambio enriquecedor. Al supervisar se guiaba por su contratransferencia: se exploraba a sí mismo y así nos lo transmitía. Nos escuchaba más allá de las palabras; integrando tantos niveles distintos, que sus intervenciones no sólo ayudaban a comprender mejor el material de los pacientes sino que funcionaban como auténticos dispara-dores introspectivos. Por eso, esta experiencia con Meltzer no sólo influyó en nuestro modo de trabajar sino también en nuestras propias vidas.

 

Escribir este libro y emprender la acción de publicarlo (la public-action de Bion) es otra manera de que perdure nuestro trabajo con él.

 

 

Miriam Botbol Acreche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



PRÓLOGO

 

 

Este libro es muy especial. Es un homenaje a Donald Meltzer, pero es mucho más.

Conocí al primer Meltzer, primero para mí, el de 1963, cuando era una “joven promesa” del grupo kleinia-no, promovido hacía poco tiempo a la categoría de ana-lista didáctico en la Sociedad Británica.

Yo formaba parte de un grupo de analistas argentinos que habíamos viajado de Buenos Aires a Londres para supervisar con analistas kleinianos y, entre ellos, Meltzer nos impresionó mucho en su trabajo clínico, por su agu-deza de observación y su extraordinaria intuición.

Fue así que León Grinberg, en ese momento joven Presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina lo invitó a ir a Buenos Aires a dar conferencias y supervi-siones

En Argentina el impacto mutuo fue enorme: para Meltzer, según supimos después, era todo un desafío por-que era la primera invitación que recibía para enseñar en el extranjero y para los argentinos la fascinación que pro-dujo su pensamiento y su personalidad. Tanto fue así que lo siguieron invitando periódicamente mientras pudo via-jar.

Es verdad que a algunos les pareció demasiado obsesivo en su concepción del encuadre: por ejemplo, el uso permanente de un traje gris para trabajar sólo reem-plazable por otro traje gris, o la discreta crítica que nos hizo por tener cuadros colgados en las paredes de las consultas.

Pero tenía una parte encantadora de niño, muy atrac-tiva, cuando no toleraba perder un partido de tenis o ping-pong, pidiendo insaciables “revanchas”, como cuando mostraba su también insaciable sed de conocer todas las especies de árboles que veía o se emocionaba frente a la belleza de una puesta de sol a orillas del Paraná.

Aunque aún no era todo lo que fue después, nunca habíamos tenido mejor ni más admirable maestro.

Los científicos nos explicaron hace algunas décadas que habían observado que las galaxias más distantes se están alejando de nosotros lo que dio origen a la teoría de que “el universo se expande” la cual modifica, a su vez, otras teorías, como la teoría acerca del origen del Uni-verso.

Hawking sostiene que en Física toda teoría es provi-sional. Si es posible someterla a experimentación y pro-barla, la teoría se afirma y sobrevive. Pero aún así, si surgen nuevas observaciones que la contradicen o mo-difican, la teoría podrá ser modificada, completada y hasta sustituida.

Estas reflexiones sugieren que algo similar ocurre en el psicoanálisis. El Universo Psicoanalítico también se expande con la adición de importantes teorías a las pre-existentes. Ellas, a su vez, no hubieran podido desarro-llarse sin las bases fundantes de los descubrimientos de Freud sobre el funcionamiento de la mente, y sus más creativos continuadores como Klein y Bion.

Continuamente surgen teorías que incluyen elementos originales, algunos de los cuales abren para nosotros “nue-vas fronteras hacia lo aún desconocido en nosotros mis-mos”, como afirman los psicoanalistas Schafer y Bernardi.

El Meltzer que encontró el Grupo de Barcelona, autor de este libro, no era el mismo de sus tiempos pre-bionianos. Su mente se había ido expandiendo y ellos le acompañaron en sus reflexiones, en la elaboración de nuevas ideas, en los sucesivos conceptos que fue crean-do… y compartieron con él un intenso contacto emocional.

Este libro, a su vez, es un nuevo movimiento de expansión, el intento de ampliar y profundizar ideas que él sembró.

Así creo que lo ha sentido el mismo Grupo Psico-analítico de Barcelona, autor del libro, al relatar su propia historia poniendo énfasis en la tarea de Donald, no sólo como docente sino, sobre todo, como persona que per-mitió y alentó que el grupo se constituyera como un grupo de trabajo según la caracterización de Bion. Postula que se ha tratado de un proceso estético, algo que se ha ido desarrollando y estructurando y que, por tanto, no ha terminado y debe continuar después de la muerte de Donald.

Aurora Angulo resalta la función de las teorías, como la teoría del “Claustro”, remarcando la importancia de que puedan actuar como continentes de nuestra emociona-lidad. Esta condición nos puede ayudar a mantenernos firmes pero a la vez flexibles y tolerantes en el difícil tratamiento de estas personas cuyo proceso madurativo está obstruido por el establecimiento precoz de un vínculo en que la diferenciación con el objeto ha sido anulada. Se convierten así en prisioneros de un “Claustro” (Meltzer, 1992), marginados de su propia afectividad y de la belleza del mundo.

Claudio Bermann habla de la génesis de la interpre-tación. Plantea que el analista necesita tener una recep-tividad especial: la capacidad de no-saber de antemano y dejarse sorprender por lo que el paciente diga. El otro interrogante a descifrar es descubrir qué hace el paciente para escapar al cambio que la interpretación le propone. Lo ilustra con un caso en que el paciente hace uso de la reversión de la perspectiva convirtiendo, para ello, lo animado en inanimado.

Miriam Botbol escribe sobre el primer y el último paciente que supervisó con Meltzer. En especial se refiere a las dimensiones de la vida mental, a la bidimensiona-lidad y tridimensionalidad, y la posibilidad de pasaje de una dimensión a otra como expresión del crecimiento mental.

Rosa Castellá y Lluis Farré abordan el fenómeno de la violencia, apoyándose en los desarrollos sobre la actividad de la identificación proyectiva que recorren el pensamiento de Klein y Bion y alcanzan el de Meltzer. La violencia es concebida como un ataque y destrucción de la belleza, que busca arruinar la experiencia emocional, re-duciendo la complejidad de las relaciones con el mundo animado e inanimado a pedazos vacíos de sentido.

Dolors Cid y Lucy Jachevasky aplican y desarrollan las ideas de Meltzer sobre el autismo. Pensando en estas cuestiones y revisando material de Lucas, un niño autista en tratamiento, descubrieron qué característica común tenían los objetos con los que este niño se relacionaba. Plantean la hipótesis de que el autista fabrica un mundo de objetos a través de la simplificación y la desconexión, que intentan explicar como un detenimiento y una inver-sión de la función alfa, que da lugar a lo que denominan “objeto mínimo”, diferente de los “objetos desmante-lados” y de los “objetos mutilados”.

Perla Ducach y Silvia Grünwaldt tratan de mostrar, a través del material clínico de una niña de 4 años, la situación de ant-desarrollo y la incapacidad de construir un “continente” que se produce cuando no sólo ha faltado una figura materna sino cuando las condiciones de nacimiento y primeros meses de vida han sido devasta-dores. Describen las vicisitudes de un proceso terapéutico que pudo, aunque en medida muy limitada, impulsar el crecimiento en una dirección evolutiva.

Yolanda La Torre Guevara describe un caso clínico, difícil y un tanto atípico, comenzado después de la muerte en accidente del esposo y el hijo de la paciente. La dolorosa elaboración de tan terrible duelo permitió aso-ciarlo con el sentimiento de que para esta paciente “la belleza del mundo había quedado clausurada”.

Carmen Largo estudia las dos formas de conoci-miento: intuición e inteligencia, complementarias y dife-rentes en su origen, constitución, funcionamiento y fina-lidad. Plantea que la intuición se origina en la vivencia de la relación emocional estética, se constituye por modelos identificatorios, opera con “imágenes significativas”, da material para la fantasía inconsciente, la creación artística, sueños y mitos. La inteligencia, por su parte, emerge sobre la base de conocimiento anterior, se consolida con el lenguaje verbal, opera con símbolos constituyendo meca-nismos operativos, está inclinada a la fabricación de teorías, es apta para la abstracción y el pensamiento especulativo.

Montserrat Martínez del Pozo desarrolla conceptos muy fructíferos de W. Bion y D. Meltzer a propósito de la dimensión estética de la personalidad, unidos a la idea de Inconsciente Estético que proviene del pensamiento que surge del arte. Propone la idea de hacer extensivo el concepto de Inconsciente Estético en el campo del psico-análisis. Piensa que los conceptos de Impacto y Conflicto Estético, y los que de ellos se derivan, dan lugar a un diá-logo interdisciplinar enriquecedor.

Antonio Murillo escribe acerca de que Donald Meltzer entendía la actitud psicoanalítica como algo que no puede ser explicado pero sí mostrado. Considera que en la clínica la actitud de Meltzer está más ligada a la observación y la descripción que a la explicación, aunque pueda sorprender y frustrar al paciente, que desea acabar rápidamente con la incertidumbre. Piensa que el perseve-rar en esa actitud pone a Meltzer del lado de la esperanza de poner en marcha un proceso de desarrollo más que de “curación”.

Carlos Tabbia se refiere al aburrimiento como un fenómeno identificable en distintos momentos de la vida. Sin embargo, intenta diferenciar grados y formas clínicas del mismo, que se relacionan con la tolerancia al contacto con la realidad y con el deseo de conocer. Considera que la ausencia de contacto emocional o la deficiente función continente del objeto originan discursos aburridos que desalientan la comunicación. El mismo fenómeno se ob-serva en estados narcisistas en los que predomina la identificación intrusiva y la grandiosidad donde el sujeto queda marginado de la existencia, como le sucedió a Oblómov, el personaje de Goncharov.

La obra termina con un discurso de despedida del propio Meltzer en las Jornadas con que se celebró su 80º cumpleaños.

Pienso que, como dije al principio, el libro es un homenaje y mucho más. Creo que en su conjunto forma parte de la elaboración del duelo grupal por la desapari-ción del maestro inspirador de las nuevas ideas expuestas en él.

A través de los autores de cada una de las apor-taciones se percibe el profundo agradecimiento a Donald Meltzer por su generosidad y por haberles enseñado a pensar con libertad.

 

 

Rebeca Grinberg

 

UNA EXPERIENCIA DE APRENDIZAJE EN PSICOANÁLISIS[1]

Grupo Psicoanalítico de Barcelona

 

 

Qui si convien lasciar ogni sospetto

Ogni viltà convien che qui sia morta.2

Dante

 

 

 

Esta comunicación es, en realidad, parte de un trabajo extenso. Comenzó a gestarse en 1991, cuando terminamos nuestro primer contrato con Meltzer. Teníamos ante noso-tros la perspectiva de publicar un libro que mostrara al-gunas de las enseñanzas que él nos había transmitido en el trabajo clínico. Tuvimos una reunión en la que Meltzer no se mostró demasiado interesado en este libro; sí, en cam-bio, en uno que diera cuenta de nuestra experiencia de trabajo como grupo en formación psicoanalítica. Nos habló de su idea acerca de la formación según el modelo de un atelier (Sincerity no se había publicado aún) y nos animó a describir y a caracterizar nuestra experiencia.

Aquello nos sorprendió. No quedamos demasiado convencidos. Teníamos miedo de que excediera nuestras posibilidades. Continuamos con todas las tareas que tenía-mos planteadas (el libro “de los casos”, según nuestra denominación interna, se publicó). A pesar de nuestra perplejidad, asombro y dudas, la idea no se abandonó; se ha postergado y a veces olvidado, pero ha reaparecido con fuerza a lo largo de los años; y mantuvimos, desde 1991, una serie de reuniones destinadas a elaborar ideas en torno de nuestra experiencia como grupo de formación. No nos sentíamos en suficientes condiciones para observarnos a nosotros mismos –y hoy seguimos teniendo dudas seme-jantes. No sentimos que podamos responder a la pregunta sobre la particularidad del grupo; ésta queda planteada.

Quizás hacer un poco de historia nos ayude. Hace aproximadamente doce años un grupo de personas que querían estudiar se dirigieron a Donald Meltzer con el objeto de profundizar en el conocimiento de su obra. Aquel grupo tenía ya un cierto recorrido: hacía siete años había comenzado, con un docente calificado, a estudiar la obra de Bion, lo que había continuado durante los cinco últimos años con otro docente, también calificado. El tiempo de trabajo conjunto le había dado cierta homoge-neidad a ese grupo (pese a los diversos grados de forma-ción psicoanalítica de sus integrantes), que estaba com-puesto por profesionales que trabajaban en el campo de la salud mental, tanto a nivel privado como institucional.

La respuesta de Meltzer fue ofrecer un plan de cinco años de formación psicoanalítica, centrado en el trabajo del material clínico, a razón de tres encuentros por año. Sólo se interesó por saber si los integrantes tenían análisis personal y si pertenecían a alguna institución.

Esta propuesta contenía algo enteramente nuevo. Volvamos a hablar en primera persona: no nos esperába-mos una cosa así; quizás algunos pensásemos que está-bamos lo suficientemente formados y que sólo necesitá-bamos profundizar. Por supuesto que nos sorprendimos; también nos entusiasmamos; también, nos confundimos. Decidimos por el entusiasmo. Pero nos encontramos con los primeros inconvenientes: buena parte de los com-pañeros, por presiones externas, decidieron no realizar la experiencia. De diez y seis personas habíamos quedado reducidos a diez. Decidimos invitar a otros colegas: al-gunos aceptaron entusiasmados; otros, movidos por cierta curiosidad; otros, por fin, declinaron la invitación. Pero completamos aquel número. La composición del grupo había cambiado; describámoslo someramente: cuatro cata-lanes, tres castellanos residentes en Barcelona desde hacía muchos años, nueve sudamericanos de los cuales cinco habían emigrado por razones políticas; todos habíamos pasado la edad media de la vida; todos, profesionales de cierta experiencia, con análisis personal y formación tangencial si se la considera desde los criterios institucio-nales; todos con una situación profesional con algunos altibajos propios de la economía del país, pero en general estable. ¿Habrá sido la inmigración interna y externa, con su carga de marginalidad, lo que nos unió y permitió alcanzar algún grado de integración? ¿O la edad, la de una época de la vida en que los proyectos se consideran seriamente y el aprovechamiento del tiempo es crucial? ¿O el hecho de tener las necesidades cubiertas y por lo tanto no excesivas expectativas respecto de la derivación de pacientes dentro del grupo? ¿Permitió todo esto que se formara un contorno no demasiado rígido que hubiera de preservar al grupo de los deseos que estaban por fuera del aprendizaje? De hecho, habíamos ganado cierta hetero-geneidad, y probablemente nuestra fantasía era que ésta se iría resolviendo a través del estudio en común.

Volvamos a la situación que nos produjo la respuesta de Meltzer. Nos pusimos a la tarea de organizar la confusión: reunimos muchos trabajos suyos en idioma castellano –quizá todo lo que por entonces se había publi-cado, generalmente ciclostilado–, lo que sumado a publi-caciones en italiano, en inglés y en francés, y a los libros ya traducidos, era bastante material. Y nos dedicamos, en el tiempo que faltaba para el primer encuentro, a estudiar la obra publicada en libros.

El seminario anterior a Meltzer había seguido las pautas clásicas: exposición teórica, intercambio de opinio-nes, preguntas. Dadas algunas características especiales, el formular preguntas había adquirido importancia, ya que eran producto de discusiones previas y procurábamos, con ellas, centrar la atención en ciertos temas que nos parecían relevantes. Por descontado que también procurábamos hacérselas a Meltzer, y es probable que deseáramos que ellas mostrasen nuestro conocimiento de su obra. Para estudiar mejor hacía ya años que nos habíamos dividido en dos subgrupos, que se habían constituido en torno a algunos intereses dominantes (psicosis, por ejemplo).

Después de algunos meses de esta tarea llegó el momento del primer encuentro con el docente. Uno de los compañeros recientemente incorporados consiguió que nos reuniéramos en una estupenda casa modernista, en las afueras de Barcelona. Con nuestros conocimientos de la obra de Meltzer y las preguntas consiguientes, con el ambiente físico del lugar, no es difícil colegir que pensá-bamos impresionarlo. Meltzer nos había pedido que pre-sentásemos material de cuatro casos, con muy poca his-toria previa y con el registro de dos sesiones de trata-miento; la traducción al inglés le sería entregada al co-mienzo de la lectura de cada caso porque, dijo, no quería que un conocimiento previo influyese sobre la percepción de la lectura en voz alta del material,

Descubrimos que la traducción no fue un obstáculo. El programa de cada jornada del Seminario era de doce horas de trabajo divididas en tres reuniones, dos mañanas y una tarde. Es probable que quienes presentaron material la primera vez tuviesen fantasías diferentes: cumplir con el pedido que él nos había formulado, traer algún caso que pudiésemos relacionar con aspectos de su obra leída por nosotros; eran, sí, pacientes que nos despertaban nume-rosos interrogantes. Y además estaban, por cierto, las famosas preguntas. Un compañero incorporó un elemento que no habíamos utilizado antes: trajo un grabador y registró íntegramente las reuniones; la posterior edición interna de esos materiales se reveló como un elemento de fundamental importancia en la cohesión del grupo y en el estudio y aprendizaje.

Todos teníamos –y algunos muy larga– experiencia en supervisar a nuestros pacientes; el estilo general de las mismas no difería demasiado; variaba solamente la calidad de los supervisores. Pero allí nos encontramos con algo enteramente diferente: era una manera distinta de organi-zar el material; detalles aislados aparecían ahora concate-nados; siguiendo un concepto que proviene de la medi-cina, podríamos decir que el “caso” quedaba atrás y se veía surgir al paciente, a la persona; veíamos no sólo la psicopatología o qué podían estar diciéndonos, sino tam-bién las posibilidades de evolución de los analizantes. Era una perspectiva más amplia, que contenía un cambio de actitud frente al paciente: implicaba ver al niño o al ado-lescente que hay en el adulto; también, ver a los niños jugando de otro modo. No faltaron los señalamientos nuevos: tal paciente aún no había entrado en la situación analítica; aparecieron claramente definidas las dificultades para simbolizar que tenían algunos; vimos con mayor perspectiva las características de la relación transferencia / contratransferencia; aprendimos qué era la transferencia preformada. Nos acercamos al concepto de estructura de la mente y a la geografía de la fantasía. Eran, en general, conceptos que estaban destinados a “hacernos pensar” a nuestros pacientes, a sentirlos dentro de nosotros mismos y también a soñarlos. Era una apertura de nuestro campo de trabajo, algo orientado a la búsqueda insobornable de la verdad de la mente, distinto y opuesto a todo aquello que podría entrar en la columna 2 de la Tabla de Bion. Fue, creemos que fundadamente, asomarnos al mundo de la belleza del método psicoanalítico. Y nos quedó largamente resonando un concepto: “vivir en identificación proyec-tiva”.

Fue, para todos o casi todos, un impacto. Retrospec-tivamente, y con los conceptos de que hoy disponemos, podemos decir que fue un verdadero impacto estético. Quedamos oscilando entre la admiración, el entusiasmo, la sorpresa y la confusión. Y sentimos la necesidad de vernos prontamente todos, de hablar entre nosotros, de volver a compartir aquellos momentos, de comenzar a pensarlos. Así, alteramos la programación de nuestras reuniones en subgrupos y convocamos a una reunión general del grupo para aquella misma semana; desde entonces, cada en-cuentro con Meltzer es seguido por una reunión con las mismas características. Decidimos tratar de de aprehender qué significaba vivir en identificación proyectiva.

Sabemos que, grosso modo, hay dos formas esen-ciales de aprendizaje: la proyectiva y la introyectiva. La primera, como su nombre lo indica, se basa en la apropiación de los conocimientos que tiene el docente a través de diferentes técnicas intrusivas que a veces com-portan imitación, sometimiento a la doctrina impartida, renuncia al ejercicio de la crítica y de la elaboración, etc.: conduce solamente a saber algo “acerca de”, como dice Bion. La segunda, implica la aceptación del pecho nutricio y de la dependencia, con todo lo que esto significa: el largo camino de la asimilación de lo nuevo y la aceptación de que nosotros mismos podemos cambiar en el proceso. Reflexionando sobre los distintos momentos de nuestra experiencia pensamos que muchas veces hemos estado en la primera de ambas situaciones; y nos gustaría creer que también hemos recorrido un trecho por el camino de la identificación introyectiva con el objeto combinado. Pero para poder transmitirlo, volvamos a la historia.

Continuamos la primera época manteniendo las reu-niones de ambos subgrupos por separado con frecuencia semanal y encontrándonos periódicamente todos los inte-grantes del grupo “grande”, que así comenzamos a lla-marlo. Seguíamos con el estudio teórico: leyendo y dis-cutiendo trabajos que pudieran orientarnos para llegar a saber qué era aquello de vivir en identificación proyectiva. En el camino nos encontramos con la edición interna de los primeros Seminarios, que comenzamos releer ávida-mente –y también, por supuesto, el trabajo sobre mastur-bación anal. Se nos hizo necesario realizar alguna jornada interna sobre los temas, con la presentación de trabajos propios que nos sirvieran de guía de discusión. ¿Era que no habíamos entendido bien? ¿Repetíamos sin tener claro qué decíamos? ¿Qué relación tenía aquello con la trans-ferencia preformada? Y muchas más preguntas por el estilo.

No faltaron conflictos. Dos compañeros –en verdad, no suficientemente interesados en el pensamiento klei-niano– desataron una crisis en uno de los subgrupos, que terminó con su alejamiento; pero su efecto fue la disolu-ción de ese subgrupo. Creemos que las reuniones en casas de familia –que nos parece ser una aportación espe-cíficamente sudamericana– facilitó la resolución de las crisis, ya que posibilitó una atmósfera más cercana, de intimidad en el trabajo y en el intercambio de ideas. Y que la existencia de dos subgrupos permitió que las crisis no fueran generalizadas, suavizándolas: el subgrupo que con-tinuó en su funcionamiento aparecía casi como un modelo, quizá como algo que nos permitía tener la idea de que el trabajo no se interrumpía. Y probablemente esto fuera ver-dad: la tarea no se abandonó en ningún momento; segui-mos estudiando, reuniéndonos, presentando, en cada reu-nión con el docente, los cuatro casos que habíamos convenido al formalizar el contrato. Y, claro está, seguí-amos queriendo organizar la confusión, la turbulencia que cada encuentro con Meltzer nos generaba, continuando con el estudio teórico.

Al tener un mayor número de seminarios editados, decidimos hacer un registro y clasificación detallado de los mismos, separando los temas tratados en cada reunión, agrupando los que se repetían en algunas, tratando de llegar a conclusiones. Mirándolo retrospectivamente, pen-samos que esa obsesividad correspondió a un momento del grupo, a lo que podríamos llamar una época de latencia. Para ello constituimos cuatro subgrupos especiales, en los que se entremezclaban compañeros que estaban en el subgrupo que seguía funcionando con los que continuaban individualmente su trabajo. Pero en aquel momento ya pudimos permitirnos un elemento de tipo lúdico, que se reflejó en los nombres que adoptaron los diversos sub-grupos. Es probable que esta nueva agrupación de los integrantes haya sido uno de los elementos que vehicula-ron el desarrollo del sentimiento de pertenencia grupal, que no existía a priori, ni tampoco en las primeras épocas de nuestro andar. Al comienzo no sentíamos la necesidad de un grupo de pertenencia; ello es algo que se fue creando y desarrollando en el contacto con el maestro. A veces ha aparecido la idea de institucionalizarnos, o de dotarnos de una estructura estable y pormenorizada; lo discutimos intensamente y llegamos a la conclusión de que no agregaría nada positivo a nuestra tarea esencial. Podemos decir que hemos aprendido los beneficios de trabajar con una organización mínima.

Aparecieron problemas internos en ocasión de nues-tros contactos con el extragrupo: jornadas internas con la asistencia de invitados o la última fase de preparación de Clínica psicoanalítica con niños y adultos3 No podemos ofrecernos alguna interpretación más o menos acabada al respecto. El respeto hacia las diferencias individuales ha sido una de las tareas más arduas, así como la de proteger la libertad y los intereses personales conservando cierta unión que nos permita crecer como grupo. Los celos, la envidia, la competitividad, el sentimiento de falta de reconocimiento, etc., se mueven por lo que llamamos “pa-sillos”: es algo de lo que ocasionalmente hablamos en las reuniones generales, pero que sale en esta especie de cotilleo de a dos o de a tres, que hasta ahora no se ha convertido en algo verdaderamente amenazante; más bien parece saneador: son nuestros cuentos de terror, de perse-cución, de brujas, ogros y niños malos. El efecto es que en nuestras reuniones prevalece la cordialidad y aunque hay momentos de crisis, aparece la palabra justa que atempera y suaviza la atmósfera.

Hemos pasado por fases que van desde el cumpli-miento –incluso exagerado– de las tareas, el esfuerzo con-tinuo por entender intelectualmente conceptos, las dudas obsesivas con respecto a la publicación en sentido amplio, al intenso aprendizaje que supone estar de acuerdo en algo grupalmente, al deseo de conformar nuestra vida –y no sólo la profesional– de manera responsable y a la posibi-lidad de perdonarnos y perdonar los errores. Quizás ahora está comenzando un momento de producción individual y ello levanta olas y agita los vientos.

Creemos que nuestro desarrollo nos ha permitido trabajar también, en forma ocasional o sistemática, con otros analistas, tanto de Inglaterra como de Sudamérica, a quienes hemos buscado por sus características u orien-tación. Nuestra actividad grupal actual se centra en torno de: a) reuniones clínicas mensuales, en las que se puede ver cómo ha quedado atrás el miedo de mostrar nuestro trabajo a los compañeros, que persistió un tiempo después de superado el temor de hacerlo ante Meltzer; y b) reuniones, también mensuales, en las que discutimos trabajos producidos por los miembros del grupo, des-tinados a la circulación interna o bien a ser leídos en otras reuniones científicas. Tenemos también reuniones “admi-nistrativas”, en las que resolvemos cuestiones tales como conferencias, distribución de tareas, etc. Creemos que ha habido liderazgos rotatorios, nunca de larga duración. Hay pequeños y grandes roles desempeñados por compañeros que tienen cualidades para ello –los que toman nota de las resoluciones o nos recuerdan los temas a discutir, por ejemplo–, que han sido adoptados espontáneamente, no por necesaria designación; hay algunos trabajos nada agradables –la tesorería es uno de ellos– que son desem-peñados en forma rotatoria. Tenemos la impresión de que las cosas han ido rodando: siempre ha aparecido alguien con una idea que parecía ser benéfica o facilitadora, de la que se ha hecho cargo el grupo. Tenemos una cierta agilidad para distribuirnos las tareas y somos lentos para llegar a acuerdos en temas en que las diferencias de opi-nión son muy fuertes. Creemos que ha habido un pro-gresivo aumento de la confianza en el trabajo grupal. Nos gustaría poder decir, en términos de Bion, que habría una prevalencia del social-ismo frente al narcisismo.

Cuando nos interrogamos acerca de las condiciones que han posibilitado una experiencia de este tipo debemos pensar necesariamente no sólo en el grupo, sino también en el maestro. En nuestra búsqueda de explicaciones siempre hemos terminado dando vueltas alrededor de él, como figura nucleadora, contenedora y reguladora. Todos pensamos que difícilmente se hubiera dado esta expe-riencia con otros. Cuando miramos al grupo siempre tene-mos presente la pregunta referente a su duración: tememos la desaparición; pero existe la confianza de que si algunos aflojan otros trabajarán para mantenerlo con vida; la responsabilidad por la vida del grupo es un sordo rumor que no nos abandona.

Dejamos de lado en este momento cuáles pudieran haber sido las fantasías de Meltzer previas a su encuentro con nosotros. (Las nuestras eran solamente estudiar y terminamos –queremos creerlo así– formando un grupo y aprendiendo de nuestra experiencia. De nuestra experien-cia con el maestro.) Mencionemos sólo de pasada su extra-ordinaria penetración clínica, su rigor psicoanalítico y otras cualidades que se le reconocen, para destacar ele-mentos que, nos parece, son fundamentales en el proceso de aprendizaje, en la relación entre docente y alumnos. Ya en nuestro primer encuentro nos impresionaron su sensi-bilidad hacia el paciente que surgía del material y su delicadeza en el trato para con los analizantes y con nosotros; también, su amor hacia el método psicoanalítico, cuya belleza ha intentado transmitirnos; su insistencia en la posibilidad de descubrir antes que ubicarnos en el explicar; su libertad para aburrirse o para interesarse; su lucha por el desarrollo y crecimiento del paciente –y también de nosotros como grupo–. Creemos que desde un primer momento fuimos objeto de interés por parte de Meltzer, y que este interés fue aumentando –nos parece que hasta ha aprendido algo de castellano– hasta conver-tirnos en objeto de cuidados por parte de él. Esto nos lleva a hablar de una cualidad maternal en él. Y también es cierto que ha desempeñado una función paterna cuando, por ejemplo, nos ha advertido acerca de los azares de exponer nuestra intimidad. Es verdad que nosotros, ade-más de estudiar y procurar cumplir con la tarea, correspon-díamos ocupándonos con ilusión de su estancia en Barce-lona, compartiendo con él no sólo el tiempo del Semina-rio, sino también otros momentos en torno a espectáculos, comida, etc. Cuando en 1991 hicimos un nuevo contrato con Meltzer, nuestros encuentros se redujeron, como grupo, a dos por año: uno en Barcelona y otro en Oxford. Cuando fuimos allí, cuidó de nuestros alojamientos y nos abrió su casa. Al comienzo de esta comunicación hemos señalado que recibimos un verdadero impacto estético. Creemos, también, que ha habido reciprocidad estética en nuestra relación con él. Nos hemos sentido, colectiva e individualmente, estimulados por el maestro en nuestro aprendizaje y en el progreso que pudiéramos ir haciendo, en la confianza que íbamos ganando entre nosotros mismos, en el trabajo sobre temas que eran para nosotros arduos.

Paralelamente, se ha ido creando una mayor vincu-lación afectiva dentro del grupo: compartimos las alegrías –cumpleaños especiales de algunos, doctorandos, bodas…– y los sufrimientos –enfermedades, a veces serias. Y com-partimos ideas. Por ejemplo, queremos evitar una organi-zación jerárquica e interferencias externas o motivaciones extrañas a lo que nos reúne. Todo el proceso ha generado un clima de intimidad y de confianza, una solidaridad que no es la de los amigos íntimos, sino la que se puede crear entre personas que comparten una tarea que les compro-mete profundamente. Catharine MackSmith no ha sido ajena a todo este proceso, ha participado desde el co-mienzo y conduce un trabajo con algunas integrantes del grupo; mas aparte de ello tiene un lugar muy especial: de mirarla con timidez y extrañeza hemos llegado a con-vertirla en nuestra fantasía en una aliada ferviente, en una mensajera especial, en la garantía del buen humor del maestro.

Nos parece que en este proceso hemos aprendido cosas que van más allá de lo instrumental. No haremos una enumeración extensiva, pero en primer lugar seña-laríamos un mayor compromiso con el método psicoana-lítico, para lo cual hubimos de pasar por darnos cuenta de que antes hacíamos más tratamientos de refuerzo yoico de lo que creíamos; ello implicó que para aprender estas cosas nuevas tuvimos que des-aprender las antiguas. Tam-bién, que el método psicoanalítico consiste en acompañar al paciente en un proceso de desarrollo antes que consi-derarnos guías privilegiados que saben todo de antemano. Esto comporta un mayor respeto hacia nuestros pacientes, que nos parece tener relación con el que Meltzer ha tenido para con nuestro trabajo y personas. Creemos que somos más libres para pensar y para hablar con nuestros anali-zantes, lo que hace que nuestros diálogos con ellos sean más vivos y no asociaciones a las que se responde ex-cathedra. Esto nos permite que nos dejemos sorprender por nuestros pacientes, con quienes queremos compartir el proceso de descubrimiento. Nos parece que hemos apren-dido a tolerar, “bastante razonablemente”, todo tipo de sentimiento en nosotros, lo que nos ha permitido explorar más nuestra contratransferencia. Desde un punto de vista teórico, nos ubicamos en un kleinismo más “abierto”, más centrado en lo evolutivo y en la relación del self con los objetos internos. Y, last but not the least, hemos aprendido a disfrutar más con nuestro trabajo: es indudable que nos cansamos mucho menos.

Hemos tratado de reflexionar sobre nuestra experien-cia centrándonos en el conflicto estético, que es uno de los elementos que nuestro contacto con Meltzer nos ha pro-visto. Y también nos encontramos con que en todo mo-mento estamos manejando conceptos de Bion, lo que no debe extrañarnos. Porque cada encuentro con el maestro ha sido turbulento. Algunas veces hemos visto en reunio-nes clínicas internas los materiales que después le presen-taremos y hemos adelantado conjeturas sobre lo que el paciente nos sugería; y siempre hemos terminado la reunión bromeando al apuntar que todo lo dicho podía ser válido, pero que Meltzer nos daría otra visión, diferente, nueva, que abriría nuevos caminos en la comprensión del analizante. Y así ha sido, invariablemente, tanto en la primera vez que supervisábamos un paciente, como en las posteriores. Nos hemos encontrado siempre inmersos en la ansiedad ante lo nuevo –un concepto muy caro a Pichon–Rivière–, en esa confusión que es cualitativamente dife-rente de la que se atribuye a un fracaso de la disociación. Y hemos oscilado, lógicamente, entre PS y D, teniendo períodos de dispersión y de integración; en ello, creemos que el grupo ha operado como continente de las ansie-dades individuales y grupales.

La edición interna de las reuniones del seminario ha constituido un elemento de fundamental importancia en la necesaria reconexión con el maestro; se trataba de recuer-dos que iban tornándose memoria y que han llegado a ser, creemos, un elemento inicial en el desarrollo de la función alfa. Porque al comienzo, aparentemente, nuestro proble-ma era el tiempo que transcurría –nos parecía enorme– entre los encuentros; es probable que la ausencia del ob-jeto haya sido –como lo señalan Freud y Bion– un ele-mento primordial en el inicio y desarrollo del proceso de pensar.

Suponemos que hay elementos de dependencia pasiva y activa en el proceso de aprendizaje, lo que nos lleva a identificar distintos momentos según predomine una u otra. Pero para que se dé un aprendizaje que implique lo que entendemos como necesaria modificación en quien o quienes lo realizan, hay que pasar de los procesos proyec-tivos a los introyectivos. Aprendemos –recibimos– del objeto combinado interno –y del externo–. Con éste tam-bién establecemos una relación de amor, tal como la que Freud señalaba para la relación analítica cuando se refería al “calor hirviente [Siedehitze] de la transferencia”; lo dice claramente Racker: “El proceso analítico de transforma-ción depende, pues, en buen grado, de la cantidad y cuali-dad de eros que el analista puede movilizar por su analizado”. Todo esto nos lleva, necesariamente, al con-flicto estético.

En nuestro caso preferimos hablar de un sostenido encuentro estético. Nos parece que la expresión conflicto pone un mayor énfasis en el primer momento, el del deslumbramiento y lo que éste provoca como impacto. Quizás una expresión adecuada sea: proceso estético, que nos permite dar cuenta de los retrocesos proyectivos y de los avances introyectivos, de los factores que han sos-tenido –como es el caso de nuestra edición interna de los seminarios– la curiosidad estética, que da lugar a la rela-ción continuada con el objeto estético. Y en este proceso tiene un lugar destacado la reciprocidad estética, equiva-lente al eros del analista según la cita de Racker. Nos parece que no hay avance si no se dan estas condiciones. Para nosotros, la idea de evolución del grupo está ligada a este específico proceso de aprendizaje. Entendemos que se trata de un proceso y no de un resultado.

Bion nos habla de la diferencia existente entre la intimidad del análisis y la publicación, lo que él denomina la public-action. Hoy mostramos aquí parte de nuestra intimidad. No nos ha sido fácil. No sabemos qué resultará de ello. Esperamos que nuestra relación con el objeto combinado pueda ayudarnos.

 

 

Este trabajo colectivo fue presentado en el encuentro que organizó la Tavistock Clinic bajo el título de: Exploring the Work of Donald Meltzer en 1998, en Londres, y fue incluido en el Festschrift, el libro que reunió algunas de las comunicaciones que allí se leyeron. A ese encuentro siguieron otros dos, en Florencia y en Barcelona, en los cuales integrantes del Grupo Psicoana-lítico de Barcelona presentaron trabajos. El último, en Barcelona, en octubre de 2002, fue organizado por no-sotros –coincidió también con el octogésimo cumpleaños de Meltzer– y constituyó una experiencia enormemente interesante y también un desafío para nuestro Grupo, que pudo finalmente con una tarea que a primera vista parecía superarnos.

Pero también hemos tenido que lamentar la muerte del maestro. Y vivir una vez más la realidad de que hay duelos que no se pueden completar. Hemos pensado que lo que nos enseñó, la experiencia de aprendizaje en un trabajo tipo taller, es algo que nos sigue integrando como grupo y hemos querido mantenerla. Así, nuestra vida como grupo continúa, y si bien nos falta el enorme estímulo presente de Donald, sentimos que sigue acompañándonos. Este pequeño volumen quiere ser una muestra de trabajos inspirados por él.

Bibliografía

 

BION, W.R. (1967): Second Thoughts, London, Karnac Ltd.

 

–– (1984): Transformations, London, Karnac Ltd.

 

–– (1962): Learning from Experience, London, Karnac Ltd.

 

MELTZER, D. & HARRIS WILLIAMS, M. (1988): The Apprehension of Beauty, Clunie Press.

 

MELTZER, D. (1992): The Claustrum, Clunie Press.

 

PICHON-RIVIERE, E. (1974): Del Psicoanálisis a la Psicología Social, Buenos Aires, Nueva Visión.

 

RACKER, H. (1961): Estudios sobre Técnica Psicoanalítica. Ed. Paidós, Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

SOBRE LA TEORÍA DEL CLAUSTRO Y SU APORTE A LA TÉCNICA

 

Aurora Angulo

 

 

 

Dos meses antes del fallecimiento de Donald Meltzer, tuvimos la última supervisión en su despacho de Oxford. Me impresionó que a pesar de saberse muy enfermo estu-viera dispuesto a trabajar con nosotros. Allí estaba él, intentando pensar sobre nuestro material clínico, hasta sus últimos momentos, dispuesto a entregarnos lo mejor de sí mismo.

Por esta razón, me ha parecido muy pertinente em-pezar este artículo con una cita textual de su libro La aprehensión de la belleza (Meltzer, 1990):

 

“Es más analógico decir que los analistas tienen el mismo tipo de conflicto estético en su romance con el método psicoanalítico y su marco teórico sobre la personalidad y el proceso terapéutico. Obviamente, el método, con su intimidad, su fin abierto, su dis-posición implícita al sacrificio por parte del analista, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad hacia el paciente y su familia –todo lo cual está englobado en la dedicación a investigar el proceso de transferencia-contratransferencia– to-das estas facetas unidas por el esfuerzo sistemático, hacen del método, inequívocamente, un objeto estético…”

 

No es mi intención escribir específicamente sobre “el conflicto estético” (Meltzer, 1990). Quizás, para entender la profundidad de este enunciado, haría falta remitirnos a sus postulados sobre esta materia; no obstante, prefiero dejarlo abierto al interés del lector. Yo sólo quisiera, antes de entrar en el tema que me ocupa, expresar algo de lo que ha significado la experiencia compartida con Meltzer du-rante el tiempo de estudio y supervisión con él.

En el enunciado citado, nos habla del método y su intimidad, su fin abierto, la disposición implícita del ana-lista al sacrificio, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad hacia el paciente y su familia… No se trata de conceptos teóricos que él nos haya ido re-pitiendo, sino que han sido actitudes que nos ha ido tras-mitiendo a lo largo de los años.

Es una experiencia de aprendizaje muy difícil de expresar con palabras, que equiparo a lo que sucede en la relación con nuestros pacientes, en la que se crea un vínculo que permite, o mejor dicho “preside”, la evolución psíquica, tanto la de ellos como la nuestra.

 

Centrándonos en el plano teórico, podemos mencio-nar como aportaciones destacadas de Donald Meltzer al psicoanálisis, sus consideraciones sobre la dimensión epistemológica de la mente (ya desarrollada por Bion) y, concretamente, sus propias investigaciones sobre las di-mensiones estética y geográfica de la misma.

Precisamente, este trabajo está centrado en un aspecto de la dimensión geográfica de la mente, que es donde se ubica el concepto de “Claustro”. Desde mi perspectiva, es un desarrollo teórico que implica un valiosísimo aporte a la técnica, sobre todo en el tratamiento de determinados pacientes con serias perturbaciones narcisistas que les hacen tan difícil su adaptación al mundo y tan inaccesibles a la intervención terapéutica.

 

Volviendo al método, considero que las caracterís-ticas mencionadas por Meltzer son fundamentales a tener en cuenta en general con todos los pacientes, pero pienso que es con los pacientes del “Claustro” cuando toman una relevancia determinante.

 

Siguiendo las enseñanzas del maestro, intentaré dar cuenta de mis reflexiones a partir de un caso clínico, no obstante quizás sea necesario hacer una breve reseña del concepto de “Claustro”, por él desarrollado.

Como paso previo, me parece conveniente decir algo sobre la Identificación Proyectiva, concepto introducido por Klein (1946), enriquecido por Bion, (1959, 1962) y que Meltzer enfatiza y amplía para hablarnos de los modos y repercusiones de su utilización en el funciona-miento psíquico.

Se trata de una fantasía omnipotente de intrusión den-tro del cuerpo y la mente de otra persona para librarse de situaciones internas que producen ansiedad y conflicto, en otras palabras, dolor psíquico. Bion (1959), centrándose en otra perspectiva, rescata del concepto el aspecto de comunicación primitiva, básicamente inconsciente, que resulta fundamental para el aprendizaje. Lo enfatiza como el mecanismo que capacita a la madre para captar los estados de su bebé permitiéndole aliviar su sufrimiento.

¿Pero qué pasa cuando esta comunicación no ha sido posible, cuando ha fracasado la relación continente-con-tenido (Bion 1959), que permite el aprendizaje por la experiencia y, por tanto, el crecimiento mental?

Una gran consecuencia de este fracaso, en la relación con el objeto en las primeras etapas del desarrollo, será que la Identificación Proyectiva que –como ha destacado Bion–, inicialmente tendría un carácter comunicativo, se convierte en una forma de vínculo con características intrusivas como defensa para sobrevivir a nivel psico-lógico.

De forma que se activa la fantasía a la que Meltzer propone llamar Identificación Intrusiva por su carácter violento. Se provoca así una desgarradora dinámica de proyecciones e introyecciones, en la que el sadismo que fuerza al objeto va acompañado de intensas ansiedades persecutorias además de la amenaza constante de quedar prisionero en el interior del objeto violentado. Es cuando Meltzer nos habla del “Claustro” (1992).

 

Donald Meltzer hace referencia al uso de la Identi-ficación Proyectiva Intrusiva como forma de vincularse con los objetos externos e internos, centrando sus inves-tigaciones fundamentalmente en los aspectos proyectivos y los objetos internos. Se trataría de una situación nar-cisista en la que la verdadera relación afectiva con los objetos ha quedado imposibilitada. Rige la fantasía en la que el sujeto ha capturado al objeto manteniendo con él una relación fantasiosamente omnipotente e intrusiva con graves consecuencias en cuanto a la percepción del mundo y las relaciones. Consecuencias que veremos con más claridad cuando, a través del caso clínico que voy a co-mentar, observemos de qué manera este funcionamiento condicionaba a mi paciente tanto en sus relaciones perso-nales y laborales como en su relación conmigo a nivel transferencial.

 

Nos encontramos con un alejamiento afectivo en el que la realidad con el objeto externo queda absolutamente distorsionada, teñida por la amenaza constante de que las maniobras intrusivas, en relación al objeto interno, sean descubiertas y, por tanto, ser expulsado de ese refugio nar-cisista de características tan omnipotentes. Por otra parte, en esta forma de relación, quedan borrados los límites entre self y objeto lo cual, por un lado, ofrece las garantías del poder omnipotente, pero, por otro, es un impedimento para un verdadero desarrollo psíquico.

Otra consecuencia importante de esta falta de dife-renciación entre self y objeto sería la inevitable interfe-rencia en la formación de símbolos, por lo que el pensa-miento queda seriamente afectado. Bion (1984) formuló su teoría sobre el origen del pensamiento como el resulta-do de acontecimientos emocionales tempranos entre la madre y el bebé, decisivos para el establecimiento de la capacidad para pensar. Conceptualiza la mente como la organización para pensar sobre la experiencia emocional. Por lo tanto si lo que ha sucedido es un alejamiento de la emocionalidad, no hay posibilidad para el verdadero pen-samiento.

De modo que, cuando hacemos referencia a pacientes del “Claustro”, estamos aludiendo a personas con una pre-cariedad psíquica importante, generalmente con trastornos del pensamiento, lo que les hace muy susceptibles en las relaciones personales, desconfiados, necesitados de impo-ner sus criterios. Una discrepancia se convierte en un ata-que, interpretan cualquier intervención como una estra-tegia para manipularlos, privarlos de libertad o aprove-charse de su estado de necesidad.

Además, debido a la dominancia de la Identificación Proyectiva e Intrusiva en los vínculos que establecen, estas personas son capaces de captar la actitud interna y los estados mentales de su interlocutor. Por esta razón es que anteriormente mencioné que me parecía que con estos pacientes, prisioneros del Claustro, eran fundamentales los requisitos que Meltzer, desde su buen hacer analítico, señalaba como inherentes al método (disposición implícita del analista al sacrificio, sinceridad, el compromiso a reconocer errores, el sentido de responsabilidad, etc.).

Si el terapeuta, a pesar del omnipotente encierro nar-cisista al que se enfrenta, es capaz de acercarse a esta implícita precariedad psíquica y sinceramente se siente bien dispuesto a la titánica lucha por rescatarlos de su bunker defensivo, creo que son personas particularmente dotadas para captarlo y, a pesar de sus grandes temores, ir haciendo esfuerzos para salir de su celda dorada en la que agonizan privados de todo contacto afectivo.

 

Hecha esta introducción teórica al concepto de “Claustro” propuesto por Meltzer (1992), paso a exponer un caso clínico a través del que intento tanto una ilustración de la teoría y su función, como reflexionar sobre las vicisitudes del proceso terapéutico.

 

“Soledad”

 

El nombre del caso que voy a presentar, eviden-temente no responde al nombre real de mi paciente, pero si hace referencia a su manera de relacionarse. Se sentía siempre sola y excluida de todo tipo de vinculación afectiva, y se quejaba de la falta de consideración que casi todos tenían con ella.

 

Soledad llegó a mi consulta en un momento de gran desesperación. Atravesaba por una situación laboral muy problemática, acusaba a sus jefes de exigencias y maltra-tos a nivel psicológico

En el momento de la consulta tenía veinticinco años. Físicamente, destacaba por su belleza: alta, morena, de buen tipo, muy cuidada y moderna en el vestir; hecho seguramente favorecido por su trabajo, relacionado con el mundo de la moda.

Era la menor de cuatro hermanos, todos los otros eran varones. Sus padres nunca se habían llevado bien y cuando ella era adolescente acabaron separándose. Fue una niña tranquila que no dio problemas. Según mani-festó, desde pequeña se encerraba en sus fantasías y así se alejaba de las situaciones que le resultaban difíciles.

La visión que tenía de su familia era que todos iban a la suya, su madre quejándose constantemente del padre, pero, según ella, muy poco preocupada por los hijos a los que prestaba poca atención.

Había tenido juegos sexuales con uno de los her-manos que además la utilizaba para atraer a sus amigos. Con el padre tenía una relación difícil, a veces estaba de buen humor y se le acercaba, pero ella desconfiaba de esos acercamientos. Otras veces era autoritario e injusto.

En lo referente a su vida amorosa, había salido con varios chicos, pero con ninguno llegó a tener una relación duradera. Durante el tratamiento, inició una relación más estable, pero con una persona con la que vivía episodios bastante dolorosos, ya que él era casado, promiscuo y consumidor de drogas.

Tenía estudios universitarios y había conseguido tra-bajar como temporal en temas relacionados con sus estu-dios. En este periodo de prácticas, había tenido dificul-tades de tipo laboral.

La empresa en la cual empezaron los problemas de carácter más serio fue la primera empresa en la que entró como fija en la plantilla. El problema había surgido con su jefa que, según ella, era una persona arbitraria y la mal-trataba porque le hablaba mal y la mandaba a hacer cosas que no le correspondían.

A consecuencia de ello, se sentía muy deprimida, con episodios de gran ansiedad y llanto. Después de unos me-ses, en que esta situación llegó a su clímax, negoció un acuerdo para marcharse.

Fue en ese momento cuando se decidió a pedir ayuda psicológica. No tenía una economía muy solvente, así que acepté ajustar mis honorarios para que –como mínimo– pudiera tener dos sesiones semanales, ya que se encon-traba en un momento de gran desbordamiento.

 

Al poco tiempo, encontró otro trabajo con el cual inicialmente estaba muy ilusionada, pero no tardó mucho en volver a repetirse la historia, “corregida y aumentada”. Posiblemente, porque la nueva jefa resultó ser peor per-sona que la anterior y se dedicó a hacerle la vida imposi-ble dentro de la empresa. Constantemente, se daban situa-ciones de rivalidad en las que, según ella, la jefa le ponía zancadillas. Su visión del lugar de trabajo era el de una jungla en la que sólo sobrevivían los más hábiles en las malas artes del engaño y la manipulación.

Aunque sufría muchísimo, no se decidía a marchar por miedo a que se corriera la voz de que ella era la con-flictiva y también porque había idealizado a un directivo de esa empresa y lo sentía como el aliado que la salvaría de aquel infierno.

Al final, la acabaron despidiendo. Llevó el caso a los tribunales, acusándolos de mobbing. La empresa no quiso llegar a ningún acuerdo, prefirió ir a juicio y presentó pruebas en sentido contrario, según ella, todas falsas. Inclusive, el directivo que ella pensaba que sería su sal-vador, declaró en su contra.

 

 


Sobre la transferencia y la técnica

 

Mientras todo esto ocurría en el mundo externo, en el consultorio se desarrollaba un drama paralelo.

 

Al principio, lo que destacaba era su gran alejamiento emocional. Todo lo narraba en el mismo tono y tenía una risa automática que constantemente utilizaba, aún cuando narrara cosas supuestamente tristes.

 

En cuanto a mis intervenciones, si no eran en la línea esperada por ella, se desataba una gran persecución, que poco a poco fue disminuyendo, pero me hacía ir con mu-cho cuidado porque fácilmente se sentía atacada, criticada. Partía de la certeza de que yo estaba aliada con sus enemigos y compartía sus juicios en contra de ella.

 

Sesión tras sesión, sólo me explicaba las trampas que le ponía la malvada jefa. Yo casi no podía intervenir. Imposible interpretar cualquier movimiento psíquico a nivel inconsciente. Si en algún momento hice algún acercamiento a este nivel, sólo conseguí desatar rechazo y una actitud defensiva expresada a través de un discurso lleno de justificaciones y racionalizaciones muy alejadas de un verdadero contacto emocional.

 

Me parece interesante citar aquí a Meltzer cuando refiriéndose a los pacientes en el “Claustro” nos dice: “Sólo con el establecimiento en la realidad psíquica del pecho-inodoro como un objeto, a través de la experiencia de verlo externalizado en la trans-ferencia, se hace posible el abandono de la identi-ficación proyectiva masiva, dado que este meca-nismo tiene como objetivo escapar de una identidad infantil intolerable. Cuando a través de la mo-dulación del dolor se ha hecho posible una identidad se-parada, se ha abierto el camino para otros pasos en el desarrollo, […]” (Meltzer-Claustrum, 1992)

 

Teniendo en cuenta esta necesidad inconsciente, pero necesaria, de que yo pudiera ser ese “pecho inodoro”, “objeto parcial que puede ser valorado y necesitado pero no amado” (Meltzer, 1992), iba intentando, con mucha cautela, hacerle notar la visión que dominaba en nuestra relación en la que yo fácilmente dejaba de ser su terapeuta para convertirme en un terrible juez que la condenaba, o en aliada de sus enemigos.

 

A continuación, un sueño que da cuenta de su visión de la vida y su entorno:

 

“Estaba en un campo de exterminio, era como si hubiera una chica que tenía que atar a otras dos chicas con una cuerda y las tiró por el barranco. Tenía la sensación de traición. Era como si tuviera que hacer eso para salvarme.

Viene el marido a buscarla. Se va con él y un carrito en el que llevan dos niños. Bajando hay un barranco, tiene miedo de que se le escapen los niños por el barranco, el miedo de que les pase como a las chicas porque es como si se lo mereciera…”.

 

Como se puede apreciar en la narración del sueño –que he preferido transcribir literalmente–, hay una con-fusión importante, no se sabe cuando está hablando de ella o de otro personaje, confusión que yo identifiqué como relacionada con escisiones importantes que alteraban su pensamiento, al no permitirle la integración de senti-mientos tan diversos y rechazados.

No obstante, en el trabajo del sueño con ella, lo que resalté fueron los aspectos esperanzadores que surgían a pesar de transcurrir en un campo de exterminio; la posi-bilidad de sentirse en pareja, la preocupación por el cui-dado de los niños, las ganas de salvarlos, el temor a no poder hacerlo por los sentimientos de culpa que hacían temer el castigo, etc.

 

Otra característica que destacaba en la relación tera-péutica es que constantemente llegaba tarde y rechazaba todo intento de pensar sobre ello, siempre tenía la justificación adecuada. Aunque, poco a poco, fue ganando terreno la confianza y pudimos entender, por ejemplo, que llegar tarde era una forma de rebelarse ante lo que ella consideraba como un sometimiento a mis necesidades. Igual sentido tenían las interrupciones por vacaciones, los honorarios, etc.

 

Pero uno de los aspectos que más me preocupaba era el que, en una serie de momentos, a nivel contratrans-ferencial, yo sentía un profundo rechazo hacia una serie de actuaciones faltas de toda ética, pero que ella encontraba absolutamente justificadas, y –lo que es peor–, en varias ocasiones yo misma me sentí maltratada por su actitud cínica y falta de consideración hacia nuestra relación y el encuadre convenido.

Era cuando me resultaba imprescindible recurrir al continente de la teoría para que me ayudara a pensar, y poder así acercarme a la niña resentida, presa en la cárcel de su omnipotencia y grandiosidad narcisista. Sólo así pude ir venciendo la presión de aliarme con un Super Yo cruel del que ella me hacía partícipe, y que me hubiera llevado a interpretar los aspectos defensivos alejándome de las ansiedades más profundas que estaban en juego.

Nuestro trabajo se mantuvo durante cinco años y medio, al cabo de los cuales se tuvo que interrumpir por-que ella, por razones laborales, se vio obligada a marchar a otra ciudad de España. Con este motivo, las ansiedades de separación que se pusieron en marcha, recrudecieron antiguos conflictos en los que yo me volvía a convertir en ese objeto vengativo que no iba a tolerar que ella se fuera.

No obstante, tuvimos la oportunidad de acercarnos a sus múltiples motivaciones conscientes e inconscientes, y pudimos entender que había aspectos muy saludables de ella puestos en juego, inclusive su marcha resultaba casi necesaria también desde un punto de vista interno, ya que el vivir tanto tiempo prisionera en un “Claustro” (Meltzer, 1992) la había hecho temerosa para enfrentarse a nuevas situaciones, más aún fuera de la ciudad de la que nunca se había podido mover.

 

 

Conclusiones

 

A través de lo expuesto, he querido en primer lugar expresar mi profundo agradecimiento a D. Meltzer por su infinita generosidad, por habernos enseñado a pensar con libertad, y sobre todo por ofrecernos la posibilidad de acceder a la dimensión estética del método.

 

Desde el punto de vista de la técnica, a partir de un caso clínico, he intentado resaltar la función de las teo-rías, en este caso la teoría del “Claustro”, remarcando la importancia de que puedan actuar como continentes de nuestra emocionalidad, un requisito que creo nos puede ayudar a mantenernos firmes, pero a la vez flexibles y tolerantes.

Actitud imprescindible en el difícil tratamiento de pacientes cuyo proceso madurativo se ha visto obstruido por el establecimiento precoz de un tipo de vínculo en el que la diferenciación con el objeto ha sido anulada, quedando el pensamiento seriamente afectado, convir-tiéndose así en prisioneros de un “Claustro” (Meltzer, 1992), marginados de su propia afectividad y, por tanto, alejados de la belleza del mundo.

 

 

 

Bibliografía

 

BION, W. R., (1970): Volviendo a Pensar, Bs. As., Ed. Hormé, 1972.

 

–– (1970): Atención e Interpretación. Bs. As., Paidós 1974.

 

KLEIN, M. Obras Completas. Bs. As., Paidos-Hormé 1974

 

–– (1932): “El Psicoanálisis de niños.”

 

–– (1946): “Notas sobre algunos mecanismos esquizoi-des.”

 

–– (1952): “Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del lactante.”

 

MELTZER, D. y HARRIS W., M. (1988) La Aprehensión de la Belleza. Bs. As., Spatia ed., 1991

 

–– (1992): Claustrum, Bs. As., Spatia ed., 1994.

 


EN TORNO DE LAS INTERPRETACIONES

 

Claudio Bermann

 

 

“Presa en laurel la rama fugitiva”

Lope de Vega

 

 

La interpretación nace al mismo tiempo que el psicoanálisis. En una primera época era la verdad, hallada por el psicoanalista, que se le transmitía al paciente; y se esperaba que condujera inmediatamente a cambios. Al observar que tal cosa no ocurría, Freud percibió que se precisaba una continuidad en el trabajo y habló de durcharbeiten, que algunos tradujeron por “perlabo-ración” (la palabra alemana quiere decir, en realidad, trabajar a lo largo de…, vendría a ser un tiempo.) En este trabajo, cuando hablamos de la interpretación nos referimos fundamentalmente a un intento de comprensión analítica, a una formulación que comunicamos al analizante y también a qué hace éste con aquello que le hemos transmitido. Tal vez podamos decir que la comprensión psicoanalítica nada tiene que ver con identificarnos con el paciente, ni siquiera en la primera entrevista, ya que nuestra ayuda puede consistir en ayudarle a pensar y para ello es imprescindible poder diferenciarnos de él. Esto es algo que Freud tenía muy claro y por eso rechazaba las formulaciones de algunos analistas (Ferenczi, 1928) de poner la empatía como centro del trabajo psicoanalítico. (En los últimos años la empatía ha sido enarbolada por grupos de analistas –Kohut y sus seguidores, y los que propalan el “psico-análisis relacional”– que parecen empeñados en una sim-plificación del psicoanálisis.)

Pero ubiquémonos en la situación analítica. Cuando Freud formuló la regla fundamental de la asociación libre y la atención libremente flotante, lo hizo teniendo in mente la censura y la necesidad de escapar a ella. Pero también podemos entenderla como un “juego” con sus reglas: como algo que permite “soñar” en sesión. Carece de la fluidez en la aparición de elementos procedentes del inconsciente que tiene el sueño, esto es, hay notoria pre-sencia del proceso secundario; pero por otro lado el diálogo que se produzca puede llevar a que aparezcan experiencias emocionales. Y esto nos tiene que llevar a la receptividad del analista.

Podemos pensar que un requisito para la receptividad sea un suficiente contacto del analista con sus objetos internos. Quizás el punto de partida sea la disponibilidad en que procuramos ubicarnos cuando seguimos la reco-mendación de Freud referente a la atención flotante. Como señala B. López (1984), es una actitud consciente de no-comprensión que permite que lleguemos a sorpren-dernos por lo que el paciente nos va comunicando. Utili-zamos diversas modalidades sensoriales, como él destaca, en una tarea de “traducción” que va de una a otra. La atención flotante es así “un modulado pasaje de un mo-delo representativo a otro o como una transformación que se inicia en uno de ellos y se extiende a los restantes en una operación donde la reversibilidad y la oscilación es una constante” (p. 771). Esta tarea puede verse interferida por “coagulación” en diversos modelos receptivos o por los pre-conceptos del analista, además de por las emo-ciones que pueden despertarse en la contra-transferencia.

Todos sabemos que prestamos atención al lenguaje del paciente, a las maneras que tiene de usarlo, a las repeticiones en el discurso; y no sólo a lo que dice, sino también a lo que muestra. La música de su elocución no nos es ajena, y prestamos atención al tono, a la intensidad, a las notas de emoción que pueden aparecer; y también al ritmo, que con tanta penetración ha estudiado Susanna Maiello (1998), que en ocasiones parece marcar un acom-pasamiento entre sus verbalizaciones y nuestros pensa-mientos.

Todo esto lo hacemos utilizando los instrumentos que ya están en nosotros: los conceptos psicoanalíticos con que nos manejamos; la lectura en términos del mundo interno, que nos lleva a imaginar una “personificación” dentro del escenario mental (¿”quién” nos está hablan-do?); la percepción del “punto de urgencia” que nos lle-vará a la angustia inconsciente; estamos usando también nuestras propias experiencias emocionales. Tenemos pre-sentes otras cosas a las que también prestamos atención: a los relatos, como relatos de actuaciones; a las formas de pensar del paciente, etc. Y estamos animados con una determinada intencionalidad, que es la de privilegiar la emocionalidad, lo animado frente a lo inanimado, lo dinámico frente a lo estático.

 

El hecho seleccionado

 

Como se puede deducir, esto que vengo comentando nos lleva al hecho seleccionado, que es como Bion llama al complejo proceso que lleva a que elementos que antes eran conocidos pero estaban dispersos, se organicen en un nuevo conjunto significativo, esto es, que una masa de fenómenos aparentemente inconexos sean unidos por una intuición repentina. Puesto en lo que podría ser el relato de una sesión, sería aquello que, provisto por el paciente, nos permitirá, después de una sorpresa inicial, llegar a una configuración, a dar una forma y una nominación; esto permite que en la sesión se llegue a configurar un con-tinente y un contenido. Para abreviar lo llamaremos el hallazgo de D, partiendo de que en las formulaciones de Bion: PS<–––>D, el primer término alude a lo disperso y D, a lo que se reúne. Cuando hay un fallo en D no podemos hablar de continente y contenido; esto dificultará que se pueda crear, u obtener, o luego incrementar, el significado. Me parece que se puede aproximar el hallazgo de D al encuentro con el objeto estético, ya que presenta ante paciente y analista algo nuevo, diferente, que inmediatamente les confronta –con el necesario acompañamiento de elementos de confusión– al impulso a investigarlo y, al mismo tiempo, a desconocerlo.

Creo que tenemos que pensar que D tiene un cierto carácter fugitivo: por ello he puesto en el epígrafe inicial el hermoso verso de Lope de Vega. Así, D es seguido por un nuevo PS, luego otro D, y así ad infinitum. Bion es muy claro cuando, construyendo teoría (1963), caracteriza a PS “como una nube de partículas [fragmentadas, o dispersas] capaces de unirse” y a D “como un objeto [integrado] capaz de fragmentarse y dispersarse”; es decir, la referencia no es a un estado evolutivo, por más que se tomen prestados los nombres que Klein había acuñado, sino a una característica del funcionamiento mental. Dado que gracias al hallazgo de D se percibe que hay cosas nuevas a investigar, es necesario o inevitable que PS le siga. En ese caso no se puede hablar de regresión, ni siquiera a sistemas defensivos anteriores, como hace Joseph (1989) refiriéndose a una paciente que tenía capacidad de enfrentar al dolor depresivo.

Si pensamos que PS puede dar lugar al hallazgo de D, que luego da lugar a otro PS, no podemos coincidir con lo que postula Britton (1998), de que llega un momento en que se configura un D patológico (“D path”) en el cual el paciente se instalaría para no enfrentarse a las angustias de la posición esquizo-paranoide. Me parece una contradictio in adjecto, ya que en ese caso se trataría de un falso D (equiparable a la simulación del hecho seleccionado por un hecho fortuito externo, tratándose, en este último caso, sólo de una “armonización” de elementos beta); y el conjunto del proceso sería lo que Bion denomina –PS<–––>D (anti PS<–––>D). El D patológico al que se refiere Britton sería que, en realidad, lo que en un momento fue D ha perdido su estructura y sólo semeja D (busca parecérsele). Pensar que D puede conservarse como tal y no alterarse habla de un concepto estático y no dinámico. Lo que Britton propone parece ir a sustentar las ideas de Steiner (1993) en torno de los “retiros psíquicos”, que tendrían básicamente las características de escapar a las angustias propias de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva; o sea, nada que ver con Bion.

Cuando un paciente pretende instalarse en un falso D puede estar haciendo uso de la reversión de la perspectiva, que Bion caracterizó y ubicó dentro de las organizaciones psicóticas como el intento de convertir lo dinámico en estático. Para el analista se trataría de operar una marcha que abra el camino a la emocionalidad; en otras palabras, de tornar aquello inanimado en animado.

 

Ilustración clínica

 

Pienso que lo acontecido en una sesión puede ayudarme a ilustrar un uso especial, muy sutil y al mismo tiempo disociado, de la reversión de la perspectiva. El paciente es un hombre de más de cincuenta años que hace un buen tiempo que está en análisis con una frecuencia de cuatro sesiones por semana; se trata de un segundo análisis. Es una persona muy inteligente, pero sus carac-terísticas narcisistas no le han permitido obtener los resultados que cabría esperar de sus condiciones. En los años transcurridos entre su primer análisis y el actual desarrolló un método de “auto-análisis”, según él lo califica, que se caracteriza, sobre todo, por ejercicios explicativos y finalmente auto-exhortativos, que le per-miten salir de estados transitorios de decaimiento anímico; también los practica durante las separaciones: fines de semana y vacaciones. Colabora con el tratamiento, pero con cierta frecuencia tiende a malentender las interpreta-ciones; esto lo realiza a través de la “traducción” que de ellas hace para integrarlas dentro de sus esquemas. Pro-cura ser honesto, aunque se podría decir que todavía, antes que amar a la verdad, odia la mentira.

Comienza la última sesión de la semana relatando dos sueños de la noche anterior. Del primero recuerda sola-mente que: Había un combate, aunque quizá se tratara de una colaboración; sería como una batalla amistosa. En un momento alguien dice esta frase: “El capitán es un hombre muy difícil”. En el segundo sueño va a vender su piso; hay algún miembro de su familia que dice que no tiene tanto valor. Experimenta una especie de decepción. Una chica de la familia le dice: “Pero luego te en-contraste con que no había balcón para asomarte”. Piensa y ve que hay como una ventana-balcón. Al ver el poco interés que sus parientes tenían en el piso, se apartó y se desinteresó.

(Se dejó de lado la lectura de los elementos edípicos del material: padre/analista-capitán como hombre muy difícil y madre-piso devaluada, sin balcón-pecho, que habían sido vistos en numerosas sesiones previas, porque en esa sesión surgió el interés por ver qué hacía el paciente con las interpretaciones.)

Asocia el combate amistoso con el análisis, haciendo referencia a las anteriores sesiones de la semana. Y el cambio de piso, con posibles cambios en él, de lo que también se había hablado en sesiones anteriores. Dice que no sabe si los personajes que hacen crítica son aspectos de él, de autocrítica.

Al señalamiento de que uno de los personajes, al decir que no había balcones, apuntaba a que no había medios de comunicación con el exterior, asiente y agrega que re-cuerda algo que lo había entristecido, relacionado con la época en la que compró su piso: que en aquel entonces tenía la sensación de estar engañando y tenía miedo de que le hicieran devolver lo adquirido. No sabe si apuntaría por ahí: grandes cambios, grandes adquisiciones, y que tenga miedo.

Al interpretársele que tenía miedo de agradecer al analista por los posibles cambios (tema recurrente en numerosas sesiones a lo largo del tratamiento), porque podría vivirlo como “quedar en deuda”, recordó que en su infancia adquirió un trompo que deseaba mucho y luego se lo quitaron. Habla después de una tónica general que le es propia: que no tiene nunca deudas. Y recuerda a una persona que conoce, la que está convencida de que vale muy poco y que solía verse llevada a tener relaciones sexuales con sus superiores, a la que le comentó que se veía obligada a pagar en especie. Alude, recordando sesiones anteriores, al peligro que para él puede representar el recibir. Y se pregunta qué le pasa cuando, al desear tanto algo, tiene miedo de que se lo habrán de quitar.

La interpretación siguiente aludió a la disociación: que al asociar con aquella paciente había una respuesta a lo que se le había comentado; y que cuando piensa en que le habrán de quitar algo deseado se refiere a una amenaza impersonal, a lo que él ya traía pensado.

Respondió que lo que se le había dicho le había “tocado”, y que le había evocado que en él había aspectos delicados, nada aparatosos, y que veía que él no los consideraba. Y que mientras estaba escuchando había imaginado que terminaba el análisis y hacía un muy valioso regalo al analista, para lo cual buscaría a gentes que le conocieran para informarse acerca de sus prefe-rencias: que le gustaría acertar en lo que al analista le provocase intensa alegría. Y que a veces fantaseaba con que le editaban alguna de sus obras y se la dedicaba.

Se le interpretó nuevamente la disociación: el regalo “valioso” como algo pensado para causar impresión, en tanto que la dedicatoria del libro podría ser una respuesta afectiva que, teniendo en cuenta el orden de las asocia-ciones, podía ser escamoteada.

Decía más arriba que éste puede ser un ejemplo de uso disociado y a la vez sutil de la reversión de la pers-pectiva. A las interpretaciones el analizante responde en una doble vertiente: por un lado, tratando de despojarlas de su cualidad de impacto emocional al procurar integrar-las en su habitual esquema de pensamiento; por el otro, asociando, lo que permite la continuación del trabajo ana-lítico. En la primera vertiente estaríamos, más que ante un ataque a la verdad –que sería propio del delirio–, frente a la ausencia de verdad, que puede llevar al empobreci-miento o a la inanición mental; en la segunda, ante la posibilidad de abrir el campo a la emocionalidad, con las posibilidades que ella ofrece para el crecimiento mental. Este mismo paciente, en una sesión posterior, aludió a una probable experiencia dolorosa en el curso del tratamiento; dijo: “Lamentaría llegar a darme cuenta de que tengo formas obscuras de escuchar”.

¿Características de la interpretación?

 

Es evidente que las cualidades que le otorguemos a la interpretación dependen del concepto que de ella tenga-mos y de los objetivos que le adjudiquemos. Si pensamos que ha de constituir una explicación –por tanto, saturada– que le ofrecemos al paciente de lo que sucede en su psiquismo, estamos colocándonos en una situación de ya-saber; presuponemos también, en ese caso, que no nos estamos refiriendo a algo nuevo, sino sólo a repeticiones de situaciones pretéritas de las que ya tenemos algún “conocimiento”, sea por nuestros pre-conceptos teóricos o por inferencias obtenidas en el curso del análisis. En este último caso nuestro esfuerzo imaginativo habrá de ser necesariamente pobre y puede llevar a que nos conside-remos satisfechos con los conocimientos de que dispo-nemos. Y de las interpretaciones que formulemos puede interesarnos más saber qué hace el analizante con ellas, que la tarea de validarlas, que preocupa a muchos ana-listas.

Para Bion (1997) la interpretación es el complemento, menos esencial, de lo más esencial, que es la observación correcta. Con Meltzer hemos aprendido (l986-99, 1992) que puede ser una descripción que permita al analizante ir tomando contacto con aspectos disociados de su self. En todo caso, si partimos de la idea de que la tarea psico-analítica se enmarca dentro del trabajo de crecimiento psíquico, que es exponencialmente infinito, la función de la interpretación es ir abriendo campo en la exploración mental que el paciente realiza conjuntamente con no-sotros.

La palabra alemana deuten se traduce por in-terpretar. Tiene también la acepción de señalar, incluso con el dedo; y, en sentido figurado, anunciar. No cabe duda de que la intención de Freud (1900) se refería a la interpretación de los sueños en tanto lectura o explicación de algo oscuro. Pero también nos vale señalar con el dedo, apuntar a algo cuya explicación aún no tenemos, pero que sentimos como indicativo de algo a descubrir; no en vano Freud señalaba (1900, 1915-16) que el núcleo del sueño está en el punto que aparece como el más oscuro, aquel cuya lectura hay que procurar.

Ello nos demanda un esfuerzo imaginativo, ya que hay algo que no sabemos. Esta especulación imaginativa no nos es ajena. Castoriadis (1995) ha señalado, con fino humor, que la imaginación es lo característico de los seres humanos, en tanto que la lógica es común a otros ani-males; piensa, con razón, que la preocupación de Freud por la lógica es excesiva, y sobre todo en alguien que utilizó la imaginación como instrumento princeps. La imaginación especulativa es muy importante para Bion (1997), quien señala que aunque sea psicótica (es probable que en esto la referencia sea Newton, cuyos diarios Bion pudo conocer gracias a lord Keynes) puede constituirse en etapas en el camino de lo que finalmente veremos como científico. Dice que cuando alguien ha permitido a su imaginación, tan honestamente como le es posible, jugar con el material y decirlo en los términos que ha po-dido, entonces puede señalar la naturaleza del producto; y no importa cuál haya sido el estado de ánimo que se tenía cuando se observó.

Pensamos que la imaginación es un componente esen-cial del instinto epistemofílico. Cuando Meltzer (1988) da substancia al ejercicio de la necesidad de saber, señala que se hace a través de la respetuosa penetración imaginativa en el objeto cuyo misterioso interior se desea conocer. Britton (1998), que erróneamente, a nuestro juicio, incluye a la creencia en el instinto epistemofílico, recuerda a Wordsworth y Coleridge (1800, 1818), que distinguieron tres tipos de imaginación: a) primaria, que es “el poder viviente y el agente primario de toda percepción humana”; b) imaginación secundaria, que es un eco de la primera, “disolviendo, difundiendo, disipando para luego recrear, luchando por idealizar y unificar”; y c) el fantaseo, que es inferior. Creo que las dos primeras, según las caracterizan ambos poetas, pueden entenderse como la evolución de experiencias emocionales. Sabemos que cuando trabaja-mos estamos atravesando por experiencias emocionales; si podemos tolerar en nosotros mismos la confusión y la turbulencia, si no nos evadimos hacia un acting-out interpretativo, podemos hacer uso de nuestra imaginación y ayudar a nuestros pacientes a hacer lo mismo. No se trata de hallar la interpretación exacta, como procuraba Glover (1928), si es que ésta existe, sino de proseguir una investigación, una búsqueda de conocimiento. Entende-mos que los objetos internos tienen fuerza, lo que es un componente importante de su cualidad de concretos. ¿Po-demos aspirar a que nuestras interpretaciones realicen tareas equiparables a algunas de las de los objetos inter-nos? A veces nuestros pacientes se quejan de que somos demasiado duros, o incisivos, con ellos; pero nos sentimos amparados al respecto por la afirmación de Bion (1963) de que: “Todo incremento de insight depende de la medida en que el paciente ha sido forzado a digerir la interpretación de manera de producir un cambio en su punto de vista”. De lo que se trata, en todo caso, sabiendo que no perseguimos la interpretación exacta, es de poder ir ampliando el diámetro del círculo.

Tenemos presente que nuestras interpretaciones son aproximaciones. Que tienen la misma cualidad de fugi-tivas que el hecho seleccionado. Que estamos siempre lu-chando contra la evitación del dolor, la cual lleva a los pacientes a elegir un vértice específico para escotomizar el pensar, ante lo cual procuramos multiplicar los vértices para hacer una prueba de realidad psíquica. Que utiliza-mos un lenguaje metafórico, lo cual no quiere decir cons-trucción de símbolos; en todo caso, utilizamos símbolos “prestados” por nuestros analizantes. Que estamos oscilando –tal como nuestros pacientes– entre una pre-tendida “claridad de insight” y ansiedades confusionales que siempre estamos tentados a evadir. Que no podemos estar buscando la creatividad sino que, en todo caso, la imaginación está en cada uno, en nuestros pacientes y en nosotros. Que el proceso de aprendizaje es largo y no tiene final: que no hay en él, por tanto, ni “ya”, ni “ahora”. Lo que podemos aprender de nuestras interpretaciones es que son sólo intentos de ir abriendo camino. Recuerdo en este momento la frase del cirujano francés que Freud menciona en uno de sus escritos técnicos: “Je le pansai, Dieu le guérit”. Para el trabajo analítico nosotros somos solamente como ese cirujano y Dios son los objetos in-ternos que han podido ser rehabilitados.

Bibliografía

 

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LAS DIMENSIONES DE LA VIDA MENTAL

 

Miriam Botbol

 

 

Hay personas que,

cuando se marchan se quedan;

que, cuando salen, entran.

Y se percibe su presencia, su presencia real,

durante mucho tiempo.

Juan José Millás

Cuando Meltzer murió, mi diálogo con él entró defini-tivamente en aquella dimensión introyectiva en la que puedo seguir nutriéndome con sus enseñanzas, aunque nunca más vuelva a escucharlo de modo directo,. En este sentido, y como homenaje, decidí escribir este artículo en el que hablo del primero y del último paciente que super-visé con él, de los interesantes conceptos que emergieron de dichas supervisiones (muchos transcriptos textualmente para beneficio del lector) y presento algunas observacio-nes acerca de lo que considero que la experiencia de aprendizaje favoreció en mi crecimiento como terapeuta

 

Donald Meltzer solía producir fascinación en aquellos a los que supervisaba por su notable capacidad para abarcar un caso en su totalidad. Imaginaba y transmitía con gran vivacidad la personalidad del paciente y se adelantaba al material que se le leía. “Esto que usted dice aparece en la próxima sesión”, solía comentar el terapeuta con admiración, una y otra vez, en diferentes países del mundo.

 

De los casos que presenté a supervisión, entre Xavi, el primer paciente, y Juan, el último, hay catorce años de distancia. Y muchas diferencias entre ellos: Xavi era un niño de diez años, nacido con hidrocefalia, que presentaba serias dificultades de evolución, en tanto que Juan era un hombre de cuarenta, con una brillante carrera profesional y una familia estructurada que, sin embargo, vivía empo-brecido por sus limitaciones emocionales, sus miedos, su adicción a internet y la sensación de estar desperdiciando su vida.

En ambos casos la supervisión fue larga; ocupó una mañana entera durante la cual se habló en profundidad no sólo de los casos sino de lo que evocaban en Meltzer. Con Xavi, nos habló del paso de la bidimensionalidad a la tridi-mensionalidad matizando las diferencias en el concepto de bidimensionalidad en la obra de Esther Bick, de Wilfred R. Bion y en la suya propia. Con Juan, habló de Guerra y paz de Tolstoi, de la obediencia y de la libertad, del temor a herir y del temor a amar… y de técnica psicoanalítica.

 

Entre una presentación y otra puedo detectar dife-rencias en mí, puedo “intuir” que he crecido como tera-euta– utilizo esta palabra, al decir de Meltzer, como “afirmación aceptable de una percepción inconciente”– por lo que, al final de este trabajo, intento dar forma a esta “intuición” reflexionando sobre algunos puntos que este crecimiento implica.

 

Cuatro dimensiones

 

Antes de presentar la supervisión de Xavi, en la que bidimensionalidad y tridimensionalidad serán conceptos que se mencionen con frecuencia, creo que es útil recordar lo que plantea Meltzer en su libro Exploración del autismo (1975) sobre las dimensiones de la vida mental, en el que describe cuatro, que intentaré resumir:

 

En un extremo, el mundo unidimensional (sustancial-mente sin mente) que sólo consiste en una serie de eventos no disponibles para la memoria o el pensamiento.

En el otro, la formación de un mundo tetradimen-sional, que sólo puede comenzar cuando ha disminuido la omnipotencia. El mecanismo que predomina en este mun-do es la identificación introyectiva, que tiene carac-terísticas muy diferentes a las de las identificaciones narcisistas. Además, una condición necesaria para que se establezca es el desarrollo de la capacidad de renuncia.

En cuanto a la tridimensionalidad, al hacerse efectiva la función de esfínter se abre la potencialidad de un espacio y, por ende, de un continente. Así, cuando surge el concepto de orificios (en el objeto y en el self) la visión del mundo en su totalidad se eleva a un nuevo nivel de complejidad. La identificación proyectiva es el mecanismo que se comienza a utilizar, y de este modo la tridimen-sionalidad se constituye en una dimensión de la vida mental. Hay que resaltar que el sentimiento de ser ade-cuadamente contenido es una precondición para la expe-riencia de ser un continente capaz de contener.

El concepto de bidimensionalidad implica que “la significación de los objetos se vivencia como inseparable de las cualidades sensuales que pueden captarse de sus superficies”; Meltzer lo desarrolla en su investigación sobre los niños autistas, pero amplía este concepto al hablar de la superficialidad como una organización de carácter que sitúa entre la desmentalización y la pro-fundidad en la experiencia de la vida. Por eso, la paciente que pone de ejemplo no era capaz de distinguir muy bien entre su analista, su médico o su peluquero.

Se puede ver que el campo de aplicación de esta idea es vasto. Tanto, que también incluye la práctica del ana-lista al decir: “En los círculos psicoanalíticos hay mucho de esta actividad amental observable cuando se tiende a utilizar los términos técnicos y la jerga como slogans

 

 

Bidimensionalidad en Bion, Bick y Meltzer

 

Durante la primera supervisión Meltzer hace un desarrollo teórico muy interesante que creo útil incluir textualmente.

 

“El concepto de bidimensionalidad apa-rece como un concepto bastante indepen-diente que se elaboró en forma diferente en los trabajos de Bion, de Mrs. E. Bick y en el mío propio.

 

En la obra de Bion aparece como parte de su teoría del pensamiento cuando distingue las áreas simbólica y no simbólica de la mente, a partir de la distinción que hizo entre las personalidades endoesqueléticas y exoes-queléticas –ya que todas las personas tienen un exoesqueleto que vuelcan hacia el mundo, y un endoesqueleto que pertenece más al área de sus relaciones íntimas y consigo mismos.

En los trabajos de Mrs. Bick surgió como algo más relacionado con lo que ella deno-minó la personalidad contenida por la piel, a modo de una segunda piel que se da en las personas que no son capaces de contener sus objetos. Algunos niños se contienen a través de lo que denominó la segunda piel muscular, en que los músculos tratan de contener a los objetos; otros, tratan de contenerse y mante-nerse integrados a través del lenguaje, enten-diendo por este lenguaje aquel que no tiene en cuenta el significado de las palabras sino el que se constituye en el habla de cosas sin sentido.

 

En el trabajo en el que estudiamos el autismo, se desarrolló el concepto de bidi-mensionalidad a partir de observar cómo los niños que salían del autismo lo hacían a través de un estado de gran obsesión. Ilustra claramente que el problema central que enfrentan estos niños consiste en encontrar el camino “para entrar” y en lo difícil que les resulta sentir que pueden llegar a la mente de las otras personas, estar allí y quedarse allí.

 

Pienso que estos tres términos –endo y exoesqueleto, segunda piel y bidimensio-nalidad– describen el mismo tipo de fenó-menos y en cierta manera son intercambiables entre sí. Estos conceptos, si bien son teóricos, tienen una utilidad muy grande en la clínica”.

 

Y así, aceptando la invitación que nos hace Meltzer, entramos en la clínica.

 


De la bidimensionalidad a la tridimensionalidad: el caso Xavi

 

A la primera supervisión decidí llevar el paciente más difícil que en ese momento tenía en tratamiento: un niño psicótico de diez años, que había nacido con hidrocefalia. No sólo era difícil de tratar por lo incoherente de las se-siones, sino que también me resultaba enormemente difícil transmitir cómo lo trataba. Fue una decisión arriesgada, porque me preocupaba la situación de exponerlo públi-camente ante un grupo de colegas (a algunos de los cuales aún no conocía demasiado) y ante un psicoanalista del renombre de Meltzer. Sin embargo, pensé que llevar ese niño a supervisión era darle una oportunidad.

 

“¿Qué más puedo hacer con Xavi? ¿Cuál es el límite al que este paciente puede llegar?”, le pregunté a Meltzer. Y, con su modo característico de responder (frecuen-temente de un modo distinto al que uno espera) dijo: “Hay preguntas que es preferible no hacer”.

Creo que lo entendí. Por un lado, el techo del co-mienzo de un tratamiento no es el mismo que el del final de esa relación terapéutica. Y por otro, marcar un techo limita la esperanza. Y, en casos como el de Xavi, la esperanza sostiene el trabajo.

 

En el momento de la consulta Xavi llevaba tres años de tratamiento. Su historial médico fue muy traumático y tuvo que ser operado en numerosas ocasiones. Sin em-bargo, su aspecto era atractivo y promovía en los demás la idea (a menudo equivocada) de que comprendía lo que se le decía. Tenía una capacidad imitativa notable que uti-lizaba para dar la ilusión de que entendía las cosas…a ratos, cuando no se “despistaba”.

Lo que los padres llamaban “despistes” eran frecuen-tes desconexiones que, tanto yo como otros colegas con más experiencia, diagnosticamos como rasgos psicóticos de Xavi. Sin embargo, cuando le planteé el caso a Meltzer, él dijo que no le parecía psicótico y durante la supervisión desarrolló ampliamente la diferencia entre niños psicóticos y lesionados cerebrales no sólo en la teoría sino también en sus implicaciones técnicas.

 

Imitación y aprendizaje

 

Desde el inicio de la supervisión, Meltzer se centró en el modo de imitar de Xavi.

“Un lorito con talento”, dijo. “Si se le dice “la formula de la energía es igual a masa por velocidad, etc, etc,” y en lugar de contestar “¿¿Ehh??” contesta “¡Sí! La fór-mula de la energía, etc, etc”, no es que sea un genio, sino que tiene una gran capacidad de imitación que utiliza para dar la ilusión de que entiende las cosas.

Es posible que esté disfrazando su falta de comprensión frente a los demás y frente a sí mismo; es posible que entre su capacidad de imitación y de confabulación tenga poca experiencia de sentirse confuso e incapaz. Gracias a su facilidad en el uso de la ca-pacidad imitativa y a la confabulación deja de sentir ansiedad…Un niño como este siente demasiada poca ansiedad para empujar su desarrollo”

 

Cuando le dije que en la última sesión, antes de las vacaciones de verano, Xavi me sorprendió al conseguir atarse el cordón de las zapatillas –lo que hasta ese mo-mento le había resultado imposible– Meltzer comentó:

 

“Un niño bidimensional puede aprender muy bien y rápidamente a través de la imitación. La manera de enseñarles es ponerse delante de ellos y hacer lo que se quiera que aprendan, pero no a través de instrucciones del tipo “Esto se hace de tal manera”; son incapaces de aprender si se les enseña, como a los demás niños, explicándoles con palabras lo que hay que hacer”.

 

¿Romper o agredir?

 

Expliqué que durante la sesión Xavi recogió unas hojas de papel que recientemente le había puesto diciendo: “¡Mira lo que hago con tus hojas!” Rompió una…y siguió rompiendo… “Y con ésta y con ésta…” Le transmití a Meltzer que muchas veces me resultaba terriblemente difícil comprender cómo surgía la agresión, qué es lo que la provocaba.

 

“Un niño que funciona bidimensional-mente puede estar rascando un poco la tela a de su camisa y, de repente, hacérsele un agujero. Allí termina la inhibición, una vez ha habido una pequeña rotura ya lo rompe todo en pedazos porque no puede inhibir la agresividad. Son cosas muy primitivas. También se ve en los pájaros; si un pájaro está lesionado sus compañeros le matan”.

 

Estos comentarios me resultaron muy útiles, ya que percibir la diferencia entre romper simbólicamente –con el significado de agredir– o romper porque no se inhibe la agresión, me permitió entender otras situaciones clínicas de pacientes (no sólo niños sino también adultos) que, por ejemplo, en un determinado momento de su funciona-miento bidimensional, no pueden cesar de auto-destruirse.

 

 

¿Agredir o marcar el territorio?

 

En otro momento de la supervisión, le dije a Meltzer que durante la sesión le recordé a Xavi que era nuestra última sesión, ya que nos íbamos a separar durante las vacaciones de verano. Él se echó al suelo y, mientras decía “¡Una mierda de vacaciones!”, expulsaba gases.

“El expulsar gases en la sesión, en un neurótico o un psicótico sin lesión cerebral podrían interpretarse como un ataque, en cambio en Xavi es un intento de controlar a la terapeuta rodeándola con mierda y pedos. Un comportamiento de control a través del territorio, un comportamiento primitivo co-mo lo haría un perro que va marcando su territorio con su orina y heces. Como si intentara aprisionar a la terapeuta en ese círculo de mierda”.

 

 

Comportamientos obsesivos

 

“En los niños con lesiones cerebrales existe algo que se acerca bastante a lo que Freud formuló como el principio de Nirvana: la tendencia al control obsesivo que busca mantener las cosas como están y que no pase nada, porque tan pronto como ocurriera algo, al no ser capaz de pensar sobre ello, se entraría en un estado de confusión terrible”

 

Sin embargo, no todos los comportamientos obsesivos tienen el mismo significado. Por ejemplo, al comienzo de la sesión, cuando abrí la puerta e intenté entregarle al padre un sobre con el recibo del mes, Xavi me lo arrebató y se lo dio él. El padre antes de irse lo deja sobre una mesita y Xavi lo recogió e intentó leerlo. “¡Es de mi padre!”, dijo.

Meltzer interpretó esta conducta como el deseo de separar de forma obsesiva a los padres y comentó:

 

“Este comportamiento obsesivo que Xavi expresa con su conducta posesiva “Es mi padre” –o podría ser “Es mi terapeuta”–, está por delante de su conducta bidimen-sional– expresada en la mímica, la obediencia-deso-bediencia, etc–. Si yo tuviera que hacer una intervención no lo haría con un tono muy negativo, ya que esta con-ducta posesiva y obsesiva significa un avance en su desarrollo”.

 

Trabajar con dulzura

 

“En niños con lesiones cerebrales, en lugar de analizar sus ansiedades se trata de impulsar su desarrollo. Las intervenciones han de ser de aceptación. Hay que trabajar con mucha dulzura y suavidad, evitando los enfrentamientos. Generalmente, lo que se logra con los enfrentamientos en estos casos es que caigan en estados confusionales”.

 

Cambios de identidad

 

Durante la sesión, Xavi recogió del suelo un trozo de una especie de estopa negra (resto de algo que rompió) y se lo colocó sobre el labio como si fuese un bigote diciendo: “Soy Sherlock Holmes”.

Sobre este punto, Meltzer comentó:

 

“Una forma de actuación característica de los niños que funcionan bidimensio-nalmente es pegarse a algo superficial y adquirir su identidad. Este mismo compor-tamiento lo vimos en un momento anterior de la sesión –pero de un modo opuesto, negativamente– cuando Xavi quería quitarse el jersey y procedía como si al quitárselo cambiara su situación y su identidad. Parti-cularmente, en los adolescentes, su bidimen-sionalidad se manifiesta claramente en la esclavitud que tienen hacia la moda, en la ropa que usan”.

 

Hambres físicas, hambres mentales

 

“A menudo llama la atención lo indolente que llega a ser el comportamiento de los animales. En tanto que no sienten hambre están quietos: se ve a un perro acostado en un rincón, a un caballo quieto en su establo… Esto es porque no sienten ham-bre mental, sino física. Lo que parece faltar en niños de este tipo es un instinto epis-temofílico, es decir, algo que interese a sus mentes.

Si los niños de este tipo permanecen en el nivel bidimensional, se convierten en el equivalente de unos animalitos que, en el caso de ser dóciles, pueden ser entrenados, llegar a una adaptación social e, incluso, realizar alguna pequeña tarea”.

 

Estimular la curiosidad

 

“Si no existe interés por mirar lo que hay dentro, el niño se queda en el nivel bidimensional de la imitación. En cambio, con la curiosidad por saber lo que hay dentro, queda implícita la noción de tridi-mensionalidad.

En el trabajo con estos niños lo que interesa es pasar de un carácter bidimen-sional a un carácter tridimensional, porque solamente es posible en este último tener sed de conocimiento. Es bueno estimularlos con interpretaciones que refieren a sucesos como la anécdota del sobre, que lleva implícita la curiosidad de saber qué había dentro de la cartera del padre”.

 

Un paso adelante: de la bi a la tridimensionalidad.

 

Durante la primera sesión después de las vacaciones hay un episodio en el que Xavi iba y venía del lavabo varias veces; en una, se lavó las manos, luego rompió unas hojas y, enseñándome un trocito de papel, me dijo que era una pistola. Le señalé:

 

Terapeuta: Una mitad y otra mitad, las manos limpias y las manos sucias, una pistola y unos trozos de papel roto.

Xavi: Y si corto aquí eso es un ojo –hizo un agujero y me lo enseñó.

Terapeuta: ¿Un ojo?

Xavi: Sí, ¡ojo! ¡ojo! –dijo primero en catalán y luego en castellano–.

 

Meltzer:

 

Lo dice en varios idiomas. Repetirlo en varios idiomas lleva implícito el hecho de que palabras diferentes pueden significar lo mismo. Esto es una muestra del funcio-namiento mental que está teniendo en este momento. Mi impresión es que este niño ha dado un paso hacia delante muy signi-ficativo. Ha pasado de la bidimensionalidad a la tridimensionalidad en su relación con la terapeuta.

Es habitual que en los primeros años de análisis, tanto en niños como en adultos, las vacaciones de verano signifiquen un retro-ceso y que por lo tanto se tenga que volver a avanzar de nuevo al reiniciarse la terapia. Pero nos sorprende mucho el hecho que llega un momento en que el corte de vaca-ciones de verano determina más un progreso que un retroceso.

 

Con respecto a lo que le dije a Xavi, Meltzer planteó lo siguiente:

 

Meltzer: Lo que tú estás haciendo es señalarle diferenciaciones.

Terapeuta: Sí. Muchas veces yo no sé que hacer y lo que hago entonces es des-cribir…

Meltzer: Yo haría exactamente igual. Pienso que ése es el nivel correcto para este niño. En estas diferenciaciones que le señalas, está implícito que el separar una cosa de otra es una función mental que él también está realizando. Esto va hacia la formación simbólica, en tanto que el sím-bolo es diferente del objeto en sí.

 

Otro ejemplo de esa misma sesión:

 

Volvió a ir al lavabo. Cuando salió, en lugar de venir hacia el consultorio enfiló hacia la salida, pero abrió la puerta de la cocina.

 

Meltzer:

 

Nuevamente está dando muestras de tridimensionalidad. No está confundido ni perdido (como había sucedido en otras oca-siones) sino que está tratando de investigar en el interior de tu piso buscando a tu marido y a tus hijos.

 

 

Xavi dio un paso adelante. Luego de esta supervisión yo también lo di. Al asimilar mejor su situación mi foco de atención se desplazó, ya que pasé de interpretar –¿bidi-mensionalmente?– una agresividad que no entendía de-masiado, a comprenderlo más y a estimular su incipiente curiosidad. Por ejemplo, lo que para mí era primor-dialmente un problema de puesta de límites: “No se puede entrar ahí”, se convirtió en una intervención del tipo: “Te gustaría entrar ahí, pero no se puede”.

La mejor comprensión trajo una modificación en mi actitud… lo que inauguró otro período en la terapia.

 

Esto sucedió en la primera supervisión. Y, tal como planteó en el caso de Xavi, el doctor Meltzer nunca se cansó de repetir la importancia de la observación y la descripción de lo que sucede en la sesión analítica. Es lo que intentaré ilustrar con el siguiente caso.

 

El caso Juan

 

Catorce años más tarde de la supervisión de Xavi, presenté a Juan.

 

Un hombre de cuarenta años, con una familia establecida, dos hijas y un buen currículum profesional, pero con una vida empobrecida por sus limitaciones emocionales y sus miedos, que dijo al consultar: “Estoy desperdiciando mi vida. Me influyen tanto los demás que cualquier comentario desagradable que hagan puede hacer variar mi estado de ánimo y hacerme sentir muy mal”

 

Juan se autoobservaba constantemente y Meltzer dijo con respecto a esto:

 

“Es para controlar la distancia entre él y los demás; principalmente para evitar que los otros puedan tener un impacto sobre él”

 

Y añadió:

“Esta forma de autoescrutiño es un aspecto del narcisismo, se ve como el centro de todos los demás…sería casi lo mismo que decir que se siente muy importante para todos los demás. Es grandioso”.

 

Juan nació como un niño muy débil. Al explicar su infancia no hablaba muy bien de su madre, sin embargo demostraba mucho afecto hacia Paquita una mujer que cuidaba la casa del campo. Cuando él era un bebé, fue ella quien lo bajaba al pueblo para que fuese amamantado por el ama de leche; cuando fue mayor, era quien le permitía jugar, mirar la televisión y estar muy a gusto en esa casa.

 

Meltzer comentó:

 

“El problema con este chico es que tiene mucha necesidad de que los demás le contemplen mucho, que estén mucho por él, su ideal es que le traten como Paquita”.

 

Juan lloró por primera vez en la sesión anterior a la que voy a presentar. En un momento en que le conecté a Paquita conmigo y con la separación del fin de semana tuvo un acceso de llanto que me impresionó porque nunca antes se había producido.

 

 

Un pequeño trozo de sesión

 

Juan: Bien. Quisiera proseguir con lo que ocurrió en la sesión anterior (en la que había llorado). No es que esté buscando una explicación sino más bien quisiera tratar de entender lo que me pasó… El día que me avisaron que murió Paquita yo no sentí nada. Nada parecido al salto a traición que me hizo la emoción aquí. Quisiera que me ayudara a entender ¿Que hubo de diferente? ¿Recibió la noticia la misma persona o eran personas diferentes?

Terapeuta: Una primera diferencia es que en la sesión anterior usted estaba aquí, conmigo. En una sesión que comenzó di-ciendo que no traía material y en la que terminó llorando.

Juan: Sí, es cierto lo que usted dice, pero creo que hay algo más (A pesar de su afirmación no recoge lo que yo digo e insiste largo rato con el tema anterior)

Terapeuta: Me pregunto si centrarnos tanto en la sesión anterior nos acerca a entender lo que pasó o nos aleja de lo que está pasando en este momento.

 

Juan dijo que quería entender y, posiblemente eso era cierto. Sin embargo, quería entender desde una distancia emocional semejante a la que puede tener, en su labo-ratorio, un científico como él, que es muy diferente a la involucración intensa que implica el trabajo terapéutico.

 

La sesión continúa:

 

Juan: Si usted quiere aparcar ese suceso de la sesión anterior…pero hay algo más que le quisiera comentar… (explica algo que en este momento no viene al caso).

Terapeuta: (Me quedo en silencio).

Juan: Yo quiero fortalecerme, adquirir buenos hábitos, me gustaría que usted me explicase cuáles serían esos hábitos más saludables… Otro punto que no me con-testa…

Terapeuta: No le quiero contestar cualquier cosa.

 

Fue difícil para mí este inicio de sesión. Tenía la impresión de que intentaba congelar el impacto emocional que antes había tenido lugar y que, en ese sentido, estábamos perdiendo una oportunidad preciosa. Al mismo tiempo, dudaba de que su demanda de explicación sobre los “buenos hábitos” fuese sólo una forma de sabotaje o un implicase también un cierto intento de colaboración. No sabía cómo responder, por eso me quedé en silencio. Sin embargo, cuando volvió a insistir sobre mi silencio, sentí que no contestarle nada sería equivalente a una agresión injustificada, así que le dije lo que verdaderamente estaba pensando: “No quiero hablar por hablar, no le quiero contestar cualquier cosa”.

 

Cinco minutos es mucho tiempo

 

El doctor Meltzer comentó:

 

“Sí, realmente lo estás siguiendo muy bien… Yo pienso que es necesario con un chico así, con un hombre así, argumentar todos los puntos con él. Es difícil. Se pre-senta como que es débil y fácilmente influ-enciable y luego la experiencia nos muestra que es todo menos eso. Argumentativo, muy desviado en sus argumentos, es muy listo. Intenta instruirte acerca de cómo tú tienes que conducir su análisis. Tiene poco interés en la verdad analítica. Busca estrategias para manipular a los demás y tener éxito en con-seguir lo que él quiere.

Y eso nos lleva también a ese problema tan difícil y tan espinoso sobre el lenguaje. Uno se da cuenta del talento, el gran talento que tienen los pacientes en utilizar o mal utilizar el lenguaje para crear confusión.

Con un paciente así, que tiene realmente un registro, un archivo, notas, acusaciones, en contra tuya no se puede competir. Siem-pre está citando: “… Tú dijiste esto… lo otro”. Si uno va a argumentar es muy im-portante ceñirse al material del momento, porque a veces cinco minutos ya es hace demasiado tiempo. Hay que mirar lo que está ocurriendo en el momento mismo, con el sonido que aun está en la oreja del pa-ciente; hace cinco minutos, ya es pasado No se puede discutir con el pasado y tampoco se puede discutir acerca del futuro. Solamente se puede discutir acerca de lo que se ve en este momento mismo”.

 

La inmediatez de lo que ocurrió en la sesión también es tratada en el siguiente punto.

La “lucha” en el consultorio: temor a herir, temor a amar

 

A pesar de amar el trabajo y de disfrutar con él, es cierto lo que dice Meltzer:

 

“Uno tiene que luchar contra sentimientos muy violentos y muy rudos, muy poco elegantes, mortales. Es mi opinión que este tipo de “lucha”, mano a mano, es lo que es necesario. Este com-bate mano a mano es como un equivalente a ha-cer que las armas sean como más letales. Cuando los soldados calan la bayoneta hay como un superar la resistencia de herir al oponente. Bion, que sabía mucho de soldados, decía que había que superar el miedo de la agresividad del oponente (enemigo) pero, lo que es más impor-tante, había que superar el miedo del amor al oponente (enemigo)”.

 

Lo cierto es que la agresividad, a la que se le suele dar una connotación negativa, es también necesaria para construir; muchas veces funciona como una defensa adecuada y también puede ser un pequeño golpe que empuja el crecimiento, como plantea Meg Harris Williams en su libro The vale of soulmaking (Harris Williams, 1995).

 

“Gawain está obligado por su pacto a aceptar que el Caballero le dé, en el mo-mento en que se vaya, un golpe de hacha en la nuca. Sin embargo, en última instancia, no recibe un golpe mortal sino una herida leve, un corte pequeño, suficiente para sangrar, pero no para infligirle un gran daño. El golpe del hacha se transforma en una metá-fora del momento de conocimiento: lo im-presiona (golpea) el darse cuenta de lo com-binado que es el objeto combinado. Es la muerte de su creencia infantil en el favo-ritismo de la Dama aunque, al mismo tiem-po, reafirma su indulgencia protectora y erótica. El poeta subraya la precisión del golpe en la nuca ejecutado con un hacha gigante, de un metro de ancho. La violencia pierde su destructividad y se transforma en un tipo extremo de caricia, empujando su mente hacia la siguiente fase de la ado-lescencia. La lucha puede tener la función de ser como un pequeño golpe que empuja hacia el crecimiento”1

 

De la obediencia y la libertad

Otra aportación interesante que hace el doctor Meltzer en la supervisión de Juan, es ejemplificar, a través de Tolstoi, una dimensión del masoquismo.

 

“Hay un pequeño episodio en Guerra y paz de Tolstoi, en que Pier, uno de los protagonistas, está a punto de ser ejecutado por un pelotón y el pelotón mata a la persona que está delante de él en la fila mientras él ya está preparado para morir. En ese mo-mento, el lugarteniente dice: “Se han aca-bado las ejecuciones”. Tolstoi describe có-mo, justo allí, de repente, Pier siente mucho amor por Napoleón. Hay mucho insight en el modo en que Tolstoi describe esto. Es un indicador importante de un aspecto emocio-nal del masoquismo en que el alivio de la ansiedad se experimenta como si fuese una función del objeto de amor”

 

Y brinda sugerencias acerca de lo que significa la obediencia.

 

“Pero no sólo es la víctima que ama al torturador sino que también el torturador ama a la víctima. El torturador ama la obe-diencia. Y por supuesto esto se extiende a los padres con sus hijos, cuando se sienten seducidos por la obediencia de los niños”.

 

Un concepto que Meltzer comentó frecuentemente, en distintas oportunidades, es el de la posibilidad de elegir.

En este sentido, se sitúa en una posición optimista porque, en el día de hoy, en el instante inmediato que se tiene por delante, cada persona tiene la posibilidad de elegir mejor de lo que eligió ayer.

 

En esta ocasión lo mencionó así:

 

“Esta configuración, según la cual uno puede elegir lo que quiere está en contraste con la actitud pesimista de decir: “No tenía otra alternativa o elección”, lo que puede llevar a cometer las más terribles brutali-dades diciendo “estaba siguiendo órdenes” …la ética de los campos de concentración”

 

Y también dijo:

“Es muy importante en el psicoanálisis que el analista pueda posicionarse y decir “Siempre se tiene una elección”.

 

Creo que asumir lo que implica esta afirmación tiene consecuencias significativas no sólo en la actitud frente al paciente sino también en la del analista frente a sí mismo.

En realidad, uno siempre está detrás de su propia vida. Pero, para conseguir ser conciente de ello, se necesita madurez, lo que lleva a la reflexión final de este capítulo en que la que la pregunta central es: ¿Cómo se crece como terapeuta?

 

¿Cómo se crece como terapeuta?

 

Está claro que el crecimiento como terapeuta es indisoluble del crecimiento personal, pero el hecho de volver a pensar en un caso del que me ocupé hace muchos años –Xavi– y compararlo con uno reciente –Juan– me brindó la oportunidad de reflexionar acerca de lo espe-cífico en lo que sería mi propio crecimiento como tera-peuta.

 

En el trabajo terapéutico, el crecimiento implica, en especial, una integración armoniosa de los conocimientos con la experiencia. Ambos se adquieren en fuentes diver-sas. En principio, en el imprescindible análisis personal que permite la vivencia directa del método psicoanalítico; también con el trabajo en el consultorio, ya que es con los pacientes con quienes se aprende a hacer clínica. Además, tanto las lecturas como la elaboración de trabajos escritos son ocasiones de poner en claro las ideas. Por otro lado, los intercambios de todo tipo con colegas –sean grupos de estudio, sesiones clínicas u otras actividades en común– permiten ver cómo trabajan los otros e incorporar lo que nos atrae de su modo de hacer. En un lugar predominante, como fuente de integración, están las supervisiones que ofrecen la oportunidad de incorporar al mundo interno el modelo que los maestros ofrecen.

 

Intentando aplicar los conceptos enunciados por Meltzer a mi propio trabajo, podría decir que, por ejemplo, quizá mi modo de interpretar la agresividad de Xavi fuese en cierto sentido, bidimensional o imitativo –más guiado por la teoría que por la clínica– pero que luego –cuando entendí mejor la situación y me quedó más clara la dife-rencia conceptual y técnica en el manejo de la agresividad entre los niños psicóticos y lesionados– se me abrió –como al mismo Xavi– una nueva puerta o dimensión ¿tridimensional? Quizá el desarrollo de la capacidad de introyección y la aceptación de los límites del propio quehacer tenga que ver con la tetradimen-sionalidad.

 

Despejar confusiones

 

Hay diferentes momentos en el recorrido por el que se evoluciona al aprender, pero los inicios de diferente tipo suelen estar acompañados de confusiones y el crecimiento implica resolverlas.

 

En el ejercicio terapéutico, algunas confusiones pue-den derivar de la falta de experiencia y otras, ser con-ceptuales.

De hecho, en El proceso psicoanalítico (1967) Meltzer plantea que los primeros tiempos de todo análisis están destinados a resolver las confusiones zonales y geográficas del paciente. Tal vez, este concepto se podría extrapolar al proceso de crecimiento por el que atraviesa el terapeuta.

 

Imitar

 

Lo conocido constituye la base sobre la que cons-truimos nuestro desenvolvimiento, así que creo que no hay

que desvalorizar el papel de la imitación.

Sin embargo, con la experiencia y el aumento de la propia seguridad profesional también se aumenta la capacidad de dejar de lado ideas ya conocidas y reconocer mejor una mayor cantidad de situaciones diversas. Ya no se ven siempre los mismos aspectos en pacientes dife-rentes, por eso, cuánto más jóvenes son algunos colegas de otras orientaciones teóricas suele ser más difícil en-tenderlos.

 

Sostener la transferencia

 

Una parte importante del desarrollo como terapeuta –especialmente cuando se trabaja desde un modelo trans-ferencial– es aprender a desarrollar la “capacidad de sos-tener la transferencia sin deformarse por ella”, como co-mentó Meltzer en uno de los Seminarios que dio en Barce-lona.

¿Qué quiere decir esto? No es un concepto que se vincule con la contratransferencia, sino más bien con el modo en que nos afecta la visón que los otros (y también los pacientes) tienen sobre nosotros.

 

En el interior de la consulta estamos expuestos a bombardeos emocionales de todo tipo y hay diferentes puntos de vulnerabilidad para cada terapeuta que los pacientes perciben. A veces, uno de los riesgos de un pro-ceso terapéutico es el de la idealización mutua que fomen-taría la autoidealización del terapeuta. En otras la difi-cultad reside en tolerar las frustraciones inherentes al ejercicio profesional. Por ejemplo, hay pacientes muy agresivos, o que no evolucionan de acuerdo a las expec-tativas que (a pesar del voluntario “sin memoria ni deseo”) se tienen sobre ellos.

 

La lucha para superar el miedo a la agresividad del paciente tanto como el miedo a su amor es algo que Meltzer sugiere en el caso Juan. Y, evidentemente, el crecimiento implica tanto aprender a tolerar la frustración como a no sobrevalorar los logros.

 

Integrar

 

El crecimiento implica integración.

 

Trabajosamente, con vaivenes que a veces pueden llevar años, la confusión da lugar a las diferenciaciones, que conducen a la integración. Hay que estar abierto a la posibilidad de que esa integración se pulverice para poder dar a luz a una nueva idea, un nuevo momento, una nueva etapa en la vida profesional. Como plantea Bion en el ida y vuelta de la flecha entre Ps y D, una situación se desintegra para dar lugar a otra que implica una forma distinta de integración.

El estado mental del terapeuta se trasluce más en la música de su lenguaje que en las palabras con las que le habla al paciente. Posiblemente, el estado mental inte-grado (que mantiene presente en la mente del terapeuta los distintos aspectos del paciente) evita que los aspectos negativos que se señalan sean vividos como acusaciones o como formas de regañar.

 

La mayor madurez permite mayor integración. Como Meltzer expresó alguna vez: “Desde la posición depresiva uno primero perdona y después pregunta”.

 

Desde las teorías a las actitudes: amor al método analítico

 

Lo que se incorpora en la actitud parece ser más estable que lo que se aprende en las teorías.

 

¿Cómo ha sido posible que, a lo largo de tantos años y habiendo visto en conjunto una innumerable cantidad de casos, Donald Meltzer no se repitiera en las supervisiones? Posiblemente estaba tan conectado con la específica situa-ción que se producía en ese momento específico, entre él, el terapeuta que planteaba el material y el grupo que escuchaba, que cada reflexión tenía la frescura de un descubrimiento nuevo.

Suele ocurrir que cuando en la sesión aumenta la capacidad de concentración y de conexión con lo que sucede, uno se cansa menos y disfruta más. Y así crece también la posibilidad de desarrollar la propia creatividad.

 

Hablando acerca del método psicoanalítico, recuerdo que en Florencia, cuando se mencionó algo acerca de la dificultad para la supervivencia del psicoanálisis, él dijo que era difícil que desapareciera un método que se basa en los sueños, la transferencia y la construcción de símbolos.

Durante la supervisión de Juan también se habló de método.

Juan se quejaba de que yo le daba la información poco a poco y Meltzer comentó:

 

“En el método psicoanalítico no se trata de dar información ni poco a poco ni mucho a mucho; no es tu campo de dar infor-mación. Tu ocupación es observar, pensar y decirle a él exactamente lo que estás pen-sando y sintiendo. Sí… Observación, pensa-miento y comunicación”.

 

El amor por el método analítico es algo que Meltzer transmitió muchas veces en sus libros y constantemente en las supervisiones. Aunque, como decía en el caso de Juan, la lucha en el consultorio a veces puede ser difícil, la confianza en la tarea que se realiza, en la defensa de la capacidad de pensar, en la búsqueda de la verdad, ayuda a sostenerla.

 

Lo que se incorpora en la actitud emana directamente de los “objetos internos” y, gracias a que Donald Meltzer está entre los míos, acepto mejor mi propia ignorancia, pero me siento más confiada en mi capacidad.

 

 

Agradezco a mis compañeras Nouhad Dow y Rosa Castellà y, especialmente, a la Dra. Rebeca Grinberg, la lectura de este artículo y sus valiosos comentarios.

 

Bibliografía

 

HARRIS WILLIAMS, M. (2005): The vale of soulmaking (The post-kleinian model of the mind and its poetic origins), London, Karnac, 2005.

 

GRINBERG, R.: Comunicación personal.

MELTZER, D. (1975): Exploración del Autismo. Bs. As., Paidós, 1979.

 

–– (1967): El proceso psicoanalítico, Bs. As., Hormé, 1968.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Sobre la violència1

(o de la destrucció de la bellesa del món)

 

Rosa Castellà Berini i Lluís Farré Grau

 

 

Aquest treball analitza el fenomen de la violència buscant recolzar-se en els desenvolupaments relatius a l’activitat de la identificació projectiva que recorren el pensament de Melanie Klein i Wilfred Bion fins arribar al de Donald Meltzer. La violència és concebuda com un atac i destrucció de la bellesa que malda per arruinar l’experiència emocional, reduint la complexitat de les relacions amb el món animat i inanimat a bocins buits de sentit.

Des d’un apropament a les formes de violència que poden devastar l’espai on es verifica el procés psico-analític, siguin promogudes des del pacient o des de l’analista, fem un breu recorregut per les seves mani-festacions en els medis de comunicació social, en la sexualitat, i per la seva organització i desenvolupament a nivell institucional.

 

 

Des de la visió que facilita el finestral del consultori, ens animem a compartir algunes reflexions sobre la violència. El final d’un segle que ha estat travessat per aquest fenomen i l’inici d’un altre amb l’ensorrament d’esperances potser sense gaire fonament, reclamen la nostra atenció i preocupació.

Ens resulta del tot familiar anomenar violenta l’activitat fora de control de les forces de la natura. És un costum tan antic com inadequat, fruit de la mania dels humans de constituir-se en la mesura de totes les coses i de descriure el món des del seu centre, contrariant la urgència de la modèstia (Epictet, Manual de vida). Acceptem, ni que sigui per un moment, aquesta mala manera de dir que fa de les manifestacions de la natura eco del que caracteritza la nostra espècie. El llenguatge agermana la descripció del que és compartit: destrucció, catàstrofe, anihilació, devastació; i del seu caràcter: explosiu, volcànic, sense fre, imparable, descontrolat… Suggereix, en suma, el moviment centrífug de forces que no poden ser acollides per una estructura continent capaç de regular-les i d’administrar-ne el potencial. El model bionià d’un continent esquerdat per l’ona expansiva del seu contingut, és un adequat representant de l’equiparació que tot sovint fem de les catàstrofes naturals amb algunes formes de destrucció en el territori humà.

Malgrat la familiaritat i la confusió freqüent entre unes i altres formes de violència, l’espai humà s’estén a cavall entre natura i cultura, entre fenòmens lligats tant a la lògica de principis fisicoquímics i a l’atzar com a formes artificials, és a dir, aquelles configuracions que no es troben en el món natural. És així que la violència adquireix en l’humà unes característiques que participen, i es diferencien alhora, de les aigües desfermades, l’esclat volcànic, l’esquerda fruit del xoc entre plaques o l’avenç devastador del tsunami… En l’humà, la violència guia els afanys de reduir la complexitat a bocins, fer-ne partícules elementals sense substància. En la violència es concreta la voluntat d’anihilar l’emoció fent malbé la qualitat estètica dels objectes animats i inanimats i el seu misteri (Meltzer, 1986b).

La violència en l’humà, en tant que fenomen específicament diferencial, reclama per assolir els seus objectius el potencial energètic que alimenta la devastació en el medi natural, i pot acollir-se, quan convé, a sistemes alternatius. La intel·ligència i la capacitat inventiva han permès a l’home desenvolupar tecnologies que multipli-quen extraordinàriament la seva força bruta original. Les armes de destrucció massiva, com els ginys nuclears, l’apropen, com renovat Ícar, a parangonar-se amb l’activitat de l’astre solar. Però, fins aquí, no podríem veure-hi res més que la reproducció en un animal bípede d’allò que caracteritza, ens plagui o no, la dinàmica construcció-destrucció de la naturalesa.

Però en l’humà hi ha quelcom més com a tret distintiu de la seva violència, una característica que només ha estat identificada, molt recentment, en animals de superior evolució, com és el cas dels dofins: la violació. Quan ens referim a violació, si més no en el cas de la comunitat humana, volem referir-nos a la intrusió en l’espai privat, físic o mental, per qualsevol via d’accés, amb el concurs del secretisme, l’engany, la malícia, el control doctrinari o el sotmetiment; no queda, per tant, restringida a l’activitat de la violència sobre la superfície corporal o qualsevol dels seus orificis, especialment aquells relacionats amb el comportament sexual. Aquesta és la característica fona-mental que fa de la violència en l’home una particularitat que reclama especial consideració, tant pel que fa a la seva “naturalesa” com a la recerca de procediments i tècniques per fer-hi front. I és sobre aquesta característica particular que avui volem reflexionar, és a dir, la violència exercida sobre la ment i allò que la guia…2 De la violència sobre els cossos ja en sabem prou; milers d’imatges des dels mitjans de comunicació fan la feina d’estabornir–nos els sentits per tal d’apaivagar l’horror.

Pensem des del que podem veure al consultori, en el si d’aquesta relació que vol ser terapèutica. Però, també, des d’aquest finestral, volem pensar en el que hi ha més enllà, en el marc social, construint les característiques de la vida quotidiana en el planeta humà.

 

Generalitats

  1. Sobre la “naturalesa” de la violència

Pensem la violència natural, com abans hem esmentat, com la resultant de forces en interacció en moments de particular desequilibri, amb conseqüències destructores per al medi específicament humà, individual i/o col·lectiu, i ocasionalment per al món dels objectes inanimats. La dimensió natural de l’home no el fa aliè a aquest fenomen, malgrat la seva evolució força sofis-ticada. L’home ha intentat procediments de tota mena orientats a evitar o guiar la brutalitat de la natura, des de canalitzar les aigües per reconduir la força cega de les riuades a atreure les paoroses descàrregues elèctriques a àrees adequades o activar sistemes d’alarma per tal de fugir a temps de la catàstrofe… I, en el medi natural humà, ha bastit l’artifici de la cultura per posar fre a la barbàrie i el caos. La cultura, des d’aquesta perspectiva, no és més que la llei, escrita o no, que regula el que és i no és possible per tal de garantir la supervivència de l’espècie i la cohesió social, de la qual és fortament dependent; busca mecanismes per subjectar la violència dels homes i crea les condicions per tal de tractar la brutalitat bo i recanalitzant la seva força en forma no catastròfica. Podríem dir, molt esquemàticament, que ha establert dos procediments per aconseguir-ho; l’un treballa amb mitjans coercitius o repressius, cercant l’adaptació/adequació a la norma consensuada (sistemes democràtics) o imposada (sistemes autoritaris); l’altre procura un continent adequat al treball sobre les forces en activitat en la natura humana a fi d’aconseguir formes més madures, aptes per al manteniment, l’evolució de la vida i la modulació del sofriment psicofísic, orientades, en suma, al desplegament de tot el potencial creatiu humà.

El que caracteritza el treball social, a qualsevol nivell d’atenció a la salut comunitària, es defineix per l’intent de reforçar i crear els espais adequadament continents al funcionament natural i, des d’aquesta perspectiva, primitiu –primigeni, propi de la natura– que ens caracteritza; així doncs, cal buscar formes continents per a les famílies “desestructurades”, per als adolescents que exploten violentament –desbordats per impulsos que no controlen i pors que no poden dominar–, per a les capes socials més desfavorides on la violència troba el terreny més adobat… Quan tot plegat fracassa intervé l’altre model, el recurs dels murs, de les parets que malden per aïllar la violència, les camises de força social i, fins i tot, la violència institucional extrema socialment admesa, la pena de mort, a manera de tallafocs…

Ambdós procediments són formes que malden per contenir la violència entesa com a fenomen “natural”. Entendre la violència en l’humà com un component inherent a la natura és el que ha sostingut, des de sempre, el convenciment que hi ha éssers humans la “naturalesa” dels quals és bàsicament dolenta, de mena violenta, com als volcans els és propi entrar en erupció. Des de Lombroso fins als estudis d’individus amb organització cromosòmica XXY, s’ha sostingut el component fun-dador, “natural” i primigeni, de la violència –fins i tot justificat com a subproducte de l’existència de l’instint de mort–, i s’han bastit estratègies per fer-hi front com les abans esmentades. Gairebé totes les formes de tractament psicoterapèutic s’orienten sota un supòsit similar, tot i que contra la indiscutible força de les pulsions, tan cega com les forces tel·lúriques de la natura, també és valorat el paper conformador de la cultura a través del procés de criança i les seves peripècies. La tasca de bastir un continent adequat, doncs, constitueix l’objectiu terapèutic prioritari; seria l’alternativa als procediments primaris coactius-repressius. Això no obstant, malgrat que aquests siguin “els objectius”, cal un treball d’observació i anàlisi més fi per tal de revelar la vocació “normalitzadora” d’un important repertori de tractaments, també dels anomenats psicoterapèutics; però d’això se’n podria fer tot un altre document…

 

  1. Sobre les seves fonts

Però, com plantejàvem abans, cal considerar en l’humà una font de la violència que va més enllà de les manifestacions derivades de l’arrel físico-química que ens constitueix, tot i que li calgui abeurar-s’hi. I és d’aquesta font, que nosaltres volem parlar. Les altres són prou conegudes a través de les contribucions de la història, l’economia, la jerarquització i l’explotació de la majoria d’homes per part d’una minoria…

Per tal d’ajudar-nos ens calen les contribucions de Klein (1946), Bion (1962, 1963) i Meltzer (1986a, 1986b, 1988, fonamentalment 1992). La descripció de la identificació projectiva com a procés mental realitzada per Klein (1946), l’estatut de la realitat psíquica i els afegits posteriors de Bion (1963) relatius al model continent–contingut en la relació inaugural mare-nadó, permeten a Meltzer ubicar el conflicte estètic en el centre del desen-volupament psíquic. La peripècia de la seva resolució mena a la dependència de l’objecte parental combinat intern i a la possibilitat de la meravella davant la bellesa del món i el seu gaudi –i, també, l’acceptació del seu misteri– o, alternativament, a la violació de l’interior de l’objecte intern mitjançant l’activitat de la identificació intrusiva per tal de posseir-lo i manipular-lo i a les conseqüències de la vida en el Claustrum (Meltzer, 1992). És força estrany que el recorregut vital basculi entre blancs i negres: la identificació projectiva pot adoptar en molts moments formes més benignes, àdhuc molt comunicatives, i en altres derivar cap a la intrusivitat. Serà la intensitat i la preponderància d’unes formes sobre les altres allò que definirà el desenvolupament.

No ens aturarem a tractar els continguts conceptuals del conflicte estètic (Meltzer i Harris, 1988) i de la vida en el Claustrum. Abordarem, fonamentalment, les conse-qüències d’aquesta mena de violència, l’objectiu de la qual és anihilar l’emoció que es desvetlla davant l’impacte de la bellesa del món i el seu misteri. Recordem aquí, per resseguir el fil de les nostres reflexions, que Meltzer conceptualitza l’experiència emocional com una trobada amb la bellesa i el misteri del món que desvetlla un conflicte entre L, H i K, i -L, -H i -K (“¿Què és una experiència emocional?”, a Metapsicologia ampliada, 1986b). O, dit d’una altra manera, una trobada amb possibilitats de generar sentit relatiu a les relacions íntimes o bé de destruir-ne el significat reduint la condició humana a mera extensió dels fenòmens naturals. Meltzer concreta la capacitat per tolerar la bellesa del món i gaudir-ne i, també, la intolerància, la qual, armada amb l’splitting forçat (Bion, 1962), busca destruir l’objecte que commou bo i separant els components que entren en joc en el desenvolupament de les seves funcions. Tot i que Bion parla del procediment com un model per sobreviure (el clivellament del pit de la mare de la llet que sub-ministra) també podem pensar-lo com un procediment-sicari al servei de la intolerància de la bellesa; més endavant hi tornarem en considerar els procediments d’extermini del nacionalsocialisme alemany.

Per aconseguir el regressiu retorn a la condició natural, es reclama la destrucció de l’objecte bell i la seva descripció sempre inabastable. La degradació del gust, la vulgarització en les formes de relació, l’agressió a tota articulació de significat, la reducció de la persona a bocins només aptes per a l’emissió o recepció de quàntums d’excitació, la substitució de la reflexió per la consigna, de l’experiència pel supòsit, de l’aprenentatge des de l’experiència per l’adoctrinament, de la profunditat per l’aparença, del saber per la informació, de la comunicació pel domini, entre d’altres, seran les formes i valors del reialme establert per la violència …

Com dèiem abans, la mirada a l’interior de la consulta, i també, la nostra observació entrenada, adreçada a la vida de cada dia en tant que conciutadans del planeta blau, ens pot permetre destacar trets rellevants de l’activitat violenta i, potser, elements de reflexió tocant als recursos per fer-hi front.

 

La violència a la consulta. Amenaça i destrucció del setting

 

Les característiques de l’espai en el qual es desen-

volupa el procés analític demanen una reflexió prèvia. Des dels dies de Freud fins avui hem passat d’entendre’l com el lloc on es fa possible la revelació d’allò inconscient –i, per tant, del conflicte psíquic entre instàncies– a viure’l com el continent on reïx a desplegar-se la personalitat i es promou el seu desenvolupament; si més no, aquesta convicció articula l’edifici teòrico-clínic del moviment postkleinià.

El setting psicoanalític és, aleshores, una atmosfera de criança, i de la seva integritat dependrà la viabilitat del que s’hi vagi gestant. Des de Klein ençà parlem de poder dur el pacient a la transferència, per tal que es faci present una criatura a qui puguem ajudar a créixer i desenvolupar-se en tota la seva potencialitat. En El procés psicoanalític, Donald Meltzer es pronuncià inequívocament sobre aquest punt, afermant-se en les figures prototípiques del vincle del nadó amb la mare fins al deslletament per tal de descriure el que anomenà el recorregut natural del procés analític; sense cap mena de vacil·lacions s’afirmà en la gestació de la ment, des dels nivells més primerencs d’organització fins a formes més adultes, de manera que el final del tractament coincidiria amb la separació definitiva del pit i amb l’estrenada capacitat per continuar l’alimen-tació autònoma de la ment a través de l’autoanàlisi.

Des d’aquesta formulació, s’entén que és una funció primordial de la díade terapeuta-pacient –com passa en la de la mare-nadó– la preservació de l’atmosfera contra tota mena d’amenaces, interferències, contaminacions i possi-bilitats de destrucció. Més important que qualsevol treball exquisit fruit de l’art, habilitats, intel·ligència o expe-riència i sofisticació dels protagonistes, més important que tot això és la preservació de les condicions que fan possible la gestació d’una ment simplement humana. Quan el setting no es pot garantir no hi ha criatura, i és freqüent l’avortament; un final dramàtic que podrem avaluar, gairebé sempre, des de la marca que queda en aquells que han intentat, sense èxit, tirar endavant l’embaràs.

Tenir cura d’aquest espai s’identifica amb la pre-servació necessària del desenvolupament dels vincles apassionats en què el miracle de la creativitat es renova. És la reserva i defensa de la intimitat necessària per a la mare i el seu nadó al pit, indispensable a l’abraçada dels amants, eina de l’artista mentre treballa, concentració del científic en cerca d’una formulació, manteniment del vaivé transferència-contratransferència a la consulta…

L’avortament del procés no és un fet infreqüent, tot i que gairebé mai, com també passa en els avortaments biològics, se’n parla gaire. Ve de gust parlar dels fills vius, dels que han progressat i han marxat bé de casa, dels que ens recorden amb gratitud i dels quals ens sentim orgullosos perquè també apuntalen el nostre orgull. No és agradable parlar del que hem perdut, i sovint ens sentim malament preguntant-nos si hem estat bons pares –és a dir, bons terapeutes– d’aquells que ens han deixat ferides, dels que van acabar malament, d’aquells dels quals després hem tingut notícia de recorreguts dissortats i terribles.

És per això que veiem la necessitat de repensar els factors dels avortaments, i no tant dels que són fruit de la imperícia, dels quals ja s’ha parlat prou.[2] Cal repensar la violència que fa esclatar el setting, el mal que arruïna l’atmosfera del procés analític; cal seguir la petja, com ho fan els observadors quan arriben a una ciutat feta runes per l’invasor. Cal resseguir la destructivitat adreçada contra la relació mare-nadó, l’impuls a fer malbé l’acte creador, aquest aiguabarreig de gelosia i enveja, com apuntava Klein, i d’insuportabilitat del conflicte estètic, com assevera decididament Meltzer, que no s’atura fins a deixar completament erm l’espai de la fertilitat.

Segurament, a través de la clínica podrem veure formes diverses de manifestació que recorden les variants observades a la vida social, que van des de la brutalitat desfermada sense màscares a l’estil de Rwanda a les formes del racionalisme industrial en els processos d’extermini als camps nazis. Fins i tot també aquelles en què la sofisticació que procura la cultura fa de la maldat, com algú gosa dir, un art. Tal com ho veiem, és relativament fàcil identificar les formes de degradació que pateix la intervenció del psicoterapeuta quan el consultant, davant la qualitat estètica de l’activitat mental de l’analista i la incomprensibilitat de la producció dels seus con-tinguts, l’arruïna amb totes les formes de ridiculització, menyspreu, argumentativitat i amb actuacions de tota mena; i, també, amb la caricatura, la simplificació o manipulació dels continguts i l’omnipotència assimilada a l’aprehensió de les descripcions, l’objectiu de les quals és la destrucció de sentit: “El que vostè em va dir és…” etc.

Però també cal mirar les coses des de l’altra banda… No és menys cert que la manca de reciprocitat estètica per part del terapeuta a causa de la posició de superioritat que li confereix ser la persona consultada, de l’ocupació del lloc d’un pretès saber, o l’adhesió incondicional a un cos de doctrina, poden menar a formes definitivament violentes d’intervenció caracteritzades per l’absència d’escolta del pacient i a produir una idèntica degradació en la qualitat estètica i misteriosa de la seva realitat psíquica. De tot això no se’n parla tan sovint, en tant que des de l’ortodòxia psicoterapèutica només es considera el pacient com l’agent a transformar, i el terapeuta com l’element constant en l’equació del treball analític. És això el que mena a la construcció de manuals de tècnica, a poder establir criteris d’analitzabilitat, a formular modes d’intervenció i definició de la interpretació en psico-teràpia, etc. Darrere de totes aquestes construccions sovint trobem, més enllà de la bona voluntat dels seus autors, una fèrria defensa contra l’emocionalitat de la trobada psicoanalítica, una por mal continguda de la pròpia ignorància, una incapacitat per esperar pacientment el treball imaginatiu sobre el material, un arrogant menys-preu de la bellesa i el misteri de la ment del pacient –considerada a priori infantil, bàrbara, impotent– i, entre d’altres, una injustificada valoració de la teoria a la qual hom s’adhereix i a la infal·libilitat de la seva tècnica. Quan aquesta tècnica fa aigües el que s’interpreta és que el pacient està molt malalt, és irrecuperable.

Si això és el que passa, pot instal·lar-se un vincle sadomasoquista substituint la genuïna relació d’objecte en la relació terapèutica. El pacient pot acomodar-se passi-vament a un model d’intervencions i convertir-se en el submís acòlit d’un nou fonamentalisme: el tractament deixa de ser motor d’evolució per a ambdós protagonistes del procés per esdevenir adoctrinament; opcionalment pot convertir-se en el noviciat d’accés a l’església psico-analítica.

La violència en els mitjans de comunicació de masses

El desenvolupament de la tecnologia ha permès, com mai abans cap altre mitjà, la violència contra el saber bo i simplificant-lo a informació. Informació és, a hores d’ara, coneixement, poder. La manipulació perversa del “val més una imatge que mil paraules” ha reduït la paraula al no res, i ara són milers d’imatges les que intenten afirmar-se com a veritat, com “el que hi ha”. La imatge es con-figura des d’una posició específica de la càmera, i de l’ull que vol copsar-la, un ull que no és pas neutre, òbviament; però aquesta imatge és, ara, la nova icona de la veritat que no es pot refutar.

Parlem d’adolescents violents, i també d’adults, fruit d’hores de passivitat davant qualsevol tipus de pantalla… Però, la pantalla en si mateixa, amb la seducció hipnòtica que força la urgència de mirar i la immobilitat de qui mira, ¿no és sovint un instrument de violència contra la ment de l’observador que el mena a l’adoctrinament mitjançant la reducció de la seva capacitat de pensar?

Alhora, l’efectivitat de l’eslògan i la frase curta contra del text menen a la vulgarització i el buidament de con-tingut de la paraula i del discurs. Des d’aquesta pers-pectiva, la paraula perd valor com a instrument de comunicació i el guanya com a eina de penetració i manipulació… No és banal que el sentit atorgat en el passat a “donar la paraula” hagi perdut avui tota sig-nificació. És així, també, que la paraula en l’àmbit públic, especialment en el polític i en el Dret, ha perdut el rigor i la credibilitat indispensables per a la vida democràtica i la confiança en la justícia. Un periodisme bastard erigit en nou poder no es mou avui per l’afany de facilitar infor-mació rigorosa, sinó amb la voluntat de construir espec-tacle furgant la privacitat i reduint-la a pura banalitat, obscenitat i crueltat per al consum de masses afamades de saber, tal com feien els emperadors romans per adormir la set de justícia i coneixement dels seus, més que ciutadans, vassalls de l’Imperi. L’Imperi d’avui, amb tots els seus acòlits, àdhuc intel·lectuals, ocupats en la producció i distribució d’informació, planifica i administra la men-tida amb la voluntat d’atuir la capacitat de pensar, fomentar el descrèdit de la paraula i promoure l’abandó de la reflexió i la confiança en les potencialitats del diàleg; un cap ben violentat assegura la fidelitat a l’Imperi i el seu objectiu últim vers la comunitat: que esdevingui una massa ben disposada a acceptar ordres, perquè l’Imperi, com ara també els mass media, és el dipositari homologat del saber.

La violència a les relacions privades o la degradació de la sexualitat

Envaïda la privacitat, exhibit el cos i la sexualitat com a mers instruments al servei de la producció i consum d’estímuls excitants amb urgència de descàrrega, l’espai de les relacions apassionades, fruit de confrontar la bellesa de l’home i la dona i del misteri del que ha estat capaç de produir-lo, i de la incomprensibilitat del seu interior, pot veure’s reduït a bocins sense sentit.

Si en el seu moment “fer l’amor” era un referent a la sexualitat que incloïa la presència de sentiments entre els participants, és a dir, la relació humana amorosa, avui constitueix una arcaisme davant el nou anglicisme: “fer sexe”. La sexualitat també ha sofert la violència degra-datòria i s’ha convertit en un mer fer, activitat quasi gimnàstica en què els aspectes quantitatius de la relació arraconen la qualitat emocional dels vincles. Tanmateix, aquesta neosexualitat ha estat rebuda amb especial satisfacció per homes i dones, com una mena d’allibe-rament, d’eliminació de tot fre a les relacions, un cant a la facilitat comunicativa, etc. L’accés il·limitat a qualsevol dimensió física de relació és el nou paradigma de la intimitat: el “Gran Hermano” televisiu, la caricatura de la nova religió sexual.

Homes i dones perden tota aura de misteri quan la càmera o els ulls de l’altre poden traspassar el llindar de la roba o el límit del orificis corporals. Cal, aleshores, un cop esgotades les capacitats estimuladores de l’espectacle repetit, buscar noves formes, tècniques o estímuls que mantinguin l’interès. Quan faci falta, es reclamarà la intervenció d’estimulants externs de tota mena, físics o químics, per tal d’aconseguir la necessària “performance” pneumàtica de la qual ens alertava Huxley al seu Món feliç.

Món feliç, món maldestre captiu de la violència, que arrabassa l’experiència diferencial característica de l’insò-lit fet humà: la capacitat de meravella prenyada d’emoció per la bellesa i el misteri de la vida, davant la sorprenent i corprenedora presència, davant l’objectum del llatí, l’Altre insondable i permanent de les nostres vides, fora i dintre de nosaltres. En el seu lloc, el reialme de la confusió, la barroera caiguda en la possessivitat, en la producció de sofriment dels exclosos, en la denigració del “usar i llençar”…

La violència institucionalitzada I. recordant el 50 aniversari de l’alliberament d’Auschwitz

 

El segle XX, des dels camps de concentració del III Reich fins el Gulag estalinià i l’horror de Pol Pot o el genocidi a Rwanda, és l’exemple més sinistre de la industrialització de la violència, és a dir, l’ús dels procediments industrials desenvolupats pel taylorisme al servei de l’eficiència de la praxi violenta.

Seguint el model dels procediments pensats per Taylor i aplicats amb eficiència excepcional per Ford a les seves primeres cadenes de producció, els sinistres enginyers nazis van fer un adequat disseny en l’exercici més eficient i exterminador de la violència aplicada. Taylor va aconseguir reduir la bellesa i el sentit del treball artesanal a alíquotes de tasca sense sentit, de manera que no fos necessari cap mena de coneixement per dur–la a terme. No ens estendrem parlant del que tothom sap i que tan satíricament va representar Chaplin a Temps moderns.

De la mateixa manera que es destrueix el sentit del treball, de l’obra ben feta, fragmentant-la en bocins sense sentit, també es destrueix la bellesa i complexitat que el fet humà atresora. A la maquinària nazi li cal, primer, reduir l’individu a una sola definició: jueu, comunista, gitano o subnormal… La simplicitat és la garantia per tirar endavant el procés descomplexificador. A continuació, quan arriba al camp d’extermini, cal separar-lo dels seus referents, dels familiars, amics, etc. Després cal arrabassar-li el nom i, en el seu lloc, assignar-li un nombre; el nom vincula a la història i a la complexitat d’una evolució que es perd en el temps, un nombre no és més que un punt en el contínuum il·limitat dels nombres i, en conseqüència, queda uniformitzat i equiparat a qualsevol altre nombre: la seva posició és, senzillament, irrellevant dintre de la sèrie infinita de nombres.

Aquest nombre, tatuat en un braç, fa del portador una insignificança dintre d’un contínuum anhistòric. Després, cal despullar l’individu de qualsevol senyal extern identitari, de qualsevol objecte del qual sigui portador, fins i tot de la vestimenta que revela un tret diferenciador, individual, estètic… Aleshores serà uniformat, en el cas que la seva eliminació no sigui immediata; el contínuum indiferenciat ja ha quedat establert. A partir d’aquí ja no és més que allò que, com recordava recentment Simone Veil en una entrevista, els captors decidiren anomenar “tros de carn”… I amb un tros de carn es pot fer qualsevol cosa, fins i tot fer-ne fum i cendres sense cap mena d’escrúpol.

 

La violència institucionalitzada II. Sobre el desenvolupament de la pràctica psicoanalítica.

  1. De les esglésies en general

La reflexió de Marx a propòsit dels orígens de la desigualtat entre els homes porta a la consideració dels procediments emprats per tal d’organitzar eficientment la pràctica de la violència. El manteniment de les diferències a través de l’exercici del poder d’uns homes sobre dels altres només pot garantir-se amb sistemes estables que assegurin la correcció de qualsevol desviació d’allò que ha quedat instituït. Marx emfatitza el paper de les institucions religioses com a instruments especialment eficients quan postula que la religió és l’opi del poble. Amb tot, resultaria ingenu pensar que vol referir-se a l’experiència religiosa en tant que fenomen de la ment humana. En realitat vol descriure els sistemes que s’organitzen amb la finalitat d’estabornir o adormir la capacitat d’experimentar i pensar, és a dir, els principis i sistemes, els dogmes, les veritats inqüestionables dels textos sagrats i, finalment, les esglésies i els seus sacerdots-guardians, braços executors de la violència sobre cossos i ments.

Naturalment, la usurpació grollera de la capacitat d’experimentar i pensar demana tant l’ajut de la força com l’oferiment de la pastanaga. Els funcionaments militar-inquisitorials s’encarreguen de la coacció sobre la matèria, i la promesa d’eludir els dolors de la vida i l’inquietant trànsit del viure al morir sedueixen l’esperit, bo i garantint el benestar absolut, el plaer i la justícia ajornada, en un món que no és d’aquest món. Tots aquells que pensen, amb vocació de llibertat, amb afanys de modificació del sistema, no només seran condemnats en el més enllà sinó que en l’aquí i ara seran objecte de violència, des de la marginació i l’exili fins a la mort.

Certament, altres experiències, basades en l’amor, la compassió, la capacitat empàtica, que menen a la soli-daritat i la reciprocitat, que busquen l’establiment del dret en les relacions entre els homes i, en darrera instància, l’evolució del sentit de la responsabilitat sobre els objectes animats i inanimats, han anat arrelant a través de milers d’anys d’evolució en paral·lel a sistemes amb pretensió monopolitzadora de la justícia. L’Estat, quan es per-verteix, amb la seva maquinària, els professionals de la política i els seus ajudants, el Leviatan hobbesià en suma, s’orienta al control físic i mental dels ciutadans; a canvi, la pastanaga de garantir la seguretat davant la inqües-tionable tendència a la barbàrie de la naturalesa humana. El maridatge entre poder polític i organització eclesiàstica, en qualsevol de les seves formes, ha constituït fins ara mateix el sistema més eficient de control sobre la major part d’objectes animats i inanimats del planeta per part d’una minoria de l’espècimen humà. Aquest matrimoni només pot sobreviure recolzant-se en la propietat i el control de les diverses fonts d’energia.

No volem continuar la reflexió marxista –que els experts fan més precisa– però sí volem recordar que la de Bion (1961) la reforça i complementa en conceptualitzar, molt agudament, la tendència de tots els grups a voler perpetuar-se a còpia de reproduir l’esquema considerat, és a dir, a generar organitzacions funcionarials-sacerdotals amb vocació de crear esglésies –tot sovint camuflades sota el rètol de tendències–, generar adoctrinament i garantir el control sobre els acòlits. Tot grup, bo i cercant les seves particulars maneres d’exercitar i administrar la violència, de la mateixa manera que les organitzacions político-religioses quan practiquen la tortura –damunt dels cossos produint dolor insuportable damunt de les ments so-friment psíquic mitjançant els sentiments de culpa, d’exclusió, pèrdua d’autoestima, autodenigració i deses-perança–, fomenta l’atemoriment i l’“aterrorisment” (Emilio Lledó, “Aterrorismar”, El País, 6 setembre 2005) i busca assegurar-se en les coordenades espaciotemporals.

  1. De les “esglésies” psicoanalítiques

La capacitat psicoanalítica de la ment també ha estat tot sovint arrabassada i monopolitzada per esglésies psicoanalítiques. Ens sembla bo, ara i aquí, repensar com ho han aconseguit, com han arribat a fer-se amb un bé tan íntim i privat… i com poden continuar fent-ho. Volem pensar-ho per tal de lluitar contra la temptació eclesial pròpia i la parafernàlia litúrgica al servei de l’expansió del narcisisme… o si més no per tal de mantenir els ulls desenteranyinats. I també, per què no, a tall d’homenatge a Donald Meltzer, un mestre amb vocació de fer homes i dones lliures més que d’assegurar la pedra fundacional d’una nova església i la veneració dels acòlits, i un home que va patir l’ostracisme decretat pels garants de la doctrina de la fe psicoanalítica.

Quan el procés analític constituït entre terapeuta i pacient es va decantant, a poc a poc, cap a l’organització de societats i escoles –amb professors (no pas mestres) i alumnes, associats i aspirants, sèniors i júniors, novicis i consagrats, acceptats i repudiats, integrats i rebels–, es produeix l’atac salvatge a la bellesa i complexitat de l’experiència de coneixement que es pot donar en la parella terapeuta-pacient d’una banda i, de l’altra, entre un mestre genuí i l’home lliure que busca llum. I això és així en la mesura que totes les institucions tenen com a vocació fonamental la permanència: és prou conegut el tòpic que els homes passen, les institucions romanen. La institució no té pretensions experiencials, és a dir, allò lligat al cicle transformacional, al néixer i morir per tal de renéixer en una altra forma. I és per això que bàsicament refusa tota experiència perquè el que vol és permanència, preservació de la forma. A tot estirar, sovint hipò-critament, fa seva la formulació lampedusiana: canviar–ho tot per tal que res no canviï.

Com, però, pot sobreviure amb una pretensió com aquesta i alhora predicar el canvi, prometre el desen-volupament, el lliure albir, el deslliurament de l’encap-sulació i la misèria neuròtica, l’expansió indefinida de la ment, la garantia dels camins oberts i els trànsits sense obstacles, la multiplicitat de les maneres de viure i entendre la vida? Pot aconseguir-ho delimitant –a vegades sense gaires escrúpols i a vegades sota el paraigua protec-tor de la pretensió de cientificitat i del rigor i l’exigència de garanties en l’exercici professional– els límits i condicions en què el canvi és possible. En el nostre cas cal fer entrar l’inconscient en raó, atès que és la causa dels nostres maldecaps i pertorbacions. Els processos incons-cients deixen de ser la seu on qualla la vida, amb les seves clarors i tenebres, l’àmbit al qual remetre’s perquè és on rau el potencial de transformació genuïna i la capacitat per aconseguir-ho. L’alternativa és, aleshores, el simulacre de festeig amb el que és metapsicològic, amb el que és més enllà de tota possibilitat d’aprehensió, només apte per ser experienciat. El simulacre busca una litúrgia i cerimonials que s’atorguen el dret d’anomenar-se experiència genuïna, de manera similar al procés que afirma la transsubs-tanciació.

La nostra particular església també ha organitzat els seus cerimonials. Calia, però, abans que cap altra cosa, acreditar-se. Així, ha definit el supòsit –com ho fan tots els grups– que els seus membres són bons representants de la salut mental, són persones saludables, tenen una relació més directa amb la salut, han seguit un procés iniciàtic que la garanteix… A partir d’aquest supòsit poden definir, des d’una justa asimetria, l’estat saludable o malalt d’altri, i tot allò que cal fer per tal de millorar-lo. Un contacte rigorós amb els membres de tals organit-zacions no permet assegurar el que es pregona, com tampoc l’exercici del sacerdoci és garantia de santedat ni d’amor genuí al pròxim. L’anàlisi biogràfica no hagio-gràfica d’alguns dels seus líders més destacats revela un nivell d’insània preocupant.

Però sobre aquest supòsit –tan característic dels funcionaments grupals– s’ha construït un magnífic edifici de societats, docents acreditats, sistemes de garanties per a la pertinença, procediments de la didàctica i la supervisió de la feina, bastit sobre un altre supòsit: garantir la professionalitat i la bona praxi. Tot sovint, no són més que sistemes de control i de poder en defensa del propòsit existencial de les organitzacions.

A vegades, aquests sistemes són tan sorprenents i fora de mida que des de les mateixes organitzacions surten tímides veus denunciant el frau i amb propostes de canvi. Els treballs tan poc sospitosos d’heterodòxia d’Otto Kernberg (1996, 2000), prohom d’una de les grans or-ganitzacions psicoanalítiques, són prou esclaridors. Malgrat el to “progressista” de les seves contribucions, no formula altra cosa que la necessitat d’estovar una mica els trets dictatorials del sistema. En cap cas, però, qüestiona el sistema mateix, és a dir, la indefugible caiguda en siste-mes de control i poder quan l’objectiu del grup és romandre més que fomentar la transformació –seguint la definició de Bion del grup de treball (1961)– . És això el que mena a la constitució d’un subsistema de guardians de la fe, perquè cal estar a l’aguait dels dissidents, de la possibilitat de festeig amb altres esglésies, no fos cas que es produissin fugues, reconversions, l’afebliment d’unes parròquies en favor d’unes altres, d’uns déus en favor d’altres: en definitiva, la subordinació o desplaçament d’uns autors i unes teories.

Arribat el cas, com ha passat, es pot aplicar el nihil obstat, prohibint, censurant o desaconsellant lectures, i fins i tot parlar d’altres contribucions o tenir relacions amb professionals “d’altres corrents”. Constitueix un cisma, un impossible existencial, passar per una anàlisi o supervisar amb membres d’altres esglésies. Com en les millors tradicions dels moviments religiosos organitzats, la rivalitat i la “guerra”, si cal, són elements nuclears de la defensa de l’organització.

Però això també val per qualsevol altre àmbit també considerat competència eclesial. Aprofundir en els aven-ços de la física i la matemàtica, de les neurociències, de qualsevol àmbit del coneixement, és contemplat amb recel, desaconsellat i fins i tot titllat de desviacionisme. No cal dir que la “palma” se l’endú la reflexió filosòfica, i més especialment quan des d’ella s’intenten posar a prova els postulats psicoanalítics per tal de palpar-ne la consistència.[3]

Quan l’asfíxia de les nostres esglésies es fa insuportable, es produeixen escissions o bé es conformen grups “alternatius”, a vegades a redós d’un genuí líder d’un pensament nou; d’algú, en definitiva, que ha passat per un procés de transformació veritable. Aleshores es dóna un període de lluna de mel, d’experiència de llibertat en què el camí novament ha quedat obert. Ben aviat, però, es reprèn el procés de mai no acabar de tots els grups. Sorgeix l’afany de reconèixer-se i ser reconegut per altri com a deixeble de la nova veu, cal “organitzar-se” per tal de difondre-la. Novament els missioners, els que es consideren genuïns representants de la veu, els que saben i han de comunicar la bona nova a tothom.

En fi, no cal reiterar-se. Ja tenim nova església, nous ministres de la fe, tan vells i rancis com els anteriors, que copien ad nauseam, religiosament –aquí s’escau el terme– els procediments, els cerimonials, el ritu, que abans havien estat tan criticats… Segueix, imparable, el rodolar de la violència.

Ens en sortirem mai? Potser sí, si entenem que el viatge, el camí al desenvolupament de la ment, és com la passa del pelegrí, cadascú ha de fer la seva. A tot estirar, de tant en tant, trobar-se en algun hostal amb altres caminants i petar la xerrada bo i intercanviant expe-riències. O com a mar, bescanviant plànols, rutes i queviures amb aquells als quals l’atzar ha fet tirar l’àncora una nit a la mateixa cala. Com defensa Sloterdijck (2002), “intercanvis de guspires entre cometes…”.

*********

Aquest procés, del qual hem resseguit algunes de les formes i escenaris, es el que recorre la fenomenologia de la violència: l’esmicolament de la complexitat fins el nivell de partícules sense sentit. Descriu l’exercici de la destrucció sistemàtica de la dimensió estètica del món que es manifesta en cadascun dels objectes que el constitueixen. Bion i Meltzer han maldat per donar-li un estatut conceptual adient: si en començar la formació simbòlica compareix un dolor mental insuportable que reclama canibalitzar el que ha començat a formar-se (Bion, 1962, cap XI), podem considerar la violència com el procediment executiu de la destrucció. Aleshores, l’emocionalitat disposada a celebrar la percepció de la bellesa del món bo i tolerant el seu misteri (Meltzer, 1986b), cedeix el protagonisme a l’evitació del dolor inherent a la seva inaprehensibilitat, un moviment liderat per la violència, que vol fer-la bocins. És per això que sempre podem trobar-la en el rerefons de tots els antivincles: antiemoció, anticoneixement i antivida, i és també per això que constitueix el cor de la beateria, el filisteisme, el puritanisme i la hipocresia, reservoris particularment especialitzats en la seva custòdia i fonts inesgotables del fanatisme.

 

 

Bibliografía

BION, W. (1961): Experiencias en grupos, Barcelona, Paidós, 1980.

–– (1962): Learning from Experience, London, Heinemann.

–– (1963): Elements of Psycho-analysis, London, Heinemann.

––   (1979): Memoir of the Future, London, Karnac, 1991.

EPICTETO: Manual, Madrid, Gredos, Biblioteca Clásica, 207.

FOUCAULT, M. (1964): Historia de la locura en la época clásica, México, FCE, 1967.

–– Microfísica del poder, La Piqueta, 1978.

KERNBERG, O. F.: “Thirty methods to destroy the creativity of psychoanalyc candidates”, Int. J. Psychoanal. (1996) 77, 1031–1040.

–– (2000) «A concerned critique of psychoanalytic education», Int. J. Psychoanal. (2000) 81, 97–120.

KLEIN, M. (1946): “Notes on some schizoid mecha-nisms”, a The Writings of Melanie Klein, III, London, Hogarth, pp. 1–24.

MELTZER, D. (1967): The Psycho-Analytical Process, Perthshire, Clunie Press.

–– (1986a): The Conceptual distinction between Projective Identification (Klein) and Container-contained (Bion), a Studies in Extended Metapsychology, Perthshire, Clunie Press, pp. 50-69.

––   (1986b): What is an emotional experience?, a Studies in Extended Metapsychology, Perthshire, Clunie Press, pp. 50-69.

–– (1992): The Claustrum, Perthshire, Clunie Press.

MELTZER, D. & HARRIS, M. (1988): The Aprehension of Beauty, Perthshire, Clunie Press.

SLOTERDIJK, P. (2002): El árbol mágico, Barcelona, Seix Barral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LUCAS: ¿DEL OBJETO MÍNIMO A LA IDENTIFICACIÓN PROYECTIVA?*

 

Dolors Cid y Lucy Jachevasky

 

 

En su artículo “Consideraciones actuales sobre el Autismo”, Donald Meltzer dice:

“Los dos puntos de vista nuevos sobre el autismo a que hemos llegado después de veinte años de trabajo e interés por los niños autistas son los siguientes: el autismo es una variante del pensamiento y de su desarrollo que se basa en la inversión de la función alfa y en la identifi-cación proyectiva a nivel de objeto parcial. Aplicando imaginativamente estos dos principios se podrá interpretar el material autístico como se interpretan los sueños.”

Nuestro interés inicial era aplicar y desarrollar en lo posible estas ideas últimas de Meltzer. Nuestras reflexio-nes sobre el material nos fueron llevando por caminos adyacentes a plantearnos hipótesis que pensamos podrían ser complementarias.

 

Notas de la Historia

 

Los padres consultaron en julio del 97, cuando Lucas tenía dos años y medio. Empezaron a preocuparse alre-dedor del año porque no decía ni una sílaba; el pediatra pensaba que no pasaba nada. Dado que estaban tremen-damente asustados, tuvo que intervenir un familiar para ayudarles a hacer la consulta y, siendo una familia de nivel cultural alto, esperaban ya el diagnóstico que se les dio. Agregan que tienen un bebé de tres semanas.

Durante el embarazo de Lucas los padres se inquie-taron a partir de los resultados de una ecografía; final-mente se descartó el posible problema. El parto duró mucho tiempo y acabó en cesárea. La madre estuvo ingresada ocho días. El bebe estuvo en la UCI diez días y fue tratado con antibióticos. Tuvieron dificultad con la tetina del biberón: al niño le costaba succionar.

Lucas, dicen los padres, es un niño que come y duerme sin problemas. No le gustan los juguetes. Tiene “mucho genio” y hace rabietas. No les preocupa tanto que ahora no hable como la pobreza de sus vínculos. Tiende a aislarse, no juega con los niños, se hace el sordo muchas veces. Le gusta mucho la música.

En entrevistas posteriores, los padres explicaron que la madre pasó el embarazo con tremenda angustia por temor a sufrir una enfermedad infecciosa; no pudo com-partir estos temores con nadie, ni siquiera con el marido.

Actualmente, los padres están separados y Lucas y su hermano viven con la madre y con su nuevo compañero.

 

El tratamiento empezó con una frecuencia de tres sesiones por semana, con uno de los padres presente. Al principio era muy difícil captar la atención del niño, que se limitaba a lanzar hacia atrás con sus dos manos las piezas de construcción que previamente había sacado de la caja y esparcido. Mostraba una hiperquinesia muy notable que duró bastante tiempo hasta que empezó a ceder. Meltzer explicó –una de las primeras veces en que super-visó el material– la gran dificultad para atraer la atención de un niño como Lucas, ya que “la identificación que se da en la unidimensionalidad reemplaza toda posibilidad de atención”.

Desde el principio, la terapeuta captó otro funcio-namiento que alternaba con éste y que sí permitía alguna relación.

El modelo madre-bebé es el que subyace en las intervenciones de la terapeuta. La mamá canta, explica, intenta mantener un diálogo, enseña cómo es el mundo, intenta establecer diferencias; la terapeuta describe los movimientos del niño, contiene sus impulsos, le canta con suavidad, potencia lo saludable o en vías de serlo… y re-coge y recoge lo que este niño va tirando y esparciendo continuamente. El mensaje sería: las cosas van y vuelven; hay un lugar para las cosas; nos volvemos a encontrar después de decir adiós, etc.; y, cuando puede, le muestra formas que cree significativas para Lucas.

Tiempo después, Meltzer señaló que comenzaba a observarse un contacto que ya no era la identificación in-mediata, sino “el tipo de contacto que puedes hacer con un bebé de diez, nueve meses, que se puede sentar pero que aún no anda, que se lleva todos los objetos pequeños a la boca, primero para ver si se pueden comer y, después, para apreciar las cualidades que tienen”. Y que Lucas “parece haber dado un gran paso en diferenciar los objetos y las representaciones de los objetos. (…) Esto es un paso de gigante que vuelve innecesaria la identificación auto-mática e inmediata con el objeto”.

 

Éste fue un tiempo de esperanza. Pasaron algunos años en los que se fue consolidando la relación con la terapeuta, la hiperquinesia se redujo, aparecieron algunas palabras, todas relacionadas con el movimiento: entrar, salir, abrir… Lucas parecía estar dando un paso hacia la tridimensionalidad.

Aunque también hubo periodos, y algunos largos, en que se instalaron el aburrimiento y el desánimo contra-transferencial.

 

 

El tiempo del No Significado

 

Parafraseando a Kafka, diríamos que Lucas se impuso la tarea de “hacer lo negativo”. Parecía empeñado en crear sustitutos al objeto, construyendo un mundo alternativo de anti-objetos. Nos permitimos reproducir unas líneas de un artículo que escribimos en uno de esos momentos del tratamiento:

 

“Lucas parece ignorar a la terapeuta y juega con su propia silla.

La silla es concreta, rígida, inmóvil, “la muevo si quiero, pero ella no puede desaparecer (como mamá)”, parece decir Lucas en su sustitución. (…)

El no estaría “jugando a entrar y salir de mamá” como podríamos imaginar nosotros (…), sino que está entrando y saliendo de la silla y justo por esto, porque sabe muy bien que es una silla, aunque tenga con mamá algunas similitudes bien concretas…

 

Lucas construye “sustitutos”, se le ve excitado. Se mueve en otra dimensión, un mundo de objetos a los que no tiene ningún miedo y tampoco le despiertan atracción. ¿Estaríamos ante pobrísimos objetos bizarros?

Las respuestas de la terapeuta a este mundo aburrido de Lucas, que otorga valor sólo a lo que él tolera, un mun-do de anti-significado, van en la línea de desalentarle e, intentando atraer su atención hacia ella, transmitirle que ahí no hay vida, que la vida está en otro lugar.

El proceso por el que crea estos sustitutos de objeto es compatible con la descripción que hace Meltzer acerca de la inversión de la función alfa, que invierte el significado del vínculo y convierte todo en -H, -K y -L.

Los objetos reemplazantes, además de reducidos a la mínima característica concreta del objeto sustituido, son despojados de las cualidades con las que el niño tiene mayores dificultades y en consecuencia no inquietan. Pa-recería que lo importante de una mamá es que sostenga físicamente y que de ella se pueda entrar y salir, aunque entrar y salir de un objeto abierto y sin puertas es lo más parecido a no entrar y salir y, si además el objeto es abierto, no hay ningún misterio.

En el material abundan las formas concretas, que invitan poco a ir más allá: son elementos beta resultantes de una intervención simplificadora, elementos beta “despojados” de lo que les haría susceptibles de seguir en el camino hacia la construcción de pensamiento y que serían reducidos a elementos mínimos, a la sensación pura y dura que actuaría sólo como excitante. Lucas tiene que evitar la posibilidad de que algo sea un símbolo, una metáfora, ya que para él símbolo es peligro, pensamiento es peligro.

De no ser por la indudable falta de imaginación diría-mos que, funcionando desde la omnipotencia máxima, Lucas es muy “imaginativo”: como un antidiós que vuelve desde el séptimo al primer día la creación, pero que no acaba de poder borrar del todo la huella de ésta.

¿Habría la anticipación de un objeto total o parcial sobre el que estaría funcionando la inversión de la función alfa? En cualquier caso, apenas Lucas vislumbra la po-sibilidad de un vínculo con el objeto, pone en funciona-miento este mecanismo.

 

Bion explica que la inversión de la función alfa tiene que ver con la reversión del proceso que llevaría al pen-samiento, es compatible con los fenómenos de evacua-ción y no es observable directamente.

Y Meltzer establece la diferencia entre un objeto mutilado resultante de los ataques sádicos –tal como lo describe Klein– y el objeto sujeto a deformación –objeto bizarro en el sentido de Bion–. En esta línea, pensamos que en los autistas la deformación se daría más en el sentido de una simplificación, de una reducción a ele-mentos mínimos, lo que no es extraño si pensamos que muchas de sus ansiedades están relacionadas con la difi-cultad de vérselas con un mundo complejo y fluctuante.

Ahora bien, el reconocimiento del objeto que subyace en esta simplificación es difícil. No son lo mismo que los elementos resultantes del desmantelamiento; es otra ma-nera de descomponer el objeto. En el desmantelamiento, la función comprometida es la atención,   mientras que en la inversión de la función alfa hay un ataque al proceso de pensar. La recuperación es también más complicada y parece que en este caso el objeto inicial, el objeto que subyace, tendría que ser soñado por el analista; estos objetos mínimos –anti-objetos les habíamos llamado– se desgastarían en la medida que no progresan, vaciándose de vitalidad y sentido.

Raras veces, aunque sí alguna, le vemos introyectar. Algo parece entrar en su mente que él generalmente con-creta yendo al grifo a beber agua. En momentos más su-tiles, en los que parece poder incorporar las palabras de la terapeuta, suele poner el dedo suavemente entre sus la-bios.

¿En lugar de incorporar, se expandiría, como dice Resnik, a la manera de una ameba?

Y mientras estábamos planteando estas cuestiones, de forma casi imperceptible, apareció un material dife-rente que nos sorprendió.

 

Intentaremos ilustrar este momento con material clínico:

 

Lucas y la terapeuta hablan del no

 

Sesión del 13 de enero de 2006.

Lucas saca frecuentemente la lengua durante la primera parte de la sesión. Divertido. Balbucea algo. Dice “papá”.

–¿Quieres que hablemos de papá?

Coge el cuento de las caras enfadadas. Va haciendo ruidos con su boca cerrada.

Cierro la boca, imito los sonidos que él hace con su boca cerrada.

Él me observa.

Digo que Lucas dice no, no hablo, estoy enfadado, no.

Escucha, sonríe con cara de enterado, con expresión agradecida.

Insisto, seguimos con esto.

(…) Coge el tapón del lavabo, bebe agua con él. Entra en la consulta con el tapón en la boca. Se lo pone como un chupete. Descansa plácidamente sobre la mesa, muy relajado. Se sienta en mi falda, pide que le sostenga las piernas –él las tiene flexionadas–. Insiste en que le sujete.

Se levanta, se pone su chaqueta, y se cubre la cabeza con la capucha. Se tumba a mi lado con el pequeño muñeco-papá en la boca, oigo algún susurro. Me muestra con gran intención, mirándome fijamente, el muñeco en su boca. Golpea sobre el papá-clic como lo hace frecuente-mente en su barbilla.

Le hablo de un enfado muy fuerte, muy duro, que no deja hablar.

Se pone otra pieza dura en la boca. Es el pequeño pingüino.

Durante la sesión, lloriquea de tanto en tanto, y le digo que está muy asustado y triste, relacionándolo con su enfado.

Es una sesión que me conmueve profundamente.

 

Es evidente que Lucas se siente entendido. El no podría ser una expresión de su determinación de no ha-blar, aunque también nos preguntamos si cuando calla hace callar a papá que, con sus gritos al enfadarse, le asusta.

 

 

Algo cambia

 

A partir de esta sesión, va apareciendo cada vez más un diálogo abierto y hemos de hablar de un cambio im-portante en su actitud. Pensamos en la vieja idea de Freud de que la cantidad puede transformar la cualidad, el último grano de arena que configura una nueva forma. Recorda-mos cómo Meltzer, en una supervisión de los primeros materiales de Lucas, comparó la situación de cambio en estos chicos con las antiguas máquinas de feria a las que se va tirando monedas hasta que, finalmente, una de las monedas hace cambiar las cosas.

Lo diferente es ahora su observable interés en saber. Lucas llega a las sesiones como un niño interesado en resolver interrogantes que se le plantean, pero con ins-trumentos que, diríamos, son inadecuados. Una gran excitación aparece al principio de las sesiones y sólo hablándole poco a poco y cuidando mucho el tono de voz, va disminuyendo. Como puede, con gestos, utilizando un lenguaje básicamente corporal, recurriendo a imágenes de libros y a construcciones con los muñecos, intenta hacerse entender y, aunque no con palabras –dice algunas y va haciendo construcciones verbales con una voz casi inau-dible–,   sí tiene la capacidad de hacerse comprender, de hacer pensar a la terapeuta y en esos momentos en que puede expresarse, no se excita. Este esquema se va repi-tiendo en sesiones sucesivas.

Afuera, en la casa, Lucas crea, durante esta etapa, situaciones que inquietan y desconciertan:

 

Llegan a la sesión destrozados, él y la madre, no han podido dormir: Lucas había retirado una parte de la funda y había hecho pipí en el colchón de su hermano, que duerme en la litera de arriba. El hermano ha tenido que ir a otra habitación porque su cama no estaba en condiciones. Lucas se quedó solo en la habitación y estuvo toda la noche muy inquieto, sin que lograran calmarle.

La madre explica que ya unos días antes Lucas había hecho lo mismo en la cama de sus padres.

 

En las sesiones hay situaciones que se repiten:

Cambia mucho el tono de voz, pasa de una voz muy grave a una muy fina. Jugamos con estos cambios.

Los pies van tomando protagonismo. Pone el pie en el ángulo de la pared. Me muestra una y otra vez cómo mete las manos en sus bolsillos.

Introduce las manos en el WC y bebe el agua o el pipí, a veces como preguntándome, otras con rabia y desesperación, sin mirarme.

Tiene lugares en el consultorio, detrás del radiador, entre la mesa y la pared y debajo de la mesa, donde suele poner lo que para él es significativo. (El cuento de Bambi –del que hemos hablado mucho porque Bambi pierde a su mamá–, el libro del mar que suele relacionar con el papá, el de la música, un libro sonoro, y el de los perros).

También pone cosas debajo de la silla de la tera-peuta: generalmente ositos “contentos”, perritos que juegan, el libro de la música y, con menor frecuencia, el muñeco-mamá-clic.

Hay mucho interés en un libro que tiene espejos: son dibujos de diversos animales u otras figuras con un espejo redondo en el centro. Lucas parece reconocer que el espejo no es un agujero, pero pone su dedo entre el espejo y la hoja como intentando entender cómo entra la imagen en el espejo.

 

Algunos días después sucede algo llamativo hacia el final de la sesión: Lucas se tumba en el suelo y se coge el pene. Luego se queda muy pegado a la pared con el muñeco-papa-clic entre los pies. Me está haciendo pensar en que la pared es dura, impenetrable.

–Lucas quiere entrar –le digo.

Viene hacia mí y pone el dedo en mi boca.

 

La siguiente sesión intenta llevarme a la situación del día anterior y vamos recordando lo que hablamos, casi paso a paso.

Sentado en mi falda, quiere que le sujete las piernas, fuerte. Mucho rato.

Luego se sienta con el pie debajo de su culo.

De pie en el centro de la habitación mira sus manos cerradas en puño a la altura del pecho.

Va al baño y tira un chorro de agua de su boca al espejo como queriendo meter el agua adentro.

Viene hacia mí y mete la mano rápidamente en mi bolsillo para llevarse el contenido. Encuentra una pequeña pinza.

Al finalizar, cuando me levanto, se aferra a mi silla, como abrazándola.

 

Vemos a Lucas menos concreto y empezando a fan-tasear. La silla es ahora una representación de la terapeuta, ya no es la silla, de la que hablábamos antes. También empieza a investigar. Va reconociendo diferentes zonas y parece preguntar sobre las funciones de cada órgano. Ya no todos los agujeros son equivalentes. ¿Por qué en unos se puede entrar y en otros, no? ¿Es él el que no puede? Y, ¿con qué se puede entrar, con el dedo, con el pie, con la saliva…? O ¿para qué sirven las cosas que uno tiene? La excitación que suele aparecer en determinados momentos de la sesión, especialmente al principio, va tomando forma al atenuarse y van estableciéndose diferenciaciones.

Se observa en Lucas curiosidad por el interior del cuerpo y no parece estar en el claustro, en general, aunque la claustrofobia aparece en algunos momentos a partir de los celos y la envidia; y entonces se angustia, quiere salir o se envuelve en la mantita protectora dejando sólo al descubierto su cara.

Muestra que, para él, la terapeuta tiene cosas adentro, como ositos contentos saltando entre las nubes, como una música. Y diríamos que se pregunta cómo otros están adentro. No parece estar solamente en la búsqueda de un continente en el cual alojarse. Está fantaseando con el interior del cuerpo de la madre y está preguntándose de qué manera puede entrar en la madre. Por otro lado, pare-cería estar en los comienzos de una identificación con el pene de papá.

 

Tres sesiones más tarde, Lucas, al entrar, coge la pelota blanda en la que está dibujada la cara de un oso. También coge el cuento de los espejos. Los pone sobre la mesa y los va mirando. Parecería estar pensando en cómo es igual o diferente el oso (¿adentro?) de la pelota y la cara en el espejo.

Mete el cuento y la pelota entre la mesa y la pared. Se coge el pie.

Mira el libro del mar, que frecuentemente relaciona con el padre. Le pregunto por el fin de semana. Está nervioso, inquieto. Pasa mucho tiempo así.

Coge el libro de Bambi, que muchas veces hemos relacionado con la separación de la mamá y los miedos que provoca. (Ésta es la sesión del viernes y este fin de semana está con el padre).

Le canto y le hablo suavemente de la ausencia de mamá intentando trasmitirle que mamá no se pierde, que mamá vuelve y que mientras Lucas está con papá, mamá le recuerda y le quiere mucho.

Esta situación dura bastante. Su tono emocional cambia, Lucas canta también, va a beber agua. Vuelve, le ofrezco mi mano. El me la coge. Estamos juntos. Se sienta en mi falda. Seguimos con nuestro diálogo cantado.

Entiendo que me está preguntando si mamá está sola. Le hablo de esto.

Lucas coge el cuento de Blancanieves donde están juntos Blancanieves, el príncipe y los enanitos.

Le digo que él piensa que está con Ricardo (nueva pareja de la madre).

Muestra el cuento del colegio.

Le comento que está también Berta, la hija de Ricardo.

Se va poniendo muy tenso y a la vez muerde la espiral de un pequeño libro.

Lucas piensa que los niños están adentro.

Y añado: “Lucas, los niños están afuera” (enfatizo: “afuera”).

Estamos un momento muy bien, muy tranquilos. Le veo sereno, guapo, con mirada profunda, de pie a mi lado, se apoya un poco en mí.

Después de un tiempo así, se levanta, va al WC, pone la mano en el agua y la bebe. Le ofrezco agua del grifo, la acepta.

Volvemos a la sala. Quiere una de mis pinzas del cabello que le dejo. Pone saliva encima de la pinza.

Viene directo a mí, se arrodilla en mi falda mirán-dome: le dejo hacer, se levanta la camiseta y me muestra su barriga y se queda en esta posición.

En este momento, se oye afuera al padre que abre la puerta. Lucas se asusta y se distancia rápidamente de mí.

Lucas tiene mucho miedo de que papá se enfade si se pone así, encima de mí, le digo.

 

Vemos a Lucas preguntándose cómo se hace para entrar en la terapeuta. Parece confundido, claramente asustado cuando escucha al padre abrir la puerta. Da la impresión de que en algún punto no viera diferencia entre papá y él porque está en identificación con “aquello que papá puede tener que le permite entrar” y, al aparecer el padre, saldría abruptamente de esta situación.

 

También vemos una constante dialéctica entre rela-cionarse con la terapeuta, organizar un vínculo o sus-tituirla. Es un ir y venir entre momentos más patológicos y momentos de más progresión, y a veces no es fácil dis-tinguir si estamos o no ante elementos aptos para el pen-samiento.

En las sesiones, se pueden encontrar tanto objetos desmantelados como objetos mínimos, resultado de la detención, más que de la inversión de la función alfa, y elementos cargados de algún significado, en la línea de la identificación proyectiva en objeto parcial, que van des-plegándose lentamente y ganando en claridad. La tarea de diferenciar no es fácil, la inversión de la función alfa está siempre a punto de desbaratar cuando asoma algún significado. La labilidad es muy grande y dificulta que su frágil estructura se mantenga cuando las circunstancias externas no favorecen, son momentos en los que la terapeuta tiene que luchar contra su desesperanza y el descreimiento en sus recursos.

 

Resumen

 

Nuestro interés en este artículo era aplicar y desa-rrollar las últimas ideas de Meltzer sobre el autismo. Pensando en estas cuestiones y revisando el material de Lucas nos encontramos describiendo cualidades de los objetos, objetos reducidos u objetos mínimos, con los que este niño se relaciona. Parecería que Lucas fabrica un mundo de objetos a través de la simplificación, de la desconexión y descontextualización, que intentamos explicar como un detenimiento y/o inversión de la función alfa que da lugar a lo que hemos denominado objeto mínimo, diferente del objeto desmantelado y del objeto mutilado. En las últimas sesiones, se puede observar una evolución hacia la identificación proyectiva en objetos parciales.

 

 

*Agradecemos a la Dra. Rebeca Grinberg, a Claudio Bermann y a Carlos Tabbia la lectura atenta y sugerente de este artículo.

 

 

 

Bibliografía

 

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SOBREVIVIR AL ABANDONO

 

Perla Ducach y Silvia Grünwaldt

 

 

Cuando las manos van a

los ojos que lloran como a

un abrevadero para beber y beber.          

Yehuda Amijai, Acompáñame    

 

 

Las ideas centrales de este trabajo giran alrededor de la incapacidad para desarrollar un “continente” cuando hubo una ausencia materna real. Mostraremos la situación de anti-desarrollo organizada activamente por una niña a la que llamaremos Dunia. Esta situación podría vincularse a la fantasía de sobrevivir sin la necesidad de un objeto con el cual relacionarse emocionalmente. El material clínico recogido fue sugerente y estimulante para pensar acerca del funcionamiento mental de los niños que padecen esta patología.

Ilustraremos estas ideas a través del relato de los diferentes momentos de la evolución de la niña, anteriores y posteriores a la adopción y los que corresponden al inicio del tratamiento.

Describiremos los avances aparentemente fugaces que fueron surgiendo en el devenir del tratamiento; progresos que para nuestro asombro se fueron organi-zando a favor de un proceso en una dirección evolutiva, un intento de superar una catástrofe primitiva que destru-yó el continente.

 

 

 

 

Del abandono a la adopción

 

Dunia es una niña proveniente de Europa del Este. Estuvo ingresada en un hospital por haber nacido prema-turamente y continuó allí a la espera de una adopción nacional hasta que cumplió un año, momento en que pasó a un orfanato. A los dos años y medio fue adoptada junto con otro niño de cinco por una mujer divorciada hace ya varios años. En principio, la madre sólo iba a buscar un niño pero aceptó llevar también a Dunia cuando le dijeron que si no la adoptaba se moriría. En ese momento la niña tenía el tamaño de un bebé de ocho meses, estaba esque-lética, no se sostenía, tenía las manos llenas de llagas y las orejas inflamadas por una otitis. La madre mostró una fotografía de la niña, la imagen era espeluznante y evo-caba las fotos de niños de los campos de concentración. Sabemos por ella que cuando Dunia pasó al orfanato empezó a devolver y también a regurgitar la comida a voluntad. Por este motivo cuando la madre la conoció estaba nuevamente hospitalizada.

Los primeros dos años y medio de su vida en el orfanato transcurrieron en una cuna. Se mecía refregán-dose en los barrotes y jugaba cogiendo jirones de tela de sus pañales con las manos y los pies. No miraba direc-tamente, giraba los ojos y miraba de lado de tal manera que llegaron a pensar que era estrábica.

La madre la describió como desconectada aunque percibía lo que pasaba a su alrededor. Cuando se la cogía en brazos se quedaba rígida; sus extremidades, normal-mente, parecían hechas de madera. No toleraba el con-tacto físico hasta que en una ocasión se asustó y se lanzó a los brazos de su madre; había pasado un año desde la adopción. No reía ni lloraba, sólo gemía o gritaba. En dos años recuperó la talla normal y ahora es una niña rubia, “toda músculo”, tiene una fuerza enorme y cuando se enrabia da patadas como “un conejo”. Se queda pegada a la rabieta y le cuesta mucho salir de esa situación.

Ha estado en una escuela de educación especial y en este momento asiste a un colegio normal aunque sólo comparte con los otros niños algunas actividades como música, psicomotricidad y comedor. El resto del día recibe asistencia personal y especializada. Cuando hay cambios de monitoras una de las cosas que hace para mostrar su disconformidad es orinarse en actitud desafiante.

 

El proceso terapéutico-la etapa inicial

 

La madre impresiona como una mujer difícil pero con capacidad para conectar con sus hijos. Durante el primer tiempo las sesiones fueron conjuntas (madre y niña), el objetivo era observar el tipo de relación que había entre ellas; favorecer, si fuera necesario el contacto y ayudar a la madre a observar y comprender el funciona-miento de la niña. Comenzamos trabajando a razón de dos sesiones semanales; en ese momento la niña tenía cuatro años y medio.

Dunia causó un gran impacto en la terapeuta: miraba de reojo girando de tal manera los ojos que parecía que iban a dar una vuelta completa; se comportaba y chillaba como un animalito; no hablaba (aún no lo hace). No soportaba la más mínima frustración: gritaba y pateaba aunque se hiciera daño (se sacaba los zapatos al entrar a sesión) y no daba muestras de dolor. No podía prestar atención a nada, todo lo tocaba, todo lo tiraba o lo lanza-ba contra las paredes. Hacía ruidos guturales como un monito para indicar que tenía caca o tenía sed. Decía sí o no moviendo la cabeza pero a veces no coincidía con lo que realmente quería y cuando la madre no acertaba se enfurecía y llegaba a patearla. Se mecía constantemente de manera bastante violenta refregándose contra las pare-des y los muebles. Todo iba a parar a la boca. A veces traía a la sesión cosas del colegio, objetos duros como por ejemplo piezas de construcción y cucharas de plástico; en ocasiones se quitaba la ropa y se masturbaba (según la madre podía meterse objetos y dedos en la vagina). Se pegaba en la cabeza, en la mano, en el cuerpo.

Cuando paraba la actividad frenética parecía como si estuviese escuchando-recreando cosas en su mente, ponía caras expresivas, sonrisas, fruncía el ceño y normalmente todo terminaba con gritos, chillidos y con una explosión.

Durante este período, la terapeuta se ocupó predo-minantemente de observar y contener: mirar sus expre-siones y ver si las podía relacionar con algún hecho de la sesión. Al mismo tiempo se le describía lo que ella hacía y se le formulaba preguntas en voz alta, como por ejemplo “qué pasará en la cabecita de Dunia que se está sonriendo, quejando…etc.”.

 

Conjeturas Imaginativas

 

A pesar de no contar con información precisa an-terior a la adopción, sabemos que Dunia nació prema-turamente y por lo tanto es posible que sus problemas se hayan iniciado en la vida intrauterina. La niña puede ha-berse sentido expulsada o bien haber huido de un con-tinente “amenazador”. Esto nos hace pensar que en ese momento se pudieron haber gestado las dificultades para desarrollar un continente.

Su primer año de vida transcurrió en el hospital, allí probablemente recibió algún tipo de atención (algo bueno) que le permitió crecer físicamente. Al pasar al orfanato, el crecimiento se detuvo y Dunia desarrolló una segunda piel (E. Bick) o exoesqueleto (W. Bion) que le posibilitó perfeccionar una musculatura que sirvió como sostén de su personalidad.

No pudo desarrollar un “continente-piel” al no haber existido quien se hiciera cargo de la función materna de reverie. Esta ausencia se tornó en una presencia perse-cutoria que favoreció una dirección anti-evolutiva del de-sarrollo. Además atacó todo lo que podría haberla hecho evolucionar: continente, barrera de contacto, aparato para pensar, vínculos (L.H.K).

Los frecuentes vómitos pudieron significar la expul-sión de “lo malo” del orfanato. Allí sabemos que no reci-bió cuidados adecuados pero el problema fue que junto con “lo malo” también echaba fuera “lo bueno”. El senti-do de la regurgitación estaría vinculado a la fantasía de proporcionarse a sí misma el alimento y de esta manera evitar la vivencia de vacío y soledad. Los episodios de violencia en los cuales arrojaba objetos, pegaba patadas en las paredes y destrozaba todo aquello que cogía en sus manos, nos hicieron pensar en un funcionamiento carac-terizado por la inversión de la función alfa. Según Bion, la inversión de esta función debe ser entendida como una canibalización de los elementos alfa hasta su transfor-mación en elementos bizarros con huellas de yo y super yo (trozos de significado) que sólo sirven para ser eva-cuados. Una modalidad evacuativa que Dunia utiliza, podría ser la transformación en alucinosis que, como afirma Bion son percepciones de relaciones que no están en la realidad externa, sino que son trozos de pensamiento abortados en la percepción. Suponiendo que fuese así, Dunia sería una niña con hambre de objetos pero que debido a su voracidad y a su violencia, fracasa en el in-tento de introyectarlos; por el contrario, el arrojar afuera, proyectar, es el mecanismo predominante. En estas con-diciones no puede prestar atención activa a nada ni tampoco juntar los trozos proyectados y degradados.

 

El proceso terapéutico-la tridimensionalidad

Volviendo al material, observamos que poco a poco Dunia comenzó a compartir actividades con la madre: le pedía que le recubriera un dedo con plastilina (como un dedal) se lo ponía y sacaba. También se colocaba plasti-lina entre los dedos, como para tapar la separación. Em-pezaba a interesarse durante unos segundos por un camión y un coche, hacía girar las ruedas, se las pasaba por las manos, los miraba por “debajo”, metía los dedos en todos los sitios. Arrancaba todo lo que sobresalía con manos y dientes: manos y cabezas de los muñecos, etc. Paralela-mente a esta actividad repetitiva y desbordante, cuando quería hacer algo que sabía que su madre no aprobaría, miraba de reojo, intentaba despistarla y de repente con la velocidad de un rayo lo hacía.

Un día empezó a meterse dentro de una estantería. La terapeuta sacó los estantes y quedó un hueco al que bauti-zó como el *cau: lugar-cuna-refugio en el que se tumbaba como un bebé, o se mecía apoyada en manos y rodillas, refregándose como lo hacía en los barrotes de la cuna. Entraba cuando quería “aislarse”. La terapeuta le hablaba de su soledad, de estar dentro, de estar fuera. Dunia cam-biaba de expresión según lo que se le decía: ¡¡escu-chaba!!…y le hablaba de su situación anterior y de la actual, de cómo poder juntarse y separarse, cómo poder digerir lo que había vivido.

Empezó a mirar por la ventana hacia afuera. En una ocasión, luego de estar un rato con su cara pegada a la ventana se giró y mirando a la terapeuta, le cogió el borde de su jersey, lo estiró y miró dentro. Luego le miró las manos y con una suavidad extrema las tocó. Dio lugar a que se le pudiera hablar del adentro y del afuera, de su curiosidad sobre las manos….. ¿para qué eran?… para aca-riciar, para pegar, para juntar, para romper…

La mamá siempre traía una bolsita con canicas, llaves, cosas pequeñas que Dunia pedía en sesión. Se metía la canica en la boca y la escupía; otros objetos como la tapa de la caja, un lápiz, las llaves, se los llevaba a la boca de tal manera que un trozo quedaba colgando y lo hacía balancear golpeándolo con el dorso de la mano. También se los metía entre las piernas.Un día la mamá empezó a jugar a esconder la canica en una mano y Dunia tenía que adivinar en qué mano estaba, la niña excitada le pedía más y más. En pocas sesiones empezó a esconder la canica debajo de la estantería y a pedir que la encontrá-ramos. En otra ocasión se metió en el cau y mirando a la terapeuta estiró la mano y se escondió; durante unos segundos jugaron a: ¡no está Dunia!, ¡aquí está! Ella dis-frutaba y reía.

Empezó a lalear, al principio sólo había musicalidad, luego pudo decir algunas sílabas y los ruidos guturales desaparecieron.

Se refregaba en las dos puertas del armario, en una, en la otra y en la junta de las mismas; también refregaba cosas en las juntas de las baldosas del suelo. La terapeuta hizo una construcción de dos torres unidas en la base con las piezas del Lego que también tenía una junta “cesura” por la que la niña se interesó de inmediato: separaba y juntaba las dos torres y explotaba de rabia y desesperación cuando se le desmontaban. Intentaba reconstruirla pero no lo podía hacer ya que no distinguía entre la parte saliente y la entrante de las piezas; cuando se le explicó cómo hacerlo a veces conseguía realizarlo, pero otras insistía en encajar mal las piezas y nuevamente se enrabiaba cuando éstas no le “obedecían”. Se le dijo que ella a veces tam-bién sentía que se desmontaba, pero que se podía volver a montar como ocurría con la construcción; que no quedaba todo destrozado. La terapeuta comenzó a hablarle a Dunia de su situación anterior, cuando se sentía desam-parada, solita, sin ayuda y en cambio, ahora, todo era diferente: tenía una mamá que la cuidaba, una terapeuta que deseaba entenderla y una “seño” en el “cole” que le enseñaba muchas cosas. Todo esto se repetía sesión tras sesión hasta que un día, de repente y luego de una secuencia semejante, paró y dijo: Mamá. Al mencionarle que ahora era diferente de cuando era bebé, que ahora ya no estaba en Cracovia, miró y dijo que no con la cabeza. Fue un momento muy impactante para las tres.En la sesión siguiente estuvo bastante tiempo haciendo “mi-mos” subida a la falda de la madre como un bebé de ocho meses que aún no se sostiene en pie.

Después de las vacaciones de Navidad se comenzó a sugerir la posibilidad de que Dunia entrara sola a sesión, la mamá aceptó. Al principio le costaba soportar el tiempo completo de la sesión, pero después pudo tolerarlo sin que hubiera explosiones de violencia.

Cuando llegaba a la terapia intentaba meterse por to-dos los sitios (baño, otros despachos), y paralelamente a esto, en las sesiones realizaba una actividad nueva: pedía que se le desplazara el mueble-cau y ella se metía en el hueco que quedaba entre el mueble y la pared; dentro de este espacio volvía a mecerse. La caja también servía de espacio continente: se metía dentro. En otros momentos se subía y se bajaba del mueble como tomando posesión de él.

 

Reflexiones finales

 

Retomando nuestras conjeturas imaginativas, en esta segunda etapa se observan en esta niña avances en el de-sarrollo de su “aparato para pensar”: la posibilidad de pasar de la bidimensionalidad a la tridimensionalidad; la construcción de un espacio dentro del objeto y la utiliza-ción del mecanismo de la Identificación Proyectiva en su aspecto intrusivo.

Esta evolución le permitió a la niña tener una expe-riencia de relación diferente. Meltzer solía comentar que”…en muchos niños adoptados se puede ver que hubo una relación con los padres originales, que han perdido algo y que lo buscan intentando reencontrarlo. Otros no han perdido nada y probablemente encuentran algo por primera vez con el terapeuta….” Podríamos pensar que este es el caso de Dunia   que por primera vez encontró una persona que mostró interés en ella lo cual le per-mitió: sentir menos miedo, escuchar mejor y responder aunque sólo con “caras”, mímica y laleo. No obstante, todavía estaba muy centrada en su boca, lengua, dientes, pezón-pene, todo ello al estilo de un teatro constituido por objetos parciales con significado.

Los juegos de unir y separar, la importancia de las junturas de distintos objetos (puertas, baldosas) en las cua-les solía mecerse, parecían un intento de construir puentes que le permitieran superar diferentes cesuras: la del na-cimiento, la de la adopción…etc. La hipótesis de Bion respecto a la cesura del nacimiento es que en muchos niños esta experiencia implica una escisión tan severa entre la vida antes del nacimiento y la de después, que puede interferir el despliegue del instinto epistemofílico. El camino de la formación de símbolos está impulsado por este instinto y supone el desarrollo de un objeto tridimen-sional; sólo en este nivel es posible implementar el deseo de conocer. (K)

Volviendo a Dunia y al momento más actual, parece que empieza a discriminar y puede diferenciar el adentro y el afuera y quizá también el antes y el después.

El juego del cau remite a la permanente búsqueda de un continente. Los juegos de aparecer y desaparecer al estilo del Fort-da, se relacionan con la presencia y au-sencia del objeto. Destacamos un momento privilegiado que probablemente marcó un punto de inflexión, aunque muy fugaz y fue cuando pudo decir mamá mientras se restregaba en la juntura del armario.

¿Esta palabra remite a un registro simbólico? ¿Se habrá instituido una representación de objeto? Si así fuera, estaríamos en presencia de un progreso importante que estaría dado por el hecho de que si su madre no está presente, no significa que la ha abandonado sino que volverá. Sabemos que Dunia a veces es capaz de ser suave como cuando intenta mirar dentro de la blusa de la tera-peuta y también cuando coge sus manos. Esta manera de mirar o este tipo de curiosidad quizá sea un preludio de la imaginación, pero es aún muy breve; de inmediato surge nuevamente la desconfianza. La angustia por la ausencia del objeto todavía despierta en esta niña mucha violencia al servicio del dominio y del control.

Para terminar recordemos lo que dice el Dr. Meltzer en relación a los niños con estas características: “…ellos son los que han estado privados de una educación emo-cional en el contacto con el objeto materno. La forma extrema serían los niños que se han criado en casas de acogida, internados y aquellos que recibieron sólo servicios puramente mecánicos”.

La experiencia nos muestra que impulsar el creci-miento de esta niña en un sentido evolutivo requiere –siguiendo las enseñanzas de Meltzer– sostener el interés y sobre todo la esperanza de poder mantener un proceso terapéutico.

 

 

 

Nuestro agradecimiento a la Dra. Rebeca Grinberg por sus valiosos aportes para la comprensión del material de esta paciente. También agradecemos a Aurora Angulo y a Miriam Botbol su colaboración en la lectura y comentarios de este artículo.

 

 

 

Bibliografía

 

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MELTZER, D. (1999): Seminario en Oxford con el Grupo Psicoanalítico de Barcelona, (Inédito).

 

TUSTIN, F. (1967), Autismo y Psicosis Infantiles, Bs. As., Paidós, 1984.

 

 

 

 

LA BELLEZA CLAUSURADA

 

Yolanda La Torre Guevara

 

                                             

… nada se encamina más

                                               a corromper las ciencias que el permitir que se estanquen.

Edmund Burke (1757)

 

 

Introducción

 

Este trabajo, contiene tres aspectos fundamentales inspirados en la experiencia de aprehender con Meltzer:

  1. –La conexión que se establece desde el psicoaná-lisis, con el pensar las esencias de lo humano como puentes con la filosofía, la estética y el arte. En mi opinión, las ideas de Meltzer no están dadas al azar: quieren decir lo que dicen. He apuntado, brevemente las ideas de filósofos, como E. Von. Hartman, E.Burke, Ortega y Gasset, Shopenhauer, que en distintas épocas hacen descripciones psicológicas muy próximas.

La concepción de enfermedad psíquica, se conecta en Meltzer con la perdida de la capacidad de aprehender la belleza, en las primeras experiencias de la de vida. Vivir es aprehender, es responder a un potente motivo, que estimula la imaginación y el conocimiento.

  1. –El segundo punto, en relación con éste primero es la convergencia entre dos conceptualizaciones en Meltzer, en mi experiencia con algunos, de los casos que tuve la fortuna de supervisar con él.

A mi modo de ver, las ideas de “aprehensión de la belleza”, “impacto estético”,“conflicto estético”, conver-gen con las ideas de “claustro”, en la extraordinaria descripción de los estados mentales claustrofóbicos que hace Meltzer, en el fracaso que contiene la vida en el claustro, (vivir en el objeto asaltado) como un objeto interno, degradado y exilado de la Belleza.

  1. –He querido ilustrar estas ideas con unas viñetas de un caso clínico, que fue de gran impacto, por su comple-jidad clínica, en combinación con un emergente externo de gran fuerza traumática, que predisponía a un estado claustrofóbico.

Debo agradecer a la paciente, entre otras cosas, una asociación, que me ha permitido el titulo del artículo: La belleza clausurada.

 

Los que tuvimos el privilegio de conocer y trabajar con Donald Meltzer, sabemos cuán poco le agradaban los homenajes, y no podemos negar que algo de ambigüedad contienen; que es una manera de “pagar la deuda”, una manera de escamotear la gratitud, que supone el apren-dizaje.

Espero que este artículo, sea portador de mi gratitud, no quisiera caer en nada pomposo, ni en elogios solemnes, algo totalmente injusto tratándose de Meltzer, cuya genialidad ha recorrido las profundidades de la mente, lejos de toda parafernalia, frivolidad y vanagloria.

Este trabajo surge de algunas reflexiones acerca de sus ideas, contenidas es sus tesis sobre el conflicto estético y la vida en el claustro, en sus libros Aprehensión de la belleza (Meltzer y M.Harris, 1990) y Claustrum (1994). Sus ideas representan perfectamente el espíritu de la cita de Burke, ya que gracias a creadores y pensadores así, avanzan las ciencias.

Meltzer abre el psicoanálisis hacia el pensar las esencias de lo humano, nada más esencialmente humano que la mente. Su manera de entender, reformular concep-tos psicoanalíticos y hacer un nuevo uso del lenguaje, aproxima el conocimiento psicoanalítico a la filosofía, la estética, la antropología y el arte.

El concepto de “objeto estético” también está presente en la Filosofía de lo Bello y se conecta con la teoría de la dimensión estética del objeto en Meltzer

  1. von Hartmann (1869) dice refiriéndose a lo bello y lo sublime:

 

“Cuando un sujeto se enfrenta a un objeto súper poderoso e imponente, cuya presencia produce en él, primero, una aparente depresión de su propia sensibilidad, es decir un sentimiento de impotencia relativa y, consiguientemente, de displacer y an-gustia, para suscitarle luego, una vez comprobado su carácter inocuo, sentimientos estéticos que proyectados en la apariencia del objeto grandioso, le llevan a identificarse con él, elevándole y proyectándole mas allá de sí mismo”.

 

En su descripción del “impacto estético”, Meltzer coincide con Von Hartmann, pero hace una precisión, el sujeto, es un recién nacido, y el objeto estético son los ojos, pezones y pechos de una madre bella que le ofrece la posibilidad de una vida sensible. La aprehensión de la belleza no surge en la turbulenta vida del joven y del adulto reflexivo, se halla desde los comienzos de la exis-tencia, estas primeras experiencias estéticas, dan origen a una particular manera de sentirse en el mundo, como un invitado o un intruso. El invitado puede participar de la belleza del objeto, de sus cualidades externas, el intruso puede sentirse atrapado, perseguido siempre al borde de la expulsión.

Meltzer dice:

 

“La bella madre abnegada común presenta a su bello bebé común, un objeto complejo de increíble interés, interés tanto sensual como infrasensual. Su belleza concentrada como debe estar, en su pecho y en su cara, complicada, en cada caso, por los pezones y los ojos lo bombardea con una experiencia emocional de carácter apasionado, consecuencia de estar capacitado para poder ver esos objetos como bellos”… “la madre es enigmática para él; exhibe la mayor parte del tiempo una sonrisa de Gioconda y la música de su voz cambia sin cesar de una clave mayor a una menor. Él bebe debe esperar las decisiones del castillo, del mundo interno de la madre… aun en los momentos de comunicación, más satisfactoria, del pezón en la boca ella envía un mensaje ambiguo, pues si bien le saca los retortijones de adentro, le da una cosa que irrumpe y el mismo debe expulsar. Realmente ella dio y quitó tanto, las cosas buenas como las malas… Este es el conflicto estético que puede, ser enunciado con más exactitud en términos del impacto estético del exterior de la madre “bella”, a disposición de los sentidos y el interior enigmático que debe ser cons-truido mediante la imaginación creativa.” (D.Meltzery M.Harris 1990)

 

Esta situación psíquica marca profundamente el de-venir de la personalidad y su desarrollo. Las posibilidades de integración dependen de los extremos en los que trans-curre este devenir psíquico, como la existencia y la vida, un espacio y un tiempo entre las lindes de la vida y la muerte.

La belleza y sus posibilidades de aprehenderla ase-guran la supervivencia de la mente, sin la cual la persona-lidad ronda peligrosamente los alrededores del Claustro con sus características de carencia de belleza y el riesgo de los sucedáneos de sensualidad, placer, excitación, pueden sellar el encierro en el mundo claustrofico.

La idea de belleza alcanza el análisis por el enorme potencial reestructurante y vinculante que esta estimula, el afán de conocimiento solo es autentico si este entraña belleza que estimula la pasión. Posiblemente, el ser hu-mano sólo puede arriesgar, sufrir crecer y curarse, por su capacidad de aprehender la belleza, que le permite crear y desarrollarse.

Desde estas reflexiones, podemos considerar al psico-análisis un método estético, la belleza del método, con sus componentes de impacto, conflicto y contemplación de unos hechos, nos conduce a la posibilidad de pensarlo en este ámbito. El psicoanálisis como arte, de ahí su paren-tesco con la filosofía de lo bello.

Meltzer se refiere al Psicoanálisis como el “bello método” inventado por Freud que permite tanto al paciente como al terapeuta, crear un vínculo que contiene en sí mismo la esencia terapéutica con sus componentes de evo-lución y cambio. La belleza del método lo emparenta con el arte; ya Freud, recomendaba la lectura de literatura, historia, filosofía, que enriquecen y nutren el psicoaná-lisis. (T. Reik)

Pero no es fácil desprenderse del modelo biológico y médico, es grande el temor a perder la respetabilidad cien-tífica; el dogma científico, a pesar de conducir muchas veces a la inoperancia, nos hace permanecer en posiciones de cierto fanatismo, así parece que si algo es científico, es irrefutable y es grande el temor a caer en la desvaloriza-ción y el anatema. Esta sumisión y estos temores, hacen que nos encontremos, muchas veces, haciendo una minu-ciosa anatomía de la mente y emitiendo diagnósticos, que nos hace parecer entomólogos, describiendo los funciona-mientos de otra especie.

Quizás sea importante volver a reflexionar sobre aquella vieja definición de la Medicina, como “Ciencia y Arte de curar”. Toda terapéutica entraña una artesanía en el desempeño y un modelo creativo en las ideas. Las claves de ello están en el vinculo terapéutico (vinculo K de Bion) que en cada caso es único, inefable e irrepetible. No exenta de temores por ambas partes, como ejemplo de esto, recuerdo a un joven psicótico que, en el hospital en el que estaba ingresado, me fue enviado para un estudio y una entrevista. Al entrar, me espetó: “¿Qué tienes tú para que yo no me suicide?”. Me encontré en una situación muy difícil, vestida de blanco médico, con la sala llena de libros, el material del test en la mesa, y un retrato de Krestchmer en la pared, sólo pude contestarle con algo así como una broma: ”Quizás, habría que hacerme a mí los tests”. El paciente me había hecho una pregunta, de difícil respuesta –aún la encuentro difícil–. ¿Qué tiene nadie para que alguien no se suicide?

En la descripción que hace Meltzer de la transfe-rencia, como los vestidos del rey que todos los terapeutas llevamos, y la desnudez que sólo percibe la inocente mi-rada de un niño (la sinceridad del analista), tendríamos que, la razón para no suicidarse, sólo está en los objetos internos, el analista sólo acepta transportarlos donde el paciente lo vea mejor.

Indudablemente, la belleza es un organizador de la mente, permite que algo se fije, permite la constitución de la realidad psíquica a través de los sentimientos que suscita, generando la posibilidad de pensar pensamientos, íntimos, auténticos. Sólo podemos pensar lo que nos con-mueve sin importar si es positivo o negativo, el seudo pensar (sin emociones) representa una especie de chácha-ra, como repetir cancioncillas, que no quieren decir nada y que son para la mente como chicles destinados a ser escupidos. Lamentablemente, ése es un riesgo importante en el psicoanálisis, muy aprovechado por sus críticos o por las resistencias al cambio en los pacientes, quienes muchas veces imperceptiblemente nos proponen componendas, como venir a un análisis para no analizarse, hablar todo el tiempo de psicoanálisis para que nada cambie. Esta situa-ción contiene hostilidad y ataques al vínculo analítico.

Una particular situación de estancamiento, puede provenir del conflicto estético con el método, el impacto estético, puede promover la resistencia y la envidia que podrían convertir al análisis en inútil e insulso.

 

Meltzer aporta el punto de vista psicoanalítico a las reflexiones estéticas y a la filosofía de lo bello, Von Hartmann dice algo coincidente con Meltzer como si por dos caminos diferentes se hubieran encontrado:

“El reconocimiento de estar dotado para la aprehensión de la Belleza es como una misteriosa resolución de una vida, cuyo máximo exponente se hallaría en los creadores, luego están aquellos que pueden ser movidos por la belleza y por último, la autentica patología, el fracaso humano” “… la sensibilidad estética del vulgo, no es pura, sino que suele ir unida a intereses espurios como el gusto por la novedad, por modas, muchos individuos aparentan una capacidad de goce estético que en absoluto poseen, meros diletantes” (von Hartmann,1983)

Meltzer describe perfectamente esta misma situación desde el psicoanálisis, pero de una manera funcional, vital desde los comienzos de la vida, desde el bebé y su relación con el pecho como “objeto estético” y el conflicto aso-ciado a este primer y extraordinario encuentro, el éxito o fracaso en la solución de este conflicto, definirá en gran parte la manera de estar en la vida.

La madre y sus pechos son el bello y misterioso ob-jeto que estimula la imaginación creadora. De lo contrario, se puede caer en el utilitarismo, así el pecho, es el conte-nedor, del que sólo, se puede sacar leche, pero es un mero envase que no difiere demasiado de un cartón de tetrabick. Esto se puede ver en nuestras consultas, donde sesión tras sesión, el paciente parece sacar un beneficio secundario, una componenda, que no le permite desarrollar, el analista puede caer en ello, imperceptiblemente, sin ensayar algo que pueda tocar la vida mental y generar entre ambos un auténtico vínculo de progreso.

Recuerdo un paciente cuya demanda de tratamiento, muy ambigua, nos inquieto. a lo largo de su terapia, pero nos señaló muy claramente el nudo en el que se generaban sus dificultades Decía: “Me he vuelto tan consumista que hasta quiero psicoanalizarme, como cualquier americano rico”. Este comentario se conecta con el tópico del ame-ricano rico que compra obras de arte para exhibir su poder económico.

La manera de vivir el conflicto estético puede definir la manera de acercarse a los valores, a la salud, a la cultura

Como dice J.Ortega y Gasset (1925):

 

“En la inclinación por el arte, hay quienes se quedan en la contemplación de la sombra, que es como tratar de entender al hombre por su sombra”.

En el psicoanálisis seria entender al paciente por su diagnostico, evitando la reflexión sobre la intimidad del vínculo. Ortega destaca la intimidad como condición del objeto estético desde la filosofía y el arte:

 

El objeto estético es una intimidad en cuanto tal. No digo que la obra de arte nos descubra el secreto de la vida, nos da ese goce que llamamos estético, por parecernos que nos hace patente la intimidad de las cosas, su realidad ejecutiva-frente, a quien las otras noticias, de la ciencia parecen me-ros esquemas, remotas alusiones, sombras.” (1925)

 

Otro punto importante de la teoría Meltzeriana lo constituye la teoría del Claustro (1994) fundamental en el conocimiento y el acercamiento, a la comprensión del fun                                                    cionamiento mental de nuestros pacientes, este trabajo intenta mostrar su convergencia con la teoría del Conflicto estético, esta convergencia abarca gran parte de la psicopatología y de la constitución de la personalidad, ya que ambas situaciones son estructurantes del hecho psíquico. Meltzer dice:

 

“La persistencia morbosa genera el fenómeno claustrofóbico, no poder salir, quedar atrapado es el ejemplo más claro de antivínculo y la evitación es la defensa que se impone, pero no es solución ya que esta misma, genera nuevos claustros, encierros trampas, la erotización de claustro surge como la única forma de supervivencia”.

 

El descubrimiento previo de la Identificación. Proyec-tiva en el objeto interno lleva a Meltzer a la concep-tualización de la idea de Claustro, esto permite una clara comprensión no sólo de los fenómenos claustrofóbicos sino de los matices de la personalidad, en el claustro, sus tendencias y preferencias, sus maneras de apego a la vida. El encierro.

Dado que la vida fuera del claustro es salir y entrar de las experiencias vitales, acercarse a la belleza, que impre-siona e impacta, con sus cualidades de vida y cambio que llevan hacia la intensa emoción que nos produce la exis-tencia, quedan implícitos, la esperanza, el potencial de cambio y un devenir creativo.

Lo terrible, lo siniestro, de vivir en el claustro, con-tiene la esencia de la muerte, el no existir, porque la exis-tencia es la experiencia de cambio en un tiempo vital. El dolor mental que supone la salida del claustro, se puede vivir como un riesgo demasiado intenso, recoger todo lo proyectado, a pesar de que no hay mayor dolor que el dolor paranoide, que pude devenir, en la desconfianza de la belleza que en su interior contenga la esencia de lo maligno, como en Otelo de Shakespeare, el dolor de que la angelical belleza de Desdémona contenga la esencia de la traición y de lo perverso, así en el acto IV, escena 1ª, el inconsolable dolor de los celos convierten a Desdémona en genuino representante del maligno:

 

“…encontrar cegada y seca para siempre la que juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, o verla convertida en sucio pantano, morada de sucios renacuajos, nido de infectos amores ¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos!¿por qué me muestras, ceñudo, como el infierno tu rostro?” “…si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra de cada gota nacería un cocodrilo”

En cuánto a la salud no es la ausencia de enfermedad, es el equilibrio entre salud y enfermedad, En el verdadero arte, también lo feo está implícito pero con la luz de fondo de la verdad y la belleza. El vínculo psicoanalítico, participa de estos elementos de salud, verdad y belleza, y tiene que afrontar toda la parte agresiva y hostil de los ataques al vínculo, la confusión, el fraude, el antivínculo, que se oponen a la salud y al desarrollo.

El psicoanálisis con sus características de hacer consciente lo inconsciente y con todos sus componentes teóricos y técnicos, nos da un equipo de visión privile-giada, la posibilidad de detectar en los múltiples disfraces y camuflajes que proporciona la vida social, algunas de sus muchas componendas

La relación con los objetos determina definitivamente los modos de vivir y de acceder a las experiencias. los objetos internos, con los que existen vínculos cargados de significados creativos y conflictivos, situaciones de con-flicto que pueden llevar al fracaso, a través de la ausencia de belleza a la que aspirar y contemplar. La inercia el “por siempre jamás” y “sin ninguna esperanza” de Dante, cons-tituye la esencia del infierno El mayor ejemplo lo halla-mos en las psicosis, la locura es locura no por sus conte-nidos, sino por la imposibilidad de salir de ellos.

La belleza es la antítesis del claustro o, para decirlo de otro modo, en el claustro no hay belleza, hay suce-dáneos en la exageración de los placeres que pueda dar la sensualidad, pero se agota en sí misma, dejando una estela depresiva. Como ejemplo está aquel pensamiento me-dieval: “Después del coito, todo animal está triste”, la sexualidad desposeída de significado y de emoción, pier-de su pertenencia a la dimensión estética, es dilapidada y pervertida.

La sexualidad nos aporta modelos de creatividad, se conecta directamente con la dimensión estética de la mente y nos confirma la pertenencia a la especie. Shopenhauer afirmaba, que la sexualidad es la trampa de la especie, y el sometimiento del ser humano, es su servidumbre y la entrega de su libertad, quizás haya una concreción en esta afirmación, no es posible no servir a la especie, trasmitir pensamientos, es trasmitir la vida mental, Shopenhauer ha descrito estados mentales con una gran profundidad, así como el dolor mental, y el sufrimiento al que está abocada la existencia humana a la que describe como, un gran esfuerzo, en un párrafo de su libro, El amor, las mujeres y la muerte dirá:

…“son demasiados riesgos a correr, muchos gastos, la vida es un negocio en los que se pueden cubrir gastos y a veces ni eso”

 

La intrusión es el mecanismo constitutivo del claustro en el que el objeto es atacado, secuestrado, poseído y controlado. La intrusión se realiza en el objeto por las aperturas físicas, de significación psíquica, que represen-tan territorios a ganar según, el área geográfica a invadir, el área de invasión marca indefectiblemente el estado mental del invasor, las principales áreas de intrusión se-gún Meltzer son: Cabeza-pecho, que determina entre otras características la omnipotencia, la grandiosidad la arro-gancia. El recto que determina la persecución, el sadismo, el terror y la alevosía. El genital determina la promis-cuidad, el culto al onanismo y al sexo destructivo, todas las situaciones de claustro son antivinculo y se dan a veces en muy penosas y arriesgadas combinaciones.

Una interesante descripción del peligro de caída en el claustro, la encontramos en esto que dice Shopenhauer (1984):

“Es preciso disipar la tétrica impresión de esa nada que flota como último termino detrás de toda virtud, y que tememos como teme el niño las tinieblas, en vez de tratar de huir de ellas”

 

El quedar atrapado, como resultado de la intrusión, hace que la belleza del objeto quede destruida.

El riesgo de caída en el claustro, puede suceder cuan-do algo bello se pierde o se pervierte en lo profundo de su naturaleza. La vida en el claustro es el estado de vida en la identificación proyectiva.

El siguiente caso, del cual presentaré un resumen, es un buen ejemplo de cómo las vicisitudes extremas del mundo externo, pueden llevar a una debacle psíquica, poniendo de manifiesto una debilidad psíquica subyacente. Una caída honda, situaciones de claustro y una traumática pérdida de la belleza de una vida.

 

 

Caso clinico

Pilar. T

 

Estas viñetas ilustran una situación clínica com-plicada. La expresión “Belleza Clausurada”, que utiliza la paciente en un momento de la entrevista, inspiró el trabajo y le ha dado el nombre.

La paciente, a la que llamaré Pilar T, vino a trata-miento al habérsele diagnosticado una “depresión” aso-ciada a la experiencia traumática de haber perdido a su marido y su hijo en un accidente de coche. Hacía un mes aproximadamente en el momento de la primera entrevista.

Se trata de una mujer de cuarenta y un años, muy inteligente, secretaria de profesión, nacida en Cataluña, de clase media acomodada, que se casó a los dieciocho años con un profesional liberal y tuvieron dos hijos.

 

 

1ª Entrevista

En el momento de la primera visita es evidente que está en duelo, desconectada, presenta una expresión de gran tristeza, lentitud de movimientos, la mirada perdida, muy delgada y como encogida sobre sí misma. Dice que no cree que tratarse sea algo necesario, viene más por iniciativa de su cuñada, sus padres y el médico que la visita, quienes apoyan la posibilidad de tratamiento psico-terapéutico, ya que tampoco quiere tomar habitualmente la medicación.

En la entrevista, no parece interesarse por nada, mira fijamente como un punto en el suelo. Le digo si me puede ayudar a hacer esta entrevista, no contesta.

Se hace un gran silencio.

–¿Quiere decirme algo?

– No, preferiría que no, ¿Qué hago yo aquí? Llora casi convulsivamente, (silencio) ¿Lo que me ha pasado? Mi marido y mi hijo de veintiún años… no es pasión de madre, pero mi hijo es muy guapo (me enseña una foto), no tanto como su padre, quizás si, muy alto, los dos van al gimnasio…

(Se crea una atmósfera de impotencia de la que me cuesta sobreponerme, sé lo que ha pasado, porque la cuñada que solicita la visita me comunico por teléfono. que: en un accidente de coche en la carretera, fueron embestidos por un camión que se saltó la barrera de separación de la autopista, conducía el padre de cuarenta y cinco años y su hijo de veintiún años, que murió en el acto, el padre a los dos días en el hospital). Me llama la atensión, ya que parece un parte policial del accidente.

Creo que experimenté, cierta perplejidad cuando vi a Pilar, como si yo misma no me hubiera percatado de la persona a la que iba a entrevistar.

La primera entrevista duró muy poco, tuve que decirle que era normal, era el primer día, le di otra hora anotada en un papel. A pesar de todo, pensé que vendría, y así fue.

 

 

2ª Entrevista

–Mi cuñada, la mujer de mi hermano, es buena, estudia lo mismo que usted… me saca de casa, me ha llevado a la peluquería, pero no me gusta lo que me han hecho. Usted. No dice nada… solo sonríe. Bueno, mejor así, hoy estoy mejor, les dije en casa, si voy “allí” (se refiere a la consulta), es mejor que no me tome las pastillas, me va a perdonar, pero les he dicho que usted lo dijo. No me gustan las pastillas, por muy terrible que es lo que me ha pasado, prefiero arrastrarme que ir “zombi”.

–Estoy de acuerdo, por terrible que sean las cosas que pasan, la mente prefiere pensarlas. De todas maneras, hable con el doctor S. Quizás él opine que puede dejar la medicación.

–Sí, lo haré. ¿Mi marido? Yo era su media… me lo dio todo y yo le di todo, desde el día que nos conocimos en la “colla”, yo tenía 15 años, no nos separamos, hasta ahora, era tan guapo, yo me salvé y debía haber muerto con él, con ellos, nos hemos quedado las mujeres, que no servimos para nada, tengo una hija de diecisiete años, pobrecita ¿que va a ser de ella?

–La tiene a usted.

–Si yo no sirvo para nada…

–Usted. No siempre pensó eso de usted.

–No, tenía una vida muy bonita, y ahora esta pesadilla y ¡nadie me despierta!, Estoy en el fondo de un pozo.

–Quizás siente que ha caído de una vida bella, en una especie de pozo horrible.

–No, no es así, sólo que no quiero seguir. Yo también quiero morir, ¡¿por qué uno no se puede morir de pena?!

–El mundo ha perdido su belleza y su encanto.

–Silencio.

–La belleza clausurada…

–¿Qué quiere decir?

–No sé…, como cuando ponen en los caminos:   “Paso clausurado”

En este resumen, se puede ver como el duelo trau-mático muestra el riesgo de que pueda emerger una situa-ción de claustro: el pozo horrible. Parece muy importante la idea de la ausencia de belleza en el claustro, la pesadilla y el encuentro con la teoría en la dinámica de la entrevista, “Paso clausurado”, la paciente se da cuenta de la situa-ción, también el paso está cerrado para mí, para la terapeuta.

Es evidente que la paciente acaba de sufrir una gran pérdida traumática que podría encubrir su hostilidad, ya que está muy rechazante, como idealizando la muerte, los vivos nada tienen para ella, no sirven, su hija, ni sus padres, ni su cuñada, ni un tratamiento, nadie representa una esperanza, esta indiferente hasta con la verdad, cuando dice que yo le he indicado algo que no es verdad, en éste momento se aproximaría a un paciente de claustro, son claras sus rumiaciones suicidas, que asustan y que se pueden encubrir con la gran compasión que inspira.

 

3ª Entrevista

–Mi hija también va al psicólogo. No quiero hablar, si quiere, me pregunte.

–Estaba hablando usted de su hija.

–¿Ha visto el morado que llevo? (Efectivamente, lleva un morado en la frente).

–Anoche me di la cabeza contra la pared, nunca lo había hecho y si no es por mi cuñada me la parto.

–Quizás preferiría un dolor físico en estos momentos.

–¿Cómo lo sabe…?Mil dolores físicos: El cáncer, la lepra, el sida, todos los males físicos antes de perder a mi marido y a mi niño, ¿por qué la vida me ha hecho esto? ¿Y por qué a mí? (llora desconsolada). Prefiero irme a mi casa, no puedo estar sentada aquí ¿qué pinto yo aquí?

–Quizás, la que no pinta nada soy yo.

–No he dicho eso. Usted hace lo que puede, pero no puede.

Se marcha le sugiero que puede venir si quiere a otra hora.

–No creo que pueda venir, gracias, ya le avisaré.

–Le guardare la misma hora mañana, si no viene, me avisa.

 

 

4ª Entrevista

–No iba a venir, pero aquí estoy, no, no me ha costado venir, más bien le decía a mi cuñada: Esta señora tiene algo… no sé precisar (parece algo positivo). Supongo que lo mío no se curará de hoy para mañana, me gustaría hacer algo, pero no puedo aún volver al trabajo el doctor S. me ha prolongado la baja, hablar de esto se me hace raro.

–¿Hablar de…?

–No sé, de la baja, del taxi de Usted. Del Coco.

–¿El Coco?

–Sí, así se llama mi perro, lo quiero dar, es pequeñito, pobrecillo… yo si que soy pobrecilla, una desgracieta.

–No se puede negar lo que ha pasado, es horroroso, pero la vida tiene este lado, tener, crear, construir, lleva implícito el riesgo de perder.

–No sé de que me está hablando, claro, a usted no le ha pasado.

(Silencio) ¿Usted no es de aquí, verdad?) No me había fijado. Me gustan los sudamericanos, son muy alegres.

–Usted tan triste y yo tan alegre. ¿Qué podremos hacer?

–No sé… duermo un poco mejor, hasta he soñado. “Una tontería, con skin heads, no sé, creo que no eran malos, pero en el fondo lo eran. Yo sólo los veía como van ellos con unas calaveras en sus gorros. A mí no me gustan esos chicos, por suerte el mío no lo es, no lo era. Sabe, esto no se lo he dicho a nadie, me aterroriza, a veces he pensado ¿y si sólo se hubiera muerto mi hijo o sólo mi marido? Es una tortura, ¡dígame que me calle!

–Por qué decirle que se calle, si simplemente esta expresando sentimientos. Un montón de sentimientos que quieren organizarse. Pero quizás busca también un límite.

–Cuando me vaya me tomaré una pastilla, el doctor S. me ha dado una, que me va mejor que la que tomaba y me ha dicho que la tome, cuando la necesite. ¿Está bien o no?

–¿Por qué no? Si se la ha dado el doctor S será para ayudarla.

–No crea que lo que me dice me resbala, sólo que no puedo contestarla aún.

Las asociaciones al sueño, fueron muy pocas y reiterativas, pero hubo una de muy buena calidad el uso que hacían los skin de las calaveras. Pude interpretarle que a veces se puede usar la muerte idealizada, para ser agresivo, no pareció escucharme en esos momentos, fue un sueño que se repitió, la sinceridad de sus sueños ayudaron bastante. Este sueño es abiertamente claustrofó-bico y preocupante sus aspectos skinhead. Enarbolando calaveras para asustar y pervertir, todo como una manera de tapar las fantasías de culpa por las muertes que ha sufrido.

–Me gustó mucho lo que dijo, de que usted me va esperar que salga del pozo y que sostendrá la cuerda, a la que yo me tengo que agarrar. Porque nadie cree que esto es un pozo y sólo sabe lo que es el que ha caído dentro, la gente sólo dice tonterías, qué sabrán del pozo, negro asqueroso lleno de mierda en el que una ha caído

 

Comentario Final de Caso

 

Este caso, con sus características, fue de gran enseñanza en muchos sentidos. La irrevocabilidad de la víctima, de un hecho brutal y trágico, la irrupción violenta de la realidad externa, me generaba una especie de impotencia y me acobardaba, al comienzo. Parecía que se había alterado el orden, en este caso no había que buscar el trauma, sino lo no traumático, apenas había demanda, de tratamiento y muchas veces rechazo y una actitud de superioridad, con respecto a mis posibilidades de ayudarla. En una ocasión, al mostrarle que no veía claro qué esperaba de mí, respondió: “No espero nada, si quiere no vengo”. Pero las dos entendimos que había que seguir.

Por esta experiencia puedo afirmar que la posibilidad traumática se mantiene vigente a lo largo de toda la vida, y requiere de un trabajo de elaboración minucioso y doloroso, no hay demasiada ventaja en que ocurra en la vida adulta.

La Belleza de la mente, en sus capacidades de per-cibir, sentir y sobre todo pensar, actúan, como una fuerza vital ineludible

La caída en el “claustro” es el verdadero riesgo, por el alivio tramposo que ofrece, el vivir en el objeto, en la intrusión permanente de éste, convertir la vida en un “pozo de mierda”, el recto como morada reivindicativa, del melancólico Las calaveras, objetos libidinosos como una negación omnipotente de la muerte, de todo el odio acumulado a una realidad que partió en dos una vida, que en el caso de la paciente, es vano consuelo, como dice Meltzer, la zona de intrusión marca la vida del intruso, caer en el “pozo de mierda”, supone también convertirse en una mierda. Y en permanente riesgo de caer en algo aun peor

La Belleza Clausurada, expresión de la paciente, señala claramente un buen pronóstico, a pesar de todo. Clausurado es cerrado, no es muerto, y el pozo tiene un espacio abierto, no está sellado ofrece una difícil salida, pero salida al fin. Y ese algo… puesto en la terapeuta y el análisis, anuncia una posibilidad transferencial con la que contar.

 

 

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––Parerga y Paralipomena, Ed.Ágora, España, 1984.

 

––El Amor las Mujeres y la Muerte, Ed.Sarpe, España, 1984.

 


INTUICIÓN E INTELIGENCIA

Carmen Largo

 

… no hay dificultad alguna para establecer cual era la “nueva idea” y la revolución que provocó en mi forma de pensar y de trabajar… y también de actuar en general. La “nueva idea” era claramente algo así como “en el principio existía el objeto estético y el objeto estético era el pecho y el pecho era el mundo”.

Meltzer (1990 233)

Introducción

En esta comunicación trato de enfatizar algo que sabemos y sin embargo continuamente olvidamos: la prioridad de la realidad psíquica en psicoanálisis. La vida del mundo interno, ámbito de incidencia del psicoanalista, es acechada continuamente por los requerimientos del mundo externo y sus valores de carácter material y práctico y la tendencia a conseguir automatismos útiles para la vida diaria.

Este trabajo, preponderantemente teórico, fue inspirado por la experiencia terapéutica con un grupo de pacientes, que llamo “los niños perdidos”, personalidades con una problemática cada vez más frecuente en mi experiencia, que se complementa también con el material de supervisiones; se trata de personas jóvenes cuyo denominador común es la desorientación, la falta de juicio y criterio ante situaciones habituales de la vida, cierta indiferenciación y una pobre vida interior, con tendencia a la negación de la realidad psíquica. Llama la atención que estas personas habían tenido una buena instrucción y contaban con un nivel educacional más bien alto. De los datos de la historia clínica, destaca su pertenencia a familias numerosas, cuyos padres han estado muy ocupados en trabajos o negocios o absorbidos por diferentes problemas u obligaciones, como enfermedad de algún otro hijo o miembro familiar, duelos, cambios durante la primera infancia del paciente; aunque parecía haber cierto déficit en cuanto a tener una atención directa de los padres, éstos se habían esforzado en procurar para sus hijos una buena educación y adaptación social.

Mediante un proceso terapéutico, estos pacientes pueden, en la relación emocional de la intimidad psicoanalítica, aprender a observar, conocer los estados emocionales; atraídos por la belleza interior, consiguen diferenciar mundo interno del externo, lograr una verdadera identidad, madurar y encontrar sentido y dar significado a sus vidas.

El ser humano es complejo; necesitamos profundizar en los orígenes y constitución del saber y del cono-cimiento humano, que constituyen la base de la estructura psíquica.

Intentaremos, en primer lugar, aclarar el marco de referencia desde donde abordar el tema con una postura abierta a las aportaciones de las diversas ramas del saber; recogeremos brevemente las ideas fundamentales de la teoría del conocimiento, anteriores al psicoanálisis para centrarnos luego en una visión psicoanalítica de los inicios del desarrollo desde una óptica postkleiniana.

Estudiaremos las dos formas de conocimiento: intuición e inteligencia, complementarias y diferentes en su origen, constitución, funcionamiento y finalidad. La intuición es un saber por experiencia, se origina en la vivencia de la relación emocional de cualidad estética, se constituye mediante modelos identificatorios, opera con “imágenes sensoriales significativas”, que constituyen material para la fantasía inconsciente, la imaginación, la creación artística, la formación de sueños y mitos; su ámbito se circunscribe a lo singular y particular. La inteligencia emerge sobre la base del saber anterior, se consolida con el lenguaje verbal, opera con símbolos, constituyendo mecanismos operativos, el pensamiento intelectual está inclinado a la técnica, la fabricación y la teoría, es apto para la abstracción y el pensamiento especulativo, es de carácter amplio y general.

Del estudio de la diferenciación de estas dos formas de conocimiento surgen algunas consideraciones, ideas, aclaraciones, preguntas y puntos de reflexión, así como sugerencias y aplicaciones técnicas para la clínica psicoanalítica.

 

Modos de conocer: del mito al logos

 

Comenzaré con un mito. El mito pertenece al ámbito del conocimiento intuitivo; Platón consideró el mito como una forma de expresar verdades fundamentales para el ser humano que escapan al razonamiento intelectual.

El mito de Eros y Psiche es uno de los más poéticos de la mitología clásica. Psiche es hija de un rey. Tiene dos hermanas mayores, casadas ya. Ella es soltera y joven. Un día, las tres hermanas están en el jardín del palacio. Psiche se baña desnuda en el río. Eros la ve, se hiere con una de sus flechas y queda irremediablemente enamorado de ella. Eros no puede poseer a Psiche de un modo normal, porque él es un dios y ella una mortal. Los padres de Psiche consultan al oráculo acerca del porvenir matrimonial de su hija. Eros se infiltra en la voz del oráculo y les dice que la lleven a un determinado sitio y que allí acudirá a recogerla el esposo que le han destinado los dioses. Los padres obedecen y la dejan en el sitio indicado. Psiche espera mucho rato sin ver a nadie. Cuando ya decae el día se siente transportada por el aire. Se desvanece y despierta en un palacio de ensueño. Allí, de noche, la visita Eros, pero siempre a oscuras. Psiche se siente físicamente amada, sin ver el rostro del ser que está con ella. Un poco antes del amanecer queda profundamente dormida, y cuando des pierta ya brilla el sol y ella está sola en el palacio. Y así todas las noches durante mucho tiempo, Psiche es amada por el misterioso desconocido. Una noche, Psiche nota que su amante se ha dormido. Ella aprovecha la ocasión, enciende la lámpara y ve que entre sus brazos tiene a Eros, el dios del amor. Tan absorta está en la contemplación del rostro amado, que no advierte que ha inclinado la lámpara, y una gota de aceite hirviente cae sobre la piel desnuda de Eros. El dios del amor abre los ojos y se despide de su amada. “No debiste hacer esto” le dice “Sólo podíamos ser felices mientras tú no supieras quién soy, ahora todo ha terminado”. Y desaparece.

Es un mito sobre el misterio del amor, el amor productor de una herida dolorosa para nuestro narcisismo, la necesidad del amado, la tolerancia al misterio y al no saber y el respeto por la libertad del ser amado. Pero también habla del difícil maridaje entre cuerpo y mente, sentimiento y razón, que podríamos extender a idealidad y materialidad, fantasía y realidad, realidad interna y realidad externa; estos mundos opuestos y comple-mentarios en que vivimos los seres humanos y que nos resulta tan difícil integrar.

En esta misma dirección, a lo largo del tiempo, los hombres se han ocupado del complejo tema del cono-cimiento, creando teorías científicas con diferentes variantes. La doble constitución mente-cuerpo ha generado dos orientaciones basadas en lo interno y lo externo, y así, en el pensamiento europeo, existen funda-mentalmente dos corrientes:

 

  • Una de ellas, que se inicia en los pre-socráticos y sigue con Platón, parte de una visión más interior del ser humano y da lugar a la metafísica, más centrada en la esencia y la existencia del hombre, conectada con la naturaleza y el arte, y que en filosofía llega hasta el movimiento hermenéutico, momento en el que hay un giro en el pensamiento, que se interesa más por la comprensión que por la metodología científica. Se propone entonces completar el ideal del conocimiento con “la participación de la experiencia humana como praxis vital” (Gadamer). Cada materia establece su metodología. En este contexto más libre pueden inscribirse las materias que Hegel había llamado ciencias del espíritu, que no se adecuan al rigor de las ciencias exactas. Es aquí donde podría inscribirse el psicoanálisis.
  • En el otro extremo, desde una orientación más materialista, positivista, está la corriente del conocimiento lógico-racional, en la que se encuentran las ciencias empíricas partidarias de métodos cualificables y “objetivos”

A finales del siglo XX ha habido un cambio del ideal clásico de cientificidad.

Para los neopositivistas, sólo la proposición de las ciencias empíricas tiene sentido; con este enfoque que impera en la ciencia oficial algunas ramas del saber quedarían excluidas. En un intento de dar cabida a las distintas orientaciones científicas, Karl Popper (1902-1994) propone lo que llama “sociedad abierta” en la que, en teoría, podrían incluirse las diferentes modalidades de pensamiento, pero lo que parecía ser un proyecto humano de emancipación del saber y de la cultura, queda en la práctica reducido a una declaración de buenas intenciones, ya que, como señala Habermas en Teoría y Praxis, la ciencia y la cultura se organiza estructuralmente con los mismos criterios que la sociedad moderna capitalista: los objetivos económicos y la eficiencia funcional”. En efecto, existe:

Ÿ Un marco institucional que corresponde a una organización social; ésta se rige por normas y valores interiorizados por los individuos que la componen, que actúa como regulador.

Ÿ Un sistema económico-administrativo basado en reglas y estrategias técnicas que buscan la reducción de la complejidad y la racionalización de los procesos.

Parece, así, haber una colonización económico–administrativa del mundo, de la vida con el olvido de los valores esencialmente humanos. El frío racionalismo sustituye a la sensibilidad que da orientación y sentido a la existencia, constituyendo una especie de ideología que rige la sociedad.

¿Es posible que el psicoanálisis pueda integrarse en esta estructura sin alterar su esencia humana? La disociación continúa.

Los compartimientos científicos

 

Observando cuidadosamente, en todas las apor-taciones científicas, cualquiera sea su orientación, podemos encontrar ideas que ayudan a la comprensión, ya que pensamos con una estructura específicamente humana. Sin embargo la mente acostumbra a utilizar mecanismos disociativos que dificultan la integración de las ideas. Por economía mental tendemos al reduc-cionismo y huimos de la dificultosa complejidad. Orga-nizamos también teorías como sistemas seguros donde todo encaja y nos permita establecer cómodas rutinas.

Por si fuera poco, estamos llenos de prejuicios, nos encerramos en el área restringida de nuestro particular saber, estableciendo rígidos compartimientos científicos, evitando cuestionamientos; por ejemplo, cuando en filosofía se ha intentado integrar la perspectiva psicológica se ha recibido la acusación de psicologismo; al igual que en nuestro trabajo psicoanalítico, cuando encontramos en nuestro camino conceptos provenientes de otro saber, ajenos a nuestro lenguaje, zanjamos la cuestión con un: “¡Eso no es psicoanálisis!”, cerrándonos a lo diferente.

En el complejo tema que nos ocupa, no podemos de ningún modo descartar los aportes de otras áreas del conocimiento ni dejar de profundizar en la investigación de la mente con nuestros propios métodos, desde el vértice psicoanalítico. Tan arriesgado es prescindir de otras contribuciones científicas como dejarnos arrastrar por las propuestas dominantes.

Así, la teoría de la vida proveniente de la observación psicoanalítica no se puede separar de la teoría del conocimiento, es necesario que ambos saberes puedan unirse, ayudarse y complementarse. En general parecería que la investigación psicoanalítica podría estar más interesada en el estudio del proceso primario de pensamiento (Freud), mientras que los psicólogos y los filósofos se han centrado en el estudio del proceso secundario. Modernamente, Jean Piaget ha formulado una teoría general de desarrollo del pensamiento lógico, no se ocupó del sentimiento que acompaña al crecimiento que, como sabemos por la experiencia clínica, afecta pode-rosamente al proceso de desarrollo. Conviene realizar un esfuerzo de colaboración con vista a la integración de la investigación desde distintas áreas del saber

El psicoanálisis, a partir de Klein, ha profundizado en los procesos evolutivos y actualmente dada su experiencia de observación de bebés y tratamientos de niños en edades tempranas con patologías graves, está en disposición de complementar cómo se construyen los fundamentos del conocimiento, bases para un pensamiento posterior. Sin embargo existen muchos vacíos y no podemos decir que contemos con una teoría psicoanalítica del conocimiento. Como señala Meltzer, el trabajo psicoanalítico de los últimos años se ha desarrollado en un nivel lingüístico de acuerdo con las últimas tendencias filosóficas “no se ha progresado mucho en la investigación del pensamiento ni en sus perturbaciones, porque estas funciones tienen origen en el nivel pre-verbal” (Meltzer 1987, 71).

LA DESCONFIANZA DE LA RAZÓN

Las ideas se continúan y se generan en una sucesión temporal. Más allá de cualquier teoría del conocimiento, hay una especie de registro de ideas de los grandes pensadores que sirven de referencia; marcan hitos que constituyen etapas de la historia.

Dentro de este panorama, retomaré algunas concepciones que preparan el camino para la aparición del psicoanálisis.

 

 

 

 

El conocimiento por la experiencia

 

Dentro del pensamiento filosófico-científico inglés en el siglo XVIII, en la corriente de la Ilustración, destaca la figura de David Hume (1711-1776), empirista inglés, autor de Investigación sobre el conocimiento humano, que se distingue por la genialidad de algunos de sus análisis críticos, fruto del carácter escéptico sobre el valor de la razón humana. Coloca en el mismo nivel el conocimiento intuitivo, y el racional: la experiencia es una verdad adquirida que nos acompaña y está en la base del conocimiento y de las creencias, mientras que el conocimiento racional universal da certeza, no produce información nueva. Cree que todas nuestras represen-taciones mentales se fundamentan en la experiencia sensible, porque en última instancia se han generado en ella, y considera que no hay conocimiento innato. Explica que la materia del pensamiento está compuesta por nuestras percepciones internas o externas; algunas, intensas, provienen de una experiencia inmediata y directa, tienen un carácter especial, son primigenias, espontáneas y naturales, les da el nombre de impresiones para diferenciarlas de las ideas. Las ideas, que son percepciones menos intensas que las impresiones, sirven para el razonamiento abstracto y son la base para el conocimiento intelectual.

El criterio que Hume establece para clasificar nuestras representaciones mentales es el grado de vivacidad que distingue a las percepciones llamadas sensaciones, las primeras en llegar a la mente, de las llamadas ideas. Basándonos en este criterio, esta percepción sentida aventaja a los demás contenidos mentales, serían material del conocimiento intuitivo.

Al mismo tiempo, Hume pone de manifiesto la limitación del conocimiento humano. Resalta que existe un desconocido lazo de unión que hace que las ideas estén vinculadas en la mente, creando asociaciones y conexiones. Señala las leyes que rigen los principios de asociación de ideas; reconoce tres tipos de relación: la semejanza, la continuidad en el espacio y el tiempo, y la causalidad. Las dos primeras dependen de cómo se registra y almacena la experiencia. Critica, en cambio, el principio de causalidad; a partir de nuestras experiencias pasadas, llevamos a cabo lo que Hume llama “un razonamiento experimental”. Al haberse creado en la mente unos determinados hábitos asociativos, se puede anticipar determinados efectos ante determinada causa; es así como la costumbre y la repetición del pasado configuran nuestro conocimiento. Acostumbrados a la uniformidad de la naturaleza, adquirimos un hábito general en virtud del cual transferimos lo conocido a lo desconocido y nos parece que lo último se parece a lo primero.

Las aportaciones de Hume, al que Bion cita en varios textos, y que probablemente inspiró su obrs Aprendiendo de le experiencia” son de suma importancia para el conocimiento psicoanalítico. Su gran capacidad para la observación permitió poner de manifiesto fenómenos como la asociación de ideas, la transferencia y nos alerta de algunas confusiones de la mente. Trata de conseguir relación coherente al integrar la experiencia empírica de la observación de casos particulares y la exigencia de la razón humana que tiende a establecer leyes universales.

 

 

 

 

Sentando las bases del conocimiento

 

A partir de Immanuel Kant, (1724-1804) la filosofía se centra en la teoría del conocimiento, la suya es una tentativa de organizar la filosofía, replanteando los problemas y abandonando el positivismo y el relativismo. Sigue la estela crítica de Hume, del que dice: “Fue quien me sacó del sueño dogmático”, aunque sin aceptar el empirismo consciente de sus limitaciones e incon-gruencias.

Kant afirma que el conocimiento no es una imagen exacta de la realidad que nos ha sido dada; por el contrario, niega la realidad dada y elabora una nueva verdadera realidad. Así el conocimiento no es copia de lo real, no es representación de lo real, sino invención, presentación de lo real. El saber humano es incierto, ya que no percibimos sino la apariencia de las cosas, “la cosa en sí” es incognoscible.

Por su parte, Gottfried Wilhem Leibniz (1646-1716) intenta aclarar la cuestión materiamente estableciendo la diferenciación del conocimiento humano en verdades eternas y verdades de hecho. Las verdades eternas son necesarias y se conocen a través de la razón porque se apoyan en principios lógicos; las verdades de hecho son contingentes y se conocen mediante la experiencia.

Pensamos mediante juicios y razonamientos. El juicio es el acto por el que afirmamos o negamos algo. El razonamiento implica la acción de dos términos o proposiciones; es una vinculación de dos o más juicios. Para Kant la razón es una facultad dialéctica no pro-ductora de conceptos imaginativos, es meramente reguladora de la facultad de entendimiento. Kant establece una diferencia en los juicios: singulares y universales; ambos corresponden a dos formas de conocimiento. Los juicios singulares, que se originan en la sensación o percepción sensible, son subjetivos y sintéticos, siempre precisan de la experiencia y son a posteriori (después de la experiencia), ya que están fundados en hechos; dan lugar al conocimiento sensible o intuición. Los juicios universales son analíticos, se conocen mediante la razón, son a priori (anteriores a la experiencia), independientes de la experiencia, y los clasifica como necesarios. Originan el conocimiento conceptual o inteligente.

La facultad de tener intuiciones es la sensibilidad, es receptiva, pasiva, mientras que la facultad de crear conceptos es el entendimiento, es espontánea, activa; ambas, sensibilidad y entendimiento, constituyen las dos capacidades cognitivas principales del hombre.

Sin embargo, Kant dice que ningún conocimiento es únicamente empírico, incluso el conocimiento sensorial posee elementos a priori. El genuino conocimiento necesita de la conjunción de elementos empíricos (intuición) y no empíricos (concepto).

Kant diferencia entre conocimiento sensible y conocimiento intelectual. El entendimiento no puede percibir nada y los sentidos no pueden pensar nada; sólo en su unión puede darse el conocimiento. Es importante señalar la distinción entre la sensibilidad externa (objeto fuera del sujeto) y sensibilidad interna (objeto dentro del sujeto).

La intuición es descrita por Kant como una cierta forma tras la cual la mente puede ver algo inme-diatamente. Esto ocurre cuando el objeto nos “es dado”, “lo cual no es posible para nosotros los hombres sino a través que el objeto afecte al espíritu de cierta manera” (Kant 1781-127). La intuición es una representación, inmediata, singular, válida para un solo objeto y sensible. En contraposición, el concepto es una representación mediata, es decir que se refiere a un objeto por medio de una característica que puede ser de carácter más amplio. Los sentidos reciben las impresiones sensoriales y el entendimiento lo transforma en concepto. De manera que intuición y concepto se complementan.

Finalmente, habla de dos intuiciones básicas: el tiempo y el espacio constituyen las dos formas primarias fundamentales de organización.

 

Vivencia, integración de la vida y el saber

 

El término vivencia (Erlebnis) aparece en 1905, acuñado por Wilhelm Dilthey (1833-1911), y se extiende en la filosofía con la fenomenología y el existencialismo, así como en el arte durante el siglo XX, y tiene un significado de “lo que está dado de manera inmediata”. Surge como una reacción crítica al racionalismo de la Ilustración que partiendo de Juan Jacobo Rousseau (1712-1778) dio una nueva validez al concepto de la vida. En arte, hay un llamamiento de Friedrich von Schiller (1759-1805) hacia una libertad estética, frente al positivismo de la moderna sociedad industrial. Como concepto, tiene cierta similitud con la experiencia, con una cualidad de intensidad emocional.

En la fenomenología de Edmundo Husserl (1859-1938), el concepto de vivencia se convierte en el título que abarca todos los actos de conciencia cuya constitución esencial es la intencionalidad. Este concepto tiene una implicación de oposición de la vida respecto al concepto racional en un intento de rebeldía contra el mecanicismo de la sociedad.

Friedrich Nietzsche (1844-1869), que tenía grandes dotes artísticas considera la vivencia artística como una forma esencial de vivencia. En la vivencia del arte hay una plenitud de significado que abarca el conjunto de la vida, contiene cierto sentido de infinitud y totalidad. El arte vivencial tendría cualidad de verdad, diferente del arte conceptual. Frente al hombre industrial y utilitario de la burguesía del siglo XIX afirma la idea del hombre animoso y pujante; en su expresión “valores vitales” se encierran las dos ideas que van a dominar en el pensamiento posterior: la filosofía de los valores y la filosofía de la vida.

Henri Bergson (1859-1941) se orienta también en esta dirección; defiende el concepto de vida, de índole subjetivo, frente a una ciencia objetivadora. La intuición es, según Bergson, el supremo órgano del conocimiento humano

 

La intuición. El saber interior

 

La intuición es “la vida hecha conciencia“, es lo que Bergson llama un conocimiento directo, hay diferencia entre percibir por experiencia directa y por teoría y analogía externa. Su raíz está en la propia unidad de la vida incluyendo los aspectos instintivos; su origen está en algo más sentido que pensado; cuando el sentimiento se ha vivido y se ha entendido tenemos la intuición, es una visión inmediata y natural. Acuña el término “la durée”, que enuncia la continuidad absoluta de lo psíquico. Cada vivencia está entresacada de la continuidad de la vida; es como una aventura; se sustrae así a la compulsión, a la repetición.

 

 

 

 

Intuición e inteligencia

 

Intuición e inteligencia implican dos especies de conocimiento radicalmente diferentes.

La intuición viene a ser el conocimiento innato; es, en los inicios, inconsciente, debida a una vivencia inte-riorizada, está dirigida a la vida, funciona por simpatía e interés para conocer el objeto en profundidad.

La inteligencia se dirige a establecer relaciones entre las cosas, lo que tiene de innato es el conocimiento de una forma, dirigido a la materia inerte, gira en torno a un objeto; el conocimiento por la inteligencia es pensado y consciente.

La intuición diría “he aquí lo que esto es“, pudiendo discernir lo que en filosofía se llama proposiciones categóricas; es un conocimiento de carácter limitado, el conocimiento será rico y pleno aunque quedará restringido a un objeto determinado y concentrado. La inteligencia no posee nada más que un conocimiento exterior y vacío, hipotético; tiene la ventaja de proporcionar un marco en el que colocar infinidad de objetos; es de carácter general, pero no contiene nada, es una forma sin materia.

La función esencial de la inteligencia es la de solucionar problemas; tiene un carácter adaptativo espe-culativo, es relativa a las necesidades de la acción. La inteligencia es de carácter práctico, es la facultad de fabricar instrumentos inorganizados, es decir artificiales. Es esencialmente unificación, sus operaciones tienen por objeto común introducir cierta unidad en la diversidad, haciendo divisiones y clasificaciones. Tiene el poder de descomponer y componer con objeto de lograr distinción y claridad.

La intuición funciona en base al saber adquirido por la experiencia, está dispuesta para lo nuevo, tiende a la creatividad y funciona con vivencias interiorizadas.

La inteligencia parte siempre de la inmovilidad, se aplica a lo estable e inmutable, no capta la movilidad, lo nuevo, está inclinada a la fabricación y la teoría y funciona con símbolos.

La inteligencia es hábil para manipular lo inerte, muestra torpeza para lo vivo, “la inteligencia se caracteriza por una natural incomprensión de la vida“, afirma Bergson. (1969, 152)

 

Algunos problemas del entendimiento racional

 

Es necesario “violentar la mente” para ir en contra de la inclinación natural de la inteligencia, agrega Bergson (1969, 39).

Nuestra inteligencia sólo retiene de las cosas el aspecto de repetición, lo que se parece a lo ya conocido; se las arregla para analizarlo en elementos que sean la producción del pasado, sólo puede operar sobre lo que supone que se repite. Como esta formada por las exigencias de la acción humana, procede por intención y por cálculo, por finalidad y mecanismo, para subsistir.

Originalmente, sólo pensamos para actuar, nos proponemos un fin y luego pasamos al detalle mecánico que lo realizará. Es necesario que hayamos sacado de la naturaleza similitudes que nos permitan anticipar o prever el futuro. Nuestro pensamiento se siente seguro de sí mismo cuando se mueve entre cosas materiales; así el entendimiento tiende a darnos una representación mecanicista, artificial y simbólica.

Toda fabricación se nutre de similitudes y repe-ticiones y cuando “inventa” ordena de nuevo los elementos conocidos, sin innovaciones creativas.

En nuestra vida mental, hay continuas variaciones de sentimientos, de deseos; en general, nos negamos a ver la variedad de matices que se superponen en un color único que queda reducido a una especie de tendencia; de manera que sólo una pequeña parte queda registrada en nuestro interior, pero, sin embargo, la esencia humana consiste en existir, madurar, cambiar.

Hay una tendencia a funcionar concretamente, como si fuéramos materia en una materialización de lo humano. La hipótesis mecanicista supone que todo está dado e intenta eliminar el tiempo. Es el tiempo lineal, del que habla Meltzer,

El instinto mecanicista de la mente es más fuerte que el razonamiento, más fuerte que la observación inmediata, tiende a conseguir la coordinación de medios para su fin y representación, de mecanismos de formas estereotipadas.

“La conciencia atormentada por un insaciable deseo de distinguir, sustituye el símbolo por la realidad o no percibe la realidad más que a través del símbolo”, sugiere Bergson (1969).

Condiciones y consecuencias del cono-cimiento intuitivo

Quisiera reunir aquí las situaciones y transfor-maciones que se originan en el ámbito de la intuición; algunos de estos aspectos serían condiciones y otros, consecuencias.

En primer lugar, tenemos el asombro y la con-templación; ambos son de carácter estético; el primero coincidiría con el impacto estético de Meltzer y el segundo estaría en la base de la creación de un modelo identificatorio.

 

El asombro

 

Nos sorprendemos de lo inesperado, de algo que a primera vista nos parece incomprensible. En la sorpresa y el asombro se expresa además una emoción. Descartes la colocó como la primera de sus seis emociones básicas. La función del asombro sería llamar la atención sobre aquello que vale la pena ver por cuestiones cognitivas. Las demás emociones tienen la función de llamar la atención en cuanto algo es bueno o malo para la persona; tendríamos el impulso a saber frente la utilidad, valores depresivos versus valores narcisistas. Platón habla de asombro estético frente a las ideas; junto con Aristóteles consideraron el asombro como el origen de la filosofía.

En el asombro, uno se enfrenta a la propia falta de comprensión, esta emoción nos hace sentir como algo más allá de lo que podemos explicar. Ante el asombro, la reacción es conocer y profundizar.

Si nos asombramos de la belleza de una obra de arte, no sólo reaccionamos subjetivamente sino que percibimos el objeto como un ser independiente, lo vemos ocupando un lugar en el mundo y el estar egocéntrico pasa a un segundo plano, “¡qué asombroso que exista esto!”.

Ernst Tugendhat (2004, 167) describe tres clases de asombro. 1) la contemplación de algo que se siente inconcebible, como la obra de arte; 2) la exhibición dinámica; por ejemplo, el circo: uno no sabe cómo lo hacen, no lo comprende, pero no duda de que es posible comprenderlo, hay un rápido cambio de curiosidades que impide el aburrimiento; y 3) algo sorprende y asombra.

Es la primera acepción la que nos interesa, por su cualidad estética; la segunda, podríamos verla como un interés intelectual de carácter técnico, y la tercera, parece un asombro menor.

El impacto estético de la madre, o parcial o total, (pecho, cara) es único y continuado, provoca en el bebé una emoción profunda; está ante algo extraordinario. Implica tolerar cierta noción de diferenciación, el deseo de conocimiento de este ser sorprendente implica cierta renuncia de los valores narcisistas en favor de los valores depresivos que procuran el cuidado del objeto.

Así se constituye el modelo identificatorio y la constitución de O. I. que nos ayudan e inspiran en la vida.

 

La contemplación e identificación

 

Ante la belleza del impacto estético, sentimos una especie de arrobamiento. Como describe Meltzer, el impacto estético da belleza nos conmueve y nos perturba. Si los sentimientos de odio y envidia son demasiado intensos, esta admiración se convierte en deseos de fusión, captación voraz, hasta de robo y secuestro, pero si la combinación amor-odio es suficientemente equilibrada, se produce conocimiento empático: deseamos acercarnos, comprenderlo, interiorizarlo y guardarlo respetuosamente dentro de nosotros.

 

La constitución del espacio y tiempo. Una aportación psicoanalítica a la teoría del conocimiento

 

El apriorismo de Kant del espacio y del tiempo pierde su fuerza si estas instituciones se adquieren en un proceso psíquico complejo, de sensaciones que se asocian a una estructura subyaciente.

Más que ser un conocimiento dado, intuiciones en sí mismas, el espacio y el tiempo se constituyen en el ámbito de la intuición, es un proceso que comienza incluso antes del nacimiento.

El problema de cómo en el cerebro humano se fragua el conocimiento del espacio parece verse claro desde la clínica con los aportes de Meltzer de La geografía de la fantasía. También trata el problema de la construcción del tiempo interno.

Es sobre todo la emoción de la relación amorosa la que moviliza al bebé y desarrolla el afán de conocer este maravilloso ser que le llena de emociones apasionadas y controvertidas, intuye su interior donde ya estuvo que no puede penetrar, es un lugar sagrado, pero lo construye con la imaginación, aprende a tolerar el misterio y a “ver con los sentidos interiores”. Existe pues una vinculación de la relación estética con la madre y el mundo, con el estímulo primario al pensamiento y la construcción del mundo. Tal vez es aquí que comienza la diferenciación de lo concreto y lo “imaginado”, el mundo concreto de la realidad psíquica, de fantasía, diferente del real, facilitando así la diferenciación interno-externo.

Mediante un largo proceso podrá también hacer la diferenciación y separación self-objeto.

Cuando no puede construirse este espacio, surge la patología, “la negación de la realidad psíquica” y el “no lugar del sistema delirante”.

En cuanto al sentido del tiempo, es más complicado y tardío, coincide con la madurez de la personalidad.

 

La creencia, la certeza

 

La mente humana recibe las ideas aportadas por los sentidos internos y externos, y puede realizar multitud de combinaciones, puede relacionarlos con el lugar y el tiempo acercándose a la realidad de forma más o menos exacta, creando concepciones que se almacenan en la memoria, se conservan en nuestro interior y están ligadas de modo inconsciente.

La información que recibimos por experiencia, subjetivamente posee un tipo de certeza; la creencia es algo sentido por la mente, que incluso puede distinguir entre las “verdades” y las ficciones de la imaginación; el sentimiento de creencias es una concepción más intensa, más firme, que la que acompaña a las meras ficciones de la imaginación; esta certeza es de orden moral, de distinto orden que la certeza teórica.

Aunque en la fantasía toda ficción es posible, existe el área de creencia que quedará fijada en la mente de una forma diferente.

Esta intuición permitirá esclarecer criterios como ante situaciones de la vida proporcionándonos certeza interna y fe en nuestros buenos objetos.

 

El buen sentido. Un sano entendimiento

 

El concepto del sentido común enunciado por Vico, “common sense” o “bon sens”, según Bergson, implica cierta capacidad general sita en todos los hombres, y al mismo tiempo el sentido que forma la comunidad. Lo que orienta la voluntad humana no es la generalidad abstracta de la razón, sino la generalidad concreta que representa la comunidad y el grupo y la pertenencia al género humano en su conjunto. La formación de tal sentido común sería decisiva para la vida; este sentido común permite ver lo verdadero y lo justo, no es un saber por causas; permite ver lo evidente, el saber práctico (la phronesis de Aristóteles). Forma de saber distinta, está orientada hacia una situación concreta en una variedad amplia de circunstancias, no se refiere solamente a la capacidad de juicio, sino que presupone una orientación de la voluntad, de ser ético. Aristóteles no ve en ello una simple habilidad, sino que está determinado por las “virtudes éticas”; no es una astucia práctica, ni una capacidad de adaptación, sino que implica diferenciación entre bueno y malo y una actitud ética.

Podría relacionarse también con el concepto de empatía y sentido moral (ética kantiana) al que no se llega por operaciones lógicas.

Bergson refiere que mientras los otros sentidos nos relacionan con las cosas, el “bon sens” preside nuestra relación con las personas; estaría basado en una suficientemente buena relación con el objeto primario donde se transmiten los valores.

 

El juego y la aventura

 

En el juego actúa la subjetividad libre, hay un componente lúdico que se desprende de la experiencia artística. Es como algo fácil que marcha solo; algo que no necesita esfuerzo, es natural; el jugador se abandona a él y funciona espontáneamente; para que haya juego tiene que haber “otro” que juegue con el jugador. El juego siempre tiene algún riesgo para el jugador que disfruta de la propia capacidad; el jugador quiere jugar, sabe que son tareas que puede resolver; podríamos decir que un juego se “representa” para alguien (presente o ausente, interno o externo).

En la teoría antigua del arte, todo arte subyace al concepto de “mimesis”, imitación que partía también evidentemente del juego como danza y representación de lo divino. Esta representación sería también de carácter introyectivo.

El juego, como el sueño, es pensamiento y transformación creativa.

La capacidad de correr riesgos y aventurarse estaría también vinculada a la cualidad de la relación objetal.

 

Imagen, Imaginación y Creatividad

 

Hay diversas concepciones de imagen; quiero referirme a “las impresiones significativas” que quedan grabadas en nuestro interior; están basadas en las vivencias emocionales, pueden usar un sentido o condensar todos ellos, aunque son primordialmente visuales; están impregnadas de sentido estético. La imagen no es un símbolo que representas y hace una función sustitutiva; la imagen representa, pero lo hace por sí misma, desde su propio contenido que puede abarcar con amplio espectro de significaciones. La imagen sirve para imaginar y hacer creaciones imaginativas y guardar la vida en la memoria. Constituye la base de la emoción estética y las capacidades creativas; se origina en los inicios de la vida. Sirve para la expresión del sueño, el juego, las alucinaciones y la construcción de mitos.

Dice Platón que el mito es un modo de expresar ciertas verdades que escapan al razonamiento. Los presocráticos descartaron el mythos en nombre del logos, pero el logos se construye sobre una base mítica; es un modo de expresión que expone aspectos básicos de la vida humana de una forma poética.

 

 

 

 

El conocimiento desde el psicoanálisis

 

Si tomamos la historia del psicoanálisis podemos observar cómo conocimiento intuitivo y conocimiento intelectual se van complementando. El psicoanálisis, como ciencia, tiene una existencia corta, podemos ver que los valores e ideas dominantes en el ámbito social traspasan las fronteras impregnando cualquier saber, aunque sólo parece que podemos ver esto a posteriori.

El psicoanálisis de Freud está muy cercano a la biología y a la medicina, está imbuido por el dogmatismo científico de la época.

Como señala Ernest Jones (1879-1958), uno de los descubrimientos más importantes de Freud fue que los procesos mentales inconscientes y los pensamientos lógicos y conscientes tienen distinto funcionamiento: “La contribución revolucionaria de Freud a la psicología no fue tanto la demostración de la existencia del inconsciente, tampoco la exploración de su contenido, sino su afirmación de que existen dos tipos de procesos mentales fundamentalmente diferentes, a los que nombró primario y secundario” (1953, 397).

La teoría del conocimiento en Freud vincula su concepto de la energía y del desplazamiento a los procesos mentales; tiende a considerar el proceso primario como impulsivo, caótico y patológico, mientras que el secundario es considerado objetivo, ordenado y realista. Para Freud, las funciones mentales del proceso primario son primitivas y “no sufren modificación ninguna en el transcurso del tiempo y carecen de toda relación con él” (1915 c.2073). Pareciera que, para él, el proceso primario es algo que surge de la biología que no tiene capacidad de evolución y desarrollo. Prioriza la actividad intelectual consciente sobre el instinto indisciplinado, inconsciente, que representa la pesada carga que la naturaleza impone al hombre. Propone “hacer consciente lo inconsciente”, valorando más el proceso secundario.

Melanie Klein (1882-1960) complementa el trabajo de Freíd. Su gran intuición está en su teoría de las relaciones objetales, basada en la cualidad de la relación afectiva. Este matiz influye poderosamente en el desarrollo del conocimiento. Partiendo de su experiencia clínica con niños enfermos, pudo construir una teoría del psicoanálisis en la que, a través de la interpretación transferencial en el tratamiento, pudiera restablecerse la relación íntima, y desarrollarse adecuadamente el instinto epistemofílico. Si bien es verdad que los filósofos habían hablado de la intuición interior, la importancia del aspecto relacional no puede verse de una manera directa desde la teoría, es en el encuentro clínico donde se pone de manifiesto este “mundo interno poblado de objetos concretos y vivos”, matiz que no habían visto los filó-sofos.

En cuanto a Wilfred Bion (1897-1979), con su pensamiento de carácter especulativo, brillante, vivaz, rápido, con cuestionamientos constantes, con su gran capacidad y curiosidad intelectual, nos ha abierto caminos, ha creado modelos… con muchas aportaciones intuitivas. Su mente es predominantemente científica. Recomienda a los psicoanalistas estudiar filosofía; cita muchos pensadores pero, fundamentalmente, se inspira en la fenomenología: “aprender de la experiencia”, y en Kant para elaborar su teoría del pensamiento, abordando el tema desde esta teoría del conocimiento; es por ello que, como señala Meltzer, las emociones quedan excluidas de la tabla. Habla varias veces de premonición y valora la intuición psicoanalítica, dice: “Es cada vez más posible llegar instantáneamente a conclusiones que son al principio fruto de una intelectualización trabajosa” (Bion 1988, 102). Incorpora la “intuición pura” con el concepto de “O”, de connotación mística.

Bion hizo un trabajo muy intenso de teorización que es muy útil, nos ayuda para clarificar concepciones teóricas y realizar conexiones necesarias en el trabajo de la clínica

El pensamiento de Donald Meltzer (1922-2004) es fundamentalmente intuitivo, conectado con la vivencia estética. Posiblemente, el núcleo de su trabajo radica en una intuición “la naturaleza estética del método psicoanalítico”. En el último capítulo de Metapsicología ampliada se cuestiona si ha añadido algo nuevo al psicoanálisis con este libro. La “tarea imposible de verter en un lenguaje los fenómenos inefables de la mente”. De una manera velada nos anuncia: El verdadero cambio catastrófico” en su trabajo; “la nueva idea”, siguiendo el lenguaje de Bion, sería: “en el principio existía el objeto estético y el objeto estético era el pecho y el pecho era el mundo”

He aquí la definición de Meltzer sobre la intuición: “La intuición es primariamente el producto de procesos mentales inconscientes que tienen sus orígenes en las experiencias emocionales, por lo tanto la contra-transferencia es manifestación típica de la imaginación inconsciente” (1998, 325). Posee una gran capacidad de comprensión emocional, nos adentra en el misterio de la mente, dando al trabajo psicoanalítico un sentido artístico. En su pensamiento, tiene lugar destacado el conocimiento intuitivo y la inspiración. Nos habla de interpretación de rutina y de interpretación inspirada. Cree que el trabajo psicoanalítico no puede ser realizado sólo por el intelecto consciente, sino que “la comprensión verdadera está basada en la intuición” y no en descifrar. Una afirmación que no tiene significado explicativo. La atmósfera que se crea en el consultorio, dice Meltzer, es de aventura, en la cual la parte adulta del paciente es acompañada por el analista como hombre de ciencia creador ¿no es también una aventura el acompañamiento maternal en el desa-rrollo?

Meltzer ha dicho que el psicoanálisis se parece a la crianza de niños. Podemos ver en los inicios del tratamiento, sobre todo en casos graves, este rechazo al impacto estético de la relación emocional; poco a poco, la capacidad continente del terapeuta, con la flexibilidad adecuada, en un clima de permisividad y aceptación, crea la cooperación y se inicia el difícil camino del proceso terapéutico y surgen la intuición y la creatividad, se aclaran los malos entendidos que el paciente resuelve recobrando su interés por el objeto y por el mundo. En el umbral de la posición depresiva, el paciente parece despertar y surge la capacidad estética y los valores éticos y de verdad. Habrá revisado también su geografía de la fantasía y el valor del tiempo antes de finalizar el proceso.

Del conocimiento intuitivo al cono-cimiento intelectual

A través de un material de la experiencia de observación madre-bebé podremos ver un momento del proceso de comunicación temprana madre-bebé en un lenguaje pre-verbal, en una relación emocional de reciprocidad estética, fase necesaria, diferenciada y previa al lenguaje verbal y al proceso de simbolización.

 

 

 

Los inicios del conocimiento

 

El desarrollo mental primitivo no está suficientemente explorado; existen muchos vacíos; tenemos alguna idea de qué pasa, pero desconocemos el proceso; necesitamos investigar.

El bebé, ante el cambio catastrófico que representa la primera pérdida del espacio interior de la madre, se encuentra con ella en el nacimiento, el ser que necesita para subsistir, ella será su guía y compañía en su paso por el mundo. Como señala Meltzer, si tiene lugar “la reciprocidad estética”, esta relación tendrá la oportunidad de un buen inicio para su desarrollo.

Las experiencias sensoriales primitivas son de gran intensidad emocional. Hume les llama impresiones; se podrían matizar como “impresiones significativas”; quedan grabadas en el mundo interno; son vivencias sobre la base biológica de necesidades corporales; en la relación afectiva con la madre, esta sensibilidad receptiva tiene la facultad de crear intuiciones que permiten anticipar situaciones como base de la experiencia.

En filosofía se suele hablar de “representaciones” refiriéndose a introyecciones. Freud utiliza el término sólo apto, a mi entender, para el conocimiento intelectual. Sin embargo, como el bebé no opera con símbolos sino con emociones, no pueden conservarse como tales representaciones simbólicas; tampoco son “visualiza-ciones mentales” ya que no son copia ni reproducción. Melanie Klein insiste en la “concretud” cuando habla de objetos internos ya que se trata de una vivencia que contiene una experiencia inolvidable e irreemplazable de carácter subjetivo y significativo y que queda fijada, se conserva de forma sintética y condensada. Estas experiencias que conforman nuestra “esencia” van estructurando nuestra existencia a base de la experiencia contenida en nuestros objetos internos, “la casa donde vive la experiencia” (Meltzer, Seminarios),

Los objetos internos, formados sobre modelos identificatorios, constituyen nuestros dioses internos, portadores de valores: la bondad como algo que hace la función que le corresponde; la verdad como experiencia de relación de sinceridad; la belleza porque el encuentro con el objeto tiene esta cualidad estética.

Es en la relación madre-bebé donde se generan los valores y los elementos con los que se constituyen los juicios singulares subjetivos y sintéticos (Kant), ya que es a través de la identificación introyectiva con el objeto que se construye el self, como trato en mi trabajo La gènesi de l’objecte intern mitjançant l’experiència de l’observació de la relació mare-nadó (Largo, 1999).

Es también en esta relación emocional con la madre, si se consigue una relación suficientemente buena, donde se genera la confianza y la base de la creencia interna.

Otra característica de este tipo de conocimiento es que, aun conservando su esencia, no es estático sino dinámico y creativo; estas vivencias recogidas en objetos internos que constituyen el mundo interno pueden transformarse y evolucionar, crecer cualitativamente como la vida misma.

Esta categoría de pensamiento se expresa a través de “imágenes significativas”; son de carácter sensorial, preponderantemente de carácter visual, proporcionan material para la fantasía inconsciente, sueños, mitos y alucinaciones en la patología, y constituyen también la base de la creatividad artística.

En esta primera etapa de la vida, se establece una comunicación sujeto-objeto a través de otras formas de lenguaje no verbal, la mirada, la música de la voz, los colores, los olores, el gusto, el tacto, la danza…

Junto con la intuición sensible hay algo que se despierta en nosotros: el sentir es como una chispa vital que nos moviliza. ¿Es la relación con el objeto de amor? Parece que sí. A modo de ilustración transcribo un fragmento de un bebé de diez semanas.

 

La naturaleza estética del conocimiento. La madre como obra de arte

 

Un fragmento de observación de bebé a las diez semanas:

La bebé está en la cuna, está dormida, mientras que la mamá recoge sus ropitas y ordena los pañales.

Acaba de despertarse y emite unos ruiditos. Cuando la oye, la madre se aproxima, se acerca a la cuna, mira a la bebé con cara de satisfacción y le habla dulce y animadamente con modulaciones variadas de la voz, “¡hala mi pequeña, qué le dices a mamá!”. La bebé sonríe ampliamente, conoce a la mamá al mismo tiempo que se reconoce y parece contestarle emitiendo unos sonidos armoniosos con cierto ritmo musical, como si tratara de corresponder a la voz materna al mismo tiempo interpretar o recrear la melodía de la voz de la madre: al mismo tiempo, todo su cuerpo parece acompañar la intensidad del momento con movimientos de brazos y piernas en una especie de juego estimulante, en el que sigue con la vista la cara de la mamá.

Cuando la mamá, que sigue su tarea, desaparece del campo visual, el bebé se sigue moviendo de forma más pausada, reproduce algún sonido en tono más bajo, ¿está intentando rememorar la voz de la mamá?; es una forma de acompañarse, ejercita su aparato fonador como un juego… y quizá… todo a la vez…, hay un tono de queja, los sonidos cambian, son ahora más intensos… con algunos intervalos.

Vuelve la mamá, es la hora de la toma, el bebé llora de forma resolutiva y con fuerza, parece impaciente, la mamá se acerca a la cuna, coge en brazos a la bebé, la abraza y le canta “¡oh, oh, ya está”, la tranquiliza mucho cuando la mamá la coloca al pecho y coge el pezón acertadamente, mientras la madre la mira amorosamente y le acaricia la cara.

 

Comentario de la observación

 

La bebé se despierta y emite sus ruiditos ¿Es una necesidad instintiva de poner en marcha su aparato de fonación o es una manera de avisar a la mamá, de decirle: te necesito, te estoy esperando? La mamá acude, la mira amorosamente, hay una hermosa expresión en su cara satisfecha ante este ser único para ella, responde a sus ruiditos con bonitas palabras que la bebé no puede comprender, pero esa voz querida, con esas modulaciones, es muy expresiva y aunque la bebé no entiende las palabras, sí parece que puede percibir la emoción; responde con un gesto de felicidad, una sonrisa abierta y franca, como si dijera: “qué hermosa eres, cómo me alegro de verte”; es una situación de “reciprocidad estética”, y vuelve a emitir otros ruidos; esta vez son cualitativamente diferentes de los iniciales, contienen variaciones de intensidad y tono con espacios intermedios, constituyendo como una melodía ¿Es una imitación de este ser que es el centro de su vida desde el querer ser como ella? ¿Es una respuesta agradecida ante el estímulo de su voz? ¿Es también un ejercicio vocal? Quizá las tres cosas. La experiencia de la atención de la mamá produce un intenso cambio en la bebé que mueve sus brazos y piernas como expresando su alegría y vitalidad, centrando la vista en el rostro de la madre. Momentos después sigue con la mirada el movimiento de la madre que se aleja. La mamá no está a la vista de la bebé, ésta entonces relaja sus movimientos, los ruiditos son también diferentes, son como hacia dentro, más graves, como si estuviera hablando con la mamá interior, quizá está intentando recordarla imitando el sonido de su voz como un acto de “rememoración” en el que puede retener esta “impresión significativa” síntesis de imagen, sonido, olor…, animada por las buenas experiencias; inicia también un juego con su voz. Poco después, el tono es diferente, transmite malestar…, está intentando, pero no puede contenerse…, hay una explosión final; el sonido se va transformando en llanto explosivo que comunica a la mamá su deses-peración; la mamá entiende su inquietud, la consuela con su abrazo y el canto de su voz; la bebé se va calmando, la madre la coloca en su regazo y le ofrece su leche, algo de sí misma mientras la contempla amorosamente.

En esta observación, podemos ver la contención de la madre y el lenguaje emotivo, este lenguaje fonético que es subjetivo y que sólo puede expresar emociones, no designar o describir objetos. Sobre esta base se iniciará gradualmente la etapa siguiente del lenguaje verbal.

 

Pensamiento conceptual. El lenguaje

 

La capacidad simbólica se adquiere en un proceso paulatino de maduración, tiene lugar sobre la base de la experiencia anterior y opera, no con imaginaciones, sino mediante representaciones simbólicas, , que son de ámbito general sujetas a reglas como el lenguaje y de carácter analítico.

El grado de abstracción y significación es variable en la medida en que se acerque o se aleje a lo que se ha de conocer. Es apto para construcciones mentales y esta-blecer relaciones entre las cosas y reconocer las diferencias. Es de utilidad para realizar teoría y la comprensión.

El pensamiento opera con lo invisible; en ausencia del objeto, sin sentimiento de autoconciencia no hay pensamiento; la conciencia de sí mismo no es lo mismo que pensamiento; los actos de la conciencia son intencionales y por tanto cognitivos, mientras que el yo pensante no piensa algo sino sobre algo y es un acto dialéctico que tiene lugar bajo la forma de un diálogo silencioso con nosotros mismos; en realidad, hablamos con nuestros objetos internos

El lenguaje proposicional es el paso de lo subjetivo a lo objetivo; anteriormente se funcionaba con signos que son operativos, mientras que los símbolos designan. El símbolo es universal y extremadamente flexible y varia-ble; el darse cuenta de esa movilidad parece un logro que lleva tiempo; mediante el lenguaje accedemos al proceso de abstracción y generalización.

El conocimiento intelectual permanece esencialmente dirigido al objetivo de insertar lo particular en una forma universal legal y ordenadora.

Aunque es una forma de objetivación, como dice Cassirer, también hay un aspecto constitutivo del lenguaje que incorpora el significado proveniente de las relaciones emocionales anteriores, creando una forma lingüística interna y propia que puede condicionar la ley de la estructuración del lenguaje en la que prevalecen los contenidos significativos de orden individual y dentro de los límites del lenguaje.

Sin embargo, el peligro está en que el pensamiento imaginativo de cualidad intuitiva, nacido de la emoción, sea relegado por la razón práctica y se convierta en una composición abstracta alejada de sus inicios, perdiendo lo esencial, el significado, del sentir originario.

 

Algunas CONSIDERACIONES Y CUESTIONES

 

Diversos autores parecen sugerir el paso de un conocimiento sensorial a otro conceptual, pero ¿Cómo se produce? ¿Cuáles son las condiciones?

¿Hay una estructura predeterminada, como sugiere la escuela de Oxford, a lo que parece hacer referencia Bion cuando habla de “pensamiento sin pensador”?

Podríamos hablar de un proceso de conocimiento con momentos diferentes en la evolución y, de ser así, tendríamos que pensar si es compatible la idea de proceso con un desarrollo paralelo de ambos tipos de conocimiento.

Sabemos que ambos conocimientos tienen origen, funcionamiento y fines diferentes, son divergentes, pero sin embargo se complementan. Podemos observar con claridad que hay dos modos de abordar un problema, desde la intuición y desde la inteligencia. En general, el artista tiende a abordar el mundo desde la intuición; el científico tiende a hacerlo desde la inteligencia.

Meltzer habla poéticamente de misterio dando un carácter artístico a estos procesos todavía desconocidos; la observación y el trabajo con niños graves nos ayudarán en el cometido.

Tiendo a pensar en la posibilidad de desarrollos paralelos, con mayor grado de sofisticación en ambos tipos de conocimiento. Vemos que hay diversos grados de abstracción en el conocimiento intelectual; podríamos establecer niveles desde el concepto, el sistema deductivo científico y el cálculo algebraico. Podemos encontrar diversos grados en la intuición, cada vez más alejados de su origen sensible, un nivel sería lo llamado “consensualidad” de los sentidos; en un nivel superior estaría la intuición pura, la intuición matemática y el conocimiento místico.

Meltzer dice que el análisis es más arte que ciencia. He centrado este trabajo en realzar el valor de la intuición en la clínica psicoanalítica, aunque evidentemente no se trata de renunciar a las capacidades intelectuales, sin las cuales no podría haberse escrito este trabajo.

Como hemos dicho, estos dos tipos de conocimiento se complementan; esta diferenciación podría parecer a simple vista “en cierto modo artificial” ya que una vez instaurado el lenguaje verbal, funcionamos alternando de manera entrelazada la experiencia y el conocimiento intelectual. Sin embargo, una buena diferenciación es de gran utilidad clínica ya que nos permite:

  1. Profundizar en la naturaleza específica de los procesos del conocimiento.
  2. Discernir en qué clase y nivel de conocimiento estamos operando en cada momento. Sabemos que en la sesión con el paciente hacemos preponderantemente uso de la intuición, conectando con nuestra experiencia interna. Cuando pensamos un material clínico o escribimos un trabajo, utilizamos preferentemente, aunque no únicamente, nuestro conocimiento intelectual.
  3. Una buena diferenciación facilita la buena integración de sus componentes. Una vez identificados y tomado conciencia de esos procesos la sensibilidad y la capacidad intelectual se complementan y enriquecen y disminuye la disociación. Cuando el símbolo se construye sobre la base de una emocionalidad vivida, comprendida, asimilada y elaborada, tendríamos un conocimiento integrado.

Es en la relación emocional donde se construyen las “imágenes significativas” que son creaciones subjetivas idiosincrásicas, que conservan nuestras experiencias y contienen nuestra visión del mundo, formando parte de nuestra memoria, pero nuestra visión puede estar afectada por nuestros deseos e intereses..

Sabemos que si hay deficiencias o malentendidos en la relación emocional primitiva, habrá también difi-cultades en el proceso de simbolización en un grado variable, desde leves deformaciones hasta confusiones graves como el odio a la realidad en la psicosis. De manera que podríamos decir que la calidad del cono-cimiento intelectual dependerá de la calidad de los primeros aprendizajes por la experiencia.

En un orden más fisiológico, podríamos decir que estas “imágenes significativas” son probablemente como los ladrillos que utiliza el cerebro para construir una base neurológica que permita elaborar la percepción del mundo y proporcionan la estructura mental y fisiológica sólida y flexible sobre la que se construye el paso siguiente a la capacidad de abstracción. Seguramente el avance de las neurociencias puede aportarnos valiosas contribuciones.

Investigaciones neurológicas recientes parecen establecer diferentes localizaciones para las operaciones artísticas y para las lógicas.

Aplicaciones clínicas

El saber intelectual suele ser usado de forma defensiva para confundir y encubrir; es en el área de la experiencia significativa donde ocurren la transformación, creación y crecimiento de objetos internos.

La capacidad del terapeuta fundada en su propia experiencia de descubrir y verbalizar la emocionalidad primitiva juega un papel básico en el proceso psico-analítico. Se debe de intentar ir a lo originario que surge de la relación transferencial; aprendemos en la emoción y desaprendemos en el “revivir emocional”, para aprender de nuevo en la experiencia terapéutica.

La formación teórica nos ayuda a ser precisos y establecer conexiones mentales. Nuestro trabajo analítico consiste ante todo en tener percepciones intuitivas, transformaciones durante la sesión, establecemos aso-ciaciones y vinculaciones en nuestra mente que nos permitirán formular interpretaciones creativas en los niveles primitivos y primigenios.

Escuchar desde nuestra vivencia de O a K (Bion) y mirando que la relación no se transforme en algo mecánico y rutinario y posibilitar el asombro y la sorpresa y la aparición del criterio del paciente, mientras le acompañamos en el camino.

Hay que tener en cuenta la limitación del cono-cimiento humano de los fenómenos mentales. Dado que las relaciones causa-efecto obedecen a experiencias pasadas propias, no podemos extrapolarlo a otra persona. En el tratamiento, es más seguro interpretar sobre transferencia que usar las relaciones causales de la historia del paciente.

En los problemas de “construcción del pensamiento”, hay que remontarse a los orígenes del problema que se encuentran relacionados con la construcción de relación geográfica de la fantasía, confusiones de zonas y modos, como afirma Meltzer.

La parte intelectual utilizada destructivamente puede construir mentiras que enmascaran las “buenas im-presiones” primigenias. Si, como sugiere Meltzer, la idea de verdad radica en el saber de la experiencia, es posible que en épocas tempranas haya habido significaciones con buenos objetos internos que, debido a sentimientos destructivos de carácter narcisista, hayan quedado ocultos; podría ser posible la reaparición y recuperación de esta buena relación en el trabajo psicoanalítico.

La capacidad de integración de la emocionalidad y la inteligencia, es consecuencia del progreso de maduración de la personalidad y aparece en la fase final del proceso psicoanalítico.

 

 

 

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L’INCONSCIENT ESTÈTIC[4]

 

Montserrat Martínez del Pozo

 

 

 

La creativitat clínica, teòrica i tècnica de Donald Meltzer explica fins a quin punt ens trobem davant una obra capaç de generar mons d’emoció, pensament i acció fecunda en múltiples direccions. Aquesta capacitat de do-nar sentit i significat li ha permès d’aprofundir amb lliber-tat de pensament en les relacions del que pot ser observat i descrit, el que només pot ser mostrat i el que ens està velat; i ha fructificat en una tasca molt valuosa i extensa en què l’emoció i la sensibilitat estètica són el cor de l’experiència.[5]

La primera supervisió que Donald Meltzer ens va oferir va ser la d’un nen psicòtic que tenia en tractament, va ser una experiència impactant. Cada vegada que presentàvem un cas, vivíem aquest impacte i conflicte estètic. D’aquelles trobades i de les seves aportacions sobre les relacions recíproques entre el model de la ment i la literatura, destacaria la seva descripció del vincle entre art i psicoanàlisi:

 

“…repassant la història de la psico-anàlisi, podem veure que mentre aquesta es va considerar exclusivament una ciència explicativa la seva relació amb les arts es va limitar a analitzar-les, reduint el misteri del significat de l’art. Avui dia, la psicoanàlisi, en el seu progrés, només es considera capaç de produir models i de ser una ciència des-criptiva que prova de descobrir els fenòmens i narrar-los. Amb l’evolució mencionada, actualment, l’analista pot pensar de si mateix que està realitzant una funció artística i alhora concebre que l’artista està complint una funció analítica. Això fa possible una veritable reaproximació de l’art i la psicoa-nàlisi” (Meltzer, 1990, p.29).

L’interès apassionat de Donald Meltzer per l’art i la literatura, el seu coneixement de la història de les idees a través de la filosofia i les ciències, el seguiment de la neurologia i els avenços ginecològics mitjançant els estudis ecogràfics del fetus, a més de la seva capacitat d’adonar-se de com la relació humana i les obres d’art el commovien, va fructificar en brillants conceptualitzacions, que em porten a concebre la idea de l’existència d’un “Inconscient Estètic”. Aquesta motivació va néixer tant de les seves supervisions com de l’estudi de la seva obra escrita, de converses i processos analítics amb artistes així com d’articles i treballs de col·legues i companys (Harris, 1987, 2000, 2002, 2005; Bègoin, 2000; Nemas, 1998; Ungar, 2003; Botbol, 2002; Martínez del Pozo, 2002, 2003, la Torre, 2003; Bergman, 2002; Castella i Farre 2002; i altres). Partiré dels conceptes “Conflicte Estètic” (1988), “Vida Onírica” (1984), “Geografia de la Fantasia” (1965, 1973, 1974), i dels seus llibres Exploraciones del Autismo (1975) i Claustrum (1994), així com de la Teoría del Pensamiento (1962) i Transformaciones (1965) de Bion, integrats en el seu pensament.

Em centraré en l’ “Inconscient Estètic”, derivat del model de la ment i del “Procés Analític” (1967) que ell descriu, i de les idees que provenen del pensament que sorgeix de l’art. En tot dos, hi ha l’intent permanent de mostrar el que no es veu, comunicar el que no es pot dir i acostar-se al que no es pot representar oferint un nou sentit i significat no convencional a les relacions entre els objectes. Aquest intent qüestiona el sistema preestablert, implica la reorganització del sistema anterior. En certa manera, és la revolució que prové del canvi catastròfic, traspassa la cesura i ens fa néixer a nous mons.

 

Les modificacions teòriques i tècniques introduïdes per Klein i Bion incorporen sens dubte la dimensió estètica de la personalitat, però en l’obra de Meltzer, a Vida onírica (1987) i Aprehensión de la belleza (1988), aquesta s’assumeix plenament amb totes les seves conseqüències. Amb peculiar intuïció, segueix de prop la transformació o migració onírica dels somnis en els seus múltiples itineraris: jocs i dibuixos dels nens, art, creati-vitat de la vida quotidiana i molt en especial en la unitat de la sessió que concep com el relat d’un somni.

 

Les obres de S. Freud, M. Klein i W. Bion també es refereixen a l’inconscient que es troba fora del self. Tant l’art com la psicoanàlisi tenen una forma no convencional de revelar el que és real. Tots dos mostren a l’individu la idea nova i proporcionen elements que afavoreixen passar d’un món a l’altre, d’una dimensió a l’altra de la realitat. D’alguna manera, afavoreixen el trànsit de conèixer l’objecte des d’una altra perspectiva; com el bebè, passa-rem de conèixer la mare des de l’interior del seu ventre a descobrir-la des de fora. És en el revés de la trama on l’art és la paradoxa del pensament en el no-pensament (Rancière, 2005).

  1. Meltzer ens proposa aprendre dels sistemes onírics coneixent el que ens aporten els artistes. Els somnis són la creació “artística” més singularment específica de cada persona, extraordinàriament efímera i immaterial, inci-deixen plenament en la persona. En ells coexisteixen emoció i pensament. Sharpe, Bion i Meltzer consideren “que el somni és el lloc on es forma el significat per ser desplegat en les activitats quotidianes” (1987). Meltzer destaca que la vida onírica utilitza el que Sharpe (1937) denomina “la dicció poètica de la poesia lírica”. Ambdós consideren que els somnis utilitzen els mateixos recursos que les produccions artístiques per aconseguir la seva capacitat d’evocació i revelació: les qualitats d’ambigüitat apuntades per W. Empson (1985), els atributs musicals de S. Langer (1957), la reversió de la perspectiva de W. Bion (1963) i tots aquells artificis que, malgrat el nostre desconeixement dels somnis, han estat identificats com recursos estètics en les diverses branques de l’art. A partir de les dificultats epistemològiques suscitades en els somnis, s’obre una investigació a propòsit dels diversos nivells de l’inconscient, consciència, no-consciència i atenció selectiva (Meltzer, 1984).

 

L’inobservable interior de l’objecte. El conflicte entre l’exterior i l’interior

 

A diferència d’altres teories psicoanalítiques, el con-flicte estètic no es genera a partir de l’objecte absent, sinó de l’inobservable interior de l’objecte present, que és el primer objecte del pensament (Meltzer, 1988). És, entre altres aspectes, el conflicte entre l’exterior i l’interior. Aquest és un element clau de l’inconscient estètic de totes dues disciplines, de la teoria psicoanalítica de D. Meltzer, d’una banda, i del pensament de l’art, de l’altra.

Què inclou el model estètic de la ment de Donald Meltzer? Tenim els conceptes d’impacte estètic, objecte estètic i conflicte estètic, el sentiment de reciprocitat estè-tica, l’objecte estètic com a objecte combinat creatiu, la descripció de les qualitats de l’objecte estètic i, a més, la funció artística del psicoanalista i la funció psicoanalítica de la personalitat de l’artista en interacció mútua. Dispo-sem de diferents classes d’identificació projectiva i in-trojectiva en interacció recíproca, una nova concepció de la malaltia somatopsíquica i la psicopatologia que es deriva de l’impacte i conflicte estètic així com la descripció de noves variants defensives.

 

“No ens adonem del conflicte que implica l’art fins que ens trobem davant una obra nova, quan el món encara no s’ha decidit a qualificar-la de bona o dolenta, d’art o deixalla” (Meltzer, 1990 p.31). I és en aquest moment, quan una obra nova ens produeix aquest impacte, que ens adonem fins a quin punt desconfiem de l’artista i de com ens impressiona. És de veritat una bona obra? És au-tèntica? Quin tipus d’interès s’amaga darrere aquesta fascinació? (Meltzer, 1990). També l’artista es troba en la situació de no saber, de llindar, de trànsit en plena cesura, d’incertesa davant la seva pròpia obra, en un pensament confús.

En la versió de l’experiència del bebè, es tracta de l’aventura del despertar a la vida, de l’arribada a un nou món després d’una turbulenta tempesta, enmig d’una explosió de llum, formes, sons i colors, sense l’humit embolcall de la placenta (Turner, 1842, obra pictòrica La tempesta). Ara el seu cos no sura, sinó que pesa, i cauria –i decauria– si la mare no el bressolés en els seus braços i el consolés amb la musicalitat de la seva veu, amb les seves tonalitats afectives i ritme, continuïtat dels batecs del seu cor (invariàncies de Bion, 1965). La mare el conté en els seus braços, amb el pit-mugró a la seva boca i en el mirall de llum de la seva mirada i la seva cara afable. Els poemes de San Juan de la Cruz (1584) són símbol de l’objecte estètic combinat: l’amor entre els esposos i, alhora, sublimació de l’amor espiritual a Déu, reedició del conflicte estètic entre el bebè i la mare:

 

“Allí me dio su pecho

allí me enseño ciencia muy sabrosa

y lo le di de hecho

allí le prometí de ser su esposa” (p.56)                

 

La mare en una infinitat d’interaccions d’afecte i corporalitat, cos a cos, ment a ment, intuïtivament té cura del seu fill amb art i atenció, amb els cinc sentits en un sentit comú. Ella l’acull amb amor a primera vista, li canta i el bressola en els seus braços. Dels seus pits brolla la llet que calma la seva sed i relaxa el seu cos i els seus esfínters. Al bebè li agrada molt com la seva mare el bressola i li acarona la pell, textura a textura, ambdues cares recolzant-se. Necessita veure la seva imatge en el mirall d’aquesta mirada que parla i somriu i desperta el cant del seu balbuceig i l’afany de viure. Tanmateix, altres vegades se sent abandonat i esclata en plors. Ella és el nou món del bebè i la reconeix des de fora; tot ell vibra en sensacions tan intenses i explosives que sent por i desconfiança. Ha de conèixer, verificar l’autenticitat i bondat del seu amor. Necessita saber que no l’abandonarà una altra vegada, i aquest afany de coneixe-ment el porta a esbrinar la naturalesa més íntima de les intencions de l’objecte estètic, font de vida, passió i creativitat. Però la seva intimitat li està vedada i no té accés a la seva entrada. Li està negada o no la troba? En l’interior de la mare que tant anhela, hi neden altres bebès i el penis del pare? Per què és abandonat?

La recerca de l’interior de la mare s’acompanya de la por a tornar a viure el patiment, per la falta d’espai, de les últimes setmanes de gestació i la turbulència i les ansietats catastròfiques del part, la cesura. En aquest procés de recerca, les emocions, la por, la desconfiança, la deses-peració, el consol, la fe, etc. mostren la seva presència i preserven la vida. D’aquesta combinació, anomenada conflicte estètic, neix la set de coneixement, el bebè desitja entendre la naturalesa del seu nou món, la mare. Aquest objecte d’irresistible bellesa desperta el seu afany de saber, i el seu interès és tan poderós que els seus sentits i la imaginació s’obren a la recerca anhelant d’orificis, portes i finestres que donin accés a l’interior de la mare. Desitjaria entrar pels seus ulls i conèixer el paisatge de la seva ment, o potser l’entrada es troba en els mugrons, o en la vagina, o l’anus. O, potser, en els seus propis orificis? Qui sap si ho aconseguirà donant cops o empenyent la paret del bressol. El seu desig és entrar i sortir, submergir-se i ballar com un dofí en la placenta, conèixer les seves muntanyes i valls, i veure de nou la llum en els ulls de la mare, sadollar-se en els seus pits, fondre’s en el cant de la seva veu, ensumar i respirar les seves fragàncies.

Segons Meltzer:

…“el significado del comportamiento de la madre, de la aparición y desaparición del pecho y de la luz en sus ojos, de una cara por la que pasan las emociones como sombras de nubes por el paisaje, es desconocido para él”… El bebe “no sabe” si la madre “es Béatrice o su Belle Dame sans Merci” (referencia al poema de Keats, 1891). Este es el conflicto estético, que puede ser enunciado con más exactitud en términos del impacto estético del exterior de la madre “bella”, a disposición de los sentidos, y el interior enigmático que debe ser construido por la imaginación creativa. En todo el arte y en la literatura, en cada análisis, evidencia su perseve-rancia a lo largo de la vida” (1988, p. 28).

I Rilke (1922): “Porque lo bello no es más que el comienzo de lo terrible, justo lo que todavía podemos soportar” (p. 101).

 

El conflicte estètic no pot ser suportat pel bebè si la mare no li ofereix contenció i suport mitjançant l’apre-hensió recíproca que ella també té del nounat com a objecte estètic. És a dir, per l’existència del sentiment de reciprocitat estètica. La bella mare corrent, amb la seva bondat i entrega, en interacció mútua i creativa amb el pare, tenint cura de manera combinada del bebè, que, alhora, respon i estimula també una bella interacció mis-teriosa entre tots tres. Aquesta unitat grupal afavoreix una sèrie d’interaccions precoces creatives que constitueixen una base sòlida de seguretat i confiança per poder enfrontar els conflictes i les penalitats de la vida.

 

Memòria implícita i memòria explícita. Importància dels objectes estètics en la memòria implícita

 

El sentiment de reciprocitat estètica es registra en la memòria implícita, en la seva doble dimensió proce-dimental i emocional-afectiva (Mancia, 2006). Aquest permet el reconeixement de l’amor dels altres, el desple-gament de la confiança i el coratge que prové dels objectes interns primaris. Aquests sentiments ens donen la possibi-litat de gaudir de la vida, afrontar les adversitats i sos-tenir-nos en la incertesa. M. Mancia, a partir dels avenços de les neurociències, ens informa d’un doble tipus de memòria vinculada a dos tipus d’inconscient:

 

  • L’inconscient no reprimit, que s’estructura precoçment abans dels dos anys de vida i s’identifica en la memòria implícita.
  • L’inconscient reprimit (descrit per S. Freud) que s’organitza més tard i troba la seva seu en la memòria explícita.

Aquestes dues memòries es manifesten en la transferència i comporten un abordatge terapèutic dife-renciat. La base o nucli de l’inconscient estètic (en positiu o negatiu) es trobaria vinculat en primer lloc a la memòria implícita o corporal.

La interiorització primària del sentiment de recipro-citat amb l’objecte combinat estètic i la seva evolució posterior a través dels anys, permetrà de tolerar la confusió i la turbulència emocional que poden sorgir davant el misteri i la bellesa de l’amor i la sexualitat humana amb el do implícit del miracle de la vida. Ens permet també d’enfrontar les situacions de buit i soledat, els canvis catastròfics i els salts qualitatius que tant el creixement comporta com també el dolor molt profund per les pèrdues per la malaltia i la mort. En aquestes situacions, el patiment ens impacta i commou en cos i ànima i ens submergeix en el pes del misteri (Meltzer, 1988).

És imprescindible destacar que les emocions suscitades per l’objecte estètic i el conflicte estètic coe-xisteixen sempre amb actituds antiestètiques. Aquestes s’activen per la passió no corresposta i també per la desconfiança, enveja, gelosia, por exacerbada a l’abando-nament…, i per la consegüent turbulència emocional que aquests sentiments solen despertar. Otel·lo (Shakespeare, 1546) no pot creure en l’amor i bondat de Desdèmona i embogeix en donar crèdit a Iago.

En algunes circumstàncies adverses, el nen no disposa d’un objecte estètic suficientment instaurat. Aquest no ha existit mai, s’ha perdut o deteriorat. Aquestes carències donen lloc a la psicopatologia que es deriva de les múlti-ples vicissituds defensives que sorgeixen davant la im-possibilitat d’accedir a l’impacte o/i conflicte estètic, enfrontar la seva pèrdua o no trobar una sortida creativa al conflicte. En aquestes situacions, la funció alfa pot desaparèixer, ser disfuncional, distorsionada o en reversió. Aleshores, el desenvolupament del subjecte queda molt trastornat, les emocions sucumbeixen i la formació simbolicoemocional no evoluciona favorablement, s’utili-tza perversament o es reverteix, i amb aquesta el pen-sament i el pensar; en conseqüència, la preservació de la vida emocional i mental, fins i tot a vegades la física, estan amenaçades.

Algunes persones que no han gaudit mai d’un objecte estètic ni del sentiment de reciprocitat, desmantellen el vincle i polvoritzen l’emoció o l’evacuen fora del self, projectant-les cap a l’exterior o a l’interior dels subjectes del seu entorn (Grimberg, 1985), a vegades a molta distància del subjecte. Estem en el camp per excel·lència de la identificació projectiva patològica; ens referim també a defenses i conflictes molt precoços, anteriors als dos primers anys de vida, els quals no es poden recordar i que afecten al mateix subjecte i a les persones que les envol-ten, les quals solen actuar mitjançant la contraidentificació projectiva (Grimberg, 1956).

 

 

 

La importància de l’emoció en la preservació de la vida i en l’evolució humana

 

Damasio (1999, 2005), a partir dels avenços de les neurociències, proposa imaginar un arbre ramificat des del terra fins dalt, des de la gestió automatitzada-vegetativa de la vida, fins arribar a la brancada de l’arbre, on trobaríem el nivell regulador de les emocions. Explica que el sistema emocional incorpora respostes immunes, reflexos innats, instints, l’equilibri metabòlic, comportaments davant el plaer i el dolor; tots ells són sistemes dirigits a preservar la vida. La curiositat i les estratègies d’exploració ajuden a conèixer les seves fonts i les incorporen mitjançant la retenció d’imatges que es graven al cervell.

 

L’emoció està disposada a ser desplegada quan una situació adequada la desencadeni. Les emocions no són exclusives de l’espècie humana, tant l’home com els animals disposen de respostes emocionals, algunes són innates, d’altres requereixen un contacte mínim, encara que fonamental, amb l’entorn. Per exemple, Hinde (1989, citat per Damasio) va demostrar que l’activació de la por innata que el mico sent davant d’una serp no requereix una exposició directa davant una serp, sinó que necessita veure l’expressió de por en el rostre de la mare.

 

Mancia (2006), com a neurofisiòleg i psicoanalista, transita àgilment d’una dimensió a l’altra. Permet un salt qualitatiu en la comprensió del traumatisme precoç, en la forma en què aquest s’expressa en la transferència i contransferència analítica, mitjançant la identificació pro-jectiva i també en l’abordatge psicoanalític. “Les apor-tacions de la literatura neurocientífica mostren que els traumes psíquics i les experiències precoces de separació danyen en els mamífers l’hipocamp fins a atrofiar les neurones i, per tant, fan que el sistema de la memòria explícita no pugui funcionar. Aleshores l’aprenentatge i les emocions queden compromeses. En canvi, la memòria implícita no resulta alterada i queda com l’única memòria en què les experiències precoces que s’han viscut traumàticament (experiències de separació, maltractament i abandonament… de l’objecte amorós) poden ser dipositades. Aquesta última es vincula a l’amígdala, òrgan de les emocions per excel·lència, que madura precoçment i abans que l’hipocamp (Mancia, 2006)…” Aquests circuits impliquen el cerebel, els ganglis de la base, l’escorça cingulada, l’ínsula i les àrees temporal, parietal i occipital de l’hemisferi dret que són les que formen part del cervell emocional (Gainotti, 2001, citat per Mancia, 2006). Les experiències de la primera infància, i també les del trauma precoç, no es poden dipositar en la memòria implícita, l’única disponible a l’inici de la vida i actuen, a vegades d’una manera molt patològica i danyosa, en les relacions amb els altres” (Mancia, 2006). Des de la meva perspectiva, la recuperació d’aquests pacients transcorre per la reconstrucció de l’objecte estètic perdut o deteriorat per experiències nefastes precoces, mitjançant la reconstrucció d’un objecte estètic transferencial que rescati la sensibilitat i l’emoció i moduli el dolor.

 

La paleta de mites i obres d’art

 

Les vivències traumàtiques precoces tendeixen a reeditar-se en la relació amb els altres, projectar-se fora del subjecte o inscriure’s en el cos. Accedir-hi és difícil, es necessita per part de l’analista una sensibilitat corporal i estètica, que més enllà de les paraules, atengui les múltiples transformacions de la vida onírica, i rescati imatges que puguin omplir el buit de representacions. Aquest és el camp per excel·lència de les múltiples formes que adopta la identificació projectiva: comunicativa, in-trusiva, envolupant, passiva. És primordial que el psico-analista presti atenció a la musicalitat de la veu, la modulació, el to i ritme i a les imatges descrites pel pa-cient, alhora necessita nodrir-se de la lectura poètica, els mites, la literatura, la música i la contemplació de l’art. Bion suggeria que els analistes haurien d’estar fami-liaritzats amb els mites i les obres d’art, les pintures i les escultures, com els científics ho estan amb les fórmules matemàtiques. D’aquells, de l’inconscient estètic, diu Bion (1992), va néixer la psicoanàlisi.

 

Amb la capacitat de sorpresa del psicoanalista envers les imatges oníriques inconscients, que tenen un gran potencial de desencadenar múltiples vies associatives, probablement naixerà la sorpresa del pacient i una expe-riència emocional compartida. La vivència atenta del lloc i moment presents, la història emocional reflexiva dels esdeveniments del procés analític durant la reconstrucció estètica de l’objecte estètic i la utilització del recurs de l’art ens ajudaran a rescatar i rehabilitar un inconscient estètic deteriorat, que mitjançant la identificació projec-tiva es trobava dissociat fora de la persona, desconnectat sense possibilitat de verbalització i afectant plenament les seves relacions. Aleshores ens trobem en millors condicions de transformar la memòria implícita ajudant el pacient a expressar més creativament les vivències traumàtiques i el patiment inconscient dissociat i dipositat fora de si mateix o inscrit en el mateix cos mitjançant la gènesis i desenvolupament de la formació simbòlica.

La funció simbòlica és l’activitat de la qual sorgeixen tots els sistemes de signes i símbols, tots els llenguatges i codis possibles, cada un suposa per a cada individu, en cada etapa de la vida o situació un vehicle distint, una forma especifica d’enfrontar-se a la realitat, amb itineraris de transformació imprevistos i les seves respectives invariàncies.

 

L’ art en la infància

L’art en la infància és un vehicle personal que s’escapa de les exigències quotidianes de l’aprenentatge tradicional i la lògica compartida. Permet al nen (i a l’artista adult) d’endinsar-se en allò que el preocupa, una necessitat diferent a la imposada per l’obligació escolar o la vida quotidiana. Tanmateix, l’ensenyament oficial del llenguatge marca uns itineraris fixos i reduïts, que sos-treuen la poesia i la música de les paraules i les imatges. Aquesta manera de fer dissocia uns llenguatges dels altres, els supedita o elimina. Tots hem tingut nens en tractament que han disminuït el seu afany de coneixement en impedir-los dibuixar a classe.

L’art, com els somnis, són formes d’expressió de vida onírica, un intent d’elaborar el que més ens emociona, oferint-nos l’oportunitat de trobar-nos a nosaltres mateixos i aconseguir una major llibertat. L’art dels balbucejos musicals i els gargots neix d’un imperatiu anterior al llenguatge verbal i la paraula escrita. L’expressivitat d’allò que no pot ser comunicat per mitjans proposicionals i l’impuls implícit o explícit de satisfer el goig estètic fan necessària l’existència de l’art tant en la dimensió filo-genètica com en l’expressió transferencial i biogràfica. L’art és necessari a l’home perquè compleix una funció diferent als altres sistemes de representació del món. Per tant, el nen que dibuixa i accedeix al teatre del joc sense pautes preconcebudes, partint del gargot inicial i del gest espontani fins a configurar el dibuix o el joc, construeix un context virtual en què integra factors expressius, estètics i comunicatius (Belver et al., 2005). Realitza una doble proesa: aconsegueix una capacitat per expressar continguts significatius i genera significat.

En aquest sentit, D. Meltzer pensa que el pensament simbòlic precedeix al pensament verbal i al pensament lògic i és font d’una imaginació creadora, on l’objecte i la seva vivència es representen. Imatges i paraules poden relacionar-se entre si de manera complementària, creativa o empobridora. Quan el nen atorga significat a un traçat informe entra en joc la funció simbòlica, de manera que se sent capaç de fer evolucionar un significat que l’inclou. És agent d’una empremta gràfica els trets de la qual l’impliquen a ell i a alguna cosa exterior. Aquest compro-mís emocional activa els potencials de resiliència per enfrontar les adversitats de la vida.

 

Art, ètica i coneixement

En el model de Meltzer, els objectes estètics interns tenen una gran força vital i la funció d’impulsar l’individu a la realització de les aspiracions de l’ideal del jo, com l’aforisme de Keats (1820) en la seva Ode on a Grecian Urn: “Veritat és bellesa i bellesa és veritat”. Aquí, Donald Meltzer uneix art, ètica i coneixement. La bellesa de la poesia fa que cada cosa sigui interessant i amplia el nostre camp de visió i coneixement de la realitat. El mateix pro-cés analític es converteix per al psicoanalista i l’analitzat en un objecte estètic.

La primera alimentació en el pit, veritable acte íntim d’amor, afavoreix que el recent nascut es vinculi amb emoció a l’objecte i l’introjecti en el seu interior com un objecte combinat vivificant, contenidor i creatiu, que esti-mula l’aprehensió del “fet seleccionat” i encén l’espurna del pensament, la troballa D (Bion, 1963). Aquest es reté mitjançant “la introjecció d’una imatge visual, sonora, gestual, epidèmica, olfactiva en conjunció: són els primers protosímbols. La seva experiència requereix la necessitat de retenir aquest fet en la ment amb successives i diverses connexions, que contribueixen a formar una xarxa d’imatges i paraules vinculades a l’emoció formant part d’un sistema estètic, continent corporimental que envolupa i substitueix la matriu corporal perduda” (Bion, 1963).

També existeixen imatges de vivències traumàtiques precoces que sorgeixen d’un fet viscut com a trauma. Si aquestes imatges poden ser contingudes i metabolitzades per l’objecte amb sensibilitat estètica, podran ser temperades per noves imatges i la prosòdia de les paraules i, a poc a poc, tindran un nou sentit i significat que fructificarà en el naixement d’altres més modulades. Aleshores, ja són somiables, revitalitzen i desperten sorpresa, desconcert i anhel d’aprofundir en el coneixement del vincle analític possibilitant la transformació del que està inscrit en el cos o fora del subjecte. Aquestes imatges estètiques són cabal d’emocions i sentiments, inici d’un pensament confús, que enllaça amb aspectes fonamentals del futur del subjecte i el seu anhel de veritat. Aquestes, mitjançant múltiples transformacions i migracions s’expressen tant en la vida onírica nocturna, a través dels somnis, com en la vida diürna mitjançant la creativitat quotidiana de nens i adults, en els seus jocs i dibuixos, en la poesia, en els mites i en l’art en les seves diverses manifestacions. Allí on l’in-conscient estètic s’expressa i transforma generant des-concert i sorpresa, en l’ampli teatre de l’existència humana. Ens situem al cor de la Fila C de Bion, en la revolució estètica. La capacitat de tolerar la turbulència emocional i la ignorància amb capacitat negativa són invocades en la passió de les relacions íntimes i en l’art. Ens trobem en el cor del conflicte estètic, conflicte que desperta l’afany de coneixement de l’objecte estètic crea-tiu, objecte de necessitat i desig: en el treball continu del somni alfa (Bion, 1992). Aquesta tasca implica que la funció alfa romangui activa durant dia i nit, cosa que permet l’emergència de les primeres imatges visuals i el desenvolupament inconscient dels somnis pensaments (Bion, 1959).

 

Magritte i els sistemes onírics

Magritte és un pintor surrealista que aprofundeix en la funció de les imatges i les paraules. Ens aporta nous sistemes onírics i ens ajuda a entreveure aquesta realitat que la mateixa realitat oculta. A Las palabras y las imágenes ressalta: “Un objecte no compleix mai la mateixa funció que el seu nom o imatge”, d’aquí la necessitat constant de l’ésser humà a la recerca de representacions. A Realidad y poesía, manifesta que les relacions entre els objectes, noms, significats i funcions, són molt més dèbils que el que ha proposat la rutina. Proposa diverses tècniques que permeten de veure certes significacions amagades de la realitat, mitjançant la “descontextualització” –boscos formats per balustres de fusta i picarols que suren a l’aire–, “l’associació conflictiva” –un rostre format per un tors femení nu, amb pits en comptes d’ulls i el sexe en comptes de la boca– i “l’associació paradoxal” –núvols que s’esmunyen per portes obertes o paisatges pintats que es confonen amb el paisatge real que representen–. Magritte se centra en les relacions que s’estableixen per “contigüitat i analogia”, suggerint “organitzacions diferents de la realitat, el valor essencial de les quals és de caràcter poètic”. El seu objectiu és un art revelador i crític, que impugna l’ordre establert i consagrat de la realitat com a condició necessària per a l’alliberament de l’esperit. Mitjançant la “confusió” va descobrir “l’impacte provocador de l’afinitat”. A Imágenes en conflicto desitja convertir la mirada en instrument de coneixement obligant-la a pensar d’una altra manera. Un dels procediments és establir relacions conflictives entre les coses, “activant així un poder evocador i poètic que sense aquest conflicte resta ocult. Es tracta de desconcertar la mirada”. Així, en el quadre Les relacions perilloses veiem la imatge d’una dona nua que aguanta un mirall, la imatge que s’hi reflecteix mostra la part posterior del cos. Aquestes imatges en conflicte il·lustren molt bé la confusió de zones geogràfiques pit-natges del bebè descrita per Meltzer. Aquesta última modalitat “el quadre dins del quadre” mostra el mateix paisatge que la tela oculta, “és una metàfora especular que pot perllongar-se fins a l’infinit i d’una insondable reflexió sobra la naturalesa de la pintura i la visió en les relacions humanes” (Magritte, 1999).

 

 

L’inconscient estètic que prové del pensament de l’art

 

La idea de la relació del pensament i del no-pensament s’ha desenvolupat de manera predominant en l’àmbit del que denominem estètica i és una mostra palpable de la continuïtat que hi ha entre la vida onírica i el pensament que es genera en l’art. En aquest article, he recollit i dialogat amb idees de D. Meltzer i J. Rancière de les quals a continuació exposo una síntesi, així com les d’alguns artistes que tracten sobre el tema i ens apropen als sistemes onírics. Aquests, segons Bion (1992) i Meltzer (1988), encara són més variats i complexos que els descrits en una obra genial com La interpretación de los sueños (Freud, 1898) i suggereixen que el millor recurs per conèixer-los és contemplar i aprendre de les manifestacions artístiques.

Les obres artístiques escollides per S. Freud en els seus textos, mostren un sentit en el que sembla no tenir-lo, un misteri i enigma amagats en el que és evident, una “càrrega de pensament” en el detall anodí. Els treballs sobre la biografia de Leonardo da Vinci (1910), el Moisès de Miquel Àngel (1913), la Gradiva de Jensen (1906)… i les múltiples referències de textos literaris –Èdip, Electra, Hamlet, Faust, Safo…, entre altres– el van ajudar a mos-trar el valor de l’inconscient. Totes aquestes figures són testimonis de la presència del pensament en la materialitat sensible i en el que és involuntari, i del sentit i significat que s’amaga en el que és insignificant. S. Freud va poder interpretar fets ignorats pels seus col·legues positivistes, en adonar-se que eren en si mateixos expressió de cert inconscient que existia en realitat. La teoria psicoanalítica va poder ser formulada perquè, més enllà del camp de la clínica, existia també la identificació d’un mode incons-cient del pensament. Aquest és l’àmbit de les obres d’art: efectivitat privilegiada de l’inconscient estètic.

Estètica designa un mode de pensament que es desplega a propòsit de les coses de l’art i al qual in-cumbeix dir en quin sentit aquestes són objecte de pensament. És una idea del pensament segons la qual les coses de l’art són coses del pensament. L’ús del terme estètica per designar el pensament de l’art és recent, utilitzat per Baumgarten (citat per Ferrater Mora, 1991), que va publicar l’article “Estética” (1750) i la Crítica del juicio de Kant (1790). Per a Baugmarten designa el domini del coneixement sensible, d’un coneixement encara confús que s’oposa al coneixement clar i distint de la lògica. Kant manlleva el terme de Baugmarten per designar la teoria de les formes de la sensibilitat. A la Crítica del juicio no reconeix l’estètica com a teoria, i només admet aquest terme com a adjectiu. En el romanticisme, estètica passa a ser del pensament de l’art al pensament generat per les obres d’art i s‘associa de nou amb la idea del coneixement confús davant la idea nova. És l’obra en si, fora de l’autor, que genera pensament. Aquí, el coneixement confús no és una idea menor, sinó tot el contrari, la creativitat del “pensament que no pensa” (Ranciere, 2005, p.24).

Per la seva banda, S. Freud, partint del personatge central de la tragèdia d’Èdip Rei ens diu: “La revelació progressiva i conduïda amb art d’Èdip Rei és comparable al treball d’una cura psicoanalítica”. A partir d’aquesta obra, pot englobar en la mateixa universalitat tres coses: una tendència general del psiquisme humà, un material de ficció determinat i un esquema dramàtic plantejat com a exemplar (Rancierè, 2005).

La posada en escena de la tragèdia d’Èdip Rei és de gran complexitat i, com l’escenificació onírica, joc o dibuix, planteja diferents problemàtiques de figurabilitat, comunicació i significat. Què pot, es desitja i ha de ser o no visible? Quan es peca per mostrar excessivament el que s’hauria d’haver dit? Què cal mantenir en l’interior, ocult i ser subtilment suggerit? Què s’ha de revertir o realçar? És l’art de com, quan i quant es pot saber el que està en joc. Què és o no suportable per a l’espectador, pacient i ana-lista i en quin ritme i seqüència? Com Èdip, el públic, pacient i analista vol saber i rebutja les paraules que re-velen la veritat, que busquen i rebutgen alhora. Qui vol callar i parla malgrat tot, com Tirèsies? I, de quina manera ho fa? Com Èdip, caiem en la temptació d’intrigues en detriment de la imaginació.

En Èdip, hem de considerar la importància del trauma precoç infringit per uns pares que senten horror davant la presència d’un tercer i desitgen matar al bebè; l’abando-nament inscrit en els seus peus perforats i inflats; la por a la mort dels seus pares adoptius i la veritat silenciada: el paper que té el poder en relació amb el coneixement i el maltractament; la força de l’emoció en la fúria que l’em-peny a saber i a anar contra tothom sense escoltar la veritat que reclama; la identificació amb l’oracle que el tanca en un personatge que passa a l’acció, en comptes d’utilitzar la imaginació. La mirada d’Èdip planteja l’ordre i forma de la relació entre el que perceptible i el que és imperceptible, molt en especial del que és visible i el que és invisible. És la ceguesa d’Èdip la que obre els seus ulls al seu món intern, a la possibilitat de veure amb la ment. I aquí Sòfocles planteja la relació entre el que és visible i el que és invisible, el que es pot dir i el que és inanomenable, el que és pensable i el que és impensable, el que és ima-ginable i el que és inimaginable. És l’angoixa existencial davant el que és irrepresentable.

L’essència de la paraula és fer veure. L’escena teatral i l’onírica potencien la seva imatge i la retenen mitjançant la màgia de la poesia de la paraula. Aquesta mitiga l’efecte traumàtic d’algunes visions. La paraula institueix certa visibilitat, manifesta el que es desitjaria ocult i descriu el que és lluny dels ulls. Ens permet de prescindir de les imatges que la mirada de l’home no aguanta i atenua l’efecte traumàtic de l’horror de la visió. L’ordre de la representació de l’obra d’art i la sessió analítica és en certa manera l’ordre entre el saber i l’acció. El drama és disposició d’accions (Aristòtil, IV a C) i la ignorància necessita resoldre’s en el transcurs de l’acció, en un inconscient fora de si mateix. El que queda exclòs, la catàstrofe del saber insuportable, està en el fons de la gesta preedípica i edípica. La visió de l’obra d’art i de la crea-tivitat onírica ens mostra el que es pot anomenar, mit-jançant imatges condensades; de forma poètica sorgeixen experiències sensorials, emocionals, i cognitives de la his-tòria del subjecte i d’una veritat inarticulable que el desconcerta i que en recuperar-se el llança a la recerca de significats en la necessitat d’un nou ordre. En la paraula alemanya Verdichtung (condensació), dicht significa poesia. La imatge en condensació poètica produeix una omissió que després de la sorpresa, produeix associacions en diverses direccions.

La màgia de la paraula, la llum del color sobre la tela, el timbre de l’obra musical, el que tremola en l’escriptura, es converteixen en empremtes del xoc sensible que treuen l’esperit del no-res. Tanmateix, la dependència de l’esperit respecta al xoc sensible tradueix una altra dependència més fonamental que té a veure amb l’alteritat que l’habita. Aquesta, que es pronuncia enmig del temor i el tremolor i és irrepresentable. La virtut de l’art es troba en ser tes-timoni d’aquesta dependència irredimible respecte a la potència de l’Altre, la misèria, el terror o la catàstrofe que desmantella l’esperit, per apropar-se a comprendre quina cosa del món pot ser o no comunicada.

 

La unitat de la sessió concebuda com a somni

En la sessió i més enllà de la sessió, l’analitzat silencia, comunica, juga, dibuixa, actua, narra, dramatitza la seva vida onírica i genera transformacions, en què expressa i omet la presencia/absència de l’impacte i con-flicte estètic, la seva incapacitat vicaria i les migracions transferencials constants entre el que s’ha viscut dins i fora de la sessió.

Això ens porta a acotar i concebre la unitat de la sessió com una escena en què Todo habla (Novalis, 1800). Aquests espais de representació recíproca, en què es dramatitza el somni no nascut i actua el que no es diu, generen, in situ, vida onírica. El no-pensament, el que és invisible i el que no es pot anomenar estan inclosos en el teatre de la sessió. És l’inconscient estètic. La denominada revolució estètica és el pensament inconscient que advoca pel seguiment de les seves transformacions fora de si mateix i no per la negació de la seva realitat. El fet poètic és la simultaneïtat dels contraris mostrats en Èdip i les tragèdies gregues en general. És saber i no saber, adonar–se i no adonar-se, alhora. La profunditat d’aquestes obres assenyala l’articulació de múltiples llenguatges artístics en què la imatge, la musicalitat de les paraules i les emocions i afectes tenen un paper primordial. L’atractiu poètic de la paraula cantada és el balbuceig de la infància del llen-guatge.

És propi de l’art fondre la identitat d’una acció conscient com a desig i una producció inconscient com a procés involuntari necessitat. Aquesta necessitat s’observa en la sessió mitjançant la dimensió estètica de la perso-nalitat del pacient i analista. En l’art, com en la sessió, s’identifiquen un logos i un pathos. Aquesta identitat pot pensar-se de dues maneres oposades: com a immanència del logos en el pathos, del pensament en el no-pensament, o a la inversa, del no-pensament en el pensament.

En termes schellinians (1775-1854), l’art és l’odissea d’un esperit situat fora de si mateix, que es manifesta i es busca en la matèria. Shopenhauer (1788-1906), en canvi, proposa retornar del bell ordre causal del món de la representació al món obscur subterrani i sense sentit. És el món del voler viure nu, de la voluntat paradoxal de no voler res, recusant el model de l’elecció dels fins i de l’adaptació als mitjans. Nietzche (1844-1900) identifica la bellesa apol·línia i la dionisíaca, la primera és una pantalla que pretén esborrar la bellesa pertorbadora, que s’expressa més enllà de les aparences com a bellesa oculta, la qual restarà latent fins a l’època moderna en què la pulsió dionisíaca del goig i del patiment es manifesten en les mateixes formes que pretenen negar-les. Zola, Maupassant, Gogol, Strindberg, Poe, Lowecraft… se submergeixen en la pura absurditat de la brutalitat de la vida, en l’encontre de les forces tenebroses (Rancière, 2005; Cortes, 1997).

La revolució denominada estètica obre l’espai a l’elaboració d’una idea del pensament i d’una idea corres-ponent de l’escriptura. Per a Plató (428-347 a. C.), el logos mut, la paraula muda i loquaç, la paraula escrita, és la que no sap a qui es dirigeix, és la paraula precisa que no es pot dir d’una altra manera. La paraula viva és la del mestre que sap explicitar la seva paraula i reservar-la específica per a aquell a qui va dirigida, per dipositar-la allí com a llavor. És la paraula que fa acte, que commou i persua-deix, que edifica i enforteix ànimes i cossos (Ranciere, 2005).

La revolució estètica de la psicoanàlisi i de l’art busquen una paraula que parla i calla alhora, que sap i no sap, que correspon a dues formes diferents de la relació entre pensament i no-pensament. És la recerca de signi-ficació en el que és mut. És el “tot parla” de Novalis (1778-1801). Tot és traça, vestigi o fòssil. Tota forma reconeixible és eloqüent i porta en si mateix l’empremta de la seva història en els seus múltiples estrats. És Balzac (1799-1850), a La piel de Zapa, qui descriu un antiquari com a emblema d’una mitologia nova. Amb ell, es defineix l’artista i l’analista que viatja pels subsòls del món social o individual. Ells retornen als detalls insig-nificants de la prosa del món el seu poder significant poètic. En el vestit desgastat, en un gest àgil o pesat, el parlar callat o el cop d’un nen, la força o debilitat del traç, la dolçor o violència d’una efímera mirada l’analista troba els elements d’un sistema mitològic (Grimberg, R., 1960). És la revolució de Melanie Klein jugant i dibuixant amb els nens. No hi ha temes indiferents: l’arbre de la vida, o la casa destrossada, els animals salvatges del dibuix, els personatges monstruosos o admirats, la claveguera o el joc d’una nena que vola i se submergeix en les pàgines del seu conte preferit, parlen com ho fa el somni o l’acte fallit. Així mateix, la sessió, com aquest tipus de literatura, també es vincula al pur dolor de l’existir i del morir, a la reproducció de l’absurditat existencial de la vida, ens connecta amb el soliloqui d’aquella paraula que no parla a ningú i que no diu res, amb la vida sense vida, amb la marioneta i el robot i també amb la paraula inscrita al cos. A més és també la confrontació amb el que és desconegut, amb les forces anònimes i in-coherents de la vida.

  1. Freud, que durant tota la seva vida, va ser visitat per escriptors, pintors, músics, antropòlegs… – Hermann Hesse, Thomas Mann, Arthur Schnitz, Rabindranath Tagore, Gustav Mahler, Salvador Dali, Lévy-Bruhl – ens recorda, sobre la matèria de la psíque, que els poetes i els novel·listes són les persones que tenen més coneixement de les formacions singulars del psiquisme humà. El seu saber està més avançat que el dels científics i d’alguna manera els demana que donin suport a una ciència que vol tornar a posar la fantasia, la imaginació, la poesia, la mitologia, la literatura i l’art en el lloc que els correspon (Freud, S. 1906, 1922).

 

Alguns comentaris tècnics

La paraula, el gest o la imatge, que és congruent formalment i funcionalment amb els fets interns i externs i les emocions, adquireix un poder simbolicoemocional que modula el dolor i vincula els afectes i el coneixement. Aquesta integració afavoreix el desenvolupament profund del subjecte.

Abordar la sessió a partir de Todo habla de Novalis, imaginant-la en la ment com si fos un somni amb diverses escenes i modalitats de material oníric és tremendament útil. De l’experiència emocional en la sessió, en la inte-racció de la transferència i contratransferència, seguida pas a pas (Joseph, 1989), sorgeix una imatge onírica nuclear, que és congruent, formal i funcional (Meltzer, 1987) i que condensa amb força el futur del vincle pacient i analista. Es tracta de seleccionar aquesta imatge per oferir-la al pacient com un protosímbol o símbol de la relació afectiva a compartir, contemplar i comprendre mitjançant una exploració activa de les associacions i de les vicissituds transferencials i extratransferencials. Com el teatre dins del teatre de Shakespeare, el somni-imatge dins del somni genera una cruïlla d’associacions generadores de significat i estableix relacions no convencionals.

Eskelinen (1990) destaca la importància que Shakespeare atorga al món intern, i fa referència als problemes propis de la representació teatral i la figu-rabilitat dels somnis. També descriu com, després d’una interpretació transferencial de l’experiència emocional viscuda en la sessió, el pacient pot recordar un somni o començar a construir-lo i cita El somni d’una nit d’estiu (Shakespeare, 1564), quan Teseu diu a Hipòlita:

 

…I l’esguard del poeta,

en un transport inspirat i frenètic,

va del cel a la terra i de la terra al cel

i, mentre el seu imaginar va donant forma

a tots uns elements inexistents,

la seva ploma en fa figures, i, a l’aeri no-res,

li sap donar una residència i un nom….

 

Hipòlita contesta:

 

Però tota la història que han contat

d’aquesta nit, i encara més: la transfiguració

dels seus sentits són millors testimonis

que no pas les imatges d’alguna fantasia;

sembla que tot plegat té una gran consistència,

per més que ens sembli estrany i que ens deixi   astorats.

(p. 130)

 

Quan l’analista, com el poeta i l’artista, estableix un vincle amb l’inconscient del seu analitzat comunicant-li les emocions viscudes i escindides en la sessió, inicia el procés de donar nom al buit existencial i al dolor invisible. D’aquesta manera, s’aproxima a comprendre el trauma precoç i les seves defenses, vivències desconegu-des/conegudes que generen una inquietant estranyesa i afecten el subjecte.

En síntesi, considerem important tenir en compte:

– La comprensió de les defenses i del patiment des-velat de manera específica per l’impacte i conflicte estètic o per la seva pèrdua o deteriorament.

– El desenvolupament d’un vincle emocional que probablement donarà lloc a unes imatges i paraules, que connectades amb l’experiència viscuda en la sessió, posse-eixen un considerable potencial de ressonància afectiva i d’activació de múltiples associacions i de formació sim-bòlica. Aquestes imatges per la seva riquesa onírica hauran de ser seleccionades, contingudes i especialment contemplades, amb l’objectiu de transformar el desman-tellament emocional, el claustre i la inadequada o perversa utilització dels símbols.

– La imaginació per part de l’analista de formes simbòliques que poguessin representar les actuacions del pacient. Fins i tot sense verbalitzar-les (si considerem que no és adequat) ja podran repercutir en l’analitzat.

–La capacitat d’entreveure elements de vida onírica diürna i d’atorgar-los una funció significant que vinculi diverses facetes de la vida de l’analitzat.

Després de valorar les possibilitats de replegament o desenvolupament del pacient com a resposta a la inter-pretació, gradualment, donarem nom, figura i espai mental a cada un dels aspectes mencionats. D’aquest treball, tal vegada podràn emergir diverses personificacions amb veu i rostre, imatge i paraula, ara ja mitjançant verbalit-zacions que contenen un sentit i un significat emocional, i que alhora son formes de representació i condensació del que s’ha viscut en la sessió.

La transformació dels “somnis no nascuts” sorgeix de la “química” de la relació transferencial i contratransfe-rencial i dóna lloc a imatges nuclears significatives.

A partir de l’elecció d’una imatge nuclear inconscient ben d’acord amb la vivència transferencial, continuem el nostre treball analitzant-la com si fos un somni, un “somni no nascut” que desitja veure la llum. Observem que aquesta “imatge nuclear” té un considerable potencial de significació i que, gradualment, adquireix un significat transferencial conscient per a l’analista i el pacient que és rellevant. Destaquem que es tracta d’una imatge onírica que té el mateix valor que un somni i, com ell, condensa una cruïlla de valuoses associacions.

 

La funció alfa de l’analista intenta contenir (Aguilar, 1966) metabolizar el patiment que es troba a la base d’aquesta imatge onírica, imatge que en no tenir estatut de somni, quedava marginada i sense possibilitat de verbalització suficient per subvertir el sistema fanàtic de la personalitat (Martínez, 2001). Sistema que instaura un terror sense nom i impedeix que algunes àrees de la personalitat neixin i es desenvolupin. En aquest sentit, insistim en la necessitat d’escoltar els crits de socors inscrits en el cos. Es tracta d’ajudar el pacient a integrar aspectes de la seva personalitat dissociats i traspassar cesures imprescindibles i crear-ne d’altres.

A l’inici del procés, “les parts no nascudes de la personalitat” són extraordinàriament vulnerables i inde-fenses i necessiten l’atracció, bondat i reciprocitat de l’ob-jecte estètic combinat, així com també el coratge, sin-ceritat i força, qualitats molt necessàries per enfrontar-se a les àrees fanàtiques i tiràniques del mateix individu i del grup, que tanquen el subjecte en un espai claustrofòbic, sense creativitat ni possibilitat d’evolució interna per enfrontar nous mons.

 

 

Vinyeta clínica: El somni-imatge dins del somni

 

En Fernando va començar a mostrar-se retret arran de les complicacions del tercer embaràs de la seva esposa. Sempre deprimit i “en carrerons sense sortida” es limitava a sobreviure, patia cefalees i crisis asmàtiques que li resultaven insofribles. A vegades, pensava en el suïcidi. Tenia dificultats amb la seva dona i els seus fills. No somniava. Fumava molt. La seva mare va morir quan Fernando tenia vint anys. Ell sempre la recorda queixant-se de la fredor del seu pare. Durant la seva infància s’adormia donant-se cops contra el bressol i tenia enuresi primària. Va ser ingressat a l’hospital diverses vegades per asma. La seva germana gran morir abans que ell nasqués.

La imatge dels “embussos de trànsit” sense sortida lateral era freqüent a les sessions. Vaig tractar aquestes imatges com si foren un somni-imatge dins del somni-sessió. Després d’analitzar identificacions projectives i adhesives, vaig començar a interpretar com es desconnectava del desconcert que li produïa la nova situació analítica. Li vaig comunicar que tenia la creença i la por que no podria aguantar el seu desassossec en l’“aquí i ara” de la sessió, temia una insofrible situació de “carreró sense sortida”.

Sense saber per què, el seu dolor em feia pensar en un dolor metàl·lic, que tallava la respiració i que no se sabia d’on provenia. Li vaig parlar del seu temor de quedar-se atrapat en la calidesa de la nostra relació i de l’inici d’un desgel emocional que l’inquietava molt i li feia por que el buidés. Em vaig recordar d’un poema de Valente (1992, p. 23): “¿De qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?”, que d’alguna manera va estar present en la interpretació.

Aquesta el va emocionar i el va fer pensar. Em va dir que sense saber per què els seus fills milloraven i que necessitava venir encara que només fos per a ells. L’embús va començar a disminuir i el desgel va tenir lloc, i va plorar moltíssim!. Comprenent el material de la sessió a la llum de l’experiència emocional de la transferència, li vaig interpretar que estava dissolt en la seva pròpia mirada i que en el seu mirall esborrava la seva imatge i la meva del seu interior.

Després del cap de setmana em va descriure el seu mal de cap i sense adonar-se de com l’impactava, com si fos un somni, em va explicar: “Aquella nit va haver–hi tempesta. Estava amb la meva família quan va sentir uns sorolls estranys. Una espècie de gata, molt gran i blanca, estava embardissada en uns filferros, s’ofegava i no podia sortir. Era estranya, però preciosa. Una colla de joves la miraven, semblava que estigués embogida, amb movi-ments violents es rastrejava i colpejava el seu cap contra unes roques. Patia, però feia por. Els nois van intentar treure-la, però en veure que no podien van decidir matar-la a cops amb uns ferros, per evitar el seu patiment. Jo mirava i apartava la cara, m’era insuportable. Al final, li van lligar una corda al coll i van estirar-la. Ella es movia per intentar escapar. La van treure, però la van deixar mig morta.”

Va abandonar aquesta imatge, i amb detall va explicar algunes dificultats resoltes en la seva relació matrimonial i amb les seves filles. Quan em vaig recuperar de l’impacte, li vaig parlar d’aquesta imatge viscuda com un somni, i que de manera brusca irrompia en la sessió: aquesta gata perduda i atrapada, embardissada, ferida, donant cops de cap en un intent de trobar una sortida al seu patiment. Li vaig parlar també del seu mal de cap i de la seva infància donant-se cops de cap per adormir-se, dels innumerables carrerons sense sortida lateral, dels moviments violents i del dolor metàl·lic. Molt emocionat, em va dir que volia que la seva ànima ajudés el seu cos, que durant el cap de setmana em va veure dins seu, va pensar en mi i va aguantar, però s’havia espantat molt.!

La interpretació d’aquesta imatge onírica que tant ens va impactar a tots dos, va significar un progrés i també admiració pel mètode analític. L’endemà, em va comunicar el seu primer somni: “Un grup de persones estaven en un espai molt ampli, hi havia molta llum. Era un lloc preciós. Sabien que es moririen, o bé de set o bé d’un tret al cap. Un grup de gent s’acostava per darrere per matar–les. Elles no podien fer res para evitar-ho”. El pacient s’ho mirava des de fora i pensava: “Déu meu!, saben que moriran i no puc, ni poden fer res per salvar-se, quin patir!”.

 

D’altra banda, una tia materna poc després del naixement del seu nét li va explicar: “El teu embaràs es va allargar perillosament. La llevadora ens va dir que paties, portaves massa temps encaixat, semblava que et desviessis del forat de sortida, i premies amb el cap a la paret de l’úter per sortir. El part va ser llarg i difícil, portaves dues voltes de cordó. Hi va haver tensions en l’equip que us atenia i el teu pare tan tranquil va arribar tard, havia tingut molta feina. Al final, et van treure amb fòrceps amb el cap deformat, però et vas recuperar.”

 

*******

Pròsper ens adverteix a La tempesta (Shakespeare, 1954), sobre les ansietats catastròfiques d’un naufragi del món intern. La representació teatral, com el procés analític, és a la vegada figuració i realitat psíquica, que ens protegeix de perills reals. Les fantasies, sensacions i desil·lusions se succeiran en l’obra com en el procés analític. Ambdós apareixeran figures monstruoses –Caliban, sense llenguatge (funció beta) –, deïtats i harpies. Ariel donarà forma i imatge als desitjos i fantasies de Pròsper creant els seus somnis (funció alfa). Fernando, arriba a l’illa després del naufragi-naixement i comparteix amb Miranda l’impacte estètic, l’amor a primera vista i el sentiment de reciprocitat, reedició de la primera trobada del bebè i la mare. Ells reconeixen les invariàncies i descobreixen la bellesa de l’objecte.

 

Miranda: ”¿Què es allò? ¿Un esperit? Senyor, com

mira pel voltant! I creieu–me que fa goig,

Senyor! Però no és més que un esperit.”(…)

“Doncs, jo de bona gana

diria que és divi, que res tan noble

no he vist mai entre coses naturals”. (p. 151)

 

Aquest mateix reconeixement de les invariàncies el trobem a L’Odissea, cant a l’insight de l’objecte intern combinat, que a pesar dels anys i els innombrables avatars permet a Ulisses i a Penèlope el reconeixement mutu en pensar en l’habitació nupcial feta d’arrel d’olivera, símbol del vigor i de la terra d’origen.

 

La vivència de la transferència i la cesura, i el recurs de l’art afavoreixen l’aprehensió d’imatges oníriques de la vida quotidiana. La possibilitat d’aprehensió de la imatge-somni està directament connectada amb el fet seleccionat que emergeix de l’emoció transferencial enllaçada amb els crits de socors que provenen del cos. L’escolta atenta del que està inscrit al cos i l’estimulació de les parts no nascudes de la personalitat afavoriran el despertar de la sensibilitat estètica (fins ara anestesiada, mancada o perduda) i el desig.

Silenci, visió, gest i paraula es teixeixen o se esquincen en un íntim diàleg de vincles d’afecte i coneixement. Si en aquests vincles preval una actitud d’ajuda mútua s’anirà aconseguint una narrativa més congruent amb la imatge onírica i els fets interns i externs. Aquesta tasca intrapsíquica i transferencial contribueix a transformar l’objecte pla i la idea única en un grup d’objectes interns, calidoscopi de vivències i perso-nificacions en comunicació dialogant. Aleshores, tal vegada estarem en millors condicions per abordar el diàleg entre els aspectes “prenatals i postnatals” (Bion, 1979), entre el inconscient no reprimit i el reprimit, i per accedir a noves realitats oníriques: imatges, accions i paraules amb potencial transformador de vivències traumàtiques precoces i de la sensibilitat corporal i mental del subjecte. El sentiment estètic de reciprocitat que emergeix en aquesta nova situació afavoreix la comprensió, l’amor per la vida i l’interès per la veritat i permet donar llum als “somnis no nascuts”, a la imaginació creativa i al pensament lliure.

En el procés analític, estan implicades dues persones, dues sensibilitats corporals, afectives i mentals. L’impacte i el conflicte esteticoemocional que sorgeix entre elles es centrals, es el cor mateix de la vida onírica, la passió i la formació simbòlica. En aquest sentit, l’analista amb la seva funció alfa actua com Ariel, donant forma a la imaginació, sensacions i fantasies de Pròsper-pacient, i,   contribueix a l’emergència, figurabilitat i verbalització del patiment irrepresentable i del goig. Neix, Eros en conflicte, amb capacitat de lluita i creativitat.

 

 

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APRENDIENDO CON MELTZER:

MOSTRAR AQUELLO DE LO QUE SE HABLA

 

Antonio Murillo

 

 

 

En octubre del año 2002, cerrando el Encuentro Internacional que organizó el Grupo Psicoanalítico de Barcelona (GPB), Donald Meltzer nos dejó una hermosa conferencia a la que tituló, in situ, “Buena Suerte”. Tenía una atmósfera de despedida. De hecho, para muchos de nosotros lo fue. Una despedida repleta de emoción, una extraña mezcla de tristeza y esperanza que, como las cosas que de verdad valen la pena, uno vuelve a evocar cada vez que relee el texto. Y en esa relectura van apareciendo a la vez cosas nuevas, porque fue una comunicación densa e inspirada. Y aunque es tomándola en su totalidad como tiene más sentido, escogeré algunos fragmentos para plantear algunas sugerencias. Por ejemplo, cuando dice que “el método no se explica, sino que se muestra”.

 

Tuve la oportunidad de entrar a formar parte del GPB en 1998, por lo que pude asistir a algunas supervisiones con Donald Meltzer, en Oxford y en Barcelona. En mi expectativa preformada anterior a estos encuentros no dejaba de haber un sentimiento de tristeza por no haber estado antes allí, pues no es infrecuente que un autor se empeñe en sus últimos años en demostrar la exactitud de su legado. Mi sorpresa fue asistir al despliegue de un pensamiento desprejuiciado incluso de sí mismo. Sin perseguir la explicación causal, uno podía acercarse más a la complejidad del paciente. La actitud de Meltzer en esos encuentros, que mostraba, más que explicaba, no gra-tificaba la necesidad de explicaciones respuestas, sino que abría caminos. Pero no era una actitud exclusivamente referida a los pacientes…

En noviembre del año 2000, Donald Meltzer vino a Barcelona. Los componentes del GPB teníamos muchas expectativas puestas en ese fin de semana, pues no sólo íbamos a presentar material clínico, sino que le íbamos a exponer nuestra intención de organizar el Encuentro Internacional de 2002 al que me referí más arriba. Habíamos decidido organizar dicho Encuentro después de muchísimos debates: sobre la oportunidad o no de pre-pararlo nosotros, sobre cómo denominar al evento, sobre delegar o no los aspectos organizativos, sobre la meto-dología a seguir con los trabajos presentados, sobre qué título podría ser adecuado… Dudo que haya habido mu-chos Encuentros, sean del tipo que sean, más debatidos que el nuestro… Y allí estábamos, exponiendo todo esto y esperando “algo” de Donald Meltzer. Y Donald Meltzer, empeñado en “mostrar” el método incluso en esa ocasión tan acuciante para nosotros. Con sus silencios, con aso-ciaciones misteriosas que no contestaban en forma directa a nuestras preguntas, con su humor a veces rozando la provocación… Nosotros hablábamos de homenaje y él decía que había que electrizar a los asistentes… Nosotros buscábamos un título suficientemente meltzeriano, o bioniano, y él hablando de revolución diaria, peleas y aguijones… Nosotros buscando una metodología para que los trabajos llegasen al Encuentro después de una elaboración previa, y él insistiendo en la importancia de lo chocante y en el desgaste de las palabras… No sólo estaba “hablando-acerca-de”, sino que estaba “mostrándolo”. Nos electrizaba para que hubiera corriente, nos provocaba para ver si podíamos defender nuestros argumentos, se peleaba juguetonamente con nosotros para ver si de verdad queríamos seguir adelante… En un momento determinado de la reunión, Catharine Mack Smith le dijo: “Quizás no les estás ayudando mucho…”. Y Meltzer contestó: “Les estoy animando a que piensen sobre ello”. Para pensar sobre ello, había que superar la perplejidad y la incomodidad, hacerse cargo de las emociones electri-zantes, creer que había un sentido en todo aquello… Ya casi al final de la reunión, uno de nosotros dijo: “En este momento nos estamos replanteando el título, la trayectoria del congreso y hasta el congreso en sí”. Y Meltzer dijo: “Es lo que hay que hacer. Repensar todo, replantearse”. Y nos despedimos, electrizados pero no electrocutados. Y los componentes del GPB organizamos el Encuentro del 2002, como pudimos y supimos. Lo titulamos “Genera-ción de significado en la experiencia analítica: Misterio, turbulencia y pasión”. El había sugerido algo así como “El misterio y las especies en extinción”, o “El misterio es una especie en peligro”.

 

Esta actitud, esta manera de asumir y contener el material que he tratado de describir, está teñida de un estilo, un estilo meltzeriano. Pero no es una actitud exclusiva de Meltzer. Si él lo hubiera creído así, habría intentado explicárnosla. Pero al mostrarla, sabiendo que eso nos electrificaría, era como si pensase en estimularla en cada uno de nosotros. Por tanto, no es una actitud que se transmita. Quizás pueda contagiarse a partir de algo que ya existe dentro de cada uno, se le llame pulsión epis-temofílica, vínculo K, amor a la verdad, o como sea, si se dan unas condiciones adecuadas de electricidad o pasión. Y, por tanto, no aprendíamos de Meltzer, sino con Meltzer.

 

¿Cómo incide en la clínica el compromiso con esta actitud?

Estamos tan acostumbrados a contestar “sí” o “no”, y a tener un pensamiento lineal causal, que cualquier mo-vimiento por fuera va a provocar una gran perplejidad en los pacientes. Tratar las cosas desde la perspectiva de la generación del significado y de la tolerancia al misterio, electrificando o apasionando, es posible cuando el pacien-te puede entrar en un estado mental en el que busque ser entendido, más que explicado. Por otro lado, es un camino muy arriesgado para el terapeuta, lejos de la comodidad del “yo sé lo que te pasa”. Puede ser un camino “diver-tido”, como Meltzer dice en “Buena suerte”, pero es una diversión arriesgada. ¿Para qué ese riesgo?

 

Responder sistemáticamente las preguntas con un “sí” o un “no” puede ser mucho más tranquilizador. Y lo mismo ocurre con la inercia de explicar el por qué de las cosas. Se “explica” cuando, seguramente acuciados por el “qué-tengo-que-hacer” de los pacientes, no se aguanta el pánico a la ignorancia, de un lado y de otro. En otra rica conferencia, “Sobre la formación de símbolos y la alegoría” (Florencia, año 2000), Meltzer decía: “…la posición del analista con respecto a su paciente es la de estar expuesto a la urgencia del paciente de que se le explique. Por tanto, el psicoanalista está tentado de dar explicaciones. Uno se encuentra a sí mismo utilizando esta palabra peligrosa –porque, porque, porque…– que conduce a una degradación interminable”.

En una supervisión, nos insistía en la necesidad de desmarcarse de presuponer que siempre hay un proceso lineal causal, que cada cosa sea la causa de otra. Citaba a Wittgenstein para hablar de “similitud familiar”, refirién-dose a una red de relaciones que no son causales. Dife-renciaba razones de causas. Y nos comentaba que la línea del pensamiento causal fue revolucionaria en el campo de la antropología, y que su influencia en el psicoanálisis llevó a la sobrevaloración de la línea genética y del concepto de trauma. Concepto del que es muy difícil deshacerse, porque es muy seductor.

 

Preguntar y responder con la pretensión de explicar y dar con las causas, puede ser muy útil y adecuado en muchas disciplinas. Pero, para Meltzer, “¿por qué?” es una pregunta inútil cuando hablamos de emocionalidad. En esa misma supervisión, nos decía que “la emocio-nalidad no tiene que ver con la causalidad, sino con una combinación de colores que armonizan o no armonizan”.

Este modelo pictórico apunta hacia la subjetividad, hacia la comunicación de algo que cobra sentido en el ámbito de la intimidad. Es más descriptivo que expli-cativo. Cuando se espera que se genere un significado, es decir, que cobre ese sentido pictórico algo que no lo tenía, se está poniendo el acento en un mundo propio e idiosincrásico. Cuando se busca la explicación, se remite al paciente a la teoría. La explicación cierra, satura, hace creer que “sabemos”. Nos permite quedarnos con la idea tranquilizadora de que hemos dado con la causa y eso nos permitirá saber qué hacer. En cambio, el ámbito de la generación del significado es más ambiguo, induda-blemente más frustrante de entrada. El perseverar en esa actitud pone a Meltzer del lado de la esperanza en la puesta en marcha de un proceso, del desarrollo más que de la “curación”. El significado no llega cuando uno quiere: hay que esperar. Y se trata de una espera paciente, aunque no pasiva.

 

Meltzer nos había dicho, dos años antes –no sabíamos si bromeando o no– que, en el Encuentro del 2002, habla-ría sobre el peligro de extinción que corre el misterio. “Buena suerte” no habla del misterio exclusivamente, pero está impregnado de ello. Uno podía pensar en primera instancia en una visión más sociológica del tema, en asuntos tales como la posibilidad de “leer” el código genético, la intrusión en la intimidad que permiten las nuevas tecnologías de la comunicación o el alienante efecto del lenguaje político y publicitario. Pero Meltzer habló de psicoanálisis, y utilizó la palabra misterio para referirse a “algo” que ocurre entre el analista y el paciente, o quizás al proceso que ocurre en el paciente gracias justamente a que el analista permite, con cierta inercia, que ocurra.

 

A mitad de la conferencia, aún no sabíamos el título de la misma. Lo que podía parecer un pequeño despiste de genio resultó ser, de nuevo, mostrar aquello de lo que se está hablando. Nada de “hablar acerca de algo”, sino hacerlo vivir. Quiero transcribir íntegramente un frag-mento de la conferencia para que se pueda captar mejor el sentido: “Es como esta charla. Alberto Hahn me preguntó cuál era el título y yo no lo sabía. Dije: tendrás que es-perar hasta el final para descubrir cual es el título. Bueno, esto también es cierto con el análisis: siempre tendrás que esperar para saber qué ocurre. O, ¿es que no ocurrió nada? Aquí está el misterio: algo bastante misterioso ocurrió, y ocurrió en este espacio creado por el analista y el paciente, en este espacio mitológico de realidad psíquica. El paciente descubre experiencias que nunca había tenido anteriormente, y le dice al analista que nunca antes había tenido esta experiencia. Y el analista le cree porque quiere creer que algo ocurrió, lo cual realmente no se puede definir, pero que ha ocurrido en el espacio biónico de la ausencia de memoria y deseo –más correctamente llamado ignorancia. Lo cual requiere una especie de relajación y confianza en el proceso analítico como algo que tiene su propio impulso y que encuentra un medio de expresión que va más allá de las palabras. Es el espíritu “.

 

Creo que el lenguaje de Meltzer, por lo menos el que yo viví en supervisiones y conferencias, tenía la categoría de “misterioso”. El relativizaba la importancia de las palabras y decía valorar más la música, en la comuni-cación. Pero en cambio conocía mucho el lenguaje, y una de sus aportaciones más ricas residía en la sutil dife-renciación entre palabras, aparentemente próximas, que dan lugar a mundos de significados y valores muy lejanos. Por ejemplo, entre opinar y juzgar, entre el secretismo y la privacidad, entre negociar y ponerse de acuerdo, entre la excitación y la emoción, entre descubrir e inventar

Digo que ese lenguaje tenía la categoría de miste-rioso, porque podía ser frustrante si no se entendía deter-minada asociación, pero estimulaba a seguir pensando. No digo que esto lo consiguiera siempre: hay quejas sobre lo difíciles que son algunos de sus escritos. Pero en cambio, sobre todo en la intimidad del espacio que solía conse-guirse en los seminarios, la dificultad en seguirle no electrocutaba ni congelaba, y sí electrizaba y apasionaba. Sigue produciendo el mismo efecto cuando se vuelven a leer las transcripciones. En ese sentido, el “espíritu” al que se refería más arriba, sigue ahí.

 

Claro, el terror a la ignorancia, entre otras razones, puede llevarnos a parafrasear a Meltzer, a ser intrusivos o a congelar nuestra capacidad de apasionarnos, de la misma forma que lo pueden hacer nuestros pacientes con nosotros. Son formas de extinguir el misterio. El misterio es una especie en peligro de extinción… en cada sesión, en cada momento. Está en peligro de extinción cuando uno cree ser otro, o estar dentro de otro, por ejemplo. Es emocionante el fragmento de la conferencia en el que Meltzer se refiere a este aspecto:

“He descubierto cosas, desde luego. He descubierto cosas acerca de mí mismo que de hecho resultaron ser también cosas acerca de los demás. La cosa principal es la exploración de la identificación proyectiva: la actividad intrusiva de entrar en los mundos de otras personas, como persona no invitada, donde has sufrido los dolores de la claustrofobia, donde te has sentido atrapado y no sabías como salir –porque no te acordabas de como entraste en primer lugar. Creo que puedo afirmar que esto no lo inventé. Lo descubrí de verdad en mí mismo y, en segundo lugar, en mis pacientes. Fue suficiente para toda una vida… de divertimento”.

¡De nuevo la palabra diversión! A pesar de hablar durante la conferencia del peligro a quedarse congelado en el proceso, a pesar de emplear un concepto tan potente como supervivencia, a pesar de que habló como de pasada de su propia muerte y había mucho de despedida en sus palabras, el juego y la diversión continuaban siendo nombrados y mostrados. Así nos ofreció el título de la conferencia: “Este es el tipo de juego al cual has estado jugando. Ahora bien, la supervivencia en este tipo de juego depende de lo que se llama buena suerte. Buena suerte. Pero cuando traduces buena suerte, quiere decir confianza en tus buenos objetos. Así que al final de esta charla breve puedo contestar a la pregunta breve de Alberto Hahn acerca de cuál debería ser el título de la charla. El título debería ser “Buena suerte”.Buena suerte por la supervivencia que jamás habrías podido planear, y que tuvo lugar a pesar de toda tu inteligencia e ingenio”.

 

Lou Reed cantaba en “Street hassle”: “¿Sabes que algunas personas no tienen elección/ y nunca encuentran una voz con la que hablar/ que puedan llamar propia?/ Así que, lo primero que ven/ que les concede el derecho a ser alguien, / van y lo siguen. / ¿Sabes? A eso se le llama/… ¡Mala suerte!

 

Creo que Donald Meltzer llegó a tener una voz propia, y que nos animaba, no a que hablásemos con la suya, sino a que encontráramos la nuestra.

 

 

 

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MELTZER, D. (2002): “Buena suerte”, conferencia en el Encuentro Internacional organizado por el GPB en Barcelona, “Generación del significado en la experiencia analítica: misterio, turbulencia y pasión”, publicada en:

 

MELTZER, D., CASTELLÀ, R., TABBIA, C. y FARRÉ, Ll., (2003): Supervision with Donald Meltzer, London, Karnac book.

 

 

 

 

 

 


EL ABURRIMIENTO

Y LA BELLEZA DEL MUNDO

 

Carlos Tabbia

 

 

 

Me pareció que lo que distinguía a una obra de arte de un fenómeno natural era que aquella poseía alguna clase de significado.

La belleza es, para el arte, una opción y no una condición necesaria. Pero no es una opción para la vida. Es una condición necesaria para la vida que nos gustaría vivir. Y por eso la belleza, a diferencia de otras cualidades estéticas, lo sublime incluido, es un valor.

               Arthur Danto (2005): El abuso de la belleza.

 

poner al bebé en contacto con la belleza del mundo, no sólo la belleza de la madre sino a través de su belleza, la belleza del mundo.

Donald Meltzer (1999): Diálogos…

 

 

La aprehensión de la belleza del mundo, a través de la belleza de la madre, es una condición necesaria para la vida pues abre al mundo de los valores. Esta condición puede ser seriamente obstaculizada a través del fenómeno del aburrimiento pues priva al mundo de significado; y debido a la significación que el aburrimiento tiene para la realidad psíquica es que se intenta comprenderlo. Se requerirá una mirada curiosa frente a la no-curiosidad –esencia del aburrimiento– para des-velar este fenómeno tan deletéreo para la vida emocional.

En este sentido, y a través de una aproximación pro-gresiva, se expone cómo el aburrimiento vela la aprehen-sión de la belleza y despoja al mundo de valores basados en el reconocimiento –depresivo– del objeto.

 

El aburrimiento y el asombro

 

El aburrimiento se manifiesta como sensación de cansancio, fastidio, tedio; como un estado en el que no se encuentra nada interesante, ni nada despierta curiosidad. Frente al mundo externo se siente desesperanza y hasta aversión, y frente al interno, desinterés porque en el interior no existe nada interesante para conocer. En el aburrimiento hay una incapacidad para vincularse, un estado apático próximo a la indiferencia que recuerda a los bebés pasivos, incapaces de sostener la leche en la boca y que no pueden prenderse al pezón. Tanto en la vida cotidiana como en la clínica se dan experiencias reiteradas del aburrimiento, que provocan reacciones de incomo-didad y rechazo. Por ejemplo en la sesión se puede estar expuesto a un relato anecdótico, banal y superficial que imposibilita el evocar, imaginar y haga sentir que nuestras funciones mentales se tornan cada vez más torpes. Cuando uno logra sacudirse ese estado letárgico se puede preguntar si el paciente está intentando colocar en el analista un objeto cochambroso para conseguir una transitoria liberación, si sólo está intentando mantener alejado al analista, o si es una indicación de su imposibilidad de establecer una relación. A todas estas manifestaciones del aburrimiento se pueden añadir la pobreza de imaginación, la ausencia de misterio, el pensamiento concreto o la transferencia preformada (“las cosas son así”) que alejan la posibilidad de asombrarse, origen del pensar desde los presocráticos. Tan omni-presente es el aburrimiento que se lo podría pensar como el síntoma contemporáneo, el cual denunciaría que ni la belleza, ni los valores ni el pensamiento tienen lugar en un mundo en el que predomina la prisa, la eficacia, el ren-dimiento y el éxito sin miramientos… En ese sentido, creo que actualmente “el malestar en la cultura” se enraíza en la anestesia de la curiosidad y en la pretensión de reducir a la persona a la categoría de un consumidor obediente. Sin embargo, tanto por la experiencia de la observación de bebés como por la clínica y los poetas, se sabe que la bús-queda del objeto materno es una potencialidad primaria del neonato; entonces cabe preguntarse ¿qué ha pasado con la pulsión epistemofílica?, ¿qué sucederá para que una persona se aleje de la belleza del mundo y, por el con-trario, se refugie en un estado en el que rechaza el olor, el sabor y el color del mundo?, ¿qué ocurrirá para que se detenga el impulso vehemente de la imaginación y evite el nacimiento de una nueva idea, aguijoneada por la com-pleja maravilla del mundo?, ¿qué obstáculos se habrán interpuesto para detener el impulso al desarrollo, im-pidiéndose descubrir el interior del objeto presente?, ¿qué extrañas circunstancias intervendrán para que el aburri-miento funcione como si fuera una densa mancha de fuel-oil que se extiende sobre las olas del mar intentando ahogar la vida marina?

A la persona apasionada le resulta sorprendente la sensación crónica de aburrimiento porque la pasión misma le potencia el asombro ante el corazón del misterio, pudiendo convertir al aburrimiento en un tema estimu-lante. En este sentido es alentador el siguiente comentario de W. R. Bion (1982) en el seminario de Nueva York, cuando dijo que un paciente suyo era tan aburrido “que llegó a fascinarme la idea de cómo lo lograba. ¿Cómo podía este hombre conversar conmigo de una manera que se acercaba a lo que llamaría ‘aburrimiento puro’ más que cualquier otra cosa que yo hubiera experimentado nunca? Es por eso que resulta fascinante, despierta la curiosidad” (p. 96). Pero para convertir al aburrimiento en una expe-riencia interesante se requiere, como en todo proceso simbólico, la paciencia “suficiente para que algo llegue a posarse en su lugar, algo que luego podamos expresar en palabras” (ídem). Y para que se comprenda mejor el aburrimiento –esa experiencia vivida por todos en distin-tos momentos de la vida– y se estimule la curiosidad ante la no-curiosidad, es oportuno diferenciar distintos estados mentales en los que se manifiesta. A tal efecto, a con-tinuación, se lo presenta en personas normales o neuróticas; en personas en las que el objeto no funcionó como continente adecuado y facilitó así problemas de simbolización, y, finalmente, en personas con problemas de escisión y que funcionan a través de la identificación intrusiva (Tabbia, C., 2000) como se manifiesta en los trastornos narcisistas.

 

El aburrimiento neurótico

 

El aburrimiento normal o neurótico puede mani-festarse como consecuencia de momentos transitorios de desinterés y puede desarrollarse en distintas circuns-tancias, algunas de las cuales pueden ser agrupadas del siguiente modo:

– Cuando el universal temor a conocer, representado por las advertencias de Tiresias, no empuja como empujó a Edipo, a descubrir el misterio, sino que detiene el ca-mino de la investigación. En este caso, las mentiras, es decir, los mecanismos de defensa ilustran tanto la oposi-ción al conocimiento como la tranquilizadora posesión de un conocimiento aparentemente certero que detiene la interrogación y la torna superflua.

– La dificultad para acceder al conocimiento en-cuentra un aliado excelente en la fragmentación, la ato-mización de la información y/o en el exceso de la misma, que torna entonces imposible la interrogación. Si las uvas son tan inalcanzables, se las verá verdes o no serán ape-tecibles, entonces se renunciará a la pregunta y fácilmente el aburrimiento ocupará su lugar.

– La condición para acceder al conocimiento es reco-nocerse ignorante y esto no siempre es tolerable para la autoestima del sujeto, sobre todo si el entorno familiar o social satisface su sadismo destacando su ignorancia, entonces podría buscar refugio en la negación de su deseo de conocer, desarrollando inhibición mental y consecuen-temente aburrimiento.

– Otra fuente de inhibición es aquella que se deriva de los estados de duelo en los que el sujeto se desinteresa de los objetos del mundo externo y vuelca toda su energía en la elaboración del duelo.

Por lo tanto, el temor a conocer, el exceso y/o defecto de información, la intolerancia al reconocimiento de la propia ignorancia y los estados de duelo favorecen dis-tintas formas de inhibición, que luchan contra el desve-lamiento de la verdad de los fenómenos; son inhibiciones que se hacen manifiestas en el fenómeno del aburrimiento; pero, además, tras este fenómeno subyace una severa oposición al cambio, sobre todo al cambio catastrófico (Bion) derivado del descubrimiento de la verdad de sí mismo, que empuja a devenir una persona diferente. A su vez, cuando se evita el aprender de la experiencia y se encuentra refugio en el aprender “acerca de las cosas” se favorece el aburrimiento porque a medida que se llena de información el sujeto se vacía de pensamientos elabo-rados en su interior. En consecuencia, no se siente sostenido en su interioridad ni apoyado sobre objetos internos vivos y se produce el estado tedioso de insatisfacción y vacío que caracteriza al aburrimiento.

Sin embargo, en estos casos ese suele ser un estado transitorio, porque el centro de la personalidad no está comprometido en la desvinculación y por ese motivo, con la ayuda de un objeto externo y luego interno, general-mente se puede salir más fortalecido de esa dolorosa experiencia.

Pero existen otras personas que se sienten profunda-mente aburridas y que a pesar de su inteligencia son incapaces de superar un estado de incomunicación.

 

 

Aburrimiento y función del continente

 

Si el bebé trae al mundo aptitudes mentales que han sido capaces de desarrollarse a lo largo de millones de años y que lo predispone a convertirse en una persona, ¿qué ha sucedido para que cada vez haya más personas aburridas? Si el mundo está lleno de pensamientos esperando algún autor ¿por qué nos acomodamos a los dictados de los medios de comunicación? Si la naturaleza está tan llena de dorados atardeceres ¿dónde está nuestra capacidad de asombro? ¿Qué le pasa al continente (Bion) que casi no germinan pensamientos? La pregunta del poeta es diáfana:

 

Setenta balcones hay en esta casa,

         Setenta balcones y ninguna flor.

         ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?

         ¿Odian el perfume, odian el color?

 

Baldomero Fernández Moreno (Bs. As. 1886-1950)

 

Tal vez, el temor al cambio catastrófico impida que las semillas toleren perder su forma inicial para trans-formarse y así anidar en un continente y devenir otro, iniciando un nuevo ciclo vital. Pero, ¿qué sucede en aquellas personas que con frecuencia no encontraron un objeto dispuesto a convertirse en continente? ¿Cómo devendrá persona un bebé –que por naturaleza es incapaz de contener la complejidad– si le falta un continente?

 

Un paciente llegó a la sesión quejándose de que le seguían viniendo nuevos pensamientos relacionados con un artículo que acababa de entregar al editor, y dijo que hacía esfuerzos para eliminarlos, cortarlos, porque quería dar por concluido ese escrito. Luego hizo referencia a que su jefa estaba más pendiente de la opinión de los medios de comunicación que del trabajo que se realizaba en el Gabinete y que ese día ella se estaba fijando en un aspecto periférico. Más tarde, asoció que estuvo enfadado con su pareja porque estaba absorbida por un conflicto entre los hijos y en broma, expresó que “todas las mujeres son putas”.

Pudimos analizar su resentimiento contra esa madre que no le prestaba atención, pero al mismo tiempo pu-dimos comprender que identificándose con ella, él no podía prestar atención a los pensamientos que venían para que los acogiese. No podía estar interesado en los pensa-mientos porque había decidido que la tarea ya estaba concluida y que él había “cumplido” con el editor pues le había entregado el escrito. Vimos que no le interesaban los nuevos pensamientos, que emergían como los perso-najes de Pirandello buscando un autor. En ese sentido, él era tan “eficiente” como su madre que saturaba a los hijos con vitaminas pero carecía de curiosidad por ellos. ¿Tan eficiente como las putas? Eficiencia pero sin interés, sin diferenciar entre los hijos.

Decía Donald Meltzer en los seminarios en Barcelona (septiembre de 1986): “El interés demostrado por el pa-ciente parece ser el agente determinante en el caso del análisis. Muchas personas reciben cuidados amorosos pero el interés por la persona en sí es algo diferente y mucho menos frecuente.” El agente determinante del desarrollo no consiste en distribuir vitaminas indiscri-minadamente sino en tener interés, curiosidad por el mis-terio del objeto. Pero si el bebé no deviene un objeto esté-tico para la madre, y si ésta no deviene continente para ese bebé, éste –cual semilla– no podrá convertirse en flor, ni podrá abrirse al complejo mundo, ni tolerará salir al espacio infinito. Si la madre, o el primer objeto con fun-ción materna, es incapaz de sorprenderse ante el misterio del hijo, si no se siente atraída por el misterio del bebé, ella no llega a convertirse en el polo atractivo del desa-rrollo y de ese modo fracasará el vínculo primario que-dando comprometido todo el desarrollo. Recuerdo a otro paciente cuya madre le entregaba cada año un par de calcetines como único regalo de cumpleaños; este pacien-te también se entristecía al ver una foto en la que él, siendo muy niño, estaba con su madre que tenía la cara seria, triste y como si estuviera mirando para otro lado. Su resentimiento por el desinterés materno le impedía en-contrar interesante a su madre, de la que no podía sepa-rarse. El aburrimiento fue la característica de su vida, el cual ni era sacudido por las incursiones en la perversión; él no podía sentirse interesante para nadie si en el rostro de la madre encontraba desinterés. Sin embargo, su impul-so al desarrollo logró que se tornara interesante para mí, en el análisis, hasta alcanzar una vida rica en experiencias y alejado de las perversiones.

Así como los chispeantes ojos de la madre rescatan al bebé del aburrimiento, la ausencia de luz en los mismos impide la internalización de una función digestiva de las experiencias, y sin esa misteriosa función –alfa– el bebé queda mal equipado para la vida emocional y mental. Un buen equipo es el que está presidido por objetos internos valientes capaces de estar abiertos al misterio del mundo y a tolerar los cambios, y al principio el bebé depende absolutamente del equipo mental del primer objeto para poder desarrollar todo su potencial filogenético; sin ese soporte el infante humano puede sucumbir tanto ante la fuerza del objeto que lo enceguece con la luz que pre-tendía iluminarlo, como ante el carácter disruptivo de una nueva idea. Las consecuencias son tan graves como las que descubrimos en los pacientes atrapados en el abu-rrimiento, la apatía, el desinterés; este estado se estropea aún más por el uso de las estrategias defensivas basadas en mecanismos obsesivos y desmanteladores del objeto complejo. Ese equipo, funcionando sin la luz que emanan de unos ojos maternos internalizados, produce una capa-cidad de observación muy limitada, que le impide ver con nitidez y que lo deja prendido de lo periférico y ac-cesorio; esta deficiencia se agrava más cuando es suplida con prejuicios, clisés o con fugaces transformaciones en alucinosis. Con un equipo empobrecido, la respuesta emocional queda desvinculada del mundo y mientras el sujeto se sumerge en un estado de aislamiento, sin estímulos internos, se va construyendo un discurso que no conduce a ninguna parte y que no informa, un discurso aburrido que aburre al escucharlo.

 

 

El discurso aburrido

 

“El paciente –dice Bion, 1982– continúa hablando sobre algo que podría ser descrito como una relación transferencial, pero faltan las dos cosas que podrían unirse: sólo está el fragmento intermedio. Se convierte en una especie de psicoanálisis ‘puro’; no es nada más que transferencia con nadie que esté en la habitación, y escucharle resulta extraordinariamente aburrido. Al cabo de un tiempo reconocemos que el paciente nos está diciendo algo, pero nunca un hecho aprehensible por la vista o el oído. No sabemos nada sobre el paciente, nada sobre su vida privada. ¿Qué podemos interpretar? En un sentido se podría decir que es una analogía, pero una analogía pura; no las dos cosas de los extremos, sino únicamente el vínculo intermedio” (p. 96). Este discurso sin información, lleno de banalidades pero formuladas como grandes intuiciones, es equivalente a una pantalla beta, con pocas posibilidades de ser transformada cuando se pretende ignorar al analista, al oyente. Pero, así como ese discurso aburrido puede ser considerado una defensa, es más apropiado pensarlo como un fallo del desarrollo simbólico. Bion (1982), en La Tabla, nos ofrece una consistente metáfora sobre la dificultad de construir un discurso comunicativo, que tienda puentes entre sujeto y objeto. Al referirse a los puntos de anclaje de la relación, dice que “la boca es uno y el pecho es el otro. Estos dos términos han sido tratados como si fueran las caracte-rísticas esenciales de la analogía. Es en este punto donde se separan el camino del crecimiento y el camino de la decadencia. El pecho y la boca son importantes en la me-dida en que sirven para definir el puente que los une. Cuando los ‘puntos de anclaje’ usurpan la importancia que corresponde a las cualidades que deberían comunicar al puente, el crecimiento se deteriora” (p. 40/1).

La imagen del puente es muy sugerente para el tema de la función vinculante del discurso; el puente cumple su función cuando es capaz de unir dos orillas sorteando, por ejemplo un río, ese obstáculo que impedía la libre circu-lación/comunicación; pero puede surgir un problema serio si no se quiere abandonar las orillas para superar el vacío, arriesgándose a pasar por encima del río. Comple-mentando esta metáfora, podría suceder lo opuesto: cons-truir un aparente puente pero sin apoyarse en las orillas. En ambas situaciones, ni la representación ni la función comunicativa se producen. Haciendo una comparación, el discurso aburrido es equivalente a construir un puente sin contactar con las orillas, con la realidad, mientras que un pensamiento concreto aparece ante la imposibilidad de separarse de las orillas para arriesgarse, mediante la abstracción y la intuición, al salto al vacío implícito en la generación de un pensamiento.

Estas dificultades en la simbolización contribuyen a que el discurso aburrido tenga características de superfi-cialidad, trivialidad, contacto periférico, propio de las estructuras infantiles. Meltzer (1997) considera que la superficialidad “por su falta de imaginación, su insensi-bilidad respecto de los sentimientos de los demás y su materialismo” (p. 183) produce un carácter prosaico, que niega toda realidad psíquica, funcionando entonces como un puente que no conduce a ninguna parte. Al estar encerrado en un discurso incomunicativo, la persona abu-rrida no puede salir al mundo y trascender las sensaciones epidérmicas, quedando más prendada de las gratificacio-nes de los puntos de anclaje que de levantar vuelo hacia el pensamiento.

Esta dificultad de trascender el hedonismo está, tam-bién, en la base de la superficialidad de las personas aburridas, quienes con el poder de su lengua, o con la estimulación de sus mucosas (oral, anal) pretenden crear el mundo, en una clara competencia con la fecundidad de la madre y del padre. Si el primer paso para convertir los objetos en mentales y sacarlos del nivel sensual es la observación de la experiencia emocional, la superficia-lidad es una manifestación de la oposición a esta expe-riencia. En ese sentido, una manera privilegiada de obstaculizar la observación es su derivación hacia la excitación, que desemboca en la evacuación; de ese modo no existe desarrollo simbólico sino acumulación de pala-bras huecas, sin emoción, que fomentan un aburrido pseu-do aprendizaje. La restricción de la imaginación completa este mundo aplanado sobre el que se sostiene el discurso vacío, el cual se torna aburrido por lo difícil que resulta encontrarle un sentido o representación de un estado mental. Retomando la imagen del puente, diremos que el sentido no ha podido emerger porque la función alfa no se pudo desplegar ante la intolerancia a separarse del mundo sensual y concreto.

Meltzer se ha referido en distintas ocasiones a la estupidez o a la necedad de algunas personas que, siendo ignorantes hablaban como si fueran sabios. Meltzer (1997, p. 495) decía que “la estupidez confunde la forma exterior con la belleza interior y se ven ‘secretos del éxito’ en lugar del ‘corazón del misterio’”. Hago referencia a estos aspectos porque están presentes en el discurso aburrido, sobre todo en los pacientes pseudo-maduros. Esto me recuerda el caso (Ver Supervision with Donald Meltzer, 2003) de un ingeniero que era una persona muy superficial, pero que presumía de su ‘especialización en las formas puras’ lo cual, contrastado con su ineptitud global, provocaba tanto una sonrisa como cierto espanto, porque parecía el discurso de un niño sentado sobre las rodillas del papá; desde ese sitio era capaz de grandes discursos llenos de palabras que no decían nada y que sólo generaban aburrimiento. Era tan bidimensional que estaba incapacitado para la observación imaginativa y como se quedaba siempre en la superficie del objeto resultaba casi imposible no aburrirse. Cuando supervisaba este caso con Meltzer, me decía: “En cuanto le dices algo que lo toca se lo sacude de encima como un perro sacudiéndose el agua”. Esta imagen clara y amorosa (si recordamos cuánto amaba Meltzer a perros y caballos) ilustra la intolerancia al dolor y el nivel sensual en que tratan de mantener las experiencias estas personas.

Al estar atrapados en un mundo de signos, las per-sonas aburridas confunden la alegoría con el símbolo, y si se tornan argumentadores, son proclives a los discursos basados en medias verdades, sin percatarse de que están incapacitados para oír la música de las palabras; con esta sordera, el ruido de sus discursos les suena a sinfonía y se ofenden cuando el oyente se ha dormido extenuado.

La incapacidad de contactar con la realidad que se observa en las personas aburridas se vincula también a la gran intolerancia a la contradicción, lo cual les empuja a escindir la respuesta apasionada frente al hecho primordial del desarrollo: el conflicto estético. En vez de tolerar el contraste entre el exterior del objeto aprehensible por los sentidos y su interior construido por la imaginación, eluden el dolor y el trabajo derivándose hacia el sensua-lismo, al que se hizo referencia, o hacia la omnisciencia. Esta derivación esquizoparanoide exigirá que en la clínica se trabaje sobre la psicopatología del paciente; y cuando se logre que el paciente tolere la transferencia materna y experimente las emociones de la posición depresiva se avanzará en el camino de la promoción del desarrollo y de ese modo se podrá “poner al bebé en contacto con la belleza del mundo, no sólo la belleza de la madre sino a través de su belleza, la belleza del mundo, y señalarle el entorno (…) El equivalente en el análisis es mostrarle al paciente la complejidad y la hermosura del interior de su mente” (Meltzer, 1999, p. 111).

Pero el proceso terapéutico y de desarrollo es osci-lante y el paciente no está siempre dispuesto a observar la belleza del mundo o a interesarse por lo desconocido o por su propia mente. En la clínica se ve la tenaz oposición del analizado a contactar consigo, desconfiando de que la verdad sobre sí mismo lo torne más libre. Esta oposición intentaría “interferir con la capacidad del objeto para la experiencia apasionada y, por ende, con la relación con la verdad” (Meltzer, 1997, p. 495). Una manera de interferir tal experiencia se realiza a través de los antivínculos (Bion), por su función disolvente de toda relación sincera e íntima. En lugar de una relación basada en la conjunción del amor (L), el odio (H) y la curiosidad (K) aparecen prejuiciosas actitudes hipócritas (-H), puritanas (-L) y filisteas (-K) que tras su fundamento narcisista, omnis-ciente, pervierte la experiencia estética, impidiéndose toda intimidad. Decía Meltzer (2004) que “todos estos vínculos negativos y la contratransferencia que se desprende tienen un aspecto en común: la falta de fantasía, de imaginación. Esta incapacidad por parte del paciente se refiere a la incapacidad para comprender la naturaleza de los vínculos positivos, del verdadero significado que está detrás de las palabras tales como amor, odio, conocimiento; el paciente no está en condiciones de entender el verdadero signifi-cado, para él son sólo términos privados de sentido, no sabe qué significa amar, odiar, estar interesado por otro. ¿Cuáles son las consecuencias? Cuando el analista percibe la incapacidad imaginativa del paciente, su incapacidad de comprender, se crea un elemento en común: el aburri-miento; el aburrimiento ya sea del terapeuta en relación al paciente, como del paciente en relación al terapeuta. (…) ¿Qué hay detrás de este aburrimiento? (…) es, precisa-mente, la ausencia de interés lo que causa el aburrimiento” (p. 20).

Pero mientras el analizando se atrinchera en los vínculos negativos y se aburre, el analista también se aburre, aunque al mismo tiempo sufre porque se le impide comunicarse con el paciente y funcionar como continente. En este momento, se torna imperioso retomar la suge-rencia de Bion de interesarnos en el fenómeno del aburrimiento, para lo cual se necesitará todo el impulso de la imaginación, “que busca afanosamente; [y] hallará alimentos para el pensamiento aún en el desierto” (Meltzer, D. y Harris W., M., 1990., p. 23). Se necesitará mucha imaginación para atraer al paciente hacia la transferencia materna con la intención de rescatarlo de la cháchara en la que consume su vida y para ayudarle a descubrir el mundo y construir una escala de valores.

El aburrimiento del indolente Oblómov

 

Así como la pasión estimula la curiosidad y el desarrollo simbólico, la intolerancia al conflicto estético puede escindir al sujeto, si es incapaz de tolerar la com-plejidad del objeto. En este caso, sustituye la relación con el misterioso interior del objeto por la invasión; así, progresivamente, se llega al territorio del Claustro; allí una parte del self se aleja de la belleza del mundo, pierde la posibilidad de los vínculos pasionales (L, H, K) y el sujeto queda apartado del contacto con la realidad. La consecuencia natural de ese atrapamiento es el aburri-miento, tal como se observa en las personas con trastornos narcisistas.

A continuación, transcribo una parte de un material presentado por Cecilia Muñozi (2002) que ilustra esta situación:

“Poco a poco la imagen que Ignacio traía sobre sí mismo se convertía en la de un ser que hacía mucho tiempo que no tenía vida propia. De vez en cuando salía con sus amigos ya casados y sus hijos y se aburría mucho. El resto del tiempo lo pasada pegado a la televisión en su casa. Una casa que era manejada por su chofer y la empleada de servicio (…) Parecía que siempre estaba ubicado en el futuro y que el presente era como una estación de aburrimiento donde no pasaba nada. Iba de la masturbación a los masajes con coitos masturbatorios en una ‘casa de masajistas finas’. A medida que el tiempo pasaba se convertía más en un eyaculador precoz, que no lograba establecer ninguna relación amorosa con nadie. Su estado emocional en sesión y fuera de sesión era muy plano (…) No tenía vida de ninguna especie (…) Ni si-quiera cuando salía de viaje su vida cambiaba. Se quedaba en el apartamento de sus padres en Nueva York y seguía pegado al ordenador o al televisor, pidiendo comida para no tener que salir”.

Este material ilustra la situación de un joven que eludió los conflictos, pasando por las crisis evolutivas como por un túnel, y que al llegar a la treintena se en-frenta a su tediosa vida, la cual posee todos los ingredientes del aburrimiento: superficialidad, excitabi-lidad, pasividad, ausencia de relaciones íntimas y de vida familiar, evitación del contacto con el mundo, y regirse por valores mercantiles (Tabbia, C., 2003). Este perfil, propio de los intrusivos habitantes del compartimento cabeza-pecho del objeto interno-materno, representa las personalidades oblomovianas, según lo presenta Meltzer (1994) en el Claustrum.

El adjetivo “oblomoviano” surge de un carácter lite-rario de la novela Oblómov del escritor ruso Iván Goncharov (1812-1891) y que Meltzer ha convertido en modelo psicopatológico. Una lectura realizada desde un vértice psicoanalítico encuentra en esta apasionante novela todos los elementos necesarios para describir a un habitante del Claustro que vive profundamente aburrido. El temible aburrimiento es omnipresente y Goncharov lo transmite magistralmente. La novela trata de Oblómov, un treintañero y generoso noble, terrateniente rural, que vive alejado de sus posesiones, siempre enfundado en un raído batín y tumbado en divanes, sin abandonar casi nunca ni su habitación ni su casa; su vida está dedicada a cultivar la pereza y la indolencia. Una gran preocupación le surge cuando el propietario de la casa le pide que la abandone, acción que será aplazada al máximo, debido a su inca-pacidad para tomar decisiones. Además, esta incapacidad hará que sus propiedades sean administradas por des-honestos gerentes que lo van conduciendo a la ruina. Ante esta situación, un amigo de la infancia, Shtolz, se con-mueve y se convierte en el motor de un posible cambio; como una pieza fundamental, Shtolz le presenta a Olga, una joven que intenta rescatar a Oblómov, quien por un momento llega a reconocer la inutilidad de su vida y a experimentar sentimientos y emociones. Finalmente, Oblómov perpetúa su pasividad, instalándose en la casa de una mujer, Agafia, que pasará a convertirse en su silen-ciosa gestora de lo cotidiano; en este contexto aparece un hijo fruto del calor hogareño más que de la pasión por Agafia. Los trastornos psicosomáticos terminan con Oblómov, quien muere como vivió: estimado como un niño sin malicia. En este sentido, sus partes infantiles anhelantes de desarrollo, representadas por Shtolz, fueron vencidas por los funcionamientos intrusivos.

A continuación, presento el aburrimiento de Oblómov, que ilumina el aburrimiento de los oblomo-vianos. La falta de unidad de la mente se hace presente en Oblómov desde el principio: “A veces, una expresión bien de cansancio, bien de aburrimiento enturbiaba su mirada; pero ni el cansancio ni el aburrimiento podrían desterrar la expresión benevolente de su rostro (…) Incluso un observador frío y superficial, al ver de paso a Oblómov, habría dicho: ‘Es un bonachón, un ser sin malicia’” (p. 13). Esa bondad junto con la incapacidad para compro-meterse con el mundo, responsabilizándose de sus tierras y jornaleros, le llevaba a dejarse conducir por la persona o el objeto más estimulante que pasara junto a él, como su impresentable servidor Zajar, la inmadura Olga, o el inteligente Shtolz, la diligente Agafia, o los deshonestos administradores… Mientras él vivía de la riqueza here-dada, creía disponer de un inagotable objeto que le pro-veería sin su esfuerzo, por tanto podía darle la espalda al mundo y sólo preocuparse por tener que elegir entre tum-barse en el diván o en la cama. Pero cuando la ansiedad se le acercó porque el administrador le conminaba a abandonar la casa “Se le veía hondamente preocupado. En su rostro se alternaban expresiones bien de temor, bien de fastidio, bien de aburrimiento. Se notaba que sostenía una lucha interna y que su mente no había acudido aún en su ayuda” (p. 16). Pero su mente no solía acudir en su ayuda, porque estaba proyectada en los amigos que se conmovían ante la desprotección de este niño indolente. La ansiedad generada por tener que abandonar la casa, era equivalente a la ansiedad que le generaba atender sus negocios en tierras lejanas, pero esos conflictos, lejos de convertirse en un estímulo para el cambio, motivaba su huida del mundo, por eso solía exclamar: “¡No se acerque, no se acerque, que viene de la calle y hace frío!” (p. 28); por eso sus amigos pensaban “Sigue siendo el mismo holgazán incorregible que de nada se preocupa” (p. 39); pero si por un momento Oblómov reaccionaba, rápidamente podía guardar silencio, bostezar y tumbarse nuevamente en el diván (p. 43). En la novela, más tarde, mientras se habla de una tercera persona (Alexeiev) se van reflejando características anodinas de Oblómov; entonces el relator se pregunta: “¿Resulta simpática una persona así? ¿Ama, odia, sufre? Al parecer, debe amar, odiar, sufrir, porque nadie está libre de ello. Pero él se las ingeniaba, no se sabe cómo, para querer a todo el mundo. Existe este tipo de personas y, por mucho que uno se esfuerce en despertar en ellas un sentimiento de hostilidad, un deseo de venganza, etc., no lo consigue por ningún medio. Hágase lo que se les haga, no dejan de mostrarse cariñosas.

“A fuer de ser justos, hemos de reconocer, sin em-bargo, que su afecto, si se divide en grados, jamás alcanza la cota de calor. Aunque al hablar de esa clase de personas se dice que aman a todo el mundo y por ello son buenas, en realidad no aman a nadie y sólo son buenas por el hecho de no ser malas. Si delante de una persona así se da limosna a un mendigo, también ella depositará su óbolo, pero si lo insultan, o lo echan, o se burlan, se reirá y lo in-sultará a la par de los demás” (p. 45). Este funcio-namiento bidimensional que lo tornaba tan dependiente del objeto externo (“Dime qué debo hacer; me están metiendo prisa” [p. 64]), lo excluía de relaciones apasio-nadas y lo mantenía en una pseudo existencia; por ese motivo, frente a cualquier problema o confrontación con un objeto complejo, él temblaba y trataba de reducir la experiencia a simples cuestiones cotidianas, como cuando se preocupaba de si habría tinta en el tintero para escribir una carta al administrador que le reclamaba la vivienda. Pero al mismo tiempo que desmantelaba la realidad, tam-bién se empobrecía refugiándose en objetos acogedores como “divanes muy hondos, te sientas y cabes todo entero, casi no se te ve (…). Me siento allí, no pienso en nada” (p. 226). Pensar no era necesario para Oblómov pues a él le habían enseñado desde pequeño que le debían servir, de ese modo él “No consigue hacer nada por sí solo. Más tarde consideró que era mucho más cómodo así y aprendió a gritar: (…) ¡Dame esto, dame lo otro!” (p. 185), por eso nunca necesitó ponerse él mismo los calcetines. Tal educación lo dejó desprotegido como a un niño capaz de quejarse de que: “En vez de mandarme el dinero, de consolarme de algún modo, sólo me dices cosas desagradables, como si lo hiciera adrede. ¿Y así todos los años! ¡Estoy desesperado!” (p. 52).

Con este equipamiento, mal podía enfrentar la vida. “Para Oblómov la vida se dividía en dos partes: una la constituían el trabajo y el aburrimiento, que eran sinó-nimos para él; en cambio, la otra era el disfrute apacible de la vida. Por ello, el campo principal, el campo del trabajo, lo desconcertó desde el principio del modo más desagradable” (p. 77). Sólo estaba capacitado para ser un parásito: “Por las mañanas, en cuanto se levantaba de la cama y desayunaba, se tumbaba de inmediato en el diván, apoyaba la cabeza en la mano y meditaba, sin escatimar fuerzas, hasta que su cabeza, cansada de tan ardua labor, y su conciencia le decían: hoy has hecho bastante por el bien común” (90); sin embargo Oblómov en su fuero interno: “tenía la dolorosa sensación de que estaba ence-rrado en él, como en una tumba, un principio noble, luminoso, que tal vez estuviera muerto ahora o que yacía, como el oro, en las entrañas de la tierra, esperando, hacía tiempo, convertirse en moneda de uso” (p. 129). Mientras tanto, ese noble principio o la potencialidad de devenir –¡siempre en el futuro!– un miembro de la raza humana permanecía secuestrado en la molicie de los divanes. Pero desde ese punto grandioso de su personalidad, podía criticar a los que se afanaban en la lucha por la vida y, haciendo una proyección de su estado interior decía: “Bajo ese interés universal se oculta la vaciedad, el desinterés por todo. Los aburre elegir una modesta senda de trabajo, seguirla, abriendo un profundo surco…” (p. 232). Ante tanto cinismo, su amigo Shtolz le dijo que padecía de Oblomovismo, y Oblómov le preguntó: “Entonces, ¿cuál es el ideal de vida para ti? ¿Por qué no el oblomovismo? –preguntó con voz tímida y apagada–. ¿Acaso no aspiran todos a lo que yo sueño? Escucha –agregó con mayor seguridad–, ¿es que no pretendéis con todo vuestro trajinar, vuestras pasiones, guerras y política conseguir la paz, el reposo? ¿Recuperar el paraíso per-dido?” (p. 238). Shtolz le replicó su oblomovismo petersburgués, ante lo cual “¿Cómo se ha de vivir enton-ces? –preguntó Oblómov, fastidiado por las réplicas–. ¿Para qué sufrir toda la vida?

“–Por el propio trabajo, sólo por eso. El trabajo da forma, contenido y plenitud a la vida…” dijo su amigo. Ante esto, Oblómov se ‘asustó al reconocerse en el espejo’ pero respondió “lo comprendo todo, pero carezco de fuerzas y de voluntad. Dame tu voluntad y tu inteligencia y llévame a donde quieras. A ti tal vez te siga, pero yo solo no me moveré del sitio” (p. 241). Tan instalado estaba en los cojines y tan alejado del mundo que carecía de una escala de valores para orientarse en la vida.

Y no se movió a pesar de los intentos de Olga. Él seguía atrapado en ese estado mental que lo mantenía absolutamente dependiente de la presencia del objeto, tal como lo expresaba el mismo Oblómov: “Cuando te veo soy bueno, activo; cuando tú no estás me aburro, me domina la pereza, quiero tumbarme y no pensar en nada…” (p. 362). Cuando comenzó a pensar lo que implicaba casarse con Olga se asustó y empezó a retirarse buscando más una posición dependiente; mientras tanto Olga se retiró desilusionada, reconociendo que “amaba en ti lo que yo quería que existiese, lo que me hizo ver Shtolz, lo que nos habíamos inventado. Quería al futuro Oblómov” (p. 484). Entonces apareció Agafia quien lo sedujo con sus cuidados maternales y que lo acogió ofre-ciéndose como un mullido sillón, ante quien exclamaba Oblómov: “¡Es usted una maravilla y no un ama de casa!” (p. 440). “No habiendo experimentado jamás los placeres que proporciona la lucha, Oblómov renunció mentalmente a ellos y sólo en aquel rincón perdido, ajeno al movi-miento, a la contienda y a la vida, se sentía tranquilo” (p. 619). Pero metido dentro de aquel objeto maravilloso, los conflictos se desplazaron al cuerpo y los trastornos psico-somáticos lo liberaron de la pesada tarea de pensar y vivir. La parte de su personalidad que vivía en identificación intrusiva gobernó su atención, su conciencia, su motilidad hasta aburrirlo y por eso Oblómov murió de oblo-movismo.

. . .

 

Así como Oblómov buscó el paraíso perdido pero perdió la vida, el permanecer alejado de la belleza del mundo y regirse por los valores anclados en los principios económicos del principio del placer y de la posición esquizoparanoide (Tabbia, C., 2005) conduce a una exis-tencia empobrecida en la que sólo crece el aburrimiento.

 

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GOOD LUCK (BUENA SUERTE)1

La conferencia de Don en Barcelona, Octubre 2002

 

 

Un encuentro como éste no es más que una opor-tunidad para hablar y averiguar lo que uno anda pensando. Y, como suele ser habitual, lo que yo estoy pensando es un tanto escandaloso.

Quisiera hablar acerca de la Historia y de la Mito-logía, y del gran parecido que se da entre ambas. En el último año he descubierto que, por lo menos, hay tres personas que están escribiendo la historia del análisis post-kleiniano. La que he leído, y que me pareció bastante impresionante, es la de Silvia Fano Cassese, que ha escrito una verdadera obra de ficción en la cual mitologiza mis así llamadas contribuciones.2 De inmediato me recordó Guerra y Paz y la sabiduría de Subharov; su sabiduría se concretaba en la apatía y la inactividad, dejando que Napoleón cometiera todos los errores para así poder crear la historia a través de estos errores, de los de ellos.

Bueno, mi contribución no ha sido tan letárgica ni inactiva pero sí ha consistido en una invasión de un espacio que es, de hecho, un espacio mitológico –el espacio del inconsciente. Si nos morimos de frío cuando estamos allí, nadie tiene la culpa salvo nosotros mismos. Y de hecho, cada vez que intentamos tratar a un psicótico, estamos en peligro de morirnos de frío cuando encon-tramos la frialdad de la respuesta del paciente frente a nuestra pasión, turbulencia y entusiasmo, etc. Constituye una experiencia muy correctiva el darte cuenta de que tu propia pasión no le llega al paciente, dado que él ha desarrollado una gran pericia a lo largo de muchos años en resistir al entusiasmo e interés; y es así que te encuentras cara a cara con esta pared de piedra e indiferencia.

Puede parecer extraño, pero esto mismo fomenta una especie de mitología de la historia en la cual el analista, como Subharov, pone de manifiesto su inactividad y per-mite que ocurran cosas en este espacio, con el paciente o sin el paciente. Y, desde luego, la cosa impresionante es que de hecho suceden cosas. Es evidente que ocurren en los niños muy pequeños, cuya formación de símbolos reside en la acción, la cual es indescriptible… y aquí no hay lugar para conjeturas –el niño se mete debajo de la mesa de verdad, y de verdad desaparece detrás del diván; y también es cierto que es capaz de crear un mundo de figuras de fantasía, maravillosamente explicativas, con estos limpia-pipas flexibles. En cambio, con los pacientes adultos no hay nada sobre lo que poder apoyarse, salvo los sueños –los cuales no están nada mal en cuanto a su valor descriptivo, pero siguen estando dentro del dominio de la conjetura; en cambio, los niños pequeños no te exigen conjeturas, simplemente hacen-muestran. No tienen que decirlo, lo muestran.

Ahora bien, la mitología del psicoanálisis nos exige que digamos cosas; y lo que decimos, naturalmente, son en gran parte tonterías, pero también mostramos cosas que no son tonterías. Y lo que principalmente mostramos es esta pasión e interés, y cómo de modo similar a las tropas de Napoleón, que se están muriendo de frío en Siberia y retrocediendo en desbandada para huir de los errores que han cometido, también nuestros pacientes se baten en retirada de la atmósfera congelada que ellos mismos crean; y nos dejan tiempo para descongelarnos y descubrir lo que nos –y les– ha estado ocurriendo. Así es cómo poco a poco se recupera este espacio inconquistable del mundo congelado de la emoción para convertirse en el espacio tri o quizás tetradimensional de la vida psíquica donde la imaginación empieza a reemplazar el lugar de la conjetura.

Ahora bien, el verdadero –yo utilizo el término creativo– trabajo de psicoanálisis tiene lugar en este punto de transición desde la conjetura a la imaginación. Leer un libro que pretende –y de hecho es– una historia de la era post-kleiniana del psicoanálisis es como el Ulises de Homero, es una muestra de mitología; y cuando descubres que tú eres uno de los actores principales en este drama, te das cuenta de que no sabías lo que hacías; se necesita al historiador para decirte lo que has estado haciendo y qué significaba. Y el historiador se muestra bastante desca-rado. Crea una mitología que es una especie de creencia que se configura en su realidad psíquica. Naturalmente, todo esto depende de si los editores están dispuestos a publicar el libro o no. No se convierte en mitología hasta que el editor le pone la mano encima y lo imprime. Y es entonces cuando los historiadores pueden poner manos a la obra para establecer su autenticidad… Y en este pro-ceso de establecer su autenticidad te hallas, en tu calidad de ser uno de los actores en este drama, mistificado: ¿es esto lo que realmente ocurrió? ¿Sabías realmente lo que hacías? Y la respuesta es no, no sabías lo que hacías; ésta es la razón por la cual algo ocurrió, porque no sabías lo que hacías.

 

Es como esta charla: Alberto me preguntó cuál era el título y yo no lo sabía; dije, tendrás que esperar hasta el final para descubrir cual es el título. Esto también es cierto con el análisis; siempre tendrás que esperar para saber qué ocurre. O, ¿es que no ocurrió nada? Aquí está el misterio: algo bastante misterioso ocurrió y ocurrió en este espacio creado por el analista y el paciente, en este espacio mitológico de la realidad psíquica. El paciente descubre experiencias que nunca había tenido anteriormente, y le dice al analista que nunca antes había tenido esta experiencia; y el analista le cree porque quiere creer que algo sucedió. Lo cual, realmente, no se puede definir; pero ha ocurrido en el espacio bioniano de la ausencia de memoria y deseo –más correctamente llamado igno-rancia–, para lo que se requiere una especie de relajación y confianza en el proceso analítico como algo que tiene su propio impulso y que encuentra un medio de expresión que va más allá de las palabras. Es el espíritu.

Al definirme a mí mismo como alborotador, lo que quiero decir es que es el espíritu el que es divertido. A tus pacientes les dices continuamente: esto es divertido, nos lo estamos pasando bien, estamos jugando a este juego encantador. Bueno, así es. Es un juego wittgensteiniano de lenguaje, un juego de lenguaje. Un juego que nadie gana y que todos ganan; nadie pierde y todos pierden, donde las categorías de ganar y perder pierden significado. De modo que si al llegar al final del juego se te dice que has ganado te quedas asombrado. Bueno, según dice el chiste, no estás asombrado, estás sorprendido. Sí, estás sorprendido. Co-mo el Emperador con su ropa nueva estás sorprendido de encontrarte desnudo. Pero también te asombra encontrar que es así que se gana el juego. Como lo que antes se llamaba Strip Póquer, el que se queda desnudo al final es quien gana.

Pues bien, estoy hoy aquí ante vosotros, al des-vestirme de mi segunda piel, o de la tercera o de la cuarta o no importa de cual –en términos de Esther Bick–, como aquel que se ha quedado desnudo, desvestido de todo este camuflaje que se ha desechado; y ya no haces como si fueses un general comandando las fuerzas contra la sabiduría de Napoleón. Descubres que lo único que has estado haciendo es leer sueños. Y dijiste que leer los sueños se te daba bastante bien, aunque no sabías lo que significaban, y que tenían que ver con la formación de símbolos del paciente y tu lectura intuitiva de su forma-ción de símbolos… Y atribuirle significado a todo eso. Porque el meollo de la cuestión es el significado.

Así que esta tarde estoy intentando hablar en serio. Esto nos deja con la tarea de decir lo que uno quiere decir, lo cual es mucho más difícil. Lo que uno quiere expresar, después de toda una vida de psicoanálisis y de publicar libros, es un crit de coeur que se podría traducir por: “¡Socorro!”

Bueno, ya está. El enemigo retrocede, no de tu sabiduría sino de su locura, de haber intentado capturar un espacio congelado y de congelarse a sí mismo en el proceso. Éste es el tipo de juego al cual has estado ju-gando. Ahora bien, la supervivencia en este tipo de juego depende de lo que denominamos buena suerte. Buena suerte… Pero cuando traduces “buena suerte”, lo que quieres decir es “confianza en tus buenos objetos”. Así que al final de esta breve charla puedo contestar a la pregunta breve de Alberto acerca de cuál debería de ser el título de la charla: el título debería ser “Buena suerte”. Buena suerte por la supervivencia que jamás habrías podido planear, y que tuvo lugar a pesar de toda tu inteligencia e ingenio. Algo que descubriste a la larga y no inventaste. Creo que puedo mirar hacia atrás y ver la historia que Silvia Fano Cassese ha escrito y estar de acuerdo en que sí, efectivamente, éste es un drama en el cual he figurado como actor y ha sido muy divertido, y parece ser un juego que he ganado en el sentido de buena suerte y supervivencia.

Bien, no sirve de mucho desearme buena suerte y vida larga, porque le he prometido a Catherine que voy a vivir hasta los 116, le guste o no. Y esto es una especie de buena suerte. Los enterradores no me cogerán sin un grito y una lucha. He descubierto cosas, desde luego, he des-cubierto cosas acerca de mí mismo que de hecho resul-taron ser también cosas acerca de los demás. La cosa principal ha sido la exploración de la identificación proyectiva: la actividad intrusiva de entrar en los mundos de otras personas, como persona no invitada, donde se sufren los dolores de la claustrofobia, donde uno se siente atrapado y no sabe como salir, en primer lugar porque uno no se acuerda de cómo entró. Creo que puedo afirmar que esto no lo inventé; lo descubrí de verdad en mí mismo y en segundo lugar en mis pacientes. Este descubrimiento ha sido suficiente para toda una vida de divertimiento

Philip Pullman, utilizando su imaginación, ha escrito una trilogía acerca de un espacio misterioso de otros mun-dos, y de la misteriosa daga capaz de recortar aberturas en ellos. Hizo un trabajo imaginativo de primera clase: cau-tivó a los niños y cautivó a los adultos del mundo, y se mostró tan encantador y cariñoso en su presentación que nadie se sintió amenazado. Juzgando por la recepción de ayer noche y los regalos, alabanzas y agradecimientos, se podría pensar que yo también he sido suficientemente encantador y cariñoso al transmitir mis imaginaciones. Pero no sería del todo legítimo compararme con Pullman, porque él manifiesta verdaderas buenas intenciones. Su intención final, la cual aparece en el tercer volumen de esta trilogía, es la de erradicar lo que Freud denominó instintos de vida y de muerte, y lo que los físicos han definido como la segunda ley de la termo-dinámica, a saber, el hecho de que el mundo se está quedando sin cuerda. Pullman ha abolido este pesimismo que todos los científicos juntos no han podido erradicar ni todos los mitólogos tampoco. Lo ha logrado al inventar una técnica para cerrar todas las ventanas que tú has abierto. Me parece que ésta es una ley que todos los psicoanalistas tienen que aprender: cerrar todas las ventanas que han abierto con sus imaginaciones, las ventanas a través de las cuales el instinto de vida se desliza, se escapa, y forma la base del pesimismo. El mundo no se está quedando sin cuerda, así lo espero.

Gracias.

 

 

Preguntas/comentarios

 

P: Nadie se atreve a desnudarse. Tenía ciertos reparos en hablar. El desnudarse es algo muy personal… Pero he podido atreverme a decir que el encontrar al Dr. Meltzer nos cambió la vida a todos, por lo menos a mí. Yo tuve la suerte de encontrarle muy jovencita; muy jovencita, muy inmadura y bastante armada. Y con la turbulencia y pasión de su tarea y este entusiasmo por el psicoanálisis real-mente cambió terapéuticamente las mentes, y no solamente de sus pacientes sino de todos los que tuvimos un encuentro con él como maestro.

P: Soy Júlia Corominas, no sé si me recuerda. Quiero decir que hace 30 años me supervisó durante dos años los domingos por la tarde y lo recuerdo como si fuera hoy. No sé si han pasado los 30 años, dónde han ido estos 30 años. Nada más.

DM: Bueno, le puedo decir que estos años han desa-parecido en mis articulaciones. Me han dejado las tarjetas de visita de la edad. La broma para Catherine de que voy a vivir hasta los 116 es sólo una broma. Es una suerte que el tiempo pase, que no tengamos que entender lo que signi-fica el tiempo; simplemente pasa. Y pasa para todos, no hace ninguna excepción, o así parece. Ni para Ulises, ni para Meltzer, ni para Freud… El enterrador nos coge a todos al final2. Esta imagen del “fundidor de botones” y el tener que encontrar un sitio en el crisol para ser fundido para la próxima serie de experiencias, es una experiencia bastante bella de la continuidad de la vida. Hay muchas personas que he encontrado durante estos años de enseñanza de las cuales casi ni me acuerdo; pero sí que me acuerdo de Júlia Corominas. No sé exactamente por qué; había algo vivo y apasionado en ella que me permitió incluso llegar a aceptar la aristocracia. Había crecido creyendo que mis padres eran aristócratas por naturaleza y que yo era su heredero aparente, lo cual no fue muy corroborado por mi experiencia del mundo a medida que emergía de la infancia. Pero esta creencia fue suficien-temente buena como para cubrir mi infancia con un sentido de seguridad y placer. Al mirar hacia atrás hacia mi infancia puedo fácilmente recuperar la experiencia de la aristocracia de mis padres y la forma en que, como niño, me parecía que organizaban el mundo para mi provecho, lo cual de hecho hacían. Este optimismo nunca me dejó del todo. Por esta razón los libros como el de Silvia acerca de la era post-Kleiniana del psicoanálisis me parecen bastante apropiados: una dinastía nueva.

P: Hace un momento el Dr. Meltzer hacía referencia a lo que sucede de inefable durante la situación analítica. Yo quería decir que durante estos 15 o 16 años que hemos compartido con él, tanto supervisión como estudio teórico, ha sucedido también algo inefable, algo que es muy difícil de poner en palabras pero creo que ha dado alas a nuestra emocionalidad y esto significa libertad, y por eso estamos muy agradecidos.

DM: Geoffrey Chaucer, cuando habla del espíritu humano, lo asemeja a un caballo que está tan orgulloso de sí mismo que se olvida de que es sólo un caballo, de que sólo es un miembro de un equipo que arrastra un carro. No he sido condenado a esta especie de olvido de cual es mi lugar en el mundo. Creo que siempre me he dado cuenta de que estaba inmerso en un estado de confusión y que todo lo que decía tendría que ser validado por otras personas, y que yo no podría validarlo por mí mismo; realmente no podía distinguir si estaba descubriendo las cosas o si me las inventaba. Y tenía un miedo terrible de inventarme las cosas; el uso engañoso del lenguaje por la mera novedad es una de las maldiciones más terribles. Claro que con personas como Kafka puedes convertir una maldición en algo genial; pero yo no sabía hacer esto, sólo habría sido una maldición el inventar ingeniosos malos usos del lenguaje. Esta es una de las maneras por las cuales la idea de que tiene que ser divertido para que sea auténtico, genuino, ha sido una gracia salvadora para mí. Ha sido tremendamente divertido. Y tampoco me importa demasiado si resulta ser una tontería a la larga; lo cual, probablemente, acabará siendo.

La idea de Philip Pullman de cerrar las ventanas para que la vitalidad no pueda escaparse me parece una especie de sabiduría auténtica. Uno no debe despilfarrar su vitalidad. La Sra. Klein lo llamaba establecer el método analítico. Lo único seguro que tenemos para no despil-farrar nuestra vitalidad es seguir el método. Por supuesto, muchos pacientes se quejarán: “¿Pero qué quiere decir cuando habla de seguir el método? Díganos como hacerlo y lo seguiremos.” Sólo hay una manera de decir cómo hacerlo, y ésta es mostrarla en vuestra propia conducta como analistas. Yo la muestro. Incluso la estoy mostrando esta tarde. Evitar que se escape la vitalidad.

P: Yo quería hablar de mi experiencia con el Dr. Meltzer. Lo conocí hace muchos años en Novara, y me acuerdo que en aquel tiempo, al final de los años 70, me sentía fascinada por su pensamiento aunque no entendía nada. Por este motivo busqué refugio en las observaciones de Martha Harris. Y luego, poco a poco empecé a acer-carme a su pensamiento y lo que me queda de ello es que hay cosas muy profundas y a la vez muy simples, muy viejas pero muy novedosas. Así que es fácil entrar en contacto con lo que él dice. Francamente es como si algo milagroso hubiese ocurrido en mi mente.

DM: Pues la simplicidad es el centro de mi pensa-miento. Me encontré derrotado durante mis años universi-tarios al darme cuenta de que había cosas que no me podía imaginar, principalmente matemáticas. Es verdad que logré aceptar aquella incapacidad de imaginar cantidades infinitesimales y creo que desde entonces he podido apreciar lo que la “capacidad negativa” quería decir: la tranquilidad de la ignorancia. Es, me imagino, una especie de pasividad religiosa: otro lo tendrá que hacer porque tú no lo puedes hacer por ti mismo. Esto te lleva una vez más a la infancia, mamá y papá lo harán; tú te puedes dormir. Y eso es lo que haces. Gracias a Dios.

P: Estar con Meltzer ha sido realmente sentir el mila-gro de la vida. Es como sentir el milagro de un naci-miento. De verdad nos ha llenado de vitalidad, nuestro corazón realmente se mueve cuando estamos con él. Gracias Dr. Meltzer por estos años.

DM: Montserrat, si me acuerdo bien, ha escrito un trabajo sobre los místicos a lo largo de la historia de la filosofía. Y claro Bion se ha declarado un místico. Yo no me declaro un místico; solo me declaro mistificado. (Se señala que este trabajo fue escrito por Carmen Largo) Bueno, quién sea, aprecié este trabajo.

P: Dentro del cante hondo o el cante flamenco hay un mito extraordinario que es el mito del duende. El duende encierra la pasión, el misterio y la turbulencia más desco-nocida de un cantaor, de un guitarrista o de un bailarín. Había una maravillosa cantante, perfectamente analfabeta, de Jerez, “La Macarrona”. Le dieron una fiesta en Madrid y durante la comida alguien puso un disco de Bach y esta analfabeta al escuchar a Bach dijo: “¡Ese gachó tiene duende!” Y entonces yo, que venía de un analfabetismo inescrutable con respecto a la obra de Meltzer, el día que empecé a leer “La Vida Onírica”, me dije: “¡Ese gachó tiene duende!”

DM: Me es muy grato oír a alguien hablar de duende porque García Lorca dio una conferencia magnífica sobre el tema, y la conclusión a la cual llegué –con la cual quizás no estaréis de acuerdo– es que duende es el amor del matador por los cuernos. Puedo entender esto. Es el flirteo con el peligro, que me atrae mucho, y encontré el ensayo de Lorca muy bello.

P: Yo escribí este trabajo sobre mística y psicoanálisis y tenía miedo de que al Dr. Meltzer no le gustara, que lo sentía como místico. De manera que con su comentario me he quedado un poco más tranquila. Pero realmente, como la mística, lo que hemos vivido con él ha sido una experiencia de ver la belleza del mundo, una experiencia que nos ha hecho sentir muy vivos. Muchas gracias Dr. Meltzer.

DM: Sí, lo que quiero subrayar es que el flirteo con el peligro es la base de la relación sexual. Escribí un capítulo cortito en el libro sobre la Belleza que se llamaba “El Amor y Temor a los Caballos”. Creo que son realmente las últimas palabras que tengo que decir sobre el tema, el amor y temor a las mujeres.

P: Quería recordar muy gratamente la experiencia con una niña que supervisó el Dr. Meltzer. Fue mi primera paciente durante mi formación. Era una niña pequeña de tres años y yo era una estudiante entusiasta y asustada. Durante la primera semana del análisis con ella, en la sesión del final de la semana, fruto de mi entusiasmo, empecé a decir: “Yo creo que tú crees que yo soy el papá quien…”, y entonces me vi inundada por el miedo. Pensé: esto es una tontería, yo no soy un papá, y me paré. Entonces la niña me dijo: “Siga, siga, Miss Shulman, acerca de los sentimientos!” Y simplemente quería añadir que sigo luchando acerca de los sentimientos, en mí misma y en mis pacientes. Y yo supongo que de una manera muy simple todo esto trata de sentimientos y espero que todos sigamos luchando acerca de los sen-timientos. Gracias, Dr. Meltzer.

P: Solo quería añadir mi agradecimiento a lo que todos han dicho. Pero también estoy aquí sentada sintiendo mucha curiosidad y también inmersa en el misterio, porque usted habla de sus objetos parentales, Don, y nos ha dado metáforas magníficas en las cuales pensar –dormirnos en la presencia de padres aristocrá-ticos– y me preguntaba: en este punto de su vida (porque ya ha dejado constancia de ello en años anteriores), ¿de qué modo piensa acerca de sus propios objetos parentales intelectuales, como por ejemplo, Bion y Klein, cómo puede dormirse en su presencia? En este momento me encantaría oír como piensa acerca de ellos en voz alta… ¿Piensa en ellos? Sus maestros, sus mentores…

DM: Bueno, siempre me acuerdo que venimos al mundo desnudos y cada vez que nos desvestimos tenemos la esperanza de dejar el mundo desnudos. Sin embargo, antes de que nos demos cuenta nos encontramos de que volvemos a estar cubiertos por estos ropajes seductores y nos percatamos de que estamos completamente vestidos otra vez y armados en contra de la sorpresa. He tenido mucha suerte con mis maestros, con la Sra. Klein, con Roger Money-Kyrle. Soy reacio a incluir a Bion porque no acabo de superar una cierta sospecha hacia él. Era demasiado ingenioso para mí. No sé si esto responde a la pregunta de Karen acerca de mi relación con mis maes-tros.

P: He dudado en si hablar o no porque durante muchos años de trabajo he estado acostumbrado a hablar con el Dr. Meltzer en la intimidad, especialmente al principio de nuestra relación. Era un diálogo muy parti-cular. Meltzer no habla catalán pero entendía el catalán, y algo más difícil, Meltzer entendía mi inglés, al principio, cuando llegué a Londres. Tuvimos tiempo para poder expresar nuestra gratitud por esta relación particular e intima. Sin embargo, me interesaría mucho poder rea-firmar esta gratitud aquí, en especial por su obra escrita, la cual ha sido una lección constante para mí y todos nosotros y porque él ha sido tan decisivo en la expansión del psicoanálisis en Barcelona a través de este Grupo Psicoanalítico de Barcelona. Muchas gracias por todo.

DM: Me es muy grato oír que entendía el catalán. Desde luego la idea de Cataluña ha sido realmente una realidad para mí desde hace mucho tiempo, de verdad. El papel de Cataluña en la Guerra Civil es muy vivo para mí. Entender la música del lenguaje es más emocional que entender las palabras; la canción y la danza del lenguaje. En mi opinión, el flamenco es el epítome del lenguaje de la emoción; y cómo la evocación de Lorca del duende, el peligro, la excitación en el peligro, está tan presente en el baile flamenco. El amor del matador por los cuernos, el peligro.

P: Es muy difícil expresar mi gratitud al Dr. Meltzer porque él sabe lo que le debemos. Para mí particularmente fue muy importante descubrir que el psicoanálisis no era esa cosa tan seria y profunda y que pasarlo bien en una sesión con el paciente era señal de que había un encuentro más profundo. ¿Quién sabe, no? Y quería agradecerle en mi nombre y en el de mis pacientes.

DM: Sí, tiene que haber una cierta transformación del matador y los cuernos del toro para volver a la cultura de los caballos y el acoplamiento de los caballos, en el cual, el semental está en peligro permanente ante las pezuñas de la yegua. Ella le puede patear la cara, lo cual a veces ocurre. Esto me es más real aún que la evocación del duende y el toro con los cuernos. Escribí acerca de eso en “Amor y Temor a los Caballos”. Los tacones, estos tacones poderosos.

 

Alberto Hahn: (Chairman) Bueno, creo que lo que hemos oído hoy es un buen ejemplo de los sentimientos profundos y meditación que Don es capaz de evocar en nosotros. Creo que nosotros también hemos tenido buena suerte con nuestros maestros y creo que él seguramente lo sabe.

Quería darle las gracias, estoy seguro, en nombre de todos los presentes aquí, hoy, por su sabiduría y por estar aquí con nosotros este fin de semana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]Este trabajo fue presentado en el encuentro que organizó la Tavistock Clinic bajo el título de: Exploring the Work of Donald Meltzer en 1998, en Londres. Psychoanalytical Group of Barcelona (2000) A learning experiencein psychoanalysis. En M. Cohen and A. Hahn (Eds.) Exploring the Work of Donald Meltzer. A Festschrift, London. Karnac Books.

 

2 Debes dejar aquí toda sospecha/ Conviene que aquí toda vileza muera.

 

3 El libro “de los casos”.

1 El poema del siglo XIV, Sir Gawain y el caballero verde habla de la interacción de Gawain con las fuerzas misteriosas representadas por el Caballero Verde y su Dama, los gobernantes espirituales del castillo de su mundo interno ( Meg Harris Williams p. 12).

 

1 La versión en castellano de este artículo puede consultarse en la página web del GPB.

2 Antonio Murillo suggereix anomenar “calenta” la primera configuració de la violència –la que assimilem a “natural”– i “freda” la segona.

[2] Aquest model podríem aplicar-lo, també, a l’anàlisi d’aquells que Antonio Murillo, seguint la tradició de les notacions bionianes –vegeu Memòries del Futur–, anomena “prematurs”, els quals poden necessitar continents accessoris temporals o permanents més enllà del procés realitzat.

[3] No cal dir que aquestes consideracions valen també per a moltes institucions que tradicionalment s’han orientat a treballar per a la salut pública, i en especial la mental, amb una lamentable història de simplificació i atomització de la complexitat de l’humà per tenir la capacitat de control i manipulació dels seus fragments (és urgent fer més treballs sobre la qüestió, i mentrestant, recordar la Història de la bogeria a l’època clàssica i la Microfísica del poder, de Foucault).

* En catalán cau significa madriguera.

[4] La versión castellana de este artículo puede consultarse en la página web del GPB: www.webmeltzer.com.ar

[5] Agraïments a Miriam Botbol, Joan Ocón i Silvia Agela per la lectura atenta de l’article i els seus valuosos comentaris.

i Psicoanalista colombiana, a quien agradezco su autorización para citar el material clínico.

 

1 Publicado en Donald Meltzer with Rosa Castellà, Carlos Tabbia and Lluís Farré (2003) Supervisions with Donald Meltzer London, Karnac.

2 Silvia Fano Cassese Introduzione al pensiero de Donald Meltzer Ed. Porla, 2001 Roma.

2 Nota de la traductora: aquí Meltzer hace referencia a una figura que él describe en inglés como el “fundidor de botones”, que no tiene traducción al castellano y que he sustituido anteriormente en el texto por el “enterrador”. La idea es que lo que se funde, en este caso las experiencias de las personas que desaparecen, pueden ser reincor-poradas y transmitidas a otros.

Melanie Klein: Sobre la salud mental.

SOBRE LA SALUD MENTAL (1960)

Obras completas de Melanie Klein
La base de la salud mental es una personalidad bien integrada.
Comenzaré enunciando algunos elementos de una personalidad bien
integrada: madurez emocional, fuerza de carácter, capacidad de manejar
emociones conflictivas, equilibrio entre la vida interior y la adaptación a la
realidad y una fusión exitosa entre las distintas partes de la personalidad.
Las fantasías y deseos infantiles persisten en cierto grado aun en una
persona emocionalmente madura. Si estas fantasías y deseos han sido
exitosamente elaborados y experimentados libremente, en primer lugar en
los juegos infantiles, son fuente de intereses y actividades que enriquecen la
personalidad. En cambio, si el agravio por deseos insatisfechos sigue
siendo muy fuerte y su elaboración se ve dificultada, se perturban las
relaciones personales y el placer proveniente de otras fuentes, se hace difícil
aceptar los sustitutos adecuados a etapas posteriores del desarrollo y se
deteriora el sentido de realidad.
Aun si el desarrollo es satisfactorio y se logra placer de diversas
fuentes, en las capas profundas de la mente hallamos cierto sentimiento de
dolor por los placeres irremisiblemente perdidos y las posibilidades
irrealizables. Si bien gente de edad media experimenta conscientemente la
pena de que la infancia y la juventud nunca volverán, encontramos en su
psicoanálisis que lo añorado también es la temprana infancia y sus placeres.
La madurez emocional significa que estos sentimientos de pérdida pueden
ser contrarrestados hasta cierto punto por la capacidad de aceptar
sustitutos y que las fantasías infantiles no perturban la vida emocional
adulta. Poder disfrutar de los placeres que están a nuestro alcance en cada
momento vital se relaciona con una relativa libertad de resquemores y
envidia. Por consiguiente, poder contentarse vicariamente a determinada
edad con los placeres que obtiene la gente joven, particularmente nuestros
hijos y nietos, es un signo de madurez emocional. Otra fuente de
gratificación, aun antes de la ancianidad, es la riqueza de los recuerdos que
mantienen vivo al pasado.
La fortaleza del carácter está basada en procesos muy tempranos. La
relación con la madre es la primera y fundamental, aquella en la que el niño
experimenta amor y odio por primera vez. No sólo es un objeto externo
sino que el niño internaliza (introyecta, diría Freud) aspectos de su
personalidad. Si los aspectos buenos de la madre introyectada dominan a
los frustrantes, esta madre internalizada deviene la base de la fortaleza del
carácter, porque el yo puede desarrollar así sus potencialidades; puesto que
si ella se experimenta como madre que guía y protege pero no domina, la
identificación con ella hace posible la paz interior. El éxito de esta primera
relación se extiende a la relación con otros miembros de la familia, en primer
lugar con el padre, y se refleja luego en las actitudes adultas, tanto en el
círculo familiar como hacia la gente en general.
La internalización de los padres buenos y la identificación con ellos
subyace a la lealtad hacia la gente y los ideales y a la capacidad de hacer
sacrificios por las propias convicciones. La lealtad hacia lo que se ama o
hacia lo que se cree justo implica que los impulsos hostiles y la angustia
asociada, que nunca son totalmente eliminados, se han volcado hacia
aquellos objetos que hacen peligrar lo que se siente bueno. Este proceso
nunca se lleva a cabo totalmente y persiste la angustia de que la
destructividad pueda hacer peligrar los objetos buenos internalizados así
como los externos.
Muchas personas aparentemente equilibradas no tienen fuerza de
carácter. Eluden los conflictos internos y externos, tratando de llevar una
vida fácil. Por consiguiente, tienden hacia lo expeditivo y al éxito sin
desarrollar convicciones arraigadas.
Sin embargo, si un carácter fuerte no está mitigado por la
consideración hacia el prójimo, no es una característica de una personalidad
equilibrada. Nuestra experiencia del mundo se enriquece con la
comprensión, compasión, simpatía y tolerancia hacia los demás y nos hace
sentir más seguros internamente y menos solos.
El equilibrio depende de nuestra comprensión de la variedad de
nuestros impulsos y sentimientos contradictorios y de nuestra capacidad de
resolver estos conflictos internos.
Otro aspecto del equilibrio es la adaptación al mundo externo,
adaptación que no interfiera con la libertad de nuestras emociones y
pensamientos. Esto implica interacción; la vida interior siempre influye en
las actitudes hacia la realidad externa y a su vez es influida por las
adaptaciones a la realidad. El niño, desde un comienzo, internaliza sus
primeras experiencias y a la gente que lo rodea, y estas internalizaciones
influyen en su vida interior. Si la bondad del objeto predomina a lo largo de
esos procesos y forma parte de la personalidad, su actitud hacia
experiencias que provienen del mundo externo es a su vez favorablemente
influida. No es necesariamente un mundo perfecto el que percibe dicho
niño, pero por cierto es un mundo mucho más valioso porque su situación
interna es mucho más feliz. Una interacción exitosa de este tipo contribuye
al equilibrio y a la buena relación con el mundo externo.
El equilibrio no significa evitar conflictos; implica la fuerza para
tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas. Si disociamos
excesivamente las emociones dolorosas, restringimos la personalidad y
provocamos inhibiciones variadas. Particularmente, la represión de la vida
de fantasía tiene gran repercusión en el desarrollo porque inhibe el talento y
el intelecto; también impide la apreciación de las realizaciones de otra gente
y el placer que de ello deriva. La falta de goce en el trabajo y el descanso,
en la relación con otra gente, vacía la personalidad y despierta angustia e
insatisfacción. Dicha angustia es tanto persecutoria como depresiva, y si es
excesiva constituye la base de la enfermedad mental.
El hecho de que algunas personas vivan sin mayores apremios, en
especial si son exitosas, no excluye su labilidad respecto de la enfermedad
mental, si no han enfrentado nunca exitosamente sus conflictos profundos.
Estos pueden hacerse sentir en ciertas fases críticas como la adolescencia,
la edad media o la vejez. La gente mentalmente sana tiene en cualquier época
de la vida más posibilidades de mantenerse equilibrada y además depende
mucho menos del éxito externo.
De mi descripción se desprende que la salud mental no es compatible
con la superficialidad, puesto que ésta se vincula con la renegación del
conflicto interior y de las dificultades externas. Se utiliza la renegación de
manera excesiva porque el yo no es suficientemente fuerte para tolerar el
dolor. Aunque en ocasiones la renegación pueda formar parte de una
personalidad normal, si es predominante lleva a la superficialidad, pues
impide la comprensión de la vida interior y, por consiguiente, un verdadero
conocimiento de los demás. Se pierde la satisfacción de dar y recibir, de
experimentar gratitud y de ser generoso.
La inseguridad que subyace a una renegación intensa, también es
causa de la falta de confianza en sí mismo, porque inconscientemente una
comprensión insuficiente da como resultado el desconocimiento de partes
de la personalidad. El hecho de volcarse en el mundo externo es un escape
de dicha inseguridad; sin embargo, si surgen fracasos en los logros o en las
relaciones con los demás, dichos individuos son incapaces de tolerarlos.
Por contraste, la persona capaz de experimentar profundamente el
dolor cuando llega, también es capaz de compartir la pena y el infortunio
ajenos. Asimismo no se verá abrumando por dicha pena o infelicidad y
podrá recuperar y mantener el equilibrio, todo lo cual forma parte de la
salud mental. Las primeras experiencias en compartir el dolor de los demás
se vinculan a aquellos más cercanos al niño, sus padres y hermanos.
Quienes pueden comprender como padres los conflictos de sus hijos y sus
tristezas tendrán un profundo conocimiento de las complejidades de la vida
interior del niño, y también podrán compartir plenamente sus placeres y
gozar de una íntima relación con él.
Los esfuerzos para lograr éxito externo son compatibles con un
carácter fuerte si no se transforman en el centro de satisfacción de la vida.
De mi observación se desprende que si ése es el principal objetivo y no se
desarrollan las otras actitudes que he descrito, el equilibrio mental es
inseguro. Las satisfacciones externas no reemplazan la paz interior. Esta
sólo se logra si se reducen los conflictos internos y por consiguiente se ha
instaurado la confianza en sí mismo y en los demás. Si falta esa tranquilidad
de espíritu, el individuo puede responder a cualquier fracaso externo con
fuertes sentimientos de persecución y privación.
A lo largo de mi descripción de la salud mental he mostrado su
naturaleza compleja y multiforme, pues, como ya he señalado, se basa en el
interjuego entre las fuentes fundamentales de la vida mental -los impulsos de
amor y de odio-, interacción donde predomina la capacidad de amar.
Para esclarecer los orígenes de la salud mental, describiré
sucintamente la vida emocional del bebé y del niño. La buena relación del
bebé con la madre, la alimentación, el amor y el cuidado que ella le provee,
son la base de un desarrollo emocional estable. Sin embargo, aun en este
momento tan temprano y bajo las circunstancias más favorables, el
conflicto entre el amor y el odio, o como diría Freud, entre los impulsos
destructivos y la libido, desempeña un importante papel en esta relación.
Las frustraciones, que en cierto grado son inevitables, refuerzan el odio y la
agresividad. Por frustración no sólo quiero decir que el niño no es
alimentado cuando lo desea; pues descubrimos más tarde, en el análisis,
que existen deseos inconscientes, no siempre perceptibles en la conducta
del bebé, que se centran en la continua presencia de la madre y en su amor
exclusivo. La avidez y los deseos mayores que los que cualquier situación
externa pueda satisfacer forman parte de la vida emocional del bebé.
Además, junto a los impulsos destructivos el bebé experimenta sentimientos
de envidia, los que refuerzan su avidez e interfieren en su capacidad de
gozar de las satisfacciones disponibles. Los sentimientos destructivos
hacen surgir el temor a la retaliación y persecución, y éste es el primer tipo
de angustia que experimenta el bebé.
Esta lucha da como resultado que en la medida en que el bebé quiere
preservar los aspectos amados de la madre buena, internos y externos, debe
disociar el amor del odio y mantener la división de la madre en una buena y
una mala. Esto le permite lograr un cierto grado de seguridad en su relación
con la madre amada y, por consiguiente, desarrollar su capacidad de amar.
Si la disociación no es muy profunda y no impide más tarde la integración y
la síntesis, el niño podrá desarrollarse normalmente y tener una buena
relación con la madre.
He mencionado que los sentimientos de persecución son la primera
forma de la angustia, pero también esporádicamente se experimentan
sentimientos depresivos desde el comienzo de la vida. Se refuerzan a
medida que crece el yo y se afirma el sentido de la realidad, y predominan
en la segunda mitad del primer año de vida (posición depresiva). En ese
estadio el bebé experimenta plenamente la angustia depresiva y el
sentimiento de culpa en relación con sus impulsos agresivos hacia la madre
amada. Muchos de los problemas de diversa gravedad que surgen en los
bebés, tales como: perturbaciones en el dormir, en la alimentación,
incapacidad de gozar, exigencias de permanente atención y de la presencia
de la madre, son el resultado de este conflicto. Más adelante otro resultado
incrementa las dificultades en adaptarse a las demandas del crecimiento.
Juntamente con el sentimiento de culpa más desarrollado se
experimenta el deseo de reparar, y esa tendencia alivia al bebé porque al
complacer a la madre siente que anula el daño que en sus fantasías
agresivas le ha ocasionado. Por más primitiva que sea esta capacidad en el
bebé, satisfacer este deseo de reparación es uno de los factores principales
entre los que lo ayudan a superar en parte su depresión y su culpa. Si no
puede expresar su reparación o no puede experimentarla, lo que significaría
que su capacidad de amor no es lo suficientemente fuerte, el bebé deberá
recurrir a una mayor disociación. Esto dará como resultado que aparezca
como excesivamente bueno y sumiso. Pero además sus dotes y virtudes se
verán perturbadas, pues serán frecuentemente reprimidas junto con los
sentimientos dolorosos que subyacen a sus conflictos. Es decir, que si el
bebé no puede experimentar conflictos dolorosos también está perdiendo
otras cosas importantes en otros sentidos, como ser el desarrollo de otros
intereses, la capacidad de apreciar a la gente y de experimentar otros
placeres variados.
Pese a todas estas dificultades internas y externas, el bebé encuentra
normalmente la manera de resolver estos conflictos básicos, y esto le
permite más adelante experimentar alegría y gratitud por la felicidad
recibida. Si tiene la suerte de tener padres comprensivos, sus problemas
serán menores; por otra parte, una crianza demasiado permisiva o estricta
aumentará sus dificultades. La capacidad de resolver sus conflictos se
desarrolla a lo largo de la adolescencia y la adultez y es la base de la salud
mental. Por consiguiente, la salud mental no es tan sólo un producto de la
personalidad madura, sino que en cierto modo se aplica a cada momento
del desarrollo del individuo.
He mencionado la importancia del ambiente del niño, pero éste es
sólo un aspecto de un complejo interjuego entre factores externos e
internos. Por factores internos entiendo que algunos niños, desde un
comienzo, tienen mayor capacidad de amor que otros, lo que está ligado a
un yo más fuerte, y que su vida de fantasía es más rica y permite el
desarrollo de todas sus dotes. Por lo tanto podemos hallar niños que, aun
en condiciones favorables, no adquieren el equilibrio que forma la base de
la salud mental, mientras que otros, en circunstancias desfavorables, si lo
obtienen.
Ciertas actitudes prominentes en los primeros estadios del desarrollo
continúan en cierto grado en la vida adulta. Sólo si son modificados de
manera suficiente es posible la salud mental. Por ejemplo, el bebé tiene
sentimientos de omnipotencia que hacen que sus impulsos de amor y de
odio le parezcan muy poderosos. Fácilmente podemos observar en el
adulto remanentes de esta actitud, aunque la mejor adaptación a la realidad
disminuye normalmente el sentimiento de que lo que uno ha deseado se ha
cumplido.
Otro factor en el desarrollo temprano es la renegación de lo doloroso,
lo que podemos observar también en la vida adulta. La tendencia a idealizar
el objeto y a sí mismo es el resultado de la necesidad del niño de disociar lo
bueno de lo malo, tanto en sí mismo como en sus objetos. Hay una íntima
correlación entre la necesidad de idealizar y la angustia persecutoria. La
idealización tiene el efecto de reasegurar, y en tanto prosigue operando en el
adulto sirve al fin de contrarrestar las angustias persecutorias. El temor a los
enemigos y a los ataques hostiles se mitiga incrementando la creencia en la
bondad de la gente.
Cuanto más se hayan modificado esas actitudes en la infancia y en la
adultez, mayor será el equilibrio mental. Cuando el juicio no está obnubilado
por la angustia persecutoria y la idealización, entonces es posible una
evaluación madura.
Como las actitudes descritas nunca son superadas completamente,
desempeñan un papel en las variadas defensas que utiliza el yo para
combatir la angustia. Por ejemplo, la disociación es un modo de preservar el
objeto bueno y los impulsos buenos contra los peligrosos y terroríficos,
impulsos destructivos que crean objetos retaliativos [vengadores], y este mecanismo es
reforzado siempre que se incrementa la angustia.
Al analizar niños, también he hallado que refuerzan mucho la
omnipotencia cuando están asustados. La proyección y la introyección,
procesos básicos, son además mecanismos que pueden ser utilizados
defensivamente. El niño se siente malo y trata de escapar a la culpa
atribuyendo su propia maldad a los demás, lo que significa que refuerza sus
angustias persecutorias. Una manera en que utiliza la introyección como
defensa es meter dentro de sí objetos que se espera que protegerán contra
los objetos malos. Un corolario de la angustia persecutoria es la
idealización, pues cuanto mayor es la persecución, mayor será la necesidad
de idealizar. La madre idealizada deviene una ayuda contra la persecutoria.
También está ligado a todas estas defensas cierto elemento de renegación,
porque es el medio de lidiar con toda situación dolorosa o atemorizante.
A medida que se desarrolla el yo, más intrincadas y exitosas son las
defensas, pero también son menos rígidas. Cuando la comprensión no es
obstaculizada por las defensas, es posible lograr la salud mental. Una
persona sana mentalmente puede darse cuenta de su necesidad de ver las
situaciones displacenteras a una luz más favorable y corregir su tendencia a
embellecerías. De ese modo está menos expuesta a la dolorosa experiencia
de la ruptura de la idealización y al predominio consiguiente de las angustias
depresivas y persecutorias. Por lo tanto, es más capaz de manejar las
experiencias dolorosas derivadas del mundo externo.
Un elemento importante de la salud mental que aún no he tratado es la
integración, la que se expresa por medio de la fusión de las diferentes partes
del sí-mismo. La necesidad de integración deriva del sentimiento
inconsciente de que partes de uno mismo son desconocidas, de una
sensación de empobrecimiento a causa de verse privado de ciertas partes.
Esta sensación de partes desconocidas de uno mismo urge a la integración.
Más aun, la necesidad de integración deriva del conocimiento inconsciente
de que el odio sólo puede ser mitigado por el amor, y que si ambos se
mantienen separados es imposible el alivio. Pese a esa tendencia, la
integración siempre implica dolor, porque el odio disociado y sus
consecuencias son muy difíciles de enfrentar, y la incapacidad de tolerar
este dolor renueva la tendencia a disociar las partes amenazantes y
perturbadoras de los impulsos. En una persona normal, pese a estos
conflictos se puede llevar a cabo gran parte de la integración, y cuando ésta
es perturbada por motivos externos o internos, la persona normal puede
volver a lograrla. La integración también tiene el efecto de crear la tolerancia
hacia nuestros impulsos y, por lo tanto, hacia los defectos ajenos. La
experiencia me demuestra que nunca existe una integración completa, pero
cuanto más uno se acerca a ella mayor será la comprensión de los impulsos
y las angustias, más fuerte será el carácter y mayor el equilibrio mental.

Trevor Lubbe: Teoría kleiniana de la sexualidad

Teoría kleiniana de la sexualidad*

Trevor Lubbe[1]  2008

A Kleinian theory of sexuality

Donald Meltzer Psychoanalytic Atelier: http://www.psa-atelier.org/

 

Introducción

El descubrimiento de Freud de la sexualidad infantil representa una piedra fundamental de la teoría psicoanalítica con la ubicación especial de lo perverso polimorfo regulado por el interjuego del principio de placer-displacer y el de realidad. De acuerdo a Laplanche (1976) la pulsión es sexualidad, que Freud generalizó a todas las formas de satisfacciones humanas desde la oralidad como prototipo tanto para el escalar montañas como para los proyectos intelectuales.

Hace algunos años salieron trabajos quejándose de la marginación y en ocasiones la desaparición de la sexualidad en el psicoanálisis. Encabezando los trabajos, fue Green (1996, 1997, 2000) quien en una ponencia durante el aniversario de Sigmund Freud dictada en el Anna Freud Center, en abril de 1995 afirmó que los herederos de Freud habían reducido la importancia de la sexualidad en el psicoanálisis, resultando una desexualización de la teoría clásica. Los principales culpables, de acuerdo a Green, fueron los teóricos británicos de las Relaciones Objetales [RROO] –Balint, Fairbairn, Winnicott y especialmente Klein. Su ‘feminización’ de la teoría enfatizando el rol de la relación materna pregenital y la relación madre-bebé desplazó la sexualidad del epicentro del psicoanálisis. Reificando lo pregenital, Klein, en particular, pecó doblemente –‘colocó al pecho en la suprema posición’ (1996, p. 877) extendiendo el modelo del pecho hasta llegar a incluir la fase genital, con el resultado de que el ‘pene fue visto como un órgano que da y alimenta, en otras palabras un pecho. Implícitamente, la fellatio fue la aproximación más cercana a una relación sexual totalmente satisfactoria’ (p. 877). Además, sustituyó la sexualidad por la agresión como una característica destacada de su esquema teórico. Desgraciadamente para Fairbairn, quien fue ridiculizado por analizar desde detrás de un escritorio, prueba de que él había sacado la sexualidad del consultorio (1996, p. 879), aunque era el mismo Fairbairn quien hizo la siguiente clarificación iluminadora sobre la relación entre la función sexual y el amor:

 

Lo importante acerca de la madurez individual no es que la actitud libidinal es esencialmente genital, sino que la actitud genital es esencialmente libidinal… La genitalidad verdadera se logra si se han establecido relaciones objetales satisfactorias” (1952, p. 22).

 

Hacia 1997 Green comenzó a estar menos atrapado por lo que había dicho en su conferencia celebrando el Aniversario de Freud y sus argumentos comenzaron a ser menos polémicos y más sistemáticos. Localizó sus acusaciones de la desexualización en los desequilibrios metapsicológicos entre la teoría de Freud de los instintos y la teoría de las RROO y sugirió que era necesario encontrar la manera de integrar las ideas de Klein, Winnicott y Bion con la teoría de la libido de Freud.

 

Es virtualmente imposible llegar a unificar una concepción del objeto no sólo porque hay teorías conflictivas sino porque siempre hay más de un objeto” (Green, 1997, p. 346; las cursivas son mías).

 

Pero Green no tenía esperanzas, especialmente, acerca de las teorías de M. Klein, quien hizo “una modificación tan radical” de la teoría de los impulsos que podía dificultar una integración (1997, p. 346). Las principales modificaciones de esta teoría son (1) que la libido busca directamente un objeto para su satisfacción, (2) que la libido incluye emoción y que por lo tanto no sólo está gobernada por la demanda de las pulsiones, (3) que el objeto amado se expresa inicialmente en relaciones de objetos parciales y por tanto no está confinado al amor genital. Green concluye que debido a estas modificaciones la sexualidad arcaica se torna más prioritaria que la sexualidad edípica con el resultado de que la sexualidad tal como la conocemos desaparece de la sensibilidad clínica del analista. Esta tendencia está reforzada por la sustitución de la ‘represión’ de Freud por ‘identificación proyectiva’ (p. 348). Mientras Green está de acuerdo de que las teorías de RROO han contribuido a un nuevo clima de tratamientos en las que patologías regresivas (borderline, narcisistas, desórdenes caracteriales, etc.), como opuestos a las neurosis, son más prominentes, reclama que el rol etiopatogénico de la sexualidad en estos desórdenes no neuróticos es ‘más diverso y más complicado’ y ‘menos obvio’ (p. 347).

Sin embargo, la conclusión de Green es que las diferencias metapsicológicas entre la teoría de la pulsión y la de las RROO produce ‘conflictivas’ teorías, pero el lector puede desear comparar su punto de vista con otras afirmaciones en la literatura que enfoca, específicamente, contrastando la teoría de las pulsiones con la teoría kleiniana. Estas sugieren una gran variedad en la relación entre las dos –ambigüedad (Mackay, 1981), expansión (Wisdom 1981; Parsons 2000), paridad conceptual (Sandler 1988), habilidad para establecer puentes (Kernberg 1993), complementariedad (Maze 1993)– mientras que Greenberg & Mitchell (1983), en su exhaustiva revisión del tema, pensaron que no tenía sentido la búsqueda de una integración. El lector también puede consultar la conferencia de Meltzer (1981) en el Memorial de Freud donde argumenta a favor de la continuidad entre Klein y Freud sobre el modelo de la mente.

 

Acusaciones de la desexualización de la teoría psicoanalítica

 

Pero ¿qué hemos de hacer con los reclamos de desexualización? ¿Cómo deben evaluarse, especialmente cuando se refieren a la práctica? ¿Están basadas en el rigor académico o son simplemente un lamento o una polémica? ¿Puede ser verdad, en primer lugar, que los teóricos de las RROO hayan contribuido mínimamente a nuestra comprensión de la sexualidad y la parte que juega en el funcionamiento sano y erróneo del adulto? ¿No estuvo el nacimiento de la teoría de las relaciones de objeto vinculado al descubrimiento de Abraham (1924b) del objeto parcial, un concepto que duplicaba las fases de Freud de la primacía de la zona erógena de forma que ha enriquecido y profundizado enormemente nuestro conocimiento de la sexualidad genital? Y dada la fundamental importancia atribuida al desarrollo infantil temprano en la Sociedad Psicoanalítica Británica, ¿el movimiento de las RROO, posteriormente, no ha realizado una aclaración exhaustiva de los vínculos entre objetos parciales y totales en el proceso analítico, y en determinar sus implicaciones para los estados sexuales de la mente? En segundo lugar, ¿cómo ha quitado el análisis kleiniano la sexualidad del consultorio?

Algunas de estas declaraciones de una teoría desexualizada han resonado acríticamente en varios comentaristas como Budd (2001), Stein (1998), Dimen (1999), Celenza (2000) y otros. Budd (2001 p. 63) desarrolla más el argumento de que bajo la teoría de las RROO ha nacido un estilo de tratamiento analítico que se limitó a analizar transferencias madre-hijo, que en gran parte fueron desexualizadas. Todos los pacientes se convirtieron así en ‘bebés’ bajo la premisa de que si las relaciones de objeto del bebé se podrían resolver no habría ningún problema con la sexualidad (p. 64). De esto se sigue que los pacientes que se someten a tal análisis raramente tendrán que abordar problemas sexuales adultos. ¿Es eso posible: atravesar un análisis sin enfrentar el lugar de la sexualidad en las relaciones amorosas de un adulto? Dimen (1999) repitió el reclamo por la desexualización, atribuyéndolo al cambio desde teoría pulsional a la teoría de la RROO: ‘donde hubo libido allí estarán los objetos’.

Esta afirmación sugiere al menos que lo que la teoría de las RROO hace es correlacionar la sexualidad infantil de Freud con la sexualidad adulta en una nueva forma, un argumento sustentado por dos aisladas voces disidentes, contra las acusaciones de desexualización (Parsons 2000; Litowitz 2002). Litowitz (pp. 172, 180) que señala que la sexualidad no está hoy ausente en psicoanálisis, sino que está más presente que nunca, porque la unidad básica del psicoanálisis ya no está limitada a la pulsión/represión, sino que incluye representaciones donde lo reprimido es cognoscible a través de la comunicación directa. Esto amplía los caminos para la ‘gramática del deseo’.

Parsons (2000, p. 46), escribiendo desde la tradición Independiente, está de acuerdo en que el cambio desde la pulsión al objeto ha supuesto un cambio en la conceptualización de la sexualidad pero no una rotura con la sexualidad. Afirma que ha habido logros especiales, particularmente en la definición de sexualidad patológica, de un cambio en el enfoque del objeto determinado por la pulsión hacia la cualidad de la relación objetal como determinada por los estados mentales del sujeto y objeto. Estoy de acuerdo con su perspectiva y en este artículo, utilizando la terminología kleiniana, voy a explicar con mayor detalle el papel fundamental de la relación objetal y la cualidad de los estados del sujeto y objeto, en una teoría general de las RROO de la sexualidad.

Desafortunadamente, al mismo tiempo que los reclamos de desexualización cogieron fuerza, un elemento tendencioso entraba en el debate de tal forma que parecía una lucha nacional entre el psicoanálisis francés y el anglosajón, tal como se puede ver en el título de un trabajo sobre este tema: “Sexo no, gracias, somos británicos[1]”. ¿Puede decir alguien, realmente, si los franceses son mejores en la sexualidad que los ingleses? ¿O si los británicos son mejores que los franceses en patinaje o cruzando el canal nadando?

Tal vez un compromiso más útil con este ‘debate’ es delinear una teoría kleiniana de la sexualidad y sus implicaciones para la práctica. Para una teoría kleiniana de la sexualidad específicamente propongo la teoría de la sexualidad presentada por Donald Meltzer en 1973 en su libro “Estados sexuales de la mente”. Hasta el día de hoy este texto sigue siendo fundamental para las teorías kleinianas sobre la sexualidad no sólo en la Clínica Tavistock, sino también en muchos centros del psicoanálisis kleiniano del mundo, porque es el único texto kleiniano o post-kleiniano integral dedicado a ello. Fue objetivo explícito de Meltzer hacer una revisión estructural de la teoría psicoanalítica de la sexualidad desde una perspectiva de las relaciones de objeto. Esto hace que su proyecto sea particularmente relevante para los reclamos de desexualización de los teóricos y practicantes de las RROO en general y de los kleinianos en particular. Sin embargo, al seleccionar el texto de Meltzer, no estoy sugiriendo que representa el pensamiento de todos los kleinianos sobre el tema de la sexualidad, ni que caracterizaría a las teorías de la sexualidad de otras agrupaciones dentro de la tradición británica de relaciones de objeto. Pero Green ha señalado a Meltzer para la crítica, indicando que él también redujo toda la experiencia sexual a la búsqueda de un pecho totalmente satisfactorio (Green, 1996, p. 880).

Por lo tanto el objetivo principal de este trabajo es una refutación de los reclamos de desexualización atribuida a la teoría de las RROO en general y a la teoría kleiniana en particular. En la elaboración de esta refutación se realizarán varias consideraciones

  • que existe una teoría de la sexualidad en el trabajo de los clínicos quienes, utilizando este enfoque kleiniano, pueden ofrecer una comprensión muy detallada de las diversas características de la sexualidad;
  • que el concepto de Meltzer de ‘estados sexuales de la mente’ provee un marco conceptual para pensar acerca del mundo interno en términos sexuales, incluso el mundo erótico de la relación de madre/niño;
  • que comenzar más temprano en la psicosexualidad del individuo, que implica mecanismos psíquicos anteriores a la represión, no conduce a la eliminación de la sexualidad sino lo contrario, abogando por una teoría unificada, basada en el desarrollo de funcionamientos, para neuróticos y no neuróticos que puede hacer las diversas distinciones clínicas entre sexualidad inmadura, polimorfa y perversa que son relevantes para la definición de lo que cuenta hoy en día como salud sexual y patología;
  • que la desexualización de la teoría psicoanalítica atribuida al descubrimiento de los mecanismos de defensa más primitivos que la represión es una exageración, y que términos como escisión binaria e identificación proyectiva pueden utilizarse sin sacrificar la idea de la ubicuidad de la sexualidad, ni suplantando la pulsión/represión como una unidad básica del psicoanálisis, ni descuidando el contraste entre la neurosis y la perversión;
  • que, por el contrario, estos mecanismos primitivos han añadido nuevas y sutiles formas de interpretar la dimensión sexual en los asuntos humanos cuando se revelan en el consultorio;
  • que si hay un alejamiento de la sexualidad en psicoanálisis no es a causa de la teoría de las RROO sino por la mayor complejidad en la conceptualización actual de la sexualidad debido a las teorías de las RROO. Y con la complejidad en mente, primero tenemos que recurrir a Klein.

 

La teoría de M. Klein del desarrollo sexual

 

La teoría de Klein de la sexualidad puede derivarse de tres fuentes: sus contribuciones sobre sexualidad femenina (1932, Cap. 11), el papel que ella atribuyó a la madre pre-genital en la vida del niño (1937) y su teoría de un complejo de Edipo temprano y su relación con la posición depresiva (1945). Klein sostuvo que el niño y la niña experimentan sensaciones e impulsos genitales desde el principio que no son únicamente el resultado del cuidado corporal de la madre, sino que se derivan de un conocimiento inconsciente de un pene y una vagina (Klein 1945 p. 409). Este conocimiento de las distinciones anatómicas genera fantasías inconscientes sobre diferencia de género que entran en el registro de la sexualidad infantil inicialmente por medio del objeto-parcial oral, en sus dimensiones libidinales y agresivas. Experiencias de frustración, pero también satisfactorias en la relación de objeto parcial con el pecho, llevan al niño, en fantasía, a recurrir a otras fuentes como el pene/pezón (p. 408). Por lo tanto el pene ‘pertenece’ inicialmente a la madre, como objeto de identificación primaria, y se mantiene en su interior junto con sus otros atributos, positivos y negativos. Por lo tanto, el primer temor al pene es el de un pene dentro de la madre, actuando como un embrionario superyó (pág. 411).

El deseo oral de un pene es un precursor de una correspondiente relación entre la vagina y el pene, que comprende la primitiva relación de coito de los padres internos. Para ilustrar la naturaleza específica de esta temprana relación de coito, Klein utiliza el término «objeto combinado” (Klein 1932 p. 246). Esta figura parental combinada, inicialmente, es una que involucra objetos/parciales y por lo tanto su fusión o confusión contribuye a sus efectos atemorizadores. Así como Freud había observado, las concepciones infantiles de coitos eran sádicas y en el análisis de los niños pequeños Klein descubrió -en el material de juegos- abundantes ejemplos de escena primaria de imágenes aterradoras de rasgarse, golpearse, cortando, envenenando a través del intercambio de heces y así sucesivamente, debido, como ella concluyó, a las proyecciones de elementos sádico orales y anales en el coito parental (1927b, p. 175). También señaló que, aún cuando esas fantasías sádicas no fueran llevadas a cabo en la sexualidad adulta como actos criminales sexuales, podrían desempeñar un papel significativo en trastornos sexuales como la frigidez y la impotencia (Klein 1927b p. 176).

Estas son realmente ideas de Freud, el modelo de la oralidad para la sexualidad adulta que extiende aspectos del modelo del pecho a la fase genital, el conocimiento inconsciente del coito y la ‘fantasía primaria’ del coito parental como sádico. Donde Klein alcanzó una formulación diferente fue a través de (i) sus ideas sobre la sexualidad femenina, en particular acerca del conocimiento inconsciente que tiene la chica de su vagina, (ii) el momento y la dinámica de las fases psicosexuales unidos a la importancia dada por Karl Abraham a la organización de objeto parcial y (iii) la fusión de la sexualidad con la agresión (Klein 1933 p. 253).

La tarea crucial que ahora le espera al niño, de gran importancia para la futura sexualidad, es la integración de estas relaciones de objeto interno pre-genital en la emergente genitalidad. Según Klein, esta integración se organiza alrededor del cambio desde relaciones de objetos parciales a las relaciones de objeto total que comienza después del destete y continúa durante la segunda mitad del primer año de vida (Klein 1924, p. 55). Con este y otros cambios sucesivos hacia objetos casi totales u objetos totales el niño desarrolla la capacidad de identificarse con el objeto, que convierte al objeto bajo una nueva luz, como independiente. Por lo tanto los impulsos sexuales y sensuales inmediatamente cobran un nuevo significado en dos niveles. En primer lugar, ellos contrarrestan los deseos agresivos y los autogratificantes, inaugurando así sentimientos de ternura, preocupación y una realista idealización del objeto (Klein 1937, p. 314). En segundo lugar, las identificaciones recíprocas llegan a ser posibles basadas en una mejor integración de los sentimientos positivos y negativos, llevando a una capacidad de mutua excitación así como empatía, un factor que intensifica el placer sexual en las relaciones de amor (1937, p. 315). Pero aparte de establecer las bases teóricas para una relación íntima, el cambio a las relaciones de objeto total tiene su efecto más decisivo en la integración del amor pre-genital y genital forzando a la imago ‘objeto combinado’ a dar paso a una diferenciación consciente de los padres en figuras individuales, polarizadas, masculina y femenina (Klein, 1952, pp. 79,197).

Esto es revolucionario en virtud del basarse en una conciencia de una diferencia genital. En otras palabras, la percepción de la madre como un individuo focalizándose sobre un conocimiento de la diferencia anatómica entre los padres. El temor ahora es el del pene de fuera de la madre. El efecto psíquico de esto, según Klein, es poner en marcha el complejo de Edipo en una forma preliminar, de lo cual ella concluiría que el inicio de la «constelación» de Edipo y la posición depresiva infantil van de la mano (Klein 1932, xiv). Con la así llamada versión ‘madura’ del complejo de Edipo (versión de Freud) se produce otra diferenciación de la imago del ‘objeto combinado’ hacia figuras singulares dentro de un conocimiento más conciente de las figuras masculinas y femeninas, una figura se convierte en un objeto libidinal y la otra en un objeto de odio (1932, p. 246). Ahora, la culpa en un verdadero sentido reemplaza al miedo como expresión de un superyó floreciente. Lograr una síntesis de estas figuras, más diferenciadas aún, por efecto de la maduración, establece un patrón de una relación genital complementaria que forma parte de una elección de objeto personal.

En la pubertad todo el proceso es revisitado. Estimulado por la madurez sexual el ‘objeto combinado’ de la pregenitalidad vuelve a entrar en el cuadro regresivamente y tiene que sufrir una fresca transformación en elementos masculinos y femeninos, en esta ocasión su integración formando la base de una identificación genital adulta. Lo que me gustaría destacar es que un resultado exitoso en esta teoría del desarrollo sexual involucra al «objeto combinado» pregenital sufriendo fases sucesivas de disociación para alcanzar progresivamente un nivel más alto de integración genital, un concepto epigenético (véase Klein 1932, p. 79 y p. 253)

En resumen, la importancia del concepto de la posición depresiva infantil es la de rastrear la sexualidad edípica en sus orígenes, en la sexualidad pre-genital, delineando cómo elementos inconscientes masculinos y femeninos emergen conscientemente en la psique como resultado de la separación del bebé de su primer objeto (femenino) hasta reconocer un segundo objeto (masculino o no madre). Es sobre esta base que debe ocurrir toda una larga serie de necesarias integraciones para un resultado satisfactorio en las relaciones sexuales y amorosas, integraciones entre objetos internos y externos y entre un objeto interno y otro.

Esta es esencialmente la teoría de Klein de la evolución de las relaciones de objeto interno desde la sexualidad infantil hasta la adulta, que derivó de su trabajo con niños pequeños; como una teoría del desarrollo que establece a la madre como el objeto primario de identificación en la vida sexual del niño y hace hincapié en su contribución en el destino de la madurez o inmadurez psicosexual. Haciendo pleno uso de la distinción de Abraham (1925a) entre la teoría de los objetos parciales y totales enriquece la concepción en todos los ámbitos de la sexualidad, pero de la sexualidad genital en particular, mostrando en detalle cuan probable es que la primacía genital lleve el sello de los impulsos e imagos pregenitales en toda su multiplicidad. Sin embargo, es el concepto de la posición depresiva lo que introduce un nuevo léxico en la relación entre la sexualidad y el amor que es teorizado para funcionar durante todo el ciclo vital. Este concepto, cuando es aplicado al rol de la madre pregenital para desencadenar la asociación entre sexualidad y amor, abre un panorama enorme para considerar la plena diversidad y complejidad de las relaciones sexuales adultas y de amor, en sus formas maduras e inmaduras.

Las implicaciones de esta teoría para la sexualidad adulta nunca fueron totalmente bosquejadas por Klein, excepto un puñado de referencias en los casos de adultos que aparecen en sus escritos. Estas referencias ciertamente dejan claro que ella nunca consideró lo pregenital como pre-sexual. Mientras sus escritos tempranos desbordaban sexualidad –ella vio sexualidad hasta en los ejercicios de sumar y multiplicar del niño- ella nunca escribió un trabajo sobre la sexualidad del cual Green deduce que ella perdió el interés en el tema (1996, p. 879). ¿Pero quién puede escribir un trabajo sobre todo? Por suerte para Klein algunos de sus seguidores pasaron a explicar detalladamente con más energía algunas de esas implicaciones para las relaciones de objeto sexuales adultas.

 

 

Estados sexuales de la mente

 

Meltzer[2]1 comienza con una situación sexual básica o ‘set’ que es la idea de Freud de la escena primaria (en phantasy) complementado por los insights de Melanie Klein de la relación del bebé/niño [infant/child] con las interioridades del cuerpo de la madre. En consecuencia, algunos estados sexuales de la mente, a diferencia del comportamiento, se pueden clasificar según la naturaleza de la participación del bebé/niño, en fantasía, en la escena primaria (Meltzer 1973 p. 86). Estos estados sexuales infantiles de la mente, en su mayoría, son experimentales, autoeróticos y polimorfos (p. 88). Central, sin embargo, para el desarrollo del niño en todas las áreas, incluyendo la sexualidad, es la descripción de Klein de la operación en la psique de la escisión e idealización del objeto y del self (p. 90). A través de estos mecanismos una parte idealizada del bebé se une a un objeto idealizado como salvaguarda contra la ansiedad persecutoria y la confusión. A pesar de su aspecto defensivo, esta forma de sobrevaloración del objeto marca el comienzo de la capacidad de amar.

Sin este proceso binario, afirma Meltzer, no hay ninguna diferenciación primaria entre «bueno» y «malo» y el niño seguramente sobrevivirá sólo por estar dentro de un objeto en un estado de parasitismo (p. 90). Donde el splitting-e-idealización está pobremente establecido, sobre todo después del destete y durante la latencia, la necesidad del control omnipotente del objeto es aplastante, lo que se consigue a través de una forma intrusiva de identificación proyectiva (Meltzer 1992, p. 33). De esta manera, los aspectos ‘perversos’ del hedonismo infantil no se someten a la integración, sino que, en cambio, sobreviven en formas de inmadurez sexual, o se insinúan con secretas intenciones en la sexualidad adolescente y adulta de modo tal como para causar estados de confusión y perversidad (Meltzer 1973, cap. 13 y 18). Otro método por el cual sobreviven estados mentales perversos es a través de la escisión de la sensualidad del afecto y de la fantasía. Por ejemplo, la agradable ingesta del alimento (leche) puede escindirse del afecto, esforzándose por percibir la satisfacción libidinal desligada de un objeto. En un nivel aún más primitivo, según Meltzer, esto puede lograrse desmontando el objeto en una colección de sus características sensoriales, una maniobra que degrada igualmente al objeto, limitándolo a la función de gratificar una necesidad (p. 109). Se trata de una explicación kleiniana de cómo la libido se convierte en buscadora de no-objeto.

La sexualidad adulta, afirma Meltzer, deriva de una identificación introyectiva con la pareja parental interna «de opción» (1973 p. 115 y p. 121).

 

El fundamento, en el inconsciente, de la vida sexual de la persona madura es la gran complejidad de la relación sexual de los padres internos, con los cuales es capaz de una rica identificación introyectiva en los roles, tanto masculino como femenino”. (1973, p. 67).

 

Tal identificación con las cualidades masculinas y femeninas, por tanto, refleja la disposición bisexual mental de todos y una bisexualidad bien integrada, según Meltzer, permite una conexión más intensa con una pareja sexual. Sin embargo, la naturaleza de la relación coital de los objetos internos es identificada como el factor crucial (p. 66). Según lo descrito por Klein ésta está estructurada por dos factores: la relación entre el bebé y la madre y si se ha establecido una estructura estable de partes infantiles dependientes del self y de la madre interna, y cómo ésta está formada por fantasías inconscientes que organizan a estas partes en relación con el interior del cuerpo de la madre (p. 68).

Meltzer (p. 68) nos dirige a tres espacios geográficos dentro del cuerpo de la madre: superior (pecho, cabeza), parte delantera/inferior (genitales), parte posterior/inferior (recto). Estos espacios están ocupados también, en la fantasía, por el pene del padre y los futuros bebés. Él se refiere a la extensión realizada por Abraham (1924) de las etapas erógenas en seis categorías –oral que chupa/muerde, anal expulsiva/retentiva, fálico-genital/genital-tardío- y sugiere que creando una mayor geografía de los puntos de fijación, esta extensión ha añadido una diversidad notable a ‘la geografía de la fantasía’ en relación a las posibilidades de coito entre objetos internos (pp. 23/26). Pero el objetivo sigue siendo distinguir en el adulto estados sexuales de la mente según sean polimorfos, perversos o inmaduros.

Por ejemplo, en la relación coital de los objetos internos, en la fantasía, el pene del padre puede relacionarse con los tres orificios de la madre –introitus, ano, boca-. El pene puede cumplir la función de proveer, de limpiar la basura, proporcionar el placer orgásmico o intentar la fertilización, en los tres orificios. Pero este debe ser distinguido de un pene que durante la cópula usa el espacio interior del objeto, en la fantasía, para expulsar excrementos, para interferir con la potencia o eliminar a futuros bebés desde los celos posesivos, en otras palabras, para el asalto sádico anal (1973, p. 72). Si la profanación a través del pene ha ocurrido causando modificaciones en el estado de ánimo del objeto interno, el pene puede tornarse grandioso intentando una reparación. Esta reparación mágica o maníaca debe ser distinguida de la reparación que el pene acomete durante la relación sexual para restaurar al objeto en su previa vitalidad. Del mismo modo, en la relación coital de objetos internos, los testículos y la eyaculación del semen deben ser distinguidos de las preocupaciones por el semen que son una denigración del pecho y de la leche del pecho. Así ‘el lugar de los testículos en la sexualidad adulta puede ser mejor comprendido, distinguido de las preocupaciones más fálicas a niveles infantiles’ (p. 72).

Si nos movemos a la vagina y consideramos el vínculo de la vagina con la boca   -como la primordial cavidad de la experiencia sensual y placentera– entonces se debe distinguir en la fantasía entre la vagina como cavidad receptiva y que recibe/da placer y la vagina como ‘una boca’ ávida que despoja de su calidad y vitalidad a todo lo que el pene otorga, un triunfo edípico que tiene implicaciones para el orgasmo femenino y la función sexual (Meltzer 1992, pp. 88-90).

La vida sexual adulta deriva su complejidad y diversidad de una identificación introyectiva, en la fantasía, con estas transformaciones geográficas del coito de los padres internos. En un extremo se encuentra en una identificación con un ‘objeto combinado’ pregenital mutuamente injuriado o explotado, mientras en el otro extremo subyace una identificación con una cópula parental donde ambos miembros de la pareja obtienen mutuamente placer sexual conservando sus respectivas individualidades e integridad. En algún sitio, como Freud describió, yace una apasionada conexión sexual donde, a menudo, es imposible destacar una diferencia clara entre la sexualidad ‘buena’ y ‘mala’, testimonio del poder misterioso del deseo.

Es importante señalar que a pesar de que la ‘relación coital de objetos internos’ toma como modelo a la pareja parental, es decir, una situación heterosexual, el objeto de la revisión estructural de Meltzer de la teoría psicosexual -desde la perspectiva de las relaciones de objeto- no es distinguir ‘buena’ y ‘mala’ sexualidad sobre la base de descripciones cuantitativas y normativas de las elecciones sexuales (1973, p. 66). Ni es primordial que órgano anatómico está interactuando con qué otro órgano, ni qué zona erógena, o su cantidad, está manifestando erotismo. Para Meltzer, la demanda de la pulsión por determinada elección de objeto o comportamiento es menos imperiosa. En cambio pone el énfasis en el estado mental de los individuos involucrados en una relación sexual y si un «propósito perverso’ o ‘meta’ está presente (p. 92). Este “propósito» no necesita ser definitivamente agresivo puesto que la expresión sexual puede estar impulsada por agresión sin ser perversa, como en el caso de la penetración o incorporación sexual vigorizante. Lo que define un estado mental perverso se juzga en función de tres factores: el equilibrio entre sexualidad infantil (objeto parcial) y adulta (objeto total), el equilibrio entre impulsos destructivos y libidinales, y el equilibrio entre partes «buenas» y «malas» del self[3] (p. 67). El primero es fundamental para una distinción entre una sexualidad madura e inmadura (o pseudomadura) mientras los dos últimos son fundamentales para diferenciar entre la sexualidad polimorfa y perversa, tanto en niños como adultos.

Dentro de estas tres dimensiones, para repetir, la más importante causa de trastornos en el desarrollo de la libido es una ineficaz escisión-e-idealización y el uso excesivo de la identificación proyectiva como condición previa para establecer una relación de objeto. En términos generales, esto produce la situación hostil donde objetos parciales pueden ser tratados como si fueran objetos totales. Meltzer, como parte de su revisión de la teoría psicoanalítica de la sexualidad, está desarrollando algunas de las implicaciones del cambio desde la pulsión a la relación con el objeto implícito en una teoría de las RROO.

En el proceso de resumir las formulaciones de Meltzer, que estoy ofreciendo como una refutación a las afirmaciones de desexualización de Green, me gustaría hacer hincapié en lo siguiente:

  • como se utiliza el lenguaje de objetos parciales y de objetos internos, así como conceptos defensivos como escisión del self y objeto, escisión e identificación proyectiva, escisión inadecuada y así sucesivamente, sin sacrificar la idea de la ubicuidad de la sexualidad. En cambio, mejoran las descripciones de la completa complejidad de como una persona organiza su experiencia sexual –la de él y la de ella- y por lo tanto son una considerable ganancia clínica al mantener la sexualidad en, y no fuera de, la sala de consulta;
  • que esos mecanismos que intervienen en la sexualidad arcaica, aunque son análogos a la represión, son de un orden de desarrollo diferente, pero esto no significa que el clínico tenga que elegir entre ellos. El clínico se ocupa de lo que se le presenta, independientemente del nivel del desarrollo, si se trata de una expresión de la infinita variedad de expresiones sexuales generada por la represión o si es un ejemplo de las igualmente innumerables e ‘ingeniosas’ variaciones de la sexualidad reveladas en las organizaciones psicosexuales pregenitales;
  • sobre el destino de la sexualidad infantil, más allá de una simple prefiguración o de ser asimilada en la sexualidad adulta, el concepto de «estados sexuales de la mente» le permite a Meltzer dejar perdurar la pureza de la sexualidad infantil en el inconsciente adulto como polimorfismos y, por supuesto, en sueños y actos de creatividad. Estos aspectos revitalizantes de la sexualidad infantil son estructuralmente diferentes de los estados perversos de la mente que son habituales, adictivos o criminales (Meltzer, 1973, cap. XVIII, p. 134). Esta ‘solución’ al problema clínico que plantea el análisis del niño [infant] (como opuesto al niño [child]) en el adulto es anterior a los intentos de Widlocher (2002) de abordar el mismo problema proponiendo líneas independientes de desarrollo para el objeto de amor y la sexualidad infantil.

 

 

La acusación de desexualización

 

Con la teoría de los ‘estados sexuales de la mente’ ahora esbozada puede ser posible revisar un poco más detalladamente algunas de las acusaciones de desexualización. Green (1996, p. 880) sugiere que en la teoría kleiniana ‘toda experiencia sexual apunta a encontrar un pecho que satisfaga totalmente’. También afirma que la teoría reduce el pene a un pezón y la vagina a una boca con el resultado de que «Uno podría casi decir que, para los kleinianos, el modelo completo de satisfacción genital no es otra cosa que una felación!’ (2000, p. 18). Bajo la presente teoría un ejemplo así –un pene reducido a un pezón y una vagina a una boca– describe un ejemplo de polimorfismo adulto basado en una confusión zonal entre el pezón y el pene. La confusión refleja una escisión inadecuada y la calificaría (i) como polimorfa e inmadura si estaba motivada por el jugueteo sexual pero (ii) representaría un estado perverso de la mente si el pene fuera utilizado exclusivamente para la gratificación oral. Según Meltzer (1974) una confusión de pene-pezón causa la erotización del pecho, mientras una escisión del pene-pezón desde el pecho genera un pene erotizado y un pecho envidioso con un agujero (1988, p. 62). Ambas erotizaciones confirman una base narcisista por una falta de diferenciación entre el funcionamiento mental infantil y adulto. Klein (1957) también advirtió contra la sobreextensión del modelo del pecho en la fase genital –genitalización prematura– que podría minar el placer genital y la función.

Meltzer define un impulso perverso como uno que intenta «transformar lo bueno en malo preservando la apariencia de bueno» (1973, cap. XVIII, p. 132) mientras un estado mental perverso, sugiere, consiste en ‘la caricaturización de la relación amorosa por el sado-masoquismo.’ (1988, p. 150). De este modo, quizás lo que Green considera como un defecto mayor en la teoría es, de hecho, un ejemplo de la patología que la teoría intenta elucidar. Cuando él afirma que toda la experiencia sexual en la teoría Kleiniana apunta a buscar un pecho que satisfaga completamente, lo que él describe debe ser una caricatura de la relación sexual, algo que está en la misma línea de su general caricaturización de la teoría kleiniana[4]. El uso del lenguaje de objetos parciales por parte de los kleinianos es un medio para describir fenómenos analíticos que son productos de fantasías inconscientes (infantiles), y no tienen un significado literal. Irónicamente, tal lenguaje antes fue criticado pretextando que sobre-erotizaba las relaciones objetales del niño. Ahora es reprobado porque erotiza insuficientemente la experiencia sexual adulta. Sobre la compleja interconexión entre la sexualidad infantil y la adulta Meltzer concluye:

 

El efecto vigorizante del coito adulto puede diferenciarse marcadamente del deterioro inevitable del estado mental derivado del acting-out de las fantasías masturbatorias infantiles durante relaciones sexuales” (1973, cap. IX, p. 72).

 

 

La reciprocidad estética – una teoría de la seducción primaria

 

Hasta ahora, usando la revisión estructural de Meltzer de la teoría sexual psicoanalítica desde una perspectiva de RROO, he sugerido que la crítica que la teoría kleiniana desexualice la teoría analítica es exagerada. En particular, algunas críticas, cuando son examinadas con atención, resultan ser ejemplos de patología que pueden ser incluidas en el alcance explicativo de la teoría. Puede ser oportuno ahora introducir la subteoría de Meltzer de ‘la reciprocidad estética’ y ‘conflicto estético’ a fin de aportar un poco de luz adicional en la pregunta de la aparición del amor de objeto, y su transformación en deseo, en el marco de RROO. Después de todo, el cambio de la pulsión al objeto inherente a la teoría de la relación de objeto permite un estudio más cuidadoso de la relación «total» entre la sexualidad y el amor (Parsons 2000).

Los adultos, pero sobre todo los padres experimentan a su bebé, sugieren Meltzer y Harris Williams (1988), como un objeto estético, como algo universalmente atrayente que supera las calidades formales del bebé de perfecta proporción, textura delicada, color y parecido familiar (Cap. IV, p. 56). Estas calidades formales son sin embargo desencadenantes poderosos que impactan sobre la imaginación del padre, pero, según Meltzer, son las cualidades interiores del ‘hermoso bebé ordinario’ que determinan su pleno impacto estético sobre los padres (p. 57). Éstas incluyen el estado embrionario del bebé, es decir ‘la esencia de su bebesitud‘ que comprende la promesa de un futuro lleno de posibilidades. Del mismo modo, el bebé experimenta a la madre como un objeto poderosamente evocador más allá de la modalidad de todo su cuerpo y más allá de cualidades como el sonido de su voz, sus ojos, su olor y el color de su pelo (Cap. II, p. 22). Este resplandor y belleza externo despiertan ciertamente en el niño una respuesta que es apasionada a nivel sensorial. Sin embargo, es el interior de la madre, sugiere Meltzer, su resplandor interno, ‘que asombra y maravilla’ al bebé (p. 57) debido a su ‘mensaje ambiguo’, o sea, su ingeniosidad y variabilidad como se evidencia en la forma de ‘la música de su voz que oscila continuamente de clave mayor a menor.’ (p. 22). Esta conciencia recíproca y el despertar de cualidades interiores son lo que Meltzer designa como la emocionante cualidad ‘del amor a primera vista’ de la relación de bebé y madre – su ‘reciprocidad estética’ (p. 57).

Tal concepto representa la seducción primitiva del infante a través de la fantasia parental inconsciente como un proceso recíprico, al tiempo que añade a la misma una dimensión estética de éxtasis mutuo y admiración. El amor como amor sexual surge dentro de esta dimensión estética. Además, el concepto de una dimensión estética en las relaciones de objeto tempranas habla del papel de las cualidades en el objeto que determinan su relación con las pulsiones [drives], una importante adición de la teoría de Relaciones de Objeto al corpus psicoanalítico.

Meltzer subraya que este factor del interior de la madre –el de estar recubierto o detrás de un velo (así como el interior de la cámara nupcial)– es un elemento indispensable en la formación del tipo de identificación introyectiva sobre la cual el niño basará el descubrimiento de su propio deseo (1988, cap. IX, p. 151). Mientras Klein había promovido el componente libidinal de la búsqueda de conocimiento que procura penetrar agresivamente en ese interior, despertando así ansiedad, Meltzer teoriza otro tipo de compromiso epistemofílico con el interior de la madre que es más tranquilo, receptivo pero marcado por la incertidumbre. Es esa cualidad de una aprehensión tranquila, expectante del objeto como asombroso pero obscuro lo que establece una precondición para el deseo infantil. De ahí que la teoría identifica otro factor de gran importancia, separado del rol del ‘objeto ausente’, en el aumento o disminución de la libido, a saber, el obstáculo del interior oculto de la madre.

‘El conflicto estético’, afirman Meltzer y Harris Williams (1988, cap. 2, p. 22), se deriva de esa dolorosa congruencia del aspecto externo, la hermosa madre percibida por los sentidos y el enigmático interior de la madre donde residen sus pensamientos, emociones, intenciones, una tensión entre la superficie y la profundidad que debe ser descifrada a través del entendimiento imaginativo. También se deriva de la ambigua cualidad de la madre, quien da y quita, creando lo que básicamente es un aspecto de la condición humana, que dentro de cada experiencia alegre yace un recuerdo de una dolorosa. La belleza y la vitalidad del objeto bueno tienen un doble sentido porque contiene en su naturaleza el potencial latente para su destrucción. Esta idea de una oscilación constante entre estados de ‘dolor-y-temor’ y estados de ‘amor-y-dolor’, basado en la fórmula de Bion de Ps↔D, conduce a Meltzer a proponer un desvío radical en la teoría kleiniana recibida (1988, p. 29). ‘El conflicto estético’, afirma, es esencialmente depresivo por naturaleza y precede a la posición paranoide. Huir del objeto bueno es por lo tanto anterior a huir del objeto malo.

El infante o el niño pequeño puede reducir este conflicto en uno de estos dos modos: disociando del interior de la madre los pensamientos enigmáticos de ella, gestos, emociones y sobre todo su deseo y, en cambio, fijándose en las cualidades sensoriales formales de ella. Esto cortocircuita la respuesta emocional a la madre ‘total’, causando varios déficits de desarrollo que pueden variar en severidad, según el grado en el que las arcaicas defensas se organizan como retraimiento. Como una respuesta extrema, los interiores de la madre pueden ser defensivamente neutralizados desmontándola en una gestalt de componentes sensoriales y luego prestando atención selectivamente a uno o dos estratos sensuales sin hacer caso del resto. Esta solución es ejemplificada en los estados autistas (Meltzer et al, 1975). En todos los casos, sin embargo, ocurre cierta degradación de la emocionalidad en las relaciones de objeto desde afectar a la sensación, cuyos efectos son hostiles al deseo, embotando el flujo emocional; previniendo un ‘cobrar vida’ desde el interior al experimentar placer; erotizando las impresiones sensoriales; y sofocando el elemento complementario en las relaciones de amor (1973, p. 108). Resolver, en contraposición a minimizar, el conflicto implica una integración del erotismo del exterior del cuerpo y el oculto interior del objeto.

La teoría de la ‘reciprocidad estética’, tal como la estoy proponiendo aquí, es una teoría de la seducción primaria desde una perspectiva de la relación de objeto que describe un contexto epistemofílico para el surgimiento del amor objetal. La teoría del ‘conflicto estético’ describe algunas condiciones internas necesarias para la transformación del amor objetal en deseo. La teoría más abarcadora de los «estados sexuales de la mente», en contraposición con la conducta, revisa el pensamiento psicoanalítico en relación a los criterios para clasificar el curso del desarrollo del deseo según la ‘buena’ y ‘mala’ sexualidad. Un tema central es el de los espacios internos del objeto que son ocultos, privados y tal vez prohibidos, estimulando así varios modos mentales de entrada en esos espacios, cuyos objetivos y motivaciones pueden ser empleados para establecer distinciones entre sexualidad inmadura, polimorfa o perversa.

 

 

Conclusión

 

En resumen, he presentado el punto de vista de Green de que las teorías de las RROO Británicas son un ‘cambio de paradigma’ tal con respecto a la teoría pulsional que no puede ser posible una integración. He expuesto las razones metapsicológicas de sus argumentos, en particular las que apoyan sus reclamos sobre tendencias antisexuales en el psicoanálisis actual, como se ha ejemplificado en el análisis kleiniano y post-kleiniano.     También he mencionado que Green atribuye la ausencia de la sexualidad en el análisis a un cambio hacia el tratamiento de patologías regresivas como borderline o trastornos narcisistas de la personalidad, en oposición a la neurosis, donde el rol etiopatogénico de la sexualidad en estos trastornos no-neuróticos es ‘menos obvio’ y «más diverso y más complicado» (1997, p. 347).

Respondiendo, he sostenido que un rol menos obvio no significa ningún rol. De hecho, en este trabajo he tratado de convencer al lector de lo contrario, porque si ha habido un alejamiento de la sexualidad en el psicoanálisis no es debido a la teoría de las Relaciones de Objeto, o de sus premisas metapsicológicas, sino a que los fenómenos de la sexualidad hoy son más complejos, debido a las innovaciones teóricas aportadas por las teorías de las Relaciones Objetales Británicas a esta área de la experiencia humana. Con este propósito en mente, he presentado una explicación diferente de cómo se conserva la sexualidad en el trabajo psicoanalítico dentro del marco de las post-kleinianas Relaciones de Objetos formuladas por Meltzer. En esta teoría, a través del concepto de «estados sexuales de la mente», a las diversas y complicadas características de la sexualidad no se les da una comprensión tenue sino muy detallada. He tratado de mostrar cómo términos como escisión binaria y la identificación proyectiva, aplicada a la dinámica de objetos parciales, así como a las relaciones de objeto totales, se utilizan sin renunciar a la idea de la ubicuidad de la sexualidad, ni descuidar el contraste entre neurosis y perversión. Además, a través del concepto de «reciprocidad estética» y «conflicto estético» la teoría brinda un marco conceptual para hablar de la seducción de la sexualidad «inocente» como se refleja en la misteriosa conjunción del deseo entre la madre y el bebé, así como para ser capaz de identificar con gran claridad el aspecto restrictivo de la sexualidad patológica adulta.

Por último, quiero hacer hincapié en que esta teoría, al igual que la propia teoría de Klein, no sustituye al principio del placer/displacer de Freud por objeto «bueno» y «malo», como afirma Green (1996, p. 877). En cambio, el placer/displacer como principio de la actividad psíquica se estructura en torno a afectos específicos que comprenden los aspectos cualitativos de la realidad psíquica, y estos pueden ser descritos de acuerdo a las oscilaciones entre los estados de «dolor y temor» a los estados de «amor y dolor » (Meltzer 1973, cap. 1).

Cuando Green habla del papel preeminente dado a la madre en las teorías de las Relaciones de Objeto cree que, como consecuencia, «la importancia del padre en la obra de Freud es situada en un rango secundario» (1996, p. 877). Pero, sin duda, él debería saber que esta afirmación contradice la necesidad histórica de una corrección en la teoría psicoanalítica del sesgo falocéntrico destacado en la obra de Freud por varias generaciones de mujeres analistas sobre su propia sexualidad. Sin embargo, como Britton (2003) -un analista post-kleiniano- comenta, esto puede haber dado lugar a que el péndulo haya oscilado hacia la otra dirección, es decir, convirtiendo a la madre como lo más importante. Pero estas son distorsiones en la teoría analítica, sugiere Britton, que también pueden ser encontradas en la población de pacientes, donde algunos pacientes niegan la importancia del padre, mientras que otros niegan la importancia de la madre, creyendo que la relación madre-hijo sea inferior a la relación con el padre o en relación a la misma escena primaria. En el curso del análisis estas «posiciones» pueden alternarse o ser abandonadas, no sin amargura y envidia. Britton concluye:

 

“Para el equilibrio psíquico necesitamos dos padres internos: cualquiera que sea el argumento de las familias monoparentales en el mundo externo, no creo que haya motivo para el mundo interno”. (2003, p. 70).

 

 

Acknowledgement. A later version of this paper has been published in the British Journal of Psychotherapy (2008) 24 (3), pp. 299–316. Blackwell Publishing Ltd.

 Traductores: Carlos Tabbia y Connor Gleason

 

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* Una respuesta a las “Acusaciones de la desexualización de la teoría psicoanalítica” [NdT].

 

[1] British Journal of Psychotherapy, Volume 24, Issue 3, August 2008, 299–316

 

[1] Título de una farsa de mucho éxito en el teatro inglés [NdT].

[2] Donald Meltzer fue analizado por Melanie Klein entre 1954 -1960 pero este fue interrumpido por la muerte de Klein. Fue un activo miembro de la Sociedad Psicoanalítica Británica y fue un destacado miembro del grupo kleiniano cuando escribió Estados sexuales de la mente. Sin embargo debido a las tensiones con su Sociedad él se retiró a finales de los años 80. Describió su Desarrollo kleiniano desde Freud y Abraham hasta Klein y Bion, un tema que se refleja constantemente en sus escritos y en su continua docencia y supervisión en la Clínica Tavistock, en Europa y Sudamérica. Murió en agosto del 2004.

[3] En el sistema notacional de Meltzer (1973 IX) para la descripción de fenómenos clínicos de partes ‘buenas’o ‘malas’ del self se refiere descriptivamente a las partes del self infantil que llegan a ser diferenciadas en la fantasía inconsciente como el resultado del splitting. Esto varía según la psicología individual o la categoría gnosológica como en: “En los estados perversos de la mente ‘la dependencia de las partes buenas del self es sustituida por la pasividad hacia las partes malas del self, en un clima de desesperación” (1973, p. 132).

[4] Green adopta una actitud curiosa hacia los kleinianos: picoteando lo que le gusta y descartando lo que no encaja con su teoría. Esto puede ser así, incluso dentro del pensamiento de un autor. Por ejemplo, él declara que ‘Bion es el único kleiniano para quien el modelo del sueño es más importante que el modelo del bebé.’ (1992, p 587), ignorando que el prototipo del bebé en el pecho es central en la teoría de Bion del pensamiento y del soñar, sobre todo a sus subsidiarios conceptos de función alfa y elementos de beta.

Sobre el símbolo

Sobre el símbolo

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Quiero partir desde una reflexión sobre nuestro trabajo: los psicoanalistas buscamos entender las relaciones emotivas que las personas tienen consigo mismas y con el mundo externo, lo cual comporta no sólo entender tales experiencias emotivas sino también las tentativas de pensarlas.

Frente a tal tarea debemos confrontarnos con dos dificultades: la primera se relaciona con la pobreza del vocabulario para denotar las emociones (el lenguaje cotidiano, de hecho, se ha desarrollado sobretodo para describir el mundo externo y las relaciones concretas con él). La segunda dificultad atañe al problema de la verificación del significado: de hecho mientras podemos confrontar concretamente con nuestros interlocutores si la palabra que utilizamos para designar un objeto del mundo externo corresponde a tal objeto, no tenemos la posibilidad de realizar una comparación concreta con la experiencia emotiva porque ésta es algo íntimo. En general, para describirla, recurrimos a un lenguaje poético hecho de metáforas, imágenes, alegorías, analogías, etc.

Los psicoanalistas tienen necesidad de una teoría de la formación del símbolo y a menudo la han buscado en la filosofía, especialmente en la estética y en la lingüística. Pero eso conlleva varias dificultades porque el campo de la estética está subdividido en diversas áreas artísticas y no es, en absoluto, fácil encontrar un lenguaje común para describirlas. Los filósofos, además, se han ocupado sobretodo de cuestiones epistemológicas, es decir, del problema del conocimiento y de cómo conseguirlo; en cambio nosotros estamos interesados en una teoría de la formación de los símbolos que pueda ser utilizada en el método psicoanalítico. Parece claro que no podemos transferir al psicoanálisis teorías filosóficas ya construidas: nosotros debemos elaborar una teoría para nuestro uso particular. Para hacer esto es necesario partir de un concepto –utilizable-, de lo que significa el significado y del modo en que se genera y se desarrolla. Es pues indispensable entender cómo se averiguan errores o distorsiones del significado. En otros términos, es necesario construir una teoría que pueda explicar cómo nace y se desarrolla la comprensión, no sólo el malentendido

Antes del trabajo de Bion, el psicoanálisis se ocupaba poco en estos problemas: estaba casi exclusivamente ocupado en el problema del conflicto, en su resolución y en los mecanismos de defensa. Se daba por descontado que el pensar era algo que la mente estaba en condiciones de hacer y que las variaciones en la rapidez y en la complejidad del pensamiento dependería de alguna cosa llamado “inteligencia”. Como psicoanalistas, pues, nos ocupábamos de la ansiedad y del dolor mental.

Bion ha sido un pionero porque, a partir del análisis del pensamiento en los esquizofrénicos, ha abierto el campo a la investigación psicoanalítica del pensamiento y ha re-descrito los mecanismos de defensa como mentiras. Tal aproximación se diferencia de la de Freud que consideraba a los mecanismos de defensa como mecanismos neurofisiológicos análogos a interruptores que se encienden cuando la ansiedad se torna excesiva. De esto derivaba la hipótesis que –como el mismo Freud sostiene en toda su obra hasta el Esquema de Psicoanálisis– los fenómenos mentales pueden ser descriptos en términos cuantitativos; Bion, en cambio, enfatizando el rol del pensamiento en los disturbios psicopatológicos, subraya el aspecto cualitativo de tales fenómenos.

A partir de La interpretación de los sueños, el psicoanálisis ha vista al sueño como una especie de unidad-base de los fenómenos mentales, apta para explorar los procesos mentales. Es importante recordar que en La interpretación de los sueños Freud considera a la formación de los símbolos de un modo muy sumario, en términos de lo que él llama “representabilidad”. Según dicha hipótesis, en la “simbolización” onírica, la mente se limitaría a buscar a un objeto del mundo externo congruente formalmente con lo que ha de representar en el sueño.

Conviene recordar que Freud considera al sueño no como un proceso de pensamiento, sino como una distorsionada representación de un pensamiento ya pensado durante la vigilia. La distorsión estaría dirigida a proteger al sueño de los conflictos. La función del sueño, entonces, sería sólo la de proteger el dormir, aligerando las tensiones mediante la satisfacción alucinatoria del deseo. Los sueños representarían la satisfacción de un deseo realizado de modo camuflado, para huir de la censura onírica. Se puede constatar aquí que Freud no nos ha dado una teoría sobre la formación de símbolos; no nos dado una teoría sobre la creación del significado sino sobre su “travestimiento”.

Para poder usar al sueño como una fuente para entender el pensamiento y la creación del significado, debemos modificar nuestras ideas sobre la función del sueño y considerarlo como un pensar inconsciente. Prescindiendo del contenido del sueño, el soñar es un proceso de pensamiento.

En síntesis, podemos decir que en el modelo de Freud el pensamiento onírico deriva de los restos diurnos, de la experiencia del día y de sus conexiones con experiencias infantiles. Esto es perfectamente legítimo. En el modelo de Klein el sueño es considerado un pensar sobre lo que sucede en la inmediatez del mundo interno y una elaboración de las relaciones internas. También esto es legítimo. En el modelo de Bion el sueño es una tentativa de generar un nuevo significado, una nueva comprensión con respecto a la que existía antes; tiene una función más creativa. Y también esto es legítimo.

Los tres modelos no se excluyen recíprocamente: el pensar onírico, de hecho, puede ser visto tanto como un modo para afrontar los restos diurnos, como un modo para afrontar la situación interna y también como una actividad creativa tendiente a la búsqueda de nuevos significados. Pero es necesario tener en cuenta que, como analistas, no hacemos investigaciones genéricas sobre los sueños sino que estamos abocados a hacer algo con los sueños traídos en una situación particular y recordados precisamente por su conexión con tal situación. Por tanto, en general, son sueños del tercer tipo: sueños en el que existe el esfuerzo de crear un nuevo significado referido a acontecimientos pasados. En análisis tenemos la oportunidad de estudiar los procesos creativos del pensamiento según una modalidad que probablemente no son los específicos de la psicología o de la filosofía y de sus respectivos métodos de investigación.

Ahora os propondré retroceder un paso, proponiéndoos una sucinta relación general sobre el lenguaje y sobre las formas simbólicas. El prejuicio de Freud de considerar la racionalidad como conectada exclusivamente al uso del lenguaje deriva directamente de la filosofía que tuvo tal prevención durante muchos años. Freud pensaba que el lenguaje del sueño no era creado durante el sueño, sino tomado en préstamo de la experiencia de la vigilia y del lenguaje usado en ella. Pero recientemente la filosofía, con Cassirer, con la escuela de Viena, con Wittgenstein, con Susanne Langer, ha intentado unificar el concepto de lenguaje no limitándolo al lenguaje verbal, sino incluyendo todas las formas simbólicas utilizadas en las diversas artes. Tal apuesta se funda sobre la idea de que el pensamiento no se caracteriza exclusivamente por las formas verbales y la simbolización no se limita a la traducción de los símbolos visuales en lenguaje.

Construir una teoría psicoanalítica de la formación de los símbolos, asumiendo al sueño como la unidad-base compuesta de todas las posibles formas simbólicas, comportaría una distinción análoga a la que se hace en las artes pictóricas entre los elementos iconográficos y los elementos compositivos. Los aspectos iconográficos de la representación se refieren directamente a los objetos del mundo externo, en el presente o en el pasado y por eso son signos, porque se limitan a poner en relación directa dos elementos. Pero tal relación entre el elemento representado y aquello que lo representa no dice mucho sobre el significado emotivo de la obra de arte. Para entender el significado emotivo debemos estudiar los elementos compositivos, que son extremadamente misteriosos: difíciles de conocer, de describir, de entender en sus recíprocas interacciones. Los elementos compositivos de una obra de arte despliegan una fuerza que intentamos comprender, así como intentamos comprender la fuerza insita en un sueño.

Ahora quiero relatar el sueño de un paciente mío, como punto de partida para proseguir con nuestro discurso. Se trata de un joven que había tenido una crisis de tipo anoréxico mientras se encontraba en Australia. Él, después de dos años de análisis, logró retomar los estudios y salir del estado confusional en que se encontraba. Pero estaba muy aislado desde el punto de vista social; deseaba hacerse amigos pero apenas encontraba uno, inmediatamente pensaba en él en términos críticos y burlescos, su mímica traslucía tales pensamientos y así no lograba establecer relaciones de amistad. Trajo el sueño al análisis mientras estábamos explorando dicho problema y el hecho de que el paciente también me trataba de ese modo: burlándose y criticándome. Para hacer más ágil la discusión me limitaré a referir el elemento central del sueño: el paciente está en medio de una calle esperando pasar, mientras tanto tiene una valija apoyada sobre “un montículo amarillo de metal”[1]. Llega un hombre en bicicleta, con cuatro cestos colgados del manubrio. El paciente rápidamente comienza a criticarlo y a ridiculizarlo. El hombre pasa de largo y se detiene al final de la calle; entonces el paciente, se da cuenta de que ese es su medio de transporte; lo alcanza y se mete dentro de uno de los cestos. En un cierto punto del sueño se interroga: ¿por qué se ha detenido el hombre de la bicicleta? ¿Se ha detenido por el paciente? ¿Porque lo ha visto con una expresión poco amistosa, o a pesar de eso? Una respuesta sensata sería que el hombre había autónomamente decidido detenerse en aquel sitio. Pero si asumimos la otra hipótesis deberíamos preguntarnos por qué se han requerido cien metros antes de que el hombre en bicicleta se diera cuenta que el paciente estaba preocupado de que cupiese, que en el sueño estaba representado por la valija apoyada sobre el montículo de hierro amarillo.

Existe una relación analógica entre la cara preocupada del paciente y el montículo de metal amarillo: ambas tienen la función de castigar a quien no hace lo que es debido. El montículo metálico era un instrumento punitivo para quien no se comportaba como debiera y la expresión del seño fruncido quería castigar al que pasase sin detenerse.

Esto me parece un prototipo de la formación de símbolos: el paciente con el seño fruncido y el cúmulo metálico amarillo están enlazados de manera creativa porque al ser puestos en relación adquieren un significado suplementario. Es de notar que ambos reúnen acciones punitivas. Mi paciente, de hecho, después de haber relatado el sueño se acaloró contra la autoridad australiana porque ponían esos cúmulos de metal amarillo en lugar de señales de prohibición, y que eso es así porque penalizan en vez de comunicar.

El significado de la particular conexión entre el paciente y el montículo metálico amarillo fue enriquecido luego por otros [significados] particulares del sueño: asoció el color amarillo con la cobardía, a la valija con su retorno de Australia cuando todavía era tan débil que no podía llevar la valija que, confiada a la línea aérea, se perdió. La valija quería significar también su pesimismo, el hecho de que no podía fiarse de nadie; el color amarillo la cobardía, es decir su incapacidad de dar el primer paso en los acercamientos amistosos, siendo constreñido a dejar siempre la iniciativa al otro. El sueño, entonces, no sólo arroja luz sobre el significado de la expresión hostil del paciente, sino que amplía el significado del montículo amarillo: son punitivos, hostiles, cobardes y pesimistas.

Querría subrayar que esto me parece un ejemplo de la formación creativa de símbolos, es decir, del estado mental que se extrae de dos objetos del mundo externo, un nexo capaz de enriquecer el significado de ambos. Tal nexo, de hecho, no sólo torna posible la exploración de las expresiones mímicas no amistosas sino que también permite entender el significado de los montículos amarillos de nuestra historia. Puede tratarse de montículos metálicos puesto por alguien y que reflejen aspectos de la mente de quien lo ha puesto; o bien puede tratarse de cúmulos que nadie piensa mover. Recordando la duda de El hombre de las ratas cuando ha visto una piedra en medio del camino, si sacarlo o no, en tanto podría haber constituido un obstáculo para una señora que pasaría en carroza: nos ayuda a entender el significado de los montículos de metal amarillo como parte del ambiente humano, que tienen sentido para los seres humanos.

Volvamos a la teoría de Bion sobre el pensamiento. Ella parte del supuesto de que existen experiencias emotivas: la vida mental busca discernir su significado. Para esto es necesario hacer algo para observar la experiencia emotiva y para poderla pensar. Bion señala como función alfa el proceso mental para observar la experiencia emotiva. La función alfa produce los elementos alfa que pueden ser usados para pensar y memorizar y sobre todo para el siguiente paso del pensar que indica como formación de sueños o mito. Los elementos alfa pueden ser dispuestos en lo que Bion llama la “estructura narrativa” como primer escalón del pensamiento.

En el sueño relatado encontramos dos símbolos dispuestos en una relación narrativa: uno es el símbolo de la valija sobre el montículo amarillo, el otro es el símbolo del hombre en bicicleta con cuatro cestos. Tales símbolos son compuestos: el símbolo del paciente con la valija apoyada sobre el montículo metálico está compuesto también por el hecho de que él está en medio de la calle, en un cruce, con su seño fruncido y en la situación de espera. No me parece que se puedan individualizar elementos alfa en esta imagen: esto es coherente con lo que dice Bion de que los elementos alfa no son visibles o describibles en sí mismo, sino cuando están compuestos con otros elementos alfa.

Es interesante la historia del análisis de este sueño: mientras el paciente lo contaba no entendía nada hasta una asociación, aparentemente extraña del todo, en la que me habló de un profesor suyo durante una clase de literatura inglesa en la que explicaba la analogía. En ese momento me di cuenta de que el paciente, la valija y el montículo metálico estaban en relación analógica. Pero los significados simbólicos de un joven que está con una valija en medio de la calle son infinitos, lo mismo que los del montículo metálico amarillo. Imaginamos ahora los dos elementos (joven con la valija, montículo amarillo) como dos círculos –cada uno de ellos representa un universo de posibles significados- unidos por una relación analógica: se verá que se superponen parcialmente. El área de la superposición es la sede del significado simbólico. Asumimos que el área de la superposición es un símbolo cuyo significado intensifica y enriquece el significado de los dos elementos separados. Sería, para dar un ulterior ejemplo, algo análogo a la superposición del rojo con el azul que produce el violeta. Continuando con ese ejemplo surge otra analogía: si un rayo de luz blanca pasa por un filtro rojo y uno azul, la proyección de ambas imágenes superpuestas producirá un punto negro. Esto último puede servir para entender lo que Bion describe como la “tabla negativa”: se trata de un proceso que quita significado porque la unión de dos objetos aumenta la ausencia de significado, produce un significado negativo (en el sentido del no significado).

Buscamos imaginar cuál sería el proceso inverso respecto a la analogía de dos colores que se unen para formar un símbolo inédito y distinguir lo que parece un símbolo pero no puede ser utilizado para pensar porque todo el significado ha sido anulado, antes que reforzado, por la conjunción.

Si para describir la formación de los símbolos usamos el modelo de dos objetos –cada uno con un universo de posibles significados- que tienen alguna relación recíproca, podemos concebir no sólo la formación de símbolos negativos sino también la formación de símbolos inadecuados, insuficientes en varios niveles. Por ejemplo, podemos imaginar dos universos que se toquen sólo tangencialmente, sin que exista una verdadera área de contacto y de congruencia, o que se superpongan completamente al punto de no formar un área de contraste en la zona de superposición: terminan por ser casi idénticos entre sí, sin enriquecimiento recíproco. Por ejemplo, si uno dice: “un hombre celoso de su mujer es como el que teme que le roben el coche”, solo sabemos que este hombre considera a la mujer como un coche: la imagen no dice nada que enriquezca nuestra idea sobre el significado de la mujer o sobre el significado del coche.

HENRY: Dice algo, en cambio, sobre la vida mental del hombre que hace este tipo de ecuación.

MELTZER: Cierto, pero no es un símbolo, es una ecuación: no es una conjunción que enriquezca. Si pensamos en la formación del símbolo como este tipo de conjunción creativa y que el área de congruencia es la compartida por dos objetos que están inmersos en una recíproca relación simbólica, cada vez que el símbolo es usado él termina teniendo una referencia a ambos objetos. Pero si en esta área de congruencia no se ve la relación de dos elementos, que son vistos separados, podemos tener una idea de cómo opera el pensamiento concreto. Para dar un ejemplo, tomemos el paciente del Dr. Scotti a propósito de su relación con el mundo de las motocicletas: se tenía la sensación que para el paciente las motocicletas no estuvieran vinculadas a la motocicleta del padre y por tanto con su experiencia con los padres. El mundo de las motocicletas devenía una cosa en sí, por lo que el significado que él le atribuía se refería a la motocicleta separada del contexto y considerada como un objeto de intenso significado en sí mismo.

HARRIS. A veces, un proceso análogo puede suceder también con niños pequeños, con el objeto transicional: si se pierde la conexión entre el universo del niño y el universo del objeto, entonces el objeto transicional adquiere un significado en sí mismo y no puede tener significado simbólico.

MELTZER. Esto se veía en el paciente de esta mañana: el concepto que él tenía de sí mismo era algo separado del concepto de la relación sexual de los padres, como si él no se viese como derivado de esa relación, sino como una especie de evento casual que no tuviera nada que ver con la cualidad esencial de la unión de los padres. Se podría decir que el desarrollo mental que debería recorrer este paciente consiste en pasar de la posición en la que se piensa como generado por sí mismo (self-made) a aquella en que puede pensarse como el producto de la unión de dos padres, por tanto, de dos culturas: llegar entonces a la idea de ser el resultado de un proceso creativo, no creado desde sí mismo, sino creado en un proceso en el que están implicados otros aparte de él mismo.

Tal conjunción creativa –que Freud ha identificado en la escena primaria y que Bion ha descripto en la representación de continente-contenido- es el elemento crucial en la formación de símbolos. Bion subraya el elemento de la pasión que hay en este momento de conjunción, como factor esencial de la actividad creativa. Se puede ver cuánto trabajo de Bion se ha construido sobre los fundamentos del pensamiento de M. Klein a partir de su ampliación del concepto freudiano de la escena primaria. Klein se ha ocupado en un nivel más general de cómo el niño puede permitir en la propia imaginación, la unión de los padres y luego la formación del objeto combinado, como sucede en el umbral de la posición depresiva. Bion ha cogido todas las ideas kleinianas sobre las relaciones objetales y las ha aplicado a las funciones mentales: la capacidad de producir una función mental creativa depende de la capacidad para permitir a estos objetos primarios el producir tales funciones mentales de modo apasionado y creativo. Bion refiere todo lo anterior a la relación madre-neonato, e hipotetiza que al comienzo el neonato no tiene capacidad para pensar por sí mismo y que tiene necesidad que el pecho materno piensa en su lugar: esto es esencial para que pueda aprender él mismo a pensar. De esto se deriva que el niño, después de haber internalizado el pecho materno, continuará dependiendo no del pecho externo sino del objeto internalizado para poder desarrollar la función alfa.

Se podría preguntar si la parte adulta de la personalidad –que es el resultado de la evolución y de la identificación con estos objetos internos- puede desarrollar la función alfa por sí misma y/o por los otros. ¿Puede un analista, en la situación analítica, desarrollar la función alfa para un paciente? Pienso que la respuesta es que en la transferencia el paciente nos vive como si nosotros pudiéramos hacer eso; para que el paciente pueda vivir al analista como una persona con capacidad para desarrollar en su nombre la función alfa, el analista debe tener tal relación con sus objetos internos como para poder desarrollar esta función por sí mismo.

Los primeros pasos en relación a la función alfa no los podemos hacer nosotros, ni podemos nosotros formar el símbolo: son siempre los objetos internos los que pueden desarrollar la función alfa en nosotros y hacernos estar en condiciones de formar símbolos. Tal proceso permanece siempre inconsciente y sólo puede ser percibido intuitivamente. Pero de hecho podemos intuir de todo: un símbolo creativo, un símbolo inadecuado, una formación de objeto concreta y también una mentira, un símbolo negativo; será responsabilidad del analista el distinguir entre estos símbolos intuidos cuáles son símbolos verdaderos y catar su valor poético.

Me parece que esto es lo más significativo del trabajo de Bion y creo que su teoría sobre la formación de los símbolos se adapta a las exigencias que tenemos en nuestro trabajo de análisis. No sé si esta teoría satisface también a los filósofos, pero es la que nos sirve: ella, de hecho, nos enseña que nosotros dependemos de nuestros objetos internos y de nuestros estados mentales y cuán necesario sea tamizar nuestras intuiciones antes de comunicarle al paciente. Creo que este modelo es muy útil para permitirnos indagar aquel proceso misterioso que nos lleva a sentir que algunas representaciones son extremadamente ricas y enriquecedoras –ricas de significado e iluminadoras de la situación transferencial- mientras otras representaciones parece oscurecerla y tornarla menos transparente. Además tal modelo nos permite indagar sobre el modo en que se generan los símbolos negativos, las mentiras, que aportan material a los sistemas delirantes.

CORTI: Querría preguntar al Dr. Meltzer si puede especificar –a partir del trabajo de Bion- los conceptos de “imaginación” y “fantasía”.

MELTZER: En el modelo que he intentado describir se podría utilizar el término imaginación en relación a la formación de símbolo (pensando al proceso de formación de imágenes y a la función alfa como funciones inconscientes desarrollados por los objetos internos). Los elementos alfa pues –según el modelo de la tabla bioniana- vienen ordenados y organizados desde las funciones del Yo (o del self) en forma narrativa (como, por ejemplo, los sueños y las obras de arte) en una grado creciente de complejidad y abstracción. Tal modelo implica que se puede tener imaginación sólo si en nuestra realidad psíquica están presentes objetos internos con capacidad para desarrollar las funciones arriba indicadas. Pero nos podríamos preguntar: dónde se coloca la imaginación. Podríamos responder que sólo en la posición depresiva es posible una actividad imaginativa-creativa; en la posición esquizoparanoide podemos encontrar, en cambio, repeticiones interminables de fantasías perversas en las que no hay nada creativo. En la posición esquizoparanoide, en síntesis, sólo puede ejercitarse una ficción de imaginación, es decir, un continuo “rumiar” la misma fantasía.

Un segundo problema concierne a la riqueza de la imaginación; creo poder afirmar que lo que diferencia un tipo de imaginación de otro es la intensidad de la pasión con la que se puede permitir reunirse a los objetos; tal intensidad es proporcional a la profundidad de la posición depresiva. Las cosas más importantes del problema de la pasión relacionada con la imaginación han sido escritas por los poetas y por quienes han elaborada una teoría de la poesía (estoy pensando en Keats y en Eliot) y que han reflexionado sobre el problema de la inspiración y sobre los estados internos que permiten la emergencia de una imaginación apasionada.

Pero, volviendo a la pregunta de la Dr. Corti, pienso que se puede hacer una distinción entre imaginación y fantasía diciendo que la imaginación es la función mientras que la fantasía es el producto de la imaginación.

HARRIS: Creo que se puede hablar de imaginación sólo desde el momento en que ya existe un objeto interno con la capacidad de ser utilizado para producir imágenes y para contener la experiencia de la imaginación.

CORTI: Klein cuando habla de fantasía en el niño parece indicar algo espontáneo que se desarrolla sin pasar a través de los objetos internos (objetos que probablemente aún no existen o están en forma muy rudimentaria).

HARRIS: Quizás podríamos continuar intentando distinguirlo diciendo que sólo en la imaginación –y no en el fantasear- existe un “tender hacia una experiencia verdadera”. El fantasear, en efecto, puede servir sólo para alejarse de la realidad y para pasar agradablemente algún momento.

MELTZER: No creo que Klein haya elaborado una teoría de la imaginación porque no ha elaborado una teoría de la estructura y del funcionamiento mental. Me parece que Klein hace referencia sólo al concepto de fantasía inconsciente como algo que reproduce de manera concreta la realidad psíquica.

MAFFEI: Me parece haber entendido que un símbolo, en el momento en que se crea, es nuevo para aquel en cuya mente se encuentra. Querría prestar atención sobre esto “nuevo” que el símbolo es en cuanto se podrían exponer dos posibilidades: la primera es que lo “nuevo” sea casual (como el violeta que puede formarse por el encuentro casual del rojo con el azul) que nace casualmente en la mente del hombre. Esto conduciría a una visión “laica” del análisis, similar a lo que se piensa en genética con la hipótesis de la mutación.

La otra hipótesis se funda, en cambio, sobre la idea de que existe una función en el interior de la mente humana dirigida a la creación de lo “nuevo”: lo “nuevo” no es casual sino que es la mente a crearlo gracias a una particular función suya. Me preguntaba si no era esta la función alfa. Me preguntaba si la aparición de lo “nuevo” no se relacionaría con la emergencia de la tridimensionalidad.

MELTZER: Nos estamos moviendo, en nuestro discurso, propiamente en el área de la tridimensionalidad, de hecho en la bidimensionalidad no hay imaginación, ni creación de significado, ni formación simbólica; sólo hay cualidades formales.

El modelo de la genética, recordado por Ud., me resulta útil como metáfora; de hecho se puede pensar que la función simbólica se desarrolla de modo análogo; en relación a la casualidad probablemente no hay diferencia entre el sistema genético y el sistema de la formación del símbolo porque si usamos el término “casual” en el sentido de accidental debemos admitir que también las mutaciones son accidentales dentro de determinados límites (por ejemplo, entre los límites puestos por los sistemas químicos presentes en la naturaleza). Pero la analogía entre sistema genético y formación de símbolos se derrumba si la usamos de modo muy rígido porque no podemos decir que el símbolo es una criatura que, una vez nacida, tenga una vida independiente de las imágenes que la han producido. El símbolo es una nueva idea sobre la que se puede reflexionar y en cuyo interior se puede descubrir un significado aunque no tenga un significado manifiesto inmediato. Por ejemplo, continuando con la referencia al hombre celoso que teme que se le robe el coche, podríamos llamar celoso también a un niño que llora porque una nube cubre la luna: esta imagen ofrece un significado menos inmediato pero, quizás, mayor espacio a nuestra imaginación; es como un continente para posibles imágenes. En síntesis: en el símbolo el significado no es inmediatamente claro; el símbolo puede, pero no debe, ser llenado de significado; es algo que permite pensar, es como un nuevo continente que permite extenderse.

Bion ha escrito que en razón de la muy prolongada dependencia del hombre, en su evolución, eso ha ayudado a la emergencia de esta función del pensamiento y, por el contrario, tal función ha contribuido a prolongar la dependencia. Se constituye así una relación en cuyo interior se puede hacer la experiencia de la ausencia del objeto: es el objeto ausente el que estimula la emergencia del pensamiento. Es a partir de tal hipótesis que Bion considera la vida del grupo como el “enemigo” de la actividad mental porque en el grupo no existe objeto ausente: se está continuamente rodeado de objetos presentes. Bion enlaza también la enfermedad psicosomática con esta “ausencia de ausencia”. La estructura familiar, por el contrario, permitiendo una prolongada dependencia facilita al niño el hacer la experiencia fundamental de la ausencia del objeto. El pensamiento como actividad humana se evidencia también en el lenguaje y en el juego: los animales, de hecho, pueden moverse como si jugasen pero no están en condiciones de jugar porque en el juego humano hay imaginación. Recuerdo, como ejemplo, el experimento de la mona que estando en una jaula con una banana puesta arriba y un palo en el suelo estaba en condiciones de relacionar los dos objetos usando el palo para coger la banana, pero sólo cuando ambos estaban en su campo visual, pero si el bastón estaba en su espalda la mona ya no era capaz de relacionarlo con la banana porque no tiene imaginación.

CARAFA: Partiendo de la hipótesis de que el símbolo nace de una doble referencia: una lexical y otra afectiva, querría preguntar al Dr. Meltzer si no piensa que los infinitos simbolizantes sean reconducibles a un restringido número de significados, y si es posible interpretar el símbolo fuera de la situación transferencial.

MELTZER: Pienso que el universo de los significados es infinito. Diré que no sólo los símbolos son infinitos sino que lo es también el número de significados posibles para cada símbolo, que podría ser explorado hasta el infinito. Pero también es verdad que cada símbolo ilumina de modo significativo sólo determinada área, mientras arroja luz difusa u oscura sobre otras. En nuestro trabajo analítico nos interesa sólo el área en la que un símbolo ilumina nuestra comprensión. Tornando al ejemplo del niño que llora porque una nube oculta la luna, se podrían hipotetizar infinitos significados simbólicos pero, quizás, es sólo al área de los celos a la que tal símbolo arroja una luz particular Creo que podemos utilizar, para el símbolo, la imagen de una lente puesta a una determinada distancia de un objeto que debe ser iluminado: sólo en aquella determinada distancia y desde aquel punto determinado podrá iluminar al máximo al objeto. Pero, repito, el símbolo no hace otra cosa que iluminar, es decir, arrojar luz sobre aquella área; aquella luz nos hará posible pensar sobre ello. El símbolo no piensa.

HARRIS: Todo esto puede ser aplicado a la poesía: el trabajo no es realizado sólo por el poeta (quien propone el símbolo) sino también por quien lee la poesía extrayendo, a través del propio trabajo mental, los símbolos significativos para él. Así, a menudo, se pueden extraer de un texto símbolos que el poeta no sabía que estuvieran; por eso es que la obra de arte no envejece nunca y permite descubrimientos infinitos.

MELTZER: Las exploraciones tendentes a la búsqueda de nuevos significados son la característica de todas las obras de arte. En la poesía, por ejemplo, el símbolo no está en las particulares palabras escritas sino en alguna cosa que, a través de la actividad compositiva del que lee, puede enriquecerse e iluminar determinada área. No estoy de acuerdo con Poe según el cual “la poesía es aquello que ha sido muchas veces pensado pero nunca, antes, así bien expresado”. Me parece que poesía es aquello que no ha sido nunca antes pensado.

CARAFA: A menudo encontramos en los pacientes la tendencia a negar la realidad interna. Me pregunto si tal defensa no sería reconducible, desde el punto de vista genético, a la alucinación negativa infantil.

MELTZER: A esa pregunta se podrían dar dos respuestas. La primera es que la alucinación negativa no existe en cuanto consiste en el rechazo a prestar atención a un objeto concreto, real. La otra respuesta es que la persecución puede provenir tanto de un objeto malo del mundo externo como ser una externalización de un perseguidor interno. Bion indica una tercera posibilidad en la que la persecución se acerca a la alucinación: el objeto ausente percibido como perseguidor presente. Encuentro muy útil, desde el punto de vista clínico, a esta idea.

 

[1] En Australia se ponen cúmulos de piedra amarilla en medio de la calle para impedir a los automovilistas el tomar las curvas muy velozmente.

Traducción: Carlos Tabbia

 

 

 

 

Más allá de la consciencia

Más allá de la conciencia

[Além da consciência]

Rev. Bras. Psicoanálise, San Pablo, 1992, Vol. XXVI Nº 3, 397-408.

 

En primer lugar, agradezco mucho la invitación. Ahora quiero pedirles que disculpen el egocentrismo, pero pienso el psicoanálisis como una actividad tan altamente individual que todo analista al hablar de su propio trabajo es realmente muy egocéntrico, tanto si considera que está representando alguna escuela en especial, como tal vez piensen que represento a Melanie Klein o Bion, etc., pero la verdad es que el asunto mucho más egocéntrico; de modo que quiero hablar sobre mí y sobre el punto en que actualmente se encuentra mi trabajo y sobre mis preocupaciones actuales.

 

Mis preocupaciones están centradas básicamente en el concepto de superyó y su significado en nuestras vidas, así como su significado en nuestro trabajo psicoanalítico. Para poder hacer esto en psicoanálisis tenemos siempre que volver a la historia, y la historia está siempre en el ojo del historiador, la historia tal como la veo y como la siento y como se impuso en mi desarrollo, de modo tal que quizás no es la misma historia de ustedes. Pues bien: la historia del superyó en cuanto concepto formal data de Duelo y Melancolía y de Psicología de las Masas y Análisis del Yo, de Freud, donde él percibió que había en la mente lo que denominó “agencia observadora” –una agencia que observa al yo- que en el inició denominó “Yo ideal” porque daba la impresión de ser una parte del yo que representaba las mayores luchas del yo. Después pasó a llamarlo “Ideal del yo” porque daba la impresión de ser más autónomo y construir aspiraciones para el yo. Y más tarde, en El yo y el ello, lo cambió por “superyó” porque estaba más impresionado con sus funciones restrictivas y, en cierto sentido, con sus funciones paternas, o que yo llamaría paternalistas. En El yo y el ello afirma que el superyó tiene sus orígenes en la internalización del padre y de la madre y llega a hacer esa afirmación en itálica añadiendo “en cierta forma combinados”. Después en El yo y el ello sin embargo, cuando se refiere al superyó es casi siempre como agencia restrictiva erigiendo prohibiciones en lugar de estimular o alimentar, de tal modo que sus funciones (398) maternales parecen desaparecer y sus funciones paternas parecen adquirir la manera del Viejo Testamento. Y aparentemente el concepto debe su origen a una intención terapéutica que vendría a ser conocida como disolución del superyó, objetivo terapéutico de algunas escuelas de psicoanálisis.

En manos de Karl Abraham el superyó comienza a adquirir una forma mucho más concreta que en Freud. O sea, Abraham hablaba del superyó como estando formado por la internalización o introyección en el yo posteriormente apartado del yo por lo que llamaba gradiente. Pero en manos de Abraham, particularmente en su corto estudio de la libido –que él no estaba seguro de que eso fuese verdad, fuera de la esfera de los estados maníaco-depresivos-, pero en los estados maníaco-depresivos él describía la concretud con que el superyó es aprehendido como figura interna y la forma como puede ser atacado, destruido, transformado en heces, expelido como heces, reintroyectado como objeto fecal e identificado como un objeto fecal-, etc. Aquí entra en escena el trabajo de Melanie Klein sobre el superyó. Aquí entra en escena su trabajo de formulación, no sus observaciones clínicas, porque al comienzo sus observaciones clínicas estaban hechas sobre niños pequeños, que le decían, en términos muy claros, hasta qué punto eran concretos sus superyó, que sus superyó eran figuras internas viviendo en un espacio existente dentro de sus cuerpos, figuras con vida propia que les hacían cosas de las que era posible vengarse haciendo otras cosas, que había una relación familiar sucediendo en su interior, una relación entre ellas y esos, que ahora denominaba Melanie Klein, “objetos internos”. Así, en manos de M. Klein el superyó se tornó muy concreto, el espacio de la realidad psíquica se tornó muy concreto. Sin darse cuenta, en cierto sentido, adoptó una visión muy platónica de la vida mental, o sea, que el significado del mundo es algo generado internamente después desplegado afuera; eso es fundamentalmente muy diferente, desde el punto de vista filosófico, de la actitud científica de Freud, que jamás se apartaba por completo de un concepto neurofisiológico y cerebral de la mente. Melanie Klein se abandonó –se podría decir- a la creencia en lo que los niños le decían. Siempre recuerdo una entrevista en Nueva York en que decía que estaba ansioso por ir a Londres a estudiar con Melanie Klein; una famosa analista observó: “Bien; el trabajo de Melanie Klein sólo tiene un problema. Es que no puede creer en la historia del niño.”

Es verdad, evidente: no puedes creer los hechos del mundo externo. Pero los niños revelan cosas que, si no, sólo se revelan en los sueños, y es necesario (399) acreditar que esas cosas existen y para poder trabajar con una referencia kleiniana es preciso practicar una cierta credulidad acerca de la concretud de la realidad psíquica, acreditar que la realidad psíquica es un mundo, que no puede ser comprendida con términos como “imagos” o “fantasías”, que en ella las cosas realmente acontecen y que esas cosas moldean nuestra vida y nuestras relaciones con el mundo externo.

En las investigaciones de M. Klein hasta 1946 las mayores contribuciones, en mi opinión, tienen, en cierto sentido, esa naturaleza filosófica. Con eso, evidentemente, algunos conceptos –como el de complejo de Edipo- fueron empujados nuevamente a la primera infancia y los conceptos de objetos parciales recibieron solidez y firmeza.

Al mismo tiempo es preciso decir que sus ideas del desarrollo probablemente eran sentidas como una especie de inevitabilidad de tipo biológico. Una sensación de que, como sucede con el desarrollo del cuerpo y su conformación genética, también habría un modelo de desarrollo de la mente que, dadas condiciones satisfactorias favorables, la mente florecería como una flor – o un cardo, cuanto el temperamento era malo-, y que en ese sentido el desarrollo de la capacidad de tener experiencias y aprender con esas experiencias no era efectivamente una cosa central en su modelo de la mente. Eso, en verdad, sólo aparece con la obra de Bion, que en muchos sentidos sólo conocemos, exceptuados algunos escritos preliminares, después de la muerte de M. Klein en 1960, e incluso entonces de forma tan oscura que la mayoría de nosotros precisó de una cantidad de años para comenzar a entender lo que él estaba diciendo y captar su importancia y su alcance.

En el modelo de la mente de M. Klein la relación definida por Freud entre ello, yo y superyó poco a poco se fue simplificando clínicamente, y ese es un problema que muchas personas parecen no entender: ¿por qué artimañas la palabra “self” comenzó a ser utilizada donde antes se utilizaba la palabra “yo”? Ahora bien, no era porque M. Klein hubiese dejado de lado, de alguna forma, el modelo estructural freudiano de la mente, como ello, yo y superyó, pero lo que pensaba y, en cierto modo descubrió, era que en la situación clínica los elementos operativos no son el ello o yo funcionando separadamente. Después que descubrió la ubicuidad de los procesos de escisión, percibió indicios de que en cada fragmento de la personalidad creado por esos procesos de fragmentación, el ello y el yo en verdad operaban conjuntamente y que el ello y el yo juntos son lo que ella denominaba “self”, partes del “self”.

Formulando las cosas de esa manera, gradualmente, ella compuso –y eso puede ser constatado con extrema claridad en ese libro maravilloso y no leído (400) Relato de psicoanálisis de un niño– un cuadro de la forma como el self de un niño y partes de ese self tienen una vida relacionada a esos objetos internos, con una especie de flujo y reflujo continuo de emociones y acciones entre unos y otros, que gradualmente van conformando la evolución de la personalidad en cuanto estructura, que enseguida funcionará como base sobre la cual los acontecimientos y objetos del mundo externo están correlacionados por su significado, provocando reacciones, etc. El primado –o lo que ella denominaba “primado de la realidad psíquica”- era una visión platónica de la vida mental. Y lo que percibió fue que los problemas de desarrollo eran básicamente problemas de integración: que los procesos de escisión eran tan omnipresentes en la infancia y la fragmentación de los objetos también tan frecuentes que los procesos de desarrollo podían ser descriptos esencialmente en términos de reunificación de los pedazos escindidos; y que cada conjunción de trozos escindidos era una conjunción impregnada de conflicto y de dolor psíquico, no sólo una reunión de los fragmentos escindidos del self, sino también una escisión de los objetos.

En términos de los procesos de escisión, esa escisión del objeto también significaba que había un objeto primitivo que había sido escindido para formar el complejo de Edipo; originalmente había un único objeto, objeto que fue escindido en un fragmento maternal y otro paternal; y que ese objeto original –el pecho y el pezón- fue escindido de tal modo que el significado y las cualidades del pezón habían sido asimilados al pene del padre, dando origen al complejo de Edipo pre-genital en un nivel de objeto parcial. Ahora, desde ese punto de vista el complejo de Edipo dejaba de ser –como en la concepción de Freud- un conflicto omnipresente de la condición humana para ser simplemente un ejemplo específico de la necesidad de la reintegración de los procesos de escisión ocurridos en la tierna infancia bajo algún tipo de presión. Más adelante hablaremos un poco sobre la naturaleza de las diferentes presiones tal como M. Klein las veía y ha modificado, como la obra de Bion da forma, y como veo las presiones y a las tensiones de la infancia.

La idea de integración incluye la reunión de lo que Freud denominaba “los padres, en cierta forma combinados” –una idea de objeto combinado vista como la esencia del significado del término “superyó”-, pero, en M. Klein, el concepto de objeto combinado inicialmente no estaba impregnado con significado clínico, aunque, en cierto sentido, ese significado estuviese formulado en las notas críticas al final de la década de 1950 en el trabajo clínico realizado en 1940, con Richard, en el Relato; en esas notas el concepto de objeto combinado ya estaba esbozado o, en cierto sentido, anunciado. En ese momento todo lo que ella estaba en condiciones de decir era que en su opinión el niño no soportaba al objeto combinado que, en cierta forma. era demasiado fuerte para el (401) niño. No es claro lo que ella quería decir con “demasiado fuerte”.

En aquel punto el significado del objeto combinado o, en su forma escindida, los dos progenitores relacionándose entre sí en el mundo, de forma más o menos armoniosa, era el concepto concreto de superyó como estructuración que M. Klein estaba proponiendo, pero en términos de funciones esos objetos internos en verdad no se diferenciaban claramente de lo que podía ser descripto como las funciones de los progenitores en relación a los niños en el mundo externo: que eran protectores, nutridores; que eran restrictivos y prohibidores cuando era necesario; que eran alentadores, etc. podría decirse que tenían buenas funciones generales para crear una atmósfera donde el crecimiento y el desarrollo pudiesen tener lugar, una especie de concepto hortícola de las funciones del superyó, como un invernadero munido del equipo necesario para humidificar el aire, controlar la temperatura, regular la radiación solar, etc. Esos conceptos atmosféricos generales son las funciones del superyó.

Al mismo tiempo la teoría de Bion sobre el pensar, a mi modo de ver, acrecentó una dimensión que es un cambio al menos tan sorprendente como los cambios introducidos por M. Klein al concepto de Freud de superyó. Su teoría del pensar da preeminencia al papel del pensamiento y del desarrollo, pero no sólo pensamiento en el sentido de examinar y resolver conflictos emocionales, y sí pensamiento desde el punto de vista de crear significado y posibilitar a la mente vivir en un mundo significante, no simplemente adaptarse al mundo externo tal como se lo encuentra; porque, al final de cuentas, el modelo de la mente de Freud es esencialmente un modelo adaptativo. Su cuadro del yo sirviendo a tres señores es esencialmente un modelo adaptativo.

Con Bion la vida de la mente adquiere una cierta diferenciación que en la obra de M. Klein no está realmente reconocida o considerada importante, la diferenciación entre la vida en el grupo y la vida en la familia, se podría decir. O sea, la adaptación a la comunidad y a los grupos de personas y la vida de las relaciones íntimas y emocionales, que para Bion era el escenario, el área de la vida en la cual se produce el crecimiento de la personalidad. En su trabajo inicial con grupos y después yuxtaponiendo ese trabajo a la teoría del pensar, podemos ver que él hizo una diferenciación muy nítida entre lo que actualmente acostumbramos llamar relaciones eventuales y contractuales de adaptación y relaciones íntimas y emocionales enfocadas al crecimiento y el desarrollo.

La inferencia es que la búsqueda de la felicidad –encerrada en la Declaración de la Independencia norteamericana- no se hace a través de la adaptación, la búsqueda de (402) la felicidad, se realiza a través del desarrollo, y ese desarrollo tiene lugar en forma de proceso interno y a través de la interacción constante con personas e intereses en el mundo externo que evocan las emociones de las relaciones íntimas.

Es sabido que toda el área de la teoría de los afectos es bastante nebulosa, no sólo en psicoanálisis sino también en filosofía. Tradicionalmente se supone que la yuxtaposición primaria era de amor y odio, que en Freud estaba contenido conceptualmente en los conceptos de instinto de vida e instinto de muerte, modificado apenas superficialmente por Klein cuando ella retiró el odio del nivel instintual para llamarlo “envidia” y colocarlo en el yo y no en el ello. Eso apenas modificó la afirmación general de que el amor y el odio están constantemente en conflicto entre sí. Bion propuso otra teoría de los afectos, en cierto sentido la primera teoría de los afectos puramente psicoanalítica, cuando sugirió que las emociones son, ante todo, el núcleo de la cuestión del desarrollo mental. En Freud las relaciones emocionales son subproductos de las relaciones, no el núcleo del tema, salvo por el hecho de que a veces son dolorosas y a veces agradables, su significado no es importante en sí. En la teoría del pensar de Bion el significado de las emociones es el núcleo mismo de la cuestión de los procesos del pensar, y pensar sobre las emociones es exactamente la materia de la que está hecho el desarrollo de la personalidad.

Así, Bion resolvió comenzar a pensar en las emociones efectivamente como vínculos, como la materia conectiva de que están hechas las relaciones íntimas humanas, y es importante recordar que él no se refería apenas a las relaciones humanas, relaciones íntimas en términos de igual a igual, sino también en términos de la totalidad del área de la vida y de la actividad humana en que se activan intenciones y, tal vez más importante, emociones apasionadas. En ese modelo no se deben confundir emociones apasionadas con emociones violentas, porque las emociones violentas pueden tener cualquier cualidad, y mucho de lo que es experimentado en el área eventual y contractual de adaptación y es sentido como emoción, puede ser adecuadamente descrito como excitación en diferentes grados, sin el rico contenido significativo de las emociones características de las relaciones íntimas.

Al asumir las emociones como vínculos, Bion llegó a la conclusión de que, en verdad, no se trataba de un problema de amor versus odio. Era un problema de emociones versus oposición a emoción, anti-emoción. Él dividió las emociones en tres tipos, no era sólo amor y odio, había también una tercera emoción, tremendamente importante, que Klein denominaba instinto epistemofílico y que Bion prefirió llamar “sed del conocimiento”. Amor, L (love), odio, H (hate) y (403) sed de conocimiento, K (knowledge). Esa nomenclatura peculiarmente condensada, L, H y K, pasó a ser una manera de hablar en teoría de los afectos. Infelizmente, creo que L, H y K no es una buena manera de hablar; no se debería hablar de ese modo porque se pierde un poco de vida poética de las cosas con eso de L, H y K y menos L, H y K.

Así, es muy importante intentar entender, me parece, si se desea comprender la relevancia de la obra de Bion, que este es el núcleo de la cuestión: amor, odio y sed de conocimiento y comprensión son el núcleo de las relaciones íntimas y la materia de que están hechos el conocimiento y el desarrollo. Pero para poder entender lo que significa amor, odio y sed de conocimiento es preciso captar –lo que es más difícil, en ciertos sentidos- qué significa menos amor, o anti-amor, menos odio, o anti-odio, y menos K, o anti-conocimiento. A mi modo de ver, para que todo eso resulte más claro, es preciso traducirlo en un lenguaje con el cual tengamos más intimidad y con significado más rico. Menos L, menos amor, anti-amor, significa puritanismo. Significa oposición a la alegría del placer en las relaciones íntimas y, como se puede ver, esa es una peligrosa anti-emoción. Menos H, menos odio, anti-odio, significa en la práctica hipocresía, algo que, por ejemplo, el poeta Wordsworth señaló cuando dijo que odiar la no-verdad no es lo mismo que amar la verdad. La hipocresía está en ese odiar a la no-verdad, odiar lo que sea, en que el odio se confunde con amar lo opuesto. Y, del mismo modo, menos K o anti-conocimiento, es algo que todos conocemos muy bien como filisteísmo, como oposición a cualquier pensamiento nuevo por la simple razón de que se trata de un pensamiento nuevo, de una nueva idea.

Debido a ese cambio en la teoría de los afectos y a las implicaciones fundamentales de un cambio en la noción de la materia de que están hechas las experiencias emocionales y las experiencias de desarrollo, Bion también sugirió que lo que nos interesa pensar son sólo esas experiencias emocionales que suscitan ese conflicto entre las emociones y las anti-emociones, y que la forma como pensamos sobre ellas va siendo transformada en sueño por obra de la propia emoción.

Ahora, evidentemente, ese fue un cambio absoluto en la visión del significado de la actividad del soñar en nuestra vida y en el proceso de desarrollo. En Freud, como sabemos, soñar era simplemente una función con el objeto de posibilitar el sueño y la continuidad del sueño. En la obra de M. Klein el sueño era una fantasía inconsciente en la que se manifestaba una interacción entre el self y los objetos internos. Pero para Bion el sueño es un pensamiento, el pensamiento primero. Es la (404) representación simbólica inicial del significado de la experiencia emocional y piedra fundamental sobre la que necesariamente se apoyan todos los niveles de pensamiento más elaborados, abstractos, generalizados y organizados. Y, como sabemos, para dar representación a esto él construyó la Tabla, que representaba no sólo una jerarquía en la organización de los pensamientos sino también los diferentes usos posibles del pensamiento y, en cierta forma, implicaba determinado proceso de evolución del pensamiento a través de sus diferentes usos y sus diferentes niveles de desarrollo en ese proceso, cuando madura un pensamiento propio.

El paso entre la emoción y el sueño que da representación a la emoción, sin embargo, lo dejó envuelto en el misterio. Y eso es tremendamente importante, pues representa un cambio de actitud en relación a las investigaciones de la mente que separan al psicoanálisis de las tradiciones de la ciencia, para moverla en una dirección, -una dirección con la cual, en mi opinión, los junguianos están mucho más familiarizados que los freudianos o los mismos kleinianos-, la conjunción con la historia de la evolución del arte, la filosofía y la religión. Donde el concepto de misterio, de que hay misterios sobre el funcionamiento mental que son esenciales, áreas esencialmente misteriosas, impenetrables, donde la mente no consigue penetrar, ya sea en la propia, sea en la de otra persona –ese es un concepto que establece una conexión entre el psicoanálisis y la historia el arte y el pensamiento literario, especialmente, en Inglaterra, con toda una línea de desarrollo literario que va desde Shakespeare a Milton y a los poetas románticos, particularmente Keats, Wordsworth, Coldridge y Blake y que es todo de mediados del siglo XIX. A mi modo de ver, ese es un tributo que debemos a Bion, el de haber establecido esa conexión. Con ella el psicoanálisis, el pensamiento psicoanalítico en Inglaterra establece una conexión con una evolución del pensamiento literario en Inglaterra que nos hace detener a pensar un poco sobre lo que un psicoanalista como Bion debe, en realidad, a la historia de la literatura. Suscita pensamientos sobre cuál ha de ser una preparación para el psicoanálisis. ¿La persona debe estudiar medicina, aprender química, o es mejor hacer un curso de literatura inglesa, etc.? Surgen muchas cuestiones pedagógicas importantes, así como preguntas acerca de cómo trabajamos en el consultorio.

Sin embargo, lo que quiero plantear es que la teoría del pensar de Bion, que señaló la existencia de ese pasaje desde la experiencia emocional para su representación en el sueño, en la formación del símbolo en el sueño, siendo esa una ocurrencia misteriosa que denominó función-alfa, lo que estoy queriendo establecer es que esa constitución de una zona de misterio no sólo transforma la atmósfera de la investigación analítica sino que también tiene una cierta (405) relación con el concepto de superyó. Bion pensaba que una primera realización de la función-alfa en la vida del bebé no es realizada por el bebé, sino que la primera realización de la función-alfa de esa misteriosa transformación de la emoción en símbolo para ser usado en la actividad del soñar es realizada para el bebé por la madre. Y que cuando el bebé está siendo amamantado, el epítome de su relación con la madre, no está simplemente alimentándose con la leche del pecho, también se está alimentando con la rêverie de la madre, que le llega a través de los ojos y de la voz de la madre, así como de la forma como lo lleva a cabo, etc., le transmite algo al bebe que ella elaboró en su mente, algo asociado al estado emocional del bebé y que transmite al bebé en forma simbolizada, de esa forma dándole condiciones al bebé para hacer un sueño y, así, comenzar a pensar sobre la experiencia que está teniendo.

Si eso es lo que el bebé internaliza, si internaliza no sólo un pecho y un pezón que lo alimentan, sino un pecho y un pezón pensantes, entonces tenemos un añadido al concepto de superyó, un agregado que va mucho más allá de los que Melanie Klein jamás había considerado. Tenemos un superyó pensante; y no será sólo un superyó pensante, sino un superyó que necesariamente será el iniciador del pensar siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia emocional frente a la cual no tenía equipamiento para pensar. En realidad, llegamos al corazón de la cuestión: no es sólo el bebé el que depende de la relación con el pecho pensante para iniciar sus procesos de pensar, del que su desarrollo depende por completo; la necesidad de tener un objeto pensante que se puede reactivar en el nivel del bebé siempre que el self se enfrente con una nueva experiencia es una necesidad de todo individuo que quiere ser capaz de continuar su desarrollo más allá de cierto punto. O sea, su capacidad para enfrentarse con nuevas experiencias exigidas por sus nuevas ideas en desarrollo depende de tener un objeto en el nivel infantil capaz de ayudarlo a simbolizar la experiencia emocional y darle una representación en el sueño que será el inicio de su pensar sobre esa experiencia.

Eso, obviamente, suscita cuestiones clínicas de la mayor importancia sobre la función de soñar, análisis de los sueños, el contacto del paciente con sus sueños en el proceso analítico, etc. Este pasaje –el pecho pensante y su importancia en cuanto cualidad del superyó, con el grado de combinación representado a nivel infantil por pecho y pezón combinados y representado en niveles más sofisticados y elaborados como mamá y papá en una relación armoniosa-, da un nuevo significado a lo que Freud definió como concepto del complejo de Edipo y de la escena primaria. Emerge un concepto de superyó (406) que, nuevamente, es muy similar, en cierta forma, a los padres que necesitan tener un área de privacidad donde recogerse sin la presencia de los niños y la Sturn und Drang [i] de cuidar de ellos, una zona de intimidad tranquila y donde pueden hacer lo que sea en su ritual amoroso, cualquiera que sea su significado; y que también tiene sus raíces en el mundo interno, en el hecho de existir, también en el mundo interno, algo semejante a una cámara nupcial donde los objetos internos tienen condiciones de recogerse para renovar su conjunción recíproca, para crear sus bebés, por así decir, y que sus bebés también son pensamientos, símbolos, pensamientos de cuya materia se hacen pensamientos. Ahora, se puede decir que esa es también una teoría de la creatividad. No es sólo una teoría del desarrollo según el cual el desarrollo del self depende y continúa dependiendo de la función creadora, de la función mental creadora del objeto interno. Según esta teoría, toda función creadora considerada artística, científica, tiene sus raíces en la creatividad de esos objetos internos y esa creatividad depende de que los objetos internos tengan permiso para retirarse a su cámara nupcial y renovar su combinación mutua. Evidentemente, el trabajo psicoanalítico nos hace saber que fuerzas tremendas de la personalidad se alinean para no permitir tal conjunción. Su estudio, naturalmente, comenzó con Freud en el Hombre de los lobos y en la definición de la escena primaria elaborada en El pequeño Hans, etc. en términos de su complejo de Edipo, elaborado por Klein, y en la investigación del complejo de Edipo pre-genital, etc. Sabemos que las fuerzas contra esa conjunción, en términos de Bion, se transforman en las fuerzas del menos amor, o puritanismo; de menos odio, o hipocresía; de menos K, menos sed de conocimiento, o filisteísmo; sabemos que son esas las fuerzas alineadas contra las funciones de los objetos internos. Eso nos propone una cuestión que hoy, me parece, está en el centro de mi interés: ¿ese será el fin del desarrollo del superyó?

Según Freud el superyó tiene un desarrollo en sí mismo, no está limitado por lo que es introyectado de los padres concretos y de la infancia. Para él, otras formas de padres originales se acrecientan a lo largo del desarrollo a través de las relaciones con otros objetos amados y admirados y con eso son asimiladas nuevas cualidades al superyó, constituyendo, en cierto sentido, su desarrollo, una evolución de su sofisticación, etc. Esa es una línea de desarrollo en la cual el superyó, tal como Freud lo veía, -y nada se contrapone a ella en la teoría de los objetos internos formulada por M. Klein-, a través de experiencias que llamaríamos “experiencias de transferencia” con objetos amados y admirados, puede asimilar nuevas cualidades que anteriormente no formaban parte de él y que de ese modo ayudarán a su (407) desarrollo.

Esa es una línea de desarrollo. La segunda línea de desarrollo, naturalmente, está implícita en la obra de M. Klein: el self y el superyó pueden progresar en su integración y en la estabilidad de su integración. Esta es otra línea de desarrollo. En ésta el límite es alcanzado cuando el superyó, cuando los padres internos, se tornan estables en su combinación mutua, cuando el self, vencida su ambivalencia de emociones positivas y negativas en relación a ellos, se torne capaz de permitir el mantenimiento de esa estabilidad. Con eso se llega aparentemente a un límite natural. Si ese límite es o no alcanzable, no viene al caso. Pero la cuestión que se plantea es: ¿cómo se da el desarrollo de la raza humana? Porque aparentemente el desarrollo de la raza humana se basa en la introducción –misteriosa- en nuestras vidas de ideas que jamás fueron adoptadas antes y en su asimilación gradual. Ahora, los científicos acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas son descubiertas. Los artistas acostumbran a afirmar que esas nuevas ideas surgen por inspiración. Es probable que ambos estén absolutamente en lo cierto y la diferenciación que hacemos entre artistas y científicos sea errónea. Si los reunimos y aceptamos la afirmación de Shelley de que los poetas son los verdaderos y no reconocidos legisladores del mundo, podemos decir que hay ciertos individuos, tal vez, a veces grupos de individuos, que reciben nuevas ideas y les dan forma, trasmitiéndolas de una u otra forma a su cultura, artísticamente, científicamente, o tal vez en la forma como viven sus vidas. Tal vez esa sea la cosa más importante en Jesús, la forma como vivió su vida, por ejemplo. Esa es una idea nueva. Y el desarrollo de la raza humana, como el desarrollo del individuo, depende de la recepción de esas ideas nuevas.

Esa es la teoría de Bion del místico en el grupo. El místico sería una persona de alguna forma disponible para la recepción de la nueva idea. Claro, esta teoría parte del principio de que el aire que respiramos está abarrotado de nuevas ideas. Se trata de una metáfora, evidentemente, una especie de pintura medieval de un universo rodeado de espíritus que nadie puede ver, excepto el místico. La esencia de eso es que si el superyó fuese capaz de alcanzar, en el individuo, una posición de conjunción constante, de ser un objeto combinado con ese flujo y reflujo de contacto con el self y recogimiento en su cámara nupcial, ese superyó tendría condiciones de recibir nuevas ideas –y esa debe ser la situación en la estructura del mundo interno del artista creador, del científico creador, que, en cierto sentido, nos lleva nuevamente a lo que se acostumbraba llamar la Teoría del “Gran Hombre” [ii] de la evolución, de la cultura. Si pensamos en términos de cultura como la elaboración y la implementación de nuevas ideas, nos sentimos tentados de decir sabiduría, tenemos (408) la tendencia a decir que la sabiduría es una cosa que nos llega de nuestro propio superyó, si evolucionamos, o que es recibida por nuestro superyó del superyó de algún místico e implementada en el interior de nuestras personalidades para que podamos, se me ocurre, incluir dentro de lo que denominaría el dominio adecuado del pensamiento psicoanalítico un concepto de sabiduría que, como la teoría del amor, odio y ser de conocimiento de Bion, nos da condiciones para dar solidez psicoanalítica a un concepto de pasión. Y esos dos agregados a nuestro (?) [iii] de pensamientos e ideas con que escuchamos y observamos a nuestros pacientes me parece, también, acrecentar un poco más de humanidad al modo como trabajamos en el consultorio: preocupándonos como recuperar, en nuestros pacientes, su capacidad de tener intereses y relaciones apasionadas, y el establecimiento, dentro de sí, de la posibilidad del desarrollo de sabiduría.

[i] El Sturm und Drang (‘Tormenta e ímpetu’) fue un movimiento literario, que también tuvo sus manifestaciones en la música y las artes visuales, desarrollado en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII. En él se les concedió a los artistas la libertad de expresión a la subjetividad individual y, en particular, a los extremos de la emoción en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración y los movimientos asociados a la estética. El nombre de este movimiento proviene de la pieza teatral homónima, escrita por Friedrich Klinger en 1776.

[ii] La Teoría del Gran Hombre se inclina por la idea de que fueron los hombres los que hicieron posible los sucesos más importantes de la historia. Sin algunos hombres en concreto, algunas cosas no hubiesen sucedido. La idea básica es que los líderes de los grandes procesos históricos nacieron para ello, no fue el contexto histórico, ni socio-económico el que los formó: «Los líderes nacen, no se hacen». Esa es la premisa básica de esta teoría. La Teoría del Gran Hombre surge durante el siglo XIX y se le atribuye al historiador y ensayista inglés Thomas Carlyle. Según él «La historia del mundo no es otra que la biografía de los grandes hombres».

[iii] El signo ‘?’ consta en la traducción portuguesa de la conferencia.

Trad. del portugués, negrillas y notas: Carlos Tabbia

Sobre la imaginación.

Sulla immaginazione

Quaderni di psicoterapia infantile, Nº 3

Borla, Roma, 1984, 132-169

 

Al finalizar la conferencia de Peruggia he usado la palabra imaginación. Quiero ver ahora qué rol desempeña la imaginación en la teoría mental que usamos, qué significa para nosotros.

Si recorremos la historia del psicoanálisis, en su evolución a través de la uni, bi, tridimensionalidad (y quizás también tetra-dimensionalidad) vemos que, como toda teoría científica, se desarrolla siguiendo su lógica. Médicos, científicos y biólogos han sido, sobre todo, quienes se ocuparon del psicoanálisis, entonces en sus comienzos éste siguió el desarrollo de las ciencias biológicas –cuya lógica interna parte de hipótesis simples-, como si los hombres pudieran ser considerados seres simples. Pero los que provenían de otras disciplinas –psicólogos, sociólogos, antropólogos- no estuvieron de acuerdo con esta línea de desarrollo del psicoanálisis considerando que las teorías de tipo naturalista no correspondían con lo que se ocupaba el psicoanálisis.

Creo, pues, que es importante estudiar las primeras teorías psicoanalíticas, por ejemplo la de la libido, no sólo por su interés histórico, sino también porque describen, de modo bastante preciso, determinados niveles de la vida mental. La historia del psicoanálisis es interesante no sólo porque nos muestra el modo en que ha sido construido –por así decirlo- “ladrillo sobre ladrillo”, sino también porque el desarrollo mental se estructura de modo análogo; es necesario, pues, estudiar todos los elementos con los cuales es “construida” la mente. En efecto, si en la investigación arqueológica, por ejemplo, encontramos unas [132] ciudades construidas sobre las ruinas de otras, cuando nos ocupamos de biología (de embriología) y estudiamos la estructura del individuo, nos damos cuenta que la nueva estructura no pisa las viejas, superponiéndose a algo muerto, sino que la estructura, y particularmente las funciones se desarrollan las unas sobre las otras.

Confirmando esto, Bion dice que en la historia de la evolución no se ha perdido nada de los seres humanos más primitivos: desde los unicelulares en adelante, todas las estructuras se encuentran, de algún modo, en el hombre. Esto supone que la mente humana se ha construido según el mismo modelo del cuerpo: así como las estructuras fundamentales del cuerpo han permanecido y se han desarrollado, también las estructuras más primitivas de la mente continúan permaneciendo y desarrollando sus funciones. Encontramos pacientes que viven en un nivel unidimensional en quienes son visibles –como si fueran las únicas a operar- ciertas funciones del tropismo: la búsqueda de la comida, la expulsión de los excrementos, la reproducción.

Examinando algunas teorías de Freud se puede ver cómo había estudiado la manera en que la imaginación había interferido en el desarrollo de los instintos y en su funcionamiento. Eso sucede claramente en las funciones reproductivas y en las sexuales, pero podemos reencontrarlo también en otras funciones: hay personas, por ejemplo, en las que la función de protegerse de los peligros padece interferencias por problemas emotivos que le impiden desenvolverse de manera correcta; hay personas cuyo instinto de nutrición no funciona, de tal modo que pueden arriesgarse a morir de hambre.

Pensando en la mente como una estructura realmente estratificada, cuando con los pacientes enfrentamos problemas de nivel estético o de relaciones emotivas íntimas podemos ver, poco a poco, como éstas están ligadas con las estructuras más primitivas, casi como si fuera un pliegue que abriéndose muestra todo el paso desde las estructuras superiores a las inferiores. Hay, pues, personas que habiendo tenido un “defecto” fundamental en su desarrollo han crecido casi normalmente pero con tal “defecto”, en cierto modo, siempre listo a resurgir.

Ahora les hablaré de un niño que no tuve en análisis pero del que conozco bastante exactamente la historia porque primero el padre y luego la madre [133] han sido pacientes míos. Tercer hijo, nacido diez años más tarde del primogénito, no fue deseado por la madre que intentó abortarlo de varios maneras, en cambio el marido insistió para que el embarazo llegara a término. Cuando nació tenía un aspecto muy demacrado, como si en los últimos dos o tres meses la placenta no hubiera funcionado. Unos dieciocho meses más tarde le nació un hermanito. Su desarrollo parecía satisfactorio, pero daba la impresión de que había algo, un “agujero” en su personalidad. Era extremadamente pesimista. Era muy pequeño para su edad; en su desarrollo óseo tenía, a los trece años, un retraso de dos años, con relación a la norma. A pesar de tener energía, se cansaba muy fácilmente. Siempre tuvo problemas con la alimentación; su madre tenía pechos más bien grandes y con muchísima leche pero él se prendía un poco, después de lo cual o comenzaba a vomitar o miraba para otro lado rechazando succionar. Lo mismo sucedió luego con el alimento sólido: necesitaba que se le pusiera en el plato una cantidad mínima, la comía, luego se le podía agregar otra. Del mismo modo se comportaba con respecto al aprendizaje: aunque era muy inteligente, aprendía poco por vez, tenía necesidad de estudiar un poco, luego ir a jugar, hacer luego una tarea escolar, mirar la televisión, etc., como si no pudiera dedicar mucho tiempo al estudio.

El hermanito más pequeño, un niño más bien robusto, le hacía de “esclavito”: lo admiraba mucho y lo seguía por todas partes. Esta admiración le servía de gran soporte; pero hace un año, el hermanito comenzó a hacerse amigos con los que salía, no siguiendo más al mayor. Esa “independencia” coincidió con el hecho de que el niño, de quien estamos hablando, pasó a otro ciclo escolar, superior, por lo que ya no asistía a la escuela del hermano. Parecía odiar a la nueva escuela pero tanto los padres como yo pensábamos que la cosa se ajustaría cuando el hermano, al curso siguiente, concurriera a la misma escuela. Inicialmente sucedió así y durante un tiempo la situación mejoró pero el hermano se hizo de un nuevo grupo de amigos y nuestro niño recomenzó a tener problemas de relación con la escuela, a estar mal, a llorar. Realicé dos entrevistas con él y en cada una contó un sueño. En el primer sueño está jugando a la pelota [134] con los amigos y con el hermano. Al final del juego le pide al hermano que lleve a casa la pelota mientras él se va en bicicleta. El hermano rechaza y se aleja dirigiéndose a una calle que él no consigue seguir, impedido también por el hecho de que está andando en bicicleta llevando la pelota en la mano. Aunque el campo de foot-ball está cerca de la casa, en el sueño el camino es muy largo y hay una serie de peligros: los niños, primero, y los hombres, después, que lo amenazan. Intenta llegar a su casa y cada tanto se le aparece el hermanito que le dice: ‘Dale, ve rápido que mamá te espera’, pero no consigue llegar”.

En el segundo sueño está marchando de la escuela por las vacaciones de Navidad y mientras sale la maestra lo llama y le da una gran cantidad de tareas escolares para la casa. Estalla a llorar, desesperado, pensando que, con todos esos deberes, no tendrá tiempo para hacer otra cosa.

Me parece que lo anterior puede relacionarse con lo que Bion decía a propósito del nacimiento al que consideraba una experiencia pero no el inicio de la vida mental. En estos sueños vemos un elemento que deviene, de repente, un peso insostenible: la pelota, primero, las tareas escolares después, que el niño podría hacer según su costumbre, un poco cada vez, pero que le parece un peso enorme, si le es dado todo junto por la maestra. Tenemos la impresión de que el niño no ha tenido una buena experiencia de un objeto que nutre y sostiene: primero la placenta de la madre que, de algún modo, no lo ha nutrido adecuadamente, después la madre misma que al nacer no estuvo en condiciones para realizar sus indispensables funciones porque tenía crisis depresivas.

Si pensamos en la mente como algo estratificado y en el desarrollo de la vida como algo que sucede a través de todas las dimensiones, debemos interrogarnos sobre la naturaleza del método psicoanalítico y su modalidad de funcionamiento: él operaría sobre todo a nivel de transferencia (que es el nivel de las relaciones íntimas, estéticas). ¿Puede, entonces, el método psicoanalítico hacer algo por el tipo de trastorno que presenta este niño? Por otra parte, el método psicoanalítico no comporta solo la transferencia, sino también el hecho de que hay dos seres humanos que están juntos, hora tras hora, día tras día, por años teniendo una relación que [135] presumiblemente también deriva de todos esos diversos niveles. Los pacientes, por ejemplo, a menudo vienen al análisis desde muy lejos, y eso se relaciona con el tropismo porque deben encontrar el camino para llegar a la sesión, no perderla. Para dar otro ejemplo, un paciente mío que casi se había dejado morir de hambre, al principio no parecía encontrar atracción alguna por el análisis, como si le fuera algo extraño, sin embargo venía regularmente a la sesión atravesando Oxford en bicicleta y nunca llegaba tarde. Un día, apenas llegó, se durmió un instante durante el cual se le presentaron a la mente una serie de imágenes. Una de las más interesantes fue la siguiente: su coche, que está en la calle, es golpeado por un gran mazo de críquet, entonces comienza a moverse, circulando por la ciudad, hasta llegar delante de la puerta de mi consulta. No parecía atraído por el análisis sino que venía empujado, de modo violento, por un golpe. Examinando este problema emergió que en realidad venía al análisis sólo porque los padres se lo pagaban y él no se podía permitir el lujo de perder sesiones. El análisis, en relación con lo dicho, opera también en un nivel contractual: se acuerda con el paciente sobre las horas en las que acudirá y cuánto pagará. Además hay elementos ligados a la relación de grupo; cuando un paciente comienza el análisis entra a formar parte del grupo de los que hacen análisis, no sólo con su analista, sino con todos los analistas del mundo, y se puede hacer una idea de cómo deberá comportarse un analizando, conformándose con tal imagen. Además existen las bien conocidas dificultades del paciente que, por ejemplo, tiene un amigo también en análisis. Los dos pueden comenzar a hablar de sus terapias y descubrir entonces que los analistas se comportan de modo diverso; uno cuenta que su analista al final de la sesión le da la mano, el otro analista no da la mano y entonces su paciente puede escandalizarse diciendo al amigo de que se trata de un comportamiento sexual, o también puede enfadarse con su analista porque no le da la mano. En el nivel de las relaciones íntimas se encuentran otros tipos de dificultades porque, por ejemplo, las relaciones íntimas comportan contacto corporal y entonces el paciente puede lamentarse del hecho de que el analista no lo toca o que [136] ni siquiera puede verlo desde el diván. El último estadio, en la relación analítica, quizás es propiamente aquel en el que se entiende que la intimidad es “de mente a mente” y que una relación íntima que comporte contacto físico lo utiliza como un medio particular para alcanzar el contacto entre mentes.

La paciente de la que hablé en el seminario de Peruggia (que lloraba contemplando una hermosa puesta de sol y al saber que el hermano había tenido un hijo) llegó un jueves a la sesión diciendo que se había despertado con un gran dolor de cabeza, cosa bastante rara en ella. Dijo que se sentía muy triste, pensaba en las dificultades escolares de su hijo, en los exámenes que su hija debía hacer, en los problemas para encontrar casa (recién se había divorciado). En cierto momento, se sintió muy bien y le parecía que todo se había iluminado; esa felicidad la había experimentado cuando, viniendo a la sesión, vio la puesta del sol. Era la segunda puesta del sol de la que hablaba en el análisis; mirándola tuvo la sensación que el analista estaba dentro de su mente, allí con ella, y que experimentaba, al ver tal espectáculo, la misma sensación de belleza y de felicidad. El resto de la sesión fue particularmente bella porque la paciente pudo evocar mucho material ligado a la puesta del sol y con otras cosas. Pero al otro día me miró como si fuera un perfecto desconocido y habló de varios temas prácticos (cómo encontrar casa, acompañar a su hija a la escuela). Le pregunté, entonces, qué había pasado con la sesión anterior y dijo no recordar nada. Intentamos reconstruirla juntos, trocito a trocito, pero no llegaba a reconstruirla por sí misma. Cuando se pudieron recorrer todas las etapas de la sesión, la paciente comenzó a llorar, y ante mi pregunta respondió: “debo haber herido sus sentimientos”. Conectando este llanto con el de la primera vez en la cual, viendo la puesta del sol, estalló en lágrimas porque el sol había desaparecido y con el llanto por la noticia del nacimiento del sobrino (interpretado como celos) pudimos intuir cómo bajo tal comportamiento había un problema de separación. El problema es que el objeto aparece también dentro de ella, luego es expulsado por los celos y completamente olvidado. Todo esto podría ser un ejemplo de la función de la imaginación: la paciente [137] parece pasar desde un vértice de felicidad a un vértice de celos, en el sentido de Bion.

Ahora podemos preguntarnos en qué se diferencia la imaginación de la fantasía tal como ha sido descrita por Klein. Durante todo el tiempo que he trabajado con Klein he pensado que la imaginación era la fantasía y la fantasía la imaginación. Esta sería una teoría particularmente satisfactoria de la imaginación, si se la combina con la de los procesos de splitting que nos permite pensar la mente como dividida en varias partes que experimentan las mismas situaciones pero de modo diverso. Pero hay algo que no funciona en tal teoría porque implicaría que cuanto más splitting se lograra más imaginación se tendría, mientras que la experiencia clínica nos muestra lo contrario, es decir, que sólo se puede tener mucha imaginación si se está bien integrado. Por eso me parece que la teoría de los vértices de Bion ofrece una aproximación más satisfactoria al problema de la imaginación. Recientemente, pocos meses antes de su muerte, tuvimos una serie de seminarios con Bion (ocho en un mes) en el cual pudimos ver su imaginación en acción. El modo de trabajar de Bion cansaba mucho al auditorio porque era extremadamente difícil seguir el funcionamiento de su imaginación. En sus escritos hay una cita: “la respuesta es la desgracia de la pregunta”; nosotros en general estamos habituados que al formular una pregunta, esperamos una respuesta. Una cosa que siempre irritaba a todos era que Bion nunca respondía a la pregunta. He notado que él hacía justamente lo contrario: cambiaba la pregunta formulada por una multiplicidad de preguntas; le daba vuelta y la traducía en muchísimas otras, como buscando verla por una miríada de puntos de vista diversos. A veces en todo este giro que él hacía, teníamos la impresión de que se había olvidado de la pregunta y que había perdido el hilo del tema.

Uno de los cambios más importantes que introdujo Bion en la técnica analítica es aquello de no preguntarse más qué cosa significa el material traído por el paciente, sino qué quiere decir el paciente. Eso implica que lo que no es claro no es el material sino el paciente. En primer lugar no es claro si no sabemos cuál es el significado que el paciente atribuye a las palabras que está pronunciando. Una vez aclarado con él cuál es el significado de las [138] palabras que ha usado, el segundo paso será buscar entender qué cosa quería decir con aquellas palabras (es necesario hacer eso aunque parezca que ya se ha entendido). Aclarado lo que el paciente quería decir con la pregunta formulada o con la fantasía verbalizada, se puede pasar al método de Bion de fraccionar la pregunta en una multiplicidad de otras preguntas: así de la pregunta inicial surgen materiales nuevos del mismo modo que cuando se fracciona el petróleo surgen varios subproductos. Para imaginar esos diversos puntos de vista en torno a la pregunta es necesario tener mucha fantasía: es necesario salir de nosotros mismos y buscar ver el mundo con ojos distintos a los que solemos usar para mirar. Si el paciente describe cierta situación debemos ser capaces de verla a través de una multiplicidad de puntos de vista, así como pudo haberla visto el paciente, su mujer, sus hijos, su perro. En general creemos que podemos hacerlo a través del proceso que llamamos identificación, pero tenemos bastante experiencia para saber que hay muchos riesgos al usar la identificación con el paciente. Si utilizamos una modalidad de identificación adhesiva, por ejemplo, nos identificaremos sólo con aquella parte del paciente relacionada con su posición social, su clase, su modo de vida; en cambio, si usamos la identificación proyectiva corremos el riesgo de engañarnos, porque creyendo ver “a través de los ojos del paciente” estaremos en realidad mirando sólo “desde una ventana”. Tomemos, por ejemplo, el paciente al que aludimos antes, aquel que se había dejado morir de hambre. En el cuarto mes de análisis, cuando todavía estaba “atrapado” dentro del objeto, estaba en su habitación y, desde la ventana, miraba el Magdelen College, que es uno de los College más hermosos de Oxford. Era primavera y los estudiantes estaban preparando una obra de teatro de Sartre (que no recuerdo) y mi paciente, a través de la ventana, miraba con mucho desprecio lo que los estudiantes estaban haciendo. Dos meses más tarde tuvo dos experiencias: una noche no podía dormir, estaba pensando que debía retomar los estudios para superar el examen de admisión a la universidad pero no conseguía pensar en cómo hacerlo. A las tres de la noche salió al jardín y, extremadamente infeliz, se sentó allí, al frío. El College estaba todo iluminado; el paciente se dirigió al portón y vio el parque con los ciervos que dormían. [139] Pensó, con gran nostalgia, cómo le hubiera gustado ser un alumno de ese College. Dos días más tarde relató su segunda experiencia: estaba trabajando y repentinamente le vino un gran deseo de regresar a su casa para ver en la televisión una telenovela: “Orgullo y prejuicio”. Detestaba a la persona que había hecho la adaptación a la televisión, una mujer a la que consideraba “una chapucera” y quería ver la telenovela para estar en condiciones de criticar el trabajo, ridiculizándolo. Entonces, mirando la novela, a pesar de criticarlo aparentemente, poco a poco comenzó a gustarle el espectáculo pero sentía que le molestaba mucho admirarlo. Relacionando ambas experiencias descritas y aproximando el vidrio de la ventana al de la televisión pudimos hipotetizar que mirar la televisión correspondería, para el paciente, a dos situaciones: una, es el mirar dentro del objeto, la otra es el mirar a través de los ojos del objeto. Este material parece mostrarnos que imaginar qué sucede en la mente de otra persona requiere la capacidad de “mirar dentro”, capacidad relacionada con la muy primitiva experiencia del niño que mira dentro del pecho y del cuerpo de la madre.

En Peruggia también relaté otro sueño de la paciente antes citada en el que ella miraba dentro de una habitación donde algunos obreros estaban trabajando y temía que el techo pudiera derrumbarse. Este ejemplo parecería un ejemplo de voyeurismo, de intrusión en la “escena primaria”; si lo miramos a la luz de la teoría de Bion sobre continente-contenido y sobre el modo de operar la función alfa, también podría parecernos la representación del intento de mirar dentro de la mente de alguien para ver cómo piensa, cómo maneja los pensamientos y no para saber de qué pensamientos está llena. Parece la imagen de alguien que quiere entrar en la cámara nupcial para descubrir el elemento más íntimo existente, no lo que se hace, sino cómo son pensados los pensamientos. Hay una diferencia esencial entre invadir la privacidad de los genitales de los padres y buscar la oportunidad de mirar dentro del pecho. Me parece que este es el punto que caracteriza un tipo de imaginación libre de esparcirse en la mente de otros y de imaginarse qué cosas están sucediendo. Retornando a la paciente y relacionando el sueño de la habitación cuyo techo [140] podría derrumbarse, con el llanto posterior a la llamada telefónica en la que se enteró del nacimiento del sobrino, podemos pensar que ella todavía no había superado los “celos por los otros niños”. Ya está en el tercer año de análisis y por motivos profesionales conoce muchos pacientes míos con los que se relaciona amistosamente, sin embargo nunca había pensado que yo pudiera tener hijos o nietos; en una sesión reciente, exclamé en relación con el material: “oh niños, oh hijos míos” y ella casi cayéndose del diván por la sorpresa dijo: “nunca se me había pasado por la cabeza que usted pudiera tener hijos”. Ahora bien, creo que el tipo de imaginación verdaderamente libre de espaciarse y mirar dentro de la mente de otro es aquella basada en la capacidad del niño de mirar de modo amistoso dentro de la madre, de poder ver y entender los niños, los pensamientos, los sentimientos internos, todo lo que sucede sin experimentar celos. Quiero subrayar aún lo difícil que es liberar la propia imaginación porque esto comporta saber mirar en la mente y en la vida de los otros sin invadirlas; significa saber controlar la propia curiosidad para no invadir aquella parte privada de la vida de los otros (como la vida sexual de los padres), elemento presente, en cambio, en el sueño de mi paciente.

Pienso que el retiro de la imaginación sea el punto central en la regresión de la tridimensionalidad. En la teoría de Klein no había ninguna posibilidad de concebirla, ni siquiera como problema; sólo con el trabajo de Bion sobre el pensamiento y con su descripción sobre el modo en que el pensamiento puede ser atacado, tenemos los medios teóricos para entender qué significa el retiro de la imaginación. En cierto sentido, el primer paso consiste en el retiro desde la posición depresiva a la esquizo-paranoide; el segundo, en el retiro del objeto total al objeto parcial (es decir, de un objeto con una identidad individual a un objeto con una identidad de clase), el paso siguiente en el retiro es desde la relación objetal al narcisismo (es decir, desde la relación de tipo familiar a la de grupo tipo “banda”); finalmente, es el retiro desde la banda-narcisista al grupo de Supuestos Básicos. Es aquí donde sucede el pasaje desde la tridimensionalidad a la bidimensionalidad. Me parece que en los grupos de Supuestos Básicos la modalidad de identificación [141] es adhesiva, consistiendo en la imitación del comportamiento de los otros miembros del grupo. En las relaciones de tipo narcisista, en cambio, hay una identificación proyectiva (mi hipótesis contrasta con lo que dice Bion cuando afirma que la comunicación en el interior del grupo de Supuestos Básicos está fundada sobre la identificación proyectiva). El paso siguiente es el aislamiento tal como podemos verlo en el niño autista. Luego tenemos el desmantelamiento autista, es decir, la unidimensionalidad del autismo propiamente dicho. En este esquema –que podemos utilizar para describir las regresiones- encontramos en la cumbre: la imaginación, la experiencia estética y las relaciones íntimas.

En este momento debemos preguntarnos cómo ha tenido lugar esta regresión y cómo, una vez iniciada, retrocediendo recorre todas las etapas. Siempre me conmueve el constatar cómo el nacimiento de un hermanito pueda representar un golpe tan fuerte para un niño, porque el embarazo de la madre reclama un enorme esfuerzo en su capacidad imaginativa, pues intensifica su curiosidad por el niño que está dentro de la madre y por la sexualidad de los padres. Una inicial deprivación en un niño que ya hubiera alcanzado un nivel de comunicación íntima y estética puede disparar una regresión desde la posición depresiva (de las relaciones íntimas) a la esquizo-paranoide, a la posición narcisística hasta el nivel de los grupos de Supuestos Básicos, a la bidimensionalidad.

Ahora quisiera volver un momento a mi paciente porque me parece que ofrece un ejemplo muy interesante del retiro de la imaginación. Intentaré reconstruir su desarrollo: es la primogénita, nacida poco después del casamiento de sus veinteañeros padres. Ellos, durante la gestación, eran felices. La niña no solo pasó su primer año y medio de vida en la cama de los padres sino que estaba colocada en el centro, por así decirlo, de su matrimonio: parecía la encarnación de su felicidad conyugal. Cuando fue sacada de la cama matrimonial, de alegre y simpática se tornó llorosa y se lamentaba; la madre reconocía que no podía soportarla más. La relación con la madre se deterioró a tal nivel que la niña comenzó a recurrir al padre. En ese período el matrimonio de los padres entró en crisis. La madre volvió a [142] embarazarse y esto parece haber arruinado también la relación de la niña con el padre. De brillante que era, devino opaca, obtusa, llena de celos por el hermano; así fue durante toda la latencia. Después sobrevino la adolescencia: era particularmente bella, una “jovencita en flor”, muy cortejada, lo que la devolvió al estado mental de la primera infancia. Se casó muy joven y recorrió con su marido las primeras etapas de su feliz infancia: parecía una esposa-niña que vivía, de manera infantil, una experiencia en la cual era esposa e hija al mismo tiempo. Eso fue así mientras tuvo sólo un hijo; con el nacimiento del segundo comenzaron las dificultades y las relaciones con el marido se fueron deteriorando hasta la separación.

Del Carlo Giannini: Me parece haber entendido, en el Seminario de Peruggia, que la tridimensionalidad está ligada a la posición depresiva; no he entendido la relación entre la tridimensionalidad y la posición esquizo-paranoide.

Meltzer: Lo que quería subrayar hoy es que la posición esquizo-paranoide puede ser entendida, esencialmente, como la primera posición de retiro de la imaginación de aquella situación en la que se ve la belleza del objeto y se experimenta el deseo de conocerlo (lo que Bion llama “momento K”). Leyendo las obras de Klein parece, en cambio, que la posición esquizo-paranoide es considerada como el estadio mental típico de los tres primeros meses de vida. Al describir Bion la relación con el pecho como una relación en la que objeto desarrolla la función alfa para el niño, que luego es introyectado para continuar desarrollando esa función como objeto interno, se deriva que la posición depresiva puede existir desde el comienzo de la vida. Desde esta óptica, lo que Klein describe como “inicio de la posición depresiva” (en el niño de tres meses) no parece eso sino, más bien, la inicial experiencia de retiro de la posición depresiva, con la aparición de angustias depresivas.

Nuestro trabajo con niños autistas nos hace pensar de modo diverso la hipótesis de Klein según la cual la escisión-e-idealización representaría la primera fase del desarrollo del niño; creemos que el proceso de escisión-e-idealización da origen, más bien, al movimiento que va y viene entre la posición depresiva y posición [143] esquizo-paranoide. Según esta hipótesis, por tanto, la posición depresiva se iniciaría con la experiencia que el niño tiene con el pecho como objeto pensante; a continuación estaría la escisión-e-idealización que pondría en movimiento fuerzas destructivas de la personalidad dando paso al retiro de la posición depresiva (que produce angustias de tipo depresivo). Me parece que todo esto está ejemplificado en el caso de mi paciente, quien ha tenido una sesión muy bella para olvidarla completamente al día siguiente.

Siguiendo esta hipótesis la posición depresiva podría ser definida –en los términos de Bion- “posición estética en la relación con el objeto” y se podría utilizar la palabra “depresiva” o “angustias depresivas” para indicar el retiro de la posición estética.

Del Carlo Giannini: ¿Eso es lo que Bion ha definido patología de la identificación proyectiva?

Meltzer: Al describir la diferenciación de la parte psicótica de la personalidad de la no psicótica, Bion describía, en realidad, la diferenciación de la parte esquizofrénica de la personalidad, con su uso particular de la identificación proyectiva. Bion ha colocado la identificación proyectiva en un espectro que va desde un uso fisiológico a un uso sádico, patológico. Encontramos un uso constructivo de la identificación proyectiva, por ejemplo, en la primitiva modalidad de comunicación entre madre e hijo y su uso patológico cuando está al servicio de una curiosidad de tipo destructivo (más o menos lo que Klein describe como inicio del instinto epistemofílico). Hoy he intentado describir la imaginación como algo opuesto al voyeurismo intrusivo: la imaginación es el deseo de entrar en el objeto para conocerlo, es decir, con la función K.

Brutti: Querría discutir con el Dr. Meltzer el problema de la regresión; me parece que en el pasado se había subrayado bastante que sería importante estudiar el hecho a partir del cual el niño comienza a regresar.

Meltzer: Estoy de acuerdo; creo sin embargo que tal hecho es extremadamente difícil de coger: puede ser el primer [144] punto de interés pero el último que sea posible observar.

Brutti: ¿Quiere decir que sólo se lo puede conocer a posteriori, a partir de los efectos?

Meltzer: Sí, aunque es importante tener siempre en mente que es propiamente allí a donde es necesario llegar, pero sin mucha prisa.

 

Brutti: Sin embargo nosotros en la historia de muchos niños autistas hemos constatado que ha habido una evolución “normal” hasta el momento en que se ha iniciado una regresión hacia estados más primitivos. ¿Se puede pensar que antes de “volver atrás” habían alcanzado, en algún modo, la tridimensionalidad?

Meltzer: Una cosa que nos ha impresionado notablemente y que hemos afrontado también en Exploraciones en autismo es el hecho que los niños autistas por “temperamento” tienen una intensa capacidad estética.

Brutti: ¿Se podría, por tanto, decir que se ha verificado como una “caída” respecto de un objeto que gratificaba aquellas instancias estéticas desarrolladas en esos niños? ¿Ellos regresarían hasta un estado unidimensional en el que no se podrían experimentar más sentimientos estéticos ni ningún otro tipo de experiencias que presupongan un mundo interno?

Meltzer: Pienso que sí. Para retomar el tema: los niños autistas tienen una capacidad estética particularmente intensa; en cierto punto se encuentran muy prematuramente con el dolor depresivo (el temor de dañar al objeto estético) entonces se retiran del objeto privándose de la experiencia estética. De tal privación, luego, son como empujados hacia atrás hasta el punto de llegar a destruir su propia capacidad mental. Un niño autista, que sigo a través de la supervisión desde hace cuatro años, repite continuamente la misma acción: intenta construir un objeto estético pero privado de cualidades humanas (por ejemplo un objeto musical) caracterizado de modo muy preciso; debe ser un objeto que él pueda poseerlo, construido por él mismo, indestructible, un objeto –en otros términos- respecto al cual no [145] deba experimentar la separación y que no le cueste nada en el plano emotivo. Durante la sesión, si la cualidad descrita respecto a tal objeto es correlacionada con el terapeuta –es decir, con un ser humano- el niño se comporta, inmediatamente, de modo autista: comienza a caminar por la habitación, dibujando grandes círculos, golpeando la cabeza contra las paredes, etc.

Martha Harris: Parece que el objeto antes descrito fuera construido más desde la fantasía que desde la imaginación; construir un objeto con la imaginación significa permitir que tenga una parte misteriosa, que no se sepa todo sobre él.

Meltzer: El niño construye tales objetos con trocitos de varios metales, encontrados por la calle como si buscase hacer un objeto por medio del cual pueda haber, de algún modo, una experiencia estética sin que su imaginación sea sacudida al experimentar el misterio del mismo objeto. Su terapeuta, muy bonita, relata que el niño –durante el primer año de análisis- entraba en la habitación, la miraba con admiración y le decía: “¡que muñeca!”.

Harris: Construcciones del tipo antes descrita parecen la antítesis de la actividad creativa, la cual comporta el uso de la imaginación; usar la imaginación puede parecer peligroso a estos niños en cuanto les llevaría, por ejemplo, a experimentar contradicciones en el objeto y, además, a conocer al objeto. Con los objetos construidos por medio de lo que defino fantasía parece, en cambio, que el niño no deba usar el mecanismo de aprender de la experiencia.

Meltzer: Para muchos el producto más alto del arte de Miguel Ángel sería Los prisioneros en los que no hay nada incompleto: están completos en su incompletud.

Cerletti: Me parece que lo dicho por Meltzer sobre las últimas ideas de Bion acerca de la posición depresiva inicial da un golpe mortal al punto de vista genético en psicoanálisis. ¿Cómo se encaja, entonces, el problema de la regresión tal como la ha presentado Meltzer? ¿Se puede hablar de diferenciaciones de una función en el sentido de Goldstein, por ejemplo? [146]

Meltzer: Uno de los puntos fuertes de la metapsicología freudiana es el hecho de que miraba a la personalidad desde, al menos, cuatro puntos de vista diversos; su debilidad, por el contrario, es que después Freud buscó traducirlo todo en una sola teoría. Forma parte de esa teoría la llamada prueba de realidad, es decir, la necesidad de validar la teoría con los hechos observados en el mundo externo; una consecuencia es la “prueba de la terapia” por la cual la validez de la teoría vendría verificada por los resultados producidos por la terapia. Todo esto se basa en una filosofía de la ciencia (esencialmente la del ochocientos) una ciencia experimental que en su base teórica puede remontarse a Bacon. Según esta teoría la mente es el cerebro, es decir, un aparato mecánico bastante complicado que permite al animal o al hombre seleccionar la información para adaptarse a su propio ambiente vital. La teoría de la libido o la implícita en el Proyecto escrito a Fliess es esencialmente una teoría de tipo biológico-unidimensional.

En otro extremo tenemos la hipótesis de Bion para el que la mente está fenomenológicamente separada del cerebro; dependería, en cierto modo, del funcionamiento del cerebro pero desde el punto de vista fenomenológico funcionaría en un nivel distinto. Siguiendo tal modalidad de aproximación a los fenómenos mentales, no existe la posibilidad de concebir una función definible [como] prueba de realidad: las explicaciones o las pruebas no interesan, son sustituidas por la comprensión. El comprender se basa sobre observaciones y sobre el pensamiento; reclama precisión en la observación y cuidado, complejidad y riqueza de pensamiento. Bion sugería que la prueba de realidad de las teorías causales fuera sustituida por los múltiples vértices en la ciencia descriptiva y comprensiva; se trata, pues, de mirar los datos de la observación desde el mayor número de vértices posibles. En mis reflexiones antes esbozadas intentaba ver la personalidad desde el vértice de la imaginación; mirándola desde este punto de vista, personalidad, posición depresiva y regresión se acoplan en un modo particular; desde el punto de vista de la adaptación, por ejemplo, las cosas se presentarían de otro modo y aún [se presentarían] diversamente si las mirásemos desde el punto de vista del aprendizaje, etc. Esto también vale para el trabajo clínico. [147]

Según la óptica de Bion, en análisis, la riqueza es más importante que el esmero, la precisión o el acercamiento sistemático; según la óptica de Klein, lo más importante es el proceso, la sistemática del proceso; en la óptica freudiana, probablemente, es la reconstrucción de la historia del paciente. Pero el análisis reúne todas esas posibilidades: hay reconstrucción, proceso, también hay una riquísima experiencia que brota, precisamente, del examinar las cosas desde todos los puntos de vista posibles desde nuestra imaginación y desde la del paciente.

Bion dice una cosa muy útil para el trabajo terapéutico: cada vez que se abre la boca con el paciente debe ser para decir algo interesante. Es necesario, por tanto, saber antes de hablar si tenemos algo interesante para decir; esta preocupación sustituye aquella que se tenía antes sobre el timing para hacer una interpretación. Existen grandes diferencias entre los analistas: hay algunos que hablan mucho porque creen tener cosas muy interesantes para decir, hay otros que hablan muy poco. Sucede entonces que lo que ocurre en el curso de la terapia deviene algo cada vez más individualizado, por lo que el training –en tanto pretensión de enseñar “cómo actuar”- es una cosa imposible, mientras tanto, cada vez más está deviniendo un proceso humano de aprendizaje de un modo particular de obrar sobre la base de las características de la propia personalidad.

Regresemos al problema de la aproximación genética en metapsicología. El significado del punto de vista genético ha ido poco a poco cambiando: originalmente era, simplemente, la migración de la libido a través de las varias zonas erógenas; luego devino una aproximación más estructural hasta la teoría de Klein sobre las posiciones esquizo-paranoide y depresiva; se ha llegado después al estudio de la génesis de las relaciones objetales (que es muy diferente, en el significado, de la inicial aproximación de Freud).

Lo que ha permanecido de la metapsicología es la descripción de lo que sucede “dentro de la piel” –por así decirlo- de la persona. Eso representa la debilidad del psicoanálisis que considerando al individuo como fenómeno aislado queda como una psicología individual. Tal modo de proceder fue legítimo mientras sirvió para estudiar los fenómenos mentales bien delimitados y cristalizados, como neurosis y psicosis [148], en los que se tomaban en consideración fenómenos ya interiorizados y que actuaban “por su cuenta” en personas que vivían prácticamente aisladas. Pero actualmente este tipo de trastorno se encuentra raramente en análisis, en cambio vemos personas que viven, se desarrollan e interactúan con otros. En el mismo ámbito analítico podemos constatar cómo la vida que el paciente lleva con otras personas influencia la situación analítica, del mismo modo como la situación analítica influencia su vida externa; el análisis entonces forma parte del espacio vital del paciente. Así, la idea de que en análisis se desarrolla una neurosis de transferencia y que eso es estudiado, aislándola del resto de la vida del paciente, hoy no es muy útil porque, aunque permanezca válido como método, limita mucho la comprensión del material presentado por el paciente. Ya sea en la historia del desarrollo del psicoanálisis como en la historia del desarrollo de cada psicoanalista, en cierto momento se llega a comprender que ya no basta estudiar la neurosis de transferencia o la transferencia, como si fuera la única cosa importante que sucede en la consulta.

En los años cincuenta-sesenta habíamos aprendido, en los análisis kleinianos, otra “lección”: que no solo la tendencia del paciente a desarrollar una neurosis de transferencia sino también la tendencia a focalizarse exclusivamente en ella tiende a encapsular el análisis, a separarlo de toda la vida relacional del paciente tornándolo un proceso interminable. Al principio se pensaba que era mejor que el análisis durase bastante pensando que así se iba más al fondo, que sería más completo. Poco a poco, sin embargo, descubriendo que algunos análisis duraban quince, veinte años, nos dimos cuenta que en esa hipótesis algo no funcionaba. Este problema estalló de modo asombroso cuando apareció un artículo, en la revista de la Sociedad Británica de Psicoanálisis, que hablaba de un paciente que en siete años de análisis nunca había abierto la boca. Uno de los méritos de Bion ha sido aquello de recordar, en uno de sus primeros trabajos sobre grupos y en otros posteriores, que los pacientes viven también fuera del análisis y que se arriesga –si se prolonga mucho- hacer del análisis un refugio tanto para el paciente como para el analista.

Según la línea que va desde Freud a Klein, a Bion, vemos que la dimensión genética deviene la dimensión del tiempo lineal, lo que no significa el tiempo como [149] desarrollo individual. En nuestra clínica –como supongo sucede aquí en Novara- buscamos estudiar al niño-en-la-familia-en-la-comunidad, utilizando este modelo, que se ocupa del espacio vital del paciente, sin pretender saber tanto. Tal aproximación es más fácil, por ejemplo, en Novara, u Oxford que en Londres; en un lugar más pequeño podemos conocer mejor el ambiente vital del paciente, qué calles transita, el barrio en el que vive; saber en qué tipo de familia vive y tener una serie de informaciones sobre su espacio vital.

Brutti: Retornando al problema del autismo, quiero preguntarle a Meltzer si podría ayudarnos a comprender mejor las expresiones “derrumbe autista” y “retiro autista”. Se piensa que se puede hacer una distinción entre derrumbe y retiro autista, entendiendo por “derrumbe autista” la situación en la que el niño está como si hubiera sido abandonado por el objeto y por tanto cae en el autismo, y por “retiro autista”, cuando describía el caso clínico, como un retirarse del niño al entrar en contacto con un objeto humano. Mi pregunta, por tanto, es si el “derrumbe autista” deriva de un abandono por parte del objeto, mientras que en el caso del “retiro autista”, paradojalmente, se trataría de una defensa del niño, con respecto al objeto, como si el niño pensase “no puedo entrar en contacto con el objeto humano, me retiro”. Querría finalmente saber cómo piensa que esta situación pueda correlacionarse con aquellos casos de autismo, que consideramos tal en razón de acontecimientos externos muy traumáticos (por ejemplo, niños que en el inicio de la vida permanecen durante mucho tiempo en incubadora). Me parece que en estas situaciones sea improbable hipotetizar que pueda haberse dado una relación primaria encuadrable en la posición depresiva, tal como Meltzer lo ha propuesto.

Meltzer: Pienso que el autismo propiamente dicho es realmente un desmantelamiento del aparato mental autoinducido. Se trata de un proceso especial defensivo muy peculiar, análogo a la esquizofrenia que no es una posición del desarrollo sino un preciso proceso patológico. Desde este particular punto de vista, me parece [150] que existe una diferencia entre el niño autista y el niño que ha tenido una detención del desarrollo por circunstancias varias: trauma precoz, enfermedad o cualquier otro tipo de deprivación. Esto no significa que estos hechos no puedan hacer que el niño se precipite en una situación autística.

Me parece que estos dos tipos de autismo se encuentran en lo que definimos bidimensionalidad: el niño autista ha abandonado la tridimensionalidad y ya no parece capaz de recuperarla; el niño que ha tenido una detención precoz del desarrollo (por deprivación materna, por una grave enfermedad, porque ha estado en la incubadora, o en la inclusa[1]) nunca llega a la tridimensionalidad. Estos niños, además, no llegarán nunca a lo que Bion llamó “la capacidad de aprender de la experiencia”: podrán aprender de modo imitativo, ser condicionados, adquirir cierto nivel de adaptación pero nunca tendrán una vida emotiva. Me parece que ellos tienen una posibilidad de recuperación a través de la terapia, si se realiza precozmente, mucho mayor que los niños que se han “retirado” del dolor de la tridimensionalidad.

Cerletti: Esto parece estar en contradicción con lo que dijo antes acerca de la imposibilidad de los niños con detención del desarrollo de alcanzar la tridimensionalidad.

Meltzer: No, porque entiendo que no podrán alcanzarla por sí mismos, sin desarrollar una relación íntima de tipo materno. Los niños que llegan a terapia desde la inclusa, que a menudo presentan una típica bidimensionalidad, evolucionan muy bien: tienen un “violento” proceso de recuperación, angustias de separación muy intensas.

Brutti: Quiero volver al problema del niño que en el contacto con el objeto humano se retira en el autismo; me parece importante hablar de la técnica.

Meltzer: Este es el punto central de la terapia del autismo: cómo mantenerse en contacto con estos niños. El problema con los niños con detención del desarrollo, en cambio, consiste en ayudarlos, poco a poco, a superar la separación del objeto. Desde el punto de vista técnico parecen dos problemas opuestos. Para el niño de la inclusa [151] el problema es el de separarlo del analista: querría entrar dentro de él, vivir con él veinticuatro horas al día, ser uno de sus niños. En lo que concierne al problema técnico de mantenerse en contacto con el niño autista, las soluciones son muy individuales, ligadas a la personalidad del terapeuta; cada uno tiene cierto “talento” que puede desarrollar estando con el niño de diversas maneras: así algunos terapeutas cantan, otros hablan continuamente, otros usan el contacto físico.

Cerletti: Me pregunto si para los niños considerados de la inclusa no sería más indicado algo que tenga que ver con el maternaje más que con la terapia. Me refiero a un caso que hemos seguido en nuestro Centro de Higiene Mental: un niño de un año y medio con grandes carencias parentales estaba desarrollando un síndrome autista; hemos obtenido que el Tribunal de Menores lo entregase a una familia. Ahora está yendo muy bien, sin ningún tipo de soporte psicoterapéutico. El único aporte del servicio es una observación del niño en la familia y una acción de soporte para la pareja que lo acogió. Me pregunto si esa no sería una línea de aproximación más adecuada, dejando la intervención psicoterapéutica para los casos de autismo propiamente dicho.

Meltzer: Es cierto, si se consigue encontrar una familia que durante varios años esté en condiciones de soportar la agresividad, la intrusividad, la aridez y la infidelidad de estos niños. Lo difícil es encontrar estas familias. Por otra parte, con estos niños se consiguen resultados sorprendentes con la psicoterapia: llegan a tolerar ver al analista sólo dos, tres, cuatro veces a la semana, con reglas precisas. Sin embargo, no me parece oportuno mezclar las dos cosas, sino [que me parece más oportuno] iniciar la psicoterapia mientras están todavía en la inclusa y darlos en custodia cuando estén en mejores condiciones, gracias a la terapia, de enfrentar la vida familiar, sin destruirla. Pienso que la terapia, sumando todo, es todavía un método económico: reclama pocas horas a la semana de una persona, ciertamente preparada; el esfuerzo reclamado a la familia es mucho mayor. Pero es muy difícil convencer al Tribunal con relación a esta tesis, aunque el gasto de una psicoterapia cueste alrededor de un tercio del de una institucionalización. [152]

 

Parlani: En nuestra experiencia con niños autistas propiamente dicho hemos visto que a menudo se crean círculos estereotipados entre el niño y la familia, por lo cual parece que los padres tengan una modalidad de relación con el niño que se adhieren a la situación autista y, además, la refuerzan. En las entrevistas con estos padres parece emerger que, a menudo, tales mecanismos están ligados también a una serie de fantasías y de temores en relación con la potencial agresividad del niño. En nuestro Centro de Higiene Mental intentamos coger en terapia al niño y a los padres; los dos procesos parecer ir adelante paralelamente, aunque no siempre. Surge entonces, desde el punto de vista teórico, el problema de la valoración de la posibilidad que tienen estos niños de transportar, en su vida fuera de la terapia, las eventuales modificaciones ligadas al proceso psicoterapéutico. Por otra parte, si pensamos que esta posibilidad para los niños autistas es muy limitada, debemos plantearnos, con ellos, los tratamientos interminables o valorar el riesgo de “restituir” al niño (que tal vez parecen estar en vías de una evolución) a una familia que puede inscribirlo nuevamente en una situación autista.

Meltzer: He observado que la familia de los niños autistas tiende a tratarlos como si fueran subnormales, encerrando al niño en el autismo y sólo considerándolos como enfermos, todo lo cual favorece que se perpetúe la situación autista.

He podido constatar que cuando estos niños en terapia comienzan a salir del autismo hay una reacción contraria de la familia, no tanto contra la agresividad sino contra la depresión que comienza a emerger en el niño, que espanta hasta tal punto a los familiares que mueve a encapsular nuevamente al niño en el autismo; por eso es muy importante preparar a la familia con relación a la depresión para disminuir esa tendencia del niño a re-encapsularse en su enfermedad. Un elemento que hemos notado en las familias, y que puede obrar como un riesgo para la terapia es que muy a menudo la madre se adapta al autismo del hijo; se habitúa a tratarlo no como un niño sino como un feto. No sé describir mejor esta situación sino diciendo que estas madres parecen gratificadas con la idea de tener siempre su niño consigo; a menudo, hasta [153] en un contacto físico constante. Para tal fin encontrarán siempre excusas: “el niño es muy enfermo para poder hacer esto o aquello…” En estas madres, a menudo, existe un cierto delirio: están convencidas de saber qué sucede en la mente del hijo y eso las coloca en una posición muy competitiva con el terapeuta.

Balconi: Pero no en los casos de verdadero autismo. Eso sucede más en los casos de esquizofrenia, en ciertos casos de psicosis; en el autismo nunca he encontrado una madre delirante.

Meltzer: No es que la madre diga que sabe lo que el niño piensa sino que, en algún modo, piensa que su mente y la del niño están fusionadas juntas. He visto madres de niños autistas que decían estar en contacto muy estrecho con el hijo y decían que sólo ellas los entendían.

Balconi: Me parece encontrar una diferencia: las madres descritas por Meltzer no dan un verdadero autismo. Diría que las madres de los niños autistas se aproximan a las madres de los niños con grave mutismo electivo, son esas madres que se ofrecen al máximo al niño, se entregan y se asustan del hijo cuando comienza a expresar emociones, en particular la depresión, porque se sienten incapaces de contenerla.

Meltzer: En mi experiencia, las madres de los niños autistas verdaderos experimentan al hijo como la única compañía de su vida solitaria y aislada. Las mayores interferencias las encontramos, como decía, cuando el niño comienza a salir del autismo, cuando sobreviene la depresión y comienza el lenguaje; estas madres que antes llevaban con mucho gusto al niño a terapia, aún haciendo sacrificios, comienzan entonces a no llevarlo más y reaccionan como si estuvieran por perder al compañero de su vida. En el caso del niño que construía objetos artificiales con los pedacitos de cosas que encontraba en la basura o con piecitas de anticuario que los padres le compraban, ambos padres estaban en colusión con él: gastaban tiempo y dinero para ayudarlo a mantenerse en ese estado en el que él podía tener relación sólo con un [154] objeto inanimado. Ellos tenían otro niño sano, en el que parecían tener mucho menos interés. Todo su esfuerzo en el fondo estaba directamente contra el proceso terapéutico del niño ayudándolo, activamente, a mantenerse en su estado enfermo. La madre de otro niño autista era pintora; había enseñado al niño a pintar flores; él sólo pintaba flores. Por Navidad recibí una postal pintada por esta señora: representaba una Virgen con el niño, cuyas cabezas estaban exactamente superpuestas. Cuando este niño ha comenzado a manifestar cierta depresión su tratamiento fue interrumpido por los padres que hasta se fueron de Londres.

Balconi: Tenemos situaciones relacionales diversas según los momentos de la evolución del tratamiento. Al principio llamaba la atención el momento autista en el que las madres, al menos aquellas que hemos observado, podían aceptar sólo un niño sin emociones. Con el desarrollo del tratamiento, como en todos los tratamientos de niños, puede haber una interrupción en el momento en que movilizamos tensiones que repercutiendo sobre los padres activan su problemática.

Meltzer: Si se quisiera aislar el factor materno que entra en juego en la génesis del autismo lo podríamos individualizar en la dificultad, que una particular madre ha tenido con un particular niño, de permitirle nacer. A menudo en la historia de estos niños encontramos madres que no podían hacerle nacer, por lo cual el nacimiento –el hecho de que el niño haya salido del vientre- ha devenido un acontecimiento traumático. En un caso nuestro, la madre ha tenido un embarazo muy bello, feliz, pero el parto ha sido intolerable, no podía pensar que el niño saliera fuera. Durante el parto tuvo un sueño que la impresionó tanto que después del nacimiento del hijo lo mantuvo en su mente, a tal punto que no podía ocuparse de él; por suerte estaba con ellos la abuela que durante tres meses pudo ocuparse del niño. Cuando la abuela marchó, el niño “resbaló”, fue a la deriva: a la edad de siete u ocho meses estaba [155] autista. El sueño de la madre era verdaderamente revelador: Estaba muerta; estar muerta significaba ser llevada lejos por una corriente hacia un no-lugar, un lugar donde no había nada, sólo un botón. Este botón podía ser aplastado, pero aunque lo aplastaran no sucedía nada, salvo raramente, cuando se sentía una voz (su voz) que hablaba y decía algo de sí. Este sueño nos da una idea de cómo imaginaba la madre que sería –y después ha sido- la vida del niño después del nacimiento; como si la única posibilidad de contacto entre ella y el hijo se daría a través del pezón y sólo raramente pudiera haber algún tipo de relación. La única relación del niño fue con la abuela y no con la madre. El nacimiento equivalía a ser llevado fuera de la corriente: no podía haber nada que sustituyera la placenta que lo contenía en el vientre materno.

Del Carlo Giannini: Quería saber, a propósito de la bidimensionalidad recogida en un sueño (el sueño es típicamente tridimensional y muy imaginativo), si hay diferencia entre esta bidimensionalidad recogida en la tridimensionalidad y una bidimensionalidad vivida por el niño psicótico. Porque, presumiblemente, en el sueño cada uno revive relaciones bidimensionales: ¿hay diferencia con una vida bidimensional vivida sin imaginación?

Meltzer: Pienso que la bidimensionalidad es un concepto muy difícil. La mejor manera de acercarnos a él es identificar cuáles son las áreas de nuestra vida en las que usamos de modo espontáneo, natural, la bidimensionalidad y ver en qué consiste. En lo que más la utilizamos es en las relaciones sociales aparentemente casuales, por ejemplo cuando vamos a una fiesta y debemos encontrar personas desconocidas y toda nuestra preocupación antes de ir se refiere a la ropa; durante la fiesta, hablamos con la gente y nos comportamos de modo bastante diferente que con las personas con quienes tenemos relaciones reales. En estos casos hablamos, por ejemplo, de cosas sin sentido y que no creemos, sólo para agradar a la persona con la que estamos hablando, bebemos, comemos comidas que no nos gustan, nos adaptamos completamente a la situación y esto conlleva una sensación de aburrimiento. [156] En relación con eso me viene a la mente un sueño de un paciente mío, un novelista exitoso (el éxito ha llegado después de haberse analizado): Está en un tren y está haciendo un viaje por la Alemania nazi. Está sentado, con un libro en el regazo y se da cuenta que lleva un abrigo de oficial nazi; el abrigo tiene doble cara [double-face], y en el interior tiene su abrigo normal. También el libro que tiene sobre las rodillas tiene “doble cara” porque en la tapa el título es “Mi lucha”, dentro está “Guerra y Paz”. Me parece que este sueño ilustra bien el concepto de bidimensionalidad como adaptación a una situación externa.

Una de las cualidades principales de la bidimensionalidad es el aburrimiento. Las personas bidimensionales aunque parezcan eufóricas, alegres, en realidad están excitadas pero no interesadas; cuando vienen al análisis se lamentan del aburrimiento que experimentan; esto es a menudo una señal de lo que nos encontramos frente a una situación bidimensional.

Balconi: Esta descripción se acerca mucho a la del “falso self”.

Meltzer: Lo que Winnicott describe como “falso self”, me parece, corresponde a una personalidad construida en torno a la identificación proyectiva. Estas personas sufren mayormente una sensación de fraudulencia, sienten que hacen trampa. Este tipo de sensación se encuentra en las personas exitosas que vienen al análisis, sobretodo las que han comenzado a tener éxito durante la latencia, cuando han devenido “hombrecitos” o “mujercitas” permaneciendo así durante toda su vida.

Balconi: Si me permite una libre asociación, los ejemplos que Meltzer da para explicar la bidimensionalidad, por ejemplo el de la mariposa que toma el color de las hojas o el de la gente que va a la fiesta y hace lo que se estila hacer formalmente, me hacen pensar que se adquiere una dimensión bidimensional en el momento de pánico, porque la mariposa se transforma en una hoja para evitar ser pillada, y aceptamos estas reglas de la fiesta para evitar el pasar un mal momento. [157]

Meltzer: La bidimensionalidad está ligada a la vida en grupo, a las aterrorizantes ansiedades persecutorias que la caracterizan; el sueño del paciente que viaja en la Alemania nazi, por ejemplo, me parece una ilustración del temor a ser objeto de persecución por parte de un grupo sádico. El temor del grupo es algo que se puede encontrar en análisis bajo la forma del temor a ser humillado. El prototipo de la humillación podría ser una escena fantaseada en que nos encontramos frente a una gran muchedumbre que se ha reunido allí y que debemos entretenerla con nuestra actuación, como actores. Esto lo encontramos en muchos pacientes sobre todo hacia el final del análisis y probablemente está ligado al hecho de que se ha de dejar al objeto externo para pasar a depender del objeto interno, al temor de devenir un sujeto; la individualidad evoca inmediatamente el espectro de no estar en las mismas condiciones que los otros miembros del grupo, del deberse confrontar sin protección.

Balconi: Cuando el niño crece comienza a imitar a los padres y ese es un momento bidimensional del desarrollo.

Meltzer: No estoy muy seguro que los niños aprendan a través de la imitación. Lo que se ve es el niño que imita a otros niños, por ejemplo un niño de dos años que tiene un primito de cinco años que es su héroe imita las conductas negativas del primito; este niño está en la mesa, los padres están riendo y él los imita con una risa vacía porque no ha entendido el motivo por el cual ríen.

Balconi: Una niña que me hizo una escena terrible, diciéndome malas palabras, etc.; me di cuenta que es idéntica a una escena que le había hecho poco antes la madre. No había introyectado la madre mala, pero la imitaba y de este modo expulsaba la experiencia, no incorporándola.

Meltzer: Pienso que se trataría sobretodo de relanzarlo a través de la identificación proyectiva, mecanismo que A. Freud llama “identificación con el agresor”. [158]

Balconi: Pero ¿cuándo los niños hacen una verdadera identificación con el agresor y cuándo devuelven, como sobre una fachada, aquello que han visto y no han podido soportar?

Meltzer: Intentando ver la cualidad de las conductas relacionadas con varios tipos de identificación, vemos que en la imitación adhesiva tenemos una actuación (performance) vacía; en la imitación proyectiva una caricatura del comportamiento y en la imitación introyectiva una actuación tímida, que no sale bien. En un recital de niños en la escuela, por ejemplo, podemos fácilmente distinguir al niño que imita de modo vacío, a aquel que consigue bastante bien hacer la caricatura del adulto que le ha enseñado el papel, y aquel que en cambio hace su interpretación del rol, aunque de modo infantil y tímido. Al mismo tiempo podemos notar diferencias en las reacciones de los adultos: algunos prefieren un recital en el que haya más participación del niño, otros una imitación más plana del papel. Recuerdo un niño autista en el momento en que apareció por primera vez la depresión; sucedió después de seis meses de tratamiento. El niño estaba en la consulta, miraba fijo la luz con una expresión muy feliz y después comenzó a girar en círculo, mirando siempre a la luz y en cierto momento se dejó caer en tierra sollozando. Si comparamos esta situación con el caso de la paciente que se conmovía ante la puesta del sol podemos pensar que es difícil de distinguir la desaparición del objeto de la destrucción del objeto. Esto nos lleva a la otra pregunta que nos habíamos planteado en relación con la cuarta dimensión, el tiempo. El problema de enfrentar el final de las cosas, lo que Bick llamaba “the dead end”, lleva a pensar que normalmente no consideramos al tiempo como algo lineal, con un inicio y un fin, sino como algo que tiene un movimiento circular u oscilante. El tema del tiempo no se llega a estudiarlo, en análisis, hasta que se aproxima el final del análisis mismo; parece que solo entonces se comienza a darse cuenta de que cuando se dice “adiós” a una persona puede ser que no se la vea más, y que cada momento del tiempo es una experiencia irrepetible. Por tanto podemos pensar que el núcleo de la posición depresiva está ligado [159] a la visión lineal del tiempo. Tengo un paciente, analista en training, psiquiatra, que ha tenido una mala experiencia de trabajo: había comenzado a tratar a un paciente, en casa, que entre la segunda y la tercera visita se ha suicidado. Era la primera vez que le pasaba una cosa así. Ha habido una investigación y el juez en el juicio lo acusó de negligencia. Estaba muy turbado. En la tarde, después de la audiencia en el juicio, en la sesión se puso de repente a sollozar diciendo: ¿qué le habrá pasado a mi hijo? La semana pasada había tenido un sueño que lo había turbado mucho: tiene tres hijos y el sueño se refería al niño de tres años. El hijo estaba sobre la mesa de operaciones. El cirujano parecía muy descuidado, por ejemplo, no se había lavado las manos, no había anestesiado al niño. El niño llamaba: “papá, papá”. Relacionó el sueño con el trabajo de Klein que estaba leyendo en aquellos días sobre Richard, y precisamente en la vigésimo quinta sesión en la que Richard piensa que es llamado en ayuda de los marineros pero después, cambiando de registro, murmura a Klein su invocación “papá, papá”. Durante la sesión llegó a recuperar toda su rabia contra el juez, sintiéndose mejor; en la siguiente sesión decía que no alcanzaba a sacarse de la cabeza al juez y comenzó a darse cuenta que no era tanto su persona sino la palabra “coroner[2] la que no se iba de la cabeza. Se dio cuenta que esta palabra le recordaba las coronarias: el padre se había muerto, repentinamente, de infarto cardíaco. En ese momento era estudiante de medicina, le había ido mal un examen y no había tenido el coraje de decírselo a su padre. Dijo que el sueño del niño sobre la mesa de cirugía le había recordado al padre, en el hospital, intubado. Relacionando todo esto parece que emerge el final del análisis conectado con la muerte del padre, con la posibilidad de que uno de sus niños se enferme o muera y que él mismo pueda morir de un ataque de corazón y que cada momento puede ser el último. Parece que el núcleo de la posición depresiva sea la conciencia de que el objeto estético está en peligro en cuanto contiene en sí mismo la posibilidad de su propia destrucción. Este problema emerge muy claramente al final del análisis cuando se trata de cambiar el objeto externo –el analista- por un objeto interno que debe ser capaz [160] de desarrollar sus funciones; en este caso no será un cambio entre un objeto externo y uno interno porque el objeto externo siempre ha sido sólo una representación del interno.

Por eso el proceso analítico y la posición depresiva nos hacen entender que la tarea más importante del análisis, como ha subrayado varias veces Klein, es la de permitir al paciente superar la negación de la propia realidad psíquica. Cuando se descubre que nuestro objeto estético más precioso es nuestra realidad interna, surge el problema de cómo proteger este objeto de nuestra hostilidad. Si retomamos la sesión de la puesta del sol, que la paciente había olvidado completamente y a la siguiente en la que debimos recordar paso a paso todo lo que había pasado y ella se entristeció por haberme dañado, esa secuencia parece indicar de modo evidente qué es la posición depresiva. También en el caso del niño cuya madre había tenido una insuficiencia placentaria en los últimos meses de embarazo y que hizo el sueño en donde le resultaba pesado llevar la pelota porque era muy pesada y aquel en que la maestra le daba muchas tareas escolares para hacer en su casa durante las vacaciones, cuyo peso lo “aplastaba”, vemos cómo el niño estaba muy pesimista y oprimido por el peso de la responsabilidad de conservar al objeto bueno. Si tomamos este caso, examinando la personalidad en el contexto de la relación con la madre muy depresiva, creemos haber encontrado una explicación satisfactoria para el pesimismo del niño. Pero si recordamos sus experiencias cuando era pequeño y que tenía dificultades en la alimentación a pesar de que la madre tenía pechos grandes y mucha leche, podemos pensar que él había tenido una experiencia depresiva muy precoz y que esta había marcado su personalidad. Si agregamos a esto el hecho de que el niño crecía poco, que tenía una edad ósea con un retardo de dos años, que se fatigaba mucho, etc. podemos pensar que en él la depresión había comenzado a funcionar en lo que Bion llama “nivel protomental”.

Este trastorno en el nivel mental del niño parecía que había permanecido un poco oculto, subterráneo, durante todo el tiempo en que el hermanito más pequeño le servía, porque con su admiración, de alguna manera, lo sostenía; [161]cuando el hermanito comenzó a tener sus amigos, una vida independiente, es decir, cuando el niño se sintió solo, vino el derrumbe. Los dos sueños parecían indicar de modo claro que en aquel momento estaba maduro para la terapia. En la primera consulta, el niño se puso a llorar y se sentía avergonzado, cosa que sorprendió mucho a los padres. En la segunda sesión no lloró pero regresando a casa tuvo una sorpresiva reacción y llorando mucho les pidió a sus padres que lo cambiaran de escuela. La impresión que tuvimos fue no sólo que aquí comenzaba a emerger la depresión del niño, cosa que lo tornaba maduro para el tratamiento, sino que también sacaba afuera una rabia desde la que se pudo hallar el camino de retorno hasta el momento en que la placenta había sido insuficiente para él, cosa que le había dado la sensación de haber estado tratado mal, deprivado de algo, burlado. La reacción se produjo del siguiente modo: tornando con la madre de la sesión, habían pasado junto a la casa de unos vecinos, delante de cuya casa había una botella de leche vacía. El niño tuvo un repentino estallido de rabia, cogió la botella, la lanzó contra la pared gritando “odio a esta gente”, gente que, en realidad, casi no conocía. Era como si hubiera dicho: “odio aquella placenta que sólo sabe ofrecer una botella de leche vacía”.

Parlani: Quiero hacer una pregunta sobre la técnica con niños autistas, aunque tal vez sea constreñirse el hablar de técnica. Meltzer ha dicho que cada terapeuta debería, con estos niños, utilizar las cosas que más le permitiría entrar en contacto: palabras, gestos, el propio cuerpo. Me parece que la mayor dificultad sea la de lograr pensar al niño porque una de las sensaciones con que se enfrentan frecuentemente los terapeutas, mientras se está con estos niños, es propiamente el aburrimiento y es por consiguiente difícil pensarlos, imaginárselos, representarlos. Tengo la sensación de que cuando el terapeuta comienza a utilizar mucho los gestos y los objetos se puede crear una situación tipo estímulo-respuesta por lo que puede suceder que se den “acontecimientos estéticos” pero ni el terapeuta ni el niño alcanzan a vivir “una experiencia estética”. Creo mucho más en la palabra, no sólo porque pienso que represente lo específico de la terapia [162] analítica, sino porque quizás salvaguarda mejor del riesgo de una relación mecánica, no mental.

Meltzer: Es verdad de que existe la técnica y los problemas de la técnica. Pero para los problemas de la técnica no existen respuestas técnicas: la respuesta está en la comprensión de la naturaleza de la situación emotiva del paciente y todos los instrumentos que lleguemos a utilizar dependen de nuestro equipamiento interno. Hagamos una analogía: si un paciente tiene una hemorragia, el primer problema no es evitar que se ensucie la ropa. Es necesario pensar rápido en la disminución de la presión arterial; la solución para evitar que salga mucha sangre depende de las circunstancias: se le hará un lazo o un torniquete, dependiendo del lugar de la herida. En el tratamiento de los pacientes, niños o adultos, damos a menudo por descontado de que son capaces de contactar con otros o con nosotros y entonces no sentimos la necesidad de crear tal capacidad de contacto porque damos por descontado de que la tienen. Si un paciente adulto está en silencio durante un rato, está ausente, no le decimos inmediatamente ¿qué sucede? Le damos cierto tiempo sabiendo que antes o después “volverá” y hablará. Con el niño autista no podemos comportarnos así: se “va lejos”, debemos ir a buscarlo y dado que con estos niños el problema principal es el de crear una base de contacto, es importante para tal fin utilizar cualquier instrumento. En el caso del niño que construía un objeto artificial, por ejemplo, el hecho de que la terapeuta fuera bonita fue importante porque le permitía mantener el contacto, mientras que para otro niño autista, que nunca lograba mirar a la terapeuta, el hecho de que fuera bonita no cambiaba mucho la situación. El problema técnico, pues, consiste en la posibilidad de encontrar en nosotros un objeto estético que ofrecer al niño autista, objeto con el cual pueda entrar en contacto. Por eso, por ejemplo, si se tiene en terapia un niño que no nos mira y que no está en condiciones de apreciarnos como objeto estético a través de la vista, se le debe ofrecer la voz; si se tiene un niño que utiliza mucho el tacto es necesario dejarlo que nos toque. Estoy de acuerdo, sin embargo, que la modalidad de contacto preferible está representada por la voz porque si el niño aprende [163] a escuchar la música de las palabras, poco a poco llegará a su significado. Muy a menudo podemos observar cómo un niño autista comienza a cantar antes de empezar a hablar. Por eso si sois capaces de cantar os sugiero utilizar esa posibilidad en la terapia, yo no podría…

Balconi: En la pregunta de Parlani hay un problema importante: ¿cómo vive el terapeuta la presencia del niño y cómo reacciona a la no comunicación?

Meltzer: Pienso que en cada análisis es fundamental presentarse al paciente como una persona llena de vida. La imagen tradicional del analista (que proviene no tanto de Freud como de la aplicación americana de su método) como una pantalla que habla con un tono de voz plano, de manera metódica corresponde a la peor de las técnicas que se puedan utilizar. Este tipo de técnica tomó forma en los años cincuenta cuando se comenzó a insistir sobre la importancia de la contratransferencia y los analistas temían transmitir su contratransferencia a sus pacientes. Posteriormente en el análisis kleiniano hubo una evolución: desde un análisis en el que “se hacia una terapia”, se ha pasado a un tipo de análisis en el que había dos personas que “juntas tenían una experiencia de desarrollo”.

Brutti: Me parece importante subrayar que Meltzer ha hablado de las elecciones del paciente sobre qué modalidad empleará en la relación con el terapeuta: la mirada, la voz, el tacto, etc. No es por tanto el terapeuta el que propone una modalidad, es el paciente que elige y compete al terapeuta gestionarla, es decir, llevar esta relación desde este nivel inicial a un nivel cada vez más elevado hasta lograr un contacto entre mentes. Quería subrayar eso porque me parece importante poner el acento sobre el riesgo de la acción del terapeuta, comportamiento que siempre es controlado.

Meltzer: Otro aspecto del problema técnico consiste en lograr entender qué cosa del terapeuta atrae al paciente. Freud ha hablado de la transferencia; sostenía que la transferencia se fija sobre algo, sobre un detalle, por ejemplo, de la persona o de la personalidad del terapeuta y que es importante que él lo individualice. [164] Evidentemente uno de esos elementos –del que no se escapa- es el hecho de ser hombre o mujer, del género no se escapa. Por eso puede suceder que terapeutas hombres tengan más dificultad para inducir una transferencia de tipo materno en análisis, y viceversa, y la transferencia que no es sostenida en la sesión es escindida, transferida y dejada fuera del tratamiento. Para dar un ejemplo, estando atento a este elemento, cuando veo pacientes en consulta y los debo enviar a análisis, busco enviarlos a un analista del mismo sexo del padre con el que tienen una mejor relación; mientras que si se trata de adolescentes busco enviarlos a un analista del mismo sexo.

Intervención: También las elecciones de los pacientes se realizan en esta dirección. Ellos suelen decir que quieren un terapeuta hombre-mujer, o joven-viejo, etc., en base a relaciones privilegiadas que han establecido previamente con personas significativas.

 

Meltzer: Eso no es siempre verdadero. Hay pacientes que pueden tener un conflicto de lealtad en relación con sus padres y eso condiciona su elección o bien pueden tener una cierta teoría por la que quieren ir a un terapeuta del mismo sexo del padre con quien tienen una mala relación para poderlo resolver más rápidamente.

Intervención: Quería saber qué opinión tiene Meltzer respecto al sexo del paciente, porque pareciera que el sexo del paciente tiene una influencia en la contratransferencia del terapeuta; los aspectos contratransferenciales que el analista debe tener en cuenta desde el principio, ¿están determinados por el hecho de que en la paciente mujer ve más la madre y en el paciente hombre más al padre?

Meltzer: Sucede que un analista es más capaz de tratar cierto tipo de problemas más que otros. He notado que algunos analistas varones tienen dificultad con pacientes muy bellas; otros analistas tienen dificultad con pacientes muy ricos o muy famosos o con una posición social importante; hay analistas que no soportan pacientes que viven de manera parasitaria; otros [165] tienen dificultad con los adolescentes. Cada analista tiene su área de vulnerabilidad y su capacidad específica. Por otra parte, si un analista aprende a trabajar con pacientes que le causan dificultad, eso será muy útil para su crecimiento.

Volviendo al problema del autismo, opino que no se puede curar solo a un niño autista sino que siempre es necesaria una supervisión (individual o en grupo). He visto situaciones en las que, cuando el terapeuta cesaba la supervisión, el tratamiento perdía fuerza, se desvitalizaba y que se recuperaba en cuanto se recuperaba la supervisión. Desde el punto de vista de la contratransferencia, una de las sensaciones iniciales está vinculada al preguntarse si es justo hacer salir a estos niños de su mundo “estético”. Durante la terapia podemos experimentar a menudo la sensación de que quizás curando al niño le hacemos algo agresivo. Muchos terapeutas dicen experimentar la sensación de bombardear al niño con sus palabras, como si ellas representaran una auténtica y verdadera arma, un proyectil agresivo.

Intervención: Me parece que estos niños se cargan de agresividad y que a menudo nosotros hablamos para liberarlos de tal agresividad entonces es cuando los bombardeamos.

Meltzer: A veces es así, pero a veces se puede tener la sensación de bombardear al niño cuando nos esforzamos, por ejemplo, en continuar hablando para no perder el contacto. Se puede notar, entonces, como los niños se ponen las manos sobre las orejas.

He hablando antes de la humillación cuyo prototipo sería la fantasía de ser objeto de espectáculo para otros. Esto me hace recordar la película de un niño que devino autista, que me la hizo ver Balconi. En ella el niño aparecía como un objeto de espectáculo: era una familia maníaca que había hecho una gran fiesta de Navidad, con muchos decorados y allí, delante de ellos, el niño que hiciera lo que hiciera, ellos reían. Me hizo pensar cómo se deberían sentir, en los tiempos de la Revolución Francesa, los que subían a la guillotina: cualquier cosa que hicieran, cualquier emoción que experimentaran, aun si pedían piedad, todo suscitaba [166] risas y también su muerte estaba acompañada de carcajadas. Muy a menudo los niños sienten experiencias de este tipo cuando hacen reír a todos, como payasitos. En realidad, la admiración por parte de la parentela es frecuentemente incomprensión. Para el niño ha de ser terrible la experiencia de que lo que hace o expresa sea mal interpretado por todos aquellos que están en su entorno.

Brutti: Eso sucede también cuando el niño hace algo positivo y le es reconocido como bueno, parece que viva tal reconocimiento como peligroso y lo oculta. Eso sorprende mucho a los padres de los niños autistas y a sus maestros en la escuela.

Intervención: El problema en el tratamiento con niños autistas es que parece que nunca haya resonancia con ellos, un significado.

Meltzer: También en nuestro grupo de estudio sobre el autismo al principio ha pasado algo similar. Poco a poco aprendimos a entender algo de lo que pasaba en estos niños a través del relato de los terapeutas, las emociones que ellos llevaban al grupo, las respuestas que pedían y las mismas reacciones que producían al relatar la sesión. Ha sido un trabajo muy largo, duró cinco años, en el que íbamos adelante hablando y hablando de estos casos. Las ideas expresadas en Exploraciones en el autismo de manera estructurada emergieron durante tales discusiones como a trozos y a menudo, al principio, ideas y conceptos nuevos eran atacados, rechazados por los participantes del grupo; ha sido necesario mucho tiempo antes de que lo expuesto luego en el libro fuera aceptado por todos nosotros, costaba reconocerlo. En esas reuniones sucedía, normalmente, que los terapeutas expresaban casi la necesidad de decir que el comportamiento de los niños autistas era incomprensible. Había la tendencia a considerar todo el comportamiento del niño como incomprensible porque era presentado como un bloque; entonces, para demostrar que era posible entender tales comportamientos habíamos comenzado como a “seccionarlos”, a tomar aquellos pedacitos de comportamientos comprensibles, que aparecían en la sesión, extrayéndolos y destacándolos del rumor del fondo autista. Luego lo [167] “enhebrábamos” como perlas de un collar para ver cuál sería la secuencia, el significado que se podría dar a esa serie de fragmentos. Probablemente usamos una metodología bastante burda porque elegíamos poquísimos trocitos cuando, quizás, podríamos haber individualizado muchos más. Me parece que cada trocito del comportamiento autista que parece no tener sentido, si fuéramos capaces de reconducirlo al origen, tendría su significado. Todo lo que sucede en la terapia con niños autistas tiene un significado pero, así como somos incapaces de entender todo, cogemos aquellos trozos de comportamientos que nos parecen más significativos. Lo que daba un poco de ánimo a nuestro grupo de estudio, agotado por este trabajo de búsqueda de pedacitos significativos, de verdaderos fragmentos de oro, era el hecho de que nos agarrábamos a ellos para vencer la desesperación. Pero si por un lado nos daba una especie de excitación, una emoción exagerada cuando descubríamos un “trocito de oro significativo”, del otro lado nuestra reacción contratransferencial nos llevaba casi a desear no encontrar nada más significativo en el comportamiento del niño.

Intervención: Creo que eso es análogo a lo que en cierto sentido sienten los niños; parecen tener miedo a experimentar algo significativo en la terapia y entonces la eliminan porque en caso contrario recomenzaría el deseo de la relación y con eso también el miedo de sentirse solos.

Meltzer: Quiero traer el ejemplo de un niño de ocho años, cuyos padres –un sociólogo y una psiquiatra- me lo trajeron diciendo que era un débil mental y pidiéndome hacer algo. Aconsejé una psicoterapia; después de seis meses los padres estaban muy contentos del progreso del niño; ahora era más fácil educarlo, aprendía cosas, etc. Después de un año se sintieron muy descorazonados, no podían vivir más con el niño, querían interrumpir el tratamiento. Conseguí persuadirlos de continuar al menos seis meses, después de lo cual pidieron una entrevista a la terapeuta del niño y a mí. Nos imaginamos que sería para anunciar que querían interrumpir la terapia. Nos quedamos muy sorprendidos al constatar que [168] estaban ansiosos y preocupados porque temían que la terapeuta quisiera interrumpir el tratamiento, mientras que a ellos les parecía que el niño comenzaba a hacer cosas bellísimas, a tener un principio de vida mental. Ellos, durante el encuentro, se esforzaron para persuadir a la terapeuta, que según ellos estaba muy desanimada, para que continuara la terapia con el hijo. Fue en esta ocasión que, por primera vez, la madre (que es psiquiatra) habló de autismo. Por otra parte, me llamó mucho la atención la diferente manera con que los padres se aproximaron a esta entrevista; la primera vez que los vi, me pareció una pareja maníaca, de padres completamente “estúpidos” que relataban las hazañas del niño como si fueran una monería, un títere; ahora, en cambio, estaban tornándose padres capaces de observar al niño, de hablar de lo que ven de él; padres preocupados e interesados en el hijo.

Balconi: ¿Qué pasó en el tratamiento?

Meltzer: Los progresos en terapia son mínimos pero el niño está yendo verdaderamente hacia la posibilidad de tener una vida mental. Hay ahora una relación con la terapeuta que implica separaciones, angustias; comienza la formación de símbolos. Es de destacar que los padres fueron capaces de recoger tales progresos, aunque mínimos.

Balconi: Tenemos casos que en el tratamiento todo parece inamovible y esta inmovilidad aparente, este poner a prueba –a cualquier precio- al terapeuta constituye un elemento por el cual afuera se tienen fuertes progresos. [169]

 

* Conferencia dictada en el Seminario del Centro de Neuropsiquiatría Infantil del Hospital Mayor de Novara (Italia), 26/27 de enero de 1980.

[1] Casa en donde se recogen y crían los niños abandonados.

[2] Juez de primera instancia. (Forense, C.A.Vispo)

Traducción: Carlos Tabbia

Sobre la formación de símbolos y la alegoría.

Donald Meltzer

SOBRE LA FORMACIÓN DE SÍMBOLOS Y LA ALEGORÍA

Este artículo va conjuntamente con “Acerca de Signos y Símbolos”. Lo siguiente es una transcripción de la conferencia dada al final del Congreso en Florencia en febrero del 2000: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP).

 

Como Catharine [Mack Smith] acaba de decir, el trabajo de Virginia [Ungar] será difícil de emular; fue bastante maravilloso y me colocó entre las estrellas en las que nunca había soñado estar; ella fue muy amable. De hecho no intento seguirla, sólo hablaré de algunos sueños maravillosos que una paciente me contó justo antes de unas vacaciones. Estos sueños ilustran algunos de los temas que me han interesado y fascinado durante bastante tiempo, y agradeceré los comentarios vuestros sobre estos sueños porque me parece que vale la pena hablar en grupo de estos sueños, más como un taller que como una ponencia.

El primer sueño lo llamamos “El sueño de Botton” porque como el sueño de Botton en Sueño de una noche de verano (Acto 4, esc. 1, líneas 199-217) eso “no tiene fin”: tiene material en el cual cavar y cavar y siempre descubres algo interesante, electrizante. La paciente, de mediana edad, empezó su relato del sueño diciendo que Las naciones estaban en marcha. No sabía qué quería decir con esto pero fui puesto en sobreaviso de que algo interesante surgiría, y ella lo describió geográficamente: Había un primer nivel que parecía estar en una llanura árida de África. Las masas de gente moviéndose sobre esta llanura parecían que tenían urgencia, casi corriendo tanto como podían, casi como refugiados llevando sus pertenencias sobre sus cabezas, y yendo obviamente a algún sitio. El segundo nivel, que parecía de algún modo detrás de ella, estaba arriba de todo de una alta meseta y esta gente parecía particularmente harapienta y deprimida, como los refugiados de un sitio como Kosovo, arrastrándose hacia delante. Ella sentía que había algo peligroso en esta gente. Pensó que ninguno de los dos grupos –el grupo que estaba en la llanura árida debajo, o el grupo que estaba en la meseta igualmente árida arriba- fueran capaces de ver el horizonte; para ellos todo parecía plano. En un sentido eran “flat-earthers”, gente para quien la tierra parecía plana. La implicación por supuesto fue que todos nosotros éramos flan-earthers que nos caeríamos al final [del horizonte].

El grupo en donde estaba ella, estaba en el lado verde de la meseta, rico en praderas con algunos árboles. Este grupo se movía de una forma pausada pero no indolente; no parecían tener prisa de llegar a algún sitio y tampoco de marcharse de algún sitio: ni huyendo ni deseando llegar.

Su asociación fue que estos diferentes niveles parecían tener no sólo significado geográfico sino también geológico. Le recordó la manera en que los movimientos geológicos provocan terremotos y erupciones volcánicas, etc.: o sea niveles geológicos con implicaciones catastróficas. Pensaba que las implicaciones de los dos grupos de gente huyendo y gente persiguiendo algún objetivo eran muy sociológicas. La imagen me hizo recordar la situación -durante la guerra civil de los Estados Unidos- cuando había liberaciones masivas de esclavos negros. Las caravanas de esclavos liberados desfilando y creyendo que iban a cruzar el río Jordán y llegar a la tierra prometida., como esas ideas de la Biblia expresadas en las famosas canciones. La tragedia fue que cuando esas columnas de esclavos llegaron al río siguieron desfilando, entraron en el agua y se ahogaron. Fue un poco como los lemming, un tipo de delirio suicida en masa, empujándoles hacia delante, y muy diferente de los refugiados en la meseta quienes obviamente huyeron de la persecución y terror y en su huida provocaron sensaciones de peligro y agresividad.

Ahora personalmente pensé que eso era un comentario sobre los estados mentales: relacionado, por ejemplo, con lo dicho por Freud de que los neuróticos sufren de recuerdos, siempre mirando atrás y pensando en lo que pasó, y atados por lo que él llamó la compulsión a la repetición de repetir los conflictos y ansiedades del pasado. Lo que no aclaró tanto fue que pacientes como Emma von…, por ejemplo, estaban continuamente mirando al futuro diciendo ‘y si esto pasa’ y ‘si aquello pasa’. Sufrieron constantemente de peligros imaginarios conjeturados a través de ‘si esto’. Encuentras muchos de estos estados en la práctica clínica: personas atrapadas entre ‘si sólo’ sobre el pasado y ‘si’ en relación al futuro; y entre ambos niveles de conjeturas sobre el pasado y conjeturas en relación al futuro, el momento presente de algún modo era comprimido y no experimentado como la realidad. La realidad era todo pasado y futuro; el presente era el momento evanescente que sólo pasaba como la vista desde un tren que andaba rápido, pasa tan velozmente que no puedes vivir en ese momento.

Esto me parece que es la estructura esencial de la formación de símbolos: movimientos complejos en muy diferentes niveles. Los movimientos a través de la árida llanura africana también le recordaban a mi paciente a animales buscando charcas. Por lo tanto hay referencias a muchos niveles de ideación dentro de la formación simbólica de este símbolo: geográfico, geológico, animal, humano, y probablemente algún intento de descubrir el presente, representado por el nivel verde entre la llanura árida y la meseta árida. En este nivel verde le era posible a la gente vivir en algún tipo de paz y ver el horizonte de tal manera que les informó de que la tierra no era plana, sino que vivían en un objeto moviéndose en el espacio, en un sistema que tenía sus propias leyes, a las que se podía descubrir y hacer pronósticos, tomar medidas, etc. Por tanto, el sistema contactó con la muy antigua ciencia astronómica y su astrología. Al igual que la arqueología descubre una civilización antigua tras otra, parece que siempre se descubre que se tenían ideas astrológicas y maneras de medir los movimientos del sol, la luna y las estrellas: o sea, fueron concientes de que vivimos como una parte de un sistema planetario.

Esta idea de sistema planetario es, de muchas maneras, el origen de la religión, y realmente se la puede aplicar a todo. Parecería ser un método bastante universal de organización para individuos, sea cual sea el nivel de abstracción dentro de su self: se organizan como sistemas planetarios. Y, por supuesto, la familia humana es la unidad planetaria de la vida humana: es natural que los hijos circulen de manera planetaria alrededor de los padres, como el sol y la luna de su particular sistema planetario. Y si uno de los hijos deja este sistema planetario (como Martha Harris y yo intentamos describir en nuestro Modelo) cae fuera de la fuerza de atracción gravitacional de los padres, en lo que Kierkegaard habría llamado ‘desesperación’. La situación más desesperante es, por supuesto, la enfermedad tipo esquizofrénica, en la cual los individuos se alejan de la raza humana flotando y parecen no participar en nada, haciendo nada, no teniendo experiencias: un vacío de acontecimientos mentales que invita a la formación sistemática de delirios como un sustituto de los hechos evidentes del sistema planetario de la familia.

Hoy, por supuesto, existe mucha preocupación de que este sistema planetario de la familia se haya desintegrado: debido al número de divorcios, los hijos son arrojados desde un sistema planetario a otro, con padrastros (hombres y mujeres), y siendo abandonados en la comunidad por la negligencia de los padres, etc. Se cree que este deterioro de la familia es consecuente con el deterioro de las creencias religiosas: lo que se ha llamado (después de Nietzche) la ‘muerte de Dios’, el colapso de la iglesia católica y el surgimiento de una multitud de cultos religiosos de un tipo u otro. Es verdad que parece que amenazara con el caos y -como Virginia describió en su trabajo- nos recuerda que lo que damos por sentado es el estado mental del bebé antes o después de nacer. Esta presunción no tiene fundamento probablemente. Nos olvidamos de que la base genética del bebé es algo que ha sido preparado a lo largo de millones de años y en ningún sentido es caótica. La velocidad con la cual los hijos se adaptan y aprenden, es evidencia del grado en que el desarrollo ha sido programado desde infinitas generaciones pasadas. Las raíces del desarrollo están allí, incluidas. Las técnicas del cuidado parental, tanto pasa en el nivel de la familia o del gobierno local o del Estado u otras situaciones parentales asumidas, necesitan reflejar el hecho de que estas raíces programadas del desarrollo ya existen. La función de los padres no es prescribir el progreso sino asistir al crecimiento desde esas raíces.

En El proceso psicoanalítico intenté describir lo que fue la historia natural del método psicoanalítico. Lo vi también como programado en el sentido de que el cuidado parental está programado, y eso me pareció entonces un argumento poderoso para no hacer prescripciones o buscar innovaciones, sino sólo continuar mirando lo que va sucediendo. Y creo que este es el modo correcto de asumir la profesión psicoanalítica. El instrumento que nos permite seguir es, por supuesto, la relación transferencia-contratransferencia que puede emerger entre paciente y analista. He descubierto recientemente de que no es verdad que siempre emerja: es impedido por lo que he llamado la transferencia pre-formada, o sea los intentos del paciente de seguir las expectativas de Freud en relación a la compulsión a la repetición. Por tanto, la transferencia sería una repetición del pasado. Intenté describir el método para evitar esta repetición interminable que otorga la apariencia de ser un proceso analítico pero no lo es. Y la razón es que nada sorprende al paciente -nada que diga el paciente, nada que diga el analista lo sorprende-; y eso, por supuesto, es muy desalentador para ambos: el paciente y el analista. Digas lo que digas la respuesta del paciente es siempre: ‘oh, sí, siempre he sabido esto’. Te preguntas: ¿es verdad?

En cierto sentido, por supuesto, sí que es verdad. Lo que tenemos que decir es algo que el paciente sabe desde hace millones de años. Pero el hecho de que ellos no se sorprendan que otro ser humano reconozca eso y sea capaz de formularlo en alguna clase de medio verbal o meta-verbal de comunicación es una prueba de que el paciente está invocando alguna omnisciencia muy poderosa. ‘Sí, siempre he sabido esto’.

Ahora, me gustaría dejar a un lado el primer sueño, que me explicó al principio de la semana, dos semanas antes de la interrupción de las vacaciones, y ahora presentaré un sueño de dos semanas más tarde, cuando faltaban dos días para el inicio de las vacaciones. La paciente soñó que estaba en un barco lujoso, bastante grande, un tipo de crucero, muy elegante. Miraba el suelo y admiraba especialmente el parquet elegante, los adornos de latón en la pared, etc. Estaba en lo que parecía una sala de estar con mesas y sillas y un bar, obviamente era un crucero de lujo. No recordaba si había más gente allí pero piensa que probablemente sí que había. Salió fuera, a la cubierta y se sorprendió con lo que encontró allí. En la cubierta, en la proa del barco, encontró un jardín de flores muy primoroso, no el tipo de cosas que esperas encontrar en un crucero. Entonces caminó hacia la popa del barco, y ahí descubrió un cementerio con lápidas, que también le sorprendió.

Su asociación con este sueño fue que el barco era muy parecido a un tipo de barco que en efecto se construye en un astillero que está en un canal cercano a su casa. Se construyen los barcos uno a uno, una clase de Rolls-Royce de elegancia náutica. Sin embargo, este canal es sólo apropiado para barcos largos, ya que es demasiado estrecho para esos ‘Rolls-Royces’, por tanto cuando se termina un barco se necesita una grúa que ha de levantar al barco y llevarlo varias millas hasta un canal que se llama Gran Union Canal, que es suficientemente ancho para botarlo en el mar.

Combinando estas asociaciones con la descripción en el sueño de un barco elegante tipo crucero de vacaciones, llegué a considerarlo como un ‘barco de los locos’, una idea medieval que sirvió de tema a varias obras de ficción (por ejemplo, uno escrito por Catherine Anne Porter). Este interior elegante y lujoso te conduce al jardín de las flores en la proa del barco pero también a las lápidas del cementerio de la popa. Obviamente, lo que pretende es ser una alegoría del nacimiento, de la vida y la muerte: pasas nueve meses en el confort elegante y lujoso del vientre, después de nacer floreces de un modo relativamente fugas pero inevitablemente te diriges al cementerio. Es un barco de locos porque se mofa del optimismo humano; y la manera en la cual se mofa del optimismo indica que la construcción y transporte del barco es un asunto de ingeniosidad humana. La genialidad humana ha construido este barco con su jardín y sus lápidas; como un cuadro surrealista, con sus sorpresas y paradojas, donde los objetos y las sombras están disociados unos de otros de una manera sorprendente.

Consideremos ahora este sueño yuxtaponiéndolo con el primero. Me parece (y le pediría a Meg [Harris Williams] que haga un comentario sobre esto) que lo que tenemos aquí es una distinción entre alegoría y símbolo. Entiendo que la alegoría consiste en la sustitución bastante ingeniosa de elementos conocidos por lo que es misterioso y desconocido; es un tipo de trampa [cheat] porque simula traer lo desconocido dentro del mundo de lo ya conocido (la vida es loca…). El símbolo, en cambio, es como el sueño de Bottom, lleno de misterio e inagotable por mucho que explores, como las diversas dimensiones del primer sueño que realmente abarca la historia del mundo; sus muchos niveles no son simplemente un emblema ingenioso. Un símbolo lleva el don de la humildad; sabes perfectamente que nunca llegarás a entenderlo completamente.

Ahora, la posición del psicoanalista con respecto a su paciente es la de estar expuesto a la urgencia del paciente de que se le explique, por tanto, el psicoanalista está tentado a dar explicaciones. Uno se encuentra a sí mismo utilizando esta palabra peligrosa ‘porque… porque, porque’, que ella conduce a una degradación interminable. El niño autista pregunta: ¿por qué, por qué, por qué? a todo lo que digas. Este regreso infinito por supuesto conduce al concepto de Dios, ‘porque Dios lo dijo’. Bueno, eso no es una conclusión inaceptable: ‘él lo hizo y dijo: está bien’. Pero todavía es una conjetura; todas las pruebas que las religiones han citado sin cesar sobre la existencia de Dios, realmente son sólo la prueba de la ignorancia del hombre. No sabemos. Está abierto sólo a nuestra observación y nuestro asombro, y esto es, a mi juicio, la base de la experiencia estética: pavor y asombro ante la inexplicable complejidad del mundo y, particularmente, el mundo dentro de su propia cabeza.

Puede parecer una cosa muy precaria que el analista abandone su posición de alguien que sabe más que su paciente. ¿Por qué deberían pagarte tus pacientes si tú no sabes más que ellos? Bueno, de hecho no te pagan porque sepas más que ellos, ellos te pagan por conducir algo que nosotros llamamos análisis, que es un proceso que no entendemos realmente pero cuando los pacientes entran en él tienen el tipo de experiencia que Virginia describió, experiencias que no se pueden describir utilizando sólo el lenguaje sino con toda clase de metalenguajes. La gente, incluidos los analistas, están convencidos después de mucha experiencia de que hay algo en el análisis que favorece el crecimiento y desarrollo de la persona y de la personalidad. La formulación de Bion es que la verdad es el alimento del pensamiento. Por supuesto, no tenemos ninguna verdad a distribuir a nuestros pacientes; pero en alguna parte del proceso hay alimento para el pensamiento.

Si fuera verdad que la transferencia del paciente fuera hacia la persona del analista, se detendría con bastante rapidez. Pero, estoy bastante convencido, y escribí sobre esto en relación con el Conflicto Estético, de que el vínculo del paciente no es con la persona del analista sino con los objetos internos del analista. O sea, la transferencia existe en un nivel mucho más imaginativo estético y quizás incluso espiritual que la que incluía la descripción original de la transferencia.

Por tanto, cuando el paciente describe cosas a cerca del analista que te parecen inexactas o incorrectas, como analista, uno tiene que detenerse y esperar para ver cuál es la evidencia que el paciente tiene. En efecto, la transferencia es un proceso de la construcción de leyendas. Mientras escuchaba el magnífico trabajo de James Fisher, pensaba: ‘Bueno, vaya persona más inteligente este Meltzer, me gustaría conocerle’. Las leyendas se construyen, y la gente les da nombres, pero realmente esto es por razones de simplificación y para identificar y para hacer posible la comunicación en público, etc. Las leyendas no son verdad; no hay ninguna verdad en ellas. El hecho de que haya escrito algunos libros, cuyo contenido me cuesta muchísimo soportar al leerlos, y de los que me hablan mis colegas y amigos pero casi no reconozco, todo esto es prueba del tipo de proceso que forma parte de cualquier cosa que se pueda considerar creativo u original, o sea, todo es el resultado de algo que habla o escribe a través de ti.

Catharine me entrevistó para el Journal of Melanie Klein and Object Relations, [entrevista] basada en mi personal odio a la canción de Frank Sinatra ‘Lo hice a mi manera’, y nombramos a esa entrevista ‘A su manera’[1]. Siempre quedo bastante sorprendido cuando considero cómo el psicoanálisis me capturó cuando tenía cerca de los diesiseis años y me arrastró a la facultad de medicina, después a Inglaterra, me arrastró a Oxford y etc., totalmente impotente.

Estoy bastante convencido de que el psicoanálisis me podría hacer esto, arrastrar hacia delante, funcionando como una droga a la que me he vuelto adicto, entonces debe ser un grupo potente de ideas. Se dice mucho actualmente que Freud es atacado por la prensa, y se pregunta si el psicoanálisis sobrevivirá, etc. No tengo la menor duda de que el psicoanálisis sobrevivirá y crecerá y cambiará y se desarrollará. La razón por la cual pienso que sobrevivirá es porque tiene un agarre muy fuerte en dos grandes ideas. Una es la gran idea de la formación de símbolos; y la otra es la gran idea del encuentro transferencia-contratransferencia.

Ahora, por supuesto, surge la pregunta: ¿hace falta que hagamos algo? Bien, un encuentro como el de este fin de semana es una de las formas de hacer algo. ¿Qué hace? Pienso que esta es una ocasión ceremonial, para beneficio de los niños, como Navidad. Alberto [Hahn] me dijo que hace un año y medio –más o menos- de decidió una política diferente y que se iban a aceptar todos los trabajos presentados… Bien, esto me pareció muy inteligente. No frena que la gente que presenta trabajos tenga malas experiencias pero, por lo menos, tendrían experiencias a través de las cuales podrían aprender algo; no puedes aprender nada si tu trabajo es rechazado por un comité o lo que sea.

Como sabéis, me opongo a todo tipo de organización. Cualquier organización tiene que adoptar una estructura jerárquica y esta estructura jerárquica implica autoridad y, por lo tanto, intimidará a las personas que no son hábiles políticamente, y será disfrutado por los que sí son hábiles políticamente. La pregunta es si en psicoanálisis es útil el organizarse, o si hay que dejar al psicoanálisis a su organización inconsciente como un sistema planetario natural girando alrededor de alguna tierra legendaria con su sol y luna, etc. Estoy totalmente a favor de dejarlo a la formación de leyendas y no tomando tan seriamente este pseudo problema de cómo organizarlo, como contenerlo dentro de los límites de la ingenuidad humana. El Olimpo estaba lleno de vida, la ‘religión de la alegría’ como lo llamó Keats. Pero las iglesias psicoanalíticas, me parece, son mortíferas.

No sé si he descripto estos sueños suficientemente bien para que vosotros podáis pensar y hablar acerca de ellos, pero estaré muy contento de oír lo que queráis decir, porque los sueños me fascinaron absolutamente. Lo que me fascinó era la regresión de la formación simbólica a la formación alegórica. Los sueños del día siguiente, la última sesión previa a las vacaciones, estuvieron fragmentados más allá de lo que uno pudiera creer. Creo que una de las cosas que promovió esta regresión fue mi deleite evidente en el primer sueño, y la conversación que mantuvimos sobre meta-comunicación… Me detendré ahora y os invito a contribuir a la discusión.

[1] [Aquí hay un juego de palabras, en la que se repiten algunas de las palabras del título de la canción de Frank Sinatra: “I Did it My Way” –una frase activa- que se convierte en “I´ve Been Done Its Way”, -una frase pasiva-. D. Meltzer significa así que su vida fue llevada y determinada por el psicoanálisis].

Nota: Lo escrito entre corchetes fue añadido por los traductores.

 

Traductores: Conor Gleeson y Carlos Tabbia

 

Fisher, J. (2000): “A Father´s Abdication: Lear´s retreat from aesthetic conflict”, presentado en el Congreso: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP), en Florencia. Publicado en Int. Journal Psycho-Analisis, 2000, vol. 81, 963-982.

Harris, M. and Meltzer, D. (1976): “Child, Family and Community: a psycho-analytical model of the learning process”. Publicado en A. Hahn (ed.): Sincerity and other works, Karnac Books, London, 1994, 387-454. Traducido al catalán en Espaxs, Barclona, 1898 como El paper educatiu de la familia. Ed. Spatia, Bs. As., 1990 lo publicó como Familia y comunidad.

MacSmith, C. and Meltzer, D.: “I´ve Been Done Its Way”, Journal of Melanie Klein and ·Object Relations, vol. 16, n.2, 1998, Binghamton, New York. Traducida al italiano en Silvia Fano Cassese: Introduzione al pensiero di Donald Meltzer, Borla, 2001, Roma, 99-109.

Meltzer, D. (1967): The Psycho-Analytical Process; traducido al español por ed. Hormé, Bs. As.

Meltzer, D. y Harris Williams, M. (1988). The Apprehension of Beauty, The Clunie Press ; traducido por Ed. Spatia: La aprehension de la belleza. El rol del conflicto estético en el desarrollo, la violencia y el arte, Bs. As., 1990.

Shakespeare, W.: Sueños de una noche de verano.

Ungar, V. (2000): “Transference and Aesthetic Model”, presentado en el Congreso: “A Developmental View of the Psychoanalytical Method” , organizado por Associazione Martha Harris di Psicoterapia Psicoanalitica dell´Infanza e dell´Adolescenza (EFPP), en Florencia. Publicado en portugués como “Transferencia e Modelo estético”, en Psicoanalise, Revista de la SBPdePA, vol. 2º, N 1, 2000.

 

 

 

 

 

Nota: Lo escrito entre corchetes fue añadido por los traductores.

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Carlos Tabbia: Abordaje de la «improvisada personalidad» del psicótico

 

Carlos Tabbia

 

ABORDATGE DE LA «IMPROVISADA PERSONALITAT» DEL PSICÒTIC*

 

«El contacte amb el pacient psicòtic es una experiència emocional que té algunes característiques específiques diferents de l’experiència d’un contacte més habitual; l’analista no es troba amb una personalitat, sinó amb una improvisació de personalitat precipitadament organitzada» (Bion, Cogitations, pàg. 92). Aquest text ha inspirat aquest treball. Bion, per referir-se a la personalitat del psicòtic, utilitza la metàfora d’un mosaic de fragments organitzats improvisadament en què es poden discernir «fragments d’hostilitat incorporats» en un context d’amabilitat, o «trossets incongruents de somriure» en un mosaic de depressió… Aquestes incongruències són freqüents en el funcionament psicòtic i el clínic hi està familiaritzat. M’ha cridat l’atenció el terme improvisació per referir-se a la personalitat. En una primera accepció la paraula fa referència a alguna cosa que s’organitza de manera ràpida i sense molta dedicació, però pot tenir un altre significat, sobretot si ens remetem a l’origen llatí de praevidere, és a dir, que no es pot preveure, pre/veure. Crec que improvisar també significa una falla de la funció de la mirada que conté i confereix significat al subjecte. En la personalitat psicòtica ha faltat una adequada visió; el subjecte no ha estat mirat, ni tingut en consideració en si mateix, i llavors pot mirar desesperadament d’ improvisar una personalitat que l’amagui i l’amaga. Encara que el psicòtic està ple d’objectes (alguns totals, molts parcials i fragmentats), no està identificat amb la funció d’un objecte intern que li permeti mirar diferents alternatives, i pensar i regular la relació amb l’altre. La improvisació es torna evident durant la crisi psicòtica, que es pot comparar-se amb una vidriera gòtica a la qual s’han retirat els ploms, i cada tros de vidre s’ha perdut en l’espai de la inhabitable catedral gòtica o, ben al contrari, es pot trobar un tros de vidre que s’intenta convertir en el reorganitzador de la vidriera, ignorant que només la mirada de l’artista podria facilitar-ne la reconstrucció. Amb la desarticulació de la vidriera, l’interior i l’exterior de la catedral es troben, però sense la funció reguladora de la vidriera: la temperatura i la llum no troben intermediació; ha desaparegut l’esfínter i la confusió s’imposa. Llavors, per exemple, un discurs delirant, verborreic i desbordant pot intentar frenar l’hemorràgia. Davant d’aquest tumult, l’espectador (terme derivat del mot llatí spectare: contemplar, mirar) no sap a qui prestar atenció, no sap a qui mirar. ¿Qui parla? ¿Parla en nom propi? ¿És un missatger? ¿De qui és la bogeria?… L’espectador no ho sap. I amb aquesta ignorància el psicoterapeuta accepta acostar-se a la persona en crisi. Però ¿a qui es parla en la trobada clínica?

Bion, en el mateix text, diu que «la trobada no difereix molt de la -més quotidiana- conversa cara a cara amb algú que pateix un estrabisme pronunciat: ¿a quin dels dos ulls s’ha de mirar? Per a l’analista aquest és un problema central, no perifèric» (Bion, 1996, pàg. 92). Ha de decidir si es parla a una personalitat aparentment improvisada i sense substrat, a l’improvisador que l’ha improvisat a través de construccions incomprensibles o a l’improvisador que es vol mantenir ocult darrere d’ella. A aquestes variables s’ha d’afegir la d’aquells pacients que van a la trobada clínica sota els efectes de medicació, que pot facilitar-la però que també pot ocultar el pacient. Però qualsevol que estigui darrere de la màscara (recordem l’etimologia de personalitat: per sonare), qualsevol que sigui l’ull que es miri, sempre serà un ull espantat. El psicòtic sempre té por. I per complicar més les característiques de la trobada, la por és una emoció que també experimenta l’analista i els que envolten el pacient, generant una atmosfera d’intranquil.litat.

Vegem el clima emocional de la trobada amb un noi universitari en una crisi psicòtica. Recordo la segona entrevista amb Ismael (24 anys): «Entra i fa una volta pel meu despatx amb els braços penjant, el cap inclinat, la boca oberta; s’atura a uns dos metres del meu títol de doctor -que té vidre i està penjat en una paret retirada- i se’l mira. L’invito a asseure’s; es treu dues samarretes i les tira a terra. Diu que vol dormir i em pregunta si pot escopir a la paret. S’estira al divan, s’està en silenci i pregunta si algú escolta; responc que jo l’escolto i que per això ha vingut. Diu que vol dormir i que està cansat. Es gira al divan, s’abraça als coixins i em mira. Pregunta pels altres pacients i des de quan soc psicòleg; demana alguna cosa per dormir i m’ordena que l’adormi. Li responc que si dorm no podrem parlar. M’ordena que cridi el seu pare -que és a la sala d’espera-; li dic que ell mateix ho pot fer; m’ordena que el cridi, però s’aixeca, obre la porta del despatx i el crida ell. Entra el pare. El pacient s’estira al divan, però posa el cap al lloc dels peus, es queda en silenci i ens ordena que parlem nosaltres. El pare li diu que parli ell amb l’analista. El pacient respon que vol dormir. Li dic que potser té por i allunya el cap de mi i vol que parlem el pare i jo. Crida que vol dormir i que té malt de cap. Li dic que té molts pensaments que li fan mal. Llavors el pacient seu de cop, esbufega, tanca els punys i encongeix els braços, salta, es mira les coses, arrenca amb les mans el títol de la paret i es dirigeix cap a mi amb fúria portant-lo com si fos una safata –sento que me’l trencarà al cap- però el deixa a terra, als meus peus, el comença a llegir i comenta: «Es veu que ets intel.ligent. No el trencaré, no tinguis por«. Se l’emporta i el posa a prop del lloc on està i em crida: «El trencaré i et ficaré els vidres pel cul. Els militars et van voler matar». Li responc que ara l’estan espantant. Fa uns comentaris sobre un amic que el van ingressar per haver agredit verbalment un militar i se m’acosta per fer-me bruscos massatges al cap i a les cuixes mentre em diu: «Et faig por, no ploris». Jo tinc por, però li dic: «Tu tens por…». Interrompo aquí el relat de l’entrevista. Ismael ha exterioritzat davant meu i el seu pare el seu drama intern: la seva vidriera-diafragma-self s’havia trencat. L’exteriorització d’Ismael es podria considerar com un intent d’arrossegar-nos i fer-nos embogir, com fan els psicòtics incipients, però també es pot percebre el desig d’alliberar-se del dolor i del terror que l’inunda evacuant-lo dins de l’objecte, utilitzant el terapeuta com a continent; en aquest sentit, l’externalització d’Ismael no deixa de ser una manifestació de confiança i esperança en el terapeuta i el pare.

De manera progressiva vaig anar comprenent algunes coses. Crec que Ismael ens va fer sentir el món persecutori que havia incorporat juntament amb la llet materna; el seu pare havia estat detingut per motius polítics quan Ismael tenia pocs mesos. Se’l va privar de la funció paterna reguladora durant el primer any de vida; però a això s’ha d’afegir que va créixer en un grup familiar governat pel «Supòsit bàsic d’atac i fuga» (Bion), el cap del qual era un pare que després de molts anys seguia vivint emocionalment en el passat, fins al punt que es va definir a si mateix i el seu grup familiar dient: «som desapareguts». Desapareguts i aspirats en la certesa paterna. En aquest grup familiar, organitzat al voltant d’un discurs polític, no es tancaven les portes de les habitacions perquè eren tots molt sincers i no tenien secrets, però quatre dies abans de l’entrevista, Ismael s’havia llançat vestit al mar per arrencar-se els micròfons que li havien posat a la pell. La insistència d’Ismael en què el pare i jo parléssim em va fer pensar que ell percebia que el seu pare necessitava alguna mena d’ajuda, cosa a la qual més endavant el pare va accedir. Persecució, por, vidres pel cul; no és una proposta molt estimulant, si no és que l’analista queda atrapat en un vincle sadomasoquista inconfessat que permeti que el pacient satisfaci el seu sadisme evacuatiu («¿puc escopir a la paret?», deia Ismael) i envejós (a la paret hi havia un títol acadèmic) davant d’un objecte admirat, essent ell un estudiant universitari pròxim a la graduació.

Però ¿què pretenia Ismael al fer-me por? Crec que els missatges atemoritzants tenien com a objectiu impedir-me pensar tant perquè comprengués empàticament la seva dificultat de pensar, com per impedir-me que l’escolti i que sigui intel.ligent, perquè el podria enfrontar a la seva condició de «desaparegut», i que l’enfrontaria al pare. Però si el pacient no pot pensar i l’analista tampoc, ¿quin és el sentit de la trobada? Deia Bion (1992, pàg. 187) en els seminaris de Sant Pau (Brasil): «És tant horrible per al pacient com bo per a l’analista conservar la possibilitat de pensar. Però no podem resoldre aquest assumpte evitant enfadar-nos o espantar-nos. Hem de ser capaços de conservar aquests forts sentiments i seguir pensant amb claredat, fin i tot quan els experimentem”. Els massatges bruscos que em va fer al cap em confirmaven que acostar-se a la ment era un turment, i que és molt difícil pensar mentre et fan massatges bruscament el cap i les cuixes. Però la meva responsabilitat era conservar la capacitat d’entendre i pensar i que la ment no quedés degradada i reduïda a un quadro doctoral trencat. Pensar, incorporar i elaborar són feines difícils per a la part psicòtica, perquè tota incorporació i reintrojecció es percep, com fa Ismael, com vidres que entren pel mateix lloc per on van sortir, és a dir, per l’anus (suport del model de la projecció).

He de reconèixer que em va sorprendre la immediatesa amb què va aparèixer la pregunta pels altres pacients. La preocupació pels altres pacients com a derivació de la gelosia edípica i de la gelosia delirant em va permetre acostar-me a la comprensió d’Ismael. Aquesta pregunta pels altres pacients-nens es relacionava amb un avortament dels seus pares del qual l’havien fet partícip sent nen -no hi havia portes a la casa- que el va entristir molt i d’un altre que ell mateix havia tingut amb una parella, dos anys abans de la crisi. Em vaig preguntar si aquests desapareguts estarien inclosos en aquesta família. Hi va haver una altra dada que em va orientar: la crisi d’Ismael es va desencadenar poc després que la seva mare hagués anat al seu país d’origen per declarar en un judici per nens desapareguts… Ismael va témer molt per la seva mare. La retaliació li rondava pel cap. La mare, que era més sensible als problemes emocionals, complia una funció amortidora en el discurs polític familiar, i aquest objecte protector podia estar en perill. L’allunyament de la mare va incrementar la persecució dels nens desapareguts i assassinats (segurament pel penis patern), i va impedir que se sostingués l’aspecte sa de la personalitat d’Ismael, amb el resultat de la desorganització psicòtica.

Però aquí no faig referència a l’element persecutori dels fills morts només per la funció d’aquesta culpa en el brot psicòtic d’Ismael, sinó per mencionar que els altres pacients o els bebès de l’analista són objecte d’especial atenció en tota relació clínica, especialment en la relació amb persones de predomini psicòtic. La creativitat aliena sol despertar molta admiració i sentiments odiosos. Amb relació a això és revelador el relat d’un altre pacient. Pablo, un adult esquizofrènic sense cap cultura psicoanalítica, m’explicava la causa de la mort d’una germaneta nascuda després d’ell d´aquesta manera: ell havia deixat excrements dins de la mare i la seva germaneta s’els havia menjat i per això s’havia intoxicat i s’havia mort després de néixer. Per a ell, els atacs a l’objecte creatiu i fecund perduren molt temps (des del seu embaràs fins al de la seva germana), i a més té la certesa que la funció continent de la mare va ser incapaç de metabolitzar els elements beta (els seus excrements) que va mirar de dipositar dintre d’ella. Aquesta interpretació delirant de Pablo il.lustra el desig de les parts destructives de la personalitat d’eliminar els germans i, en la relació clínica, els altres pacients i els bebés interns de l´analista. Crec que aquesta interpretació de Pablo ens pot servir d’estímul per no ser ingenus en la relació clínica en general i amb psicòtics en particular quant a allò que dipositen en la nostra ment, cosa que podria afectar els altres pacients i les parts creatives de la personalitat de l’analista. Quan Ismael m’espanta fent-me creure que em trencarà el cap amb el quadro, intenta confondre’m i immobilitzar-me. La seqüència és il.lustrativa: primer, l’admiració i l’afirmació «es veu que ets intel.ligent» i la seva reacció immediata de protegir-me allunyant-se de mi, però l’admiració i la protecció no es poden sostenir i després, tot seguit, em crida, amenaçador -¿identificat amb els militars?-: «el trencaré i et ficaré els vidres pel cul». Els atacs a la creativitat es manifesten de diferents formes; algunes poden ocasionar actes contra el cos (com els bruscos massatges al cap), altres poden consistir en inundar la ment de l’altre amb mentides, que gairebé són més insidioses que els deliris; i algunes formes es poden manifestar com inducció a l’actuació; per exemple, per a Ismael jo formava part del grup dels «lluitadors per la justícia», com ell i el seu pare, i amb això pretenia empènyer-me a una posició de líder, a la manera del seu pare: així em sentia portat a la tasca d’arbitrar entre tots els grups d’amics i professionals que opinaven sobre la crisi d’Ismael; això m’induïa a opinar sobre una realitat externa allunyada de la meva observació directa, o a posar-me en contacte amb equips professionals diversos. Si l’analista no està atent pot alterar la seva identitat convertint-se en líder, o domador, o salvador, en lloc de dedicar-se a sostenir la transferència i modular-la amb la interpretació. La identitat de l’analista consisteix en ser capaç de rebre projeccions, de pensar enmig de la turbulència i de tolerar la incertesa, amb consciència de la seva vulnerabilitat que l’allunya d’una posició narcisista omnipotent i omniscient. Si el psicoterapeuta abandona la seva responsabilitat, el pacient psicòtic es precipita en la desesperació i en el sistema delirant que sempre busca companyia. La manera de ser fidel a la demanda del pacient és la de seguir amb interès el mètode de l’anàlisi sense pretendre metes; nosaltres només els tractem i déu els cura… Tenir metes en relació amb una altra persona no deixa de ser perillós perquè «implica gairebé sempre imposar els valors propis a l’altra persona», assenyalava Meltzer (1987), i així es podria repetir la història familiar d’Ismael: el seu pare sabia el que era oportú i el que s’havia de pensar, i per aquest motiu sospitava del vincle que Ismael pogués desenvolupar lluny del seu control.

L’absència de metes en el psicoterapeuta psicoanalític no és contradictòria amb la necessitat que el pacient sigui «mirat» per un equip assistencial que assumeixi diverses feines i relacions terapèutiques (teràpia familiar, de parella, farmacoterapia…) en funció d’un projecte en què es diferenciïn les funcions de cada integrant de l’equip. Els equips han de ser particularment curosos per no fragmentar-se en la comprensió de la dinàmica intrapsíquica del pacient, ni per actuar les identificacions projectives múltiples i dissociades d’ell mateix. La tenacitat disruptiva del funcionament psicòtic fomenta les disociacions dels equips i pot aconseguir que es converteixi en una reedició de la dinàmica intrapsíquica i familiar. Quan els equips no comparteixen un vèrtex comú en la comprensió dels pacients, solen fragmentar-se, competir, perseguir-se, acusar-se mútuament, i el pacient acostuma a quedar perdut entre els trossos d’un mirall trencat.

Ara bé, ¿a quina part del pacient parla l’analista? Enfront del món terroritzat del psicòtic un pot fantasiejar amb el que passa quan s’intenta oferir menjar a un esquirol: tan aviat fuig com et mossega els dits. L’aproximació emotiva fa esclatar al psicòtic, de la mateixa manera que la indiferència el deprimeix i el desespera; trobar la distància òptima és part del virtuosisme que s’adquireix en la pràctica clínica. L’interlocutor privilegiat és la part neuròtica o sana present en tot psicòtic o esquizofrènic; amb ella es pot dialogar directament, o explicar-li el seu funcionament psicòtic o delirant, o aproximar un material en espera que en un moment més oportú estigui en millors condicions d’aprofitar-ho. La trobada amb un psicòtic es fa en la incertesa, en la confusió i en la incomprensió, i per això el que ens pot orientar és la contratransferència que ens permet entreveure i parlar a l’interlocutor ocult darrere de totes les màscares.

L’objectiu de la teràpia amb aquests pacients és el desenvolupament de les parts no compromeses en el funcionament psicòtic o esquizofrènic, tot reconeixent que el món delirant no desapareix mai i que resta a la rebotiga, com en el cas Schreber.

Crec que anem aprenent progressivament a quin ull mirar. El pacient -mentre tolera la trobada- ens ofereix la possibilitat de parlar amb una persona espantada que no ha pogut entrar plenament a formar part del món humà i que parcialment confia que l’analista -amb paciència, perseverança, tacte, fermesa, valentia, veracitat i una bona dosi de tendresa- li permeti sortir de la congelació on ha quedat atrapat durant tant de temps.

 

Resum

En la trobada amb un pacient psicòtic, sorgeix una turbulencia –centrada en el temor, la esperança i la desesperança- que embolcalla al psicoterapeuta, al pacient i a la seva familia; en aquesta context s´ha de poder descobrir a quina part del pacient s´ha de parlar perquè sostingui la relació psicoterapèutica. Aquest treball descriu el clima emocional de la trobada amb un jove durant una crisis psicòtica, desencadenada per l´absència de l´objecte matern i el temor a la re-taliaciò pels fills avortats. Per abordar la crisi es necessari que el terapeuta pugui delimitar la seva funció i aixi evitar ser arrossegat per la repetició de la dinàmica grupal i familiar organitzada sota el Supòsit bàsic d´atac i fuga. Per contenir la crisi es considera necessari que el terapeuta i l´equip assistencial comparteixin un vèrtex complementari en el psicodiagnòstic, als efectes d´evitar la contraidentificació amb les identificacions intrusives del pacient i el seu grup.

 

Resumen

En el encuentro con un paciente psicótico, surge una turbulencia -centrada en el temor, la esperanza y la desesperanza- que envuelve al psicoterapeuta, al paciente y a su familia; en este contexto se ha de poder descubrir a qué parte del paciente se ha de hablar para que sostenga la relación psicoterapéutica. Este trabajo describe el clima emocional del encuentro con un joven durante una crisis psicótica, desencadenada por la ausencia del objeto materno y el temor a la retaliación por los hijos abortados. Para abordar la crisis es necesario que el terapeuta pueda delimitar su función y así evitar ser arrastrado por la repetición de la dinámica grupal y familiar organizada bajo el Supuesto básico de ataque y fuga. Para contener la crisis se considera necesario que el terapeuta y el equipo asistencial compartan un vértice complementario en el psicodiagnóstico, a los efectos de evitar la contraidentificación con las identificaciones intrusivas del paciente y su grupo.

 

Summary

In the meeting with a psychotic patient, turbulence appears – centred on fear, hope and desperation – which traps the psychotherapist, the patient and the patient´s family; in this context, one has to be able to discover which part of the patient one has to talk to in order to support the psychotherapeutic relationship. This paper describes the emotional climate of the meeting with a young person during a psychotic crisis, unleashed by the absence of the maternal object and the fear of retaliation for the aborted babies. To tackle the crisis, it is necessary for the therapist to delimit his functions and, in this way, avoid being carried away by the repetition of the group and family dynamic organised under the fight/flight basic assumption. To contain the crisis, it is considered necessary for the therapist and the medical service team to share a complementary vertex in the psycho-diagnosis to avoid the counter-identification with the intrusive identifications of the patient and his group.

 

 

 

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*Treball seleccionat per representar la Sección de Psicoterapia Psicoanalítica a les III Jornades de la FEAP, a Saragossa (24-25 d’abril del 2004) sobre Abordatge psicoterapèutic de la psicosi.